Franz (2)

julio 14, 2020 § Deja un comentario

Franz, decíamos en la entrada anterior, mantuvo una relación casi física con Dios. No podía fallarle al Dios que le dio la vida como no podía fallarle a su esposa si los nazis le hubieran obligado a repudiarla. Nos hallamos ante un creyente que toma su creencia al pie de la letra. Hay Dios —la Creación lo atestigua— y es bueno. El mal es debido a nuestra desobediencia. Punto. Podríamos decir que Franz cree a flor de piel. De ahí que veamos a Franz como un ejemplo de fidelidad extrema, pura, incondicional.

Sin embargo, nosotros, los que nos hemos preguntado alguna vez por la verdad de nuestra creencia, difícilmente podemos creer como Franz. Nuestra relación con Dios no es, ni de lejos, tan física. Por lo común, de haberla, se sostiene sobre una suposición: quien cree que hay Dios suele creerlo como quien cree que hay vida en Marte. De hecho, como modernos, tenemos la impresión de que en la fe de Franz aún posee mucho de infantil. Ahora bien, cogiendo un lápiz más fino, podríamos decir que la distancia que experimentamos con respecto a la fe de Franz no responde solo al haber sido infectados por el espíritu de la sospecha. En realidad, esta distancia fue cristiana antes que moderna. El cristiano, ciertamente, cree en lo que Jesús creyó: hay un Padre que está del lado de los que sufren, un Padre que pondrá un punto y final a los tiempos para juzgar a vivos y a muertos. Un cristiano cree —es decir, espera— que, en nombre de Dios, el verdugo no pronunciará la última palabra. Sin embargo, si cristianamente cabe creer en lo que Jesús creyó no es porque este lo creyerá —porque fuera su supuesto—, sino porque murió como murió. Esto es, si cristianamente es posible confesar que hay Dios —y no solo el fantasma de Dios— es porque Jesús lo encarnó; porque, en definitiva, el crucificado se puso en manos de un Dios impotente hasta el Gólgota. En modo alguno es secundario que el cristianismo convierta al predicador en predicado. Jesús no se anunció a sí mismo. No dijo: creed en mí como Dios en persona. En cambio, es esto lo que proclama el cristianismo. Es desde la fe en Jesús como el quien de Dios que podemos creer en lo que Jesús creyó. La fe de Jesús no es aún cristiana. De afirmarlo, haríamos de Jesús un creyente ejemplar, pero poco más. Ciertamente, esto podríamos decirlo, por ejemplo, de Abraham o de Moisés. Sin embargo, Jesús no se reveló como un nuevo Abraham, sino como el nuevo Adán. En realidad, Jesús fue la última oportunidad de Dios, antes de que pudiera ser la del hombre.

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