dos condenados

abril 15, 2021 § 1 comentario

Que Occidente sea el fruto de dos condenas a muerte es algo conocido. De hecho, el mensaje de ambos ajusticiados ha llegado a ser un lugar común, aunque hoy en día quizá no sea tan común. Según Nietzsche —y nuestra época tiene mucho de nietzscheana—, sus últimas palabras son la raíz del nihilismo occidental. Pues nos convirtió en seres incapaces de jugar del lado la vida. En lugar de hombres y mujeres dispuestos a bailar, seres encorvados sobre su deficiencia, bajo el peso de lo elevado. Ahora bien, y contra el dictum de Nietzsche, si es cierto que tan solo una existencia reflexionada tiene valor; y si es cierto que únicamente quien sacrifica su vida por los que sufren, la ganará, entonces la mayoría anda fuera de juego. Al menos, porque la mayoría vive sin preguntarse por la verdad de cuanto cree o como si el pobre fuera un inconveniente, esto es, sin caer en la cuenta de su esencial extrañeza (y por eso mismo, de su demanda). En cualquier caso, que cuanto proclamaron ambos condenados se convirtiera en el tópico de Occidente hizo difícil, por no decir inviable, que pudiéramos comprender su carácter contranatura y, por tanto, interpelador. Como si bastara con saber cuál es el horizonte para continuar con lo nuestro. Esto es, para prescindir. Con todo, es cierto, hoy como antes, que sin una provocación que nos saque de quicio seguimos siendo bolas de billar, esclavos de nuestra circunstancia.

§ Una respuesta a dos condenados

  • Quentin dice:

    Jesús nos interpela. Nos plantea el reto de seguirlo. Y al hacerlo señala a los desahuciados. Ante esta llamada debemos responder, como ante cualquier otra, de forma razonable. Y ello implica dos cosas.

    En primer lugar la respuesta a la llamada debe darse tras reflexionar únicamente sobre los elementos referidos a ella misma. Sin añadir
    consideraciones espurias que la contaminan. No podemos tomar decisiones sobre los abandonados de este mundo introduciendo en la reflexión referencias a otro mundo distinto, uno que pudiera esperarnos tras la muerte. Si tomamos una decisión relativa a los sufrientes lo hacemos por ellos, no por algo ajeno a su circunstancia como un supuesto juicio final. De otro modo caemos en la clásica trampa manipuladora de la culpa, que fue de la que se valió el teólogo para chantajear al hombre. Si se atiende al débil no debe ser por un sentimiento amargo de culpabilidad sino por la alegría de una decisión libremente tomada. Tal como hizo el buen samaritano, un hombre que estaba en paz consigo mismo. Comprender y asumir bien esta aseveración es profundamente liberador. Y conduce a una decisión sanadora.

    En segundo lugar, cuando aparece este tema en la mente hay que procesarlo sin dilación. Reflexionar y decidir. No puede este asunto hacerse con las riendas de la persona de forma permanente. Un hombre sensato, cuando le sobreviene una duda, recoge información, la valora y decide. Y sigue con su vida. Convertir el asunto de los abandonados en una dinámica reiterativa propia de Sísifo, con constantes llamadas a una respuesta que nunca se concreta, es una trampa que hay que evitar a toda costa. Para vivir con alegría.

    De hecho, ambos puntos están íntimamente relacionados. La sensación de culpa autoimpuesta oscurece el debate interno y la decisión libre nunca se produce. El tema se enquista y no se resuelve. El resultado es un alma atormentada y siempre pendiente de resolución. Un sinvivir.

    La persona no es culpable del sufrimiento ajeno. Y desde luego nunca de un supuesto pecado original. Que esta idea aun anide en muchas mentes es un fracaso para el hombre moderno. El amor es y debe ser una decisión sabia y libre. No oscura o forzada.

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