adanismo pedagógico
mayo 21, 2026 § Deja un comentario
En algunas implementaciones de la nueva pedagogía, sospecho que se peca de adanismo. Me refiero a que los presupuestos de dichas implementaciones son erróneos. Sobre el papel, podemos diseñar un edificio que se mantenga en pie. Pero, si al final, se erige sobre tierra arcillosa, tarde o temprano se derrumbará.
Así, pongamos por caso, se suele dar por descontado —y creo que ingénuamente— que el adolescente está dispuesto a ajustar su conducta, por lo común hormonalmente alterada, si se le exponen las razones que hay detrás. Como si estas estuvieran, por sí mismas, cargadas de autoridad. Sin embargo, lo cierto es que las razones se aceptan… si quien las pone encima de la mesa posee, de antemano, autoridad. Los adolescentes son, en buena medida, desafiantes. Y más si se encuentran en manada… como sucede en cualquier clase que supere los veinte alumnos. Si el maestro no están a la altura del desafío —si no responde al mismo con serena firmeza—… ninguna razón podrá convencerles. Estará vendido. En el fondo, la autoridad arraiga en el quiero, un quiero que no es necesario explicitar en tanto que suele transpirar por los poros del genuino maestro: quiero hablaros de Cervantes y, por eso mismo, quiero que me prestéis atención. Como dijera Nietzsche, lo que entra por la razón, no saldrá por la razón. Y el desafío adolescente no procede, obviamente, de los argumentos. Primero, por tanto, la autoridad —y aquí no deberíamos confundirla con el autoritarismo. Y luego, el discurso que la soporta.
Al fin y al cabo, un aula numerosa no es una reunión de amigos. La relación entre el profesor y la clase es, de entrada, política. Y, por eso mismo, la primera cuestión que ha de resolverse, y cuanto antes, es quién lleva las riendas. O mejor dicho, quién debe llevarlas. Y no solo porque, de lo contrario, la clase devenga un can pixa, sino para que, con el tiempo, pueda surgir, precisamente, algo parecido a una amistad.
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