Deus sive natura

abril 14, 2021 § 1 comentario

Según el panteísmo decir Dios es lo mismo que decir naturaleza. Esto es, el todo. Y esto está muy cerca de decir que Dios es barbarie. Pues la naturaleza en modo alguno es inocente. Más bien se nos presenta como un poder capaz de destruirnos, aunque, por los logros de la técnica, hayamos dejado de tenerlo presente. En cambio, el Dios bíblico es la excepción —y en consecuencia, una moción a la totalidad. De ahí que ande rozando la imposibilidad, aquella que mantiene al mundo en vilo, pendiente de un veredicto final. Ahora bien, es precisamente en nombre de este Dios —un Dios desplazado a un porvenir absoluto— que nos libramos de la opresiva presencia del dios que no se distingue de cuanto es. Sin duda, existimos como los que fueron arrojados al mundo. Pero, por eso mismo, no pertenecemos al mundo.

§ Una respuesta a Deus sive natura

  • Quentin dice:

    El panteísmo no convence. Porque no ofrece una respuesta a la inquietud que anida en el alma humana: ¿qué es todo esto?

    Wagensberg ya planteó en su día una cuestión muy afilada: “Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?” Y dejaba la frase abierta. ¿Por qué? Porque la naturaleza no es la respuesta sino precisamente la pregunta.

    El panteísmo plantea que la naturaleza sea la respuesta a una pregunta que no sabe formular. Por el contrario, la contemplación de la naturaleza es la que suscita de manera arrebatadora la pregunta por el misterio que lanza.

    La criatura es la pregunta, el creador es la respuesta.

    La pasión con que la naturaleza exige al hombre una respuesta no proviene, tal como se pensó al principio, de su complejidad. El argumento del relojero sedujo a muchas generaciones de pensadores. Y grande fue el golpe que éstos sufrieron cuando Darwin demostró que el asombro ante la complejidad de la vida no obedecía a la presencia de un Dios sino a la evolución natural del sistema. Durante decenios buscaron los científicos realidades complejas que no pudieran ser explicadas por la teoría de la evolución y no las hallaron. Porque no las hay.

    La íntima convicción que tiene el hombre acerca de la existencia de un creador no proviene de la complejidad del universo sino de una cualidad mucho más bella: de su sutileza. El mundo es divino no por ser complejo sino por ser caprichoso, alambicado, exquisito.

    No es la rotación de los astros lo que debe admirarnos sino la metálica luz de la luna llena. No la composición química de las sustancias sino la creatividad que ofrecen los pigmentos al artista que los extiende sobre un lienzo. No las luchas salvajes entre los animales en la sabana sino el misterioso baile de amor de una pareja de albatros en su cortejo, siempre teñido de una profunda melancolía. No el misterioso valor de las constantes físicas del universo que permiten la vida sino la increíble música que Bach compuso en sus fugas, con múltiples voces que emergen misteriosa y milagrosamente del clavecín y se trenzan en imposibles juegos.

    Porque todo ello ha sido fruto de un Dios caprichoso. Que lo ha querido así. Ha trazado arcos de colores en el cielo cuando lluvia y sol coinciden, ha dispuesto un mágico silencio en el bosque recién nevado en el que hasta las aves callan y ha diseñado valles de onduladas pendientes donde las nubes acarician suavemente las laderas, como mano de mujer.

    Todo ello, tan sutil, tan caprichoso, tan divino, es la huella del Creador.

    Es la contemplación de la sutileza en la naturaleza quien nos conduce a Dios.

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