invisibles

octubre 27, 2022 § Deja un comentario

Para el Dios de Berkeley —tan omnipotente como omnisciente— somos inexistentes. Y es que, desde la óptica de la eternidad, apenas duramos lo suficiente como para estar-ahí. A lo sumo, somos la ilusión de Dios. Pero por eso mismo —por invisibles—, existimos como la alteridad de Dios, como aquellos que, en tanto que lo otro de Dios —en tanto que extrañados para Dios—, deben negarlo. Pues va con nuestro existir como nadie. Dios no lo es todo —Dios no es la sustancia del cosmos— porque hay humanidad. Quizá podríamos decir que Adán es la conciencia de Dios o, por decirlo a la Spinoza, de la naturaleza. Pero por eso mismo, Adán esta fuera de Dios —más allá de la raíz. La libertad de Adán sería, por tanto, la del desarraigado. Pues la libertad más originaria es la de haberse liberado de Dios… aunque no sin pagar el alto precio de, precisamente, el desarraigo: no formamos parte de aguas que nos cubren. No es solo que, de entrada, no nos demos cuenta de ello, sino que de creer que formamos parte —y esta creencia es la del paganismo o, cuando menos, la del más elemental—, creeríamos en falso. Pues lo cierto es que, como la alteridad de Dios, existimos como arrancados (y de ahí que la naturaleza sea donación y no únicamente nuestra circunstancia). Ahora bien, por eso mismo, Dios es la alteridad del arrancado —la alteridad que dio un paso atrás para hacerle un hueco, literalmente, a Adán.

La cuestión es si Adán fue o no creado. Pues en el caso de que Adán hubiera sido hecho a imagen y semejanza, entonces Dios ya no sería el de Berkeley, el sujeto que percibe cuanto es y, en consecuencia, lo soporta, sino el Dios que quiso salir de sí para reconocerse en lo otro de sí —en aquel que como alteridad de Dios tuvo que separarse de Dios. Y esto está muy cerca de decir que el No que Adán pronuncia ante Dios y hacia Dios es el envés de la voluntad creadora de Dios —la voluntad que es Dios. De ahí que a través del acto creador, Dios se niegue a sí mismo con el propósito de tener un cuerpo y revelarse como alguien… siempre y cuando el hombre quiera. Y lo querrá donde como abandonado de Dios se abandone a Dios. Es lo que tiene un Dios que quiso —y lo quiso desde el principio— depender del hombre que depende de Dios.

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