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febrero 20, 2022 § Deja un comentario

Uno tiende a creer en aquello que siente verdadero. Cuanto vemos lo vemos siempre a través de una óptica. Así, para el creyente, pongamos por caso, todo habla de Dios (aunque Dios no hable). Sin embargo, la óptica queda partida en mil pedazos donde los cielos se derrumban. La cruz sería el equivalente existencial de la duda escéptica. La óptica solo proporciona ilusiones ópticas. Nada encaja. El puzzle carece de modelo. La verdad solo puede revelársenos tras la catástrofe. Pero la verdad, entonces, no se impondrá como la correspondencia entre nuestras representaciones y los hechos —pues en la correspondencia el yo sigue siendo el centro—, sino como el tener lugar del otro como aún nadie. Únicamente la realidad del aún nadie —su darse como un eterno porvenir— nos saca del quicio de la ilusión. Todo comienza de nuevo tras el fin del mundo. Y comienza como un hallarse expuestos a lo imposible, a lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad.

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