claves de lectura

mayo 19, 2020 § Deja un comentario

¿Engendrado, pero no creado? ¿De la misma naturaleza que el Padre? ¿Volverá con gloria para juzgar a vivos y a muertos? Si le preguntáramos a cualquiera que recita el credo los domingos si cree realmente en lo que proclama, probablemente provocaríamos su desconcierto, por no hablar de su rubor. Ciertamente, podría contestarnos que sí. Pero aquí la respuesta a la talibán no nos interesa. También podría decirnos que no exactamente; que el credo es un modo de hablar. Que en el fondo el credo no dice más que hay un Dios que nos ampara y que Jesús fue su enviado o representante. Pero el credo dice lo que dice y no lo que nos gustaría que dijera. El único modo de comprender el significado de sus fórmulas no pasa por adaptarlo a lo que aún somos capaces de afirmar con respecto a Dios, sino por tener presente las historias humanas —y a menudo tremendamente humanas— que hay detrás. Nos equivocamos cuando tomamos los enunciados del credo como si pretendieran describirnos unos hechos —como si nos preguntásemos si hay unicornios en Marte.  Por eso mismo, deberíamos comenzar por ponernos en la situación de quienes ya no pueden ni siquiera concebir a un Dios de su parte para comenzar a intuir, cuando menos, por dónde van los tiros cristianos. Nada podemos entender del cristianismo mientras sigamos habitando un hogar, centrados en nuestra necesidad, sea o no espiritual. El sujeto de la esperanza —aquel que en la cima del Gólgota es capaz de confesar que el crucificado es el cuerpo de Dios— no es el que aún confía en sí mismo, en su posibilidad, aun cuando suponga que está se halla garantizada por una divinidad tutelar. La fe es un absurdo a ojos de cualquiera. En cambio, deja de serlo a ojos de un cualquiera. Y por eso mismo, tenemos que empezar por ahí, por el escándalo de la fe —por su carácter espontáneamente inadmisible. Desde la óptica cristiana, a la hora hablar de Dios no hay que comenzar hablando de Dios, sino de un hombre. Como en los evangelios: había una vez un hombre que… Pues Dios se revela en aquellos lugares o tiempos en los que no parece que pueda haber Dios. De ahí que la primera pregunta que podría plantearse un creyente es en nombre de quién cree —a quién le debe su fe. De hecho, la fe es una respuesta a una sola cuestión: y tú quién dices que soy yo. 

presencias reales

mayo 18, 2020 § Deja un comentario

Hay dos modos de estar frente a cuanto es. O bien, tratándolo como cosa —o también, pasando de largo, sabiendo que está ahí, pero como si no estuviera—; o bien, cayendo en la cuenta, con la mirada del asombro, de que simplemente es o está-ahí. La rosa es sin porque, decía el Silesius. Pero el mundo nos obliga a cortarlas. No podemos permanecer en el asombro. No es posible dejar que las cosas simplemente sean. Pero donde nos limitamos a su valor de uso —donde damos por descontado que una montaña no es más que una cantera— nuestro desarraigo es irreparable. Antiguamente, el ritual mediaba entre la experiencia de lo sagrado —de un formar parte originario— y la de un mundo a nuestra disposición. O por decirlo de otro modo, la presencia, antes que objeto, era dada. La donación precedía al trato. Ya no. Que hoy en día consideremos el ritual como una supertición quizá tenga que ver con que nuestra actitud principal hace tiempo que dejó de ser la del agradecimiento. Todo se nos presenta según la medida de nuestro deseo. Y de ahí nuestra contumaz insatisfacción.

un viaje alucinante

mayo 17, 2020 § Deja un comentario

El que alucina no alucina mientras alucina. Sobre todo, si de repente ve cosas que nadie más ve, esto es, si antes no ha tomado una dosis de peyote o LSD. Hasta los fantasmas huelen. Es después que podrá decirse a sí mismo que ha sufrido una alteración de la conciencia. Ahora bien, si puede decírselo es porque lo visto no encaja en los presupuestos de su mundo, aquellos que deciden qué puede admitirse como hecho. Nuestro punto de partida hoy en día es que no puede haber otro mundo. Si nuestro prejuicio fuera el contrario, entonces no hablaríamos de una alucinación, sino de una teofanía. Sencillamente, habríamos recibido la visita del ángel. Pero esto es, precisamente, lo que actualmente no podemos decir. No hay hechos químicamente puros, hechos que no estén cargados de a priori —de lo que culturalmente damos por sentado. Y lo que, como modernos, damos por sentado es que no cabe la aparición. Un fantasma, de haberlo, no sería más que un fantasma. Más que nuestra reverencia, impulsaría nuestra curiosidad. Aunque no pudiéramos evitar el estremecimiento inicial. Bastaría con que nos acostumbrásemos a su presencia —bastaría con darlo por hecho— para que se desvaneciera el efecto transcendencia. Donde la sospecha, salvo con respecto a lo medible, se ha incorporado al sentido común nadie puede, sensatamente, seguir confiando en su experiencia. La sensaciones intransferibles no constituyen la medida de la verdad. De ahí que se entiendan como un simple asunto interno. No es casual que ciencia y nihilismo vayan a la par.

teoría del lenguaje

mayo 16, 2020 § Deja un comentario

Para muchos de los que se ocupan de este asunto, el lenguaje humano comienza con la denominación. Necesitamos nombrar las cosas para que, juntos, podamos utilizarlas y, quizá sobre todo, intercambiarlas. Sin nombres no podríamos jugar al balón o tomar un café. Un nombre funciona como una etiqueta. Y aquí la etiqueta se aplica tanto a las cosas como a la acción (en general, un verbo podemos entenderlo como el post-it de una práctica). En este sentido, el lenguaje sería principalmente un instrumento de comunicación social al servicio del uso que hacemos de las cosas. Ahora bien, de ser solo eso, entonces no nos distinguiríamos de los chimpancés. La ruptura con el mundo animal comienza no con los nombres, sino con la cópula —con el verbo ser. Los chimpancés también son capaces de nombrar. Pero, qué sepamos, ninguno se interroga sobre qué significa decir que algo es-ahí. No hay ahí para el chimpancé. La cópula en modo alguno puede comprenderse como un verbo entre otros, no une etiquetas. Por medio del verbo ser, más que denominar, juzgamos. Esto es, con la cópula respondemos a la pregunta acerca de lo que se trata en cada caso. Pues, en realidad, todo se nos muestra confusamente. El amor de una madre, pongamos por caso, ¿es solo amor? ¿Acaso su abrazo no puede también ahogarnos? La decisión que tomamos ¿es justa? ¿O solo nos lo parece? Todo, hasta cierto punto o medida. De acuerdo. Pero necesitamos también decirnos que las cosas son lo que creemos que deberían ser. No podemos soportar caminar sobre el alambre durante mucho tiempo. En el espacio del ni una cosa, ni otra hay demasiada tiniebla. Hablar es, sobre todo, juzgar. Aunque con el juicio no podamos hacer otra cosa que equivocarnos. Difícilmente, el mundo poseería la estabilidad que suponemos que posee —difícilmente, sería un hogar más o menos habitable— de percibir a flor de piel la borrosidad de cuanto sucede. Como arrancados, buscamos la solidez a la que apunta la palabra ser. Pues, al menos sobre el papel, nada es que no permanezca. De ahí que cuando el Sócrates de turno pregunta si acaso sabemos de lo que estamos hablando, todo se tambalee (y de paso, nosotros). El lenguaje común, al fin y al cabo, antes que un instrumento es un trampantojo —y un trampantojo que responde a una exigencia, en el fondo, moral.

el alien y el poeta

mayo 14, 2020 § Deja un comentario

Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego, escribió el Maestro Eckhart. Por su parte, Paul Celan añadirá, siglos después, una glosa: ciégate para siempre / también la eternidad está llena de ojos. ¿Cierto? Sin duda. Aquí hay verdad, aunque de hecho la eternidad no sea un saco repleto de glóbulos oculares. Solo como ciegos percibimos la presencia del alien —de una genuina alteridad. Pues en esto consiste la aparición: en ser vistos —o tocados— por quien no podemos ver. Nuestra mirada siempre estuvo al servicio del dominio de lo extraño. Al menos, en tanto que nos permite mantener la distancia de seguridad. No es casual que ni el tacto ni la escucha sean objetivos. Únicamente, la visión puede serlo. Como tampoco lo es que la palabra teoría proceda de la palabra theos (dios en griego). En la teoría alcanzamos a ver las cosas como pueda verlas la divinidad. La visión reduce la presencia a objeto de la experiencia. Así, decimos espontáneamente ahora lo sé, ahora lo veo —y no, ahora lo sé, ahora lo escucho. El grado cero de la presencia no se encuentra en la visión —a menos que contemplemos lo que hay con los ojos del asombro—, sino en el tacto y la escucha. Sin embargo, el tacto y la escucha solo devienen puros en la oscuridad. Ante el alien —ante aquel que aún no hemos logrado reducir a imagen— inevitablemente nos encontramos en una posición vulnerable. La aparición propiamente no deslumbra. Provoca, más bien, nuestro temblor y temor. Un alien tanto puede abrazarnos como devorarnos. Es una voz —un tacto— en medio de la noche. Estamos, sencillamente, en sus manos. No hay experiencia de la alteridad que no implique indefensión. Y todo es alteridad para el ciego. De ahí que nadie puede preferir para sí mismo habitar en la oscuridad. Lo preferible es saber a qué atenernos, ver el mundo como si fuéramos un dios. Pero nadie dijo que seamos lo que preferimos ser.

compra-venta

mayo 13, 2020 § Deja un comentario

Allí donde cesa la soledad comienza el mercado, y allí donde comienza el mercado, comienza el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas.

Nietzsche

Dios es Dios

mayo 12, 2020 § Deja un comentario

Con respecto a Dios —Heidegger diría con respecto al Ser—, de entrada no cabe ir más allá de la tautología. Inicialmente, de Dios no hay descripción que valga —no cabe su reducción a concepto. Y por eso mismo tampoco hay un referente —un algo en particular, ni siquiera enigmático. Dios es Dios. Hablamos de una docta ignorantia frente a una presencia virginal —de un hallarnos expuestos al puro haber. Aquí todavía no hay fantasmas, sino tan solo un simple, aunque excesivo, il-y-a. Todo es aparición. No es casual que el animismo fuese la primera religión si es que podemos aquí hablar de religión… pues en un mundo donde incluso las piedras posee un alma, no hay partes que religar. En este sentido, el regreso al Ser con el que nos martilleó Heidegger podría leerse, más allá de su retórica, como la necesidad histórica de volver al animismo, por decirlo así.

La cosa cambia cuando convertimos a Dios en un ente entre otros, aunque lo consideremos supremo, esto es, donde hacemos de Dios el referente de nuestra idea de Dios. Y cambia no solo en lo que respecta a Dios, sino también en lo relativo a quiénes somos. Pues el hombre que es capaz de adorar a Dios —de contemplar con los ojos del asombro el milagro del haber, de respetar la distancia de lo sagrado— no es el mismo que el que intenta llegar aun buen trato con un dios concebible. En este caso, el hombre ya ha mordido la manzana. Y quizá fue inevitable que la mordiera si se trataba de incorporar a Dios en el día a día. Pero la incorporación de Dios tiene un precio. Tras su pasión por el conocimiento, el hombre procurará ocupar el lugar del dios incorporado, al fin y al cabo, pretenderá vencerlo. El olvido del Ser, por seguir con la jerga de Heidegger, va con la voluntad de dominio y, por ende, con la transformación del mundo en objeto de la técnica —y la religión, como rito, no deja de ser un método. La historia comenzó con la magia. El exceso de Dios es, para el caído, tan solo circunstancial, por no decir aparente.

Con la caída —con el olvido del Ser, por decirlo a la Heidegger—, la aparición se convirtió en apariencia. El mundo —y Dios con él—devino representación. Esto es, a partir de entonces, lo primero ya no será el mundo —el hecho de estar ante la extrañeza del puro haber—, sino la idea que nos hacemos del mundo. O en lo relativo a Dios, lo primero no será Dios —nuestra exposición a Dios—, sino nuestra suposición acerca de Dios. Por eso, el conocimiento dependerá de asegurar la verdad de nuestras representaciones de cuanto sucede. Es lo que tiene que la palabra sea, antes que la morada del Ser, un instrumento. Como arrancados de la presencia, dejamos de formar parte. La verdad será, consecuentemente, lo que de hecho pasa, en modo alguno lo que acontece. Y esta verdad no admite testigos, sino especialistas. De ahí que el creyente intente preservar en lo más hondo de sí mismo la memoria de su fragilidad frente al misterio, permanecer en la posición de quien se encuentra a sí mismo desnudo ante lo que le supera. Y lo que le supera, no es el fenómeno extraordinario —en cualquier caso, este sería el índice de una exposición más fundamental—, aunque lo parezca, sino el hecho de que haya presencia. Se trata de una postura, más que de una visión. La fe, antes que creencia, fue —y sigue siendo— un asunto corporal. Únicamente el creyente deja que Dios sea. También, el poeta, aunque sin Dios mediante. Ante el poema no tiene sentido preguntarse y tú cómo lo sabes. Debe ser tal y como ha sido pronunciado. Joven ateniense: sé fiel a ti mismo y al misterio. Todo lo demás es perjurio. Aquí ¿cabe decir algo más? Quien se atreviera a dar su opinión —quien añadiera pues a mí no me parece que todo lo demás sea perjurio— ¿acaso no estaría hablando de sí mismo, de su incapacidad? El poeta desaparece en su obra. No es su logro. En la palabra justa acontece la presencia: es así porque está bien dicho. Algo parecido podríamos decir de los profetas.

Con todo, lo cierto es que no podemos regresar a la posición original, salvo puntualmente. No cabe hacer de la posición creyente una sesión continua. Existimos como arrancados. Y esto se traduce en el hecho de que el mundo no solo es digno de asombro, sino también motivo de escándalo. Luz y oscuridad —bendición y tiniebla— van a la par. Hay noche estrellada —hay paisaje. Pero también, el Gulag. De ahí que, bíblicamente, no se trate de negociar con Dios, ni por supuesto de penetrar en su misterio, sino de hacer lo debido —y luego ya veremos… si es que hay algo que ver. Con respecto a Dios, y teniendo en cuenta que fuimos arrancados de su presencia, la cuestión no es Dios, sino lo debido a Dios. Y lo debido a Dios es la vida que nos ha sido dada, precisamente, por el retroceso de Dios. Ahora bien, por eso mismo, lo debido a Dios es también el tener que preservarla de nuestra impiedad. El don supone un estar deuda, aunque se nos diera porque sí. Acoger lo dado va con el tener que responder. Desde una óptica bíblica, de Dios tan solo escucharemos, de escucharla, una voz —en realidad, un clamor—… que nos invoca a través del llanto de los que no cuentan (y aquí Heidegger no tuvo nada que decirnos). Podemos, sin duda, cultivar el hallarnos en el sentimiento de una presencia. Y es bueno hacerlo. Pero no sin ser conscientes del peligro de forzarlo hasta el punto de hacer de dicho sentimiento una posesión —un estado. En ese caso, el creyente se convierte en un iluminado. Entre una cosa y otra —entre la aparición y el desarraigo, la adoración y el lamento, la gracia y el mandato— anda nuestro estar en el mundo. Y así hasta el final de los tiempos. Quizá no sea anecdótico que Heidegger, en sus últimos años, dijera que tan solo un Dios puede salvarnos. Aunque no deberíamos aquí descartar la ironía.