nietzscheanas 70

marzo 29, 2026 § Deja un comentario

¿Olvidarnos de Dios? ¿Es posible? No, a menos que aceptásemos retorceder al estado de las bestias: comer, distraernos, dormir, reproducirnos y morir. Esto es, sin inquietud —sin preguntas. Nietzsche no se olvidó de Dios. Simplemente, propuso pasar de largo. En su lugar, ponerse a bailar, dando igual si es sobre un campo de amapolas o sobre la pira de los gaseados. No hay juicio, sino, más bien, la sensación de hallarnos bajo juicio. Y una sensación de la que deberíamos liberarnos. Pero ¿en nombre de qué este nuevo deber? De la verdad —por eso, Nietzsche sigue siendo un filósofo, aun cuando filosofe a matillazos. Y la verdad es que no habrá redención. Pero tampoco condena. Al cosmos les es indiferente que haya creyentes. De hecho, no hay luz sin sombra —bien sin mal. Esta es la única eternidad.

Ahora bien, ¿desde dónde se sostiene lo anterior? ¿Desde la atalaya del espectador imparcial? ¿Acaso no es esta la visión del entomólogo, cuando contempla sin juzgar el despiece de las hormigas negras por parte de las rojas? C’est la vie, dice. La cuestión es, por tanto, si lo que hay se decide o no desde dicha atalaya. Nietzsche, obviamente, lo da por descontado. Como casi cualquier pensador a partir de Descartes.

Sin embargo, uno podría preguntarse si es posible una genuina experiencia de lo real que haga abstracción de la amenaza —o, cuando menos, la sacudida— que supone el carácter otro de, precisamente, lo real. Para Nietzsche no habría nada en verdad otro. Simplemente, su simulación, en definitiva, tan solo lo que aún ignoramos —y quizá seguiremos ignorando—. Pero bastaría que nos acostumbrásemos al descubrimiento para que el acontecimiento sorprendente pasara a convertirse en un déjà vu. El silencio de los espacios infinitos de Pascal sería la única respuesta a la pregunta por el sentido de cuanto es. Pascal, no obstante, creyó que ese silencio exigía otra respuesta. Nadie se la dio. Y quizá comprendiéramos la profundidad de esto último —una profunidad que se le escapó a Nietzcshe— si, cuando menos, vislumbrásemos que nadie es el nadie. Pero este sería otro asunto.

Con todo, podemos añadir un último sin embargo, a saber, si acaso la alteridad avant la lettre no podría revelarse, de hecho, como la indiferencia del dios. Y algo de esto intuyó el antiguo Israel cuando estuvo convencido de que lo decisivo , con respecto a Dios, no es el saber, sino la respuesta a su extrema trascendencia, en definitiva, la Ley. Como si, al fin y al cabo, la experiencia de la trascendencia divina fuera de la mano de un enfrentarse a Dios con el mandato que obliga a la fraternidad entre los huérfanos de Dios. La obediencia creyente —su fidelidad o sumisión— es el otro lado de una resistencia a la distancia sin medida que nos separa de Dios. ¿O acaso no fuimos expulsados del Edén? Puede que este sentido más profundo de la Ley como debida a Dios. Y aquí también tengo en cuenta que la lejanía de Dios encuentra su envés en un asumir la vida como don —como medida de gracia.

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