fe y creencia

febrero 4, 2021 § Deja un comentario

Nunca se creyó en los espíritus del bosque o en los dioses. Como hoy no se cree en piedras o árboles: se constatan. De los dioses o los espíritus del bosque hubieron, sin duda, indicios palpables, aun cuando actualmente estos indicios ya no apunten a ningún orden superior. Solo hay que imaginarse qué pudo suponer el estallido de un volcán en los tiempos de las cavernas para intuir que la experiencia de lo divino es natural. Obviamente, para los antiguos hubo un infierno —y estaba bajo el suelo que pisaban—. En cambio, a diferencia de los dioses, el Dios bíblico exigió de entrada una fe o, lo que viene a ser lo mismo, una ciega confianza en su porvenir. Y la exigió como Dios verdadero. Llama la atención que la verdad de Dios fuese contra toda evidencia religiosa. Y no porque Dios permaneciese oculto —de hecho, los ocultos siempre fueron los dioses—, sino porque Dios en verdad, tras la caída, tuvo en el aire, nunca mejor dicho, su modo de ser, su identidad. Por eso, no es casual que los testigos de ese Dios fuesen los que no contaban con ningún dios de su parte. Nada que palpar, ningún prodigio, salvo el de su falta o, siendo más estrictos, el que se desprende de ella: el milagro de seguir con vida. Pero con el tiempo la religión reclamó sus derechos sobre la fe. Sencillamente, la religión, con su dios por descontado, es más creíble —más interiorizable o apropiable—. De ahí que, dejando a un lado a los creyentes de primera línea, uno comience a creer en el Dios verdadero porque se cree en él —porque la creencia en Dios flota en el ambiente—. No es que, sociológicamente hablando, antes los hombres creyeran en Dios, sino que, más bien, creyeron en la creencia, por decirlo así. A lo largo de la cristiandad, la creencia compartida —aquello en lo se cree— ocupó, sencillamente, el lugar de Dios. Esto es, dios suplantó a Dios. Como si la única operación del cristianismo histórico hubiese consistido, al fin y al cabo, en sustituir el plural por el singular —los muchos por el uno—, olvidando que la diferencia entre el monoteísmo y el paganismo o la religión no es de grado, sino de naturaleza.

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