el último creyente

julio 20, 2019 Comentarios desactivados en el último creyente

¿Sería posible que en la tierra pudiera haber un único creyente, alguien cuya fe corriera solo de su cuenta? Supongamos que, de repente, a ese creyente se le revelase que ha estado en una especie de show de Truman —que la Iglesia ha sido un montaje cuyo objeto era el de poder demostrar, precisamente, que la experiencia de Dios es, en último término, inducida—. Nunca hubo un hombre llamado Jesús, ni por supuesto redención. ¿Acaso no se le quedaría cara de idiota? ¿Podría seguir recitando el credo como si tal cosa? Probablemente, no. En ese caso, se confirmaría, una vez más, el experimento de Solomon Ash (ver): por lo común, vemos lo que los otros ven. Sin embargo, también es posible que, simplemente, se viera obligado a situarse de nuevo en el grado cero de la fe, aquel en el que nos sentimos huérfanos de Dios: etsi deus non daretur. No hay dioses y, por eso mismo, Dios es un eterno por-venir. Pues es innegable que existimos entre el asombro y el escándalo —entre el milagro y el horror—, sin apenas entender nada. Mientras, tan solo nos tenemos los unos a los otros. No sería imposible, aunque sí excepcional, que nuestro conejillo de indias diera el primer paso. Siempre hay quien es capaz de ver que un ciervo no es un caballo, aun cuando todos digan lo contrario (ver). Pero para que pudiera dar ese paso, debería tener, como Moisés, las espaldas de Dios. Pues hay que tenerlas para soportar el peso de un muerto —de un Dios que no es nadie sin el fiat del hombre—. De hecho, ya se nos dijo, aunque no exactamente en este sentido, que los últimos serían los primeros.

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