fenomenología de la fe (3)

mayo 31, 2020 § Deja un comentario

Sin duda, intelectualmente, podemos partir de la inexistencia de Dios, sobre todo hoy en día. El ateísmo se ha convertido en un tópico —en nuestro lugar común. Dios, sencillamente, no se da por descontado. Pero el ateísmo como tópico, como postura intelectual, no parte del sentimiento de desamparo —el ateo de salón, no clama por el Dios cuya ausencia sufre—, sino de la crítica ilustrada al imaginario religioso. En última instancia, de nuestro modo de relacionarnos con cuanto nos rodea. Un mundo que se presenta como técnicamente dominable ya no es un mundo en el que los ángeles y los demonios campen a sus anchas.

Es cierto que podemos creer que los hay. Pero este creer será más bien un creer que se cree. Difícilmente, diremos de alguien que cree honestamente en la existencia de vampiros si, por la noche, no sale con una estaca. La creencia en vampiros no encuentra hoy en día un lenguaje que la legitime. Solo es creíble donde suspendemos, de hecho, la credibilidad, esto es, en el espacio de la ficción. Y quien dice vampiros, dice Dios. Pues al convertir a Dios en un dato de la intimidad, en el correlato de un sentimiento, acaso el último recurso de la conciencia religiosa, dejamos de encontrarnos expuestos a la desproporción de lo divino (y a lo que esta implica). Es lo que tiene la distancia infranqueable que nos separa de una alteridad avant la lettre. Ciertamente, ante tal distancia podemos decirnos lo de Epicuro: no hay que preocuparse de un dios que, al pertenecer a otro mundo, necesariamente nos ignora. Pero este dios aún no es en verdad Dios. Todavía sigue siendo un ente, aunque sobrenatural. Con respecto a un Dios en falta, no cabe otra interioridad que la de quien clama por Dios —y, consecuentemente, la de aquel que ha sido conmovido hasta los huesos por ese clamor, cuyo eco resuena en los estómagos del hambre.

fenomenología de la fe (2)

mayo 30, 2020 § Deja un comentario

2. Sin embargo, también cabe sentir que no hay nadie tras el muro —ningún ángel de la guarda. Es, precisamente, el sentimiento de los desamparados. Y la fe no es fe si no pasa por este sentimiento, en definitiva por Getsemaní. El sentimiento de hallarse bajo una bendición de fondo se tambalea —y se tambalea seriamente— donde no parece que haya un Dios de nuestro lado, esto es, donde el cielo cae sobre nuestras cabezas. La fe encuentra su medida en los Getsemaní de la historia. El creyente, en este sentido, nada contracorriente en nombre de un Sí que el mundo ha sepultado. No es casual que la fe, bíblicamente, se entienda como fidelidad. Aunque, a ojos del mundo, sea absurda —y no pueda dejar de serlo. Donde nos quedamos solo con el sentimiento de la infancia —el que apunta al cuidado de un padre espectral— la fe termina siendo la excusa de nuestra necesidad de amparo. Por muy intenso que sea dicho sentimiento. Al fin y al cabo, solo la experiencia del desamparo nos arroja fuera de los límites de la satisfacción narcisista. Esta más cerca de Dios quien se ve, debido a su impiedad, incapaz de Dios —e incapaz ante un Dios que encuentra en falta— que el que se regodea en sus mejores sentimientos como el fariseo de la parábola (Lc 18, 9-14). Hay ingenuidad en la fe. Pero la ingenuidad de la fe es la de quien está de vuelta —la de quien vuelve con vida del infierno, una vida que, sin embargo, ya no podrá reconocer como suya. Y no porque haya un fantasma que mueva los hilos desde el más allá. Pues, en realidad, no lo hay —y si lo hubiera no sería Dios. Con respecto a Dios no hay saber —ni siquiera hipotético—, sino tan solo apertura, un permanecer eternamente a la espera. Y esto es lo mismo que decir que de Dios tan solo veremos a quienes, con su fe y sus obras, ocupan su lugar.

fenomenología de la fe (1)

mayo 30, 2020 § Deja un comentario

1. Cabe sentir que hay Dios —sentir su invisible presencia. Cabe, sin duda, vivirlo a flor de piel. Como los antiguos paganos vivieron a flor de piel la presencia de dioses. Estamos, por tanto, ante un sentimiento espontáneo, natural —pagano, como es sabido, significa campesino—, aun cuando hoy en día haya dejado de ser un sentimiento común. En cualquier caso, quienes viven bajo el sentimiento de una presencia se decantan actualmente por otro lenguaje que el de la tradición cristiana: hay algo, en el fondo vivimos atravesados por el espíritu de interconexión, etc. El credo cristiano resulta modernamente poco razonable, por no decir ininteligible. De ahí su actual irrelevancia. Y de ahí también los esfuerzos de algunos por traducirlo. Pero el riesgo de la traducción es la traición. Como suele decirse, traduttore, traditore.

mediocridad cristiana

mayo 29, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo actual parece que se sitúa ante la siguiente disyuntiva: o pacta con el mundo, traduciendo su kerigma de modo que pueda ser admitido por las tragaderas modernas; o sigue en sus trece, repitiendo las fórmulas de la tradición como si la crítica ilustrada —y postilustrada— al imaginario religioso no fuera con él. En el primero caso, el cristianismo termina cayendo en la tibieza, convirtiéndose fácilmente en una variante de una ética emancipativa o, lo que acaso sea peor, de una espiritualidad de trazo grueso. Como si la sentencia del Apocalipsis —¡Ojala fueses frío o caliente! Pero porque eses tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (Ap 3, 15-19)— fuera simple retórica. En el segundo, el cristianismo mantiene un cierto vigor, pero al precio de caer en el talibanismo. Es lo que tiene un cristianismo en retirada. En los campos de combate, la derrota, mientras que dentro de la fortaleza amurallada en la que se replegó el cristianismo más conservador, todo está impregnado de un fuerte olor a formol. La sensibilidad religiosa, que la hay, hace tiempo que ha optado por otros lenguajes. Hay algo; el amor es lo fundamental; deberíamos conectarnos al fondo nutricio del cosmos… Carnaza para imberbes. Es como si el cristianismo hubiera perdido la batalla de la inteligibilidad —como si se avergonzara de la revelación o ya no supiera qué hacer con ella. ¿Jesús es Dios? ¿En serio? ¿La cruz nos salva? ¿De qué? No vamos a ir tan lejos, decimos… Jesús, a lo sumo, representa el poder de una bondad sin resquicio. Vale. Pero ¿qué poder? ¿Acaso la victoria no está del lado de los que carecen de piedad —de los psicópatas? ¿Dios? Hay una energía, un poder subyacente. De acuerdo. Pero ¿quién asegura que juegue a nuestro favor? Los cerdos de pata negra se equivocarían si creyesen que sus cuidadores los aman. Ciertamente, el perdón —la resiliencia— nos hace humanamente mejores. Pero ¿tenemos aún que hablar de redención de una culpa original, una redención de dimensiones cósmicas? Por no hacer referencia a la cuestión decisiva, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron injustamente antes de tiempo. Y aquí no vale suponer que para ellos, el cielo. Al menos, porque esta suposición no es cristiana. Podríamos decir que el cristianismo sobrevive, aunque agónicamente, reproduciendo las herejías que en su momento condenó. Así, o Jesús es un ejemplo de integridad moral, pero no más; o es un Dios paseándose por la tierra. Pero el cristianismo proclama que Jesús fue hombre y Dios —que no hay otro Dios que el crucificado. Y esto es incomprensible donde nos mantenemos en la órbita de lo que espontáneamente entendemos por divino. La revelación es reveladora porque es religiosamente inaceptable. Pues la cruz no solo afecta al hombre, sino también —y quizá sobre todo— a Dios (y no porque Dios sienta en lo más íntimo el dolor de su enviado). No deberíamos olvidar que las viejas herejías no dejan de ser un intento de hacer razonable la confesión cristiana.

Quizá el cristianismo haría bien en recuperar la fuente judía. Pues solo a partir de ella, el cristianismo podrá situarse de nuevo en la posición desde la cual la palabra Dios resulta significativa —la posición de los excluidos, de los que no cuentan para el mundo. Y no porque los excluidos necesiten imaginar a un Dios de su parte, sino porque ni siquiera pueden ya imaginarlo. Desde la óptica de Israel, Dios en verdad no es aún nadie sin el fiat del hombre. Y esto es difícil de admitir para quien quienes dan a Dios por descontado. El cristianismo falsea la encarnación donde parte de un Dios cuya esencia o modo de ser está decidido de antemano, esto es, al margen de la historia. En lo que respecta a la fe, todo comienza con aquellos que, como abandonados de Dios, ofrecen un gesto de piedad donde la piedad no es posible —y lo ofrecen como muertos, esto es, como los que no tienen vida por delante: las madres cuyos hijos fueron asesinados por el enemigo; la víctima que comparte el pan con su verdugo en tiempos de hambruna; aquel que se da asco a sí mismo porque hay niños que viven de los escombros. Y es que hoy, como siempre, la única clave de lectura del credo cristiano son las historias de aquellos hombres y mujeres que volvieron con vida del infierno, una vida con no es solo suya. Aunque tampoco solo la de Dios.

un cristianismo para los que pueden

mayo 28, 2020 § Deja un comentario

El problema de un cristianismo reducido a una espiritualidad de amplio espectro, aunque sea con la excusa de Jesús, es que deviene ininteligible en sus términos. Por eso, se nos insiste, incluso desde los púlpitos, que hay que interpretar —que las fórmulas del credo son, al fin y al cabo, modos de hablar. Y algo de esto hay. Pero no hasta el punto de convertir el cristianismo en una variante del budismo. Pues nuestra dificultad de intelección no tiene que ver únicamente con la Modernidad —no solo es cuestión de lenguaje—, sino con nuestra incapacidad sociológica, por decirlo así. El cristianismo se ha convertido, una vez más, en la religión del poder, aunque no ya político. Esto es, en la creencia compensatoria de aquellos que aún pueden confiar en sus fuerzas. Hay algo, en el fondo todo es luz, el amor mueve montañas, etc. Así, en vez de en la verdad, creemos en lo que nos gustaría que fuese verdad. Por debajo no hay más que ilusión… con una fuerte carga emotiva, en algunos casos. La fe no está al alcance de cualquiera. Para llegar a la fe —para que la fe, antes que una suposición, sea una respuesta— hay que situarse en la posición de los que sobran. La fe no deja de ser, en definitiva, un asunto corporal. Tradicionalmente, las cimas han representado el lugar de la experiencia de Dios. Pero cristianamente la cima es un Calvario —en realidad, una sima. La clave hermenéutica del kerigma cristiano son, como siempre, las historias que hay detrás, aquellas de las que da fe el testigo. He visto la bondad en medio del abismo —lo que significa que lo inconcebible ha tenido lugar. Ciertamente, los que viven como aplastados esperan la intervención de un Mesías, algo así como una variante del deus ex machina. Y esto está más cerca de la ciencia ficción que de la fe. Sin embargo, cristianamente, todo comienza en este punto. Pues el Mesías no se presentó como imaginamos. Y esto afecta, no solo al hombre, sino también, y quizá sobre todo, a Dios. El Dios que se revela al pie de la cruz no es en modo alguno homologable a lo que entendemos espontáneamente como divino. Decía Merton que tarde o temprano deberíamos caer en la cuenta de que formamos parte de aguas que nos cubren. De acuerdo. Pero esas aguas no son siempre plácidas: ahogan a muchos. De ahí que los profetas de Israel insistieran en que, donde formamos parte de un mundo injusto, no hay fe que valga, sino en cualquier caso idolatría, un tomar el nombre de Dios en vano. 

amore

mayo 27, 2020 § Deja un comentario

El amor exige pruebas. Pruebas sobrenaturales.

Jorge Luis Borges

qué rara eres, vista desde dentro

mayo 26, 2020 § Deja un comentario

“Qué rara eres, vista desde dentro”, escribió Elisabeth Bishop de sí misma. ¿Quién no diría algo parecido? Y sin embargo, decirlo no basta. La descripción por sí sola no alcanza lo cierto. Como tampoco podemos distinguir entre la expresión de un sentimiento y quien es capaz de simularlo a la perfección. Necesitamos forzar las palabras, decir lo mismo de un modo sorprendente para captar la extrañeza de lo que se nos da como costumbre. Necesitamos poetas. Pero nuestra época desprecia al poeta. Y acaso de este desprecio nazca nuestra indigencia.