entre uno y otro

abril 27, 2020 § Deja un comentario

En la base de la experiencia religiosa, hay dos sentimientos en tensión. Por un lado, el de formar parte. Por otro, el de existir como arrancados. En el primer caso, el horizonte es el de la armonía. Se trata, en definitiva, del acorde. Su punto de partida es el asombro. Hay un único milagro: que el mundo sea. Aquí lo sobrenatural es lo más natural —no la posibilidad de un mundo de duendes. Basta con verlo o, mejor dicho, con caer en la cuenta. En el segundo, el arrancado —el judío, el cualquiera (y ¿quién no es cualquiera?)— sería una nota discordante, por seguir con la metáfora del acorde. Aquí, partimos del escándalo. Basta con tener entre tus brazos el cadáver de tu hijo tras la última operación del enemigo para poner a Dios contra las cuerdas —para que deje de ser evidente que, en el fondo, habita el espíritu de interconexión. Es posible que sea así —que lo primero fuera la paz. Sin embargo, la Creación está rota. De ahí que Dios sea el Dios que dejamos atrás —aunque, por eso mismo, también el Dios que está por regresar. Sea como sea, entre uno y otro, como narra el libro de Job, anda nuestra consustancial exposición al misterio. El riesgo es que la tensión rompa la cuerda. Y la rompemos donde despreciamos al que acentúa el polo que nosotros no tenemos tan en cuenta. Pues, como hombres y mujeres situados, no podemos evitar el acento. En cualquier caso, seguimos sin saber.

La fe, por consiguiente, no tiene nada que ver con el presupuesto del paganismo, el que da por sentado que hay entes superiores. Que los haya es irrelevante, a lo sumo un asunto técnico, cuando menos porque un ente superior tan solo exige un buen trato —un culto adecuado, una magia. No sea que se vuelva contra nosotros. De ahí que la sustitución de la vieja superstición, la que entendía los fenómenos observables, sobre todo los extraordinarios, en relación con la intervención divina, por el conocimiento objetivo de los hechos, sea, al fin y al cabo, anecdótica. En realidad, es más de lo mismo. La creencia en dioses enmascara el misterio al intentar incorporarlo. Al igual que la ciencia, al intentar poseerlo. En ambos casos, jugamos con moneda falsa.

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