ambivalencias de lo real

agosto 31, 2019 § 1 comentario

Porque lo que aparece solo puede aparecer perdiendo por el camino su carácter de algo enteramente otro —porque de la alteridad tan solo tenemos su imagen; porque en cualquier caso es siempre supuesta y, por eso mismo, obviada— todo lo que nos rodea se halla entre el ser y el no-ser. De ahí la ambigüedad de cuanto nos traemos entre manos. Nada nunca por entero. Así, el que Ulises se ate al mástil para escuchar el canto de las sirenas tanto puede representar al sujeto de la cultura —aquel que experimenta lo que debe ser experimentado desde una distancia de seguridad— como al sujeto que se contenta con hacer puenting, ese sucedáneo del peligro que nos mantiene vivos. El cuerpo que nos atrae también puede succionarnos. No hay promesa que no incluya en letra pequeña nuestra desafección. El asco es el envés del deseo —el odio, el del amor. Como en el caso de una fotografía analógica, el positivo emerge al revelar un negativo. Ambos van de la mano. El lenguaje —la afirmación de algo como algo ya determinado— produce la ilusión de que ya está decidido de qué se trata. Pero solo porque oculta lo que también podría ser dicho (y no se dice). La moraleja de Babel es impugnable: no lograremos entendernos con las palabras. Cualquier acuerdo es una ficción. Así, creemos, pongamos por caso, que el amor de una madre es puro. Pero nos lo parece solo porque olvidamos que también es capaz de ahogarnos. La ganga sigue adherida a la plata. Que la existencia se encuentre sub iudice, esa intuición tan judía, significa que en realidad nada está decidido. Que el juicio está aún por venir. Que el hombre, por sí mismo, no llegará a pronunciar una última palabra, salir de la ambigüedad. De ahí que si no hay Dios —y no da la impresión de que lo haya—, el todo lo sea todo. Y puesto que el todo es todo cuanto está por decidir, nada termina de ser o darse. La impiedad —el nihilismo— reposa sobre una tautología. Al fin y al cabo, nadie sabe nada. Todo es vacío y alimentarse de viento. A menos, que el todo no lo sea aún todo; que lo imposible —lo que en modo alguno cabe concebir— sea la definitiva posibilidad del mundo. No es casual que el creyente permanezca a la espera del increíble triunfo de la bondad. O lo que viene a ser lo mismo, a la espera del fin del mundo. Pues un mundo en el que solo hubiera bondad no sería un mundo que pudiéramos percibir como real. La esperanza siempre fue la ilusión del hombre —y aquí la palabra ilusión no está exenta de ambivalencia. Quizá solo podamos captar la carga de profundidad del cristianismo donde tengamos esto en cuenta. Pues desde la óptica de la cruz, lo absoluto no es el ente superior —el que imaginamos como Dios—, ni por supuesto el hombre, sino el llegar a ser de Dios en el hombre (y del hombre en Dios). El Dios cristiano es un escándalo —el Dios que ningún mundo puede admitir como su posibilidad. Y es que el mundo puede aceptar que haya un ente superior —un demiurgo—, pero en modo alguno aquel verdaderamente otro que aún no es nadie sin la entrega incondicional del hombre —sin que el abandonado de Dios acoja su impotencia. Donde esto tiene lugar, el mundo sencillamente llega a su fin. En el doble sentido de la expresión.

§ Una respuesta a ambivalencias de lo real

  • Carmen dice:

    ¿Se podría decir, quizá, que los sueños –la ilusión– son la vida a la espera de ese fin del mundo en que todo quedará decidido, y su fórmula invertida pero en modo alguno equivalente: es la vida la que es un sueño del que despertar, la justificación moral del statu quo a la que parecen dirigirse aun sin quizá pretenderlo explícitamente las espiritualidades de los eternos amigos de Job, procedan de donde procedan?

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