5G

julio 13, 2020 § Deja un comentario

Leo lo siguiente en el libro de Marta Peirano, El enemigo conoce el sistema: “en Beijing, un ciudadano que cruza en rojo puede ser multado instantáneamente en su cuenta bancaria. También puede verse inmortalizado en un loop de vídeo cruzando indebidamente en las marquesinas de las paradas de autobús, para escarnio propio y de su familia. Si comete más infracciones, como aparcar mal, criticar al Gobierno en una conversación privada con su madre o comprar más alcohol que pañales, podría perder el empleo, el seguro médico y encontrarse con que ya no puede conseguir otro trabajo ni coger un avión. Así es como funcionará el nuevo sistema de crédito social chino, programado para entrar completamente en vigor en 2020. Su lema es: Los buenos ciudadanos caminarán libres bajo el sol y los malos no podrán dar un paso”. Por lo común, no tenemos mucha idea de las dimensiones actuales del big data. Impresionan. Imagínate que cualquier conversación, estas palabras que tecleo, los paseos solitarios por el bosque, los correos que envías, los libros que ojeas en el metro… fueran registrados en la nube y procesados por el algoritmo. ¿Seguiríamos sintiéndonos libres? ¿Acaso podríamos respirar? Decía Pascal que los males del hombre comienzan donde este es incapaz de permanecer a solas en una habitación. Pero ¿habrán habitaciones en el internet de las cosas? Quien tiene un roomba de última generación debería saber que la empresa posee los planos de su hogar. Con la implantación del 5G, todo terminará al servicio de una limpieza más eficaz.

Decían los Padres de la Iglesia que Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios. La Modernidad podría entenderse como la realización irónica de la sentencia patrística: Dios renunció a su condición divina para que el hombre pudiera ocupar su lugar. Y parece que va ocupándolo a pasos de gigante. El ojo de Dios —el que escudriña hasta las profunidades más oscuras del alma— se ha hecho de carne y hueso, mejor, de cable y silicio. Lo que ignoraban los Padres es que el Dios hecho hombre no parece tener buenas intenciones. Dios es poder. Y el poder siempre se ejerce contra el débil. Los cielos difícilmente se encuentran donde las nubes. La tecnología de la información no está al servicio del hombre. De hecho, es al revés. El hombre se ha convertido en la materia —el dato— de un poder impersonal. Y de ahí a que la humanidad se escinda en castas genéticamente diferenciadas media un paso: los que puedan, pongamos por caso, alterar sus sinapsis cerebrales hasta el punto de que Einstein les parezca un deficiente mental no serán, ciertamente, de los nuestros.

Da la impresión que nos espera un futuro de hombres y mujeres tristes, hombres y mujeres que solo encontrarán la dicha en la distracción que se les permita, un futuro de hormigas. Al final, puede que el destino de Babel sea nuestra única esperanza. Sin embargo, lo que no cuenta la Biblia es que Babel se derrumbó, no por el rayo de Zeus, sino por el microbio. En verdad, Dios siempre estuvo del lado de la debilidad.

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