atados a sombras

diciembre 4, 2022 § Deja un comentario

La metáfora platónica es muy potente: resulta muy difícil aceptar la realidad. O mejor dicho, vivir conforme a ella. Y no solo porque la ilusión sea más consoladora, sino porque no podemos aceptar el precipitado de la reflexión. Hay una enorme distancia entre el saber, aunque se trate de un saber paradójico, y las apariencias. Como también la hay entre el alma y el cuerpo. En la mayoría de las ocasiones, el gen prevalece. Así, pongamos por caso, aun cuando sepamos que la tierra gira alrededor del Sol, seguimos instalados en la sensación de que es el Sol el que se mueve. O por poner otro ejemplo, aunque hayamos comprendido que Dios no es un fantasma bueno, pues no tiene otra entidad que la de un cuerpo que cuelga de una cruz, inevitablemente el creyente seguirá dirigiéndose a Él como si lo fuera. Ahora bien, si se trata de salvar las apariencias como decía Aristóteles, entonces deberíamos admitir que no hay otro modo de incorporar la verdad que falsificándola. El problema es que creamos demasiado en la falsificación, esto es, que nos la tomemos como lo que es en verdad. En ese caso, no solo está en juego la verdad, sino quiénes somos. Pues donde confundimos lo que nos parece que es con lo que es, seguimos en el centro. Y no somos el centro. De ahí que Sócrates se viera empujado a la ironía, acaso el único modo de permanecer entre las dos aguas del acontecimiento de lo real. Es imposible que, en el día a día, sintamos el movimiento de la tierra. Pero nadie nos impide añadir el eppur si muove a modo de nota al pie. Y a veces basta con una sonrisa. O un silencio elocuente.

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