diseño inteligente

marzo 5, 2021 § 1 comentario

Por poco que consultemos un manual —o una web interactiva— sobre el cuerpo humano no podremos dejar de asombrarnos. Todo encaja (o casi todo). Cuesta imaginar que estemos ante del producto del azar. De ahí la hipótesis del diseño inteligente frente al darwinismo académico. Sencillamente, hasta los ojos de una simple mosca tienen que responder a la inteligencia de un ente superior. Y quien dice los ojos de una mosca, dice la inmensidad del cosmos. De hecho, la tesis del diseño inteligente es algo así como la puesta al día del deísmo ilustrado —de la hipótesis del dios relojero. Sin embargo, que no podamos imaginar que del azar salga espontáneamente un orden —que los ojos de una mosca tardasen millones de años en llegar a ser lo que son— tiene que ver con nosotros, con los límites de nuestra imaginación. Y no deberíamos confundir lo que nos parece que es con lo que es. Sin embargo, la cuestión de fondo no es esta, sino si habríamos topado con Dios en el caso de topar con el gran diseñador. Los que defienden dicha hipótesis probablemente dirían que sí. Pero podríamos preguntarnos si un dios que formase parte del mundo, aunque perteneciese a otra dimensión, sería algo más que un ente superior. La pregunta, para quien posee una sensibilidad bíblica, es retórica. Pues aun cuando los gusanos no puedan concebir ni siquiera nuestra existencia, no por ello somos dioses. Que se lo pudiéramos parecer no tiene que ver con nosotros, sino con su incapacidad. No es casual que la distinición mosaica entre el falso dios y Dios en verdad apunte en esta dirección. Y es que la experiencia de la realidad de Dios no tienen nada que ver con la percepción indirecta o parcial de lo desconocido, sino con la de una falta esencial y, por eso mismo, invisible (y no meramente aún por ver). Dios no pertenece a la totalidad. Ahora bien, no porque sea la pieza que falta, sino porque no se trata de pieza alguna. Más bien del nadie cuyo clamor espectral mantiene el mundo en vilo. En relación con el Otro en falta, el todo es el no-todo. Estar ante Dios es estar ante un Dios eternamente porvenir (y no ante el dios que juega al escondite). En este sentido, debería llamarnos la atención que el cristianismo declare, al margen de los malentendidos históricos, que Dios —estrictamente, el Padre— no tiene otro rostro que el de un condenado en su nombre. Y que, consecuentemente, el por-venir de Dios no es discernible del de aquel que, abandonándose a Dios, murió como un abandonado de Dios. Creer en otra cosa supone confundir las churras con las merinas —o por decirlo de otro modo, la fe con la religión. Aunque el huérfano no pueda evitar fantasear con papá.

§ Una respuesta a diseño inteligente

  • Quentin dice:

    Se maravilla el gusano ante la complejidad del esclavo egipcio que está a punto de aplastarlo y lo señala como Dios. El esclavo se ríe de la ingenuidad del gusano y señala al faraón como la deidad a la que servir. El faraón menosprecia a su siervo y se gira hacia Ra para para adorarlo como verdadero dios. Y Ra a su vez ignora al faraón y mira aún más allá…

    ¿Cuándo termina este camino absurdo en la búsqueda del dios perdido?

    Pero si Dios es un concepto que significa “el que está más allá de mi mundo y es superior a mí”, ¿qué impide que algo supere su instancia y obligue a Dios a mirar más allá? ¿Hacia dónde mira Dios? ¿Cómo puede Ra explicarle al faraón algo que atañe a su mundo? ¿Cómo puede explicarle el esclavo al gusano que él no sabe tampoco quién es? ¿Cómo puede el faraón estar seguro de que Ra es el final del camino? ¿Cómo puede Ra saberlo? ¿Cómo puede Ra convencer al faraón de que sí, él es dios, si tampoco él está seguro? ¿Cómo puede Ra convencer al faraón de nada? ¿Acude Ra semanalmente a un psicólogo para dioses para meditar sobre su realidad?

    En la inquietante película “El show de Truman” el protagonista vive en una pequeña isla que conforma su universo, donde él se siente seguro. Pero la inquietud le hace escaparse de la isla, como Adán del paraíso, y con un velero se lanza al mar. Hasta que alcanza el límite del estudio de televisión que contenía su pequeño mundo. Su velero topa con una pared y él oye una voz que surge de la megafonía que le llama por su nombre. Es la voz del director del programa en el que Truman ha estado toda su vida inmerso. La pregunta que hace el pobre Truman a la voz que surge “del más allá” es inevitable: “¿Eres dios?”. El director lo niega y le invita a salir de su isla y entrar en su mundo. Al dar ese paso, Truman seguirá planteándose la misma pregunta una y otra vez: “¿Dónde está Dios?”. Pobre Truman, ha salido de su mundo pero no ha conseguido respuestas. Lo mismo que le ocurrió a Adán.

    Cuando acabemos esta existencia, ¿nos sentiremos como Truman? ¿Cómo el faraón? ¿Cómo Ra?

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