Das Ding

junio 12, 2021 § Deja un comentario

El lenguaje encuentra su raison d’être en lo que perdimos aun antes de nacer. Y evidentemente, esta no es una tesis sobre el origen del lenguaje, el cual, fuese el que fuese, deviene irrelevante en relación con su raison d’être. Pues la Pérdida, escrita con mayúscula, es la condición ontológica del para sí de la conciencia, de la extrañeza con respecto al mundo. Quien entiende esto, entiende, sin embargo, que no estamos hablando de un ente, aunque solo podamos imaginarlo como tal, sino del Padre o, mejor dicho, de su espectro. La realidad del Padre —y no hay otra realidad que la que retrocedió a un pasado anterior a los tiempos— se revela en la noche del desierto, en los Getsemaní de la historia, esto es, donde cesa el ruido de fondo que enmascara que existimos en relación con una falta irreparable. El nombre del Padre es el nombre par excellence —un nombre cuyo referente está eternamente por ver—, al fin y al cabo, lo único que resta del Padre una vez fuimos arrojados a la existencia (y en ello reside nuestro común desamparo, el punto de partida de la fraternidad). De ahí que el Padre no tenga otro rostro que el del Hijo. El cristianismo —en particular, su dogmática trinitaria— supone, de hecho, un vaciamiento de la palabra Dios. Al menos, porque por sí sola no significa nada que tenga que ver con Dios.

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