un cristianismo de buen rollo

abril 26, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo nace al pie de una cruz —o mejor dicho, del testimonio de aquel que nos reveló que hay vida más allá de la muerte (y no precisamente la de las almas). Sin embargo, hoy en día muchos de sus pastores se entregan a promover un cristianismo buenrollista. Como si pudiéramos ahorrarnos el Gólgota. Puede que sea el síntoma de una desesperación —de que ya no sabemos por dónde ir. De ahí que los pastores, si son conscientes del tsunami secular, se centren en la espiritualidad del descubrimiento. Se trata de ver el mundo con los ojos del asombro y no con los del deseo o el propio interés  —de caer en la cuenta de que nos hallamos en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la manera de Merton. Esto está muy bien, sobre todo donde partimos del narcisismo —de una existencia reducida a consumo. Más aún, quizá sea inevitable donde de lo que se trata es de educar a niños —por no decir, a animales. Sin embargo, donde nos quedamos aquí, lo que obtendremos no será un cristianismo puesto al día, sino una variante del viejo paganismo o de la espiritualidad helenística. O lo que acaso sea peor, un nuevo narcisismo —una nueva sentimentalidad. Así, caeríamos una vez más en el cristianismo burgués que denunció Metz hace ya unos cuantos años, en un cristianismo para los (in)satisfechos, un cristianismo de supermercado.

Podemos dar por descontado que hay mas leña que la que arde. Que no lo sabemos todo. Que tan solo el misterio es real. Creer lo contrario quizá fuera un error, por no decir, una estupidez. Ahora bien, la pregunta no es si hay algo más que cuanto quepa ver y tocar, —algo más que lo que se ajusta a lo concebible—, sino si el verdugo tendrá o no la última palabra; si el No —la violencia, la injustica, la impiedad— será el non plus ultra de nuestro estar en el mundo. Pues da esta impresión. Y para ello hay que ir más allá de nuestra necesidad de colmar un vacío. La fe cristiana será lo que sea, menos naïve. Un cristianismo que pretenda evitar caer en la autoayuda debería ser consciente de que el punto de partida son las víctimas —aquellos hombres y mujeres para los que la salvación es, antes que nada, un asunto corporal. Un cristiano no ve lo que ve únicamente con los ojos del asombro, pues para este viaje no hacen falta las alforjas cristianas, sino sobre todo con los de la redención. Para el hombre de fe, la existencia no se encuentra tanto en medio de aguas que nos cubren como en el centro de un drama cósmico. La esperanza creyente no arraiga en la necesidad psicológica de un final feliz, sino en el testimonio de los que han vuelto del infierno con vida… porque les rescató una bondad imposible —una bondad que tuvo lugar donde no podía tener (el) lugar. Por eso, tarde o temprano, el que se forma en la fe tiene que topar con el testigo y preguntarle qué has visto tú que nosotros aún no hemos visto. Donde nos ahorramos al testigo, con la intención de no espantar a la parroquia, volveremos a tener un Dios a medida, esto es, un ídolo. Aunque se vista de océano. En modo alguno, al Dios que nos saca del ensimismamiento o de quicio —de los muros del hogar. Hoy en día, como siempre, la fe parte de quien tuvo fe antes que nosotros. Nadie cree por su cuenta y riesgo. Nuestra fe, de tenerla, fue antes la fe de otro. La fe es algo más que una suposición —algo más que unos valores. Es la crisis de la religión —del dios que ya nos va bien.

Desde que recuerdo, los pastores se han hecho la misma pregunta: cómo transmitir la fe en un mundo que no da a Dios por descontado. Como si hubieran olvidado lo que es evidente —esto es, narrando la vida de los mártires—; como si se avergonzaran del crucificado. Hablemos de Dios: había una vez un hombre que… En realidad, la fe es una respuesta a una demanda: y tú quien dices que soy yo. Y aquí no basta con decir un ejemplo de integridad. Quizá los pastores haría bien si comenzaran confesando. De lo contrario, puede que la pastoral del buen rollo sea una excusa para enmascarar nuestra falta de fe.  

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