meditaciones cartesianas 20

febrero 20, 2022 § Deja un comentario

Si no pudiéramos salir de nuestro sueño ¿podríamos decir que esa es la realidad? En el fondo, la pregunta es una manera de plantear la cuestión acerca de si hay algún criterio que nos permita garantizar nuestras representaciones del mundo como adecuadas a lo que las cosas son en sí mismas. Pues de lo contrario, cuanto decimos sobre el mundo tendría más que ver con nosotros —con nuestra forma de captar el mundo— que con el mundo. La solución de Descartes fue que solo cabe salir del sueño a través de una representación cuyo significado exija la realidad de lo representado. De hecho, su solución tampoco pudo ser otra, teniendo en cuenta que el cogito es, para Descartes, el fundamento del saber. Pues que el cogito sea fundamental obliga a partir de las representaciones —y no de nuestro hallarnos expuestos a la efectividad de un afuera— en el momento de buscar la verdad. En este sentido, el cogito funciona como los axiomas en matemática, a saber, como lo que, dándose por cierto, nos permite deducir los diferentes teoremas o corolarios. Podríamos decir que pertenece al ejercicio de la razón el que esta opere sobre una base indiscutible o fundamento. Ahora bien, lo original de Descartes es que el punto de partida ya no será hay un arjé, por ejemplo, sino hay la idea de un arjé. El cogito deviene el fundamento de cualquier posible saber porque la desconfianza —la sospecha metódica— alcanza incluso a la razón, lo cual supone poner contra las cuerdas que ser y pensar sean lo mismo. Así, la posibilidad de un afuera contradictorio solo queda exorcizada, como decíamos antes, donde haya una idea de cuyo significado se desprenda la realidad de aquello a lo que apunta (y esta idea, como sabemos, fue para Descartes la de Dios). Solo de este modo la razón, en tanto que capaz por sí misma de alcanzar adecuadamente un más allá de la conciencia sin presuponerlo, puede recuperar su antigua legitimidad, restableciéndose, de paso, la equivalencia entre ser y pensar.

En cualquier caso, donde caemos en la cuenta de que lo real, en tanto que absolutamente otro, siempre se encuentra más allá, por decirlo así, de su apariencia o hacerse presente a una receptividad, sea sensible o racional, nuestra cuestión inicial deja de tener sentido. Pues cualquier visión del mundo siempre será una ilusión, como quien dice. Y ello porque la alteridad de lo real, en su carácter absoluto, no es algo por ver o descubrir, sino un eterno por-venir. De ahí que la equivalencia entre ser y pensar no pueda entenderse, tras esta constatación, como si se nos dijera que tan solo la razón es capaz de proporcionar una descripción verdadera de lo real, sino más bien como aquella equivalencia por la que el pensar, tarde o temprano, revela el puro haber de lo real como lo que únicamente tiene lugar desapareciendo en su aparecer como mundo (y por eso mismo tiene lugar como nada-indescriptible).

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