poderes

octubre 30, 2020 § Deja un comentario

Lo divino es, por defecto, lo que nos puede absolutamente. La cuestión es qué nos puede en realidad. En principio, los poderes físicos, palpables: un tsunami, la supercélula, un volcán. No es casual que inicialmente el fenómeno extraordinario fuera visto como la manifestación de un dios. El hallazgo de Israel, en cambio, consistió en situarse ante un solo exceso: el del clamor de los sobrantes. El primer poder exige sumisión o trato. El segundo, una respuesta. No es lo mismo. A pesar del aire de familia.

todo es gracia

octubre 29, 2020 § Deja un comentario

Si todo es gracia —si lo primero fue lo dado—, entonces la posición básica del creyente es la de la gratitud. No obstante, el mundo oculta ese Sí de fondo con mucho ruido y más furia. Algo —y algo fundamental— se quebró in illo tempore. De ahí que la conciencia religiosa busque la reparación del mundo, la restauración de lo que fue sepultado a un pasado anterior a los tiempos. Y puede que cualquier conciencia. Aunque la mayoría erremos el tiro.

intolerancia cristiana

octubre 28, 2020 § 4 comentarios

Un cristiano es, por defecto, un intolerante. Y no porque sea un talibán, sino porque lo que no puede tolerar, el motivo de su indignación —de su movilización—, es que haya quien no tenga el pan de cada día. Un cristiano, ante el hambre del semejante, experimenta en lo más profundo de sus entrañas una conmoción (y no solo un impulso). Es desde esta conmoción que siente vergüenza de seguir siendo como antes. Sencillamente, no hay derecho a que haya quienes no tengan pan que llevarse a la boca. La existencia cristiana responde a una demanda, en el sentido más amplio de la expresión, y no solo se limita a sentirla. Porque el hambre del prójimo nos acusa, nuestra limosna no basta. Como no bastaría si quien nos pidiese el pan de cada día fuese nuestro hermano de sangre. El hambriento exige nuestra entrega y no solo nuestras sobras. Al fin y al cabo, la respuesta cristiana sigue siendo la de Abraham: Señor ante ti me encuentro; qué quieres que haga. Si Dios es el Señor, el pobre es tu Señor, aquel que decide el sí o el no de tu estar en el mundo. Y ello en nombre, precisamente, de un Dios en falta o por-venir, el único que es en verdad divino. Frente a este Dios —y solo frente a Él—, todos somos iguales. O por decirlo de otro modo, ante Dios, hombres y mujeres compartimos una misma orfandad (y una misma esperanza, aun cuando lo ignoremos). De hecho, ya se nos dijo: no todo el que se llena la boca con la palabra Dios entrará en el Reino (Mt 7, 21-29). Comenzando por quien escribe estas líneas. Y esto es lo mismo que decir que cuanto tiene que ver con Dios resulta excesivo. Por no decir, increíble. De ahí que tendamos, espontáneamente, a pasar de Dios.

lux

octubre 27, 2020 § Deja un comentario

La lucidez se opone a la ingenuidad como la luz a la tiniebla. En este sentido, la ingenuidad es dependencia, esclavitud, al fin y al cabo, un permanecer sometidos a lo impersonal —a lo que se dice, se hace, se nos exige… Ahora bien, esto significa, si tenemos en cuenta la tensión dialéctica que media entre los opuestos, que la ingenuidad, más que lo contrario de la lucidez, es su horizonte —aquello a lo que la lucidez tiende—. O mejor, aquello que el lúcido intenta recuperar. Como dijera Kierkegaard, de lo que se trata es de alcanzar una segunda infancia. Pues no hay camino existencial que no sea un camino de vuelta.

maitines

octubre 26, 2020 § Deja un comentario

Te diriges a Dios. Pero siendo invisible ¿no te has preguntado nunca si te escucha? ¿Acaso no habrás convertido a Dios en una variante del amigo invisible de la infancia? Quizá sea cierto que todo lo de Dios comienza donde ya no es posible seguir creyendo espontáneamente en un dios.

Protegido: apuntes sobre la naturaleza humana

octubre 25, 2020 Escribe tu contraseña para ver los comentarios.

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diluvio

octubre 25, 2020 § Deja un comentario

El mundo enmascara una fraternidad primera, original. Por defecto, llevamos puesta esa coraza que impide que aparezca nuestra fragilidad. Como si no fuéramos el indigente que somos. Y así nos pasamos la vida intercambiando cromos: te ofrezco seguridad a cambio de belleza; o simpatía por inteligencia; o trabajo por dinero, etc. La lógica del mundo es la del negocio. Así, hacemos lo que hacemos conforme al propio interés. De ahí que el horizonte de la religión sea el del regreso, el de la restauración del Edén. También este es el horizonte de la fiesta —el del carnaval—. O el de quienes se juntan para fumarse unos porros. En ambos casos, caen, puntualmente, los muros. Como si no existiera la distancia. Pero nunca hubo encuentro en la fusión. Por eso cabe entender el nihilismo como una réplica a la pretensión religiosa. El nihilista no cree que haya un futuro —una restauración—. De ahí que opte por la destrucción del monstruo en el que nos hemos convertido. Pues mundo significa que el niño muere. Casi podríamos decir que el nihilismo es la secularización de la ira de Dios. Y es que el nihilista no deja de ser un nostálgico del diluvio universal.

la vertical

octubre 23, 2020 § Deja un comentario

La experiencia, a diferencia del chute de sensaciones, es vertical. O lo que es lo mismo, interrupción. Cuando, por ejemplo, los amantes se miran a los ojos. En ese instante, se encuentran fuera del mundo. El resto es simplemente inercia o reacción —trato o comercio—. Sin embargo, no podemos permanecer en la vertical. De hecho, esta es la raíz de la actitud religiosa. Pues la pregunta de la religión es cómo volver a lo que tuvo en verdad lugar y no simplemente sucedió. Al fin y cabo seguimos, como los primeros humanos, intentando conservar el fuego que vino de las alturas. Aunque ahora ignoremos cuáles son.

el vértigo

octubre 22, 2020 § 10 comentarios

¿Dios? No sé… De momento, hay hermanos que se están muriendo de hambre o que permanecen colgados de las alambradas queriendo entrar en lo que imaginan un mundo mejor. Y nosotros pasando de largo, como si no nos incumbiera. A menudo pienso que el hecho de dar a Dios por descontado, si fuera el caso, nos impide escuchar su clamor como el clamor mismo de Dios. O percibir el presente como milagro.

¿Dios aún?

octubre 21, 2020 § Deja un comentario

La pregunta no es cómo puedes certificar que hay Dios —de hecho, un Dios certificable no puede valer como Dios—, sino cómo aún eres capaz de invocarlo. ¿En serio hay alguién ahí en medio de tanta oscuridad? Muchos siguen suponiéndolo quizá porque las cosas les van lo suficientemente bien. Como al bueno de Job al comienzo de su historia con Dios. Poca oscuridad aún. Sin embargo, la única voz que escucharás en la oscuridad no será la de Dios, sino las de quienes claman por Dios. Ellos ocupan el lugar de un Dios fuera de campo. Y, por eso mismo, su clamor es el de Dios. De Dios únicamente sus restos y la esperanza en su regreso. Nada más. Aunque también nada menos. Esta y no otra es la enseñanza de la Biblia: mientras no llegue el final, de Dios tan solo quienes encarnan su por-venir. Aunque también un Sí de fondo cuyo eco todavía podemos escuchar en medio del ruido y la furia. Al fin y al cabo, la fe es la confianza en que ese Sí será la última palabra. Aunque no nos lo parezca.

polvo eres

octubre 20, 2020 § Deja un comentario

Si lo pensamos bien, hay algo de extraño en quien dice de sí mismo que es poca cosa, algo así como una mota de polvo. Como si en esa descripción de sí, descartando lo patológico, hubiese todavía un resto de orgullo, un mantenerse en pie frente al exceso de lo real. De hecho, quien es un mierda no suele proclamar a los cuatro vientos soy un mierda. Aunque lo viva a flor de piel. O por eso mismo. No parece causal que la confesión cristiana siempre tenga lugar ante alguien. Como en el caso de Jon Sobrino, al que, frente al cadáver de Rutilio Grande, le dio vergüenza seguir siendo como antes.

mayor desemejanza

octubre 19, 2020 § Deja un comentario

Abordamos lo desconocido poniéndolo en relación con lo ya conocido. Así, el creyente dice de Dios que se manifiesta como padre. Ver el mundo con los ojos de Dios, por decirlo así, supone verlo con los ojos de un padre o, si se prefiere, una madre. Incluso el genocida sigue siendo, a la luz de esta mirada, el niño que fue. De acuerdo. Pero no es causal que el concilio de Letrán añadiese a propósito de la analogia entis aquello de que mayor es la desemejanza. O de otro modo, que estar expuestos a Dios va con el estar abiertos a lo inconcebible y, por eso mismo, imposible. Desde nuestro lado, no cabe ir más allá de las apariencias. De ahí que la fe sea, antes que un saber, un confiar. La cuestión es en nombre de qué o, mejor dicho, de quién.

pasando

octubre 17, 2020 § 4 comentarios

Es obvio que, al menos por estos pagos, el tema de Dios ha dejado de importar. A lo sumo, hay quienes sostienen que hay algo más allá. Pero su ingenuidad es sonrojante. Puede que haya otra dimensión. No lo sabemos todo. Pero ¿quién puede asegurar que no nos están esperando para devorarnos? Acaso este mundo ¿no podría ser, antes que una matriz, una granja? La creencia en un mundo de espectros en el que no habrá más que dicha sigue teniendo efectos opiáceos. Al menos, mientras solo responda a nuestra necesidad psicológica de un final feliz. El pasotismo con respecto a los asuntos de Dios refleja una insensibilidad de fondo hacia la que quizá sea la única cuestión que exige una respuesta, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad o indiferencia. Espontáneamente, diríamos que ninguna. Pues no basta con suponer que hay un paraíso postmortem para las almas inocentes. De hecho, la gran intuición bíblica fue rechazar una redención que no fuera la de la carne. No hay vida espectral que salve al sonderkommando que, sometido a un temor inenarrable, introdujo a sus hijos en las cámaras de gas haciéndoles creer que, tras la ducha, volverían a verse. La metamorfosis puede valer para el gusano. No para quienes no son nadie sin su cuerpo. El olvido de Dios, mejor dicho, del por-venir de Dios, ha producido zombis, hombres y mujeres incapaces de admitir que están muertos. Pues, como dijera Juan en su primera carta, quien no ama permanece en la muerte. Y difícilmente cabe amar donde no nos encontramos expuestos a lo increíble. Cuando menos, porque, si es cierto que el amante no puede evitar decirle a quien ama tú no debes morir, lo más creíble es que la muerte supone un punto y final.

demonio e interioridad

octubre 16, 2020 § Deja un comentario

Creer en el demonio facilitó, sin duda, el combate interior. Al menos porque impidió que fuera demasiado interior. Y es que donde hay un demonio de por medio difícilmente llegaremos a identificarnos con los impulsos más bajos o destructivos. Cosas del maligno, nos dijimos. De hecho, fue así que los viejos ascetas pudieron enfrentarse a sus instintos: como quien intenta extirpar una garrapata incrustada en la carne. Pero donde ya no es posible tomarse en serio la figura del demonio, dicho combate se transforma inevitablemente en una lucha contra uno mismo. La interioridad, al menos en Occidente, nace de esta transformación. Sin embargo, el precio que tuvimos que pagar fue el de un agustiniano asco de sí. Y aquí no hay exorcismo que valga. Ante el demonio puede que baste un mesías o un maestro. Una massa damnata exige, en cambio, una redención, algo así como un volver a empezar. Y esto cuesta de tragar donde lo incuestionable es el progreso. Pero que cueste de tragar es algo que quizá solo tenga que ver con nuestras tragaderas.

la metáfora viva

octubre 15, 2020 § 3 comentarios

Uno no ve nada —no comprende nada— hasta que no da con una buena metáfora. Podemos entender cuanto sucede —podemos calcular y preveer—, pero en modo alguno abrazarlo. La incorporación del saber pasa por la revelación. Pues, a diferencia del mero entender, comprender supone conectar lo alto con lo bajo, lo cercano y lo distante. Así, hay más verdad en el amante que declara ante la amada que le ha robado el corazón que en aquel que se limita a exponer una alteración hormonal. El desplazamiento de la imaginación al territorio de la fantasía quizá sea el principal error de la modernidad. Pues las consecuencias de este error no solo afectan a la teoría del conocimiento, sino también, y puede que sobre todo, a la comprensión que podamos tener de nosotros mismos, de nuestro lugar en el mundo. Aunque quizá deberíamos decir de nuestro no-lugar.

Sócrates y Antígona

octubre 14, 2020 § Deja un comentario

Ambos mueren por la ciudad. Sócrates, para acatar su Ley, a pesar de su desvarío. Antígona para impugnarla en nombre de lo atávico. Aunque no hay que descartar que al respetar la Ley que le condenó, Sócrates nos entregase su última ironía.

de teólogos y pastores

octubre 12, 2020 § 2 comentarios

La teología cristiana, sobre todo en el ámbito católico, hace tiempo que se plegó a las demandas de la pastoral. Poco teólogos se siguen preguntando lo que E. Jüngel se preguntó en su Dios como misterio del mundo, a saber, de qué hablamos cuando hablamos de Dios. Evidentemente, aquí no se trata de buscar pruebas de la existencia de Dios como si Dios fuese una hipótesis por corroborar. De hecho, como dijera Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. El teólogo, a diferencia del filósofo de la religión, no puede evitar situarse en la posición básica de la fe. Y no porque crea que Dios existe como pueda existir el Yeti, sino porque dicha posición básica consiste en abrazar la existencia desde un Sí de fondo. El teólogo trata, más bien, de esclarecer, teniendo en cuenta el testimonio de quienes dieron su vida permaneciendo fieles a ese Sí, aun cuando sufrieran hasta el tuétano el abandono de Dios. Se trata, en definitiva, de expurgar de la conciencia creyente los dioses que ocupan el lugar de Dios. En este sentido, toda teología que se precie es teología crítica. El teólogo, en su interrogarse, se sitúa de entrada en Getsemaní. Aunque sea un Getsemaní iluminado por el tercer día. Una teología que participe en exceso de la preocupación pastoral —del temor a perder la parroquia— corre el riesgo de dar a Dios por descontado antes de tiempo. Y esto, hoy en día, supone clavar el último clavo en el ataúd de Dios, incluso en mayor medida que las proclamas de Nietzsche.

calle de dirección única

octubre 11, 2020 § Deja un comentario

O vas o estás de vuelta. En el primer caso, eres conducido por tu deseo —por tu aspiración—. En el segundo, el mundo se te presenta como ficción, a menudo trágica. Como si la libertad consistiera, al fin y al cabo, en permanecer en suspenso, por encima de cuanto sucede. Ahora bien, en estado de suspensión diría que solo caben dos opciones: o te conviertes en un irónico, en el sentido socrático de la expresión, o respondes a la única voz que te obliga a poner los pies en el suelo. Aunque entre ellas quizá también quepa la del cínico.

marcha atrás

octubre 10, 2020 § 1 comentario

Los dioses aparecen tras el retroceso de Dios. Todo está lleno de dioses, cuentan que dijo Tales. Y algo de esto hay. Pues el paso atrás de Dios dio pie al mundo. Y en el mundo, el poder es invisible. En este sentido, el hombre de fe está más cerca del ateo que de aquellos que dan un dios por descontado. Estos últimos difícilmente pueden admitir la encarnación. Al menos porque la encarnación presupone un Dios que aún no es nadie sin el fiat del excluido de Dios.

amor

octubre 9, 2020 § Deja un comentario

Es cierto que, según Gabriel Marcel, amar significa decirle a quien amas tú no debes morir. Quizá solo habiendo sido padre puedas entenderlo. Bajo los efectos de un chute hormonal, difícilmente. Tampoco donde tu amor se dirige a cualquiera —donde se convierte en universal—. Nunca hubo verdad, salvo la tautológica, en lo genérico. De ahí que no haya amor que no esté atravesado de una cierta melancolía. Pues a diferencia de la nostalgia, la cual apunta a lo ya perdido, la melancolía anticipa la pérdida. Y es que solo anticipándola puedes encontrarte ante el milagro, por decirlo así, y no solo en medio del ruido y la furia de lo que simplemente pasa.

envés

octubre 8, 2020 § 1 comentario

La experiencia de la finitud se da, no tanto con respecto al poder, pues aquí la finitud es circunstancial y, por eso mismo, reversible, sino en relación con el clamor de Dios, cuyo eco escuchamos en el llanto de los abandonados de Dios. De ahí que el ideal de la autosuficiencia, aunque se vista con los oropeles de la espiritualidad, sea el envés de la prepotencia de Adán. Me atrevería a decir que se encuentra más expuesto a Dios —a su porvenir o misterio— el viejo monje budista que, encorvado sobre sí, ni siquiera es capaz de limpiarse el culo, que aquel que en la posición del loto alcanza el nirvana.

una de las dos o las dos

octubre 7, 2020 § Deja un comentario

La cuestión de la filosofía —aquella que nace de la sospecha— es si cabe trascender el plano de lo que nos parece que es en la dirección de lo que es en verdad, es decir, de lo que en verdad acontece o tiene lugar con independencia de lo que pueda parecernos. Es en este sentido que hemos de entender el amor por la verdad que caracteriza una vida examinada, la vida que se cuestiona a sí misma, la que vuelve sobre sí. La respuesta que dio Platón —y antes que él, Parménides— es que solo a través de la razón. El problema es que los productos de la razón son formales. Dicho de otro modo, en modo alguno pueden ser, literalmente, incorporados. No hay camino de vuelta hacia la sensibilidad. Esto resulta inevitable, cuando menos porque el ejercicio de la razón solo puede llevarse a cabo desde la distancia teórica —desde las gradas de un dios: no es casual que la palabra teoría proceda del vocablo theos—. Así, por medio de la razón podemos concluir, pongamos por caso, que el canibalismo que practican algunos pueblos, en tanto que posee una fuerte carga simbólica, no es, en cuanto tal, aberrante, aunque a nosotros nos lo parezca. Ahora bien, el que lo sepamos no impide que sigamos sintiendo la misma repugnancia que antes: nuestra sensibilidad no queda modificada por los resultados de la razón, aun cuando, sin duda, no nos dejemos llevar tan fácilmente por ella. Es lo que tiene el uso de la razón: que nos distancia del cuerpo, por decirlo así. Sin embargo, si entre nosotros conviviera un grupo de canibales, lo que prevalecería sería la sensibilidad. La sensibilidad determina el uso político de la razón. Sencillamente, se les prohibiría por ley seguir con su costumbre.

Algo parecido ocurre donde partimos, no de la sospecha, sino del asombro, la otra raíz del amor a la verdad. Y nos asombra el que algo simplemente sea —que haya mundo en vez de nada—. De ahí que una de las preguntas de la filosofía sea en qué consiste, precisamente, el hecho de ser —no el que algo sea foca o montaña, pongamos por caso, sino que sea—. Hay cosas. Y lo que tienen en común es que son. El que sean confiere unidad al mundo. Con respecto al hecho de ser-algo no hay diferencia: todo es. En cualquier caso, la diferencia surge con respecto al modo de ser (y aquí podríamos preguntarnos por la relación entre el hecho de ser-algo y su particular modo de darse, su aparecer como algo en concreto, esto es, por la relación entre lo real y su apariencia). La conclusión que tarde o temprano alcanzamos es que el simple ser-algo —el puro haber— no es objeto de una percepción en concreto: no estamos ante una cosa que podamos ver o tocar. Se trata de lo que solo puede ser pensado como el presupuesto del decir algo de algo y, en definitiva, de nuestro estar en el mundo. Nos encontramos en el puro haber antes incluso de que podamos preguntarnos por la verdad —la adecuación— de nuestras representaciones del mundo. Ahora bien, este encontrarse en medio del haber, en tanto que lo siempre supuesto, es precisamente lo que dejamos atrás una vez comenzamos a experimentar cuanto nos traemos entre manos, esto es, una vez que iniciamos el trato con el mundo. No hay acceso sensible al puro y simple haber.

Es cierto que experimentamos algo parecido a una pura presencia —al puro haber— donde, alejados de cualquier interés, contemplamos, pongamos por caso, un paisaje. Al fin y al cabo, la rosa es sin porqué, como dijera Angelus Silesius. Sin embargo, la contemplación no proporciona, estrictamente, un saber, mejor dicho, una saber a qué atenerse. En la contemplación dejamos que sea lo que es, al margen de para qué pueda servirnos. Y es en este punto donde convergen la sospecha y el asombro. Pues en ambos casos, el que ama la verdad queda en suspenso en medio del mundo. Otro asunto es cómo volver a tratar con cuanto nos rodea donde la reflexión impide, precisamente, que vuelva a crecer la hierba. Y es que, aun cuando nadie vuelva a ser estrictamente el mismo tras haberse distanciado de sí mismo, no es posible permanecer demasiado tiempo frente a la verdad.

soledad

octubre 7, 2020 § Deja un comentario

Lo que no es soledad es impostura.

fragilidad

octubre 6, 2020 § 2 comentarios

No podemos ser un dios, aunque fantaseemos con ello, pero sí ver el mundo desde la grada de un dios. En esa grada confluyen la piedad y la theoria, el sentido del milagro y el nihilismo que todo lo disuelve. La espiritualidad y la filosofía que vive de la sospecha se dan la mano en la contemplación distante de cuanto es. Mientras tanto, seguimos con lo nuestro. Como si importase —como si en lo que nos traemos entre manos hubiera alguna solidez—. El hogar es un trampantojo. Así, triunfa la ilusión. La verdad se halla en la intemperie. Aun cuando nos obligue a callar. O por eso mismo.

el haber u otro modo de entender a Parménides

octubre 5, 2020 § Deja un comentario

El haber —el puro y simple hay— solo puede ser uno, eterno, inmutable… No hay diferentes haberes. En cualquier caso, las cosas son los diferentes modos en los que se concreta —aparece— el haber. El haber es el fondo de cuanto hay (y por eso mismo no es cosa; las cosas son en el haber). Precisamente, porque todo es —porque tan solo es lo que hay—. El haber es lo dado por descontado cuando decimos algo de algo. No puede haber el no-haber. Pues la nada, sencillamente, no es. No cabe hacerse una idea de la nada. O mejor dicho, cuando nos la hacemos no podemos evitar concebirla como vacío. Y el vacío es. Por eso mismo, no es posible una experiencia del puro y simple haber. El haber, en cuanto tal, no es observable. Siempre se nos da bajo un aspecto u otro —en la forma de apariencia, en el doble sentido de la expresión—. La presencia de lo sensible —de cuanto cabe ver y tocar— se nos da bajo el horizonte de lo invisible —no de la cosa invisible, sino de lo absolutamente invisible. En este sentido, el haber es lo absoluto o, literalmente, ab-suelto (y absuelto de la condicionalidad de un punto de vista). En cuanto tal, solo cabe pensarlo. Y esto está muy cerca de decir que el haber, en sí mismo, no es (y aquí nos apartamos de Parménides en la dirección de Heráclito). No hay haber sin nada en lo que aparezca. Aunque la aparición, en tanto que un modo del haber, no coincida con el absoluto-haber. Aunque la aparición transforme el haber en un tener y, por eso mismo, lo desmienta. Solo es en tanto que difiere de lo concreto —de las cosas en las que se concreta el haber— puede haber lo que hay. No hay nada que no aparezca o se muestre. Pero el mostrarse solo es posible desde el retroceso, por decirlo así, del puro haber. De ahí que se trate del pre-supuesto de cualquier experiencia del mundo. Una vez surge la conciencia, el haber se transforma en un hubo haber.

El haber —el puro y simple hay— solo puede ser uno, eterno, inmutable… No hay diferentes haberes. En cualquier caso, las cosas son los diferentes modos en los que se concreta —aparece— el haber. El haber es el fondo de cuanto hay (y por eso mismo no es cosa; las cosas son en el haber). Precisamente, porque todo es —porque tan solo es lo que hay—. El haber es lo dado por descontado cuando decimos algo de algo. No puede haber el no-haber. Pues la nada, sencillamente, no es. No cabe hacerse una idea de la nada. O mejor dicho, cuando nos la hacemos no podemos evitar concebirla como vacío. Y el vacío es. Por eso mismo, no es posible una experiencia del puro y simple haber. El haber, en cuanto tal, no es observable. Siempre se nos da bajo un aspecto u otro —en la forma de apariencia, en el doble sentido de la expresión—. La presencia de lo sensible —de cuanto cabe ver y tocar— se nos da bajo el horizonte de lo invisible —no de la cosa invisible, sino de lo absolutamente invisible. En este sentido, el haber es lo absoluto o, literalmente, ab-suelto (y absuelto de la condicionalidad de un punto de vista). En cuanto tal, solo cabe pensarlo. Y esto está muy cerca de decir que el haber, en sí mismo, no es (y aquí nos apartamos de Parménides en la dirección de Heráclito). No hay haber sin nada en lo que aparezca. Aunque la aparición, en tanto que un modo del haber, no coincida con el absoluto-haber. Aunque la aparición transforme el haber en un tener y, por eso mismo, lo desmienta. Solo es en tanto que difiere de lo concreto —de las cosas en las que se concreta el haber— puede haber lo que hay. No hay nada que no aparezca o se muestre. Pero el mostrarse solo es posible desde el retroceso, por decirlo así, del puro haber. De ahí que se trate del pre-supuesto de cualquier experiencia del mundo. Una vez surge la conciencia —en definitiva, el tiempo—, el haber se transforma en un hubo un haber. Por eso, en cierto sentido, podríamos decir que nunca lo hubo.

¿Podríamos estar ante una ilusión? Difícilmente. Al menos porque el haber, como el presupuesto de la experiencia, no puede ser representado como podamos representarnos mentalmente una vaca, pongamos por caso. Esto es, no es posible hacerse del puro haber una idea que pueda ser desmentida por los hechos. El haber continuaría siendo aun cuando tan solo existiese una mente alucinando un cosmos. Ocurre aquí lo que en el microrrelato de Monterroso, cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

infancia

octubre 4, 2020 § 1 comentario

Vivir consiste en dejar atrás la infancia. Pero al dejarla atrás, no solo abandonamos lo peor de la infancia, sino también lo mejor. No hay avance que no implique un coste —una pérdida—. Y en este caso, lo perdido es la ingenuidad, el estar ante lo dado como precisamente dado, y no como algo que puede ajustarse hasta cierto punto a nuestro interés. Puede que la madurez consista, al fin y al cabo, en alcanzar una segunda ingenuidad. Pues lo dado es la verdad —lo que precede a cualquier pretensión de dominio—. Aunque se trate de un dominio de sí.

insoportable

octubre 3, 2020 § 3 comentarios

Se nos dijo: Dios está en los pobres. Y es verdad. Sin embargo, nosotros continuamos con lo nuestro, seguimos instalados en el hogar. Como si Dios no fuera el que es. En su lugar, un dios a nuestra medida —un dios con el que poder charlar en la intimidad—. Sin embargo, si estuviéramos poseídos por el celo de Dios ¿acaso no lo dejaríamos todo e iríamos en su busca, en la dirección del arrabal? Quizá es lo que deberíamos hacer. Pero ¿podemos? ¿Acaso Dios no nos coge siempre a contrapié? ¿Cabe desear a un Dios que nos saca de quicio —que nos convierte en extranjeros—? Nuestro pasar de Dios, ¿no sería el índice de que, por mucho que nos llenemos la boca con su palabra, preferimos no saber nada de Dios? Nuestra piedad religiosa, a menudo tan satisfecha de sí misma, ¿es que no encubre el clamor de Dios? En cualquier caso, y como suele decir el jesuita Manolo Fortuny, la diferencia entre darlo todo o casi todo es infinita.

dependientes o pendientes

octubre 2, 2020 § Deja un comentario

Quien cree que no debe responder a la oferta de Dios no se encuentra ante Dios, sino ante su simulacro. La oferta de Dios es la piedad, el perdón, la bondad. Es lo que nos fue dado en el origen de los tiempos. También al pie de una cruz. Dijo Schleiermarcher que la fe reposa sobre un sentimiento de dependencia. De acuerdo. Sin embargo, lo que no dijo Schleiermacher —o al menos, no recuerdo que lo dijera— es que esta dependencia tiene mucho que ver con que en verdad, aunque no nos lo parezca, pendemos del juicio de Dios, lo cual está muy cerca de decir del de aquellos con los que Dios se identifica: los excluidos, los que nos repugnan a causa de su pobreza, los lumpen. Sin duda, esta de-pendencia resulta increíble para cualquier hombre y mujer normales. No vamos por ahí creyendo que el sí o el no de nuestra entera existencia esté en manos de aquellos ante los que pasamos de largo a causa de su mal olor. Pues quien vive como un perro termina oliendo a perro. Quizá no es tan increíble para el que ha sido atravesado —desplazado— por su mirada. Ante esta mirada solo caben dos opciones: o bien, la despreciamos —y es entonces cuando nos condenamos a una soledad infernal, aun cuando estemos rodeados de gente más o menos amable—; o bien, nos arrodillamos llenos de vergüenza, por no decir, sepultados por la culpa, invocando un poco de misericordia. Donde dejamos a un lado que la posibilidad de Dios se decide en la respuesta del hombre a su perdón —el que se nos dio sobre la cima del Gólgota— fácilmente hacemos de Dios una especie de matriz o una variante del osito de peluche de nuestra infancia. Y evidentemente, preferimos esto último a un Dios que aún no es nadie —que no quiere serlo— sin la entrega incondicional del hombre.

una fe adulta

octubre 1, 2020 § 2 comentarios

¿Qué esperanza pueden tener quienes han perdido la ingenuidad? ¿Qué fe, para quien se ha distanciado de sus sensaciones más espontáneas, para los que han visto caer el cielo sobre sus cabezas? El niño no reflexiona —no se interroga sobre su vivencia, no sospecha de sí mismo—. En este sentido, la fe habitual tiene algo —o mucho— de infancia. Así, invocamos a Dios —o mejor dicho, la ayuda de Dios— como quien trata con cuanto le rodea. Y aquí no hay mucha diferencia entre dirigirse a Dios o al ángel de la guarda. O al espíritu del bosque. Mientras todo va bien, ningún problema. Dios es una presencia que se da por descontada. Aunque, hoy en día, dicha presencia sea interior. Pero llega un momento en que Dios no parece que esté ahí como el garante de nuestra satisfacción.

Como sabemos, la desgracia es el punto de partida de la experiencia de Job. Es a través de un sufrimiento indecente que Job es alcanzado por un Dios muy distinto del que inicialmente daba por sentado. Los amigos de Job no aceptan la revelación: siguen en la infancia. Es como si le dijeran que su sufrimiento se debe a que en lo más hondo de sí mismo ha dejado de confiar en Dios; pues Dios bendice a quienes creen en él. Aquí es imposible no escuchar el eco de la tradición sacerdotal —una tradición acaso más preocupada por mantener a las ovejas en el redil que por la verdad—. Ahora bien, lo que no tiene en cuenta dicha tradición es que la encrucijada, nunca mejor dicho, de una fe no ingenua es el abandono de Dios: Eloi, Eloi, lama sabactani. Quien permanece en la primera infancia aún no ha pasado por la cruz. A lo sumo, ha padecido alguna que otra desolación circunstancial. A diferencia de sus amigos —una anticipación de aquellos fariseos que tan a gusto se sintieron, y se sienten, con su fe—, Job se encontró a un paso de negar a Dios. También, el crucificado. Sin embargo, lo cierto es que no dieron ese paso. Esto es, permanecieron fieles. La cuestión es a qué o, mejor dicho, a quién.

La respuesta religiosa es que a la experiencia, por otro lado tan infantil, de un hallarse bajo un Sí —una bondad, una bendición— de fondo. En nombre de ese Sí, el verdugo no puede tener la última palabra. De acuerdo. Pues hay algo —o bastante— de verdadero en esta respuesta. Sin embargo, es cierto que muchos no han tenido la suerte de partir de ahí. Su posición básica es la del No. En lugar del don, la desconfianza, el resentimiento, la separación. Son los niños rotos, aquellos hombres y mujeres que nacieron bajo la desgracia. Para ellos, únicamente vale la fuerza de un gesto de piedad en medio del horror, el espíritu de un Sí hecho carne. Ellos son, en realidad, los destinatarios del evangelio. La fe que puedan tener es la de aquellos que creyeron antes, donde no era posible ninguna fe. Su fidelidad no es a un qué, sino a un quién. Desde esta óptica, lo que no es fe es mera suposición. Y una suposición no resiste el desafío del mundo. Aunque crea que ha llegado a la madurez tras haber sustituido al Dios del viejo teísmo por la inmensidad de un océano.

ser y pensar es lo mismo: sobre Parménides de Elea

septiembre 30, 2020 § 2 comentarios

El pensamiento occidental se asienta sobre la sentencia de Parménides, según la cual ser y pensar es lo mismo. Traducción: tan solo es lo que encaja dentro de las exigencias de la razón (pues, como sabemos, la razón obliga). No cabe pensar contra los principios de la razón. Por ejemplo, todo lo que digamos con sentido o es verdadero o no lo es. En modo alguno, cabe una tercera opción. Esto lo sabemos de entrada, es decir, antes de cualquier contacto con el mundo, de cualquier ver y tocar. Dicho en el argot filosófico, lo sabemos a priori. Sin duda, podemos ignorar si lo que decimos o nos dicen es verdadero o falso. Pero lo cierto es que tiene que ajustarse a los hechos… o no. Desde la óptica de la lógica, el gato de Schrödinger está vivo o muerto. No puede estar, a la vez, vivo y muerto (de ahí que la mecánica cuántica sea tan desconcertante, por no decir, incomprensible). También sabemos a priori que todo es, al fin y al cabo, modificaciones de una y la misma cosa. Esto es, con anterioridad a la experiencia, la razón presupone que el mundo es mundo porque tiene un fundamento —un arjé—… aunque, de momento, no sepamos en qué consiste. Si continuamos investigando —si seguimos intentando descubrir ese arjé— es, precisamente, porque tiene que haberlo. Y esto es lo mismo que decir que la necesidad de un arjé no es algo que hayamos podido constatar a través de una cuidadosa observación. Al contrario: si cabe observar cuanto sucede en el mundo es porque hay mundo. Y que haya mundo depende de que demos racionalmente por sentado que hay un fundamento, aun cuando ignoremos su naturaleza o definición. Si la razón no diera por obvio que todo reposa sobre un principio —que todo obedece a la naturaleza de una cosa última— no habría mundo. No podría haberlo. El arjé es lo que confiere unidad al mundo, lo que hace posible que podamos hablar de una totalidad: todo no es más que… Si cabe hablar del todo es porque una de las operaciones básicas de la razón consiste en la reducción de la diversidad a un denominador común. La totalidad no es, de hecho, observable. El acceso a la totalidad solo puede ser racional. Consecuentemente, decir mundo equivale a decir que no todo es posible. Pues lo posible es lo que naturaleza de la cosa última —el denominador común— admite como posibilidad. Cuanto es no es más —ni menos— que una modificación del arjé, un modo de ser de esa cosa última. Donde todo fuera posible, no habría mundo —no habría cosmos—, sino caos. En verdad, el caos es lo que no puede ser. Un mundo caótico es, sencillamente, inconcebible y, por eso mismo, imposible: tan solo lo racional es posible. El mundo es mundo porque cuanto es en el mundo se encuentra sometido a lo que da de sí el arjé. Si el mundo a veces nos parece un desorden es que aún no hemos dado con el principio del orden, con su Ley.

Ahora bien, lo que también exige la razón —mejor dicho, la conciencia racional— es que las sensaciones o ideas que podamos tener de lo real es, precisamente, de lo real. En este sentido no es casual que logos en griego, la raíz de nuestra palabra razón, signifique a la vez pensamiento y lenguaje. El decir lo que es supone, cuando menos, dar por supuesto que lo que es se encuentra afuera, en el exterior. Pues que el mundo sea el ámbito de las cosas que son es porque, en última instancia, podemos decir algo de algo. Para las bestias no hay mundo, aunque estén en el mundo. Para las bestias, nada es. Pues nada estrictamente se les muestra o aparece: su conducta es mera reacción a estímulos. Como si fueran máquinas complejas. Las bestias carecen de logos.

Por defecto, lo que es aparece bajo un aspecto u otro. Pero el aspecto que percibimos depende de nuestra sensibilidad o punto de vista. Si nuestra sensibilidad fuese otra —su fuéramos sensibles, pongamos por caso, a los infrarrojos, si nuestro cerebro no procesase las formas de los objetos tal y como lo hace— el mundo tendría, sin duda, otro aspecto. Y porque lo real se da siempre en relación con una sensibilidad o punto de vista, decimos que la percepción es relativa. Por eso mismo, las apariencias son contingentes o, si se prefiere, variables. Lo que hoy nos parece indiscutiblemente agradable o bello, otro día o bajo distintas circunstancias puede parecernos no tan agradable o bello. Es cierto que, inicialmente, tendemos a creer que las cosas son tal y como nos parece que son. Así, decimos de un acto que es, por ejemplo, aberrante porque lo sentimos como tal. Tampoco es casual que nos inclinemos a creer en las apariencias. Pues nada es que no aparezca, que no se haga presente —y presente a una conciencia—. La presencia es el sello de cuanto es. Sin embargo, lo que confiere realidad a lo que percibimos no es estrictamente la percepción —lo que nos parece que es, el aspecto que nos muestra lo real—, sino el algo del cual decimos, precisamente, algo en concreto. Ahora bien, porque ese algo al que atrubuímos determinadas propiedades queda oculto por sus rasgos, el algo siempre permanece más allá o por debajo de su aspecto (y en tanto que permanece por debajo, lo cual no deja de ser una manera de hablar, decimos que ese algo es sustancia, literalmente, lo que subyace y soporta un aspecto). Lo que confiere realidad a cuanto percibimos es, al fin y al cabo, ese resto invisible de lo visible. Y es que no cabe experimentar el algo en cuanto tal, esto es, al margen de los rasgos que manifiesta. De ahí que la razón lo dé por descontado. O dicho de otro modo, lo real en sí —esto es, al margen de su aspecto— solo puede ser pensado, en ningún caso percibido. En cualquier caso, percibimos su aspecto, en modo alguno el carácter otro del algo. De ahí que el algo no sea estrictamene cosa, ni siquiera última. Lo real —lo absoluto o enteramente otro— solo puede darse a la conciencia como concepto. Si llegásemos a experimentar una exterioridad pura —una exterioridad sin cosas—, la experimentaríamos como la presencia de la nada. Pues nada se hace presente en el puro y simple haber. El algo-otro es, en definitiva, el índice de la exterioridad. Lo primero es el puro y simple haber. Pero lo primero no es accesible a la sensibilidad. La sensibilidad no puede trascedender el horizonte de lo tangible. El límite de la sensibilidad es el mundo, el ámbito de las cosas. Ahora bien, hay mundo porque previamente —y esta anterioridad no es estrictamente temporal, sino lógica— hay un puro haber. Racionalmente, tiene que haberlo. El mundo es lo que hay. Pero el haber en cuanto tal —el ser, lo real al margen de su aspecto— no se muestra sensiblemente. No puede hacerlo. El puro haber permanece eternamente tras el velo de las apariencias. De ahí que solo pueda ser pensado. Un mundo puede resultarnos, sin duda, muy extraño. Para el aborigen del Mato Grosso que nunca ha visto a un hombre blanco, la ciudad de Nueva York es, literalmente, otro mundo —un mundo alucinante—. Pero si dicho aborigen puede decir que está en otro mundo es porque, cuando menos, es capaz de decir que en ese mundo hay cosas… aunque no sepa a ciencia cierta qué son. En definitiva, porque a pesar de las diferencias culturales, está sometido, como cualquiera de nosotros, al dictado de la razón.

Por tanto, cuando Parménides, el padre de la metafísica, se pregunta en qué consiste lo real —de que hablamos cuando hablamos de lo que es— se pregunta, en definitiva, por el carácter absoluto de lo real —por lo que cabe decir de lo real al margen de su mostrarse a una sensibilidad—. Y esto solo es posible a través del puro ejercicio de la razón. Únicamente la razón nos permite transcender el límite de lo aparente en la dirección de lo absolutamente real. Según Parménides, la razón se apoya sobre un principio fundamental: tan solo es lo que es; la nada no es. Aparentemente, estamos ante una perogrullada. Pero lo que se deduce de este principio en modo alguno lo es. Y lo que se deduce, precisamente, es que cuando hablamos de lo real hablamos de lo uno, lo eterno e inmutable, de lo infinito. Así, decir lo real equivale a decir lo uno, lo eterno, etc. Aquí conviene tener en cuenta que Parménides no está enumerando las propiedades de lo real —no dice que lo real sea una cosa eterna, inmutable… Pues no es cosa en absoluto. De hecho, las cosas son precisamente cosas porque se encuentran ancladas en lo uno, lo eterno, lo inmóvil, lo infinito o ilimitado… O mejor dicho, ancladas en la unidad, la eternidad, la inmutabilidad, la infinitud. Y esto tiene que ser así conforme a razón. Pues si lo real no fuera uno —o eterno, inmutable, infinito— nos veríamos obligados a admitir la realidad de la nada, lo cual es lógicamente inadmisible. Aquí hay que tener en cuenta que la nada no es el vacío; pues aunque nos imaginemos la nada como un inmenso vacío, este en cuanto tal ya es de por sí algo, a saber, un espacio vacío.

En este sentido, el algo del que decimos algo en concreto sería, en cualquier caso, uno y el mismo algo. Con respecto al algo-subyacente —a lo real en sí— no hay diferencia entre las cosas. La diferencia entre las cosas —su singularidad— salta, por decirlo así, con la atribución de propiedades. Como decíamos el algo sería el índice, la expresión lingüística del puro y simple haber. Y el puro y simple haber, en cuanto tal, es infinito, eterno, inmutable… De no ser así, no habría nada —no habría mundo—. Por eso mismo, no estamos hablando de una cosa en particular. Ni siquiera última. Parménides no es Tales.

Todo lo anterior es, sin duda, sumamente abstracto. De hecho, tan abstracto que roza lo ininteligible. Sin embargo, Parménides no hace más que exponer lo que cualquiera da por descontado, aunque no sea consciente de sus últimas consecuencias, cuando se refiere a lo que es en realidad. Así, cuando decimos de alguien, pongamos por caso, que es bueno —y no solo que lo parece— lo que damos por descontado es que siempre lo es. El problema es que, lógicamente, nada en concreto —ninguna de las cosas a las que nos enfrentamos— dura lo suficiente en su aspecto como para ser real. Todo pasa y nada termina de ser lo que parece. Y si creemos que hay algo eterno es porque no vivimos lo suficiente. Por eso, Parménides dirá que lo real se encuentra, en cierto sentido, más allá de lo sensible. O también, que lo real en cuanto tal solo puede ser pensado. La filosofía de Platón se encargará de sacarle punta a este lápiz. Sin embargo, será una punta que inevitablemente apuntará al pensamiento de Heráclito. Pues si lo real en cuanto tal no se muestra a una sensibilidad, en cierto modo podríamos decir que no es. Al menos, porque, por defecto, todo cuanto es aparece o se hace presente a una sensibilidad. Pero este es otro asunto.

el juego de las diferencias (y 3)

septiembre 30, 2020 § Deja un comentario

La fe no puede prescindir de la revelación. Esto de por sí, bastaría para diferenciar el cristianismo del budismo y sus variantes. Para el budismo, la salvación, si cabe hablar aquí en estos términos, depende de una mejor compresión del fondo de la existencia. Y en este sentido la iluminación de Buda está muy cerca de la gnosis. O si se prefiere, de las filosofías helenísticas. En cambio, para el testigo de la revelación, lo primero es la irrupción de lo imposible. Pues el mundo puede admitir dioses —de hecho, los admitió durante siglos—, pero en modo alguno un Dios crucificado. Con todo, el teólogo siempre estará tentado de convertir el kerigma en un mero caer en la cuenta, olvidando que la fe, antes que un saber incierto, es la confiada fidelidad a quien soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios que roza la inexistencia. Si hoy en día nos parece que el budismo y el cristianismo son diferentes modos de experimentar una y la misma trascendencia será porque previamente hemos convertido al Dios que se revela en la cruz en el océano al que todos los ríos van a parar.

el juego de las diferencias (2)

septiembre 29, 2020 § 1 comentario

El yo de la interpelación no es el mismo que el yo de la interrogación de sí. El punto de partida del primero es la irrupción del que representa a Dios: el excluido, el que no cuenta, el leproso. El del segundo, la falta de coincidencia con uno mismo, su inquietud por la verdad frente al brillo de las apariencias. Aunque ambos sufran la insuficiencia del mundo, no estamos ante la misma deslocalización. El primero debe responder. Al segundo, le basta con permanecer en suspensión. Para el primero, la libertad es fidelidad. Para el segundo, un estar por encima de cuanto pueda sucederle.

el juego de las diferencias (1)

septiembre 28, 2020 § Deja un comentario

Muchos de los que creen que creen se dejan embriagar por expresiones como el perdón o el amor de Dios. Pero precisamente porque lo primero aquí es la embriaguez, antes creen en el perdón que en el perdón de Dios; en el amor, que en el amor de Dios. De hecho, aunque no lo admitan, les sobra el de Dios. Es lo que tiene una época que no sabe qué hacer con Dios, pero que mantiene el poder de seducción de ciertas palabras. Como si fueran mágicas. Sin embargo, quizá las cosas serían un tanto distintas si partiéramos no ya del Dios que imaginamos, sino de aquel que incluso en los cielos encontraríamos en falta. No en vano, el cristianismo confiesa que del Padre no veremos otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Como tampoco es causal que la Biblia entienda que el diálogo con Dios se da siempre a través del ángel.

en busca del sentido

septiembre 27, 2020 § 1 comentario

Una cosa es creer que la vida tiene un sentido. Y otra muy distinta es caer en la cuenta de que no puede haber un sentido para el hombre. Aun cuando el mundo tuviera un hacia donde —una finalidad—. Y es que, una vez encajasen las piezas, no podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo. Quien comprende esta diferencia, comprende qué es la filosofía. Pues el precio de la lucidez que da el tomar distancias es la pérdida de nuestra primera ingenuidad. Y de paso, de la vida que hay detrás.

Zeus

septiembre 26, 2020 § Deja un comentario

El límite de lo teórico es el secreto de quienes se encuentran en la escena, su intimidad, su falta de coincidencia con ellos mismos, su insustancialidad. Un dios contempla a los hombres como los hombres observan cuanto sucede en un hormiguero. Así, constatará que hay hormigas que dicen yo. Pero no verá a ese yo. No podrá verlo. El límite de lo teórico es el límite de la potencia divina. No es casual que Sócrates, el descubridor de una profundidad sin dioses, fuese condenado por impiedad. De ahí la impotencia judía ante un Dios escrutador de corazones. Frente a Yavhé no hay escapatoria posible. A menos que uno esté ante Dios, sin Dios. Aunque, por poco que sepamos leer, nos daremos cuenta de que si Dios alcanza el corazón de los hombres es porque carece de la entidad propia de un dios. Al fin y al cabo, la mirada de Yavhé —la que nos avergüenza— es la de aquellos que ocupan su lugar: los excluidos, los que huelen mal, los sobrantes. Son ellos, más incluso que la búsqueda de uno mismo, los que nos sacan de quicio —los que abren la existencia a la posibilidad de un comienzo—.

principio de inercia

septiembre 25, 2020 § 1 comentario

“Cada vez veo menos claro esto de Dios…” dice quien se deja llevar por los tiempos. Normal. Esto es lo que tiene una fe-suposición: que no aguanta el cambio de mentalidad. Sin embargo, el asunto es bien distinto para quien ha visto un gesto de perdón en medio del horror. Por su testimonio, la fe es, antes que una hipótesis, una esperanza. Cabe esperar lo mejor, aun cuando no podamos ni siquiera imaginar el cómo. Aquí el punto de partida es un quién —un cuerpo palpable—. Sin embargo, con el paso de los días puede incluso que nos dé igual. La fidelidad no está garantizada ni siquiera para el testigo. Algo parecido le ocurrió al cristianismo cuando la parusía, que se anunciaba inminente, tardó más de lo debido. A partir de ese momento, Dios comienza su fuga hacia los recovecos del alma. Y de ahí a prescindir de Dios media un paso. Aunque hayamos tardado unos cuantos siglos en darlo. Con todo, si lo de Dios es verdadero —y aquí por verdadero no hemos de entender la frase verdadera—, lo que perdimos al perder a Dios, sobre todo como la principal cuestión de la existencia, es la posibilidad de la verdad. O lo que viene a ser lo mismo, la impugnación del mundo.

supercuerdas

septiembre 24, 2020 § Deja un comentario

Somos como violines. Depende de quien nos pulse, sonaremos de un modo u otro. Así, hay quienes extraen de nosotros el mejor sonido; otros, el peor. Sin embargo, hay violines de todas clases. No suena del mismo modo un violín construido con amor que otro producido en serie. La madera importa. Y el cuidado. En cualquier caso, un buen músico es capaz de hacer milagros con un instrumento intocable. Además, las cuerdas también pueden poner de su parte, como quien dice. Pueden ayudar al principante a sonar bien. Por ejemplo, podrían poner la otra mejilla, devolver bien por mal, desarmar su ineptitud. En ese caso, al tomar la iniciativa, las cuerdas se pondrían en la piel del intérprete. Esto es, tendrían piedad del torpe. Al fin y al cabo, la compasión es un intento de salvar ese resto de bondad —ese resto de infancia— que hay en el maltratador. Con todo, a menudo no hay nada que hacer. La madera de un violín puede estar rota o deformada. Sería ingenuo —incluso presuntuoso— creer que la posibilidad del bien depende por entero de nosotros. El mundo tiene algo de intratable. Las ovejas suelen acabar esquiladas. Por no decir, en el matadero. Aunque lo cierto es que donde dejara de haber ovejas ya nada cabría esperar, salvo más infierno.

clase de física

septiembre 23, 2020 § Deja un comentario

Para comprender una religión hay que partir de lo físico. Pues, de entrada, un dios es algo palpable. Mejor dicho, se palpan sus efectos. En su origen, la creencia en lo sobrenatural se basa en lo natural, en el fenómeno, literalmente, extraordinario, fuera de lo común. Un volcán, un tsunami, la caída de un meteorito… fueron, antes que cosas que pasan, el indicio de un mundo superior. Incluso cabe decir algo parecido con respecto a una divinidad eminentemente moral —la propia de Israel—. Imaginemos, así, que los hombres se dividieran naturalmente en buenos y malos. Que la bondad o la maldad fueran de fábrica (hoy diríamos, cuestión de genética). Por eso mismo, no habría nada que hacer. El malo es mala hierba. En cualquier caso, podemos maquillar la naturaleza, pero no modificarla. Supongamos, sin embargo, que alguien llegara a ver la conversión a la bondad de un hijo de la ira. Ha sucedido lo que en principio es imposible. La conclusión, para una sensibilidad espontáneamente religiosa, es inmediata: Dios puede intervenir en el corazón de los hombres. Y por eso mismo, el hombre no está condenado a los límites de lo natural. Incluso el genocida podría comenzar de nuevo. De hecho, es lo que hizo Pablo. Sin duda, estamos ante un evangelio. Y donde se palpa la presencia de lo divino, la revelación no es simplemente un asunto interno, la expresión de una preferencia personal.

Todo cambió con Rousseau, como quien dice. Donde el hombre es bueno por naturaleza —donde lo que pervierte una bondad natural es la sociedad, el sistema—, la posibilidad de una transformación moral depende de lo que el hombre haga consigo mismo y su entorno, al fin y al cabo, de la revolución. No es casual que Rousseau sea, en cierto modo, un heredero de la Reforma. Pues el paso de una divinidad física a un Dios interior facilitó, precisamente, que al final llegáramos a olvidarnos de Dios. Hoy en día, para el viaje del alma nos bastan las alforjas de las energías positivas o la buena onda. O eso creemos. De ahí que cristianismo y progresismo no hagan muy buenas migas, al menos porque el mensaje cristiano no puede prescindir, sin alterarse significativamente, del relato de la caída. La idea de que solo un dios puede salvarnos, como dijera Heidegger en su última entrevista, probablemente no sin ironía, no casa con la fe en el progreso moral del hombre. Sin embargo, tampoco me atrevería a decir que el cristianismo se entienda mejor con las derechas, aunque históricamente haya sido así. No puede hacerlo, si el compromiso creyente por un mundo más justo es un irrenunciable de la fe. Es lo que tiene el contraste, nunca definitivamente resuelto, entre Dios y el mundo.

va de focas

septiembre 22, 2020 § 1 comentario

A diferencia de las focas —o las lombrices, o incluso los chimpancés—, no tenemos suficiente con lo suficiente. La foca bebe cuando tiene sed. Y ya está. Hasta que sienta de nuevo la garganta seca. En cambio, los hombres no tenemos suficiente con lo suficiente. La satisfacción no nos satisface. Aspiramos a algo más, aunque no sepamos bien en qué consiste. Por lo común, creemos que lo que nos falta es tener una cosa más. Pero en esto consiste nuestro error. Una cosa más siempre acaba siendo una cosa de más. Los tiros no van por ahí. A diferencia de las bestias, nunca nos encontramos (a nosotros mismos) en donde estamos. Como si fuéramos unos foráneos. Como si estuviéramos fuera de lugar. El todo no puede ser todo para quien existe —para quien deambula por el mundo como arrancado. Las focas no existen. Son. Y, precisamente, esto es lo que nos falta: ser como una foca. Traducción: ser alguien de una pieza, estar en paz con uno mismo (y de paso con los demás), en definitiva, integridad. El problema es que, una vez surge el alguien —el yo—, resulta inevitable hallarse a una cierta distancia del aspecto con el que, por otro lado, nos identificamos. Así, la cuestión es si vivimos en relación con la búsqueda o si, por el contrario, nos dejamos llevar por la inercia de los días como si la búsqueda no fuera con nosotros. En realidad, uno es lo que ama. Y amar es buscar lo que pide ser buscado aun cuando no quepa alcanzarlo. O por eso mismo. Al fin y al cabo, el síntoma del amor es cuanto más cerca, más lejos. Y quien dice amor, dice libertad.

hambre

septiembre 21, 2020 § Deja un comentario

Ochocientos millones de hambrientos en el mundo… ¿Y podemos soportarlo? Claro. Es lo que tiene la distancia. Ya se sabe: corazón que no ve… El problema es que, aun cuando nos mirasen de frente, también seguiríamos soportándolo. Simplemente bastaría con que siguiéramos con lo nuestro. Como el sacerdote y el levita de la parábola. No es causal que el único que se detuviese fuese un samaritano, alguien que en la época pasaba por un apestado de Dios. Pues hay que estar hundido para estar cerca de los hundidos. O por decirlo a la griega, solo lo semejante ama a lo semejante. Sin embargo, ¿todos los hambrientos son mis hermanos? Ante Dios —y porque, ante Dios, estamos sin Dios— no hay duda. Sin embargo, hay aquí algo de excesivo, por no decir delirante. Como cualquier asunto que tenga que ver con Dios.