cuestión de matices

marzo 5, 2012 § Deja un comentario

Es posible que quienes esperan una respuesta de las alturas vivan una existencia más verdadera que quienes consideran que no hay más que lo que pueden ver y tocar. Pues nada real se nos da según la medida de nuestra sensibilidad y las alturas, sin duda, tienen algo de inalcanzable. No es fácil darse cuenta de esto, pero lo cierto es que la realidad, el carácter otro de lo que nos traemos entre manos o se nos da como aquello inalcanzable de lo que podemos ver y tocar o no acaba de ser, como quien dice, realmente real. Otra cosa es qué sucede cuando ya no podemos seguir creyendo en las figuras de la alteridad que son esos espíritus más o menos predispuestos en los que inicialmente confiamos. Pero lo que puede suceder es que los rostros de quienes ya no pueden creer queden marcados con el aura de esa impotencia. Como si, al fin y al cabo, no hubiera más Dios que el se refleja en la mirada de los sin Dios.

Protegido: Ejercicio Historia Filosofia

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ambivalencias

marzo 5, 2012 § Deja un comentario

La muerte es una desgracia, pero al mismo tiempo una bendición. Solo hace falta imaginar una vida sin fin para ver que la eternidad es, de por sí, el infierno. Al fin y al cabo, el valor de nuestra vida depende del hecho de que vivimos dentro de un plazo. Lo que dura siempre —lo que siempre se encuentra a nuestra disposición— no puede valer gran cosa. Quien promete la vida eterna promete pues un abismo.

libros

marzo 5, 2012 § Deja un comentario

No somos idénticos a los libros que leemos, pero no seríamos los mismos sin ellos.

Robert Nozick

coitus interruptus

marzo 4, 2012 Comentarios desactivados en coitus interruptus

Dios es interrupción. La aparición de Dios quiebra nuestra biografía, la divide en un antes y un después. Todo lo que se encuentra atado y bien atado en nuestra vida salta por los aires ahí donde aparece un Dios abandonado por los hombres. Un Dios que se halla en continuidad con nuestra existencia —un Dios que se encuentra disponible en un supuesto más allá— no puede valer como Señor. Es en este sentido que nadie puede preferir que Dios se haga en verdad presente. Nadie puede desear honestamente que el pobre de Dios se le manifieste para exigir sus derechos sobre nuestra vida. Por eso Dios solo puede habitar en lo más profundo de nuestros corazones como ese vacío, esa ausencia, esa falta que nos hace aptos para Dios. Como si solo la falta de Dios nos hiciera capaces de responder a la demanda de un Dios que nos mira con los ojos enloquecidos de quienes yacen como deshechos sobre las aceras por las que tan fácilmente vamos de un lado a otro.

carga teórica

marzo 3, 2012 § Deja un comentario

La interpretación siempre fue el recurso de quienes ya dejaron de ver. Solo cuando somos incapaces de ver la presencia divina en los hechos extraordinarios, nos preguntamos si, con todo, aún podemos interpretarlos como si obedecieran a dicha presencia. Y así decimos cosas del tipo para mí es como si Dios estuviera presente. Pero es obvio que quien dice esto es que ya no puede experimentar a ningún Dios que valga como Dios.

a medias

marzo 3, 2012 Comentarios desactivados en a medias

Un mito siempre nos dará la impresión de que lo que cuenta nunca ocurrió a medias. Un mito es algo así como un catálogo de figuras de integridad. Así, los buenos son buenos y los malos, malos. Los poetas son poetas a tiempo completo. Y los creyentes van por ahí sin el menor atisbo de duda. Un mito es lo opuesto, pues, a la vida misma. De ahí que un evangelio como el de Marcos sea, más acá de la fe, un antimito. Pues ¿a qué autor de mitos se le hubiera ocurrido contar la historia de un enviado de Dios que agoniza y muere sin saber a ciencia cierta a qué obedecía todo eso? ¿Qué guionista se hubiese atrevido a decir que la última palabra es, en verdad, un silencio elocuente?

ida y vuelta

marzo 2, 2012 § Deja un comentario

Hay quienes no ven más cera que la que arde. Hay quienes viven buscando un más allá —quienes existen expuestos a lo que de algún modo les supera—. Y hay, los menos, quienes han sido devueltos por el más allá. Probablemente, solo estos últimos sepan de qué va esto de Dios.

el club de los poetas muertos

febrero 29, 2012 § Deja un comentario

Una humanidad caída necesita un salvador. Una humanidad débil o, simplemente, desorientada, un maestro. De ahí que el cristianismo oscile entre la redención y la ejemplaridad. Dependiendo de quien sea el oyente, Jesús de Nazareth se presentará o bien como aquel que encarna el sacrificio de Dios, el sacrificio que saca al hombre del pozo; o bien como aquel que, imbuido por el espíritu de Dios, le indica al hombre el camino a seguir. Y es obvio que no hay camino que valga para aquellos que habitan las simas de la existencia. Al fin y al cabo, será verdad que el cristianismo sobrevive a la crisis de la apocalíptica, al derrumbe de la esperanza de los pobres, tolerando el gnosticismo que inicialmente condena. No casualmente, los gnósticos no tuvieron mártires.

el cambiazo

febrero 28, 2012 § Deja un comentario

¿Qué ha cambiado en nuestras relaciones con lo sobrenatural? Antiguamente, el cielo era, obviamente, un lugar inaccesible y eterno. Todo en el mundo era corrupción, mientras que los astros continuaban ahí, perfectos e inmutables, por encima de nuestras cabezas. Esta situación cambia con Galileo y compañía: el universo pasa a ser uno e infinito y los astros dejan de ser la cifra de una perfección que, como tal, es desterrada al territorio de las meras ideas. La catástrofe tuvo lugar cuando Galileo descubrió que Jupiter era un planeta manchado. Nada queda ya, de por sí, fuera del alcance del hombre. Nada hay que sea de por sí inalcanzable, sino que lo aparentemente inalcanzable es, simplemente, algo que de hecho aún no podemos alcanzar. Y si fuera de por sí inalcanzable, no por ello debería comprenderse como dueño y señor de nuestra existencia. De ahí, que el cristianismo —la religión en general— solo pueda sobrevivir fácilmente a la catástrofe de la Modernidad comprendiendo la relación con la altura de Dios como una relación con lo más íntimo de uno mismo o con la fuerza que sostiene todo cuanto es. Pero con ello, el cristianismo renuncia a su verdad. Y es que la relación con las capas más profundas de nuestra existencia solo puede comprenderse como una relación técnica, si de lo que se trata es de hacer que esas capas afloren a la superficie. Lejos estamos pues de la necesidad de redención donde la única preocupación es la de alcanzar una cierta plenitud.

los hermanos Grimm

febrero 26, 2012 § Deja un comentario

Muchos creen en Dios como quien confía en el poder de un hada del bosque. Si los creyentes en Dios dicen que no se trata de lo mismo, será porque socialmente su fe aún no parece tan ridícula como la segunda. Pero es cuestión de tiempo. De hecho, los motivos personales que sostienen la confianza en el poder de las hadas son idénticos a los de la confianza en la intervención de Dios. Y es que resulta muy consolador suponer que no estamos solos. Ahora bien, solo basta tomarse en serio la propia creencia en un Dios-hada-del-bosque —solo basta suponer que efectivamente se encuentra ahí— para caer en la cuenta de que en ese caso la verdad del verdadero Dios seguiría siendo un asunto pendiente.

Dios no explica nada

febrero 26, 2012 § Deja un comentario

Tienen razón quienes sostienen que disponemos de mejores explicaciones que aquellas que remiten a Dios. En realidad, no es que, de por sí, el recurso a Dios sea un mal recurso, sino que solo funciona como tal donde Dios se da por descontado, precisamente, como esa última instancia a la que apelar. Donde Dios pasa a ser una opción personal, como pueda serlo la creencia en hadas madrinas, uno solo puede referirse deshonestamente a Dios a la hora de procurar una explicación de los acontecimientos aparentemente inexplicables. Un Dios que necesita ser supuesto para que funcione como Dios, aunque sea a título individual, ya no puede valer como Dios, esto es, como esa falta que, sometiéndonos a la demanda infinita de un rostro, nos arroja indefectiblemente fuera del mundo. Tampoco es que cambien mucho las cosas, cuando recluimos a Dios en los recovecos de la propia intimidad para convertirlo en el agente de nuestros mejores impulsos. Un impulso sigue siendo un impulso aun cuando lo bauticemos con el nombre de Dios. No hay diferencia relevante entre quien confía en la fuerza de un Dios que se encuentra en lo más profundo del alma como ese poder que nos hace incluso capaces, bajo condiciones excepcionales, de perdonar lo imperdonable, y quienes confían en ese mismo poder a secas, esto es, sin necesidad de bautizarlo como divino. Sé que muchos creyentes sostienen hoy en día que lo de menos aquí es el nombre. Que lo decisivo es creer —confiar— en la efectiva realidad de Dios. Pero esto es lo que defiende el paganismo en general —que quien trata con la divinidad, en cualquier caso, trata con un poder que puede admitir diferentes nombres según los mundos o las épocas— y bíblicamente siempre se tuvo a Dios por un Dios que renuncia a su poder para que el hombre tenga, cuanto menos, la oportunidad de redimirse. Y es que en la Biblia, si alguien es capaz de responder a Dios, no es porque posea en su interior la fuerza de Dios —pues Dios no se posee en absoluto—, sino porque la efectiva realidad de Dios, aquella que se expresa como extrema trascendencia, lo deja, literalmente, sin fuerzas. O, por decirlo de otro modo, porque la realidad de Dios no es la de una fuerza (sobre)natural, el espíritu de Dios puede nacer en el seno de quienes sufren el vacío de Dios.

representaciones

febrero 26, 2012 § Deja un comentario

Por lo común que creamos una cosa u otra va a depender de lo que nos imaginemos al respecto. Por ejemplo, la ilusión de salir con alguien o nuestra opinión sobre la legitimidad de la pena de muerte dependerá inicialmente de la idea que nos hagamos de ese alguien o de quién tiene que sufrir la condena. Esto es, va a depender de la escena que tengamos en mente. Como aquellos que sueñan con ser policías después de ver unos capítulos de Miami Vice. De ahí que la cuestión sobre lo que supone en verdad tanto una cosa como otra no pueda ahorrársela quien pretenda estar por encima del vaivén de las imágenes. Otra cosa, sin embargo, es que la respuesta a esta cuestión sea capaz de motivarnos, pues cabe sospechar que una des-ilusión difícilmente llegará a ponernos en pie.

credo

febrero 26, 2012 § Deja un comentario

El hombre no dispone de sus creencias. Más bien, cada uno cree en lo que puede. Como si las creencias fueran unas u otras según el tipo de existencia que uno lleva encima. Así, por ejemplo, un consumidor no puede confesar honestamente que el Crucificado es Señor. Como tampoco un intelectual puede admitir que una tumba vacía suponga de por sí una resurrección. Es por eso que la cuestión no es tanto si puede ser verdad que el Crucificado es Señor —como si hubiera un hecho que nos permitiera certificarlo de una vez por todas—, sino si podemos creer en ello. Y a qué precio.

vanguardias

febrero 26, 2012 § Deja un comentario

Será verdad que el arte contemporáneo es arte religioso, pues cuanto más sofisticada es nuestra vida de cada día, mayor es nuestra necesidad de religarse a las formas elementales de nuestra infancia.

cenicientas (y 2)

febrero 24, 2012 § Deja un comentario

Un príncipe azul tarde o temprano terminará siendo despreciado por su princesa. Por imbécil. Pues solo un imbécil —creerá ella— puede no haberse dado cuenta de lo poca cosa que soy.

cenicientas

febrero 24, 2012 § Deja un comentario

El problema de la cuentos de hadas no tiene que ver con el hecho de que no existan los príncipes azules, sino con el de que nunca, si existieran, podrías tomarte en serio que fueras la elegida. Y es que estás demasiado cerca de tu mal olor como para creer de veras que puedes llegar a ser una princesa.

al César lo que es del César

febrero 23, 2012 § Deja un comentario

¿Puede haber una política cristiana? La respuesta es obvia. No. Pues, la cuestion de la política —¿qué tenemos que hacer cuando no es posible realizar lo que sobre el papel deberíamos realizar?— no puede ser en modo alguno la cuestión que el hombre se plantea ante Dios —¿qué debo hacer por ti?—, la cual no admite las componendas del posibilismo. O respondes a la llamada o no respondes. Sería extraño a la experiencia creyente que un cristiano se preguntara que deberíamos cristianamente hacer una vez constatamos que no es posible responder hasta el final a la demanda infinita del pobre con el que Dios se identifica. Pues lo cierto es que debemos responder aun cuando de hecho no podamos hacerlo en la misma medida en que somos llamados. Otra cosa es si, con todo, cabe algo así como una politíca inspirada en la fe cristiana. Y la respuesta es, de nuevo, obvia. La respuesta es Occidente, se trate de la diestra o de la siniestra.

hiato

febrero 23, 2012 § Deja un comentario

La diferencia entre la verdad cristiana y lo que tienen en la cabeza una gran mayoría de cristianos acerca de Cristo es semejante a la que pueda mediar entre la ruptura que supuso en su momento el blanco sobre blanco de Kazimir Malévich y la cantidad de progres que han hecho de dicho blanco una nueva representación de la belleza entre otras igualmente disponibles. Cuando lo cierto es que el arte contemporáneo lo que cuestiona es precisamente la posibilidad de una belleza que, por al hallarse por encima de nuestras cabezas, admita diferentes encarnaciones.

 

minipimer

febrero 23, 2012 § Deja un comentario

El Nuevo Testamento es una brutal trituradora de ilusiones humanas. Si usted sigue a Jesús y no acaba muerto, es como si tuviera que dar explicaciones de ello.

Terry Eagleton

la jaula de los leones

febrero 23, 2012 § Deja un comentario

Quizá sea preciso salvar el cristianismo de la cristiandad. (Aunque diría que esto ya lo dijo Nietzsche.)

anti Heidi

febrero 22, 2012 § Deja un comentario

Quien quiera evitar una interpretación naïve de las bienaventuranzas solo tiene que sustituir ‘pobres’ por ‘chusma’. Y es posible que así comprenda de paso por qué crucificaron a Jesús de Nazareth.

cuestión (de) capital

febrero 22, 2012 § Deja un comentario

El sistema capitalista avanzado es inherentemente ateo. […] Y es que no es probable que una sociedad de autorrealización comercializada, deseo administrado, política economicista y economía consumista alcance el nivel de profundidad necesario para que las cuestiones teológicas se planteen de forma apropiada, pues descarta todas las ideas políticas y morales de cierta hondura. ¿Qué sentido iba a tener Dios en un escenario así más que como legitimación ideológica, como nostalgia espiritual o como un medio para abstraerse a nivel privado de un mundo carente de valor?

Terry Eagleton

nietzscheanas 19

febrero 21, 2012 § Deja un comentario

Puede que el hombre aún exija una respuesta —puede que aún se pregunte si el mal tendrá o no la última palabra—, pero sabe que no puede esperarla. Todo en la historia es un eterno retorno de lo mismo. La historia no tiene, pues, un final porque tampoco tuvo un principio. Donde hay eternidad no puede haber Dios. Y donde no hay Dios, el amor y el odio no se distinguen del movimiento más espontáneo de la vida, la cual como sabemos solo se perpetua a lomos de la muerte.

insurrextion

febrero 21, 2012 § Deja un comentario

Decía Gustavo Gutierrez que sin insurrección no hay resurrección y con ello demostraba tener más razón que un santo. Se equivocan, por tanto, quienes entienden el dicho en clave materialista como si Gustavo Gutiérrez quisiera decirnos que no hay más resurrección que la insurrección. En verdad, lo que se subraya aquí es que la insurrección es el criterio de una genuina fe en la resurrección. De hecho, los orígenes van en esta dirección, pues difícilmente hubiera tenido lugar la inversión de valores que supuso el cristianismo, si unos cuantos desgraciados de Galilea no hubieran creído que la resurrección de Jesús de Nazareth era el preámbulo de la irrupción subversiva y definitiva de Dios. Aquí podríamos preguntarnos qué queda de todo esto una vez la resurrección deja de ser un acontecimiento para ser una interpretación de un acontecimiento. Pero éste es, ciertamente, otro asunto.

qohelet

febrero 20, 2012 § Deja un comentario

En el hombre, todo es vanidad. Durante su vida, no hará otra cosa que preguntarse ante el espejo si es o no es aquel que quiso ser. Y lo que no es vanidad en el hombre, no nace del hombre, sino de la altura de Dios. O del las simas del demonio.

 

un buen trato

febrero 16, 2012 § Deja un comentario

Ante el descrédito de la creencia en lo sobrenatural parece que Dios solo pueda ser admitido como el nombre de otra cosa, pongamos por caso, de la bondad o el amor. Pero entonces, Dios solo puede comprenderse como poder, pues esa otra cosa, tratándose de Dios, únicamente puede consistir en un poder o una fuerza. Y si Dios es poder, aunque se trate del poder del amor, tener una relación con Dios solo puede ser cuestión de técnica: como si de lo que se tratara es de conectarse a la realidad de Dios, de garantizar su influencia. Pero un Dios que sea un poder del que apropiarse en mayor o menor medida no puede valer como Dios: nadie se encuentra en verdad sometido a un poder con el que pueda llegar a un buen trato. Será verdad que Dios es intratable o no puede valer como Dios.

maranatha

febrero 16, 2012 § Deja un comentario

Pocos han caído en la cuenta de que el último libro del NT es un libro lleno de esperanza, el Apocalípsis. Pero muchos menos han visto que esa esperanza se sostiene sobre imágenes imposibles. O, por decirlo de otro modo, que la esperanza creyente no puede comprenderse como una posibilidad del mundo. Como si cristianamente no pudiéramos esperar más que la irrupción de un Dios que le ponga al mundo un punto y final. De hecho, la fe en la resurrección y la esperanza apocalíptica van de la mano, pues la resurrección de Jesús de Nazareth, desde el horizonte de dicha esperanza, no significa otra cosa que la siguiente: el final ha comenzado ya. La última palabra del NT —maranatha, esto es, ven Señor Jesús— es propiamente la invocación de unos desesperados que han creído en la resurrección de Jesús, pues solo desesperadamente podemos aguardar con entusiasmo la tábula rasa de un Juicio Final. Como si la resurrección les hubiera dado los ánimos suficientes para desear la catástrofe que invirtiera de una vez por todas el orden del mundo. Nadie podía creer por aquel entonces que la resurrección lo que hizo en verdad fue poner la revolución en manos de los hombres. Pues un Crucificado solo puede estar a la altura de Dios, si Dios cae hasta la altura de un Crucificado. De ahí a la Modernidad —la época en la que la revolución se convierte en una posibilidad del mundo— tan solo hay un paso.

camusianas

febrero 16, 2012 § Deja un comentario

Los mártires deben escoger entre ser olvidados o ser utilizados.

Miedo de mi oficio y mi vocación. Si soy fiel, me encuentro con el abismo; si soy infiel, con la nada.

La virtud no es aborrecible. Pero los discursos sobre la virtud sí lo son.

Cada vez que alguien se pone a hablar de mi honestidad, tengo la impresión de haber mentido durante toda mi vida.

Nos soportamos gracias al cuerpo, a la belleza. Pero el cuerpo envejece. Cuando la belleza se degrada, entonces quedan solo las almas en presencia unas de otras, y se enfrentan sin intermediario.

Albert Camus

nihil obstat

febrero 16, 2012 § Deja un comentario

¿Qué significa nihilismo? Nada por encima de nada. Todo por igual. Nada extraordinario como medida de lo ordinario. Un nihilista no cree que pueda haber nada nuevo en la novedad. 

(Y es así que unas dosis de nihilismo siempre van bien para no confundir las cosas. Pues nada en verdad nuevo puede comprenderse como una posibilidad del mundo. O, lo que viene a ser lo mismo, nada en verdad nuevo puede darse sin la quiebra de nuestra confianza en el mundo.)

los tibios

febrero 16, 2012 § Deja un comentario

No es la primera vez que uno tiene que oir eso de que cristianamente deberíamos poder ser normales. Que uno no tiene que ser un héroe para ser cristiano. Pero es probable que quienes defienden el derecho a la normalidad aun crean que esto de ser cristiano tiene que ver con un ideal o un modelo de vida. Como esas chicas gorditas y con bigote de medio pelo que, estando sometidas a un feroz patrón de belleza, proclaman a los cuatro vientos que ellas tienen el derecho a no ser como Megan Fox… porque, en el fondo, están convencidas de que debieran ser como ella. Es cierto que el cristianismo se ha debatido tradicionalmente entre el seguimiento y la imitación de Jesús de Nazareth. Pero puede que el seguimiento sea más original que la imitación. La imitación es griega u oriental, mientras que el seguimiento es judío. Y es que no se trata de ser perfectos, sino de responder a la voz en grito de los abandonados de Dios. Quienes aun creen que solo siendo perfectos podemos responder perfectamente a la llamada de Dios se olvidan de que en los evangelios quienes son capaces de responder son, de hecho, quienes ya no se preguntan si pueden o no ser perfectos, de tan cubiertos que están de su propia mierda. Cristianamente, quienes pueden responder a Dios son quienes ni siquiera se atreven a mirarse el ombligo para ver si son o no buenos creyentes. Cristianamente, el tema nunca eres tú, sino el otro. Quien responde, no se pregunta si puede ser o no normal. Responde como puede y punto. Así pues, si se trata de responder, se trata de escuchar, no de escucharse. Aquellos que defienden el derecho a la normalidad coinciden, por lo común, con los cristianos del no n’hi ha per tant, aquellos que se sienten muy a gustito con su fe, aquellos que confunden el pan de la eucaristía con un chupa-chups. Son los tibios, los cristianos del primer banco, los que convierten en piedra todo cuanto tocan, los que ven el aguijón del espíritu como una mera provocación. El Jesús que tiene en mente es más bien un Jesús del buen rollo, compasivo hasta la náusea, algo así como el abuelito de Heidi. Su Jesús es un Jesús hecho a su medida, un mito de conveniencia. Pero a Jesús no lo crucificaron por su bondad —que la tuvo—, ni siquiera porque discrepara de los fariseos en algunas interpretaciones de la Ley. De hecho, solo hace falta leer el NT para ver que hay un tipo de cristianos que da asco incluso al mismísimo Jesús. Son los cristianos de Laodicea, los cristianos del ni fu ni fa. Son aquellos que, a causa precisamente de su tibieza, serán vomitados de la boca del Señor (Ap 3:14-22). Pero quizá los tibios estén en lo cierto y sea verdad que no n’hi ha per tant.

más gestos

febrero 15, 2012 § Deja un comentario

El esquema de la religión sobrevive incluso a la caída de la religión. Así, el adolescente que cree que es un poeta por el simple hecho de que imita los gestos, la pose del poeta auténtico sigue la pauta del primitivo cuando con su danza reproduce el movimiento de los dioses al crear el mundo con el propósito de participar de la plenitud originaria. La religión nunca fue más que esa gestualidad que pretende alcanzar un estado que no posee. Cuando lo cierto es que solo el hombre que ha fracasado en su pretensión de ser como Dios puede doblegarse sinceramente ante Dios.

cuestión de formas

febrero 15, 2012 § Deja un comentario

La religión es la técnica del trato con lo divino. El rito es, pues, la clave de la religión. El rito, la postura, el cómo. No se trata, por tanto, de ser auténtico, de buscar la conexión para poder, por ejemplo, arrodillarse sinceramente, sino de recuperar, por la vía de la imitación, la autenticidad de la conexión originaria con lo que nos supera. En la religión, la forma lo es todo. De ahí que la fe no sepa a ciencia cierta qué hacer con las meras formas. Pues la fe no pretende ningún tipo de conexión, sino en cualquier caso responder en nombre de Dios a la inviabilidad de la conexión.

misterium

febrero 14, 2012 § Deja un comentario

Muchos de los que dicen que Dios es un misterio creen, más bien, que Dios es un ente misterioso. Como si el misterio consistiera en que no acabamos de saber cómo es esa cosa llamada Dios. Como si nos faltaran palabras para terminar de caracterizar a Dios. Pero Dios no es el misterio de Dios, sino el misterio del Mundo, por decirlo a la manera de E. Jüngel. Decir que Dios es misterio es, por tanto, decir que de Dios no podemos decir nada. Ni siquiera que existe. Pues Dios, en sí mismo, es esa falta —ese silencio— que marca el mundo por entero y, gracias al cual, el todo se nos revela como no-todo, esto es, como algo, al fin y al cabo, por resolver.

¿fue la resurrección un mcguffin?

febrero 14, 2012 § Deja un comentario

La resurrección de Jesús de Nazareth no fue un acontecimiento. De hecho, el lenguaje de la resurrección fue, en su momento, un lenguaje disponible, esto es, algo que podía decirse de alguien sin que sonara a chino. Antiguamente decir resucitado era como decir hoy en día, por ejemplo, que tal o cual ha salido del pozo de la depresión. Difícilmente entenderíamos que los exegetas, de aquí a tres mil años, se preguntaran cómo podíamos creer que la depresión era de hecho lo mismo que caer en el pozo, ya que para nosotros resulta obvio que una depresión es en verdad lo mismo que caer en el pozo, aun cuando de hecho no sea así. Pues algo parecido pasa con la resurrección. En la antigüedad helenística, decir que tal o cual hombre había resucitado significaba que había logrado sustraerse, por la intercesión divina, al dominio del Hades. Y en principio resucitaban aquellos que habían alcanzado en vida un estado casi sobrenatural o, lo que viene a ser lo mismo, poderoso. Así, resucitaban los héroes y resucitaban los emperadores… o, cuanto menos, algunos. Es cierto que las cosas no eran exactamente así en el judaísmo de por aquel entonces, aun cuando se tratase de un judaísmo fuertemente helenizado. Para ese judaísmo, la resurrección era antes que nada la antesala del Juicio de Dios. Pero si aquellos judíos creyeron en la resurrección de los muertos fue porque, al fin y al cabo, adaptaron la creencia pagana a la expectativa judía de un final de los tiempos. Todos los muertos tenían que resucitar, si el Juicio de Dios tenía que alcanzar a vivos y muertos. En cualquier caso, el acontecimiento no fue —decíamos— la resurrección, sino el hecho de que el resucitado fuera precisamente Jesús de Nazareth, un maldito de Dios, un predicador fracasado, alguien que había sufrido hasta el extremo el abandono de Dios. Jesús resucitado significó, al menos inicialmente, que Jesús decía la verdad: Dios le había resucitado y, por consiguiente, la venida del Reino era cuestión de días. Aquí la tumba vacía jugó probablemente un papel determinante, aun cuando en verdad no constituya una prueba de la resurrección. Sobre la base de esta constatación, los más simples y, por tanto, supersticiosos de quienes siguieron a Jesús —y no es necesario recordar que el cristianismo fue de buen comienzo un movimiento de simples— pudieron creer, en continuidad con lo que había creído Jesús, que la irrupción de Dios era inminente. Nos equivocamos cuando creemos que la fe en la resurrección se basa en las apariciones. Como defiende la mayoría de los especialistas, los relatos de las apariciones son originariamente independientes del relato de la resurrección. Los primeros cristianos no creyeron en la resurrección porque vieran al resucitado, sino que vieron al resucitado porque creyeron en la resurrección. No sabemos a ciencia cierta que vieron esos hombres y mujeres, si es que vieron algo. Pero sí sabemos que, a partir de una tumba vacía, pudieron seguir creyendo en la proximidad del Reino que había anunciado Jesús de Nazareth. Que sobre esta base algunos creyeran que Jesús andaba por ahí como un aparecido es lo de menos. Lo cierto es que la creencia en la resurrección dió un definitivo impulso al ethos cristiano, de hecho el verdadero motor de la expansión del cristianismo. La resurrección no fue el acontecimiento. La resurrección fue el mcguffin, el motivo por el que esos primeros cristianos pudieron tomarse directamente en serio la posibilidad de una inversión de los valores. En un mundo como el antiguo, proclamar que los últimos serían los primeros o cosas por el estilo suponía proclamar algo literalmente increíble. Si alguien podía creer seriamente en ello es porque el que lo anunciaba mostraba poseer el poder de Dios y Jesús, sin duda, poseía ese poder, al menos para quienes le siguieron en Galilea. Los ciegos ven y los cojos andan: esa era la señal. Por eso la muerte abyecta de Jesús de Nazareth fue tan decepcionante. Ninguno de sus discípulos podía seguir creyendo en la inminente llegada del Reino. Muerto el perro, muerta la rabia. De ahí que la tumba vacía fuera vista, desde la expectativa escatológica y a ojos de los más simples, como la definitiva intervención de Dios y, por tanto, como el inicio de los tiempos finales. El Juicio había comenzado y los pobres podían tener una esperanza digna de crédito. Los pobres al fin podían creer verdaderamente en el final de la pobreza. La fe en la resurrección, basada inicialmente en el hecho de una tumba vacía, fue algo así como la toma de la Bastilla de la antigüedad romana. Ahora bien, a medida que el final de los tiempos se iba aplazando sine die, el cristianismo tuvo que hacerse griego para seguir justificando un ethos originariamente judío como un ethos universal. Ya no bastaba una tumba vacía para confirmar la verdad del ethos cristiano. Jesús tuvo que hacerse realmente divino. Ya no era el enviado de Dios, sino Dios mismo paseándose por la tierra. Jesús dejó de ser el profeta de Dios para ser el portador del amor salvífico de Dios. El tema ya no era la inminente llegada del Reino, sino la Encarnación. Y con ello el cristianismo fue dejando de lado su potencial subversivo para convertirse como quien no quiere la cosa en una religión entre otras, esto es, en un camino hacia la plenitud de Dios, aunque, y a diferencia del resto de las religiones, se insistiera en que ese camino había sido transitado previamente por un Dios que descendió hasta hacerse maldición por nosotros, los hombres. Así pues, a medida que el ethos cristiano se fue haciendo evidente —a medida que el ethos se fue independizando de la expectativa escatológica de la proximidad del Reino— la verdad cristiana tuvo que hacerse cada vez más sofisticada hasta comprometer la noción misma de la divinidad. A partir de entonces —a partir de la identificación de Dios con el Crucificado— el cristianismo solo pudo sobrevivir a costa de su verdad originaria, o bien tolerando el docetismo que inicialmente condena, o bien engendrando en su seno la teología de la muerte de Dios o, lo que viene a ser casi lo mismo, el ateísmo moderno. Pero este ya es, sin duda, otro asunto.

diálogos del conocimiento

febrero 13, 2012 § Deja un comentario

Dice ella: mis hijos son sagrados. Su vida es la vida que Dios me ha dado.

Dice el moderno: esto lo dices porque te han salido bien… Apelas a Dios porque te gusta sentirte diferente a un animal. Pero aquí no veo otra cosa que instinto sublimado. Otro gallo cantaría, si tus hijos acabaran siendo unos cabrones, por no decir, unos genocidas…

Ella: es posible que porque me han salido bien pueda ver fácilmente lo que, en cualquier caso, debería ver. Los antiguos siempre consideraron la locura como una puerta de entrada al más allá. Somos nosotros quienes decimos que el más allá es el efecto de su locura. Sea como sea, hay que estar loco para ver que no hay nada más allá.

Moderno: ¿me das, pues, la razón?

Ella: decimos lo mismo, pero no vemos lo mismo. Porque no hay más allá, tú te quedas con las cosas. Pero precisamente porque nada hay más allá, yo no puedo quedarme solo con las cosas. Las cosas no se bastan a sí mismas. Todo se encuentra suspendido de un gran silencio. Todo permanece a la espera.

Moderno: no hay nada que esperar…

Ella: cierto, pero por eso mismo todo permanece a la espera. Todo es en relación con un porvenir inconcebible. El mundo debe resolverse, aun cuando no podamos imaginar el cómo sin falsear la espera. La muerte no puede tener una última palabra para quien abraza la vida. Pero sin muerte no puede haber vida que valga. Creer es permanecer en el impasse de Job.

Moderno: ¿quieres decir que puesto que Dios no existe, todo es posible?

Ella: al contrario, porque Dios no existe, no todo es posible. Precisamente por ello hay lo imposible. Estricta lógica. En realidad, lo imposible —ese silencio que se encuentra fuera de la totalidad— es lo único que hay.

Moderno: que seas capaz de ver esto solo tiene que ver con tus capacidades… no con la realidad del mundo.

Ella: las cosas solo son reales porque tienen su realidad pendiente; porque se nos dan sobre el fondo mismo de la nada; porque la nada les pertenece como lo más íntimo; porque, al fin y al cabo, no acaban de ser… Tu error consiste en creer que el mundo está hecho de cosas. Pero que puedas ver cosas depende de que eso que ves sea, en definitiva, algo que no puedes ver, algo siempre más allá de su aspecto; depende de que la nada sea, al fin y al cabo, innombrable.

Moderno: no entiendo nada…

Ella: por supuesto. Un espectador es incapaz de ver (la) nada.

 

últimas palabras

febrero 13, 2012 § Deja un comentario

Ponerse en manos de Dios ¿acaso es posible donde damos por sentado que Dios se encuentra ahí, por encima de nuestras cabezas, esperándonos? La apertura de la existencia al más allá, el hecho mismo de trascenderse ¿cabe donde seguimos dependiendo de un imagen del más allá? Frente a la tentación gnóstica, conviene recordar una y otra vez que el Crucificado murió cubierto de espanto, en medio de la quiebra de los significados que habían sostenido hasta entonces su existencia. Que no hay otro abandonarse a Dios que el de quien sufre el abandono de Dios. Con respecto a Dios, seguimos sin saber. Y así, cuando decimos que Dios es amor, no debemos entender que la energía del amor es divina, sino que Dios se da por entero en la figura de un Crucificado. O, por decirlo con otras palabras, que el gesto de Crucificado representa el amor sacrificial de Dios, su inmolación por los hombres. Por eso resulta cuanto menos desconcertante que sigan habiendo por ahí hombres y mujeres, por lo común religiosos e iluminados, que sigan creyendo que el espíritu de Dios es independiente del último aliento de un Crucificado. Como si la muerte en Cruz solo fuera un mal final y no una revelación.

el óbolo de la viuda

febrero 13, 2012 § Deja un comentario

Una cosa es dar las sobras y otra dar lo que a uno le falta. Una cosa es ser generoso —y, sin duda, es mejor serlo que no serlo— y otra dejar de comer para que tus hijos (y los hijos de los otros) no pasen hambre. Una cosa es la hospitalidad de ŀos hombres y otra el óbolo de la viuda. Una cosa son las buenas costumbres y otra el sacrificio de sí. Las buenas costumbres apenas necesitan ser justificadas. Dudo, en cambio, que podamos siquiera comprender el gesto del Crucificado. Dar la vida para que los que hijos de puta puedan renacer ¿acaso no es el absurdo de los absurdos? ¿Qué vió la viuda en los otros pobres para que diera lo poco que le quedaba? ¿Es que no deberíamos admitir la irrupción del espíritu como una enajenación? Será verdad aquello que dice Marc Vilarassau: que la diferencia entre darlo casi todo y darlo todo es infinita. Y luego seguimos esperando que quienes han visto a Dios —o mejor dicho, quienes ven a los hombres con los ojos de un Dios crucificado— sean unos tipos normales.

la otra cara de la luna

febrero 13, 2012 § Deja un comentario

Comprender la Cruz únicamente del lado de los hombres, esto es, como si solo se debiera a nuestra incapacidad para aceptar la bondad de Dios, supone privar a la Cruz de su poder revelador. Pues una cosa es decir que los hombres seguimos sin ser capaces de obedecer a Dios, y otra muy distinta decir que Dios mismo, por medio del Crucificado, se pone en manos de los hombres. En el primer caso, Dios sigue siendo lo que siempre fue, a saber, un poder, aunque en este caso se trate del poder de la bondad, mientras que en el segundo, Dios ya no puede seguir siendo el Dios que garantiza la plenitud de quien hace lo debido. Pues un Dios que se deja caer hasta identificarse con el destino de un crucificado no puede valer como esa divinidad en la que confían quienes, al margen del resto de los hombres, pretenden elevarse por encima de la miseria.

esa mosca cojonera

febrero 12, 2012 § Deja un comentario

Tomándome un café con mis hijas en el bar de la esquina, uno de los indigentes del barrio me pide un cigarrillo. Se lo doy, lo enciende y luego se aleja. Su vida no tiene nada que ver con la nuestra. Los pobres existen y andan como si fueran seres de otro mundo. Ellos y no otros son los verdaderos ángeles. Ellos y no otros nos hablan en nombre de Dios. Hay, pues, muchos hombres y mujeres que viven vidas de miseria. Y morirán como si no hubieran nacido. Ellos, los pobres, están ahí y nosotros seguimos como si tal cosa. Resulta difícil creer que sí o el no de nuestra existencia se decida ante ellos, los malnacidos. Cuesta admitir que, como sostiene el cristianismo, no haya otro modo de relacionarse con Dios que entregándoles nuestra vida. Algunos dirán que no hay que meter a Dios en esto, sobre todo si sigue exigiendo, como siempre, nuestro sacrificio. Que tampoco hay que ir tan lejos. Que basta con unas dosis de compasión. Las que, siendo sensatos, podemos tolerar. Será verdad. Solo que cristianamente no hay vuelta de hoja. Para un cristiano, no cabe otro Dios que el que es crucificado con los crucificados de la Tierra. Demasiado pa’l cuerpo, como suele decirse. Aunque puede que sea cierto que no hay más que dos banderas: la de quienes vivimos como si no hubieran pobres; y la de quien no puede soportar vivir mientras ellos sigan ahí.