de vocaciones y pastores

marzo 10, 2021 § 1 comentario

Es difícil que haya vocaciones, ya no solo religiosas, sino también meramente cristianas, si no partimos del padre, esto es, de aquel a quien admiramos (y lo admiramos porque está de vuelta o, mejor dicho, porque ha vuelto con vida del horror). En el fondo, el pistoletazo de salida de una vocación es un decirse a uno mismo quiero ser como él (o como ella). Quizá los pastores se equivoquen donde pretenden aproximarse demasiado al rebaño —donde aspiran al coleguismo, a ser uno más, aunque con un oficio singular. O donde se limitan a decir que a ellos esto de Dios los hincha de felicidad. Quizá a los pastores les iría mejor si se atreviesen a hablar del clamor que los puso contra las cuerdas —de la voz que los sacó del quicio del hogar, obligándolos a quemar las naves. Esto es, puede que no estuviera de más que volviesen a hacer de padres y no solo de consoladores o compis (y para ello acaso baste con que nos presenten a su padre, a quien los dejó cojeando de por vida). Su vocación debería, al menos por resonancia, provocar nuestra resistencia y no únicamente buenos sentimientos. Y es que será verdad, como hemos dicho en otras ocasiones, que nadie sabe qué quiere mientras no sepa qué quiere de él su padre. Donde no hay paternidad que valga, sabemos qué deseamos o preferimos, pero en modo alguno qué —o quién— nos reclama una entrega.

§ Una respuesta a de vocaciones y pastores

  • Quentin dice:

    Pedro levantó los ojos y se quedó meditativo, mirando hacia el infinito. Ante él se perdían las verticales laderas que invitaban a una ascensión por una ruta que le era conocida. Pablo acababa de volver tras haber estado varios días recorriendo las otras vertientes de la montaña. Mientras se acariciaba el mentón Pedro meditaba. Llevaban varios meses intentando progresar en aquella vía que les prometía un ascenso fácil y seguro a la cima de aquella montaña todavía virgen. Pero todo se había ido complicando durante las últimas semanas. Al principio todo el grupo trabajaba con entusiasmo equipando la vía con cuerdas fijas y escaleras para saltar sobre las grietas. Poco a poco se habían ido asentando los campamentos de altura. Se notaba cierta euforia entre todos los miembros del equipo. Desde el campamento base Pedro había dirigido la aproximación a la cima con acierto.

    Pero un par de meses más tarde surgieron los problemas. Más arriba la nieve era demasiado profunda, los alpinistas se hundían hasta las rodillas y unos seracs colgantes amenazaban seriamente la seguridad de la ruta. Para colmo, el tiempo había empeorado repentinamente y las previsiones anunciaban intensas tormentas de viento y nieve para las próximas semanas. La temporada de verano se estaba acabando y pronto aquella ruta no sería practicable para seguir con el ascenso.

    Pablo había salido a reconocer las otras vertientes de la montaña. La cara sur, la más soleada, era la que habían elegido y equipado, era la vía que conocían. Las otras rutas de ascensión eran para ellos todo un misterio. Ahora Pablo anunciaba ilusionado que la cara norte, la gélida y desconocida vertiente de la montaña que había visitado, ofrecía esperanzas para ser abordada. Pedro sabía que si abandonaban la vía abierta ya no podrían volver a ella hasta el año siguiente. O quizás nunca, ya que aquella era probablemente la última vez que iban a afrontar la lucha por la cima de aquella dura montaña. La propuesta de Pablo parecía a todas luces una locura, una apuesta muy arriesgada. Enfilar la desconocida y fría cara norte y ante aquella previsión meteorológica tan desalentadora… ¿Sería capaz el equipo de abordar aquel reto tan difícil?

    Pedro se giró y contempló la escena en silencio. Todos le miraban. Había convocado a todo el equipo en el campamento base para tomar una decisión. Se volvió hacia Pablo y admiró una vez más la voluntad y tenacidad de aquel joven montañero. Sus ojos brillaban de ilusión. Los de Pedro estaban humedecidos por la tristeza.

    Entonces lo comprendió. Se apercibió de que en realidad no tenía alternativa. Su tiempo había acabado. Había llegado la hora de un cambio. Un cambio radical. Liderado por la fuerza, la alegría y el entusiasmo de Pablo. Él no comprendía ni compartía los argumentos con que aquel joven defendía la nueva ruta. Pero sabía que su vía estaba agotada, y que su equipo necesitaba una nueva propuesta. Además intuía que Pablo podía tener razón. Y sentía en lo profundo de su corazón que debía ser valiente. Aceptar los hechos con humildad y buscar un nuevo camino.

    Si no lo hacía así toda la expedición se perdería…

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