de qué va

noviembre 26, 2021 § Deja un comentario

La pregunta es qué seremos capaces de hacer con nosotros mismos —y, de paso, con quienes nos rodean— cuando llegue el naufragio. Pues, tarde o temprano, hay naufragio. Aunque, a veces, no nos lo parezca —aunque, por lo habitual adopte el aspecto del gris—. Sencillamente, la vida no termina de coincidir con las palabras que proporcionan un sentido —un hacia dónde—. Estas, como un mal traje, nos vienen anchas (y no porque sean, necesariamente, una ficción). Así, se nos habló de heroísmo —o si se prefiere de lo auténticoo sensacional—; pero con el tiempo acabamos en el oficio (y un oficio es una jaula de hierro, aun cuando, en algunos casos, y por estar pulido, su brillo nos resulte cegador). La solución epicúrea es que el naufragio nos coja siendo unos espectadores: desde la atalaya (aunque para esto, y por lo común, sea necesario comer a diario). La variante popular es haber triunfado, tener, por decirlo así, un seguro de vida. De este modo, anem fent. Acaso el problema sea que, los que nos satisfacemos con nuestra satisfacción, no dejamos de ser, por eso mismo, unos chimpancés. Y es que la vida probablemente sea algo más que una versión del juego de la oca. Ahora bien, este algo más no tiene que ver con la novedad —con algo aún por descubrir—, sino con lo irreductiblemente extraño y, en consecuencia, indescubrible. Aquí el nihilista tiene razón: la novedad, ese simulacro de lo nuevo, es repetición de lo mismo. Nada nuevo bajo el Sol, salvo lo que se olvida. En definitiva, puede que la pregunta sea cómo nos situamos ante la realidad de lo extraño, la que se nos ofrece como un eterno porvenir, antes que como presente. El resto es naturaleza.

lo sagrado y las razones

noviembre 25, 2021 § Deja un comentario

Por definición, hablar de lo sagrado es hablar de lo intocable, de lo que se nos impone como lo que no es posible alterar sin que se disuelva su valor, su brillo. Por ejemplo, para un padre, la vida de su hija es sagrada. Aquí fácilmente podríamos decir que se trata únicamente del instinto. ¿Únicamente? No me atrevería a decirlo. También cabe sentirlo desde el asombro (y aquí el sentimiento se adhiere al logos). Desde el horizonte de la nada o el nadie, que sigan vivas —que estén ahí— es un milagro, una excepción. Y con el milagro va el deber de preservar su vida ante nuestra crueldad natural. Sin embargo, el cuerpo ayuda (y en este sentido, podríamos decir que en este caso el instinto va de la mano de la mirada de largo alcance). Quizá de lo que se trata, al fin y al cabo, es de poder sintonizar el cuerpo con las visiones del alma. O como se decía antiguamente, de modificar nuestra sensibilidad inicial, tan ligada a la bestia que llevamos dentro.

Dios y el inconsciente

noviembre 24, 2021 § 1 comentario

Con el inconsciente, seguimos siendo títeres de un afuera radical. Pues difícilmente vamos a reconocernos en cuanto tuvo que ser olvidado. Esto es, difícilmente vamos a incorporarlo (aunque los indicios del insconsciente sean ciertamente corporales). El inconsciente es un extraño en nuestra casa. Sin embargo, Freud hizo de su extrañeza lo más íntimo: como si pusiera al Dios terrible en lo más oscuro del alma. Así el psicoanalista deviene el nuevo sacerdote: el posee el secreto de Dios, un secreto cuya traducción es, sin embargo, infinita. Ahora bien, aquí un estoico podría decirnos que el inconsciente, aun siendo determinante, no importa. Al igual que, según el profeta, para Dios mismo, Dios no es el asunto. El asunto es a qué nos obliga lo que se desprende de la altura de Dios. De hecho, el yo está por encima de su inconsciente (y no solo de facto). Pues su pregunta es y ahora qué. Al menos, porque al tratar consigo mismo, tarde o temprano, descubre que él no es el tema. Aunque el extraño termine ganando la partida, su victoria es anecdótica: el yo no tiene por qué hacer una derrota de su derrota a manos de poderes invisibles. Y en esto acaso en esto consista la salvación.

la fe sentida

noviembre 23, 2021 § 2 comentarios

Mi madre creía en los muertos. Mejor dicho, en sus muertos. En lo más hondo, sentía que volvería a ver a sus padres, una vez hubiera cruzado el umbral. También creía en la Virgen y algunos santos. No sé si en Dios. Quizá, si por Dios entendemos un ángel de la guarda pero en tamaño XXL. Creía en lo que creía porque así lo sentía. Con ello fue tirando por la cuesta de la vida. Ninguna pregunta, sin embargo, que pusiera contra las cuerdas su sentimiento. Cristianamente, ¿se trata de esto? No me atrevería a decirlo. Para este viaje, cualquier alforja religiosa sirve. Con todo, puede que la inquietud por la verdad, al menos en lo que respecta a la fe, no arraigue en nuestra sospecha, ni tampoco en el propio sufrimiento, siempre y cuando este no sea, como en el caso de Job, desmesurado, sino en el de tantos que no tienen con qué alimentar a sus hijos. Aquí comienza, en realidad, otro sentimiento. De hecho, otra historia.

del cuerpo y el alma: una variante

noviembre 22, 2021 § 2 comentarios

Por lo común, dedicamos mucho tiempo intentando resolver los asuntos pendientes (y estos son, en primer lugar, materiales): comer a diario, hallar cobijo, prepararse para trabajar, cazar una pareja… Luego, acaso, comenzamos a preguntarnos por lo que en verdad importa. El problema es que los asuntos pendientes nunca terminan de resolverse: de algún modo, exigen continuamente nuestra atención: que si el trabajo podría ser mejor, o la casa, o la pareja… Así, el cuidado del alma permanece en stand by. Tenían razón los estoicos al decir que no es más libre quien más posee, sino quien menos necesita.

finitud y dependencia

noviembre 20, 2021 § Deja un comentario

No parece que pueda seguir habiendo cristianismo —y me atrevería a decir que ni siquiera religión— donde el antiguo sentimiento de dependencia ha sido reemplazado por el de finitud. A pesar del aire de familia, no se trata de lo mismo. Pues el primero apunta a un quién, mientras que el segundo a la propia impotencia. Y no parece que pueda haber marcha atrás, salvo que culturalmente volvamos a la infancia, cosa la cual no debería descartarse. En cualquier caso, que espontáneamente creamos que no hay un quién al que dirigirnos por encima de nuestras cabezas quizá sea uno de los daños colaterales de la cristiandad. Pues no hubo un quién en Getsemaní. De hecho, en Getsemaní se derrumbaron los cielos. El cristianismo no da al quién de Dios por descontado. En realidad, ese quién tuvo que revelársenos a pie de una cruz —y de manera, ciertamente, desconcertante, por no decir inadmisible, para quien posee una sensibilidad típicamente religiosa—. Es verdad que la resurrección, incluso dejando a un lado su interpretación ex machina, parece poner las cosas de la religión en su sitio: Dios, con la entrega del enviado, pudo volver a ser el que quiso ser de buen principio. Sin embargo, al precio de hacerle tragar al creyente algunas ruedas de molino. Con todo, acaso erremos el paso donde suponemos que es posible creer desde nuestro lado.

de mujeres y hombres (y vicerversa): una puntilla teológica

noviembre 19, 2021 § Deja un comentario

Lo que quiere la mujer del hombre no lo quiere el hombre para sí mismo. Y viceversa. Está es la raíz del desencuentro. De coindicir, solo en la ilusión. Sin embargo, porque hay desencuentro acaso haya reconciliación, la cual supera el hiato preservándolo. No hay otro amor para quien puede decir soy. En la fusión, ningún rostro que nos alcance.

(Podríamos tomarnos lo anterior como una metáfora teológica. Basta con sustituir a la mujer por Dios. Y aquí no vale decir que no es lo mismo; que a Dios no es posible acariciarlo. Sin embargo, si Dios es intocable, no será porque no tenga cuerpo, sino más bien porque su cuerpo nos repugna.)

titulitis

noviembre 18, 2021 § Deja un comentario

Como es sabido, los denominados títulos cristológicos —Cristo-Mesías, Salvador, Hijo de Dios…— estaban culturalmente disponibles durante la época en la que se aplicaron a Jesús de Nazaret. Como también lo estaba, la idea de la resurrección de un dios. Memes. La cuestión es qué se deduce de ello. Muchos se sentirán inclinados a decir que su aplicación es una cuestión de sensibilidades. Así, con el título Hijo de Dios, por ejemplo, ocurriría algo parecido a lo que sucede con respecto a la noción general de lo divino, a saber, que lo primero sería el significado común, y luego, dependiendo de cuál sea nuestra opinión al respecto, vendría el referente: unos, los cristianos, creen que es Jesús; otros, el César. Sin embargo, lo cierto es que, en el caso del cristianismo, el referente modifica —y seriamente— el sentido inicial de la expresión. Aplicar el título a quien murió como un maldito de Dios altera, de manera definitiva, qué es Dios. Sencillamente, Dios no puede seguir siendo el que creíamos que era. Como suele decir Larry Hurtado estamos ante una mutación de lo que se entiende por divinidad. Es como decir, en las pasarelas de Milán, que las más bellas no son las que desfilan, sino las leprosas. O quien lo dice nos toma el pelo, a la manera de un émulo de Duchamp, o algo se nos está diciendo —y algo, de entrada, inadmisible— sobre lo que es, en realidad, la belleza.

esturament

noviembre 17, 2021 § Deja un comentario

Como decía Borges, el poeta descubre un motivo de asombro donde el resto solo vemos costumbre. Es asombroso, por ejemplo, que haya alguien-ahí en vez de únicamente cuerpos. La costumbre degrada cuanto es: lo convierte en digerible. Pero tampoco estamos hechos para soportar demasiada realidad. Quizá porque el mono que se asombró más de la cuenta terminó en el estómago del león. Como para creer que el mundo es nuestra patria.

más caña al mono (o un delirio platónico)

noviembre 16, 2021 § Deja un comentario

Uno puede quedarse con la letra de lo que dijo Platón: que hay un mundo de cosas y otro de ideas; que tan solo el segundo es real —que las cosas que podemos ver y tocar únicamente participan de lo real y que, por eso mismo, su realidad es aparente—. Pero donde uno se queda con la letra, acaso creerá que entiende, pues eso es lo que dijo Platón, aun cuando hoy en día nos parezca absurdo —¿de verdad hay un mundo repleto de ideas?—, pero, de hecho, no entiende nada. Para comprender las tesis de Platón hay que preguntarse qué hay detrás de esta distinción entre los dos mundos, la cual no deja de ser, al fin y al cabo, un modo de hablar. Y lo que hay detrás es la respuesta a la cuestión acerca de lo que significa decir que algo es —que hay lo que hay—, respuesta que no tiene nada de evidente… aunque resulte obvia (y quizá, por eso mismo, la obviemos).

La pregunta nos parece, por lo común, irrelevante. ¿Pues acaso no hay lo que podemos ver y tocar? Sin embargo, el asunto adquiere otra tonalidad si nos preguntamos si hay amor —o justicia, o bien—. Es cierto que uno puede contentarse con creer que lo hay. Pero la vida, tarde o temprano, desmiente nuestras creencias más ingénuas o espontáneas —nuestras opiniones—. Así, ¿hay amor —o justicia, o bien—? No lo parece. De hecho, y tras los sucesivos desengaños, nos sentiremos inclinados a decir que, a lo sumo, lo que hay —lo que constatamos— es una mezcla. No hay amor que no sea, de algún modo, interesado; o decisión justa que no sea, y por buenas razones, discutible. Ahora bien, por eso mismo, ninguna mezcla termina de ser lo que parece —aquello que, en un momento dado, más se destaca en ella—. Y así podríamos decir que, dado que todo es mezcla, nada es.

En cualquier caso, ¿qué significa decir que hay justicia o amor? Estrictamente, que tanto la justicia como el amor se encuentran ahí afuera, haciéndose de algún modo presentes (aunque en este de algún modo pierdan por el camino su carácter absoluto o por entero). ¿Cómo se encuentran, por ejemplo, los árboles y las sillas? No, exactamente. El haber de los árboles y las sillas es, por decirlo así, el fondo que comparten los árboles y las sillas, en última instancia, cuanto es en concreto. Sin embargo dicho fondo —precisamente, porque es el fondo de lo concreto— no es nada al margen de lo concreto. Pues en realidad nada es o está ahí sin que nos muestre un aspecto determinado —nada es sin un modo de ser—. Por consiguiente, no es que primero, en el orden de lo real, sea el simple haber y luego este se llene de cosas. El simple haber no es ontológicamente anterior al mundo —pues en realidad no es nada en concreto—, aunque, en cierto sentido, lo trascienda.

Sin embargo, ¿de qué sentido se trata? No del que apunta a otro mundo, aun cuando inevitablemente nos lo imaginemos así, al menos porque el pensar siempre se dirige a un algo, sino del que se perfila en el Platón de sus últimos diálogos. De ahí que la trascendencia de lo real en su carácter otro o absoluto —el puro haber, la radical exterioridad de cuanto es— consista en su retroceso o des-aparición… en el mismo instante de su hacerse presente. No hay experiencia del puro haber —de la exterioridad en cuanto tal—, sino de las cosas que hay. El puro haber se nos da relativamente en lo concreto. Y dado que lo concreto es lo que cabe asimilar, como lo que deja de ser en verdad otro. Nada otro que no se dé o haga presente. Y por eso mismo, nada otro que no sea lo que tuvo que perderse de vista en cuanto tal en su hacerse presente.

Podríamos decir, paradójicamente, que hay el absoluto haber porque no lo hay —porque, en sí mismo, no aparece—. La exterioridad en cuanto puro haber retrocede en su hacer presente —y por tanto representable— a una sensibilidad. Hablamos del resto invisible de lo visible, no de algo invisible, sino de la invisibilidad —la extrañeza— que, como tal, abraza cuanto es. Por consiguiente, la respuesta a la pregunta del asombro —¿por qué hay algo en vez de nada?— sería porque en definitiva lo que hay es la nada —porque lo que es no es nada (y aquí podríamos sacarle punta a la doble negación). Quizá no sea causal que la filosofía acabe rozando el nihilismo. Pero si no cae de bruces en él será porque cuanto es puede experimentarse también como lo que nos es dado desde el horizonte de nada, es decir, como excepción, milagro, donación.

Por consiguiente, a nuestras preguntas iniciales —¿hay amor, justicia, bien?— podríamos responder diciendo que, efectivamente, hay amor, justicia, bien… aunque imperfectos. E imperfectos, precisamente, porque son.

química elemental

noviembre 16, 2021 § Deja un comentario

Decimos que hay amor. Pero lo que siempre constatamos es una mezcla: junto a la entrega, de darse, la necesidad de tener un novio, la pulsión, el miedo a la soledad, la curiosidad de probar, la excitación de que alguien se interese por mí, la novedad, un jugar a ser mayores. También, por supuesto, el deseo o, incluso, la simple apetencia. El amor, como suele decirse, es cuestión de química. Y como ocurre con la química, el que termine precipitándose como un compuesto u otro dependerá de la proporción. Pero, en cualquier caso, no hay sentimiento puro. Tanto el moderno no es más que como el antiguo es más que operan del mismo modo: reduciendo la complejidad. O bien, hacia abajo, o bien hacia arriba. En ambos casos, estamos ante ejercicios racionales. Sin embargo, dado que no hay compuesto o mezcla que no sea inestable —y en este sentido decimos que nada acaba de ser lo que parece— la cuestión es qué prevalece o, mejor, qué terminará siendo. Al final, qué tendrá más peso ¿el gen o el amor? ¿Un no es más que o el es más que? O nuestra aspiración a la verdad —a lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente pasa— es una ilusión; o, de lo contrario, apunta a un porvenir que, en modo alguno, podemos controlar.

la potencia de Platón y la “impotencia” de la Modernidad

noviembre 15, 2021 § Deja un comentario

¿Por qué Platón ni siquiera se preguntó si acaso la idea de Bien —lo real en su carácter otro o absoluto— no podría darse como el producto de nuestra mente? ¿Por qué en modo alguno se planteó la posibilidad de que cuanto pensamos estuviera solo en nuestro interior? Que toda conciencia sea, por defecto, conciencia de algo no parece implicar —o al menos, eso diríamos espontáneamente hoy en día— la realidad del algo. ¿Por qué, en definitiva, Platón no llegó a la sospecha de Descartes? Sencillamente, porque el puro haber no es representable —no llega a la representación—. Y la sospecha apunta solo a las representaciones de lo que es. En realidad, el puro haber es invisible —no una cosa invisible, sino lo invisible, la extrañeza como tal—. El puro haber —el hay de lo que hay— aparece como lo que desaparece —y por eso mismo, está siempre supuesto— en lo concreto. El puro haber, en tanto que obvio, es lo continuamente obviado. Podemos dudar de que nuestras representaciones mentales sean relativas a un exterior —y de ahí al cogito media un paso—, pero no de nuestro hallarnos expuestos al puro haber. De hecho, el mismo Descartes llegó a esta conclusión, por otro lado lógicamente inevitable, al reconocer que la limitación temporal del cogito —el mientras del estoy seguro de que existo mientras pienso— va con la infinitud de un afuera (estrictamente, de lo eterno). O en nuestros términos, con un estar expuestos a una alteridad que en absoluto puede entenderse como algo aún por descubrir.

Acaso no sea casual que la experiencia del puro haber se nos dé donde sucumbimos a la desmesura de una oscuridad y silencio impenetrables —o de manera aproximada, en la soledad de los desiertos—. Podríamos decir que la realidad del haber sería un punto de partida paradójico (y no una hipótesis que tuviera que desmostrarse por medio de un criterio adecuado, pues ¿cuál podría ser dicho criterio?). El haber se da como lo que, literalmente, no se da en forma alguna. En este sentido, el haber —la extrañeza en sí, lo informal— se revelería como el non plus ultra del conocimiento y, por ende, de nuestra existencia. Hay lo extra-ordinario, pero no es de este mundo… aunque tampoco de ningún otro. Pues no es nada en concreto, sino la nada siendo, por decirlo así. A lo sumo, podemos participar de su carácter excepcional durante aquellos momentos epifánicos que, tarde o temprano, experimentamos.

Sea como sea, la Modernidad solo admite la verdad como adecuación entre las representaciones mentales de los hechos y los hechos, los cuales son, por definición, un mero estado de cosas. Y por eso mismo la Modernidad supone, en cierto modo, un paso atrás, el que tuvo que darse para, precisamente, progresar. ¿El precio? Una seria dificultad para pensar lo humano al margen de su servidumbre al principio de la voluntad de poder, aquel que exige hacer lo que puede hacerse. O por decirlo con otras palabras, una incapacidad cultural para escuchar la voz que se desprende del silencio que abraza la totalidad de cuanto es.

Desde nuestro lado…

noviembre 15, 2021 § Deja un comentario

La muerte, alrededor: somos frágiles, al fin y al cabo, una mota de polvo que no cuenta. Así, fácilmente sentimos —y lo sentimos como evidente— que estamos expuestos a lo superior. Sin embargo, esto es lo que decimos desde nuestro lado. Por tanto, es posible que no haya nadie más ahí —que seamos una pasión inútil—. ¿Hay algún modo de pasar de lo que nos parece que es a lo que es en verdad? En principio, a través de la razón. Pero no de una razón que ascienda hasta el en-sí de lo real —pues una razón ascendente termina reconociendo lo real-absoluto, la alteridad avant la lettre, como un eterno retroceso (y por eso mismo, acaba siendo la razón de una conciencia desdichada)—, sino de una razón que se ejerce a partir del puro haber, esto es, descendiendo hasta lo concreto.

Platón fracasó, como quien dice, cuando quiso derivar lo concreto de la idea de Bien (pues ¿cómo alcanzar la existencia sobre la base de lo que carece de entidad?). Hegel, por su parte, lo consiguió al pensar lo real como sujeto y no como sustancia… aunque al precio de hacer de lo real un poder. Y de ahí a Nietzsche, media un paso (un paso que dio habiendo leído a Schopenhauer, curiosamente uno de los enemigos de Hegel… aun cuando a Hegel le resultara indiferente). No es casual que Hegel fuese el filósofo de la muerte de Dios, creyendo, no obstante, que estaba siendo fiel al cristianismo (al menos, porque esa muerte incluía la reconciliación). Nietzsche se limitó a tomarse al pie de la letra la proclamación cristiana, prescindiendo, como es natural, de la resurrección. El problema del haber llegado hasta aquí es que ya no sabemos qué hacer con nuestro originario estar expuestos a. Y así, acabamos viviendo de espaldas a lo que se desprende —y se desprende imperativamente— de la fuga de la alteridad a un pasado anterior a los tiempos. Como si esta no tuviera nada qué decirnos o pro-vocar.

una de marxismo clásico

noviembre 14, 2021 § Deja un comentario

Ya es sabido que para Marx la religión es, a parte de opio de primera, la expresión de las condiciones materiales de la existencia. Esto significa, grosso modo, que uno no cree en lo que quiere, sino en lo que le dejan. Así, no debería sorprendernos que los antiguos dieran por sentado que se hallaban bajo el amparo o la amenaza de poderes invisibles. En la Antigüedad, la distancia, tanto natural como política, entre lo superior y lo inferior —entre el amo y el esclavo— hacía que fácilmente las mujeres y los hombres se sintieran instalados en un sentimiento de dependencia. La creencia fluía de manera espontánea. Todo cambia donde el mundo deviene homogéneo y, por extensión, dominable. Por su parte, la tolerancia moderna, la cual es, sin duda, bienvenida, coloca cualquier opinión en el mismo plano. El padre ya no tiene la última palabra. Con Descartes, por decirlo así, el argumento de autoridad deviene una falacia. Los hijos —y no el pater familias— ocupan el centro. La ciencia es la única instancia legitimadora, aun cuando los científicos sean los primeros escépticos.

En estas circunstancias, no debería sorprendernos que el cristianismo tenga las de perder. ¿En manos de Dios? Nadie puede ya creerlo sinceramente. En cualquier caso, creerá que lo cree. Pues no le temblarán las piernas, como quien dice, al invocar piedad, al comienzo de la misa dominical. Ya nadie es capaz de tomarse en serio a Dios… salvo los que caen en la cuenta, a causa de un sufrimiento sin nombre, de que no hay otro Dios que el que pende de una cruz. Debido a su carácter inadmisible, y a diferencia de la cristiandad, el cristianismo nunca terminó de hacer buenas migas con el mundo. Su catolicidad —su atemporalidad— reside, de hecho, en su congénita inadaptación. Es lo que tiene un Dios que no se deja homologar a lo que naturalemente experimentamos como divino.

vendrá la muerte y tendrá tus ojos

noviembre 13, 2021 § Deja un comentario

La muerte, ¿es algo? Desde la atalaya de espectador, donde quienes mueren siempre son los demás, la muerte es un hecho, no algo que aparece, sino un encadenamiento de cosas que pasan. No hay más. Se muere como el pc deja de funcionar (y por eso decimos que el pc se nos ha muerto). Para el observador imparcial, morimos al igual que nuestras mascotas. Sin embargo, dentro la escena todo es muy distinto. La muerte irrumpe como parca. La palabra procede, como sabemos, de la mitología romana. Según se decía, había tres parcas, deidades con aspecto de ancianas, Cloto, Láquesis y Átropos. La primera hilaba, la segunda enrollaba el hilo y la tercera se encargaba de cortarlo (y fue esta última la que, culturalmente, quedó fijada como figura de la muerte). ¿Superstición? Esto es lo que diríamos hoy, desde la grada. Es lo que tiene que, actualmente, solo el espectador desinteresado tenga las llaves de la legitimidad discursiva. No obstante, acaso sea inevitable experimentar los instantes finales como quien se encuentra expuesto a. Incluso diría que cuanto más hayamos vivido —y aquí no se trata de un haber acumulado momentos sensacionales—, más sentimos dicha exposición como la raíz de nuestra existencia.

Ahora bien, ¿a qué nos hallamos expuestos? Aun cuando aquí podamos llenarnos la boca de fantasías consoladoras, lo más crudo o cierto es que a un tiempo sin ti —a un tiempo en el que no cuentas—. De hecho, ante la muerte se nos revela que este no contar fue siempre así. Morimos siendo una invocación. Y a partir de aquí todo es un esperar sin expectativa o nada.

En cualquier caso, el espectador no muere. Tan solo los actores. Pero ¿de qué lado está la verdad? Depende de lo que entendamos por verdad. Si la verdad es lo que en verdad tiene lugar, antes que una adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos, entonces el espectador, sencillamente, no ve la extrañeza que abraza el mundo o, mejor dicho, no ve al nadie. Pues lo que en verdad tiene lugar —cuanto acontece y no simplemente pasa— es una alteridad imposible (e imposible porque su imposibilidad, su eterno más allá como aún nadie, es la condición de los mundos, incluyendo el sobrenatural). De ahí que soporte más realidad el símbolo que la descripción. Al menos, porque el símbolo apunta a una falta de presencia —a lo impresentable—. Quizá no sea casual que Sócrates o Jesús de Nazaret se fuesen de vacío, aunque el primero serenamente y el otro, abandonándose al que lo abandonó.

sobre los sencillos

noviembre 12, 2021 § Deja un comentario

En la tradición cristiana —y no solo cristiana—, es habitual elogiar a los sencillos —a los niños—. Y, sin duda, este elogio arrastra mucha verdad: al fin y al cabo, la soberbia es un error. Sin embargo, el riesgo de la sencillez, sobre todo hoy en día, es la prepotencia. O dicho de otro modo, el desprecio de cuanto se ignora. Es lo que tiene una época que malcría a sus hijos. Un limpio de corazón, sin embargo, antes irá con la pregunta que con sus opiniones (que, de hecho, y en tanto que opiniones, nunca son suyas).

ligas

noviembre 12, 2021 § 1 comentario

¿Cómo discutir con un niño sobre asuntos que importan —con aquellos hombres y mujeres que juegan en otra liga—? No es posible. Sobre todo, si falta humildad —si se desprecia cuanto se ignora—. Por eso Pitágoras exigía cinco años de silencio a sus discípulos. Y si no se es discípulo, una sonrisa amable. A los niños siempre hay que sonreírles.

una nota a Platón (una más)

noviembre 11, 2021 § Deja un comentario

¿Qué hay? Cosas, decimos. Obvio. Sin embargo, para esta obviedad no hubiera hecho falta ningún Platón. Es cierto que las cosas están (en el) ahí. Pero no permanecen en el ahí —no tienen (el) lugar: pasan, suceden, aparecen como lo que está destinado a desaparecer (y por eso mismo, decimos espontáneamente que no acaban de ser). Por tanto, ¿qué hay —que permanece— en todo cuanto pasa? La respuesta es inmediata: el puro ahí —la simple exterioridad, el haber—. Ahora bien, conviene tener en cuenta que el haber no es cosa, sino el horizonte de cualquier cosa. El ahí es lo invisible de lo visible —y que hablemos de el ahí no deja de ser una impostación, una hypostasis—. El haber, por eso mismo, solo puede ser pensado como el silencio que abraza el mundo —su ruido y su furia—. En términos de Platón: como lo que trasciende el mundo —como lo que retrocede en su aparecer como algo del mundo. Y decir retrocede significa que no hay experiencia del haber como tal, sino siempre de un algo, esto es, de un modo o forma del haber. Para que la hubiera, el mundo tendría que callar —que guardar (el) silencio: pero el mundo no calla.

En este sentido, el haber es lo siempre presupuesto en nuestro percibir el mundo. El mundo es lo apropiado a —y por— una sensibilidad. Y nada hay que sea esencialmente otro o extraño en lo apropiado, salvo lo que damos por sentado (y por eso mismo obviamos). De ahí que el puro haber sea motivo de nuestro asombro (aunque no podamos mantenersnos en él, ante el absoluto ahí: habitamos un cuerpo, y un cuerpo solo atiende a las apariencias, a lo provisional; en este sentido, nos distrae, y a veces duramente). No conocemos el haber como conocemos algo del mundo. En realidad, el haber carece de entidad y, por consiguiente, anda junto a la nada. Es lo que tiene el retroceder.

Con todo, si las cosas pasan en vez de permanecer, no es porque en ellas haya algo así como un déficit de ser, sino porque el desaparecer va con el haber. O por decirlo de otro modo: si las cosas no terminan de ser lo que parecen —si no acaban de ser lo que se les exige o debieran ser— es porque son plenamente. Nada permanece porque permanece la nada. O mejor, porque la nada se ofrece como aparición. Aquí, sin duda, estamos cerca de caer en el nihilismo. Pero también de percibir la existencia como milagro.

Hijo de Dios

noviembre 10, 2021 § Deja un comentario

El título cristológico Hijo de Dios se presta a una serie de interpretaciones, que no serían, estrictamente, intercambiables, a pesar de su aire de familia. Por un lado, con dicho título podemos referirnos a aquel hombre que está imbuido de la misericordia de Dios —o en clave pagana, de su poder—. Por otro —y aquí el marco sería propiamente ontológico—, a un engendrado de Dios que adopta un aspecto humano. Desde esta óptica, la filiación sería algo así como una emanación: el Hijo es del Padre como la luz solar es del Sol. O si se prefiere, como un desprendimiento de Dios: como si el Padre se despojase de sí mismo en la persona del Hijo. La primera opción da pie al cristianismo progresista, por decirlo así, el cual a veces da la impresión que no sabe qué hacer con el reconocimiento del crucificado como Dios. La segunda es más típica del conservador. Sin embargo, donde nos quedamos con una en detrimento de la otra, fácilmente caemos en las herejías de los primeros tiempos, esos malentendidos razonables. Así, o bien, Jesús de Nazaret fue un hombre de Dios, pero no Dios; o bien, fue un dios paseándose por la tierra, pero en modo alguno un hombre (aunque se hubiera revestido de humanidad).

No obstante, entre ambas alternativas se sitúa la confesión creyente, la que reconoce en el crucificado al quién de Dios, su modo de ser. Pues lo que presupone la dogmática trinitaria es que el Padre no es nadie —y no lo es porque no quiso— sin el Hijo (y viceversa). Ahora bien, esto es lo mismo que decir que el Hijo, mientras cuelga deseperadamente de su cruz, se encuentra expuesto a un Padre que no podrá, en tanto que aún no es nadie sin la fe del Hijo, hacer nada por él. De ahí que, con el abandonarse a Dios del abandonado de Dios, Dios vuelva a tener un cuerpo —un quién en el que reconocerse—. Al fin y al cabo, una de las moralejas de la resurrección, acaso la principal, es que el crucificado regresa a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo (aun cuando aquí podríamos preguntarnos cómo entender este regreso… si es que ya no podemos admitirlo como hecho; pero este es otro asunto).

inmortales

noviembre 9, 2021 § 2 comentarios

Creer que Dios puede garantizar nuestra inmortalidad le hace un flaco favor a Dios. Pues quizá estaban más cerca de saber qué significa estar ante Dios aquellos viejos creyentes de Israel que daban por sentado que la bendición tenía que ver con una vida larga y próspera, y no con alcanzar la vida eterna. Si Dios es el absolutamente extraño u otro, lo extraño del mortal es el inmortal. La muerte es el sello de nuestra impotencia y, consecuentemente, de un hallarse ex-puestos. De hecho, el asunto de la otra vida solo comienza a hacerse un hueco en Israel bajo el horizonte de una justicia imposible, esto es, a partir de la pregunta por la vida que, en nombre de Dios, pueden esperar aquellos que murieron antes de tiempo a causa de nuestro odio o pasotismo. La convicción de fondo es que lo que Dios ha dado no puede quitarlo el hombre. Ahora bien, para Israel se trata de una vida de carne y hueso, no de la que puedan vivir unos cuantos espectros puros. La pregunta no apunta, por tanto, a los cielos, sino a una recreación del mundo, una recreación que, dicho sea de paso, en modo alguno puede concretarse como expectativa razonable —como ideal—. Nada que ver, por tanto, con el anhelo de inmortalidad.

amistades de ultratumba

noviembre 8, 2021 § 1 comentario

El problema del Dios-amigo es que, fácilmente, deja de inquietarnos. Ahora bien, un Dios que no nos saque de quicio no vale como Dios. Aunque, ciertamente, no solo nos desquicie.

herederos

noviembre 7, 2021 § Deja un comentario

¿Qué significa, en lo que respecta a los asuntos de la fe, ser hijos de nuestra época? En general, haber desestimado, por supersticiosas, las viejas devociones. Sin embargo, aquí aún seguimos siendo elementales. Pues fácilmente acabamos sustituyéndolas por su actualización: que si los chancras, la conjunción estelar, una vibración nutricia… Como dijera Nietzsche, el ateísmo es lo más difícil. El peso de la Modernidad lo soporta quienes, ante la aparición de un dios, no pueden evitar decirse a sí mismos que ese dios no es más que un ente sobrecogedor (y aquí hay más herencia cristiana de lo que el ilustrado se imagina; al menos, más que en aquellos que creen actualizar el cristianismo por medio de categorías orientales). En cualquier caso, no somos áun modernos donde seguimos entendiéndonos como seres dependientes.

Sin embargo, la pregunta es si la concepción que el individuo moderno tiene de sí mismo no será, en cierto modo, un error. Ciertamente, hizo bien en liberarse de la opresión eclesial, tan de la mano de la injusticia política. Pero quizá haya tirado al niño con el agua sucia. Pues, al fin y al cabo, estamos más cerca de la verdad una vez entramos en la vejez que mientras seguimos colgados de Instagram creyendo que valemos por los likes que conseguimos amontonar (es un decir). Y no porque haya un dios que nos esté esperando, se supone que para abrazarnos, —de haberlo, no sería aún Dios—, sino porque no hay respuesta a nuestra invocación del Otro que no sea increíble. Pues acaso la fe suponga un permanecer en la invocación sin poder imaginar, salvo con figuras imposibles, una réplica. Y, por supuesto, obrar en consecuencia. Con respecto a la verdad de Dios, seguimos en manos del Dios que no quiso darse como dios.

hogar y verdad

noviembre 5, 2021 § Deja un comentario

La familiaridad anula lo que de otro hay en el otro: su extrañeza deviene invisible. Ninguna aparición en el hogar. La costumbre es enemiga de la verdad (pues la verdad es lo que en verdad tiene lugar y no simplemente sucede). La mejor manera de percibir al otro es en el instante de su aparición: vino y se fue. No hay otro que no sea un ángel. Aunque su cuerpo permanezca junto a nosotros.

y una más, de Pluto

noviembre 4, 2021 § Deja un comentario

Como otro o ab-suelto, lo real es en su des-aparecer —en su retirarse o paso atrás donde se muestra a un punto de vista (y por eso mismo en relación con, es decir, relativamente). Ahora bien, si tenemos en cuenta que lo real es también lo que aparece, esto se halla muy cerca de decir que lo real no es. Al final, pura dialéctica: es absolutamente otro en la medida en que, siendo, no es —no aparece—. Más aún: si las cosas, según Platón, participan de lo real —lo hacen presente—, entonces podríamos decir que no terminan de ser, precisamente, porque son. Y es que lo real va, como decíamos, con su desaparición —con su fuga—. Así, en nombre de lo real —en nombre de lo eterno—, nada hay más allá de lo corpóreo, caduco o histórico. Para la filosofía no cabe, por consiguiente, un final de los tiempos.

una de Pluto

noviembre 3, 2021 § Deja un comentario

El Bien es real (y no solo una idea en nuestra mente). Porque es lo mismo decir lo Real que decir el Bien. O también, porque decir lo Real es lo mismo que decir lo que debe ser. Lo real es, por tanto, exigencia, mandato, Ley… (o en términos de Platón, paradigma). Y es que si todo pasa —si nada termina de ser lo que aparentemente es— será porque se encuentra bajo la exigencia de ser por entero lo que, en un momento dado, muestra ser.

al igual que

noviembre 2, 2021 § Deja un comentario

Del mismo modo que a los antiguos les pareció obvio que había dioses, hoy en día nos parece obvio que no los hay (ni siquiera uno). De ahí que un dios necesite ser supuesto. Sin duda, lo consideramos un progreso: ya dejamos atrás la infancia. Pero la base sigue siendo la misma: lo que nos parece. Con todo, lo cierto es que, de haber un dios, difícilmente sería para nosotros algo más que un ente superior con el que lidiar. Ahora bien, este descrédito del ente superior ya lo encontramos en la Biblia. No en vano, venimos de ahí.

de profundis

noviembre 1, 2021 § Deja un comentario

El cristianismo no apunta a lo oculto —a un tesoro que haya que desenterrar—. Dios no está por descubrir. Cuanto tenía que decirnos ya lo dijo en el Gólgota: Yo no soy sin tu cuerpo. De ahí que, de mirar a los cielos, perderíamos el tiempo. En los cielos no hay nadie —y menos alguien dispuesto a sacarnos del pozo—. Pero solo porque la víctima se quedó sin Dios pudo ver a su verdugo como criatura y perdonarlo. Como si hubiera ocupado el lugar de Dios, siendo apenas un resto o, si se prefire, un espíritu. Pues solo podemos perdonar lo imperdonable desde las alturas de una cruz (aunque ahí lo que queda del hombre ya no sea del hombre). Incluso la vida de quien cayó en manos de Satán es sagrada para el inocente que cuelga de un madero. Todo comienza de nuevo donde acaba el mundo (está es, de hecho, la dura lección del Apocalípsis). Y el mundo, sin duda, acaba para quienes ya no tienen vida por delante a causa de nuestra impiedad. Al fin y al cabo, la única pregunta que importa es aquella que tan solo los muertos pueden responder.

Halloween

octubre 31, 2021 § Deja un comentario

¿Cómo pudimos creer que un Dios llegara a interesarse por nosotros? ¿Porque adoptó un aspecto humano? Eso no basta. También nos disfrazamos en Halloween. ¿Porque hubo hombres buenos que tuvieron de su lado el poder de un Dios? De hecho, esta fue la vía cristiana. En cualquier caso, creer que Dios es bueno porque así lo siento tiene más que ver con nosotros que con Dios… y, por tanto, con un haber olvidado qué significa ser un Dios. Y es que un Dios es, por defecto, un monstruo —un inconmensurable: como el hombre con respecto a las pulgas—.

nihilismo y experiencia de lo divino

octubre 30, 2021 § Deja un comentario

Por lo común, y en ciertas canchas, se asocia la experiencia mística al nihilismo. Dios, al fin y al cabo, no es nada en concreto. Sin embargo, no hay que ser muy místicos para entender el nihilismo como la experiencia más cercana a la del primer hombre ante el exceso de lo natural, sobre todo, cuando la falta de sentido es vivida a flor de piel: tú, sencillamente, no cuentas; no eres nadie. El paso de la nada al nadie es, de hecho, muy corto. No es necesario apuntar a lo oculto para sentir religiosamente el mundo. Basta con la desmesura de un cosmos sin fin. Todo éxito es ridículo. De ahí que podamos preguntarnos cómo fue que, en un momento dado, llegáramos a imaginar que un dios pudiera tenernos en consideración. ¿Es que no pecamos de narcisismo al creer que un dios podría interesarse por nuestros sacrificios? Por no hablar de la idea gnóstica de que hay en nosotros una chispa divina… La magia, ese intento de capear técnicamente el temporal ¿no fue acaso más honesta? Nuestra época, tan tecnológica, ¿no representará, por eso mismo, el regreso de los magos? En cualquier caso, no hay fe que no atraviese los lager donde el nihilismo se impone como una revelación.

the absolute sound

octubre 29, 2021 Comentarios desactivados en the absolute sound

La filosofía puede pensar lo absoluto —lo enteramente otro o extraño. Pero no puede, literalmente, incorporarlo a la existencia. Para el filósofo, la alteridad de lo real permanece en el plano de lo abstracto. De ahí que su inquietud termine en una variante del escepticismo socrático: hay más, pero no para nosotros. Ni siquiera cabe decir que se trate de algo en concreto —de algo que pudiéramos ver si llegásemos a cruzar la puerta. En realidad, no puede darse como tal, pues precisamente se da como lo que no se da en su mostrarse a una sensibilidad.

Sin embargo, quien posee una sensibilidad religiosa no quiere renunciar a integrar, al menos hasta cierto punto, lo absoluto o, si se prefiere, lo último. Quiere estar ante Dios, aunque sea sin Dios. En este sentido, el creyente no puede evitar ir en busca del icono, del rostro cargado con el poder de la bondad —al fin y al cabo, en busca de la aparición del ángel. Tan solo el ángel nos salva del infierno de una existencia sin prójimo. Nada nuevo puede haber —nada que interrumpa el eterno retorno de lo mismo—, salvo la aparición. Aun cuando, por defecto, lo absolutamente nuevo no pueda durar. Pues de lo contrario, fácilmente llegaríamos a acostumbrarnos a su presencia. No hay aura que resista la fuerza de la costumbre.

Con todo, es posible que el creyente ignore que el ángel aparece, no como el que nos deslumbra, sino como aquel que pide que lo descolguemos de su cruz. Un ángel más que seducirnos, nos repugna. Al menos, de entrada.

¿salva la fe?

octubre 28, 2021 § Deja un comentario

Uno de los leitmotiv de los evangelios es aquello de que tu fe te ha salvado. Ciertamente, Jesús, como taumaturgo, es movido por la compasión. Pero la eficacia del milagro depende de la confianza del leproso, el tullido, el padre de la muerta… ¿Hablamos de un Dios que exige que se le implore el favor que podría condecer espontáneamente? Quizá da esta impresión. Sin embargo, la idea de fondo es, más bien, que Dios no puede hacer nada sin la adhesión del hombre. Y una adhesión que se dirige, antes que a Dios, a quien ocupa su lugar —a quien carga con el peso de su trascendencia—. Como si al fin y al cabo, no solo estuviera en juego la humanidad del hombre sino también la realidad de Dios. Como si no tuviera otras manos que las nuestras.

resurrección e inmortalidad

octubre 26, 2021 § Deja un comentario

Es sabido que las apariciones del crucificado fueron vistas desde diferentes marcos interpretativos o lenguajes. Básicamente, o bien, se trataba de una exaltación —a la manera de los héroes griegos—, o bien de una resurrección stricto sensu. En cualquier caso, nada que sorprendiera en exceso desde dichos marcos. ¿Acaso Elías no fue igualmente llevado en carro de fuego a los cielos? Como también es sabido, al final se impuso el lenguaje de la resurrección, cuyo marco es apocalíptico. En este sentido, la resurrección anunciaba un reset de dimensiones cósmicas: todo volvía a empezar de nuevo (y se supone que bajo el reinado de Dios, un reinado muy terrestre). Jesús fue, sencillamente, el primero en regresar con vida del sheol. Sin embargo, da la impresión que, al retrasarse el reset, el cristianismo histórico terminó decantándose de facto por el lenguaje de la exaltación y, con ello, por una fe a la griega: tras la muerte, y en el mejor de los casos, iremos a parar a los cielos como almas puras. Ciertamente, se sigue recitando el credo. Pero en los funerales no es raro escuchar que el muerto nos está esperando en la otra dimensión junto a Dios. La pregunta es si esta expectativa no traducirá, en el fondo, una falta de esperanza en la redención del mundo. Aunque otro asunto, y no secundario, es si acaso esta desesperanza no tendrá que ver con que ya no podemos tomarnos muy en serio el acontecimiento de la resurrección, esto es, con nuestra dificultad para leerlo bien. No en vano dijo Hegel que incluso la verdad termina siendo con el tiempo otra cosa.

amor y perdón

octubre 25, 2021 § Deja un comentario

El amor, frente al mito romántico, es un fruto tardío. Casi diría que surge del perdón de lo imperdonable (y como decía Derrida, solo cabe perdonar lo imperdonable; lo que no, exige tan solo una disculpa). Acaso no haya vínculo más fuerte que el que nace de un haber sido perdonado. Esto es, entre heridos. De ahí que el amor solo pueda ser narrado como historia de amor. Y esta no termina con las perdices. Más bien, comienza.

una esperanza para los caídos

octubre 25, 2021 § Deja un comentario

¿Qué pueden esperar en nombre de Dios los que sufren la desgracia? ¿Qué futuro para los desdichados? ¿Un Dios que cuelga de una cruz? Pero entonces, ¿no estamos cerca de abortar cualquier esperanza? Los pobres ¿acaso no esperan un mesías, a alguien que, con el poder de un dios, los saque del callejón sin salida en el que se encuentran? Sin duda. Pero ¿qué mesías acaba en el Gólgota? ¿Fue Jesús de Nazaret un fake? Ciertamente, y según la confesión cristiana, la resurrección —que no la cruz— fue la respuesta de Dios al sufrimiento. Ahora bien, lo fue en tanto que se anunció como el prólogo de un final de los tiempos. Sin embargo, el libro aún está por escribir. Y quizá sea por está razón que la fe en la resurrección haya terminado siendo un modo de hablar de la inmortalidad del alma, algo así como una variante de en los cielos ya te compensarán. Opio del puro. Nada que ver, por tanto, con el reset de dimensiones cósmicas que presagiaban las apariciones.

Con todo, si es cierto que el crucificado vuelve a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo —si es cierto que el abandonado de Dios que se abandona a Dios revela un Dios que no quiso ser Dios sin la fe del hombre—, entonces la resurrección no apunta tanto al día D como al mientras. De este modo, la pregunta por la esperanza deja a un lado el horizonte de la cosmovisión para convertirse en una pregunta dirigida a cada creyente. ¿Qué espera el pobre? Sencillamente, te espera a ti. No hay deus ex machina que valga como Dios. En cualquier caso, aquellos que ocupan, aunque a contrapié, el lugar del mesías. Esto es, lo siguen.

depende

octubre 24, 2021 § Deja un comentario

Si la religión se basa en el sentimiento de dependencia —si este es el reverso de nuestra fragilidad—, entonces la religión no tiene cabida en un mundo donde el hombre entiende cualquier dependencia como contraria a su libertad. Otro asunto —y este sería el asunto que el cristianismo pone religiosamente encima de la mesa— es que la verdadera dependencia no se dé con respecto a una potencia inconmensurablemente superior, sino en relación con lo inferior, en concreto, frene a un Dios caído en desgracia. La cuestión, sin embargo, es cómo entender esta dependencia. Pues, desde la cruz, difícilmente podemos entenderla análogamente a la que experiementa un hijo con respecto a su padre todopoderoso (desde la óptica del hijo). Quizá como aquella aquella en la que se decide, paradójicamente, el sí o el no de nuestra entera existencia. Esto es, el seguir incurvatus in se o de pie. Aunque este de pie sea un de rodillas. Pues el hombre solo logra elevarse por encima de sí mismo ante el extraño o absolutamente otro, en última instancia, respondiendio a su acusación. De ahí que, cristianamente, la extrañeza del extraño no resida en un rasgo gigantesco, al menos, porque lo gigantesco no tiene nada de extraño, a pesar de que, ciertamente, pueda impresionarnos, dado que no es más que lo que quisiéramos para nosotros mismos, sino en lo que dejamos atrás por despreciable, el excremento del que quisimos separarnos para devenir alguien, aquel que se convirtió en invisible a causa de que no pudimos ni verlo. Sin embargo, acaso no haya otra liberación que la que pasa por abrazar al desestimado. O mejor dicho, en dejarse abrazar por él. El problema es que no se trata de algo que podamos preferir como quien no quiere la cosa.

palabra crucis

octubre 23, 2021 § Deja un comentario

Que el crucificado se revele como palabra de Dios no deja de ser algo curioso —por no decir, irónico—, al menos desde fuera. Pues lo que conduce a la revelación del elevado sobre el Gólgota como palabra hecha carne es, precisamente, el silencio de Dios. Puede que, cristianamente, no haya otra mística que la de la cruz, la cual, como decía Metz, nos deja los ojos bien abiertos. Y no solo de estupefacción.

un café con Miguel Ángel (y 3)

octubre 22, 2021 § Deja un comentario

Muchos cristianos aún siguen dirigiéndose a Dios como si no hubiera habido encarnación. Esto es, como si Dios siguiera siendo el dios de la religión, aquel que puede seguir siendo divino sin necesidad del hombre. Pero lo cristiano es pedirle a Dios por Dios, esto es, por el Reino —no hay otra oración, por decirlo así, que el padrenuestro—, habiendo incorporado, sin embargo, que Dios no tiene otro rostro —otra entidad— que el de un apestado de Dios que se entrega a Dios.

juego de palabras

octubre 21, 2021 § Deja un comentario

Si la Palabra se hizo carne, entonces la última palabra no es una palabra, sino un gesto. O un silencio elocuente.

dilema crucis

octubre 20, 2021 § 1 comentario

Si los relatos de la resurrección se entienden como un modo de referirse, ya superado, a una experiencia interior, entonces el cristianismo terminará disolviéndose en las inmensas aguas del océano gnóstico-oriental: triste destino para aquellos a los que se les encomendó ser la sal de la tierra. Pero si, por contra, se insiste en que se trató de un hecho histórico, como la batalla de Jena pero en plan paranormal, entonces el cristianismo cae en un irrelevante ridículo. Por no hablar de que el Dios que se revela en la cruz no casa con el deus ex machina que levanta a los muertos de sus tumbas.

Ciertamente, en los inicios, fue inevitable concebir la resurrección como un prodigio ex maquina. Sin embargo, tras una lenta digestión de cuatro siglos, el cristianismo llegó a la convicción de que el Padre —el absolutamente otro y, por eso mismo, eternamente por ver— no es nadie sin el cuerpo del Hijo. Y esta convicción no es, estrictamente hablando, religiosa. Al fin y al cabo, la dura lección de la dogmática trinitaria es que Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado en su nombre, el cual, en su muerte, regresa a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Dicho de otro modo, el que la resurrección fuera un hecho sobrenatural para quienes sufrieron las apariciones, aun cuando para nosotros el hecho sea que algunos creyeron ver al resucitado, hizo posible la revelación de Dios como el abandonado de Dios que se abandona a Dios. De ahí que la esperanza en la resurrección coincida, en definitiva, con la de una nueva creación, algo así como un volver a empezar, aunque está vez sin orgullo de por medio. Nada que ver, a pesar de lo que se cree, con la vida posmortem de unos cuantos espectros puros.

Ahora bien, esta esperanza resulta tan increíble como el hecho mismo de la resurrección. No es casual que Pablo hablase de una esperanza sin expectativa. Y para, al menos, intuir por dónde van estos tiros, basta con preguntarse en nombre de qué —o mejor dicho, de quién— el cristiano espera lo que el mundo no admite como posibilidad. Sencillamente, un cristiano es aquel que, habiendo visto y oído lo que vio y oyó —y esto tiene que ver con las historias de redención que tienen lugar en el sento del infierno, comenzando por la del Gólgota—, no puede creer que el No tenga la última palabra. Aun cuando no logre concebir, salvo a través de imágenes inverosímiles, cómo acabará imponiéndose el Sí.

Moltmann (1)

octubre 19, 2021 § 2 comentarios

Escribe Moltmann en El Dios crucificado: la cruz expulsa los elementos sincréticos del cristianismo. Traducción: expulsa los elementos gnósticos o pseudo-orientales, tan de moda actualmente. Pues el Gólgota revela cualquier ideal que se decida desde nuestro lado como ridículo. Al fin y al cabo, la teología debe, acaso en primer lugar, enfrentarse a la pregunta que el crucificado le dirige a Dios: ¿por qué me has abandonado? Y esto para saber de quién hablamos cuando hablamos de Dios. De no hacerlo, fácilmente caerá en las procelosas aguas de la devoción, en el peor sentido de la palabra, aquel que nos arroja, precisamente, al onanismo espiritual.