primavera

abril 24, 2022 § Deja un comentario

Basta con apretar el botón de las hormonas para que todo se ponga en marcha. Como si fuéramos títeres. ¿Libertad? ¿Acaso la de verse a uno mismo desde fuera, la que proporciona la reflexión, ese volver sobre sí como quien topa con un extraño? Sin embargo, los resultados de la reflexión difícilmente llegan a ser incorporados. La sensibilidad sigue con la suya. Aun cuando sepas que la inclinación es siempre una reacción, en el día a día te siguen gustando los dulces, por decirlo así. A menos que el cuerpo deje de acompañarte. Es entonces que devienes un irónico: juegas como aquel que no está en el juego —como el que intuye, al menos, que el juego es otro. El extraño que hay en ti toma la plaza. Vives como un desplazado del mundo. El cristianismo añade, con todo, una guinda: como desplazado, sí, pero junto a los desplazados. Y cavando. Al fin y al cabo, la libertad tiene que ver con haber alcanzado el non plus ultra de la existencia. Sin embargo, por eso mismo, hay más allá. Aunque no necesariamente el de otro mundo. Es suficiente con que la vida siga sin ti (y aquí el nihilista tendría razón). En cualquier caso, no pertenecemos al mundo. Y esto es gracia. O lo que viene a ser lo mismo, de agradecer. El resto —lo que pueda venir después— es inconcebible, por no decir paradójico. Como el gato de Schrödinger. Así, o nos hallamos expuestos al misterio —que no a algo aún por descubrir—; o Nietzsche estuvo en lo cierto.

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