Franz (1)

julio 12, 2020 § 1 comentario

El protagonista de la última película de Terrence Malick, Una vida oculta, es condenado a muerte por no querer jurar fidelidad al Führer. Para Franz, Hitler es el heraldo del Mal. Sencillamente, no quiere formar parte de las fuerzas del Anticristo. Su situación recuerda a la de los mártires durante las persecuciones de Diocleciano, lo cuales fueron ajusticiados o enviados a los leones por no reconocer al César como señor. La pregunta es ¿por qué se obstina Franz? Muchos de los que quieren salvarlo —incluyendo aquí a hombres de Iglesia—, le aconsejan jurar en falso: al fin y al cabo, no son más que palabras. Los argumentos son, sin duda, razonables. De hecho, serían los nuestros: tu gesto será inútil, el mundo no sabe ni que existes; todo seguíra su curso y otro ocupará tu lugar; al fin y al cabo, lo que Dios tiene en cuenta no son las palabras, sino lo que hay en tu corazón, etc. De hecho, los gnósticos de los primeros tiempos del cristianismo recurrieron a esta última justificación para ahorrarse el martirio: si Dios habita en lo más profundo del alma —si la redención consiste en saber de qué va el asunto—, la confesión es lo de menos. Lo que importa es la enseñanza. Los gnósticos se comportaron como Galileo ante la inquisición. Que la Tierra dé vueltas alrededor del Sol —que sea verdad— no depende del compromiso de quien lo afirma. Desde la óptica del gnosticismo, el martir es, simplemente, un insensato, por no decir, un talibán. No hay para tanto. Eppur si muove, a pesar de la declaración de Galileo. Y quien no lo sepa ver, peor para él: seguirá siendo un ignorante.

Aparentemente, la conducta del protagonista es coherente con los principios del pacifismo. Es preferible sufrir la injusticia que cometerla, le dice a Franz uno de los personajes de la película, citando a Sócrates. Y algo de esto hay. Sin embargo, el empecinamiento de Franz no obedece solo a su voluntad de mantenerse fiel a sus principios. En un momento de la película, el abogado defensor le ofrece la posibilidad, previa firma, de trabajar en un hospital de campaña… si es cuestión de no matar. Pero Franz no acepta el trato. El asunto es otro —o fundamentalmente otro. Franz no quiere traicionar al Dios que nos dio la vida. Sin duda, nos enfrentamos a un gesto desconcertante, por no decir, incomprensible, incluso dentro de las canchas cristianas de hoy en día. ¿Acaso puede importarle a Dios? ¿Es que Dios no prefiere que Franz continuase cuidando de su mujer y de sus hijas? ¿Exige Dios el sacrificio de Franz? ¿No sería ese Dios un Dios cruel y, por eso mismo, indigno de la fe del hombre? Desde una óptica tópicamente religiosa, según la cual el modo de ser de Dios, se entienda como se entienda, está determinado de antemano, la decisión de Franz es absurda. Sin embargo, desde el punto de vista cristiano, las cosas son muy diferentes. Pues el Dios que se revela en el Gólgota es un Dios que no termina de ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Por ello, la adhesión del hombre —su fe— solo podrá llevarse a cabo sin Dios mediante, esto es, en aquellas situaciones en las que no parece que haya un Dios de nuestra parte. Dicho de otro modo, en un mundo sin Dios, tan solo cabe un Dios encarnado. Cristianamente, no hay otra presencia de Dios —otro presente— que la de quien lo encarna. O lo que viene a ser lo mismo, no hay contacto directo con Dios. Dios como Padre —como el eternamente otro— sigue estando más allá. Incluso en los cielos. Es por eso que, cristianamente, Jesús es confesado como el quien de Dios —como Dios en persona—, aquel en el que el Padre se reconoce y por eso mismo puede llegar a ser el que fue en el centro de la historia. Jesús, el hombre, no es simplemente aquel que representa el modo de ser de Dios: es el modo de ser de Dios (y esto no debería entenderse como si Jesús fuese un dios con la máscara del hombre). La encarnación de Dios significa que Dios se da como hombre de Dios (y no únicamente en el hombre de Dios). Dios, sencillamente, es este darse o, en trinitario, la relación histórica entre el Padre y el Hijo, los cuales respectivamente no son aún nadie sin el otro.

Para entender esto último hay que tener presente que la caída afectó tanto al hombre como a Dios. Un Dios que no quiere ser sin el hombre queda herido de muerte con el desprecio del hombre. Tras la caída, Dios queda vaciado de su modo de ser y, por eso mismo, deviene el impronunciable nombre de Dios —e impronunciable precisamente porque no puede funcionar como nombre sin falsificar a Dios. Contra los presupuestos de la sensibilidad religiosa, el nombre de Dios no designa a Dios como la palabra árbol refiere a cualquier árbol. Y esto equivale a decir, cristianamente hablando, que, tras la caída y hasta el Gólgota, el nombre de Dios tuvo pendiente su referente —su quien. En este sentido, no es casual que, para Israel, Dios en verdad se ofrezca como promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo. La reconciliación entre Dios y el hombre no depende de un culto adecuado —esto sería aún religión—, sino de que se realice un porvenir que no está solo en manos de Dios (aunque tampoco solo en las del hombre). Evidentemente, todo esto es ininteligible —e inaceptable— para el homo religiosus. Cuando menos, porque este da por sentado que la divinidad es la que es con independencia del fiat del hombre. El horizonte de la religión es la salvación del hombre —o al menos, su plenitud. El de la fe, la redención de Dios. Aunque quien redime a Dios del pasado en el que fue sepultado ignore —y deba ignorar— que está redimiendo a Dios para que el hombre pueda volver a ser capaz de Dios.

De ahí que el tema del sacrificio del Hijo sea uno de los irrenunciables del cristianismo, a pesar de que para el cristianismo ligth de nuestros días resulte un tema, cuando menos, incómodo. Y es que donde la fe pierde de vista la dimensión sacrificial de la pasión pierde vista al Dios que se revela en la cruz. Ahora bien, para comprender dicha dimensión sacrificial, hay que tener presente que el envés del sacrificio del hombre no es otro que la impotencia de un Dios que perdió su identidad tras el abandono del hombre —de un Dios que, como decíamos, no quiere ser sin el hombre. De lo contrario, Dios sería un Dios sediento de reparación. Y no es esto lo que sostiene el cristianismo.

Por tanto, para entender la obcecación de Franz hay que situarse en la perspectiva del sacrificio. Evidentemente, Franz ignoraba el significado de su entrega. Tenía que ignorarlo. El sacrificio pierde su sentido donde el que se sacrifica posee el sentido de su sacrificio. Como decíamos antes, nuestra relación con Dios se decide en las situaciones en las que nos sentimos abandonados de Dios. O en palabras de Bonhoeffer, ante Dios, nos hallamos sin Dios. El sacrificio de Franz habría resultado rídículo, si Franz se hubiera dicho —y nos hubiera dicho— que tiene que sacrificarse para que Dios se haga presente entre los hombres (y como hombre). Esto es, su sacrificio nos habría hablado de él —de su creencia—, en modo alguno de Dios. Sencillamente, Franz quiso ser fiel a Dios. Ni más, ni menos. En cualquier caso, su posición fue la de quien mantiene una relación casi física con el Dios al que le debe la existencia. A pesar de que en el imaginario de Franz siga habiendo mucha religión. A pesar de que Dios en realidad sea un fantasma que clama por incorporarse de nuevo al mundo de los vivos. En cualquier caso, Franz no podía faltarle a Dios al igual que los antiguos mártires no pudieron abjurar de aquel de quien recibieron la salvación, precisamente, porque el punto de partida de su fe no fue una cosmovisión en la que todo encaja, sino la experiencia de un haber sido liberados de los poderes del mundo. En este sentido, la relación que Franz mantiene con Dios sería análoga a la que mantiene con Fani, su esposa (y no es casual que las metáforas conyugales sean habituales en el profetismo bíblico a la hora de traducir las relaciones entre Dios y el hombre). Franz no puede abjurar de Dios, como no podría repudiar a la mujer a quien le debe la vida. Y esto es lo que nos cuesta admitir hoy en día, incluso cristianamente. Podemos entender la imposibilidad de irse con otra. Ya nos cuesta más decir lo mismo con respecto a Dios. Pero puede que este sea el síntoma de que nuestro vínculo con Dios no es con Dios, sino con nuestra creencia en Dios —con nuestra necesidad de suponer que hay un Dios.

En realidad, el sacrificio de Franz no fue estéril, aun cuando su fertilidad permanezca abierta a un futuro que no logramos vislumbrar. La película termina con la imagen de la campana que un habitante del pueblo de Franz hizo sonar después de que Franz fuese guillotinado. Al oirla, los hombres y mujeres del pueblo se detienen, cayendo en la cuenta del alcance de la obstinación de Franz. Por decirlo en breve, gracias al sacrificio de Franz, el Mal no pronunció la última palabra —y es de esperar que no la pronunciará cuando todo esto termine, aunque no podamos concebir el cómo. Mi amigo Miguel Angel Moll dice que al final los hombres del pueblo fueron salvados por la campana. Quizá, quienes seguimos instalados en el hogar, no podamos esperar otra redención.

§ Una respuesta a Franz (1)

  • Carmen dice:

    Gracias por un análisis tan esclarecedor de la película (y de la historia tras ella), que me impresionó muy profundamente. La vi casi en paralelo con Parásitos, y para mí cada una representa una de las opciones básicas contrapuestas del hombre en sociedad. Frente al aplauso prácticamente unánime de Parásitos por parte de la crítica experta, Una vida oculta cosechó comentarios muy poco elogiosos por parte de los expertos; no sé si tiene que ver solo con aspectos técnicos que ignoro por completo, o también con el mensaje de fondo que cada una de ellas porta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Franz (1) en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: