a la contra

mayo 12, 2026 § Deja un comentario

Hoy en día, la antropología más convincente parte de la comparación del hombre con el animal. Como si el hombre no fuese más que un simio sofisticado. Y, ciertamente, en lo que respecta a las reacciones, tenemos mucho en común con el mono. Al fin y al cabo, todos llevamos un mono dentro. Podríamos pensar que, desde este punto de vista, el hombre es animalizado. Pero también podríamos decir que, en consecuencia, el animal es “humanizado”: como si fuera uno de los nuestros, aunque en menor grado. Disney. En cualquier caso, para quienes defienden esta posición, todo lo que va más allá del gen —la aspiración a lo verdadero, la canalización del instinto, la moral…— sería algo así como la piel de cordero que cubre al lobo. Y un lobo sigue siendo un lobo, aun cuando, al mirarse al espejo, crea ver a una oveja. La cultura sería esa piel.

Sin embargo, en el momento que un mono se cuestiona a sí mismo —una vez se convierte en un problema para sí mismo y, por tanto, difiere de sí mismo —, ya es algo más que un mono: es su posibilidad, al fin y al cabo, la posibilidad de la modificación de sí. El mono permanece atado a lo que le vino de fábrica. No así, el hombre. Y más donde, actualmente, la modificación de sí apunta al propio gen. No se trata, por tanto, de una simple diferencia de grado con respecto a la bestia. De ahí que lo que marca las distancias no sea la inhibición del instinto, impuesta culturalmente —pues quizá esto, cultura al margen, también podamos verlo en ciertos animales—, sino que eso que somos sea, en última instancia, una tarea pendiente.

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