D de dogma

diciembre 12, 2019 § Deja un comentario

Al decir de un hombre que es Dios, ¿decimos algo de ese hombre o algo acerca de Dios? Depende. Si partimos de una idea de Dios —de un Dios que ya es Dios al margen del hombre—, entonces ese hombre sería algo así como un dios dándose un garbeo por la tierra (y por consiguiente, un hombre en apariencia). También cabe que ese hombre sea realmente un hombre. En ese caso, la cópula pierde fuelle. Pues hablaríamos del representante o el lugarteniente de Dios. Como si fuera Dios mismo. El cristianismo, como sabemos, no se decanta por ninguna de estas dos posibilidades. De hecho, ambas fueron consideradas como heréticas, esto es, como una falsificación de lo que se nos reveló en el Gólgota. Y es que el crucificado es reconocido por el creyente como Dios sin dejar de ser hombre. No es causal que lo irrenunciable del cristianismo se encuentre en la dogmática trinitaria. Pues, por medio de un galimatías conceptual, galimatías que responde a un intento de formular lo que, en la mentalidad griega, no puede ser formulado, el dogma trinitario no pretende otra cosa que decirnos que Dios no es aún nadie sin la adhesión del hombre. Mejor dicho, que Dios acontece en el encuentro histórico entre el Padre y el HIjo. Ahora bien, esto supone una ruptura con la concepción religiosa de Dios, aquella que da por sentado que el modo de ser de Dios ya se halla determinado al margen del fiat del hombre. Pues el Padre, el otro del que fuimos arrancados in illo tempore, no es aún nadie sin la adhesión del hombre, sino la voz que clama por el hombre —aunque, por eso mismo, el hombre ignora quién es mientras no se ponga en manos del Padre como el Hijo que es. De ahí que Pablo dijera que fuimos reconocidos hijos en el Hijo (y esto equivale a decir que ese reconocimiento supone una especie de reset cósmico). De ahí que, cristianamente, no quepa otro Dios que aquel que cuelga de una cruz, lo cual no hace buenas migas con una divinidad entendida a la manera de un arjé subyacente. O por decirlo de otro modo, que de Dios no vamos a tener a nadie más que aquel que soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios que no quiere ser el hombre. En este sentido, el más allá de Dios no es el del típico dios de la religión, sino el de un yo absoluto, por decirlo así, que solo llega a ser en tanto que se reconoce en el hombre. Y por eso mismo, el creyente no es el que supone algo acerca de Dios, sino el que se encuentra, precisamente, sujeto a la voluntad de Dios, la que se desprende de un alteridad inalcanzable desde nuestro lado. Pues existimos como los que fueron arrancados del enteramente otro.

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