apuntes de última hora: Platón

mayo 10, 2026 § Deja un comentario

La pregunta de Platón, en definitiva, la de la metafísica es en qué consiste lo real, es decir, de qué hablamos cuando hablamos de lo que es. Como es sabido, Platón, a la hora de responder, distingue entre dos mundos, el de las ideas —el mundo propiamente real o verdadero— y el de las cosas —el mundo aparente. El primero es denominado también inteligible. Pues solo es accesible a la razón, al pensamiento. El segundo, en cambio, es denominado sensible. Pues es el mundo de cuanto cabe ver y tocar. Decir que tan solo la idea es real equivale a decir que lo real, en sí mismo —esto es, al margen de su realización en lo sensible—, solo puede ser pensado. Supongamos, por ejemplo, que tenemos que dibujar el aula en la que nos encontramos. Es obvio que habrá tantos dibujos como posiciones en el aula o puntos de vista. Y, por eso mismo, no habra ningún dibujo del aula como tal o en sí misma, esto es, fuera de perspectiva. Sin embargo, si cabe dibujar el aula —si es posible verla— es porque hay aula. Ahora bien, lo que el aula sea con independencia de nuestra visión del aula solo puede ser descrito a través, en este caso, de la matemática. Lo dicho: lo real en sí solo puede ser pensado. Hay un hiato entre el aula como tal y su realización material, la que cabe ver y, por eso mismo, dibujar. En términos generales, entre lo real en sí y su realización en lo sensible. Pues lo real en sí —en nuestro ejemplo, el aula al margen de nuestros dibujos del aula— trasciende lo sensible. ¿A qué responde, no obstante, este hiato —esta escisión?

La intuición de fondo es que nada es que no se haga, de algún modo, presente —nada real que no se realice. Así, cuando decimos de un cuerpo, pongamos por caso, que es bello… lo que se hace presente en ese cuerpo es, precisamente, la belleza. La belleza se realiza, por tanto, en los cuerpos bellos. O por decirlo con otras palabras, lo real de un cuerpo bello —lo que se hace presente en un cuerpo belloen tanto que bello— es la belleza. Ahora bien, la realización de la belleza —su aparecer en los cuerpos bellos— siempre es hasta cierto punto o medida. Ningún cuerpo bello es absolutamente bello. Todo cuerpo bello viene con tara. Más aún: con el tiempo, dejará atrás la belleza que inicialmente tuvo. Por tanto, nada nunca por entero —nada permanece en lo que es. En cuanto cabe ver y tocar, todo es mezcla: la luz va con la sombra, la belleza con el defecto, el bien con el mal, el amor con el odio. La cuestión es que pesa más en un momento dado.

En este sentido, podríamos decir que la belleza —en general, lo que es— solo puede aparecer dejando atrás su carácter absoluto o entero. Dicho de otro modo, la belleza solo puede mostrarse negándose a sí misma, renunciando, como quien dice, a su carácter otro o absoluto. De ahí el doble sentido de la apariencia: por un lado, la apariencia es el hacerse presente —el aparecer— de lo real; por otro, la apariencia es ilusión, un parecerse a, un trampantojo, un como si. Así, los cuerpos bellos tan solo simularían la belleza real, la que, en cierto sentido, se encuentra por encima o más allá de los cuerpos que la realizan. Los dos lados de la apariencia van, por consiguiente, de la mano. Tampoco puede suceder de otro modo. De ahí que Platón diga que las cosas participan de la idea —de lo real propiamente dicho. Y este participar puede entenderse como un ejemplificar o encarnar. Para ilustrar esta relación, Platón recurre al mito de una creación del mundo por parte de un dios artesano, el demiurgo, el cual tuvo a la vista el mundo de las ideas a la hora de ponerse manos a la obra. Las cosas son, por tanto, copias imperfectas de la idea que le sirve al demiurgo de modelo.

Que el demiurgo cree el mundo sobre la base de las ideas, nos da a entender, de paso, que estas constituyen la norma de lo visible. Así, lo visible —las cosas— son lo que son porque se encuentran sometidas a lo que deben ser, al paradigma —el modelo— que ejemplifican o representan. De hecho, si decimos de un cuerpo bello que no acaba de serlo es porque damos por sentado que debería ser bello por entero. En general, si las cosas no terminan de ser o permanecer en lo que son en un momento dado —si todas las cosas se encuentran sometidas al paso del tiempo y, en definitiva, condenadas a su desaparición— es porque no terminan de ser lo que deben ser, al fin y al cabo, ser. Pues ser es, por defecto, permanecer en lo que se es. Las cosas son, por tanto, su no terminar de ser. Dicho de otro modo, son hasta cierto punto o medida.

Sin embargo, ¿qué realidad —que idea— realizan las cosas como cosas, esto es, al margen de que sean, a su vez, árboles o moscas? La respuesta —obvia— es la idea de ser, de lo que es, de lo real en cuanto tal, con independencia de su aparecer en lo sensible. Ahora bien, por lo dicho antes, la idea es la norma —el paradigma— de lo sensible. Por tanto, ser y deber ser serían lo mismo, las dos caras de una misma moneda. Lo real es exigencia de realización. Platón a la idea de ser —la idea suprema, la idea de las ideas— la denomina, y por eso mismo, Bien. Pues el Bien es, por definición, lo que debe ser. Con todo, lo paradójico del asunto es que, como decíamos en un párrafo anterior, la realización de lo real —de lo que debe ser— pasa por dejar atrás su carácter absoluto o por entero. Así, un cuerpo bello, por seguir con nuestro ejemplo, es bello porque, al realizarse o concretarse, la belleza se niega sí misma, como quien dice. Esto es, la belleza se realiza asumiendo su contrario. O por formularlo en general, el Ser —lo que debe ser, el Bien— solo se hace presente asumiendo su no ser. Al fin y al cabo, la idea es no siendo nada en concreto. La idea de aula, por ejemplo, no es aún ningún aula, aun cuando la idea de aula exija realizarse como un aula determinada. Al fin y al cabo, nada hay que no se realice. De ahí el carácter paradójico, como decíamos, de lo real y, en definitiva, del Bien. Pues lo que debe ser —el Bien— es que lo que debe ser no pueda serlo por entero. Es por esta razón que lo que debe ser es lo que hay. Ni más, ni menos.

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