menos es, ciertamente, más

mayo 23, 2026 § Deja un comentario

¿Qué significa que seamos algo más que un cuerpo que reacciona? ¿Basta con creerlo para ser algo más? ¿Acaso esta creencia no puede enterse también como subproducto?

Evidentemente, la consciencia de sí implica que estemos, en cierto sentido, más allá de nuestro cuerpo. Pues la consciencia de sí supone un continuo diferir de uno mismo, un esencial cuestionamiento de sí. Y, por eso mismo, siempre hay un resto de extraña insatisfacción en todo lo que nos satisface. No obstante, ¿a qué obedece está extraña insatisfacción? Si únicamente se tratase del efecto lateral de un mecanismo sumamente complejo, entonces tendríamos que darles la razón a los pavlovianos. Nuestra inquietud o desazón no sería más que una confusa oscilación, un bucle de software. Por eso, que seamos algo más depende de que no seamos de este mundo, como quien dice. Nuestra inquietud tendría que mostrarse como el envés de un más allá. Que Platón estuviese convencido de que somos almas encerradas en cuerpos quizá no obedeciese simplemente a los restos de una mentalidad mítica. Al fin y al cabo, la pregunta sobre la condición humana no puede abordarse con independencia de la pregunta por el haber.

Sin embargo, la trascendencia no tiene por qué presentarse como la propia de otro mundo. De hecho, el más allá del mundo, no puede darse como otro mundo. Pues en ese caso tan solo habríamos desplazado la frontera del mundo. El verdadero más alla es el de una realidad sin mundo, en definitiva, la de un puro haber. Ahora bien, un puro haber es no siendo nada en concreto. Y porque es no siendo nada, en el puro haber se encuentra inscrita la exigencia de realizarse como haber del mundo, esto es, la exigencia —la voluntad— de negarse como puro haber, como absoluta oscuridad y silencio. La negación de sí es inherente a la nada. La verdadera trascendencia posee, por tanto, un carácter temporal. Pues lo que trasciende el mundo —el puro haber— es lo que tuvo que desaparecer para que fuera posible, precisamente, el mundo. Así, somos algo más que chimpancés porque existimos como la huella de esa pérdida.

Con todo, de ser así, la pregunta fundamental de la existencia—qué cabe esperar de nuevo— seguiría sin respuesta. Al menos, porque en el puro haber no hay ningún quién capaz de responder. Ciertamente, tan solo un Dios puede darnos esa respuesta. Pero, de admitir lo anterior, este Dios debería tener un cuerpo —y, además, humano. Pues tampoco serviría un Dios que fuese Dios por su cuenta y riesgo —un ente superior o, si se prefiere, supremo. En ese caso, tarde o temprano volveríamos a preguntarnos si acaso el todo es todo cuanto hay. Pero el todo no puede ser el todo donde Dios en sí mismo se revela como negación de sí, en definitiva, como su sacrificio.

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