amor platónico, amor judío

abril 22, 2021 § Deja un comentario

Es sabido que Platón, en su diálogo El Banquete, defiende la idea de que el amor es algo así como una coincidencia entre opuestos, literalmente, la re-unión de las partes de una unidad originaria. Podríamos decir que en el amor se restablece la armonia perdida. En cambio, desde la óptica de Isarel, el amor —el encuentro con el otro— es, de entrada, traumático o, si se prefiere, desestabilizador. Y no porque los amantes queden presos de una pasión que no terminan de controlar, sino porque el otro como tal nos descentra. Precisamente, porque es otro —porque se revela como extraño— irrumpe como una amenaza (aunque también como promesa). En cuanto otro, no encaja en nuestros esquemas o expectativas. Si encajase, no sería en verdad otro, sino en cualquier caso su imagen, nuestra fantasía. Hay algo en el otro que, por defecto, no cabe asimilar (ni siquiera por él mismo). El encuentro preserva la distancia —infranqueable, sagrada— de la alteridad. Entre el amor a la platónica y a la judía, por decirlo así, anda la historia del amor en Occidente. O lo que es equivalente, nuestra confusión.

incorporación e imaginario

abril 21, 2021 § Deja un comentario

Sin imágenes no hay incorporación. Esto es, va a resultar complicado que hagamos cuerpo de cuanto creemos verdadero. La interiorización, tan de moda hoy en día, deriva fácilmente en narcisismo, algo así como un lamerse las propias heridas, donde no se encarna —donde lo que se interioriza no procede del exterior. Quizá no sea casual que las espiritualidades aconfesionales carezcan de figuras de lo divino o, mejor dicho, de representaciones antropomórficas de Dios. Les basta con una abstracción sobre la que proyectar los mejores sentimientos. Con ello suponen que se han alejado de la superstición. Y algo de esto hay. Ahora bien, si es cierto que existimos, no solo desde un Sí de fondo, sino también bajo una demanda infinita, la que procede del llanto de quienes ocupan el altar vacío de Dios, entonces puede que no se trate propiamente de conectarse a una fuente de energía, sino de responder. Y siempre respondemos ante un quién, en modo alguno a un qué. Un algo tan solo exige un cierto saber a qué atenernos —un cierto gnosticismo. La abstracción —desde el océano hasta la matriz cósmica— está al servicio de la reconexión: como si Dios fuera un enchufe. Pero un enchufe no grita —no clama por un quién.

Sin embargo, teniendo en cuenta lo anterior, podríamos preguntarnos si la prohibición profética de las imágenes de Dios no impedirá, precisamente, que podamos incorporar el que, al margen de los que nos parezca, estemos en verdad sujetos a la invocación de aquellos a los que el mundo deja atrás. No me atrevería a decirlo. Sobre todo, porque lo que aquí se prohíbe no es una imagen de Dios, sino aquella que nos sitúa en falso ante Dios, la que satisface nuestra necesidad de tener a un dios de nuestra parte. Pues en realidad hay una imagen de Dios, la del rostro de quienes imploran a Dios por Dios, en definitiva, el rostro de cualquiera, aunque, por lo común, dicho rostro permanezca cubierto por una máscara. Al fin y al cabo, Adán fue creado a imagen y semejanza. Por no hablar de lo que proclama el cristianismo, a saber, que Dios tiene cuerpo, el de un crucificado en su nombre. Sorprendente, por no decir inadmisible. Estamos, sin duda, lejos del océano en el que las almas terminaran disolviéndose.

Con todo, que podamos integrar la revelación —la conmoción que supone que el crucificado sea carne de Dios— dependerá de que Dios o mejor, nuestra connatural exposición a un Dios que retrocedió a un tiempo más allá de los tiempos, pueda vivirse a flor de piel. Y este es el problema: que en un mundo en el que dicha exposición no se da por descontada —un mundo en el que Dios se convirtió, a lo sumo, en una suposición— difícilmente vamos a poder incorporar la revelación. Y donde esta se pone muy cuesta arriba, la verdad terminará yendo por un lado y el cuerpo por otro. De ahí, la importancia de recuperar las historias radicalmente humanas —y por eso mismo, más que humanas— que hay detrás de la revelación. Pero para ello acaso tengamos que ponernos junto a quienes las protagonizaron y las siguen protagonizando. Aunque, de entrada, nos impregne su mal olor.

el no es más que y la falsa conciencia

abril 20, 2021 § 1 comentario

La devaluación moderna de cualquier sentido de la trascendencia se expresa a través de la fórmula no es más que. Así, espontáneamente se dice: la fe no es más que una ilusión; o el sentimiento de lo sublime, no es más que narcisismo. Por no hablar del asunto de la falsa conciencia, tan cacareado por Nietzsche: en el fondo, la exhortación cristiana a la caridad no es más que resentimiento. La disputa entre los modernos y los antiguos podría entenderse como una disputa entre el no es más que y el es más que. Pues nada humano que se muestra de manera químicamente pura. En este sentido, al igual que podemos decir, con Nietzsche, que bajo los oropeles de la santidad late el rencor hacia la existencia noble y, por eso mismo, inocente, también podríamos decir que es más que rencor. Al menos, porque cuando el creyente topa con el rostro de los abandonados de Dios —el rostro de quienes ocupan su vacío—, los motivos iniciales devienen irrelevantes. Cuestión de por donde prefiramos cortar: si por el principio o por el final. De ahí que no sea secundario que, desde una óptica bíblica, solo al final —y quien dice final, dice final de los tiempos, esto es, una vez el otro irrumpe como el inadmisible que es— se decidirá qué fue en verdad lo que se nos ofreció solo hasta cierto punto. Una decisión que dependerá, sin embargo, de nuestra respuesta a la demanda que procede, precisamente, del inadmisible.

En cualquier caso, lo cierto es que la operación nietzscheana fue antes cristiana, por no decir profética. Y es que los primeros en desenmascarar a los ídolos fueron, de hecho, los profetas de Israel: tú poder tienes los pies de barro; tu brillo no es más que una máscara. Nietzsche, simplemente, aplicó la fórmula contra los que se olvidaron de patentarla.

fe y ciencia (one more time)

abril 19, 2021 § 2 comentarios

Desde la Ilustración hasta hoy en día, la navegación, no siempre sobre aguas plácidas, que va de la ciencia a la fe —y viceversa—, tarde o temprano ha terminado atracando en el puerto del deísmo. Ciertamente, no parece que pueda haber un acuerdo entre un craso positivismo, segú el cual no hay más que lo cuantificable, y la confesión que proclama a un crucificado como Dios. Pero la ciencia es, según algunos de sus intérpretes, cada vez más espiritual, hasta rozar lo misterioso. Basta con tener en cuenta los postulados de la mecánica cuántica para intuir por donde van los tiros de un espiritualidad a la científica. Así, el investigador y el creyente encuentran, de nuevo, un punto de convergencia: hay algo que permanecerá eternamente en el terreno de lo indecible; y ese algo es el fondo mismo de lo real. Ahora bien, aquí el cristianismo corre el riesgo de confundir, una vez más, las churras con la merinas. Pues ese algo, al fin y al cabo, un arkhé, aún cuando pueda provocar nuestro asombro, difícilmente llegará a mezclarse con un Dios que renunció a su divinidad para poder reconocerse en su criatura, por decirlo así. Es cierto que el asombro arraiga en nuestra capadidad para trascender el horizonte de lo útil o tratable. Pero no solo del asombro vive el hombre, sino también del escándalo ante la desmesura del horror. Y para ello —para clamar al cielo— hay que abandonar la posición del espectador omnisciente, aquella en la que, inevitablemente, se sitúa el imparcial. De ahí que la incompatibilidad entre ciencia y fe no tenga tanto que ver con admitir o rechazar la posibilidad de un más allá del saber —pues que lo real sea esencialmente extraño o inconcebible es más que una posibilidad—, sino con los tipos de sujeto que hay detrás de cada opción. Y el mirón desinteresado no acaba de casar con el que, en medio de la escena, se encuentra expuesto a un Dios, que lejos de darse como un relojero espectral o como el fondo nutricio del cosmos, decidió identificarse con los que son dejados atrás.

el psicópata y el creyente

abril 18, 2021 § Deja un comentario

Las elucubraciones sobre nuestra esencial exposición a un Otro en falta —sobre el error que supone no tenerlo en cuenta— saltan por los aires ante el psicópata, ese trasunto del superhombre nietzscheano. El Otro no existe para un psicópata, ni siquiera como su eterno porvenir. El psicópata es, sencillamente, la excepción de lo humano, lo más cerca que un hombre pueda estar de un dios. Pues no deberíamos olvidar que, por definición, para un dios somos algo parecido a una lombriz. Ni siquiera su muerte le conmueve. Un psicópata de libro muere como si no le importase. Al fin y al cabo, se limitó a jugar. Y tarde o temprano toca perder. En este sentido, podríamos decir que es inmortal. Pues la muerte no va con él —ni la suya, ni la de los demás. Si no fuera porque es capaz de recitar a Eliot en medio del infierno, diríamos que es una bestia. Quizá no andasen desencaminados los antiguos cuando imaginaron a los dioses con el aspecto de animales de inteligencia superior.

Teniendo en cuenta lo que hemos dicho tantas veces acerca de Yavhé —que, como Dios en verdad, es el aún nadie—, casi podríamos decir que la humanidad cae en la psicopatía, esto es, en la impiedad cuando prescinde del aún y se queda únicamente con el nadie —cuando incorpora hasta el tuétano la extrema soledad de la existencia. De ahí que la esperanza vaya con el combate contra aquel que encarna el Mal, con mayúsculas. Pues un cristiano que, en nombre del buenismo, se olvide de que estamos en medio de una batalla, acaba convirtiendo su esperanza en una especie de narcótico narcisista. Que todo termine bien es algo que podemos esperar, pero en modo alguno dar por descontado.

Dios está con nosotros

abril 17, 2021 § 2 comentarios

Dice un padre a su familia: de aquí dos días nos desahucian. Pidámosle a Dios que nos concedan una prórroga. Pero Dios no hace nada. A la calle. Otro: acabo de perder el empleo en la pizzería. Imploremos a Dios para que pronto encuentre otro trabajo. Pero Dios no está por la labor. Y el paro se prolonga sine die. Una madre clama a Dios por la salud de su pequeña de seis años, enferma de leucemia. Sin embargo, la hija termina muriendo. ¿Es que sus rezos no conmovieron a Dios? Y así hasta cansarnos. Que Dios esté junto a nosotros, ¿va en serio? Luego leemos en las obras del teólogo: Dios nos ayuda dándonos la mano mientras sufrimos… como la médico aprieta, con piedad, la de quien agoniza solo en el hospital. ¿Es esto un consuelo? Quizá sí en el caso de la médico. No me atrevería a decirlo en el caso de la mano invisible de Dios. Al menos, para quien se pregunta si será verdad lo que se imagina, a saber, que Dios está de nuestra parte y que nos aguarda en el más allá para compensar tanto dolor. De ahí que, para los sufrientes que no ven a Dios por ningún lado, la última invocación acaso sea esta: cuándo pondrás un punto y final a todo esto —cuándo restaurarás el mundo. Desde la óptica de los que no parecen contar ni siquiera para Dios —desde la posición de los incontables—, los relatos de las transfiguraciones y las uniones místicas, así como las abstracciones del teólogo suenan a sarcasmo. Como si fueran un insulto.

Quizá no sea casual aquello tan bíblico de que solo los que sobran estén autorizados a hablarnos de Dios o, mejor dicho, en su nombre. Pues la fe de quienes, sensatamente, no pueden tener fe es la única fe que puede provocar nuestra fe. Y aquí no estamos hablando de la ilusión —aunque en su situación también quepa, sin duda, mucha ilusión—, sino de aquella extraña confianza en el triunfo final de la bondad, que, aun cuando no sepamos cómo podría tener lugar, arraiga en la compasión de las mujeres y hombres buenos. Hablamos de la confianza que, me atrevería a decir, lejos de manifestarse como un delirio, posee la gravedad —y la robustez— de los cuerpos. Sencillamente, en nombre de una bondad hecha carne, y contra toda evidencia, el mal no pronunciará la última palabra. Y esta convicción es tanto profecía como mandato. Sobre todo si tenemos en cuenta que el Dios del que hablamos no es nadie sin la entrega del hombre —y porque no quiere ser sin el hombre. En este sentido, podríamos decir que el hombre carga sobre su débil espalda la responsabilidad de ayudar a Dios a ser, precisamente, Dios. De ahí que esta responsabilidad únicamente pueda asumirse donde no nos da la impresión de que haya Dios. Y de ahí también que la fe, en tanto que confianza, se exponga a la posibilidad de la derrota. No en vano los viejos creyentes concibieron la historia como un combate entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad. Al fin y al cabo, el nihilismo acontece cuando percibimos este combate como ficción —como si solo fuera materia para una nueva versión de Star wars. Pero esto último probablemente solo tenga que ver con nosotros. No con lo que es.

una vida examinada

abril 16, 2021 § 1 comentario

Como es sabido, hacia el final de la Apología de Sócrates topamos con una de las sentencias fundacionales de Occidente: no vale la pena vivir una vida que no se examine a sí misma. ¿Es realmente así? A muchos no se lo parece. Pues no hay examen que no suponga un quedarse en suspenso —y uno, espontáneamente, siempre prefiere pisar tierra firme. Pero ¿qué sería aquí tierra firme? La respuesta es sencilla: permanecer pegados a lo que se dice, se hace, se cree. Esto es, a lo impersonal. Sin embargo, esto es como decir que preferimos estar cerca de los chimpancés. Al menos, porque no parece que los chimpancés se pregunten por la verdad de cuanto se traen entre manos. De ahí que muchos digan que hay Dios o que son libres —o que hay amor— porque así lo sienten. Y esto les basta. Pero pocos se preguntan si es verdad que hay Dios o que son libres —o que lo suyo con su pareja es amor. Quizá los muchos tampoco anden tan equivocados. Y es que, en el momento de hacernos estas preguntas, no sabemos qué responder (en realidad, nunca lo sabremos). Y esto equivale a decir que nos situamos fuera de juego, en la distancia de quien contempla un espectáculo desde la grada. Un ciempiés sabe mover sus cien pies… siempre y cuando no se interrogue sobre cómo es capaz de hacerlo. Sin embargo, lo cierto es que, cuando el barco haga aguas —y con el tiempo, sin duda, terminará haciendo aguas—, será inevitable interrogarse por lo que pueda haber de sólido en cuanto nos sucede. Puede que, en este sentido, la filosofía —ese deseo de verdad— sea un intento de anticiparse al hundimiento del barco: que no nos pille sin saber nadar. Y aquí el saber nadar tiene mucho que ver con un saber estar por encima de cuanto nos pasa y apenas importa, en definitiva, con la libertad. O si se prefiere, con la fortaleza. Con todo, la cuestión es en nombre de qué llegamos, si es que llegamos alguna vez, a vivir una vida más robusta. Y la respuesta de la filosofía es en nombre de lo real, de lo que en modo alguno admite la modificación. Esto es, del misterio que abraza la existencia, aunque no sin también amenazarla (y aquí la amenaza es el vacío). Pues lo real es, precisamente, lo que siempre retrocede en su hacerse presente, lo que se resiste, en su alteridad, a la representación y, por eso mismo, roza lo ilusorio. Al menos, desde nuestro lado, el de las apariencias. Acaso sea por esta razón que, con respecto a lo real —a su eterno más allá de cualquier presente— tan solo podamos hacernos una idea… concibiendo imágenes increíbles. Hay más realidad en lo que tuvimos que perder de vista al nacer, por decirlo así, que en lo que cabe ver y tocar. No es casual que Sócrates confesara que, al fin y al cabo, no dejó de ser un ignorante. Suele decirse que la filosofía nace del asombro. Y es cierto. Lo que no suele decirse es que también nace de la sospecha. Ahora bien, el asombro y la sospecha, la estupefacción y la duda no van, cada una, por su lado, sino que se revelan como las dos caras de una misma moneda. Pues el filósofo se atreve a poner entre paréntesis lo que, en un principio, se le muestra sin fisuras porque antes quedó conmocionado ante el hecho de que hubiera algo en vez de nada.

dos condenados

abril 15, 2021 § 1 comentario

Que Occidente sea el fruto de dos condenas a muerte es algo conocido. De hecho, el mensaje de ambos ajusticiados ha llegado a ser un lugar común, aunque hoy en día quizá no sea tan común. Según Nietzsche —y nuestra época tiene mucho de nietzscheana—, sus últimas palabras son la raíz del nihilismo occidental. Pues nos convirtió en seres incapaces de jugar del lado la vida. En lugar de hombres y mujeres dispuestos a bailar, seres encorvados sobre su deficiencia, bajo el peso de lo elevado. Ahora bien, y contra el dictum de Nietzsche, si es cierto que tan solo una existencia reflexionada tiene valor; y si es cierto que únicamente quien sacrifica su vida por los que sufren, la ganará, entonces la mayoría anda fuera de juego. Al menos, porque la mayoría vive sin preguntarse por la verdad de cuanto cree o como si el pobre fuera un inconveniente, esto es, sin caer en la cuenta de su esencial extrañeza (y por eso mismo, de su demanda). En cualquier caso, que cuanto proclamaron ambos condenados se convirtiera en el tópico de Occidente hizo difícil, por no decir inviable, que pudiéramos comprender su carácter contranatura y, por tanto, interpelador. Como si bastara con saber cuál es el horizonte para continuar con lo nuestro. Esto es, para prescindir. Con todo, es cierto, hoy como antes, que sin una provocación que nos saque de quicio seguimos siendo bolas de billar, esclavos de nuestra circunstancia.

Deus sive natura

abril 14, 2021 § 1 comentario

Según el panteísmo decir Dios es lo mismo que decir naturaleza. Esto es, el todo. Y esto está muy cerca de decir que Dios es barbarie. Pues la naturaleza en modo alguno es inocente. Más bien se nos presenta como un poder capaz de destruirnos, aunque, por los logros de la técnica, hayamos dejado de tenerlo presente. En cambio, el Dios bíblico es la excepción —y en consecuencia, una moción a la totalidad. De ahí que ande rozando la imposibilidad, aquella que mantiene al mundo en vilo, pendiente de un veredicto final. Ahora bien, es precisamente en nombre de este Dios —un Dios desplazado a un porvenir absoluto— que nos libramos de la opresiva presencia del dios que no se distingue de cuanto es. Sin duda, existimos como los que fueron arrojados al mundo. Pero, por eso mismo, no pertenecemos al mundo.

Dios escupe sobre tu rostro

abril 13, 2021 § 1 comentario

¿Cómo incorporar la extrañeza propia de la alteridad? ¿Acaso bajo las figuras de lo monstruoso, tan fascinantes como terribles? Al menos, así fue durante buena parte de la historia de la humanidad. Sin embargo, toda figura es figura de, representación, imagen. Esto es, se halla en lugar de lo que, como tal, no admite una representación. El problema surge cuando confundimos la imagen con lo imaginado —cuando la entendemos como una descripción de lo que es. Supongamos, por ejemplo, que fuera cierto que existimos bajo el juicio de Dios —que el infierno es posible. En ese caso, ¿cómo tomárnoslo en serio? Pues Dios que nos juzga es invisible hasta el punto de rozar la nada. La respuesta es simple: solo por medio de una imagen. Aquí, los predicadores, con el propósito de provocar nuestra sensibilidad, tuvieron que recurrir a un Dios capaz de escupir sobre el rostro del hombre, por decirlo así. Y no es que esta imagen se la hubieran sacado de la manga. La encontramos en el NT (Ap 3 15-16): por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. El problema es que estas imágenes pasaron a ser inverosímiles, por no decir ridículas, donde Dios dejó de darse por descontado. ¿Significa esto que la confesión cristiana solo puede darse como abstracción o, en su defecto, como un vago sentimiento religioso con la excusa de un colgado en nombre de Dios? No me atrevería a decirlo. De hecho, el cristianismo, más que en las imágenes de lo santo, arraigó, y de buen comienzo, en el relato de lo que les ocurre a los hombres y mujeres de Dios, comenzando por el crucificado. De ahí que para incorporar —e incorporar significa, literalmente, hacer cuerpo de— al cristiano le baste con las historias ejemplares, aquellas que suceden, precisamente, sin Dios mediante: como si no hubiera Dios. Así, para comprender —y comprender no es simplemente entender— de que vá el Dios bíblico quizá tengamos suficiente con la niña de La zona gris, aquella que sobrevive a las cámaras de gas habiendo perdido, sin embargo, su capacidad mental, y cuya vida los sonderkommandos que tenían que haberla introducido en los hornos crematorios preservan como si fuera lo más sagrado de su sórdida existencia. Como si esa vida fuera, en definitiva, la que ocupa el lugar de un Dios que les ofrece una última oportunidad.

…y los creyentes tenían un solo corazón

abril 12, 2021 § 5 comentarios

En Hch 4, 32-35 leemos lo siguiente: entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que se necesitaba. Y añade: porque estaban poseídos por el espíritu de la resurrección (o lo que viene a ser lo mismo: de la redención). Estamos ante la verdadera eucaristía, la que consiste en compartir el pan de cada día: nadie sufrirá hambre. La cuestión, sin embargo, es cómo lo leemos. ¿Como una bonita historia? ¿Como si se nos hablase de una secta hippy o de una tribu amazónica en la que nadie parece poseer nada en propiedad? Es verdad que al leer este fragmento no podemos evitar conectar con nuestros mejores sentimientos. Ojalá fuese así, nos decimos (aunque quizá —añadimos en voz baja— no sea necesario ir tan lejos). Pero el cristianismo ¿no queda herido de muerte donde se limita a la promoción de las buenas vibraciones? ¿Como si se tratase simplemente de proporcionar la ilusión de un final feliz a los dramas de la existencia? ¿Acaso seguimos siendo como esos niños que se tranquilizan cuando alguien, con la suficiente autoridad, les dice qué deberían hacer? Ya sabemos cuál es el horizonte: ahora podemos seguir con lo nuestro. ¿Será porque ya no nos hallamos atravesados de redención? De ahí que leamos el fragmento de Hechos como si nada decisivo tuviera qué decirnos —como si en modo alguno nos sacudiese; como si en relato hubiesen unas cuantas dosis de fantasía (aunque, de ser así, bastaría con una sola comunidad que hubiera funcionado tal y como nos lo cuenta Lucas, lo cual es probable, para que no solo fuese una idealización). Es lo que tiene un cristianismo que ha olvidado su seriedad originaria. Y lo que acaso sea aún más decisivo, su alegría, aquella propia de los transformados por la salvación.

marcos conceptuales

abril 11, 2021 § 2 comentarios

La pregunta es simple: ¿podemos aún creer en lo que creyeron los primeros cristianos.? Esto es, ¿podemos tomarnos en serio que Dios se inmoló en una cruz para la redención de los hombres? Aquí, lo que se suele decir es que la experiencia que hay detrás de las formulaciones del credo todavía podemos tenerla nosotros… aunque nos veamos obligados a traducirlas. Pero al hacerlo se corre el riesgo de quedarnos solo con lo digerible del kerigma, como hizo en su momento Marción. Y es que el cristianismo se aleja de la revelación donde su mensaje se convierte en un punto de vista entre otros, en una interpretación que podemos aceptar como quien no quiere la cosa. Por no hablar de que no hay experiencia al margen del lenguaje con la que se expresa. Toda visión —y el cristianismo parte de las apariciones— va con una carga teórica. Pues ver es siempre un ver como, el cual depende del marco conceptual que nos es dado culturalmente. No hay dinero para los pueblos que siguen con el trueque, sino trozos de papel al que nosotros le damos un valor que, en realidad, no posee. Del mismo modo podríamos afirmar que no hay Dios que valga donde el mundo no admite un más allá que no sea el de una dimensión aún por descubrir —donde el presupuesto que rige la cosmovisión moderna es el de la centralidad del sujeto del saber. En este sentido, resulta elocuente que la fe se haya transformado en un supuesto. Tan solo hace falta que no sepamos qué hacer con la resurrección para darle la razón a Nietzsche. Y es que Nietzsche acaso no hiciera mucho más que tomarse el cristianismo al pie de la letra. ¿Un Dios que cuelga de una cruz? ¿En serio? ¿No será que ya hemos olvidado que significó la palabra Dios? Sencillamente, sin resurrección, Dios murió en el Gólgota. Y este es el problema. De ahí que, me atrevería a decir, la respuesta a la cuestión inicial —¿todavía es posible la fe?— exija, por un lado, volver a las historias, siempre demasiado humanas, en las que arraiga la confesión creyente, unas historias en las que Dios se ofrece, contra lo que una sensibilidad religiosa da por descontado, como el aún nadie; y, por otro, un discurso que se enfrente a los prejuicios antropológicos de la Modernidad, los cuales impiden —y no solo dificultan— cualquier sermo sobre Dios. O al menos, sobre el Dios que se reveló en un cadalso. Al fin y al cabo, quizá se trate de legitimar lo que para los primeros creyentes fue obvio, a saber: que existimos como los que se encuentran esencialmente expuestos a lo imposible, a lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Pues acaso lo imposible —que no lo paranormal— sea el estigma de una verdadera alteridad. Y quien dice alteridad, dice realidad.

aferrarse a la nada

abril 10, 2021 § 1 comentario

Nada hay más real que lo que perdimos de vista irreparablemente. Nada más real, por tanto, que el continuo más allá del otro (y esto podríamos considerarlo algo por defecto). De ahí que cuando el hombre quiso ocupar el lugar de Dios —cuando quiso dejarlo atrás— eligió, precisamente, abrazar la nada. O lo que es lo mismo, la ilusión. El nihilismo hunde su raíz en el despreció de Adán. El ateísmo, la negación de Dios, es nuestra marca de nacimiento. Aunque la oculte el fervor.

a vueltas con la omnipotencia de Dios: un divertimento lógico (o no tanto)

abril 9, 2021 § 3 comentarios

¿Hay algo que se le resista a un ser omnipotente? Si todo lo puede, entonces puede vencer cualquier resistencia. Ergo, tiene que haber algo que se le resista para que pueda ejercer, precisamente, su poder. Y tiene que haberlo eternamente. Ahora bien, dado que su victoria está asegurada, al tratarse de un ser omnipotente, cualquier resistencia es aparente o ilusoria. Por consiguiente, ante un ser omnipotente, no cabe una verdadera resistencia. Pero esto es lo mismo que decir que en verdad no la hay. Ahora bien, si no la hay, el poder no puede ejercerse como tal. El destino de la omnipotencia es, así, la impotencia, su cese como poder. Quizá tuviese razón Pablo, el apóstol, al proclamar que la genuina fuerza de Dios reside en su debilidad —en su vaciamiento, en su tener que retroceder ante su criatura. O por decirlo con otras palabras, en su ponerse en manos del hombre. Pues ningún hombre puede derrotar a un Dios que no es nadie sin el fiat del hombre. Al fin y al cabo, hay Dios porque el hombre pudo negarlo. (Y quien entienda esto último, entiende de qué hablamos en realidad cuando hablamos de Dios.)

Nietzsche y el cristianismo

abril 7, 2021 § 2 comentarios

La pregunta de Nietzsche es muy simple: ¿cómo fue posible el cristianismo? Esto es, ¿cómo pudo tener lugar una religión en la que Dios no se revela como un Dios entre otros —una fe tan contraria a lo que espontáneamente entendemos como inconmensurablemente superior? La pregunta tiene su qué. Pues muestra un estupor que ya perdimos de vista y que los primeros cristianos, antes del tercer día, vivieron a flor de piel. Y es que el cristianismo dice cosas muy extrañas. Imaginemos, pongamos por caso, que somos diseñadores de moda. Y que, en la pasarela de Milán, hacemos desfilar a taradas, en vez de a chicas modélicas: a una leprosa, a una deficiente mental, a una mujer de doscientos kilos de peso… añadiendo, con el micrófono en mano, que ellas, y no las típicas modelos, encarnan la verdadera belleza. ¿Cómo reaccionaría el público? Probablemente, no se lo tomaría en serio —no podrían hacerlo. Como si fuera la extravangancia de un genio, cuya última propuesta quiere llamarnos la atención al estilo de aquella campaña de Benetton protagonizada por un enfermo de SIDA. Pues bien, el cristianismo proclama algo igualmente difícil de tragar, a saber, que aquel que colgó de una cruz como un abandonado de Dios es aquel en el que Dios se reconoce, en definitiva, el modo de ser de Dios, su quién (y no solo su representante o enviado). Cristianamente, Dios se hace presente como Dios en la cruz. Estamos hablando de algo que una sensibilidad religiosa no puede admitir fácilmente. De ahí la pregunta de Nietzsche: ¿en verdad va en serio? ¿No está ello muy cerca de decir que, sencillamente, no hay Dios? ¿No deberíamos entender la declaración cristiana como una feroz ironía —como un ateísmo en clave religiosa? No es casual que el cristianismo, a la hora de hablar de Dios, comience (y termine) hablando de un hombre —y de un hombre que fracasa en nombre de Dios, al fin y al cabo, en su lugar. Pues el Dios que se revela en la cruz es el Dios que no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre, un Dios que quiso ponerse en manos del hombre para volver a ser el Dios que fue in illo tempore. En definitiva, un Dios que no quiere —y por extensión, no puede— darse como Dios sin el fiat de su engendro. Sin duda, nos encontramos bastante lejos del prejuicio de la religión, el que da, precisamente, a Dios por descontado —el que supone que Dios en modo alguno depende del hombre, sino que el hombre —y solo el hombre— depende de Dios. Hay más cristianismo en el relato de aquella adolescente de la antigua Palestina que se quedó embarazada del legionario que la forzó —y que, con todo, amó a su hijo como un don de Dios— que en cualquiera de las apariciones marianas. Hay más pureza en esa madre soltera que en un espectro virginal. El cristianismo se deforma cuando toma las imágenes de la pureza —algo así como el destilado símbólico de historias humanas, demasiado humanas— por descripciones. El milagro no apunta a lo paranormal, sino a lo imposible, a lo que el mundo no puede aceptar como posibilidad. Y aquí el milagro —lo imposible— no fue una concepción inexplicable, sino que la bondad fuese más fuerte que el horror.

Es cierto que el cristianismo no es solo el Gólgota. Hubo un tercer día. Por eso, de no haber habido resurrección, la fe, como dijera Pablo, sería un absurdo. Y este es el problema. Pues en la época en la que la resurrección no puede reconocerse como hecho —ni siquiera como un hecho del pasado—, el cristianismo hace aguas… y Nietzsche tiene razón. El problema, sin embargo, quizá resida en nosotros, en nuestra dificultad para admitir una realidad que no sea medible. Pues acaso sea más real lo que desapareció que lo presente. Pero este es otro asunto. Sea como sea, un cristiano, si quisiera confirmarse en la fe que ha heredado, haría bien en leerse El Anticristo. Al menos, para saber de qué va el tema.

¿nos ama Dios?

abril 6, 2021 § 1 comentario

¿Es cierto que hay Dios y que este nos ama? No lo sabemos. Podemos, sin duda, suponerlo. Como quien supone que somos la creación de una Matrix rebosante de buen rollo. Pero aquí corremos el riesgo de que lo que haya detrás no sea una posibilidad entre otras, sino la necesidad de creer en un Dios que es amor. Evidentemente, en este caso lo que prevalecería sería el sentimiento (y un simple sentimiento, contra lo que suele decirse, está lejos de ser una experiencia: más bien, la suplanta). Con todo, podríamos admitir que estamos ante un modo de ver cuanto nos rodea: como si hubiera un Dios que nos ampara. Y aquí poco hay que decir. Pues cada uno intenta, ante el dolor de la existencia, situarse en la perspectiva que más le consuela.

Por eso quiza la pregunta sea ¿cómo pudieron creerlo los primeros cristianos? La respuesta es simple: porque para ellos se trató de una revelación (y el acontecimiento revelador fue, sin duda, la resurrección; pues para ellos no fue lo que es para muchos cristianos de hoy en día, a saber, una interpretación). Ahora bien, el presupuesto de la revelación —y aquí deberíamos tener en cuenta que una revelación no es, precisamente, una confirmación— es que hay dioses y que, por su propia naturaleza, no es que estén muy dispuestos a prestarnos atención. De ahí la sorpresa, por no hablar del estupor de un Dios que decide entregarse por amor. Únicamente, en un mundo en el que la referencia a lo divino es natural puede darse la revelación de un Dios que, contra el prejuicio dominante, quiere reconocerse en el hombre. El problema es que, con el triunfo histórico del cristianismo, hemos llegado a olvidar el significado originario de la palabra Dios —y con ello el carácter revelador de la revelación. Y una vez el amor de Dios pasó a ser una obviedad, fueron suficientes unos dos mil años para que le perdiéramos el respeto a Dios. Pues aún respetamos a quien, pudiendo condenarnos, se decanta por la misericordia, pero difícilmente a quien nos la ofrece por defecto —a quien es misericordioso. Es el riesgo que corrió un Dios que, de tan íntimo, dejó atrás su exterioridad, su altura, su rareza. Como reza una sentencia talmúdica, todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios.

Es cierto que Agustín dijo aquello de interior intimo meo. Pero lo que no suele mencionarse es que a continuación añadió et superior summo meo, precisamente, lo que actualmente pocos son capaces de añadir. Sea como sea, donde la división entre lo divino y lo humano no se da por descontada, basta con creer en un amor de fondo o en el espíritu de interconexión para sentirse confortados. Es por eso que hoy en día muchos están convencidos de que, cuando el cristianismo proclama que Dios es amor, lo que está declarando propiamente es que el amor es divino. Pero no se entendió así en un principio. Será cierto, hoy en día como antes, que solo pueden hablar de Dios los que viven nuestra constitutiva vulnerabilidad a flor de piel, aquellos que, a casua de nuestro desprecio o pasotismo, son poco más que su invocación de Dios (y no los que han podido hacer de este mundo un hogar; o del hogar una fortaleza).

el escuchar y la resurrección de los muertos

abril 5, 2021 § Deja un comentario

El otro día, un sacerdote me decía que buena parte de su tiempo lo dedicaba a escuchar a la gente: todos necesitamos de alguien que nos escuche —me decía—; y pocos quieren escuchar. De acuerdo (pues, sencillamente, es así). Con todo, a veces lo que conviene es que no se nos escuche demasiado, no sea que terminemos lamiéndonos las heridas. O por decirlo de otro modo, a veces necesitamos a alguien que nos diga con la suficiente autoridad: levántate y anda. Hablamos, es obvio, de la necesidad de un padre. Y es que solo un padre —acaso porque está de vuelta— puede resucitar a quienes ya no tienen vida por delante. De ahí que, ante la extinción moderna de la figura paterna, proliferen los libros de autoayuda. Como si fuera posible salir del agua tirando del propio cabello, cuando lo cierto es que si logramos alcanzar la orilla fue porque confíamos en aquel que, siendo de carne y hueso, confío antes en nosotros —y confió duramente. Al fin y al cabo, hay un momento para mirarnos a los ojos y otro, no menos decisivo, para mirar en la misma dirección. El resto es un simple ir de compras, si es que tenemos el suficiente poder adquisitivo.

contra una resurrección por descontado

abril 4, 2021 § 2 comentarios

Jean Améry escribió lo siguiente sobre las torturas que le infligieron los nazis: el primer golpe hace consicente al prisionero de su desamparo —y ya contiene en germen de cuanto sufrirá más tarde—. Tras el primer golpe, la tortura y la muerte […] se presienten como posibilidades reales, incluso como certezas. […] Afuera nadie sabe lo que ocurre dentro, ni nadie hace nada por mí. […] Con el primer golpe se quebranta la confianza en el mundo. El otro, contra el que me sitúo físicamente en el mundo y con el que solo puedo convivir mientras no viole las fronteras de mi epidermis, me impone con el puño su propia corporalidad. Giulia sufrió abusos de su padre, al que adoraba, antes de que él la obligase a ejercer la prostitución. Maria sobrevivió al intento de su madre de ahogarla con sus propias manos porque no podía soportar haber tenido que renunciar a su juventud. Podríamos continuar hasta cansarnos. No hay orden simbólico que resista a la irrupción del horror —de aquel que, como un dios omnipotente, desea tu muerte—. Por defecto, lo real es lo inmodificable. Y lo inmodificable —lo que no admite un nuevo comienzo, ninguna reparación— es el Mal. La flores del campo, la belleza de los desiertos… escupen su ficción sobre el rostro de los muertos vivientes. El trauma —y solo el trauma— siempre fue el sello de lo real. Satán es el dueño del mundo. Y ante Satán, cualquier redención se presenta como ilusoria —cualquier más allá, como imposible. No hay vuelta atrás para los que la única alteridad es la de un ángel sin piedad. En lugar del sueño, el insomnio. En vez del éxtasis, los ojos bien abiertos. El desamparado ha sido despojado de una nueva oportunidad. Quien cree como quien no quiere la cosa que la naturaleza habla de Dios es que aún sigue en las gradas del espectador. Como dijera Primo Levi, tras Auschwitz no es que dejáramos de creer en Dios: dejamos de creer en la humanidad. No hay nadie en quien confiar. Ni siquiera en tus hijos.

¿Quién puede decir, por tanto, que todo terminará bien? ¿Acaso una esperanza naïve —la creencia en una bendición que se da por descontada— no es un insulto para aquellos que apuraron la copa de lo real? ¿No es como si nos riésemos en la cara de aquellos para los que el ángel de la muerte en modo alguno es una figura de la imaginación? ¿Quién puede declarar sin sonrojarse que vivimos atravesados por un amor de dimensiónes cósmicas, que solo Dios basta? No, ciertamente, los que no hemos vuelto con vida del infierno (y quien dice infierno, dice muerte). En modo alguno es casual que bíblicamente solo estén autorizados a hablarnos de Dios aquellos para los que, aparentemente, no hubo ningún Dios de su parte (y si tenemos que hablar, al menos que se hable en su nombre). De ahí que o hubo resurrección, o la esperanza es el trampantojo de quienes no pueden soportar que la película no termine bien. Tan solo, el resucitado puede proclamar que, al final, la luz vence a la oscuridad. Una fe que no arraigue en quienes, contra todo pronóstico, volvieron a la vida cuando no tenían vida por delante —una fe que no parta del milagro, del acontecimiento de lo imposible, de lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad— es una fe reducida a opinión. Y la opinión no interesa a nadie.

del final y las penúltimas cosas

abril 3, 2021 § Deja un comentario

Pensar la historia hasta el final es lo mismo que pensarla desde el final. Este es el prejuicio de la escatología. Y cristianamente, ya se sabe cuál es este final: el Argamedón, el día D del Juicio donde los muertos resucitarán para que los que tuvimos un cierto éxito comparezcamos ante los que la historia, precisamente, abandonó. Y aquí uno podría preguntarse qué tiempo viene después. Estrictamente, deberíamos hablar de un no-tiempo, pues humanamente el tiempo solo puede ser histórico —y el Juicio puso un punto y final a la historia. Ahora bien, ¿qué yo puede sobrevivir a un instante eterno? De ahí que, por lo común, naturalmente prefiramos seguir en las penúltimas cosas. Será que no formamos parte de aquellos que tan solo pueden preferir que esto termine ya. Sin embargo, a pesar del prejuicio, el horizonte de la escatología cristiana no es, propiamente hablando, el final, sino una nueva Creación, algo así como un reset cósmico. Aunque suene a increíble. O por eso mismo, tratándose de Dios.

vulnerables (y 2)

abril 2, 2021 § 1 comentario

Sin embargo, las mujeres y los hombres pueden limitarse a cargar con el peso de su vulnerabilidad —ni siquiera la identidad del yo está garantizada— sin necesidad de invocar a Dios. O mejor dicho, sin tomarse en serio la invocación que espontáneamente surge donde el mundo ha dejado de ser una posibilidad. Estamos solos y no hay nada qué hacer. Nada humano sobrevive a la catástrofe. Al menos, morir de pie (si se puede). Como sabemos, esto es muy griego. Y modernamente estamos más del lado de Atenas que de Jerusalén. De haber nacido en Grecia, las últimas palabras de Jesús no hubieran sido las que fueron —Dios mío, por qué me has abandonado; en tus manos encomiendo mi espíritu…—, sino las de Sócrates —Critón, debemos un gallo a Esculapio—, las cuales acaso constituyan su definitiva ironía. Como dijera Epicuro, hay dioses, pero no se ocupan de nosotros. No cabe esperar ninguna redención de su parte. Los gusanos se equivocarían si creyesen que estamos dispuestos a morir por ellos. De ahí que el cristianismo no pueda prescindir de la revelación. O lo que es lo mismo, del acontecimiento de la resurrección, el cual se nos ofreció a contrapié. Pues la convicción bíblica es que, antes de la redención que sucede a la catástrofe, lo humano aún está por ver. Y esto es, justamente, lo contrario a la tesis griega (y a lo que actualmente damos por sentado). De ahí que el cristiano de hoy en día no pueda invocar honestamente a Dios, mientras siga entendiendo la resurrección como metáfora de una experiencia interior —y difícilmente puede entenderlo de otro modo, si asume los presupuestos de la Modernidad. Su invocación cae, sencillamente, en el vacío. Y es que, en ausencia de resurrección, la cruz es la prueba de que no hay ningún Dios que esté del lado del hombre de Dios.

vulnerables

abril 1, 2021 § 2 comentarios

La experiencia de la propia vulnerabilidad se encuentra en el centro de la vivencia religiosa. No en vano, Schleiermacher hablaba del sentimiento de dependencia como el sentimiento fundamental de la fe. Es a partir de esta convicción corporal, por decirlo así, que los enunciados básicos de la religión devienen inteligibles. Podríamos decir que, con respecto a este asunto, el libro de cabecera es el Eclesiastés: uno es polvo (aunque pueda ser polvo enamorado que diría Quevedo). Creer lo contrario —vivirlo— es vanidad y alimentarse de viento. Sencillamente, no somos el centro. Existimos como descentrados. Por tanto, lo natural es que el niño invoque al padre que encuentra en falta. Y desde el suelo de la fe seguimos, de algún modo, en la infancia. Sobre todo cuando apenas somos algo más que dolor. Aquí la cuestión es si hay un padre al que invocar. Esto es, si acaso el hombre, como dijera Sartre, no será una pasión inútil. El horizonte de nuestro estar en el mundo no es el dominio, ni siquiera del dominio de sí. Podríamos dar por sentado que existimos ante un poder que nos sobrepasa. Y aquí no es necesario ponerle un rostro: basta con la infinitud del cosmos. Creer que dicho poder nos tiene en cuenta ¿no supondrá rebajar su exceso? Sin embargo, quien vive como si este no tuviera que ver con él ¿no habrá hecho del mismo un espectáculo?

En cualquier caso, y teniendo lo anterior en cuenta ¿no debería dejarnos estupefactos que Dios, como proclama el cristianismo, nos haya amado hasta el punto de sacrificarse por nosotros? Más aún: ¿podría un cristiano continuar proclamándolo de no seguir creyendo en el hecho de la resurrección, aunque como tal solo pudiera darse en un mundo capaz de apariciones? Que la resurrección se haya actualizado en metáfora — que fácilmente muchos cristianos de hoy en día la entiendan como un modo de hablar— ¿no hará del Dios cristiano, precisamente, un no-Dios? Y por eso mismo, la fe ¿no será actualmente una especie de ateísmo irónico? Que el poder de Dios se manfieste en la debilidad del Hijo —Pablo, dixit— ¿no está cerca del oxímoron? ¿Podemos tomarnos en serio que la resurrección —ese imposible— fue el acto de un Dios impotente? Acaso ello ¿no implicaría hacer de esa impotencia una impotencia táctica? ¿Pudo Dios humillarse hasta el punto de colgar de una cruz y seguir siendo divino? La Trinidad ¿es inteligible donde la esencia de Dios se concibe al margen del cuerpo del hombre que fue Jesús de Nazaret? ¿Fue la cristiandad un malentendido? Es posible que no sepamos qué afirma el cristianismo mientras no respondamos a estos interrogantes. Aun cuando también es posible que las respuestas se nos dieran en su momento —desde Agustín hasta Anselmo— y que, simplemente, nosotros, como hombres y mujeres modernos, ya no podamos aceptarlas.

leer los evangelios

marzo 31, 2021 § 3 comentarios

Los evangelios se escriben desde la convicción de que Jesús había resucitado (y por eso mismo, los testigos de la resurrección creyeron que el fin de los tiempos era inminente). No es algo en lo que hoy en día podamos creer como quien no quiere la cosa. Para nosotros, la resurrección está lejos de ser un hecho del pasado como lo es, por ejemplo, la batalla de Stalingrado. Más bien, presuponemos que la experiencia de los testigos fue visionaria, y que como tal se expresa en el lenguaje de una época. De ahí que tendamos a traducirlo. Como si el kerigma de la resurrección fuese un modo de hablar. Sin embargo, no lo fue en su momento. Y esto es importante tenerlo en cuenta. Pues la fe pasa a ser otra cosa donde dejamos a un lado el hecho de la resurrección.

No hay visión que no posea una carga teórica, por decirlo así, —que no suponga un ver como; que no incopore un cierto saber. Es cierto que los exegetas suelen decir que el lenguaje de la resurrección coexistió inicialmente con otros lenguajes, en particular, con el de la exaltación (como si Jesús fuese un nuevo Elías). Pero al igual que, en el origen, hubieron diferentes cristianismos (y no por eso el creyente relativiza las fórmulas del credo). Que no haya origen que sea químicamente puro no afecta al posible valor de verdad del precipitado. Llegados a este punto podríamos añadir, como sostienen algunos teólogos, que la resurrección tan solo fue un hecho para quienes previamente creyeron en Jesús —que solo hay resurrección para los ojos de la fe. Sin embargo, el fundamento de la fe —el que Jesús hubiese resucitado— no puede presentarse como su resultado. El presupuesto de la fe en la resurrección no es la fe en Jesús como Hijo de Dios —no puede serlo: la cruz fue un desmentido, por no decir un escándalo—, sino el marco conceptual del mesianismo apocalíptico del segundo Templo. La resurrección como dato, aunque problemático, confirmó una expectativa, a pesar de que esta tuviera que ajustarse, y de manera notable, al desastre —literalmente— del Gólgota (y de ahí, que el cristianismo hable de revelación y no de iluminación). Jesús no se apareció —ni podía aparecer— a quienes no esperaban un enviado del cielo que pusiese un punto y final a la historia. Y esto es muy distinto que decir que solo se apareció a quienes creyeron ex ante que era el Hijo de Dios.

En cualquier caso, hacemos trampas cuando, con la intención de poder decir que seguimos creyendo en lo mismo, actualizamos la fe en la resurrección en términos modernamente digeribles. Como si la experiencia de los testigos fuese independiente del lenguaje con el que se articuló. Quienes proclamaron la resurrección del crucificado no quisieron decir simplemente, aunque a su modo, que Jesús seguía vivo en sus corazones. Si seguía vivo es porque había sido resucitado por Dios. Invertir la secuencia supone caer, cuando menos, en la deshonestidad intelectual. Ciertamente, la omnipotencia de Dios es un punto de partida para quien cree. En este sentido, podríamos decir que la resurrección fue el efecto de una intervención ex machina de Dios. Como si se tratase del milagro definitivo —del suceso paranormal par excellence. Y probablemente así lo vieron los primeros cristianos. Pero la cosa no termina de casar con un Dios que no quiso ser Dios sin aquel en quien se reconoció in illo tempore —con un Dios que, dentro de los tiempos históricos, aún no fue nadie con anterioridad al fiat del crucificado y que, por eso mismo, no pudo hacer otra cosa que guardar silencio en Getsemaní. Ahora bien, si esto es cierto, entonces quizá tengamos que admitir, contra el prejuicio religioso, que la resurrección, al igual que la caída, afectó tanto al hombre como a Dios. Y esto está muy cerca de confesar que Dios vuelve a la vida con el cuerpo de un hombre, lo cual es, sencillamente, inaceptable para quien posea una sensibilidad espontáneamente religiosa.

Por ello, para quedar conmovidos por la Revelación —y por lo que esta tiene de iconoclasta— antes tendríamos que volver a tomarnos en serio la palabra Dios, aun admitiendo la pluralidad de sus significaciones. Pues no cabe hablar del Dios verdadero donde hemos perdido de vista que supone estar bajo el poder de una divinidad en falso. Pero eso quizá no dependa de nosotros.

una historia del cristianismo en tres pasos

marzo 30, 2021 § 3 comentarios

Uno: en la cruz, los dioses huyen definitivamente del mundo. Su lugar lo ocupa un Dios verdadero, un no-dios. Para quien sabe qué fue un dios, reconocer al verdadero Dios en una cruz está muy cerca de decir que no hay Dios. Pues confesar que el crucificado es el modo de ser de Dios —su quién— y no solo su heraldo o representante casi equivale a proclamar que Dios en sí mismo es una entelequia. Religiosamente hablando, resulta difícil de tragar que el Dios verdadero sea inseparable de un colgado en su nombre, de alguien que muere como un apestado de Dios. La resurrección, sin embargo, tapa el agujero. De no haber habido resurrección, el cristianismo hubiera sido la gran ironía de la historia.

Dos: el cristianismo se transforma en cristiandad. El Dios verdadero vuelve a adoptar el rostro de un dios. Resurge el paganismo, solo que sin pluralidad (y con otros temas, ciertamente). El Dios único funciona como el trasunto de la divinidad suprema de las religiones de antaño. El sacrificio sigue siendo el medio par excellence de acceso a Dios, aun cuando devenga un asunto interno, personal, el instrumento de un ideal ascético. Como si el cristianismo hubiese descuidado que el sacrificio que nos reconcilió con Dios, no fue el de los sacerdotes, sino el de Dios. En este sentido, no es casual que la Encarnación fuese interpretada a la religiosa. Para la cristiandad, Jesús fue, sencillamente, un dios paseándose por la tierra. De hecho, la Iglesia triunfa tolerando de facto las herejías que condena de iure. No hay éxito que no repose sobre un malentendido.

Tres: el credo cristiano es entendido, hoy en día, como un modo de hablar. Nadie, salvo quizá algunos eruditos, comprende sus fórmulas, conservadas, eso sí, en formol. De este modo, fácilmente sostenemos que el lenguaje de la resurrección fue una manera de decir que Jesús seguía vivo en el corazón del creyente o que su causa continuaba. Como si la experiencia originaria fuese traducible sin pérdidas. Del cristianismo solo se acepta lo modernamente aceptable, lo que encaja con los presupuestos de una mentalidad para la que tan solo puede darse lo posible. En la Modernidad, el cristianismo auténtico sobrevive como arrianismo. De ahí que veamos como obvio lo que en modo alguno es obvio, a saber, que el cristianismo es una perspectiva religiosa entre otras. Que Dios cuelgue de un madero como si fuese una alimaña ya no es motivo de escándalo. Así, Dios ha quedado reducido a un denominador común, a una especie de arkhé. Nada más racional que una divinidad de fondo. Sin embargo, Dios en verdad nunca fue homologable a lo que espontáneamente pasa por divino. Que actualmente nos lo parezca es un síntoma —otro más— de que Nietzsche no andaba desencaminado. Ahora bien, el Dios verdadero muere, no cuando deviene increíble, sino cuando los hombres dejamos de creer que no hay otra realidad —otra alteridad— que la imposible, aquella que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Y no porque se trate de algo que se ubique en un mundo inconcebible —no hay mundo que no sea concebible—, sino porque no hay nada más real que lo que fue desplazado a un tiempo anterior a los tiempos (y que, por eso mismo, solo podemos esperar contra cualquier expectativa). Dios, al igual que los sobrantes, no cuenta. Nunca contó. Pues de Dios, hoy como siempre, tan solo lo debido a Dios, a su retroceso o paso atrás.

la corresponsal

marzo 29, 2021 § Deja un comentario

El otro día vi A private war, un biopic basado en Marie Colvin, corresponsal de guerra del The Sunday Times, un mito del periodismo británico. La película es, me atrevería a decir, mediocre. No porque no esté bien filmada, sino porque lo que cuenta está muy por encima de cómo lo cuenta. Demasiados primeros planos de la protagonista con rostro desencajado (aun cuando ella, ciertamente, fuese una outsider). Sin embargo, lo interesante de la película es el contraste que muestra entre el mundo al que ella pertenece —la sociedad acomodada londinense— y el que narra en sus reportajes. Los hombres y las mujeres del primero —literalmente, otro mundo para las víctimas de la guerra— no ven morir a sus hijos bajo las bombas del enemigo. No sufren la impiedad de las potencias. No saben —no sabemos— qué es vivir bajo el silencio de Dios. Sencillamente, son los que cuentan —los que pueden observar la desgracia desde la atalaya del espectador. Y acaso, por eso mismo, lo único que tienen que contar sea la dura existencia de los que no cuentan. El contraste entre ambos mundos clama al cielo —y lo hace con el llanto de las madres que solo tienen agua y azúcar para alimentar a sus hijos agonizantes. Ellas y sus hijos no importan a nadie. El último tramo de la película —el del bombardeo de Homs— da fe de lo que supone, humanamente, estar en el lado de los que pierden. Basta con verlo para darse cuenta de que no es lo mismo quedar traumatizado por el horror, como en el caso de la protagonista —al menos, según la película—, que convertirse en rehén de quienes apenas son algo más que su pesadumbre. Como si no hubiera otro Dios que esas madres de Homs —otro Dios que aquel cuyo espíritu es un hedor.

del sentimiento de formar parte

marzo 28, 2021 § Deja un comentario

Decía Merton —cito de memoria— que tarde o temprano deberíamos caer en la cuenta de que nos hallamos en medio de aguas que nos cubren. Y no seré yo quien le lleve la contraria. Podríamos decir que el sentimiento de formar parte es saludable. Sencillamente, se equivoca quien cree que él es el centro. Sin embargo, hoy en día, es lo que cualquiera da por descontado. El sentido de la trascendencia no flota en el ambiente. Nuestro punto de partida es narcisista —y por extensión también nuestras preocupaciones. De ahí que la sentencia de Merton —y las espiritualidades que sintonizan con ella— tenga efectos, cuando menos, balsámicos o compensatorios en aquellos que comienzan a hartarse de sí mismos (y de una vida meramente inercial). Sin embargo, lo cierto es que la separación no obedece simplemente a un error de perspectiva. No se trata solo de volver a conectarse con el fondo nutricio del cosmos —no es cuestión de saber qué dieta seguir— o de ver las cosas con los ojos del asombro. Pues la separación no es espacial, sino temporal. De ahí que el todo nunca sea el todo, sino un todo en el aire, puesto en suspenso No es que nos falte poder vital, nos falta el Padre, por decirlo así. Y la espiritualidad que se desprende de esta falta —o de su su porvenir— no termina de casar con la de la reconexión.

de la muerte de Dios (one more time)

marzo 27, 2021 § 3 comentarios

La Modernidad no es la época de la muerte de Dios. Dios murió —mejor dicho, quedó agonizando— con el desafío de Adán. La época de la muerte de Dios —o de su eclipse, como dijera Buber— coincide, sencillamente, con la historia, aunque la Modernidad legitime, por decirlo así, la situación en la que nos encontramos por defecto una vez fuimos arrojados al mundo. Los padres que perdieron a un hijo están muertos: sencillamente, no tienen vida por delante. Y Dios perdió a su criatura cuando esta creyó que podría valerse sin Dios. Siguiendo el paralelismo, podríamos decir que los padres que vieron morir a su hijo solo pueden volver a la vida con la nueva vida del hijo, esto es, con su resurrección. Y esto está muy cerca de lo increíble, por decirlo suavemente. De ahí que el cristianismo se halle a un paso del nihilismo. Pues proclamar que sin resurrección la fe es un sinsentido —Pablo dixit— es casi como confesar que, de hecho, lo es.

del amor de Dios

marzo 26, 2021 § Deja un comentario

Cristianamente, Dios es amor. De acuerdo. Pero diría que al confesarlo hay que ir con cuidado para no confundir las churras con las merinas. Pues fácilmente terminamos creyendo que el amor es Dios… como si Dios fuera simplemente un nombre para el amor —o la buena vibración— que infunde vida al cosmos. Como si, al fin y al cabo, la redención consistiera en entrar en conexión con ese amor (y aquí uno difícilmente puede evitar la impresión de que estamos ante un whisful thinking). Pero no es esto lo que quiere darnos a entender Juan en su primera carta. Dejando al margen que no hay amor que no sea, de algún modo, sacrificial —y lo que esto significa con respecto a Dios es que el sacrificio que nos reconcilia con Dios, no es el del hombre, sino el de Dios—, lo cierto es que el amor solo puede ser narrado. No hay amor sin historia de amor. Pues esto del amor es una larga marcha. El amor tiene poco que ver con el y comieron perdices. De hecho, comienza, si es que comienza, donde terminan las películas románticas. De ahí que proclamar que Dios es amor equivalga a decir que Dios se da como historia de Dios o, mejor dicho, como la historia de la relación entre Dios y el hombre. El amor arranca con el encuentro entre extraños o, si se preferiere, con su coincidencia. Sin embargo, luego viene, inevitablemente, el desencuentro. Uno tiene que contar con ello. Es lo que tiene que el otro sea, precisamente, otro. Y aquí se plantea la cuestión sobre cómo lidiar con el desencaje. Y me atrevería a decir que únicamente con muchas dosis de perdón. Por no hablar de que los amantes no son nadie sin aquel o aquella a quien aman. Aplíquese esto a Dios y toparemos con un Dios que poco tiene que ver con el que, religiosamente, damos por descontado. Aunque se lo encubra con montañas de bondad.

sobre el poder

marzo 25, 2021 § 3 comentarios

El poder es fascinante. Adán sintió la tentación del poder. Pues aquel que aspira a detentar un genuino poder aspira, en definitiva, a poder ser como Dios, esto es, invisible: nadie te juzga. Así, desembarazarse de Dios supone dejar atrás nuestra filiación (y la responsabilidad que implica). Sin embargo, no es posible desprenderse de Dios como quien arrincona un mueble viejo. En su lugar, la voz —ese resto (y no hay otra realidad que la del resto)— que, como mosca cojonera, no deja de interrogarte por el lugar de Abel. Y es que la alteridad se revela como demanda… antes incluso que como ese misterio que, por irreductible, nos deja sin palabras. Y aquí hay que tener en cuenta que cuando hablamos de demanda hablamos tanto de una invocación como de una acusación. En ambos casos, de lo que se trata es de responder (y no solo de reaccionar). Aunque el perdón vaya por delante.

sobre la piedad cristiana

marzo 24, 2021 § 3 comentarios

La piedad llega, sobre todo, a través de imágenes paranormales: un ángel, la virgen, un mundo espiritual, el resucitado… Así, llegamos a creer que hay lo que imaginamos, sin que nos preguntemos por su verdad. Es lo que tiene satisfacer las necesidades de la sensibilidad. Pero el monoteísmo condena las imágenes. ¿Qué piedad, entonces, para el iconoclasta? Judíamente, únicamente la que arraiga en el memorial. Recuerda de dónde vienes, qué sucedió en el Mar Rojo, en Auschwitz, en el Gólgota… También, como viera Ignacio, la que nace de una composición de lugar, la cual consiste en recrear imaginativamente los relatos evangélicos… como si uno estuviera presente. Ciertamente, la piedad está al servicio de la modificación de la sensibilidad. De ahí que donde no hay piedad, la revelación se reduzca a concepto. El cuerpo no acompaña (y por eso mismo, no hay incorporación). Ahora bien, cuando la piedad llega a través de las imágenes que satisfacen la inclinación espontáneamente religiosa, la modificación apenas modifica. Es posible que el impasse actual del cristianismo tenga que ver con que, tras la crítica ilustrada a la superstición, no supo proponer una piedad sin imágenes. Aunque tampoco era fácil o incluso viable, si se trataba de seguir siendo popular.

de espaldas

marzo 23, 2021 § 1 comentario

Que Moisés viera a Dios de espaldas tiene su envés en nuestro existir de espaldas a Dios, mejor dicho, a lo debido al retroceso de Dios. Así, la mujer, en su intimidad, es inalcanzable para el hombre —y esto es lo innegable del encuentro (aunque, por eso mismo, puede haber precisamente encuentro: porque nunca la poseerá podrá amarla). También podríamos decirlo a la inversa. Sin embargo, en el día a día permanece el trato, el intercambio, la dominación y su reverso formal, la amabilidad. No en vano el horizonte de la religión siempre fue la religación. Pues su punto de partida es nuestro alejamiento de lo que en verdad tiene lugar y no únicamente sucede. En este sentido, la verdad pertenece a un pasado anterior a los tiempos, un pasado cuyo eco escuchamos en el silencio de los desiertos. En el mundo, andamos distraídos de lo esencial. Demasiado ruido, demasiada dispersión. Como si hubiera verdad, pero no (aún) para nosotros. Y evidentemente, quien permanece ciego a esta distancia no se diferencia mucho del chimpancé. Su yo apenas se distingue de su circunstancia. Ningún chimpancé clama al cielo —ningún chimpancé escucha la invocación del indigente que encubren los cuerpos. En cualquier caso, reacciona.

el diálogo interreligioso y la irrelevancia actual del cristianismo

marzo 22, 2021 § 3 comentarios

La tesis de la espiritualidad transconfesional —la idea de que todos, en el fondo, creemos en el mismo Dios aunque por vías distintas— ¿no será, al menos, desde el lado cristiano, un intento, acaso desesperado, de salvar al cristianismo de su actual irrelevancia (por ininteligible)? Y es que, hoy por hoy, resulta difícil sostener que Dios no es un elefante palpado por ciegos. Sin embargo, la convicción de que no hay otro Dios que el encarnado no termina de casar, a pesar del aire de familia, ni con Alá ni con la nada del budismo. Pues aquí no se trata de palpar, sino de ser palpado, por decirlo así.

Matusalén

marzo 21, 2021 § Deja un comentario

Quizá la experiencia de Dios —o de un hallarse en manos de— sea más instensa donde, como en los primeros tiempos de Isarel, la inmortalidad no está garantizada, ni siquiera para los justos. En lugar de la inmortalidad, a lo sumo una vida fecunda. Pues donde creemos, aunque sea vagamente, en una inmortalidad por defecto, tarde o temprano podremos prescindir de Dios. La experiencia del don va con el plazo. Así, no es causal que la esperanza en una nueva creación, ciertamente increíble desde nuestro lado, surja en Israel solo ante la cuestión, siempre sagantre, del justo sufriente. Esto no suele tenerse en cuenta. Pero tampoco que, con esta nueva esperanza, nos desplazamos de un Dios a la religiosa —un Dios por descontado— a un Dios imposible, aquel cuyo porvenir, precisamente, no puede concebirse como una posibilidad del mundo.

el problema del sufrimiento

marzo 20, 2021 § 5 comentarios

A veces nos preguntamos qué decir a quienes sufren. Muchas de nuestras palabras son fórmulas de compromiso, sobre todo si las pronunciamos para salir del paso, cuando en la mayoría de las ocasiones acaso sea preferible guardar silencio junto al sufriente. Todo irá bien. De acuerdo. Sin embargo, hay sufrimientos irreparables —y más si son culpables. Introdujiste a tus hijos en las cámaras de gas y no tuviste el valor de entrar con ellos —Abraham Bomba en Shoa—; los viste morir a manos del enemigo o en el mar mientras intentabas alcanzar la orilla en una patera a reventar: ya no tienes vida por delante. La muerte ha vencido. ¿Qué palabras pueden consolarte? ¿Qué actos, liberarte? Los que sufren lo que quieren es dejar de sufrir —que el séptimo de caballería corte las alambradas del lager, que el cáncer no sea devastador, que tus hijos puedan comer el pan de cada día, que haya un nuevo comienzo. Pero ¿y si no fuera posible? Ante el sufrimiento irreparable, ¿qué cabe esperar? Cristianamente, tan solo hay una respuesta: el horror no tendrá la última palabra; los muertos resucitarán y la Creación será restaurada. Ahora bien, lo cierto es que hoy en día pocos cristianos son capaces de ofrecer esta esperanza. Como si el proclamarla les sonara a tranquilo que ya resucitarás —como si se tratase de una fórmula más para salir del paso. Sin embargo, y dejando al margen de que aquí damos por sentado que la resurrección es meramente compensatoria —que no irá con nuestra condena (y aquí conviene recordar que la resurrección es la antesala del Juicio)—, el que nos suene a fórmula ¿no tendrá que ver con nuestra falta de fe? ¿Acaso los primeros cristianos no estuvieron convencidos de que, a partir del tercer día, todo presente es un tiempo terminal? ¿Acaso no vivieron la resurrección del crucificado como una genuina liberación? Su alegría ¿fue un delirio? Ciertamente, la fe —la confianza— en la resurrección de la carne es increíble. Pero el creyente ¿no vive de la imposible posibilidad de Dios en nombre, precisamente, del tener lugar de Dios como resucitado? Sin resurrección, la cruz es el final: Dios no estaba junto al hombre de Dios. ¿Qué esperar? Hay quienes gozan y quienes sufren. Y a unos les ha tocado sufrir lo indecible. Ninguna respuesta que no sea nada a la pregunta mesiánica por excelencia —¿qué pueden esperar las víctimas de la historia, aquellos a los que la vida les fue arrancada injustamente antes de tiempo? El problema del cristianismo de hoy en día es que no sabe qué hacer con la resurrección de los muertos. Como si fuese un modo de hablar. ¿Será porque el dolor del hermano no nos duele lo suficiente? De ahí que, en su lugar, se propongan sucedáneos —que si resiliencia, que si un cierto sentimiento de plenitud en medio del dolor… Y, sin duda, haberlos, haylos (y tampoco es que sean poca cosa). Pero ¿qué valen ante sufrimientos irreparables? Por eso, quizá no estaría de más tener en cuenta que con respecto a Dios estamos más cerca de lo imposible que de lo posible. Que la fe, al fin y al cabo, arraiga en el acontecimiento de la bondad en medio de los infiernos de este mundo; que es en nombre de los mártires, por decirlo así, que podemos esperar, contra cualquier expectativa, que el que siempre niega en modo alguno tendrá la última palabra. Aunque nosotros no podamos pronunciarla —pero tampoco solo un Dios que no es nadie (ni quiere serlo) sin el fiat del hombre.

la raíz del ateísmo

marzo 19, 2021 § Deja un comentario

¿Quienes somos como modernos? Pues aquellos que, de entrada, ya no nos sentimos bajo la amenaza de lo gigantesco, de un poder sobrenatural. No parece que en el cosmos haya un dios que esté dispuesto a devorarnos. Las emociones que dieron pie a la sumisión religiosa han quedado almacenadas en las películas de terror. Nacemos dentro de una torre de control. Todo se nos ofrece en el marco de, cuando menos, un posible dominio. Sin embargo, acaso el primer paso hacia la muerte de Dios lo diera el monoteísmo bíblico, al desplazar a la experiencia de lo divino al territorio de lo moral: lo que nos puede en verdad no es la desmesura del fenómeno paranormal, sino la desproporción del llanto que clama al cielo. Y ello en nombre de un Dios que no tiene otra voz que la de los abandonados de Dios. Tan solo hizo falta que dicho llanto dejara de acusarnos —que lo viésemos como algo a solucionar políticamente— como para que ya no supiéramos que hacer con el nombre de Dios.

asombro y curiosidad

marzo 18, 2021 § 6 comentarios

La verdad está del lado del asombro, no de lo certificable. Al fin y al cabo, lo certificable es trivial, aunque discutible. Pues cuanto se certifica es en cualquier caso un hecho —y los hechos siempre se observan desde una determinada posición o sensibilidad, esto es, en relación con. En cambio, lo que reclama nuestro asombro no admite discusión: que el mundo simplemente sea; que la hierba crezca; que haya alguien frente a ti (y no tan solo un cuerpo disponible)… La rosa es sin porqué, como decía el Silesius. O lo ves, o no lo ves. Uno se asombra de la desmesura de lo simplemente dado, en definitiva, de su carácter intocable (y no de lo que fácilmente nos impresiona por gigantesco). Y es que la verdad, antes que adecuación entre lo que decimos y los hechos, es lo que acontece y no simplemente pasa o sucede. Por eso, la verdad no supone un tomar nota, sino un caer en la cuenta de lo que siempre estruvo ahí y, con todo, no supimos ver. La caída —la desaparición de la genuina alteridad, la naturaleza espectral de la presencia—, sin duda, fue el precio que tuvimos que pagar para dominar el mundo (y de paso ahogarlo). En el día a día, vivimos de espaldas —y de ahí que prevalezca el trato, el comercio, la desintegración. No es causal que la curiosidad, ese sucedáneo del asombro, haya estado bajo sospecha desde los tiempos de Agustín hasta los modernos. Y es que, al igual que la novedad nos aleja de lo nuevo —al menos, porque lo nuevo únicamente puede irrumpir como regreso de lo que perdimos de vista, es decir, como interrupción—, la curiosidad, en tanto que apunta a un objeto por descubrir, nos distancia del presente. En el doble sentido de la expresión.

no es quien te imaginas

marzo 17, 2021 § 1 comentario

A lo largo de la tradición judeocristiana, se fue instalando en la conciencia creyente la idea de Dios como el gran otro —como el sujeto del saber y el poder. Esto es, la idea de Dios como Padre. Él posee la solución. Y por eso invocamos su ayuda. Sin embargo, al dar por supuesto que Dios está por la labor, el creyente más que creer en Dios cree en la ayuda de Dios, como dijera Yeshayahu Leibowitz a propósito de aquellos que dejaron de creer tras sobrevivir a Auschwitz. Es verdad que aquí podríamos preguntarnos si la fe, más allá de un postrarse ante la desmesura de lo divino, no supone también —y quizá sobre todo— un confiar en la intervención de Dios; en que, por la gracia de Dios, el horror no será el final. Pero, con independencia de lo que podamos decir al respecto, lo cierto es que, según el cristianismo, Dios no termina de coincidir con la idea que, espontáneamente, nos hacemos de Dios. Pues, lejos de presentarse como el sujeto del saber y el poder —de hecho, este sujeto no deja de ser una figura de la imaginación—, se reveló como el hijo de unos parias. Dios no satisface nuestras preferencias acerca de Dios. Al contrario: su poder —la fuerza de su espíritu— es el de su impotencia. ¿Buscas a Dios? Ahí lo tienes: es un desvalido, la criatura de unos inmigrantes que no tienen donde pasar la noche. Como el gran Otro, en realidad, no es nadie. O mejor dicho, aún no lo es sin la ayuda del hombre. Dios es su indigencia, su pobreza como Dios. De ahí que se identifique con los abandonados de Dios —que aparezca como el que clama por el hombre con la voz de los nadie. La sentencia de Atanasio —Dios se hizo hombre para que los hombres pudieran hacerse partícipes de la naturaleza divina— debería entenderse, por tanto, en este sentido: la condición de hijos de Dios es restaurada solo a través de nuestra respuesta —y una respuesta confiada— a su invocación. Y es que la filiación no se decide en la infancia, sino con la madurez. Pues el destino del hijo es el de acabar cargando con el peso de un padre que, contra nuestras fantasías, se reveló como un hombre de carne y hueso. Traducción: cuidando de él cuando ya no valga para mucho más que para ofrecernos su bendición y, por eso mismo, su espíritu. No es casual que el cristianismo esté a un paso de caer en el ateísmo. Pues podríamos decir que el ateo es aquel que, tras el desengaño que implica la revelación, desestima a papá, si es que no lo desprecia. Nunca tuve un padre. Sin embargo, aquí no estaría de más tener en cuenta la lúcida reflexión de Nietzsche a propósito de la muerte de Dios, a saber, que tras haber vaciado el altar de Dios, quizá tendríamos que preguntarnos qué dios hemos puesto en su lugar. ¿El éxito? ¿El amor romántico? ¿El poder? ¿Cuanto se dice o se hace? Y es que el ateísmo, como dijera el mismo Nietzsche, es lo más difícil. Aunque, de hecho, nazcamos como aquellos que negaron a Dios.

la cruz y la espada

marzo 16, 2021 § 1 comentario

Los misioneros cristianos fueron con la cruz. Pero los conversos —desde las américas hasta Oriente— vieron, sobre todo, la espada que los acompañaba. No debería extrañarnos que el cristianismo se haya entendido, por sus víctimas, como la expresión del colonialismo, esto es, como la religión de los vencedores. Así, se confirmó algo que fue evidente para el viejo politeísmo, a saber, que el dios verdadero es el de los pueblos con mejores armas. Los malentendidos son la savia de los triunfos históricos. En este sentido, la lectura del libro de Abdelmunin Aya —Islam sin Dios— resulta sumamente instructiva. Al menos, para saber de qué hablamos cuando hablamos del Islam.

concepto o experiencia

marzo 15, 2021 § 1 comentario

La muerte de Dios o al menos del Dios de la tradición bíblica ¿supone únicamente la irrelevancia actual del discurso sobre un Dios personal o más bien la desaparición de la experiencia que hay detrás? Pero si se trata de lo segundo, ¿acaso la muerte de Dios no va con la del hombre, como sostuvo el mismo Nietzsche? Puede que tan solo quepa recuperar el sermo sobre Dios contando las historias de aquellos hombres y mujeres cuyas vidas o, mejor dicho, cuyos últimos gestos incorporan, literalmente, la realidad de un Dios que nunca quiso aparecer como dios (y que, por tanto, no cabe imaginar como tal). No hay teología que, en el fondo, no sea narrativa.

la ironía del cristianismo

marzo 14, 2021 § 3 comentarios

Para quien no esté en el ajo, el anuncio cristiano no deja de ser una broma. Pues que fuese ensalzado —¡y ensalzado como Dios!— aquel que, habiendo fracasado como liberador, terminó colgado como un despojo es como si entendiéramos como paradigma de lo bello, no a un ángel de Victoria’s secret, sino a una tullida o deforme. ¿Va en serio? Sensatamente, no puede ir en serio. Un dios, por definición. siempre nos mira desde arriba. Pero no como el que pende de una cruz, sino como el que nos ve —si es que llega a vernos— como aquellos que no cuentan. La fuerza de lo divino se muestra en mayor medida con el poder de la muerte —uno siempre muere solo— que a través del ímpetu del amor. El cosmos seguirá en pie una vez nos hayamos ido. Como si nuestras pasiones y creencias fuesen ridículas. Todo es vanidad y alimentarse de viento, escribió el autor del Eclesiastés. Que un Dios esté por cada uno de nosotros —y lo esté hasta el punto de sacrificarse por nosotros— ¿acaso no será un delirio narcisista? ¿Tanto se equivocaron los viejos monjes cuando creyeron que, ante Dios, tan solo cabe postrarse —pues no está claro cuál va a ser su veredicto? Vivir del aliento de una bendición de fondo ¿no será la convicción de aquellos a los que les va bien? ¿No es esta la sospecha con la que comienza el libro de Job? ¿Qué pueden proclamar de Dios aquellos que han sido pisoteados por el mundo? La Biblia es clara al respecto: solo ellos, los desconectados de lo divino, pueden hablar de Dios, aunque este hablar sea propiamente un tartamudear. Hay que tener mucho valor para creer en el amor de Dios donde las pruebas van en su contra. ¿Quién se atreverá a decirles a los que tienen el vientre hinchado por el hambre que Dios los ama con locura? Aquí, el simple entusiasmo, ¿no equivaldría a reírse en su cara?

En modo alguno es casual que los evangelios traten de la revelación. Y es que una revelación, a diferencia de la mera iluminación, siempre nos coge con el pie cambiado. De entrada, la revelación es sencillamente inaceptable. Quien la admita como quien no quiere la cosa solo baraja hipótesis más o menos consoladoras. Reconocer como Dios a un crucificado en su nombre está muy cerca de declarar que Dios ha muerto (y quizá por esta razón, Nietzsche comprendió mejor que muchos de los que nos llenamos la boca con la palabra Dios de qué va el asunto cristiano). Por eso mismo, la revelación no se precipita en un nuevo saber —o al menos no, para quienes ya no pueden acreditar los hechos que hay tras el kerigma—, sino en un permanecer a la espera. De ahí que la raíz de la fe no sea tanto un sentimiento de conexión —o la expectativa de que la película termine bien— como el dar fe, precisamente, de aquellos actos de bondad en medio de un mundo sin piedad. Solo en relación con estos actos el todo es aún el no-todo. Son estos los únicos que, dándose entre huérfanos de Dios —o, mejor dicho, de un Dios por venir—, resisten numantinamente al implacable poder de los dioses. Únicamente por el testimonio de los santos, el que siempre niega todavía no ha cantado victoria. Es imposible creer en Dios donde no partimos de un hallarnos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Y esto en absoluto es un modo de hablar. Si no, que se lo pregunten a los que están de más.

de la amistad con Dios

marzo 13, 2021 § 2 comentarios

En Jn 15, 12-17 leemos aquello de que a vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer cuanto he oído a mi Padre. Aquí muchos se sienten confirmados en su relación íntima con Dios: como si Dios fuese una variante del amigo invisible de la infancia. Y algo se esto hay. Sin embargo, el riesgo de esta intimidad es olvidar la radical exterioridad de Dios, la cual apunta a la exterioridad del clamor de los que no cuentan (un olvido imperdonable para un judío). Por tanto, quizá reguemos fuera de tiesto donde leemos el texto desde el prejuicio moderno. Para deshacer los malentendidos basta con tener en cuenta el significado originario de los términos clave de la perícopa. En el mundo griego, la amistad ocupaba el lugar de lo que, hoy en día, entendemos como amor romántico. Sencillamente, sin amigos la vida no merecía ser vivida. Ahora bien, la palabra amistad —filia, en griego— posee la misma raíz que la palabra filiación. Es verdad que, para la mentalidad helenística, tan solo cabe amar a lo igual (y de ahí que la pasión entre hombre y mujer fuera vista, por excesiva, como desviada). Pero del mismo modo que también es verdad que la amistad más sólida era la que mediaba entre maestro y discípulo. El paradigma de la amistad implicaba, por tanto, una iniciación a la seriedad de la existencia. De ahí la conexión entre filia y filiación. El fragmento no llega a comprenderse hasta el final donde lo leemos sin tener esto presente. Por eso Juan subraya lo relativo al conocimiento del Padre (y es que uno no sabe lo que quiere o ama hasta que no sepa qué quiere de él aquel que reconoce como padre). Al fin y al cabo, de lo que se trata es de ser admitidos como hijos. O por decirlo a la manera de Pablo, es través de la fe en el Hijo que fuimos aceptados como hijos. Ahora bien, un hijo no es solo aquel que recibe la bendición —la caricia— paterna, sino aquel a quien se le exige, por eso mismo, que cumpla con su voluntad, en definitiva, que acabe ocupando su lugar. Pues el padre no terminó su obra.