Feuerbach, one more time

septiembre 21, 2019 Comentarios desactivados en Feuerbach, one more time

Lo que está situado más alto en el espacio es también en la cualidad lo más alto del hombre, lo que le es más próximo, lo que no se puede separar ya de él —y es la cabeza. Si veo la cabeza de un hombre, es a él mismo al que veo; pero si no veo más que el tronco, no veo más que su tronco.

Ludwig Feuerbach

la edad media que viene

septiembre 20, 2019 Comentarios desactivados en la edad media que viene

El bienestar de las sociedades occidentales ha dependido hasta el momento del crecimiento económico, esto es, de que cada año se produzcan —y vendan— más cosas que durante el año anterior. Por definición, las clases dominantes quieren cada vez más pastel. Y si fue posible que obtuvieran más pastel, sin que otros vieran disminuida su parte, es porque hasta la década de los setenta hubo, año tras año, más pastel que repartir. Ahora bien, que la buena marcha de la economía dependa de que haya cada cada vez más pastel no obedece solo a la ambición o afán de lucro de los ricos, sino a que una economía que se basa en el crédito —o en técnico, en el dinero-deuda— necesita crecer, precisamente, para que el dinero prestado —y esto actualmente significa el dinero tot court— no se convierta, de repente, en papel mojado. Sencillamente, si pasa a ser papel mojado, la deuda emitida, sobre todo por los bancos, no puede seguir funcionando como medio de cambio. El dinero-deuda puede cumplir con las funciones del dinero siempre y cuando confiemos en que la deuda será saldada. De hecho, el crédito no deja de ser dinero que tomamos prestado del futuro. Es “dinero” a cuenta… de un dinero “real” que aún está por ver. Quienes defienden, por lo común desde una sensibilidad ecológica, la necesidad de un crecimiento sostenible o, incluso, nulo, harían bien en pensar qué tipo de dinero exige una economía sin crecimiento. Pues mientras el crecimiento dependa de la deuda, no es posible dejar de crecer insosteniblemente para que todo siga en pie, lo cual, por cierto, significa que andamos, como el funambulista, sobre una delgada cuerda. Ya lo dijo Marx: en el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire. Pues bien, parece ser que nos esperan años, por no decir décadas, de estancamiento. Traducción: según dicen los que saben, no va a haber mucho más pastel que repartir. Las nuevas oportunidades de beneficio no necesitan tanto capital como antes. O por decirlo de otro modo, no movilizan los recursos de antaño. Y quien dice recursos, dice empleo. Muchos se van a quedar sin trabajo o con trabajos de subsistencia (si alcanza). El mercado no da mucho más de sí. De ahí que la clase dominante reoriente su actividad económica de la producción de bienes a la extracción de rentas, bien sea a través del aumento de la carga fiscal —en mayor o menor medida, el estado moderno se ha convertido, vía corrupción, en una especie de chiringo para amiguetes—; bien a través de la especulación financiera (aunque en los mercados de bienes las estrategias sean otras: pagar más por la renovación de lo mismo, con la excusa de innovaciones fictias). Y la especulación financiera, donde llegamos a entenderla adecuadamente, cosa que nada fácil, no es más que dinero que pasa de unas manos a otras… sin que haya bienes de por medio. Pues el mercado de las finanzas especulativas, dejando a un lado su papel financiador, se alimenta inevitablemente de burbujas —de la sobrevaloración de los activos. Las finanzas y las burbujas, hoy en día, van de la mano —y algunos parece que quieran que siga siendo así, con el riesgo que implica, sin duda devastador.

Estamos, como decíamos, ante una pura y simple transferencia de rentas. Más aún, esas rentas que se extraen en realidad se sustraen de la economía real o productiva. No vuelven como capital industrial. Y mejor que no vuelvan, pues de hacerlo la hiperinflación arrasaría con cualquier economía. En las finanzas actuales se mueve, según estimaciones, el doble —o incluso el triple— del PIB mundial. De ahí que, donde seguimos estancados, obtener más pastel solo es posible si otros tienen cada vez menos. La sociedad que nos espera, por poco que nos despistemos, es una en la que habrán pocos con mucho y muchos con poco. No es causal que para el neoliberalismo sea esencial el férreo control de la inflación (así como la privatización del pastel público). Al menos, porque las rentas obtenidas por la vía especulativa solo conservan su valor si no suben los precios.

De ahí que tampoco sea casual que las reformas pedagógicas que invaden Europa y cuyo origen se encuentra en EEUU, pretendan, aunque no sea este su propósito explícito o consciente, idiotizar a los estudiantes. Así, se nos repite machaconamente que los contenidos no importan. Lo que importa es aprender a aprender… sobre todo jugando. De acuerdo. Pero no es posible aprender a aprender sin contenidos que contrastar, ni sin la vieja cultura del esfuerzo. Es como si a los estudiantes de hoy en día se les propusiera aprender alemán en diez días —y a la vez, de manera divertida. Una estafa. Ciertamente, la escuela no puede seguir como hace cien años. Pero con la excusa de la renovación, no vale cualquier cosa. Pues corremos el riesgo de tirar al niño con el agua sucia. El mundo que viene —mejor dicho, aquel en el que ya estamos— es un mundo hostil a la gran cultura. Y donde, bajo la presión de las circunstancias, la escuela renuncie a la transmirtirla, será complicado forjar una inteligencia (y un carácter) que, cuando menos, sepa hacer buenas preguntas. Por eso, una escuela que se precie, más que adaptarse, tiene que resistirse a las demandas de la socieda. Al menos, hasta cierto punto. Nuestros hijos deberían poder escuchar aquellas palabras que un mundo reducido a mercado nunca pronunciará. Llama la atención que los gurús de Silicon Valley lleven a sus hijos a escuelas en las que no hay ipads (y en algunas, ni siquiera wifi). Por tanto, difícilmente dejarán de haber buenas escuelas. Pero serán las menos (y para los menos). Para la mayoría, café con leche en digital. Nos dirigimos a un mundo en el que habrán pocos que sepan pensar —por no decir, leer. Una sociedad se define en gran medida por quienes tienen el megáfono. Y quienes lo tienen, hoy en día, son los futbolistas o los actores (por no hablar de los participantes de un reality show). Mal vamos. Sin duda, seguirán habiendo centros de alta cultura, pero rodeados de escuelas que se dedicarán a divulgar la propaganda que conviene interiorizar. Como en la Edad Media: universidades para la nobleza; religión para el populacho. Pero, al menos, hubo un tiempo, no tan lejano, en que la propaganda fue tildada públicamente de superstición.

emic vs etic

septiembre 19, 2019 Comentarios desactivados en emic vs etic

El hombre no puede comprenderse a sí mismo, en su individualidad, como un caso particular de la definición general de hombre, aquella que producimos desde las gradas del espectador. El hombre es para sí mismo el que existe como arrancado, aunque de entrada, no sepa de qué o de quién. En este sentido, el hombre es su inquietud por el más allá de sí mismo y no un simple mecanismo de respuesta a los estímulos de su circunstancia. El hombre no es una foca. Las focas no existen, son. Es decir, coinciden con su modo de ser. En la foca no hay ninguna distancia interior —ningún desacuerdo íntimo, ningún desgarro. A diferencia de las focas, el hombre nunca termina de encontrarse en donde está. Como si el llegar a ser —esa tarea pendiente— no pudiera realizarse donde nos hallamos atados a la inmediatez. Y siempre lo estamos, en mayor o menor medida. Evidentemente, la pregunta es dónde hay más verdad —desde que óptica se determina la verdad. ¿Quién tiene razón? ¿El científico o el poeta? ¿Quien dice con exactitud o quien dice por así decirlo? Esta pregunta, sin embargo, nos obliga a plantear una pregunta aún más fundamental o previa: de qué hablamos cuando hablamos de lo real —de lo que es en verdad. O lo real es cuanto podemos traernos entre manos, la cosa más o menos manipulable según nuestro interés; o lo real es aquello que no acaba de mostrarse en su mostrarse, esa alteridad que perdimos de vista una vez fuemos arrojados al mundo, por decirlo así. Si lo primero, entonces el científico está en lo cierto. Pues, desde sus presupuestos, tan solo ve cosas entre otras, que se relacionan según la ley. Pero no puede estar en lo cierto. Cuando menos, porque lo cierto es que en la representación mental de las cosas que están ahí —y el científico solo trabaja con nuestras representaciones del mundo: según él, tan solo es verdad, al menos desde Descartes, lo que admite una cuantificación—, lo que es obviado es, precisamente, el carácter otro o elusivo de cuanto admite una representación. Nunca acabamos de ver —nunca acaba de hacerse presente a una sensibilidad— la alteridad de lo que tenemos enfrente. Esta solo puede ser reconocida o pensada. La razón instrumental —la que se ejerce como cálculo— no nos permite dar cuenta de lo real. En cualquier caso, de su reducción a lo que cabe asimilar. Para dar fe de lo real hace falta unas cuantas dosis de dialéctica. Pues la alteridad propia de lo real —su extrañeza— es, de hecho, lo que inevitablemente tuvimos que perder de vista para poder tratar con lo real. Y aquí quien se encuentra en medio de la escena se encuentra más cerca del nervio de lo real que aquel que se ubica en la posición de una divinidad omnisciente.

real

septiembre 18, 2019 § Deja un comentario

La inmediatez de una presencia —su dato— no da la medida de lo real, sino de cuanto nos parece real. Tan solo la pérdida —la desaparición— constituye la medida, si es que la hay, de lo real. Sin duda, lo real es, por defecto lo que se hace presente. Pero nada aparece sin que, como algo o alguien enteramente otro, dé un paso atrás. La alteridad de lo manifiesto se nos ofrece como el resto invisible de lo visible —como un eterno porvenir. Desde nuestro lado, no podemos ir más allá —esto es, no podemos trascender, salvo con el pensamiento, el horizonte de la apariencias. Esta es la ley de de nuestro estar en el mundo. Como la gravedad lo es del cosmos. De ahí que en lo más hondo sintamos algo así como una nostalgia de lo absoluto o incondicional. Donde nos ocultamos a nosotros mismos esta nostalgia quedamos reducidos a la condición del chimpancé. Aunque posteemos en Instragram. Pues los hombres se dividen entre los que están a favor de la búsqueda y los que no. Al menos, desde nuestro lado.

un café con Menacho siempre da de sí

septiembre 17, 2019 § Deja un comentario

Que las mujeres, aquí en Occidente, tengan su primer hijo hacia los treinta no es algo natural, como quien dice. Lo natural es tenerlos hacia los catorce, si no antes. Ahora bien, lo natural en el hombre es alejarse de lo natural, por decirlo a la Hegel. Más aún, el hombre es el único animal que ha hecho de su naturalidad un delito o, al menos, una falta de educación. El chimpancé se encuentra atado a su modo de ser. Es lo que es. No así, el hombre. El hombre no es, sino que existe. Y esto significa que tiene pendiente llegar a ser alguien para sí mismo. Pero no lo tiene fácil. De ahí su tendencia a tomar un atajo colocándose una máscara sobre el rostro. Su postureo es su éxito. Por suerte, nadie en lo más íntimo acaba de ser lo que parece. Nadie termina de hallarse a sí mismo en donde está. Quizá porque el hombre no puede decirse a sí mismo —y desde sí mismo— quién es o debiera ser. Tiene que decírselo aquel que se encuentra por encima , al fin y al cabo, un padre, en el sentido simbólico, no necesariamente biológico, de la palabra. Pues lo que podamos llegar a ser es, en cualquier caso, la respuesta a una invocación espectral. Sin embargo, la relación con el padre, si llegamos a encontrarnos con él, es complicada. Pues le exigimos una bendición que tampoco podemos aceptar si queremos valernos por nosotros mismos. No hay que haber leído a Freud para intuir, cuando menos, que tarde o temprano deberíamos matar a nuestro padre para ocupar su lugar. La existencia no deja de ser un impasse. Siempre a contrapié. Con todo, nada nos impide que nos tomemos un tiempo para salir del tiempo y limitarnos a observar el vuelo inocente de los pájaros. Porque no hay más —porque el más es un eterno porvenir— dicho vuelo, aunque no solo, se carga con el aura del milagro.

Lutero dixit

septiembre 16, 2019 § 1 comentario

La fe es insensibilitas, dijo Lutero. ¿Acaso Lutero quiso decirnos que la fe es tan solo un estar seguro de ciertas verdades… como podemos estar convencidos de la eficacia de la ley de la gravedad? No exactamente. Más bien, que la medida de la fe no la da nuestro sentimiento. Como tampoco la del amor. El sentir es, en tanto que ligado a lo que nos parece, es variable y, por eso mismo, no es de fiar. Aquí la relación con Dios —el Dios que reclama nuestra confianza— es análoga a la que podamos mantener con la pareja. El punto de partida suele ser, sin duda, el deseo o la atracción. Pero la fidelidad no se sostiene sobre la inclinación más epidérmica —esto sería pecar de infantilismo—, sino sobre un estar en deuda. Sencillamente, le debes la vida a quien amas o crees amar. Pues vivimos de la vida que el otro nos da —de la aparición. Al menos, porque donde no hay aparición, tan solo hay comercio. Ciertamente, la experiencia del don, en tanto que experiencia raíz, es ocasional. Casi un milagro (y podríamos prescindir del casi). En el día a día, cedemos a las exigencias del trato. Hay que trabajar, hacer la compra, negociar…  Y es innegable que sometidos al poder de la circunstancia, la experiencia originaria queda enmascarada, si es que no se nos muestra como esa ilusión en la que caímos ingenuamente. Pero una cosa no quita la otra. En cualquier caso, el amor es la promesa que va con el don. Amarás a tu esposo —a tu esposa. Nos equivocamos donde entendemos el cáracter imperativo de la fórmula como si se nos obligase a amar (¿cómo puede obligársenos a ello?). Su ambivalencia —y es que la fórmula tanto puede leerse en clave imperativa como de futuro— no es casual. Pues aquí la obligación es el compromiso que nace de un estar en deuda y, por eso mismo, el envés de la promesa. Terminarás amándola o amándole —y es que nadie puede decir de sí mismo que ama. Solo el amor es digno de fe, como dejó escrito Hans Urs von Balthasar. O parafraseando lo dicho, solo el amor reclama nuestra fe. Precisamente, debemos prometer para mantenernos fieles a lo que en verdad tuvo lugar: en nombre de la vida que me has dado, no te dejaré nunca. Aunque ya no sienta lo mismo. Y quizá para poder volver a sentir lo mismo o, mejor dicho, más hondamente. Con todo, pertenece a la espesura de nuestro estar en el mundo, el que nadie acabe de estar a la altura de sus mejores promesas —de cuanto le ha sido concedido gratuitamente. Pero este es otro asunto.  

de Babel

septiembre 15, 2019 § Deja un comentario

El diálogo interreligioso, sin duda, contribuye a la paz, al menos porque su punto de partida es el de un no vamos a pelearnos en nombre de Dios. Sin embargo, mientras su propósito sea el de hallar puntos de encuentro, lo cual implica de algún modo hacer de Dios un denominador común y, en último término, una abstracción, ¿no podríamos entender dicho diálogo como un nuevo intento de levantar una torre de Babel? Como si pudiéramos asaltar los cielos desde nuestro lado. Ciertamente, hay en el hombre un anhelo de Dios o, cuando menos, de lo último o definitivo. Pero el hombre no topa con Dios —ni con lo último— solo desde su interés por las cosas de Dios. Ni siquiera donde suponemos que Dios sale al encuentro de quien busca a Dios —donde damos por sentado que el hombre por sí mismo solo puede acercarse a Dios. Quizá esto sería así si Dios coincidiera con la imagen, aunque borrosa, que el hombre se hace de Dios. Pero el Dios que se encuentra con el hombre no es el Dios que este imagina. Dios irrumpe en la existencia cogiéndonos a contrapie o, si se prefiere, por la espalda. E irrumpe en la existencia, interrumpiéndola, sacándola del quicio de la costumbre. De ahí que no quepa hablar de la verdad de Dios, si no es como revelación, esto es, si no es desde el lado de Dios, un lado en el que, sin embargo, no hay nadie aún. Y si esto es así, no parece que sea lo mismo presuponer que Dios es una especie de arkhé que aquel que se pone en manos del hombre hasta colgar de una cruz para que el hombre pueda hacerse capaz de Dios —de responder a su clamor.—. Sobre todo, si tenemos en cuenta que Dios no llega a ser el que es al margen del fiat de aquel en quien se reconoció in illo tempore. No parece que sea lo mismo el Dios que permanece a la espera del ascenso del hombre, aunque dé un paso al frente, que el Dios que aún no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre.