los que están y los que son

agosto 3, 2019 § Deja un comentario

En su libro, La fe en tiempos de crisis, José María Castillo comienza distinguiendo entre la fe de los ateos y el ateísmo de los creyentes. Está muy bien. Pues Castillo nos hace ver que la distinción arraiga en los mismos textos evangélicos. Según el Catecismo de la Iglesia católica “la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios”. De acuerdo. Pero a continuación añade: “y al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda verdad que Dios ha revelado”. Castillo sostiene que ambas afirmaciones no van a la par. Pues, según él, aun cuando sea todavía posible lo primero, difícilmente lo segundo. Y es que estamos lejos, como hombres y mujeres modernos, de tragar con el sapo de la cosmovisión en la que se articularon los dogmas de la fe. Como si la verdad del cristianismo no pudiera interiorizarse hoy en día sin actualizar las fórmulas del credo. De hecho, Bultmann ya sostuvo hace unos cuantos años que en los tiempos de la energía atómica no cabe aquella fe que presuponía un mundo poblado de ángeles y demonios. En este sentido, actualizar sería sinónimo de desmitologizar. Sea como sea, y dejando a un lado si esto es posible sin tirar al niño con el agua sucia —sin que el cristianismo quede reducido a un mero compromiso moral con la excusa de una divinidad a la que le va el pobre—, lo cierto es que Castillo da en el clavo cuando subraya que en los evangelios aquellos que tienen fe no son precisamente los que oficialmente la tienen: el centurión romano (Mt 8,5), la mujer fenicia que implora la curación de su hija (Mt 15, 21-27), el leproso samaritano (Lc 17, 11-19), por no hablar del verdugo de Jesús, el primero en confesar al crucificado como Hijo de Dios (Lc 23, 47). Todos ellos, proscritos como impuros por la sensibilidad judía, se fíaron del que andaba por Galilea resucitando a los muertos en nombre de Dios. Es por su fe —por su confianza— que fueron sanados. Y aquí haríamos bien en ponernos, al menos de entrada, junto a los judíos bienpensantes. Pues es lo que hoy diríamos fácilmente de los banqueros, los torturadores, los mena: gente embrutecida, por no decir hijos de puta. Por contra, según los evangelistas, los que no tienen fe son, precisamente, los sacerdotes, los fariseos, los poderosos…Incluso los discípulos antes de la crucifixión. Los que creyeron estar del lado de los buenos —los que llenaban la boca con la palabra Dios— fueron los que le negaron.

Para Castillo, sin embargo, este contraste no acaba de cuadrar con la teología de Pablo, aquella que puso los cimientos de lo que terminaría siendo el edificio cristiano. Es verdad que Pablo insiste en que solo la fe salva. Pero según Pablo, la fe, siendo una adhesión personal al Jesús resucitado, supone también una aceptación de la verdad que se nos revela en la cruz, a saber, que Cristo murió por nosotros, esto es, para la redención de los hombres. Como si los milagros del galileo carecieran de relevancia teológica antes de la resurrección. Como si la muerte de Jesús nada tuviera que ver con su enfrentamiento a los poderes de este mundo en nombre de un Dios que clama justicia. Y aquí Castillo tiene razón al decir que la fe no consiste simplemente en ir a misa y recitar el credo. Pues recitar no es proclamar desde el corazón. Sin embargo, aquí podríamos preguntarnos si acaso la lectura que hace Castillo de Pablo no se basará en un malentenido, malentendido que tampoco es casual, pues es el resultado de cientos de años de predicación. Me atrevería a decir que Pablo, y por extensión el cristianismo, parte de la cruz y no del Jesús histórico porque la cruz representa el fracaso del hombre de Dios. Desde la óptica judía, Dios no pudo estar de parte de quien muere como un apestado de Dios. La cruz no deja de ser una maldición (y no solo un mal final para el profeta). Esto hay que tomárselo muy en serio. Pues es como si se llegase a demostrar que Oscar Romero fue un pederasta. Sin duda, nuestra fe en Romero se desmoronaría como una montaña de naipes, a pesar de su innegable compromiso social. Probablemente diríamos que Romero estuvo con los pobres para que los niños (pobres) se acercaran a él. Según Pablo, la fe que nos salva —la fe que hace posible la reconciliación entre Dios y el hombre, aquella que nos vuelve capaces de Dios— no es nuestra fe, sino la de Jesús. Nadie cree por su cuenta y riesgo. Quien lo hiciera no creería en el Dios que se nos ofrece en la cruz, sino en aquel que es concebido a medida de su necesidad de amparo. En este sentido, la fe de los cristianos es la fe en la fe de Jesús, por decirlo así. Es por la fidelidad de un crucificado que Dios pudo reconocerse de nuevo en el hombre y, por eso mismo, llegar a ser el que es en el centro de la historia, fidelidad que, no hay que olvidarlo, se concreta bajo aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios. Como reza una sentencia talmúdica, si crees en mí, yo soy; si no crees, no soy. Bíblicamente, Dios no termina de ser sin el fiat incondicional del hombre (aunque al igual que el hombre no es nadie donde no se comprende a sí mismo como criatura de Dios). De ahí que, desde el punto de vista de Pablo, la fe en Jesús sea la fe en aquel que vuelve con vida de la muerte por el poder de Dios (se entienda como se entienda esto último), no la fe en el taumaturgo que deambuló por el Israel de la época. Mejor dicho, para Pablo si podemos creer en el hombre de Dios es porque antes creímos en el resucitado. De no haber habido resurrección, nada se nos habría revelado acerca de Dios —nada acerca de su humanidad—. Pues solo por medio de la resurrección podemos reconocer que Dios se identificó de una vez por todas con esa carne que fue crucificada en su nombre. De hecho, fue el mismo Pablo quien dijo que si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe (1Co 15, 14). Y de estas lluvias vienen los lodos de nuestra actual incredulidad. Pues hoy en día —y Castillo es muy consciente de ello— nos cuesta admitir lo que aparentemente no deja de ser una historia de zombis buenos.

Sin embargo, de esto no se deduce que tengamos que traducir el kerigma de la resurrección a nuestros esquemas mentales. Cuando menos, por aquello de traduttore, traditore. Los testigos de la resurrección no quisieron decirnos de manera imaginativa o simbólica, que, pongamos por caso, la causa de Jesús seguía en pie. Más bien, creyeron que seguía en pie porque de hecho Dios (o su espíritu) rescató al crucificado del sheol. Quizá lo que se deduce de nuestras dificultades con las fórmulas tradicionales de la fe es que ya no podemos confesar lo que confesaron los testigos de la resurrección, esto es, que ya no es posible seguir siendo honestamente cristianos. De ahí que Castillo, en un intento de mantener a flote el barco cristiano, subraye que lo fundamental de la fe es la ciega confianza en aquel que murió por su compromiso con los que no cuentan. La fe no sería mucho más, aunque tampoco menos, que la fe que tuvieron, precisamente, el centurión, la mujer de fenicia, el samaritano… Creer, por tanto, sería creer que Dios estaba junto a Jesús. Y, por eso mismo, el creyente espera que su compromiso con lo más pobres no caerá en saco roto. Desde este horizonte, lo decisivo es dar el pan de cada día a los que no tienen pan… como hizo Jesús. Ciertamente, se nos juzgará, si hubiera juicio, por haber dado de comer al hambriento (Mt 25), no por nuestra adhesión a las verdades que se nos revelaron al tercer día. El conocimiento no salva. Pero también es cierto que sin revelación no habría esperanza para los hundidos —de hecho Pablo insiste en que fuimos salvados en esperanza (Rm 8, 24)—, sino a lo sumo una creencia en que al final todo terminará bien, creencia que, sin embargo, fácilmente podemos impugnar como mera suposición si tan solo encontrara su razón de ser en nuestra necesidad de refugio.

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