meditaciones cartesianas 27

febrero 2, 2026 § Deja un comentario

Con la objeción del genio maligno, Descartes rompe con el orden del significado y, en definitiva, con el principio de identidad (A=A). Así, podría ser que diciendo 2+2 no dijéramos 4, sino 5. Racionalmente, esto es imposible. Por contradictorio. Si digo A no estoy diciendo No-A. Aquí, lo de menos sería el 5. Pues la posibilidad de lo racionalmente inconcebible es la posibilidad de que 2+2 no significase 4, sino 5… o cualquier otro número —o que A>B>C no significase A>C. Asi, diciendo “A” estaríamos diciendo, a la vez, “no A”. No hay modo de hacernos una idea de la situación que podría verificar A y No-A. De ahí que demos por descontado que lo inconcebible es imposible. Esto es, que lo que hay se ajusta al orden del pensar. Y, precisamente, porque lo damos por descontado —porque es una creencia de sentido común, aun cuando la llevemos adherida a la piel como si fuese una certeza— puede ponerse, hiperbólicamente, en duda.

Por otro lado, y como ya dijimos en la meditación cartesiana 25, Descartes demuestra la realidad de lo no-finito —de lo absolutamente otro o distinto del cogito, algo semejante, si no idéntico, a un puro haber— como el envés de la finitud del cogito. Así, decir cogito sería lo mismo que decir Dios —aunque, en este caso, entendido como realidad no-finita y, por tanto, distinta a la del cogito. La pregunta surge de inmediato: ¿acaso Descartes no estaría, con ello, dando por válido el orden del significado que, anteriormente, había puesto en cuestión? ¿No estaría, por tanto, argumentando circularmente? ¿No habíamos quedado que al decir “A” podría estar diciendo “No-A”… aunque en modo alguno pudiera concebirlo? ¿No impide la objeción hiperbólica a la razón dar por cierto, precisamente, que la realidad de lo no-finito es el envés de la finitud del cogito?

Probablemente, lo que nos diría Descartes es lo siguiente —y digo probablemente, porque Descartes no se enfrentó, que sepa, a esta cuestión—: la argumentación sería circular… si nos mantuviéramos solo en el plano del significado y, por extensión, en el de una realidad que pudiera corresponder a lo que decimos. Con la objeción del genio maligno, lo único que se plantea es la posibilidad de que al decir A>B>C, suponiendo que es así, no estuviéramos diciendo A>C, sino C ≧ A… y, por eso mismo, la posibilidad de se diera A>B>C y, a la vez, C ≧ A. Esto es, la posibilidad de que la exterioridad fuese contradictoria. Pero con el cogito nos desplazamos del plano del significado al de lo real u ontológico. No puedo pensar sin pensarme como el soporte de ese pensamiento —como res cogitans, esto es, como ente o cosa pensante. De ahí que, habiendo pisado tierra firme —estando ya dentro del territorio de lo real—, la conclusión no se dé únicamente en el plano del significado: si existo mientras pienso, entonces existe lo no-finito o absoluto, es decir, lo ab-suelto o distinto de mí. En términos de Descartes, Dios. Y porque lo absoluto es uno… no cabe A y No-A. Consecuentemente, la exterioridad absoluta —Dios— no puede ser irracional. La razón va, por tanto, a misa. Nunca mejor dicho.

Llegados a este punto, uno podría preguntarse por qué el absoluto —lo absolutamente otro— es uno. La respuesta es que no podría no serlo. Pues si fuese, cuando menos, dos, entonces estaríamos hablando de las cosas del mundo. Y lo absoluto es, por definición, lo ab-suelto o separado del mundo —o como decíamos a propósito de Platón, algo así como un puro haber. Es verdad que Descartes, con respecto al tema de Dios, no es tan claro. Pues, en el texto, mezcla el Dios de la alta abstracción con el Dios de la religión: como si pudiéramos rezarle al infinito. Pero esto no impide pensar a Descartes más allá del mismo Descartes, intentando mantener, por supuesto, la coherencia con su tesis fundamental, la que afirma el cogito como primera certeza en el orden del saber.

Sin embargo, también es verdad que cabe entender lo absoluto como el todo y no como lo ab-suelto o distinto del cogito y, por extensión, del mundo. Pero esto ya nos situaría en la órbita de Spinoza. Y este es, ciertamente, otro asunto.

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