hágase el hombre

junio 6, 2026 § Deja un comentario

La prohibición hace al hombre. No, el obstáculo. Ante este, intentamos sortearlo. Pero, de no poder hacerlo, pasamos a otra cosa. Como cualquier bestia. En cambio, nuestra relación con la prohibición trae otra miga. Pues a diferencia de un obstáculo infranqueable, la prohibición se presenta como un no debemos hacer lo que podemos hacer. Toda prohibición es, en el fondo, moral y, por extensión, política. De ahí que, espontáneamente, nazca en nosotros el deseo de transgresión. La prohibición va con una promesa: la de descubrir el enigma, lo oculto, el más allá. En definitiva, la de detentar el poder —y por eso mismo, la de ocupar el lugar del Padre.

Cuando los chimpancés jóvenes sienten el instinto de aparearse topan con el macho alfa. No podrán. Sin embargo, su circunstancial impotencia no se transformará en deseo, sino en agresividad: el instinto reprimido provoca una intensificación del mismo. El macho alfa nunca será un Padre, sino un obstáculo que, tarde o temprano, será superado. Para que deviniese un Padre, los chimpancés jóvenes deberían creer que posee el secreto, la clave de su poder. Pero los chimpancés nunca se enfrentan a un Padre, sino a su progenitor. Si el chimpancé se quedó atrás es porque no tuvo ninguna serpiente que le sedujera. La prohibición solo encaja en un mundo textual, esto es, en un mundo lleno de piezas que no terminan de encajar y cuyo sentido último posee, en principio, el Padre. Así, el envés de la prohibición es no lo sabes todo —ni debes saberlo. La religión, al fin y al cabo, es un producto lateral de lo político. Pues quien detenta el poder de prohibir genera la ilusión de que hay algo que descubrir —y algo decisivo. En definitiva, la solución de la incógnita. Pero, una vez se rasgó el velo del Templo, lo que descubrimos fue que no hay nada que descubrir. Las manos que se cierran sobre sí únicamente custodían el vacío. La revelación es redentora en tanto que nos libra del Padre. Pues el Padre se presenta como figura de un don nadie —como el enano que mueve las palancas del Transformer. Así, quedamos liberados del sentido de la culpa que va asociada al deseo de transgresión.

Sin embargo, esa liberación implica una mayor responsabilidad, la que nos empuja a la fraternidad ante la muerte del Padre. Pues solo entonces el secreto abandonará los templos para abrazar el Todo. El secreto es que no hay secreto. Dios deja de estar tras el cortinaje para revelarse como el misterio del mundo. Y lo que esto significa, como supo ver Israel, es que la experiencia de Dios será indisociable de la cuestión de Dios: ¿habrá, al final, un Dios —y que esté de nuestra parte—? Mientras tanto, la Ley. La prohibición, convertida en tabú —no matarás—, siempre regresa por la puerta de atrás. Pero ahora sin un Padre que la sostenga (y por eso mismo, la Ley carga, al convertirse en tabú, con el peso de lo absoluto o incondicional). La Ley fue el legado del Padre, su testamento. O por decirlo de otro modo, la Ley vive del espíritu del Padre, de su aliento mortal.

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