la isla del tesoro

abril 13, 2020 § Deja un comentario

A nadie le interesa la verdad. En cualquier caso, preferimos creer que nuestra fábula es verdadera. Y este es, sin duda, otro asunto. A la filosofía —como a la teología— no le queda otro rincón que el de los cofrades. La verdad —que la haya, aunque no para nosotros— nunca fue exotérica, a pesar de la pasión común por lo oculto. Ciertamente, para dar rienda suelta a esta pasión debemos suponer, como lo supone cualquier niño, que algo —y algo fascinante— permanece encerrado bajo siete llaves. Que tras la prohibición de no pasar —o mejor aún, de no tocar— se amaga algo que merece el riesgo de la transgresión. Y aquí la filosofía ha hecho méritos de sobra como para seducirnos. Pero el problema de la filosofía, como también el de una teología audaz, es haber descubierto que tras el velo de las apariencias no hay más que el altar vacío de Dios. Ahora bien, este hallazgo no es que sea, precisamente, fabuloso. Por suerte para Dios.

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