potestas

enero 16, 2021 § Deja un comentario

Se dice que la muerte iguala a los hombres —a pobres y a ricos, a nobles y a esclavos—. Pero no se muere del mismo modo, si se muere sobre una cama que en la calle. Ya sabemos que, tradicionalmente, los miembros de la realeza eran considerados superiores. Su existencia era, literalmente, real. En ellos se concentraba la esencia de lo humano, por decirlo así. No padecían hambre. Disfrutaban de los poetas. Su inteligencia era sutil. No es casual que fuesen vistos como representantes de los dioses. La suciedad —la podredumbre, el infierno— se decantaba del lado del vulgo. Al menos, el noble siempre pudo encubrirlas. Desde la distancia aristocrática, el resto de los hombres son insectos. Si es posible una vida elevada, entonces no somos iguales. De ahí que Nietzsche no regase fuera de tiesto: es posible que la igualdad sea un trampantojo —que la convicción de que, en el fondo, cualquier hombre es el mismo hombre, obedezca únicamente al resentimiento, a la necesidad que el esclavo tiene de decirse a sí mismo que la elevación es aparente.

Con todo, uno puede sospechar de la sospecha de Nietzsche. Siempre podemos preguntarnos si la verdadera elevación acaso no exigirá otros moldes que los políticos. ¿Quién detenta un genuino poder? ¿Jeff Bezos, Mark Zuckerberg? ¿O un maestro zen? ¿El que domina a los demás? ¿O el que se domina a sí mismo? Ya sabemos cual fue la respuesta de Platón: el héroe es Sócrates, no Aquiles. Sin embargo, aquí seguimos dentro del horizonte de la elevación —del poder—. Y es que, espontáneamente, no hay quien no aspire a la liberación de la soga que nos ata a la necesidad. En este sentido, caben dos posibilidades: o bien, la libertad pasa por detentar un poder absoluto —sea político o tecnológico—, o bien por un saber estar por encima de cuanto no importa en absoluto. O bien por el tener cuanto más mejor, o bien por reducir la necesidad al mínimo. En cualquier caso, hay que partir de la elevación como desideratum de la existencia humana para, cuando menos, intuir el carácter inaceptable de un Dios cuyo poder se ejerce, precisamente, como renuncia al poder —por no hablar de su sacrificio por amor—. De ahí que la pregunta por la verdad sea insoslayable: o es verdad que los hombres somos el mismo huérfano solo ante un Dios que se autoinmola para llegar a ser el que es —que es verdad que ante un Dios que brilla por su ausencia o porvenir, todo ídolo tiene los pies de barro—; o es verdad que el hiato entre agraciados y desgraciados es insalvable (y que, por eso mismo, los dioses siempre despreciarán a los que viven en el barro). Las opiniones, aquí, no interesan.

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