fe y psicología

diciembre 19, 2022 § Deja un comentario

Con el rotulador grueso, me atrevería a decir que hay dos sensibilidades religiosas. Por un lado, aquella que está convencida de que tarde o temprano deberíamos tomar conciencia de que formamos parte de aguas que nos cubren, por decirlo a la Merton. Por otro, aquella cuyo punto de partida es la conciencia del desarraigo. Desde la primera, se trata, en definitiva, de sintonizar de nuevo con la buena vibración, por así decirlo (y esto es griego u oriental). Desde la segunda, de esperar un reset de dimensiones cósmicas. Pues hay algo roto en el mundo que no cabe reparar a través de nuestro esfuerzo religioso o moral. Esta es, grosso modo, la sensibilidad bíblica. ¿Estamos ante diferencias, en el fondo, psicológicas? Quizá, si solo tuviéramos en cuenta a quienes viven más o menos satisfactoriamente. No, si nos situamos en la perspectiva de los abandonados de Dios. Y es que, en su caso, el desarraigo es físico antes que mental. De ahí que no sea anecdótico que, bíblicamente, la redención sea un asunto corporal. Y corporal hasta el punto de que un Dios que no sea capaz de sangrar devenga irrelevante.

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