equilibrio y lenguaje

mayo 10, 2020 § Deja un comentario

Los griegos decían que el equilibrio entre opuestos es lo que hay, por decirlo así. Que todo es cuestión de medida. Que no hay nada sin mezcla. Que el error consiste en el exceso. Así, es cierto, pongamos por caso, que no hay amor que no vaya acompañado de unas cuantas dosis de celos. Pero al igual que, donde los celos pesan más, el amor se transforma en posesión. Podemos admitir que no es lo mismo amar que desear. Pero sería inhumano un amor que no partiera del deseo —que no lo incluyera en absoluto. Y así hasta que nos cansemos. Por eso, en los asuntos predicativos, el lenguaje es una trampa —o si se prefiere, una simulación. Al menos porque el es del A es B no admite por defecto medias tintas. Es como si el decir fuera un veredicto. ¿Hay amor —belleza, bien…— o no lo hay? Vamos a verlo. Esto es, vamos a decirlo. El lenguaje no acierta con la medida exacta. No puede hacerlo, en tanto que las fronteras entre un hecho y su contrario son borrosas… en la mayoría de los casos. Por eso mismo, la sinceridad tiene que ser irónica. ¿Me amas? Vamos a decir que sí… Pero donde abusamos de la sinceridad el juego se interrumpe. Debemos jugar con las palabras. No hay que tomárselas demasiado en serio. Esto es, debemos seguir con la ilusión, hacer como si el trampantojo fuese real. La ironía solo puede ejercerse impunemente entre amigos… siempre y cuando no apunte a la amistad.

El equilibrio —el en cierta medida o hasta cierto punto— no admite ser cuantificado. De ahí que, por lo común, nos baste con lo que nos parece que es —con lo suficiente. ¿Cuántas dosis de celos podríamos tolerar? No lo sabemos, aunque sepamos que no demasiadas. ¿Cuándo podríamos decir que un vino ha alcanzado su madurez? Aquí es inevitable el más o menos, dentro de ciertos márgenes. ¿Cuántos granos de arena deberíamos quitar para que un montón de arena deje de serlo? Y, sin embargo, no hay equilibrio que sea estable. De ahí que, cuando se tambalea más de la cuenta, nos preguntamos de qué se trata al fin y al cabo. ¿Qué es lo que nos traemos entre manos? ¿Amor o costumbre? ¿Heroísmo u oficio? ¿Bondad o interés? Esto es, tarde o temprano nos veremos empujados a juzgar —a decir de qué se trata en cada caso. Es lo que necesitamos decirnos, aunque no sepamos a ciencia cierta cuál es la respuesta. No podemos soportar demasiada realidad —andar sobre la cuerda floja durante mucho tiempo.

Ahora bien, un juicio siempre se lleva a cabo en nombre de lo que debe ser —en nombre de lo paradigmático o ideal. Por eso, cuanto nos traemos entre manos tiene las de perder. El lenguaje —la predicación— es un juez implacable. Las palabras vienen del cielo. Por eso mismo, siguen estando al servicio de un dios. Y ante la irrupción del un dios, nada se salva. Pues todo se nos da a medias, nunca hasta el final o por entero. No es casual que, como dijera Hegel, donde irrumpe la reflexión no vuelva a crecer la hierba. Como tampoco lo es que la filosofía termine coqueteando con el nihilismo… si es que no lo abraza. Y es que lo que no es por entero —lo que no acaba de ser lo que debiera—, lógicamente no es.

Con todo, podríamos preguntarnos si acaso al someternos a la exigencia del logos no habremos echado por la borda la posibilidad de ver con los ojos de la gratitud cuanto nos ha sido dado. El logos es un arma de doble filo. Es cierto que solo a través de la pregunta por lo que hay más allá de lo que nos parece que hay cabe distanciarse del poder de lo impersonal —de lo que se dice o se hace, al fin y al cabo, de la inercia. Pero también es cierto que en el logos hay una pretensión que no está a nuestro alcance. Para quien no tiene qué comer, un croissant al que le falte un cuerno es un milagro. No, para el niño malcriado. Más bien, lo probable es que lo desprecie: no es lo que debiera. Y aquí, sencillamente, se equivoca. Al menos, porque el retroceso —la ocultación, la des-aparición—de lo real pertenece a la naturaleza de lo real, a su darse o hacerse presente. Porque el no terminar de ser va con lo que debe ser.

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