perspectivas

marzo 3, 2025 § Deja un comentario

Sub specie aeternitatis, un genocidio se muestra en el mismo plano que la sonrisa del hijo. Pero ¿es así? Para las víctimas de las masacres de la historia fue obvio que nunca estuvieron a la par. La experiencia del valor —la vida vale más que la muerte— en modo alguno admite la indiferencia del espectador imparcial. Sin embargo, la pregunta es desde qué situación —desde que posición— se decide lo verdadero. ¿Dónde hallar lo inalterable? ¿En el impulso de la madre o en la impasibilidad del dios? ¿Qué revela la perspectiva?

Por defecto, lo real. Sin embargo, lo real en sí mismo no es nada en concreto, sino absoluta posibilidad. Esto es, contradicción. Pues lo real en cuanto tal —es decir, un puro haber— es no siendo nada. Al margen de su hacerse presente como el haber de las cosas, el haber no es nada más que oscuridad y silencio impenetrables —y por eso mismo, insoportables, el motivo de la angustia más profunda. De ahí que el puro haber solo se haga presente como . lo que fue dejado atrás —como lo que tuvo que desaparecer— con el haber del mundo. Hay el haber del mundo. Y no hay otro haber. Pero si hay mundo es porque lo que hay —la constante gravitatoria de cuanto aparece— es que no hay el haber en cuanto tal. Este no permanece agazapado en el que lo supera —en la afirmación del mundo. Al menos, en tanto que este es el efecto de una doble negación: el no haber del puro haber es, precisamente, no siendo nada. Hay el todo porque el todo no lo es todo.

El mundo se encuentra sometido, por tanto, al poder de la nada —al poder de la contradicción. Pues poder es posibilidad. El mundo es, ciertamente, la concreción del haber —su manifestación—… pero al precio de caer en la contingencia, el tiempo, la perspectiva. Y es que todo es posible desde la contradicción. Como no ignora el lógico, de la contradicción se deriva cualquier cosa. Esto es, el todo. Pero, por eso mismo, la afirmación está infectada de negación. Y viceversa. En el amor de una madre también se halla presente la negación de ese amor, la pulsión de retener al hijo, de devolverlo a la matriz. La cuestión es en qué medida. Y con respecto a la medida no terminamos de acertar. Es decir, de saber.

Para el nihilismo no cabe salir de la perspectiva, salvo en dirección a la nada. Las operaciones de exterminio y el abrazo de una madre son las dos caras de una misma moneda. Esto es lo que hay. Pues lo que hay es que no hay nada —no hay más. En la existencia, nada hay por decidir —nada que esperar que no sea la eterna repetición.

Sin embargo, la respuesta creyente está lejos de ser una ingenuidad infantil. Pues, a diferencia del nihilista —ese primo hermano—, el creyente es consciente, aunque sea a través de la imaginación, de que en el seno de la nada de Dios habita, precisamente, la negación de sí. Esto es, el Sí. De ahí que, teniendo en cuenta la indecisión —la ambivalencia— de cuanto nos traemos entre manos, todo esté por decidir. Así, frente al sub specie aeternitatis, el sub iudice. Quien separa este sub iudice de la esperanza, tal y como se suele hacer en las canchas del cristianismo woke, ignora lo que está en juego con respecto a Dios.

Aunque, por ignorarlo, no pasa nada. Literalmente. Es decir, la nada no pasa.

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