una de teodicea

enero 20, 2021 § Deja un comentario

Algunos pueden seguir haciéndose la pregunta de siempre, aunque actualizada: si Dios existe, ¿por qué permite la pandemia? De acuerdo. Estamos ante una variante de la pregunta de Voltaire ante el terremoto de Lisboa, por no hablar del clásico dilema de Epicuro. Como dejara escrito George Büchner, el sufrimiento es la roca del ateísmo. Pero la perplejidad quizá deberíamos sentirla de otro modo. Al menos, desde la posición creyente. Pues la experiencia del don va con la de la posibilidad de que nos sea arrebatado. Sencillamente, no podemos apropiarnos de lo dado —y en este caso, lo dado es la vida—. Donde el hombre hace suyo lo que, en el fondo, es donación, tarde o temprano prescinde de Dios, de su esencial estar cabe Dios. El escándalo no reside tanto en la muerte, sino en que el hombre sea capaz de asesinar. La duda de Voltaire, al fin y al cabo retórica, no se encuentra en el mismo plano que el desgarro que expresa Dostoyevski en el conocido pasaje de los Karamazov a propósito del asesinato de un niño. De hecho, el problema de la teodicea —el problema de la justificación de Dios ante el horror— fue planteado en su momento en el libro de Job. Y la respuesta ya sabemos cuál fue: hay mal porque hay Dios —al igual que hay bendición porque hay Dios—. Evidentemente, esto no se entiende donde partimos de la suposición de que Dios es un ente bueno, aunque espectral (y aquí el dilema de Epicuro resulta definitivo). La cosa cambia donde Dios se revela como el Dios que tiene en el aire, precisamente, su entidad —el Dios que, como efecto de la caída, aún no es nadie sin el fiat del hombre—. Es lo que tiene un Dios que no quiere —y por consiguiente, no puede— ser sin aquel en quien se reconoce. Dios no nos debe nada. En cualquier caso, es al revés. Y es que el haber de Dios es el de un Dios que fue desplazado más allá de los tiempos históricos como el Dios que está por regresar. Esto cristianamente es así. Aunque Dios no regresará como el deus ex machina de las tragedias griegas, sino con el rostro de un crucificado en su nombre. Pero este es otro asunto.

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