apuntes de última hora: Platón 5
junio 5, 2026 § Deja un comentario
El denominado escolarmente mito de la caverna muestra el íntimo vínculo que media entre el saber —o mejor dicho, el amor a la verdad— y la formación de sí o, por decirlo en socrático, el cuidado del alma. Ciertamente, la felicidad es el horizonte de la existencia humana. No hay quien no pretenda vivir felizmente. Y, precisamente, porque se trata de ser feliz, la felicidad no consiste simplemente en un estar satisfecho —pues la satisfacción es un estado provisional—, sino en un saber vivir y, en definitiva, con la entereza, con el ser de una pieza. Por lo común, no decimos estoy feliz —en cualquier caso, satisfecho—, sino soy feliz.
La cuestión, sin embargo, es en qué consiste el saber propio de quien sabe vivir. Sócrates —y en general, los griegos— entendió este saber analógamente al saber de quien sabe, por ejemplo, tocar la guitarra —de un virtuoso de la misma—. Así, decimos que la domina, que hace de la guitarra lo que quiere, que no le tiene miedo y, por eso mismo, es capaz de extraer sus máximas posibilidades. De lo que se trata, por tanto, es de hacer algo con uno mismo, de formarse —esto es, de darse a uno mismo una forma bella—… de tal manera que uno logre ser un virtuoso de sí. La originalidad socrática, la que nos desmarcó de la inercia tribal, reside en el hecho de conectar la felicidad o el saber vivir con el tener que hacer algo con uno mismo, esto es, con el formarse, literalmente, adquirir una forma… que no viene de fábrica, pero a la que se supone estamos humanamente destinados. En esto consiste, de hecho, el cuidado del alma: en adquirir un dominio de sí al igual que el músico adquiere un dominio de su instrumento. Hablamos, al fin y al cabo, de la libertad, del ser dueño de uno mismo: que no nos pueda lo que nos sucede y no importa o carece de valor.
Ahora bien, al igual que el virtuoso de la guitarra adquiere su dominio de la misma teniendo en mente las melodías más bellas, quien pretende alcanzar un dominio de sí debe orientar su existencia hacia el bien. Para Sócrates —y por extensión, para Platón—, de lo que se trata es de hacer lo que uno quiere o ama —en esto consiste, de hecho, la verdadera libertad—. Y uno solo puede amar o querer el bien. Un médico, por ejemplo, puede limitarse a ejercer honestamente la medicina. Pero solo llegará a ser médico si ama la medicina —si logra ser uno con la medicina, pues, al fin y al cabo, uno es aquello que ama. Y lo que esto significa es que el espíritu de la búsqueda —pues amar es, originariamente, perseguir— constituye su carácter o modo de ser. Así, no dormirá, como quien dice, hasta que no encuentre el diagnóstico de la enfermedad que se le resiste. Paralelamente, quien es filósofo ama la verdad, lo que en verdad tiene lugar en medio de lo que nos pasa o sucede. Y no es fácil caer en la cuenta de lo verdadero, aun cuando esté ahí, ante nuestras narices. De hecho, lo normal es que, de entrada, confundamos lo verdadero con lo que nos parece verdadero, el saber con la opinión o la mera creencia, lo que es digno de amor con lo que deseamos. De ahí que fácilmente digamos, por ejemplo, que somos libres porque nos sentimos libres al realizar nuestros deseos… cuando lo cierto es que nadie elige cuanto desea. Todo deseo es un implante.
Platón ilustra esta situación inicial con la imagen de unos prisioneros que habitan en el fondo de una caverna y que, debido a su posición, confunden las sombras que ven con las cosas de las que son, precisamente, sus sombras. Esto es, lo que es —lo verdadero— con lo que les parece que es. Tras liberarse de sus cadenas, uno de ellos dirige su vista hacia atrás… viendo que hay más que sombras. Así, espoleado por la curiosidad comienza su ascenso —el camino de la liberación no es llano ni, por eso mismo, fácil—… hasta que ve una luz en lo que parece el final de un túnel. En ese momento, su curiosidad se transforma en interés —en amor por la luz. Una vez alcanza la boca de la caverna cae en la cuenta de que la verdadera realidad no es, ni de lejos, la de las sombras, sino la de cuanto está cubierto por la luz del Sol. Ciertamente, inicialmente queda deslumbrado —y por eso, solo puede contemplar las cosas del mundo real indirectamente, en concreto, reflejadas por las aguas del lago que se encuentra justo al salir de la cueva —y este reflejo equivaldría al conocimiento matemático de la realidad. Una vez se acostumbra a la luz, será capaz de mantener la vista en los árboles, las bestias, las montañas… Y así, dejándose llevar por su asombro, irá de una cosa a otra… hasta darse cuenta de que si puede ver lo que ve es porque todo lo que ve se encuentra iluminado por el Sol. Este ir de una cosa a otra… equivale a ir de idea en idea, esto es, literalmente, a la dialéctica, la cual termina con la constatación de que la idea de las ideas —la idea suprema, la que se encuentra en el vértice de la pirámide— es la idea de Bien o Ser. La idea de, pongamos por caso, árbol depende de la idea de vegetal, la cual depende, a su vez, de la idea de algo vivo. Pero si cabe establecer esta división o diferenciación es porque no todo es árbol o vegetal, etcétera —y de ahí que la dialéctica, el ir de idea en idea, constate la mútua implicación de los contrarios: no entendemos en que consiste ser árbol si, a su vez, no tenemos presente en qué consiste no serlo. Ahora bien, si bien es cierto que hay árboles porque no todo es árbol, también lo es que todo es, al margen de su forma o modo de ser particular. Lo que tienen en común el árbol, la mosca, la piedra… es que son. Por consiguiente, la idea de Ser o de lo Real-en-sí es la idea de las ideas, es decir, la idea que presupone cualquier idea o forma (de ser). Esta idea no admite definición —no podemos ver el perfil del Sol—. A través de la razón, nos desplazamos de idea en idea hasta llegar lo real en cuanto tal. Pero esto último solo puede captarse noéticamente: o lo ves, o no lo ves. No hay aquí demostración que valga —pues no cabe decir en qué consiste ser —definirlo— como si podemos decir en qué consiste ser, porejemplo, caballo o árbol: no hay ideas —conceptos— que estén por encima. De ahí que la expresión definitiva del ejercicio de la razón sea la noésis, algo así como un ver con los ojos de la mente.
Nuestro filósofo experimentará la tentación de quedarse ahí, en el mundo verdadero. Pero también cree que debe regresar al fondo de la caverna para revelarles al resto de prisioneros, precisamente, la verdad. El final es conocido: volverá… y morirá apaleado. Evidentemente, Platón está teniendo en mente el destino de Sócrates. No obstante, lo que ese destino muestra es la incompatibilidad entre filosofía y polis. O por decirlo de otro modo: la vida en común no puede sostenerse sobre la verdad, sino sobre su simulacro, la opinión. Y es que donde irrumpe la reflexión, la opinión se muestra como inconsistente, en definitiva, como una serie de “pseudo-verdades” cuya única función es la de sostener un determinado ejercicio del poder. Así, todos damos por descontado que somos iguales; pero, por eso mismo, cien vidas valen más que una; ahora bien, si esto es cierto, entonces la vida de la que dependen más vidas tiene más valor; por tanto, porque todos somos iguales, no todos somos iguales. Sin duda, un final paralizante. No cabe, por tanto, un uso político de los efectos, siempre desconcertantes, de la reflexión… aunque la convicción platónica —y por ende, la de Occidente— sea que una vida reflexionada —una vida que se interroga a sí misma— posee más valor que una vida que renuncia a examinarse. De ahí que Platón escriba su República: para pensar cómo debería ser la polis para que los amantes de lo verdadero pudieran vivir en paz, junto a los demás.
Sin embargo, ¿por qué Platón, denomina Bien a la idea suprema? Por lo dicho en uno de estos apuntes de última hora dedicados a Platón: porque ser y deber ser son las dos caras de una misma moneda. Al ser en sí o en cuanto tal —al puro haber— le es inherente una exigencia de realización. Nada es que no se realice. Pues la naturaleza del ser en cuanto tal es puramente abstracta, es decir, es no siendo nada en concreto… lo que equivale a decir estricta posibilidad de ser. Ahora bien, esta posibilidad es, literalmente, un poder ser. Y el poder ser es un poder de ser. No fue por casualidad que el último Platón, el que no figura en los manuales, viera que la realización de lo real —del puro haber— exige la negación de sí, de su carácter abstracto o absoluto. Es decir, lo real absoluto solo puede realizarse cayendo en el tiempo. Y esto es, al fin y al cabo, lo de que debe ser, el Bien.
La paradoja es, por consiguiente, el resultado de la reflexión más extrema. Y es que resulta paradójico que lo debe ser es que lo que debe ser —la plenitud— no termine de ser. El bien se halla inscrito en la naturaleza de las cosas. Así, pongamos por caso, la semilla debe germinar —y ese es su bien. Pero una vez germine, su fruto acabará marchitándose —y eso porque también debe ser así… en tanto que lo absoluto se realiza o hace presente en su negación de sí, de su carácter, precisamente, absoluto o eterno.
Tampoco debería extrañarnos que Sócrates fuera consciente de que, al fin y al cabo, tampoco es que supiese gran cosa. Al fin y al cabo, Platón no hace más —aunque tampoco menos— que proporcionarle una base ontológica a la paradoja de la ignorancia socrática.
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