la lepra

febrero 14, 2021 § 2 comentarios

El leproso, en el antiguo Israel, era el estigma del mal. Esto es, un maldito de Dios (y por eso mismo, intocable). Dejando a un lado la cuestión de los milagros, lo cierto es que, según nos cuentan, Jesús curaba a los leprosos simplemente tocándolos, esto es, restituyéndoles la humanidad. Algo parecido hizo Pedro Claver en Cartagena de Indias con los esclavos que eran tratados como alimañas. Ni en un caso, ni en otro fueron bien vistos por la comunidad religiosa, ya cristiana con Pedro. Sin embargo, la trascendencia de Dios —su carácter sagrado o intangible— se encarna en mayor medida en los cuerpos de los intocables que en las elevaciones del inspirado. Y quien dice leproso, dice el gitano, la cucharacha tutsi, el sucio inmigrante…, los cuales, por vivir como perros, acaban actuando como tales. Es normal que intentemos alejarlos de nuestros hijos. De ahí que sea muy difícil que entremos en el territorio de la fe —o lo que viene a ser lo mismo, de lo serio— donde creemos que la lepra no va con nosotros. Como si la posibilidad de convertirse en un apestado fuera tan solo un asunto de desgraciados. Como si al fin y al cabo la existencia consistiera en estudiar para encontrar un buen trabajo y, así, tras una boda casi obligada, comenzar a ahorrar para comprarse una casa de campo y, de paso, un segundo coche. Sin duda, a algunos la vida les confirma este programa. Pero a costa de no preguntarse si acaso el que desprecia o simplemente ignora no será su hermano.

§ 2 respuestas a la lepra

  • Iñaki dice:

    Buenas tardes,
    Quizá, el enfoque desde el que se mira el asunto expuesto, presupone la superioridad del observador, manifestada, en primer lugar intelectualmente, por la toma de conciencia misma de la diferencia y su delimitación.
    Pero puede que sea al revés, y los favorecidos sean aquellos que se observa. No la otra parte observante.
    En cualquier caso, todos llevamos la marca del pecado original, y todos deberíamos hacer lo posible por descargar de nosotros tanta miseria acumulada cada día, cada uno de los días de nuestra vida. Oración, Sacramentos, cumplir los mandamientos. Intentar seguir a Jesucristo.
    Hay algo importante que decir y es que uno no puede amar en general. No se puede, a menos que seas un Ángel u otro ser superior.
    Y otra, que no se erradicará nunca del mundo la injusticia, por más que se intente.
    Y, por último, que esto no implica pasividad ni falta de implicación en los problemas del mundo, pero sí una humildad en reconocer limitaciones propias importantes que requieren de la ayuda de Dios.
    Un saludo cordial
    Iñaki

  • Patricio dice:

    La insociable sociabilidad decía Kant, para referirse a la paradoja de la naturaleza humana, que queriendo hacer bien y demostrarlo, tiene un enorme deseo de no hacerlo, lo piensa. Muchos tratan de arreglar la pobreza, con arreglo a su propia conveniencia, lo que, por supuesto, no tiene valor, porque se debe mirar la especie y no al individuo en particular, pero ¿acaso podremos doblegar y vencer la naturaleza humana?…pienso que solos, jamás, por esto se hace inapreciable y urgente, entregar el mensaje de la buena nueva por parte de los elegidos para hacerlo.

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