1Co 15, 17

julio 14, 2021 § Deja un comentario

Si Cristo no resucitó —sostiene Pablo—, vana en nuestra fe. En esta disyuntiva se decide la suerte del cristianismo. Pues es como decir o bien Cristo resucitó, o bien la fe es un trampantojo. De ahí que el cristiano, sobre todo hoy en día, deba tomar una posición al respecto. Pues la resurrección es dura de tragar (aunque ya lo fue desde los inicios). Sin embargo, tomar una posición no significa traducir. Como si proclamar la resurrección de un crucificado fuera, en definitiva, lo mismo que decir que Jesús sigue vivo en el corazón del creyente o como si se nos hablase, en los términos de una cultura que ya no es la nuestra, de la inmortalidad del alma. Quizá sea porque nos cuesta esto de la resurrección de la carne, como les costó a los griegos del Areópago, la sentencia de Pablo pueda entenderse actualmente como una ironía póstuma. Como si, al fin y al cabo, se nos dijera que los relatos que dan pie a la confesión cristiana pertenecen a la literatura fantástica. En cualquier caso, el cristianismo difícilmente sobrevivirá al ridículo histórico donde no asuma, en contraste con la deriva religiosa, que la realidad de Dios se decanta del lado de lo imposible —de lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Y esto aun antes de comenzar a hablar de la resurrección.

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