de la izquierda y el poder (1)

agosto 8, 2020 § Deja un comentario

Desde el lado de las izquierdas, el compromiso político de la ciudadanía se concibe como presión —y una presión avalada moralmente. Se trata de apretar en la dirección de una sociedad más justa o, si se prefiere, de algún proyecto emancipador. Como si la pugna política fuera como el juego de la soga en donde gana el equipo que tira de un extremo con más fuerza. Sin embargo, uno podría preguntarse si la comparación es adecuada, esto es, si quienes ejercen un verdadero poder están, de hecho, jugando al mismo juego que quienes se encuentran por debajo. Pues llama la atención que, cuando las izquierdas consiguen gobernar, difícilmente pueden llevar a cabo su programa… más allá de lo cosmético. Tarde o temprano, topan con un no es posible, un no que se pronuncia desde el exterior del juego político. Tomarse en serio el poder supone tomar en serio la naturaleza de esta imposibilidad. Y es que el ejercicio del poder no consiste tanto en doblegar como en situar al vencido en la impotencia. El poder, sencillamente, establece los límites de lo posible. Es dentro de estos límites que se despliega el juego de lo político… como si fuera una lucha por el poder. Pero el verdadero ejercicio del poder es anterior a dicho juego. El poderoso no juega, sino que establece las reglas de juego. En este sentido, todo poder es divino. Las leyes democráticas, como sabemos, se justifican como una limitación o distribución del poder. Sin embargo, el poder, por defecto, se sirve de la leyes que, en principio, pretenden limitarlo. De ahí que un pensamiento político que pretenda estar del lado de los que apenas cuentan tenga que comenzar reflexionando sobre aquello de lo que depende, hoy en día, el poder que divide el mundo entre los que valen y los que sobran. Dicho con otras palabras, las izquierdas seguirán dando palos de ciego donde no tengan en cuenta que el tema ya no es tanto la distribución de las rentas generadas por la producción de bienes y servicios como los factores que determinan lo que va a ser aceptado como dinero (y, de paso, su producción). Y no porque quien posee mucho dinero posea mucho poder, aunque también, sino porque el verdadero poder consiste en decidir qué va a emplearse como medio de cambio. Pues el dinero ya no es lo que fue (y aún espontáneamente diríamos que es). Y si hablamos aquí de decisión es porque en modo alguno es obvio que se trate, precisamente, de una decisión. No tiene nada de anecdótico que Facebook quisiera —y siga queriendo— emitir su propia moneda.

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