desamparo

agosto 9, 2020 § Deja un comentario

La operación básica de la razón consiste en reducir la pluralidad a un denominador común —a un fundamento: todo es agua. Ahora bien, incluso en lo que respecta a su operación básica, la razón no se ejerce sin presupuestos —y unos presupuestos, al fin y al cabo, valorativos. Precisamente, porque los esquemas elementales de la razón son binarios —sí o no; arriba o abajo; luz u oscuridad…—, la razón tiene que elegir entre uno de los polos a la hora de operar su reducción. Y esta elección, como es obvio, carece de razones. Se trata de una elección cultural, por decirlo así. Como sabemos, en la Antigüedad nadie cuestionaba la primacía de lo superior. La organización política facilitaba, de hecho, esta percepción de base. Hay cielos —hay dioses— como hay nobles. Y nosotros estamos por debajo. Lo inferior se debe a lo superior —depende de lo superior. La razón de los antiguos operaba sobre este prejuicio. A ojos de la razón, la diversidad de lo que hay se reducía… a un origen que se encuentra por encima. El mundo que podemos ver y tocar se entendió, consecuentemente, como una derivación —una expresión o, si se prefiere, una degradación— de lo que fue en un principio, del ente supremo. Tan solo lo elevado propiamente es. En cambio, modernamente, lo que decimos de manera espontánea es que cuanto se nos presenta como superior no es más que una variación de lo inferior (y aquí uno podría preguntarse qué papel ha jugado el cristianismo con su Dios humillado para la redención de los hombres). En vez de lo superior tenemos únicamente un aumento de complejidad. Desde la óptica moderna, podemos decir, por ejemplo, que el desamparo que constituye la existencia no es más que una sublimación teórica del desamparo infantil, el cual, se supone, no posee la densidad de una esencia. De acuerdo. Sin embargo, no estamos más cerca de la verdad por verlo de este modo. Un antiguo podría decirnos perfectamente que gracias a la proyección sobre el presente de los sentimientos de la infancia hemos sido capaces de dar en el clavo. Ahora bien, tampoco podríamos decir sin ruborizarnos que el antiguo esté en lo cierto. De ahí que, en relación con la cuestión sobre lo que es en verdad, sigamos en el aire. O también, pendientes de una última palabra que, sin embargo, no sabemos quién llegará a pronunciarla. Aunque, ciertamente, podamos tener una creencia al respecto.

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