apuntes de última hora: Nietzsche
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La pregunta que Nietzsche se plantea es cómo fue posible la moral cristiana, esto es, la inversión —la perversión, la subversión— de los valores originarios, aquellos ligados a la vida más espontánea. Pues esta únicamente distingue entre lo que nos hace más fuertes —lo naturalmente bueno— y lo que nos debilita o enferma —lo malo. Nietzsche entiende la distinción entre el fuerte y el débil —entre el noble y el esclavo— como una distinción natural y, por eso mismo, inalterable. De ahí que la pregunta fuese cómo es que, en un momento dado, lo bueno pasó a ser lo contrario, a saber, la humildad, la pobreza, la pequeñez. Cómo fue posible un Bien y un Mal por encima de lo bueno y lo malo. Cómo fue posible un Dios que prefiriese al leproso, a quien que se arrodilla, al que desprende mal olor… antes que a los que se encuentran henchidos de salud, belleza, poder. Cómo pudo surgir, en definitiva, un Dios tan antinatural, un Dios que condenase, precisamente, los impulsos más vitales.
La respuesta de Nietzsche es simple: la perversión de los valores originales fue debida al resentimiento, el odio, el rencor, la envidia del débil hacia el fuerte —del esclavo hacia el noble. El sacerdote cristiano —esa figura del resentimiento— necesitaba decirse a sí mismo y, sobre todo, al noble que, en el fondo, todos somos iguales, en suma, el mismo indigente ante Dios. Que su nobleza era tan solo aparente, una máscara. Es como si las ovejas le dijeran al lobo que, en realidad, es una más… aunque con piel de lobo. Sucede aquí lo que en una fiesta, una vez aparece la más bella: que el resto de mujeres necesitarán denigrarla, rebajarla a su altura, diciendo, por ejemplo, que con cirugía cualquiera o que aunque bella, es más tonta que el culo. Pues lo que no podrían soportar es que su belleza fuese natural, sin trucos. O que siendo la más bella fuese, además, una superdotada, intelectualmente.
Ahora bien, este rencor, en el fondo, es la expresión de la misma voluntad de poder de la que se acusa al noble, aquella para la cual toda prohibición es simplemente un obstáculo que hay que saltar. Pues la voluntad de poder solo aspira a más poder y, por eso mismo, a vencer cualquier resistencia. Todo, al fin y al cabo, es voluntad de poder. Esto es, todo se reduce a querer dominar. Sin embargo, esto es, precisamente, lo que el sacerdote no puede admitir de sí mismo. Dicho de otro modo, lo que el sacerdote no puede aceptar es que sus buenos sentimientos encuentren su raíz en el odio hacia lo superior, esto es, en lo contrario a lo que predica. Nietzsche entiende que esta incapacidad sacerdotal para admitir lo que, en el fondo, le mueve o motiva es una falsa conciencia. Esto es, el sacerdote —y por extensión, los esclavos que le siguen— nunca podrá llegar a un conocimiento de sí. Por eso mismo, su existencia es dependiente, reactiva, impotente a la hora la afirmarse sin tener que pedirle permiso a nadie —y mucho menos a Dios.
De hecho, todo es voluntad de poder porque no hay Dios que valga. Porque la nada abraza cuanto es. No hay un más allá —una trascendencia— que impona su norma sobre lo visible. Tanto para el platonismo como para el cristianismo —ese platonismo para el pueblo, según Nietzcshe—, la vida tiene valor solo en la medida que representa —ejemplifica, encarna— lo que vale en verdad. Y lo que vale en verdad siempre se encuentra, conforme a la tradición platónico-cristiana, por encima de nuestra cabezas, esto es, en el mundo verdadero. El efecto perverso de esta ilusión metafísica es el de una devaluación de la vida en sí misma. El sacerdote es incapaz de abrazar una vida no sometida al juicio de Dios, a un Bien que, en tanto que absoluto, constituye la medida de lo que nos traemos entre manos. De ahí su impotencia, su envidia, su mala fe.
Aquí podríamos decir que, hoy en día, Dios ha dejado de importarnos. Que nadie se siente sujeto al juicio de Dios. Pero Nietzsche fue muy consciente de que el ateísmo es lo más difícil. Por eso, donde prescindimos del Dios de la tradición cristiana, lo único que deberíamos preguntarnos es qué Dios hemos puesto en el altar vacío de Dios. Pues el hombre no puede dejar lo divino atrás sin perder lo que él cree que constituye su humanidad. De ahí que Nietzsche dijera que donde muere Dios, muere también el hombre. O lo que viene a ser lo mismo, tras la muerte de Dios, la humanidad del hombre será superada. Por eso, Nietzsche se entendía a sí mismo como elprofeta de una nueva època. El hombre no puede soportar una vida que no apunte al Bien. De ahí que donde el Dios de la tradición cristiana ha perdido su antigua relevancia, el hombre busque algo que ocupe su lugar. Un ejemplo del Dios que sustituye a Dios sería el amor romántico. Así, para una mujer la relación que pueda mantener con su pareja solo tiene sentido o significa algo si se asemeja, cuando menos, a lo que debe ser una relación. Y lo que esta debe ser viene impuesto por las películas o novelas románticas… en las cuales la relación es, precisamente, inmaculada, sin tara, perfecta. Como si fuera de otro mundo. Ciertamente, damos por sentado que se trata de una ficción. Pero lo cierto es que creemos en ella como si fuera posible, cuando menos, acercarse. Hace falta mucho valor —un valor, de hecho, sobrehumano, por no decir inhumano— para aceptar que en las relaciones entre los hombres lo único que está en juego es quién domina a quién. Y aún más valor para obrar en consecuencia.
La figura del superhombre —la de quien supera la humanidad del hombre… como el hombre superó la del chimpancé— sería algo así como la del noble liberado de la tutela sacerdotal, esto es, la de quien asume hasta el final que, donde el cosmos carece de propósito moral, da igual bailar sobre la pira de los gaseados que sobre un campo de amapolas. A diferencia del hombre, el superhombre es capaz de cargar con el peso de convertir en valor cualquier gesto. Pues donde nada vale, todo vale por igual. La propuesta de Nietzsche es, en realidad, la de una transvaloración de los valores. No fue secundario que Nietzsche opusiera la figura de Dioniso, el dios que baila, a la del crucificado.
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