asimetrías básicas (2)

septiembre 18, 2023 § Deja un comentario

Una relación asimétrica —la de Fausto y Margarita, por ejemplo— no puede funcionar. Pues no admite ningún más allá del momento de la sensación verdadera, por decirlo a la manera de Peter Handke —ningún porvenir. El mundo, sencillamente, no sabrá cómo encajarla. ¿Hablamos de una ilusión? No necesariamente. Pues solo a través de las relaciones asimétricas, de ser afortunadas, puede irrumpir la eternidad —e irrumpirá como lo que pone en suspenso, precisamente, la costumbre que erosiona cuanto es. Mundo y verdad nunca hicieron buenas migas. Y de momento, gana el mundo. Aunque a costa de pagar un alto precio. No sé por qué, pero siempre he visto mucha tristeza en los parques de atracciones.

Indiana Jones

septiembre 17, 2023 § 3 comentarios

Imaginemos que fuese cierto que existiera un dios que se preocupase por nuestra suerte o que simplemente jugase con nosotros. ¿Acaso no investigaríamos más? ¿Es que no intentaríamos contactar con él como los mediums con sus fantasmas? ¿Cómo tomarse en serio a quien dice que cree que hay un dios y, con todo, no busca la manera de topar con él, aun a riesgo de enloquecer? Que la relación con el dios se decida solo del lado de la interioridad —que tengamos suficiente con el coloquio interior— ¿acaso no demuestra, más bien, que estamos lejos de creer en lo que decimos creer? ¿Qué creyente hoy en día posee el espíritu de Indiana Jones?

No salimos de este impasse donde añadimos que no toparíamos con el dios, de topar, como quien topa con un alienígena —o encontrarlo como quien descubre el arca perdida. Pues un dios —se dice— es gigantesco, al igual que somos seres gigantescos para las lombrices… si es que intuyen, cuando menos, nuestra existencia. De hecho, si ellas llegaran a topar con nosotros morirían al instante… (y esto es, dicho sea de paso, lo que solía darse por descontado antiguamente a propósito del encuentro entre los hombres y los dioses, a menos que ellos se rebajaran adoptando nuestro aspecto). Ahora bien, si no salimos del impasse por lo que acabamos de decir es porque el carácter inalcanzable de Dios en verdad no tiene que nada ver con lo gigantesco, sino con su esencial falta de sustancia. Un ente cuyo único exceso o superioridad sea la de lo desmesurado sigue siendo, literalmente, más de lo mismo. En sí, Dios no es aún nadie. De hecho, esta es la única trascendencia: la de un Dios que solo puede darse como su porvenir —como su llegar a ser alguien. Como sabemos, este fue el hallazgo de Israel tras el exilio —el que provocó, precisamente, el desencantamiento del mundo. Y de ahí a confesar que Dios no tiene otro quién que el de un crucificado en su nombre media un paso. Aunque sea un paso de gigante.

cartoon

septiembre 16, 2023 § Deja un comentario

Dice el creyente: Dios es creador. Pero difícilmente admitiría como dios a un extraterrestre que hubiese creado el cosmos por puro entretenimiento. O simplemente para experimentar. Sin embargo, el creyente podría objetar que Dios es más que creador. Ahora bien, ¿puede ser este más algo más que un además? Difícilmente. Pues nada hay por encima del principio. Por tanto, el creador es lo más. Por consiguiente, al decir que Dios es algo más que creador, con la intención de hacer frente a quien dijera, que en ese caso, Dios no sería distinguible de un demiurgo espectral, lo único que habríamos conseguido es marear la perdiz. A menos que este algo más fuese un no ser nada. Como si la creación de Dios consistiera precisamente en negarse a sí mismo como Dios. Dios crea, por tanto, de la nada al convertirse a sí mismo en nada. El en-sí de Dios no es una para-sí, como en el caso del hombre, sino un para-lo-otro-de-sí. Pero en este caso, ya no estaríamos hablando, obviamente, de un demiurgo espectral.

la cosa de la educación

septiembre 15, 2023 § Deja un comentario

En educación se suele hablar de la necesidad de integrar a quien, de entrada, está fuera del juego que se juega en las aulas. Que nadie se quede atrás. Y esto está bien. O más que bien. La pregunta, sin embargo, es cómo hacerlo. Y aquí —diría— caben dos tácticas. La primera es la que podríamos denominar maternal. Hablamos de ir a recoger al alumno ahí donde ha sido abandonado: que note que el maestro está por él; que quiere que salga del pozo. Y creo que este modo de proceder funciona, sobre todo, en grupos reducidos y para aquellos que se encuentran sepultados por su debilidad, en definitiva, por la convicción, vivida a flor de piel, de que no van a poder. Sin embargo, me atrevería a decir que no termina de funcionar con aquellos que, creyéndose unos outsiders, desafían el sistema. Son los provocadores. Y haberlos, haylos. En este caso, diría que el procedimiento a seguir tendría que ser más paternal que maternal: aquí venimos a aprender cómo se hacen puentes; por tanto, si no quieres seguir el hilo, estás fuera. El provocador ha de sentir que esta, de hecho, fuera por no tomarse en serio un juego que es serio. Y lo más probable es que se sienta así, siempre y cuando, estando efectivamente obligado a asistir a clase, vea que el grupo sigue como si él no estuviera… pero que, con todo, puede subirse al carro si se pone a ello. Pues le estamos esperando. Porque el grupo siempre gana, es cuestión de que el clima sea, precisamente, el de vamos a hacer las cosas bien —y no el de esto es can pixa. El problema es que el grupo esté formado en su mayoría por provocadores. Pero este es otro asunto.

deseo de dios —o de diosa

septiembre 14, 2023 § 2 comentarios

Hay algo de análogo entre la relación del antiguo creyente con Dios y la que mantiene con la mujer que desea aquel que no se cree digno, por jorobado, de esa mujer. Pues automáticamente el jorobado siente que esa mujer es una diosa de cuyo favor depende por entero. Sin embargo, lo que el jorobado ignora es que, debido a su desprecio de sí, nunca podrá admitir la entrega de la mujer que desea: ella, sencillamente, no puede amarlo. Evidentemente, se trata de un error. Pues esa mujer, a pesar de su brillo, también anda como el dromedario, soportando el peso de su joroba. Aunque nos lo parezca, no es en verdad divina. Estricto oropel.

Aquí la libertad del jorobado pasa, como es obvio, por liberarse de su deseo. Por lo común, esta liberación exige un sacrificio: hay que apartar ese amor por un amor más grande. Kierkegaard. Con todo, probablemente solo se librará de su deseo cuando acepte, no ya que todos deambulamos como jorobados, aunque esto sea cierto, sino que ningún éxito importa, ni siquiera el que procede del sacrificio, para un Dios que anda rozando el nadie. Todo comienza a partir de esta revelación.

Así, difícilmente comprenderemos un texto como la Biblia hasta que no caigamos en la cuenta de que solo un Dios que quiso desaparecer para que fuera posible el mundo nos libera de nuestra espontánea dependencia de los dioses. Como si no hubiera otro padre que aquel que nos abandonó antes de tiempo —aunque por eso mismo haya historia. Pues ninguna historia es posible donde aquel que creemos que es nuestro padre sigue ahí, tutelando nuestra existencia. O mejor dicho, como si lo hiciese. A veces pienso que donde creemos que hay un dios que maneja los hilos, garantizando de paso el sentido de tot plegat, no estamos tan lejos del nihilismo. Al menos, porque no puede haber nada en verdad nuevo —ninguna alteridad— donde damos por descontado el amparo de un dios. A lo sumo, la novedad, ese simulacro de lo nuevo.

esto de la experiencia de Dios

septiembre 13, 2023 § 4 comentarios

Mientras sigamos confiando en las posibilidades del mundo —mientras sigamos creyendo que somos alguien, que tenemos derecho a la admiración— no hay experiencia de Dios que valga. En cualquier caso, suposiciones acerca del significado de tot plegat o la sensación de hallarnos bajo un sí de fondo (y poco más). Difícilmente, puede haber hoy en día quienes experimenten a flor de piel el sentimiento de depender por entero de un poder que nos sobrepasa sin capacidad de negociación. Dios en verdad es intratable. Y no porque sea terrible como pudo serlo un Moloch, sino porque para experimentar la realidad de Dios —tal es la convicción de la tradición bíblica— hay que haber tocado fondo, como suele decirse, encontrarse en la situación del expulsado: no cuentas para nada ni para nadie (y ciertamente, cuando has sido reducido a un despojo de ti mismo no estás para tratos). Esta fue, como sabemos, la situación de Job, una situación desde la cual la bendición y la maldición se revelaron como los dones que se desprenden de la extrema trascendencia de Dios —de su retroceso hasta un pasado anterior a los tiempos (y por eso mismo, hacia un porvenir absoluto). Es en este sentido —y solo en este— que podemos decir que Dios es terrible. El vértigo va de la mano de la lucidez de quien se enfrenta a la verdad de Dios.

Tan solo aquel que topa con la realidad de un Dios que, en sí mismo, anda rozando la nada de un puro haber —la que se manifiesta como el silencio que abraza por igual los hornos crematorios que la sonrisa de un niño — puede decir que ha comenzado a experimentar a Dios. Tan solo la imposible posibilidad de la nada nos puede en verdad. Y digo imposible porque Dios en sí no es una posibilidad del mundo. No puede serlo, en tanto que su irrupción supondría, precisamente, la aniquilación del mundo. Luego algunos modernos dirán que esto del temor y el temblor tiene que ver con una visión demasiado negativa de Dios. Quizá. Pero ¿es posible que hayan sustituido a Dios, una vez más, por una imagen a medida de Dios? La convicción de que vivimos bajo la gracia de Dios es inseparable del temor y el temblor. Ya Bonhoeffer nos advirtió sobre el riesgo de abaratar la gracia, el cual coincide con el de tomar el nombre de Dios en vano. En cualquier caso —o por eso mismo—, la bondad lo es todo. O mejor, más que todo. Pues en tanto que, al ofrecerse como acto imposible en medio del horror, revela el todo como aún-no-todo. Y es que en el todo impera el No.

Ahora bien, ¿por qué decimos que ha comenzado a experimentar a Dios y no simplemente que lo ha experimentado? Es sabido que el budismo se detiene en la nada. No hay más allá. En cambio para Israel —y por extensión para el cristianismo— la nada no es nada sin albergar en su seno la voluntad de tener un cuerpo. Y es que nada es si no es en relación con aquello que lo niega. Porque hay mundo, la nada persiste como aquello que tuvo que dar un paso atrás para que hubiese mundo —y tiene que darlo continuamente para que siga habiendo mundo. Hay un puro haber —un haber sin mundo. Pero, en cuanto tal, se muestra al pensamiento —y a quien sufre la extinción del mundo— como el fondo inescrutable, en tanto que inevitablemente obviado, del haber del mundo.

El problema del nihilismo —y acaso del budismo— es no haber reflexionado lo suficiente sobre el poder de la nada. Pues la nada es en su retroceso en favor de cuanto existe. Adán tuvo que negar a Dios en nombre de Dios para que Dios pudiera llegar a ser alguien amb cara i ulls en el centro de lo histórico. Hay un más allá de la nada. La creación es el más allá de Dios, su donación. Pues Dios, como aún nadie, es su donación de sí en lo otro de sí —su kénosis. De ahí que la experiencia de Dios sea incompleta donde tan solo topamos con su silencio. En lo relativo a la fe, todo comienza con ese silencio. Pero no termina ahí. Pues lo cierto es que la experiencia de Dios por parte de Israel va con el experimentar la Ley —el deber de la fraternidad— como sagrada, es decir, como intocable. Al menos, porque la voz que clama por el pan de cada día es aquella que se desprende de un Dios que, en sí mismo, no es aún nadie —la voz que ocupa el lugar del dios que imaginamos una vez somos sepultados por el silencio de Dios. De ahí que, tanto judía como cristianamente, la experiencia de Dios culmine con el reconocimiento del mesías —el primero en dar un paso incondicional hacia los abandonados de Dios en nombre del Dios que guarda (el) silencio— como Palabra de Dios, la única que supera su silencio. En consecuencia, cristianamente no parece que podamos decir que creemos en Dios mientras no nos adhiramos a la fe del mesías de Dios, en definitiva, a su absurda esperanza.

Ahora bien, si la fe pende de un hilo es porque el reconocimiento del verdadero mesías, de darse, solo es posible tras su muerte. El mesías tuvo que morir —y morir bajo el peso de la impiedad— para que, a través de su fe, Dios pudiera darse en el presente como cuerpo de Dios. Al rechazar, modernamente, esta necesidad, dando por sentado que presupone un Dios-sediento-de-sangre como si fuese una versión de Moloch aunque con un punto de misericordia, lo que damos a entender es, más bien, que seguimos lejos de haber comprendido la revelación que tuvo lugar en el Gólgota. Y seguimos lejos porque aún permanecemos anclados en la concepción religiosa de Dios, aquella según la cual Dios posee la entidad de cuanto existe al margen de su encarnación.

Con todo, nadie dijo que la fe fuese algo que pudiéramos tener como quien posee una ilusión —o mejor dicho, es poseído por ella. De hecho, la ilusión, en el doble sentido de la palabra, acaso sea lo único que, espiritualmente, podemos tener desde nuestro lado. Y la esperanza creyente, en tanto que apunta a lo imposible en nombre de Dios, nunca fue una ilusión.

mesianismo a la Buber

septiembre 12, 2023 § Deja un comentario

Con razón han dicho nuestros sabios que todos los tiempos establecidos para la venida del mesías han pasado, solo falta el regreso (…). A veces, soñando despierto, veo al mesías que lleva el cuerno del carnero en los labios y no sopla. ¿Qué es lo que espera? No que conjuremos los poderes, sino que como niños descarriados volvamos a nuestro padre.

Martin Buber, Gog und Magog

mesianismo

septiembre 11, 2023 § 1 comentario

No puede entenderse el cristianismo si no es a partir del judaísmo. Digo esto porque los intentos de actualizar el credo cristiano recurriendo a categorías propias de las religiones orientales terminan confundiendo las churras con las merinas. Esto es, diciendo una cosa por otra.

Ciertamente, nuestros tiempos sintonizan mejor con dichas religiones. Al menos, porque desde el principio se decantaron por lo abstracto en vez de por el santoral. Nos resulta más fácil suponer que lo último o definitivo es algo así como un océano en el que terminaremos disolviéndonos como muñequitos de sal que un cielo repleto de espectros. Sin embargo, la tradición bíblica nunca reposó sobre aquello en lo que espontáneamente podemos creer. En realidad, implica su crisis.

Y es que la experiencia de Dios de Israel, sobre todo tras el exilio, no se deja articular por las categorías del presente. La invisibilidad de Dios no es la propia de lo que esta velado por las apariencias. Como si bastase correr el velo para ver lo que hay detrás. De hecho, la revelación, a diferencia del desvelamiento, es un volver a velar. Pues la revelación supone caer en la cuenta de que la invisibilidad de Dios es la de un Dios por-venir —de aquel Dios, el único en verdad, que, en sí mismo, tiene pendiente, precisamente, ser alguien. De ahí que en un momento dado Israel no pudiera concebir su experiencia de Dios si no era en relación con su representante, el mesías. No hay presencia de Dios, al margen de aquel que ocupa su lugar. Por eso me resulta más profunda la convicción de que lo que decide nuestra relación con Dios es la fe en la fe del mesías que la idea, en el fondo más racional de lo que parece, de que de lo que se trata es de conectarse a algo así como un fondo nutricio. O a la nada.

verdad y devoción

septiembre 10, 2023 § 1 comentario

Una cosa es la verdad a la que apunta el cristianismo y otra la devoción. En la devoción no hay espacio para la pregunta por la verdad: se da por descontada. Hay Dios —y un Dios con el que puedo comunicarme y confiar. El devoto simplemente se limita a circular por el territorio trazado por el código religioso. Y desde este código, todo cuadra, incluso lo que no. La crisis de la devoción es el comienzo de la fe. Pues la fe solo puede darse como el paso hacia un Dios que nos alcanza como nadie-ahí. Nada sabemos acerca de Dios porque de Dios no hay nada que podamos saber —ni nosotros, ni los ángeles. Pues Dios, en sí, es el silencio y la oscuridad que cubre cuanto es. Más allá de Dios, únicamente el Dios-hecho-cuerpo. Ver el rostro de Dios es ver los ojos desencajados de quien topa con la nada de Dios —con su retroceso o negación de sí en favor de lo otro de sí. Tan solo esos ojos, cuando nos miran, tienen el poder de arrojarnos fuera del quicio del hogar. La revelación únicamente se nos da en los Gólgota de este mundo. Todo cuanto quepa decir cristianamente de Dios comienza sobre la cima de un calvario. Ningún dios sobrevive a la cruz de Dios —ni siquiera el de la cristiandad. El creyente que no recorre el mismo camino que recorrió el crucificado, antes que creer, creerá que cree. Aun cuando sea buena gente —lo cual, sin embargo, ya es mucho. La fe, como la revelación, tienen su momento. Y un momento que no va a depender de nosotros. Tras la revelación, ya nada volverá a ser lo mismo. Ni siquiera la nada.

va de Feuerbach

septiembre 8, 2023 § Deja un comentario

Hablar de Dios como proyección del hombre solo es posible cuando previamente hemos reducido la alteridad de Dios a idea de lo absolutamente otro. Esto es, cuando el punto de partida de la existencia ya no es un hallarse expuesto a la desmesura de una genuina alteridad. Ahora bien, esta desmesura no es la de lo gigantesco —de hecho, lo gigantesco, en tanto que proporcional, no supone nada verdaderamente otro—, sino la del haber de Dios, un haber que anda rozando el nadie-ahí. Tan solo este nadie nos supera en verdad. De ahí que bíblicamente, la experiencia de Dios vaya de la mano del silencio que cubre por igual la bendición y la maldición —los campos de exterminio como los de amapolas. Un Dios que se revela como su por-venir —un porvenir que no admite otras imágenes que las increíbles por imposibles— en modo alguno puede entenderse como una proyección del hombre. Más aún cuando lo que se desprende de la experiencia de un Dios-por-venir es la respuesta de Israel al descenso de Moisés del monte Horeb: primero obedeceremos y luego ya veremos. Como si con respecto a Dios el asunto no fuera Dios, sino la Ley que nos obliga a la fraternidad de los huérfanos, el mandato que se desprende, a la manera de un aliento, de la extrema trascendencia de Dios.

Las tesis de Feuerbach —hijas, en definitiva, de la sospecha cartesiana—son, por tanto, tautológicas. Pues donde partimos de nuestra representación de Dios a la hora de preguntarnos por la realidad de Dios —como quien pretende verificar una hipótesis— ya presuponemos lo que vamos a concluir, a saber, que cualquier realidad es función de las condiciones de posibilidad del conocimiento, en definitiva, del sujeto del saber. En este sentido, me atrevería a decir que Feuerbach no acabó de comprender a su maestro. Y es que Hegel fue muy consciente de que para evitar el subjetivismo —al fin y al cabo, para dar cuenta de lo que aparece en el aparecer— hay que pensar lo real desde el lado de la alteridad. Aunque tras este viaje terminemos reconociendo que no hay alteridad que no implique su negación de sí. De hecho, a veces no puedo evitar la impresión de que la Lógica es una exégesis del prólogo al cuarto evangelio. Pero este es otro asunto.

hasta que llegó su hora

septiembre 7, 2023 § Deja un comentario

El rostro es la expresión del alma, decimos. Y lo decimos porque ya quisiéramos que fuese así. De ahí que, en los dibujos animados, la bruja sea fea. Pero no tiene por qué ser así. Y esto es lo inquietante. Que no haya signos definitivos. Un psicópata puede tener perfectamente la mirada azul de Henry Fonda (véase Hasta que llegó su hora). Y es que lo real no es lo que quisiéramos que fuese —y damos por descontado que es—, sino más bien lo que se nos escapa sin remedio, una esencial falta de coincidencia con la apariencia. Lo real, en tanto que desajustado, es de por sí inquietante. Y no hay inquietud si no es en relación con lo inquietante o, cuando menos, su posibilidad. Es la costumbre —incluso la religiosa— la que nos impide situarnos, precisamente, ante el exceso de lo real. Sin embargo, frente a la irrupción de lo real cualquier hogar se revela como un hogar de paja.

eterna

septiembre 6, 2023 § 1 comentario

¿La eternidad? La vida continúa y tú ya no estás. ¿Hay un más allá? Al menos, el de un mundo que seguirá sin ti. Este es el vértigo. Los cielos están repletos de nadies —de fantasmas. Pero el fantasma, no siendo ya alguien, clama por volver a tener un cuerpo. No sé si la eternidad esté llena de ojos —que decía Celan. Pero, cuando menos, está llena de voces. A este más allá el antiguo Israel lo denominaba sheol. Y no parece un lugar agradable. Ahora bien, no deja de ser curioso que donde hay sheol la redención consista, precisamente, en volver a tener un cuerpo.

pater noster

septiembre 5, 2023 § Deja un comentario

Ningún padre termina su obra. Esta es la tarea del hijo, más allá de lo biológico. El problema de Hamlet fue que su padre se convirtió en fantasma. De ahí que no supiera qué hacer. Mejor dicho, fueron sus sospechas las que transformaron a su padre en un casi nadie, apenas un residuo de lo que fue. Con todo, lo que acaso Hamlet no comprendiera —y por extensión, el sujeto de la Modernidad— es que el padre solo es real mientras siga siendo un padre de ultratumba. La resistencia de Hamlet a obedecer el mandato del padre —un mandato por defecto imposible— fue el síntoma de haber olvidado que existir significa, precisamente, un hallarse expuestos a lo irreductiblemente extraño. El mundo moderno se equivocó al prescindir del fantasma —al convertirlo en el contenido de una experiencia visionaria. La genuina alteridad nunca fue palpable.

juicio final

septiembre 4, 2023 § 3 comentarios

Es posible que muchas cabezas cristianas de hoy en día no sepan qué hacer con la idea de un juicio final. Sin embargo, la experiencia de Dios, según Israel, es inseparable de un hallarse sub iudice. La promesa de un juicio final está lejos de ser una fantasía, aun cuando se exprese por medio de imágenes, ciertamente, imposibles. Y no porque dicha experiencia consista en la aparición de un juez espectral frente al que tengamos que rendir cuentas, sino porque quien se encuentra ante Dios es quien, habiendo sido despojado de sí, tan solo puede decir heme aquí. Pues el Dios con el que topa el despojado es el que se revela como aún nadie —el Dios que, por eso mismo, está a un paso de caer en la nada. De ahí que, bajo el silencio de Dios, el hombre no pueda evitar decidir si seguir del lado del mundo —y por consiguiente, terminar hundiéndose con él— o, por el contrario, respondiendo a la voz que se desprende, precisamente, de ese silencio. Y si esto es así, entonces quizá no estaría de más preguntarse si donde damos a Dios por descontado como si fuese algo así como espectro bonachón no estaremos tomando el nombre de Dios en vano (y por eso mismo, sustituyendo, una vez más, a Dios por un dios a nuestra medida).

heme aquí

septiembre 3, 2023 § 1 comentario

Cuando Abraham se encuentra ante Dios las primeras palabras que pronuncia, como es sabido, son heme aquí —y no solo las pronunciará Abraham. Se trata de una expresión típica, pero en modo alguno obvia —una expresión que podamos obviar. Pues cuando menos significa que el hombre ante Dios deja de no encontrarse a sí mismo allí donde está. Cesa, por tanto, su inquietud —la búsqueda de no se sabe qué. Y no porque se haya acomodado a la situación —no porque se haya reconciliado con el bonobo que llevamos dentro—, sino porque ya no puede ir más allá, ni siquiera de sí mismo. Sería algo parecido a un hasta aquí hemos llegado. Es la situación del fin del orgullo —de la ilusión que nos atrapa. Ahora bien, el Dios ante el que sitúa el despojado de sí no es el gigantesco —el que pueda comprenderse como una brutal extrapolación de lo humano. Más bien, es el Dios que anda rozando la nada. Y es que el encuentro con este Dios es el envés del fracaso de nuestra pretensión de ocupar el lugar de Dios —el envés de la desaparición del mundo como nuestra posibilidad. ¿Y ahora qué? Sea lo que sea, no podrá decidirlo el hombre.

De hecho, no es causal que la expresión que sigue sea qué quieres que haga, la cual es, ciertamente, extraña. Pues ¿acaso el Dios que anda rozando la nada puede querer algo —y querer algo del hombre? La convicción de Israel es que de la nada de Dios —el que la trascendencia de Dios se comprenda como la de un Dios por venir— se desprende el mandato que nos obliga a la fraternidad. Pues, ante este Dios, el hombre debe elegir entre la paz con el extranjero, el leproso, el que huele mal —algo así como la alteridad hecha cuerpo— o seguir elevando los muros que le preservan, precisamente, del extraño. Ahora bien este último esfuerzo, frente al poder absoluto de la nada, es un error. Pues la nada de Dios —y ahora sin ninguna oportunidad— terminará atravesando nuestros muros para aniquilar cuanto se mantiene en pie. Casi me atrevería a decir que lo que se deduce de un Dios que no existe —un Dios que existe, no existe decía Bonhoeffer— no es que todo esté permitido, sino todo lo contrario. Y el resto es un verlas venir.

una papelera no siempre es una papelera: una introducción a Sócrates

septiembre 2, 2023 § Deja un comentario

Por lo común, sabemos de lo que estamos hablando mientras no nos lo preguntemos. Pues al preguntárnoslo abandonamos el marco pragmático en el que el lenguaje deviene significativo. Esto es, nos situamos en la grada, fuera de la escena. Por ejemplo, una papelera. En principio, creemos saber lo que es una papelera. Esto es, cuando, estando en la calle o en una oficina, queremos echar un papel sabemos dónde echarlo (y dónde no deberíamos hacerlo). Si alguien echara un papel desechable sobre la mesa, habiéndole dicho que lo echase a la papelera —y suponiendo que no trata de provocarnos—, fácilmente deduciríamos que ignora lo que es una papelera. Hasta podemos admitir que, en un determinado contexto, una caja de cartón o una bolsa de plástico colocadas en una esquina podrían hacer de papelera, al menos provisionalmente. Pues, grosso modo, una papelera es aquello que usamos para echar los papeles que nos sobran. El significado de la palabra papelera no puede disociarse del uso que le damos.

Con todo, el que algo sea —o pueda servir como— papelera no está exento de supuestos, incluso normativos. Al menos porque no diríamos que sirviese como papelera una secretaria a la que le echáramos a los pies los papeles sobrantes para que, tras recogerlos, los llevase al contenedor de reciclaje. Por eso, el uso de la palabra tiene que apuntar a una definición que nos permita distinguir entre los usos admitidos y los que no.

Ahora bien, y esto es lo interesante, difícilmente podremos llegar a precisar dicha definición más allá de lo que ya sabemos de antemano… aunque sin terminarlo de saber: una papelera es esa cosa que nos sirve para tirar los papeles sucios (y no, pongamos por caso, restos de comida). Y no lo terminamos de saber porque el uso de la palabra papelera es inevitablemente borroso. Por consiguiente, siempre cabe la posibilidad de algo que, ajustándose a su borrosa “definición”, no encaje en el uso habitual de la palabra papelera. De este problema ya se dio cuenta Sócrates en su momento, aunque a propósito de aquellas palabras cargadas de fuertes resonancias morales.

Tampoco podemos sortear la dificultad añadiendo condiciones necesarias o sine qua non. Al fin y al cabo, las condiciones necesarias, si no pretenden ser arbitrarias, son las que especifican el uso habitual de la palabra papelera… con lo cual no habríamos ido más allá de lo que ya sabemos de entrada. O lo que es lo mismo, seguiríamos dentro de la circularidad de lo tautológico: una papelera es una papelera, esto es, aquello que nos sirve —y admitimos— como tal. De hecho, cuanto más esenciales —cuanto más reducidas sean dichas condiciones necesarias—, más abierta queda la definición. Y cuanto más numerosas —cuanto mayor es su poder delimitador—, más arbitraría o artificial.

Así, teniendo en cuenta la primacía del uso a la hora de establecer el significado de las palabras —o al menos, de la mayoría—, lo que solemos tener en mente —como viera Aristóteles— es el prototipo, el dibujo que haríamos si se nos pidiera que representásemos una papelera. En definitiva, una forma. Ahora bien, esta forma no puede ser llevada a concepto sin que la forma sea, precisamente, abandonada. La forma, en tanto que prototipo, es simplemente un grafo. Y el grafo, aunque apunte maneras, no lo dice todo. Pues supongamos que el grafo en cuestión —la papelera que dibujamos cuando nos piden que dibujemos una papelera— tuviese una boca circular. ¿Rechazaríamos una papelera cuya boca fuese cuadrada? Es obvio que no. El grafo de una papelera prototípica inevitablemente deja fuera unas cuantas papeleras. Sin embargo, porque las deja fuera —porque su forma es una determinada—, en principio, tiene que haber un concepto que nos permita ir más allá del grafo a la hora de admitir lo que es una papelera. Es decir, un concepto que reúna los diferentes usos. Con todo, ninguna reflexión llegará a precisarlo… más allá de lo establecido por el uso habitual. Por consiguiente, tiene que haber un concepto. Pero no parece que lo haya. Esto es, ningún concepto aparece o se muestra al entendimiento… como la papelera se muestra a la sensibilidad.

Más aún: una papelera en apariencia —esto es, conforme al grafo— que, debido a un diseño deficiente, no pudiéramos usar como tal ¿sería una papelera? Difícilmente la admitiéramos como tal. En cualquier caso, sería una papelera de juguete. Por tanto, si el uso decide el significado no podemos decir en qué consiste que algo sea una papelera sin tener en cuenta la diferencia entre una buena papelera —lo que esta debe ser— y una que no termina de servir como tal. Como decíamos antes, el grafo —el prototipo, la forma— no basta para establecer el significado.

Este fue, como decíamos antes, el asunto del que se ocupó Sócrates…, un asunto que Sócrates entendió, contra todo sentido común, como el problema existencial par excellence. Pues si el saber es, en definitiva, un saber cómo operar con la cosa en cuestión, aun cuando sea un saber incierto —ningún ciempiés sabría como responder a la pregunta acerca de cómo es capaz de coordinar sus cien pies—, no parece que podamos saber qué hacer con nosotros mismos, mientras no sepamos en qué consiste el bien moral, la justicia, la piedad… en definitiva, una vida buena. Y no da la impresión de que lo sepamos donde coexisten, precisamente, diferentes usos, a menudo incompatibles, de dichas palabras, cosa que no sucede con palabras como papelera, martillo, espada

Si la vida buena —en definitiva, la felicidad— es la vida de quien saber vivir, la pregunta es, por tanto, en qué consiste el saber de quien sabe vivir. Así, al igual que decimos del buen herrero que es bueno porque sabe cómo forjar el hierro —porque domina la forja, porque la forja no le puede—, deberíamos decir de alguien que es feliz porque sabe serlo. En definitiva, porque es un buen hombre, en el sentido de que sabe extraer las máximas posibilidades de la existencia humana. A un buen hombre, la vida no le pasa por encima, esto es, no se limita a reaccionar como si fuera una bestia o una bola de billar. Y no le pasa por encima porque es capaz de ejercer un dominio de sí en nombre de lo que debe ser o en verdad importa —en nombre de las exigencias del alma, por decirlo a la platónica. Nadie logra ejercer dicho dominio de sí mientras se halle sepultado por la disputa de las opiniones sobre lo bueno o justo. De ahí que no comprendamos el intento de Sócrates por lograr una definición de aquellas palabras que confieren una orientación a la existencia hasta que no admitamos que lo está en juego es, precisamente, el saber vivir, en definitiva, la libertad interior, un estar por encima de lo que nos sucede y en verdad no importa.

Ahora bien, lo paradójico del asunto es que ese saber se revelará, en el fondo, como un no saber. Es decir, la reflexión inevitablemente tendrá que fracasar en su intento por alcanzar un saber basado en la definición. Y aquí el buen hombre —el que sabe vivir— coincide con el ciempiés. El único modo de transmitir este saber es, como en el caso del aprendiz a herrero, poniéndose al lado de quien sabe, mientras se ejercita en la búsqueda del bien o la justicia, esto es, mientras se dedica a la crítica, lógicamente implacable, de lo que cultural o políticamente damos por bueno o justo. Aquí saber vivir va de la mano con el perseguir o amar la verdad, en el sentido de preguntarse por lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. No obstante, si cabe la crítica es porque tenemos en mente, aunque sea de algún modo, lo que debe ser el bien o lo justo. Como el herrero tiene en mente lo que debe ser una buena espada. Y lo que esto significa es que, para nosotros, tan solo el no es eso, no es eso —o mejor dicho, un no acaba de serlo. Pues en el presente, nada termina de ser lo que debe ser.

Platón simplemente se preguntará por el fundamento ontológico de la ignorancia socrática —esto es, qué tiene que ver esta ignorancia con la naturaleza del haber en cuanto tal. Pero este es otro tema.

babilonios

agosto 30, 2023 § Deja un comentario

Según parece, los babilonios utilizaban una misma palabra para crimen y castigo. Como si lo primero ya fuera con lo segundo. No hay duda de que el lenguaje crea una mentalidad —un modo de estar en el mundo y, por extensión, un mundo. Así, para los babilonios es inconcebible que un crimen quede impune. ¿Qué hay detrás de esta visión? ¿Acaso un hallarse bajo el poder implacable del soberano? Es posible… Sin embargo, ¿de qué crimen estamos hablando? ¿De aquel que consiste en saltarse las reglas? Probablemente. Quien se mueve, no sale en la foto…

Lejos estamos, por tanto, de Israel. Y no tanto porque, para Israel, el crimen pueda quedar impune, sino porque el crimen es la injusticia que va con el mundo. Aquí el punto de partida no es el infractor, sino el poderoso. Aunque también podríamos decir que el punto de partida es el infractor siempre y cuando tengamos en cuenta queel infractor par excellence es quien, en el ejercicio de su poder, produce víctimas. De ahí que la fe que apunta a un Dios que restaurará la igualdad originaria en su momento a la vez que puede adormecer a quienes sufren un poder despótico, también los libera del tener que reconocer a Nabucodonosor como semidiós. Así, según Israel, el castigo —la reparación— está por venir. Como Dios mismo. Pues, desde la óptica del sufrimiento indecible de tantos inocentes, no es cierto que históricamente el crimen y el castigo vayan a la par. En cualquier caso, que la sentencia se posponga hasta el día D, implica tanto el arraigo de la culpa como la oportunidad de una redención antes de tiempo.

Job a la luz de Elías

agosto 29, 2023 § Deja un comentario

En 1 Re, 19 leemos lo siguiente: hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, el fuego; pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?» ¿De qué brisa nos habla el texto? ¿De la que nos refresca tras haber sido abrasados? ¿O más bien de la que atraviesa los restos de la devastación? Probablemente de ambas. Sin embargo —o por eso mismo— la paz que da el paso de Dios no nos deja en paz —aunque quizá la expresión más adecuada sería que nos deja en suspenso. Pues a la brisa le sucede la interpelación de Dios: qué haces aquí, Elías. Vamos a traducirlo: y ahora qué… una vez has experimentado a flor de piel que no eres nadie. La interpelación es semejante a la que escucha Job —quién eres tú…— tras haber sido situado alternativamente ante la desmesura del cosmos y la enormidad de los infiernos de este mundo. En ambos casos, Yahveh se encuentra más allá de lo gigantesco —de lo que espontáneamente experimentamos como divino. Y se encuentra más allá como el silencio elocuente que cubre por igual los campos de la muerte como el de los lirios, esto es, la totalidad de cuanto es.

La cuestión es qué nos dice ese silencio —cuál es su elocuencia. Para la mayoría, que no hay otro porvenir que no sea el de la eterna repetición de lo mismo. Habrá, por tanto, un momento para la guerra y otro para la tregua. Y así una y otra vez. Ni las víctimas ni los verdugos resucitarán. Ningún juicio que separe a las primeras de los segundos y las libere del sheol. De hecho, se trata de la conclusión más sensata, a la luz de lo visto hasta ahora. Para Elías, en cambio, lo que se desprende de ese silencio es el deber de ponerse en manos del resto de Israel, de aquellos que no doblaron sus rodillas ante Baal —léase ante los poderosos de la tierra— y que, por eso mismo, fueron condenados a la indigencia. Aunque no solo se desprende ese deber, sino también la ciega esperanza de que, en nombre de la santidad de ese resto , la misión no acabe en saco roto. Dar por descontado que la fiesta terminará bien como quien no duda de que mañana saldrá el Sol supondría caer de nuevo en la idolatría. Aun cuando ahora fuese con la excusa de un Dios libertador. Al menos porque el creyente se encuentra en manos de Dios… incluso en lo que respecta a la verdad de Dios. Ni siquiera la revelación, en tanto que apunta a un final de los tiempos, le ahorra esta dependencia.

aún no hemos leído a Job

agosto 28, 2023 § Deja un comentario

No sé hasta qué punto podemos decir que hemos leído textos como el libro de Job o el Fedón —la novelas comen aparte— sin hacernos una composición de lugar. Quiero decir que para captar su profundidad no basta con leerlos: tenemos que imaginar que nos hallamos en medio de la escena, recrear el texto en nuestra imaginación. De limitarnos a una lectura convencional acaso entenderemos lo que dice, pero no lo comprenderemos —no abrazaremos lo que se nos dice. Así, en el caso del Fedón, deberíamos poder ver a Sócrates diciéndonos a nosotros , los que leemos el texto, lo que Platón pone en su boca horas antes de beber la cicuta, a saber, que al buscar la verdad a lo largo de su vida no ha hecho otra cosa que aprender a morir. Y que esto es lo mejor que pudo haber hecho. Extraño, ¿no? Pues basta con suponer cuál sería nuestra reacción si, como alumnos de secundaria, el profesor de Filosofía nos dijera, al preguntarle en qué consistirá la nueva asignatura, nos respondiera a la Sócrates. La respuesta, por sí sola, ¿acaso no nos empuja fuera del ámbito de lo habitual o impersonal —de lo que se dice o se hace?

Algo parecido podríamos decir con respecto al libro de Job. Quienes lo hayan leído recordarán que, en su respuesta, Dios lo enfrenta, en un primer momento, a la maravillas de la creación, para finalmente pasearlo por las profundidades abisales del horror. Y probablemente también recordarán la puntilla : todo esto es debido a mí. Ciertamente, podemos leer este fragmento como quien lee el Marca. Pero no deberíamos leerlo así… si lo que pretendemos es caer en la cuenta de lo que el autor quiso transmitirnos, a saber, la experiencia de quien se halla ante el exceso de Dios —ante su verdadera trascendencia. Ahora bien, esta experiencia no parece que coincida con la de quien cree que hay Dios porque lo siente en lo más íntimo… como el niño vive la presencia de un ángel de la guarda o la compañía de un amigo invisible. Como si el autor del libro de Job hubiese querido decirnos que no hay experiencia de Dios que no implique la crisis de la experiencia religiosa de Dios.

Pues bien, para hacernos al menos una idea del alcance de este fragmento deberíamos ponernos en la piel no de quien contempla un amanecer o ve un documental sobre Auschwitz, sino en la del astronauta que, habiendo perdido contacto con la nave, topa con los pilares de la creaciónhttps://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/espectaculares-pilares-creacion-capturados-por-telescopio-espacial-james-webb_18943—, antes de terminar, en el poco tiempo que le queda de vida, vagando por el vacío de un universo sin medida; o en la del prisionero que acaba de introducir a sus hijos en los hornos crematorios. Y luego decirse a uno mismo que esto es debido a Dios. Aquí es inevitable que el asombro y el terror vayan a la par. De hecho, Dios no suelta la mano de Job cuando pasa del cielo al infierno. ¿Es que cabe otra posición que la de quien cae de rodillas, no ya ante un Dios cruel, al que le da igual la belleza de un amanecer que el espanto de los hombres, sino ante el Dios cuyo retroceso, a un paso de caer en la nada, deja como dados tanto la bendición como la maldición?

Diría que la moraleja es inmediata: hay bien porque hay Dios; pero al igual que hay mal porque hay Dios. Ahora bien, para comprender esto último hay que tener presente a qué nos referimos cuando hablamos del haber de Dios. Pues el haber de Dios no es el de un ente supremo —a pesar de que el relato, como tal, tenga que sugerirlo—, sino el de un puro haber que, en su negación de sí, hizo posible la totalidad, esto es, tanto la luz como la tiniebla (Is 45, 7).

Otro asunto es lo que Dios quiere. Y a pesar de que el libro de Job dé por descontado que la voluntad de Dios es que el hombre viva bajo su bendición, lo cierto es que no es fácil comprender el estrecho vínculo que media entre el haber de Dios, el cual anda rozando la nada, y su voluntad. Para esta labor están los rabinos —o los teólogos.

PS: Y lo que de un modo u otro dirán, al menos los más consecuentes con las demandas de la reflexión, es que no hay nada más allá de cuanto es; y que, precisamente porque no hay nada —y aquí hay que tener presente que estamos ante una doble negación—, la nada se revela como el rechazo de sí hacia lo otro de sí, esto es, como voluntad de ser cuerpo. No hay nada sin esta voluntad de no ser nada. Sin embargo, la nada se conserva en el cuerpo que la supera —y se conserva como su horizonte, la aniquilación. Y porque se conserva hay tiempo. De ahí que la maldición sea el envés de la bendición. Quizá no sea casual que, en el libro de Job, el que siempre niega estuviera junto a Dios petant la xerrada, como quien dice. No obstante, y siendo un poco más sofisticados, podríamos añadir, siguiendo la misma lógica, que Dios no puede dejar completamente atrás su propia nada —esto es, llevar a cabo su voluntad de ser alguien— sin el fiat de la carne y el hueso. Y si esto es así, entonces no debería sorprendernos que, por la misma razón, dicho fiat suponga algo así como un final de los tiempos. Pero este es otro tema.

Jesús no resucitó

agosto 27, 2023 § 1 comentario

No es lo mismo dar por descontado que caer en la cuenta. Pues donde damos algo por descontado fácilmente creeremos en otra cosa, por no decir en lo contrario. Por ejemplo, todos damos por descontado que nos vamos a morir. Pero hacemos como si no, lo cual no quita que este hacer como si no sea saludable… aun cuando también sea cierto que el hecho de que habitualmente no tengamos presente que vivimos dentro de un plazo dificulta que podamos distinguir entre lo que importa y lo que no.

Podríamos decir lo mismo con respecto a la creencia cristiana. Así, en las comunidades creyentes se proclama con insultante facilidad que Dios se hizo hombre o que Jesús resucitó. Pero, por lo común, quienes lo proclaman no han caído en la cuenta de lo que están proclamando. Pues siguen como si no, al margen de que sean o no buena gente. ¿De verdad que el crucificado es el único Dios? ¿Acaso somos conscientes de lo que supone estar en manos de un Dios? Y si no lo fuéramos, lo cual es lo más probable hoy en día ¿cómo podremos hacernos cargo de lo que implica estar en manos de un Dios crucificado? Más aún: ¿de verdad creemos que Jesús resucitó? ¿Acaso espontáneamente, y como hijos de la Ilustración, no diremos que la creencia en la resurrección de los primeros cristianos fue algo así como una ilusión óptica o un modo de expresar que Jesús seguía vivo en sus corazones? ¿Es que a propósito de las visiones del chamán no decimos que son, precisamente, alucinaciones?

Admitamos pues que, para nosotros, hombres y mujeres modernos, Jesús de hecho no pudo haber resucitado —que Jesús no resucitó. ¿Cómo se nos quedaría el cuerpo? ¿Quizá como el de aquel al que el médico le anuncia que le quedan pocos meses de vida? Y por eso mismo, ¿acaso este caer en la cuenta no nos obligaría a recorrer de nuevo el trayecto de la fe, desde Galilea hasta el Gólgota… aunque sin las apariciones del tercer día? Y al comenzar de nuevo ¿acaso no caeríamos en la cuenta de que nuestra situación es, de hecho, la de los discípulos de Emaús —algunos dicen que Jesús resucitó? ¿Cuanto tardaríamos en comprender a flor de piel que la fe en la resurrección ya no puede partir de las apariciones, sino del espíritu de la resurrección que anima a los creyentes a compartir el pan de cada día —nadie pasará hambre? Y al comprenderlo, ¿no llegaríamos a sospechar, como mínimo, que una fe en la resurrección que no parta de la escena de Emaús —de este com-partir el pan de cada día— es, precisamente, nuestra ilusión óptica, por no decir el modo de enmascarar una arraigada falta de fe? Al fin y al cabo, la fe en la resurrección de los muertos, una vez las apariciones pasan a entenderse como esa experiencia visionaria que culturalmente ya no nos pertenece, solo puede expresarse como esa esperanza que apunta a lo imposible en nombre de.

(Otro asunto es que el cristianismo necesite dar por descontado la resurrección para que, cuando menos, algunos puedan caer en la cuenta. Pues basta con que un resto crea por nosotros para mantener viva la llama. Aunque antes tengamos que apedrearlos.)

leyendo a Kierkegaard

agosto 26, 2023 § Deja un comentario

Decía Kierkegaard que hagas lo que hagas te equivocas. Y esto es así. Con el error, hemos de contar. O por decirlo en plata, la imperfección —la rugosidad, la tara— va del brazo. Claro que aquí, como en casi todo, hay medidas. Y esto también importa. De ahí que el discernimiento sea también inevitable. En cualquier caso, lejos estamos de aquellos que creen que es posible, si hacemos lo debido, llevar a cabo una vida inmaculada, conforme al ideal. No hay padres perfectos. Como tampoco, hijos perfectos. Por suerte. Al menos, porque la perfección no es amable. Esto es, digna de ser amada.

hobbesiana 2

agosto 24, 2023 § Deja un comentario

El nuevo comienzo al que apunta la esperanza cristiana ¿podría seguir admitiendo al Dios de las alturas? Pues si Dios fuese, de nuevo, el Altísimo, ¿no volveríamos a las andadas? ¿Acaso no fue este el Dios que se le reveló a Job, el Dios de Isaías, el Dios al que se le deben por igual la luz y la tiniebla? Que Dios sea el absolutamente otro ¿no exige que donde hay bendición tenga que haber maldición? ¿Es que no es cierto que donde todo fuese luz no habría precisamente luz ni, por consiguiente, mundo? Puede que todavía estemos lejos de comprender qué significa que el pistoletazo de salida de la nueva creación lo diese, no ya Dios, sino aquel con quien Dios se identifica —y sin el cual no es aún nadie.

hobbesiana

agosto 23, 2023 § Deja un comentario

Hobbes se dio cuenta de que decir que el mundo es Dios equivale a decir que no hay Dios. Ateísmo y panteísmo serían, por tanto, las dos caras de una y la misma moneda. Pues no hacen muchas alforjas para concluir que no hay más allá del todo —ni puede haberlo.

Sin embargo, hay el no-todo, aquello que tuvo que ser desechado, precisamente, como la condición del mundo. Hablamos de un puro haber —de un haber sin mundo—, en definitiva, de la nada, la cual experimentaríamos donde de repente se hicieran un silencio y oscuridad sin resquicio. Incluso si el mundo fuese eterno, la imposible posibilidad de la nada seguiría estando ahí como la continua amenaza del mundo —como el poder del que (de)pende el mundo.

Que esta nada sea la de Dios, como sugiere la mística, nos empuja, cuando menos, a plantear la cuestión de si Dios puede ser algo más que una renuncia de sí en favor del mundo. Y si es así, qué salvación pueden esperar los que sufren el lado oscuro de la trascendencia. Y es que si el mundo es debido al retroceso de Dios —a su no ser nada—, entonces tanto la bendición como la maldición mal son debidos a Dios —a su retroceso a un tiempo anterior a los tiempos. De ahí que el cristianismo, lejos de caer en la ingenuidad, responda que la redención solo puede venir del Hijo del Hombre, una redención que se ofrece como el perdón de Abel a Caín. Y el resto es un esperar contra cualquier sensatez que todo vuelva a empezar en nombre, precisamente, de ese perdón.

that’s the question

agosto 22, 2023 § Deja un comentario

O es posible abordar lo que significa proclamar a un crucificado como Hijo de Dios en un mundo que niega que haya un Dios personal ; o Nietzsche tiene razón. Pues Nietzsche no dijo simplemente lo que dijeron los ilustrados, a saber, que ahora nos hemos dado cuenta de que Dios o los dioses nunca habían existido —como el niño que descubre que los reyes magos siempre fueron los padres—, sino que ahora ya no es posible creer en Dios… al igual que no es posible tomarse en serio que exista el Golem. Se trata de una imposibilidad histórica o cultural. Así, según Nietzsche hubo Dios, pero hoy en día ya no puede haberlo (y en parte porque hubo cristianismo).

Otro asunto es que sigan habiendo muchos a los que les basta con sentir que hay un Dios que se preocupa por nosotros. Como si la crítica de Nietzsche no fuera con ellos —como si fueran las cosas de Nietzsche. Pero las cosas de Nietzsche no son solo suyas. Pues cuando los creyentes defienden su hipótesis diciendo que para ellos hay Dios —y creen que lo hay porque así lo sienten— no hacen más que confirmar el diagnóstico de Nietzsche: en cualquier caso, se creerá que se cree, pero no se creerá. Del mismo modo que nadie cree en vampiros si no va, de noche, con una estaca, nadie cree en Dios, si no siente un cierto temblor de piernas ante su presencia. Al fin y al cabo, no hay diferencia formal entre creer en Dios sobre la única base del sentimiento y creer, pongamos por caso, en las teorías de la conspiración.

de jardines y jardineros

agosto 21, 2023 § Deja un comentario

Un jardinero para este jardín: este es el argumento preferido de tantos que aún creen en el diseñador espectral. Sin embargo, el argumento pasa a ser una falacia cuando se identifica al jardinero con Dios. Pues un jardinero espectral no es más que un jardinero espectral. La cuestión de Dios es inseparable del cuestionar a Dios —y un cuestionar que topa, de entrada, con su silencio. De ahí que Dios se encuentre siempre más allá de Dios, hasta el punto de andar rozando el nadie. De hecho, Dios históricamente se encontró por debajo del hombre (y colgando de una cruz). Difícilmente comprenderemos de qué va el cristianismo mientras no aceptemos que no hay Dios con independencia del cuerpo de aquel que abandonado de Dios se abandonó a Dios. A lo sumo, un Dios que renunció a ejercer como dios. Puede que Dios fuera el primer ateo… si es que por ateísmo entendemos la negación de Dios. Y es que Dios tuvo que negarse a sí mismo, por así decirlo, para que fuera posible su reconocerse en el Hijo del Hombre (y de paso llegar a ser el que es).

nada vale

agosto 20, 2023 § Deja un comentario

El nihilismo, como sabemos, defiende que no hay nada que valga —que el valor, en definitiva, es un engaño. Ahora bien, y al margen de la cuestión acerca del significado de la palabra valor , da la impresión de que aquí el lenguaje habla, una vez más, por sí mismo (y de ahí que tan solo haga falta escucharlo). Pues decir que nada vale está muy cerca de decir que la-nada vale. O por expresarlo mejor: si no hay nada que valga, entonces solo hay que atender a la doble negación —no hay nada = hay algo = hay el todo— para concluir que todo vale. De hecho, el todo no es nada en concreto… y por eso mismo, estrictamente, no es. O por decirlo a la inversa, si todo vale, nada vale.

Ahora bien, lo que esto significa, puesto que el hombre, no puede admitir que un genocidio se encuentre en el mismo plano que el abrazo de los amantes, que la valoración —que algo deba preservarse frente a lo que pasa— la establece el hombre (y no Dios, aun cuando el hombre ponga a Dios como excusa). Y, por consiguiente, un genocidio puede valer tanto —puede servir como aquello a lo que aferrarse frente a lo que pasa— como el abrazo de los amantes. Afirmar que nada vale supone admitir, por tanto, que el heraldo de la bondad y el de Satán se encuentran a un mismo nivel. Aunque emocionalmente pueda repugnarnos. Y esto es Nietzsche.

cristianismo y mística

agosto 19, 2023 § 3 comentarios

Dentro de las canchas cristianas, es conocida la sentencia de Karl Rahner que afirma que, en el futuro, el cristiano o será místico, o no será. Y esto significa, según el mismo Rahner, que o tendrá una experiencia personal de Dios o difícilmente podrá seguir siendo cristiano. Evidentemente, lo que queda en el aire es en qué consiste, cristianamente hablando, una experiencia personal de Dios. Pero, en cualquier caso, lo que Rahner pretendía decirnos es que ya no será factible llegar a la fe por inercia.

Con respecto al carácter personal de la experiencia de Dios, es posible que Rahner tuviera en mente, no tanto los raptos de Teresa de Ávila, como la devoción de quien ha ido intimando a lo largo de los años con ese amor que desciende para la redención de la humanidad, por recurrir a una expresión que Rahner empleaba para referirse a Dios. También es verdad que, cristianamente, la posibilidad de intimar con Dios no surge espontáneamente, sino por la intercesión de aquellos que creyeron antes. Pero, en cualquier caso, este tipo de experiencia, si no va más allá del sentimiento de proximidad, difícilmente puede esquivar la acusación de que habla antes de nosotros que de Dios.

De ahí que podamos preguntarnos qué tiene de cristiana la mística a la que apunta la sentencia de Rahner, aun cuando, ciertamente, haya sido fomentada por dos mil años de cristiandad. Y es que el carácter problemático de dicha sentencia tiene que ver con que, en principio, admite la posibilidad de una experiencia de Dios al margen de su encarnación. Probablemente, Rahner no estuviese de acuerdo con esta objeción. Pues, como sugiere la expresión Dios es un amor que desciende, difícilmente pudo creer que fuese posible una experiencia verdadera de Dios al margen de su in-corporación en el centro de la historia. Pero lo cierto es que su sentencia acerca de la posibilidad de una experiencia personal de Dios puede entenderse —y de hecho, diría que muchos la entienden así— como si fuera posible intimar piadosamente con ese descenso al margen de la escena de la crucifixión. Como si, al fin y al cabo, bastase sentir la idea de un amor que desciende. Y no me parece que la fe en la encarnación de Dios pueda sostenerse únicamente sobre la base de este sentir. La cuestión, por tanto, es cómo debería comprenderse teológicamente el descenso de Dios y, en definitiva, el que Dios sea un Dios encarnado.

Por lo común, suele leerse a la religiosa, es decir, como si el descenso de Dios fuese algo así como una emanación. Pero al leerse de este modo resulta muy complicado admitir que no hay Padre sin Hijo —y viceversa. Al menos, porque la idea de que el amor que desciende es un amor que emana de Dios presupone un Dios-ya-hecho. Desde la óptica de la religión, Dios no puede ser el Dios que no quiso —y no quiso desde el principio— ser alguien sin su hacerse cuerpo. Y donde Dios no es un Dios in fieri, en modo alguno cabe proclamar al crucificado como el quién de Dios. Quien parte de un Dios-ya-hecho —de un Dios cuya divinidad nunca se puso en juego— siempre creerá que cabe relacionarse directamente con el Padre. Como probablemente Jesús lo creyó durante su paso por Galilea. Sin embargo, está creencia salta por los aires en Getsemaní. Y quizá no sea anecdótico que Marcos solo pusiera la palabra Abba en labios de Jesús —aquella que expresaba, precisamente, la mayor intimidad con Dios— donde Jesús sudó sangre al sentirse abandonado por Dios. En el momento que dejamos de tener presente la escena de la cruz —una escena que llega hasta el tercer día— difícilmente podremos hablar de una una mística cristiana.

En este sentido, la mística cristiana supondría un estar en suspenso ante el que murió como un maldito de Dios, y que, en su último aliento, perdonó a sus verdugos… como si hubiera vuelto de la muerte con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Quizá las apariciones no tuvieran otro propósito, por así decirlo, que revelar esto último. En cualquier caso, todo lo cristianamente relevante se decide como respuesta a la invocación que se desprende de esta escena.

Por tanto, si no se quiere caer en el riesgo de un cierto docetismo o en la idea de que el amor encarnado es un amor emanado del amor sin tara de la divinidad , deberíamos aceptar que no hay experiencia de Dios que no pase por situarse ante el abandonado de Dios que se abandonó a Dios, ofreciendo al mismo tiempo el perdón de Dios a quienes lo crucificaron en nombre de Dios. Esto es, no hay experiencia de Dios que no pase por la historia —o mejor dicho, por la memoria de lo que tuvo lugar en el Gólgota y se actualiza en las cruces del presente. Ni siquiera el tercer día nos permite abandonarla. En cualquier caso, nos instala en la esperanza de un final de la historia. Pero este es otro asunto.

Dios como alguien

agosto 18, 2023 § Deja un comentario

Muchos creyentes siguen dirigiéndose a un Dios que conciben a la manera de alguien de naturaleza espectral. Y siguen dirigiéndose a este Dios porque, sencillamente, lo sienten así. El sentimiento es el último clavo al que el creyente puede agarrarse, una vez dejó de ser culturalmente evidente que nos hallamos en medio de presencias invisibles. Pero al agarrarse a este clavo olvida, precisamente, que la experiencia de hallarse bajo el poder de un Dios es corporal antes que mental. Lejos queda hoy en día el viejo temor y temblor para quien siente a Dios como una variante del ángel de la guarda de la infancia. Y sin temor y temblor no hay Dios que valga como tal, sino a lo sumo una imagen a medida de nuestra necesidad de consuelo. Ciertamente, no todo es temor y temblor. Al menos, con respecto a Dios de la revelación cristiana. Pero en cualquier caso, el estremecimiento permanece.

El problema de agarrase al clavo del sentir es que, al no haber reflexión de por medio, el creyente fácilmente terminará abandonando su creencia cuando las cosas se pongan cuesta arriba —nunca mejor dicho—, esto es, cuando el horror se imponga como la última palabra del mundo. Es entonces que escucharemos de su boca aquello de cómo Dios puede permitir el sufrimiento de tantos inocentes… como si hubiera descubierto el Mediterráneo. Como si la Biblia nunca nos hubiese hablado de Job. La cruz no dejó las cosas de Dios como estaban. Pues revela, precisamente, que Dios no quiso ser Dios sin la fe del hombre. Pero a veces tengo la impresión de que muchos creyentes apelan a la resurrección, aunque sea malentendiéndola, para volver a dejarlas donde estaban. Como si el resucitado no llevase sobre sí las marcas de la crucifixión.

Por tanto, la reflexión es necesaria para evitar caer en la mala fe, en el sentido sartriano de la expresión. De hecho, los evangelios son teología, aunque en clave narrativa, y no simplemente una historieta sobre un hombre de Dios que acaba, sorprendentemente, bien. Sin embargo, reflexión no significa —o no solo— caer en el territorio de la mera especulación… aun cuando esta, por sí misma, nos sirve para darnos cuenta de que no terminamos de saber de lo que estamos hablando.

Es cierto que a muchos creyentes esto último les da igual. Pero que les de igual ¿acaso no es un síntoma de que lo único que les importa es seguir tan a gusto con su creencia? La reflexión creyente comienza, precisamente, en el Gólgota. Y comienza con un cuestionamiento de Dios… que se sitúa ante un Dios que guarda silencio. Ahora bien, es desde este silencio que al creyente se le da, precisamente, la respuesta, en definitiva, el cumplimiento de la promesa de Dios, su Palabra. Sin embargo, que el crucificado se le revele al creyente como la respuesta de Dios al clamor de Job presupone que Dios —mejor dicho, el Padre— aún no es nadie sin la adhesión del Hijo del Hombre. Y esto es lo que difícilmente podrá soportar quien base su fe en el mero sentimiento de dependencia. Pues espontáneamente no estamos dispuestos a reconocer como Dios a un Dios que quiso depender del hombre que depende de Dios. La reflexión que nace de la cruz es aquella que nos saca del quicio del hogar. Y nadie sale del hogar sin tambalearse.

(De hecho, si se piensa bien, el esfuerzo especulativo va en la misma dirección. Pues si Dios fuese un alguien espectral —si fuera consciente de sí mismo— basta con que nos preguntemos con respecto a qué difiere de sí mismo. Al menos, porque no hay conciencia de sí que no difiera del cuerpo con el que, por otro lado, se identifica (y por eso mismo llega a ser alguien). Ahora bien, esto implica que en sí mismo no es aún nadie. En modo alguno es casual que una de las moralejas del dogma trinitario sea que el Padre no es —y porque quiso no ser alguien— sin el Hijo. Y viceversa. De ahí que cuando nos dirigimos a Dios al margen de la escena del Gólgota —tercer día incluido— estrictamente no nos dirigimos a alguien amb cara i ulls. En realidad, esta cara i ulls es lo que Dios tuvo pendiente hasta el Gólgota. Cristianamente hablando, Dios llega a ser el alguien que quiso ser desde el principio sobre la cima de un calvario. Y por eso mismo lo que deberíamos escuchar como respuesta cuando invocamos al Padre es, más bien, su clamor o demanda; o lo que viene a ser lo mismo, su apuntar hacia quien ocupó su lugar.)

curso de milagros

agosto 17, 2023 § Deja un comentario

Que la Modernidad no termina de hacer buenas migas con la religión significa que, para una cosmología ilustrada, no cabe la intervención de Dios. Es decir, no cabe el milagro. Punto. Un milagro es, simplemente, un fenómeno para el cual aún no hemos encontrado una buena explicación. Así, o el Deus sive natura de Spinoza —el cual, dicho sea de paso, antes que divinizar la naturaleza, naturaliza a Dios—; o el dios que se limita a darle cuerda al reloj.

Sin embargo, lo que no supo ver la crítica ilustrada a la superstición cristiana es que el rechazo del deus ex machina fue antes cristiano que moderno. Pues el dios ex machina, en definitiva el dios de la religión, es aplastado por el peso la cruz. El Dios que se nos reveló en el Gólgota es el Dios que no quiso ser alguien sin la respuesta del hombre a su invocación. Y este Dios, ciertamente, en modo alguno puede comprenderse como si fuese un titiritero espectral que actúa por su cuenta y riesgo. Otro asunto es que muchos cristianos sigan dirigiéndose a Dios etsi Golgota non daretur. Pero no hace falta haber leído el libro de Job para caer en la cuenta de que el Mal impugna la suposición de que nos hallamos bajo la protección de un amigo invisible. De hecho, bíblicamente el amparo de Dios es antes un motivo de fe o esperanza que una constatación, ni siquiera cuando esta deviene sentimental. O mejor dicho: Israel, con el paso de los siglos y no sin mucho sufrimiento, dejó de comprender el que nos hallamos bajo el amparo de Dios en los términos de un estar bajo la protección de Dios. En su lugar, el amparo pasó a experimentarse como una medida de gracia de alcance universal. Pues seguimos con vida a pesar de nuestra iniquidad.

En cualquier caos, si la Ilustración no supo ver qué puso en juego la revelación cristiana es porque la cristiandad se lo impidió. Y es que esta fue posible, precisamente, porque abjuró, aunque fuese con la boca pequeña, del escándalo que supone un Dios que abandonó los cielos para desplazarse, y no sin adherirse al Hijo del Hombre, hacia el fin de los tiempos.

esto de la experiencia de Dios

agosto 16, 2023 § Deja un comentario

¿Puede haber una experiencia de Dios al margen de su encarnación? Hoy en día, esta pregunta, por sí sola, resulta casi una provocación. Pues la mayoría de quienes todavía creen que es posible algo así como una experiencia de Dios presupone, en nombre de la tolerancia, que esta admite diferentes sensibilidades u ópticas. Ahora bien, la revelación cristiana no se entiende a sí misma como un modo entre otros de experimentar a Dios. Si el cuerpo de Dios no es un cuerpo de quita y pon —si no es un revestimiento de Dios—, entonces la experiencia de Dios no puede separarse de la confesión que tiene lugar al pie de la cruz. Pues que Dios sea un Dios encarnado implica que Dios, en sí mismo, aún no es nadie sin la fe de su criatura. Cristianamente, no decimos que el Jesús que anduvo por Galilea y terminó colgando de una cruz como un apestado de Dios representase el modo de ser de Dios, sino que es el modo de ser de Dios.

Ciertamente, el cristianismo no niega que el Espíritu de Dios sopla por donde le da la gana. Ahora bien, esto no significa, cristianamente hablando, que el Espíritu vaya por su cuenta y riesgo desde el principio, sino que su independencia se desprende de la relación entre el Padre y el Hijo. Traducción: porque no hay Padre sin Hijo —y viceversa—, en definitiva porque el Padre aún no es nadie sin la fe del Hijo del Hombre, el Espíritu de Dios penetra en cuanto es… con independencia de cuanto podamos suponer sobre Dios desde nuestro lado. De ahí que la independencia del Espíritu tenga que ver antes con Mt 25 —al fin y al cabo, con el hecho de que aquellos que llevan a cabo la voluntad de Dios, la lleven a cabo etsi deus non daretur o, lo que viene a ser lo mismo, bajo el duro silencio de Dios… incluso donde parten de una comunidad cristiana— que con la confesión del crucificado como el cuerpo de Dios. No hay que ser cristianos para responder a la demanda de Dios, aquella que escuchamos en el lamento de los excluidos. Pues la respuesta no depende de que hayamos reconocido ese lamento como el lamento de Dios. Pero sí que hay que serlo —aunque esta posibilidad solo se decida desde la absolución… como vemos, una vez más, en Mt 25— si de lo que se trata es de responder a la pregunta acerca de quién es Dios. Y responderla ante el crucificado: ¿y tú quien dice que soy yo?

Así, cristianamente, una experiencia de Dios que haga abstracción del quién de Dios —un quién que colgó de una madero, precisamente, en nombre de Dios— no es todavía una experiencia de Dios, sino en cualquier caso del Padre. Y el Padre, en sí mismo, aún no es Dios. Ahora bien, no lo es porque desde el principio no quiso serlo sin la respuesta del Hijo del Hombre a su invocación. De ahí que la experiencia del Padre —y esta fue la convicción de Israel— sea la de un Dios-por-venir, en el fondo, la de un Dios que se revela como promesa de Dios porque, en sí mismo, tiene pendiente, precisamente, ser alguien amb cara i ulls. La vivencia del Padre que experimenta el profeta de Israel —incluyendo la que sufrió Jesús de Nazaret— debe comprenderse, por tanto, como la de quien permanece a la espera de Dios. Esta esperanza, no obstante, va de la mano de la experiencia de la vida como don de Dios (y por consiguiente, con la un tener que preservarla frente al príncipe del mundo). Ahora bien, va de la mano porque la experiencia del don es el envés, precisamente, del retroceso de Dios hacia el futuro del hombre como el futuro mismo de Dios.

No parece que todo esto haga buenas migas con la hipótesis de trabajo de quienes buscan un denominador común entre las diferentes religiones. En cualquier caso, ese denominador común sería el Padre. Pero cristianamente de topar solo con el Padre no habríamos aún topado con Dios, sino con la nada —el aún nadie, la voluntad— que abraza cuanto es.

matar al padre

agosto 15, 2023 § 1 comentario

No nos liberamos del padre cuando este aplaude nuestros dibujitos —pues en ese caso, aún dependemos, precisamente, de su aplauso—, sino cuando nos preguntamos, ante un determinada situación, qué hubiera hecho —qué hubiese decidido— mi padre. Esto es, cuando ocupamos su lugar.

tibieza

agosto 14, 2023 § 1 comentario

El triunfo del mercado —que el mercado todo lo infecte— va con la desaparición del cristianismo. Y no —o no solo— porque el discurso cristiano no pueda seguir legitimándose desde los presupuestos de la cosmovisión moderna, sino porque el cristianismo únicamente puede mantenerse en pie —o mejor dicho, sus pecios— como una marca dentro del mercado de las religiones. Su oferta de sentido es, por tanto, una entre otras. Así, en la mayoría de las comunidades cristianas es difícil encontrar al pastor que les diga a sus fieles que vivimos en medio de un combate de proporciones cosmológicas. Y que se lo diga porque cree que es así. Más bien, espontáneamente procurará no espantar al ganado, en definitiva, cultivar las virtudes morales con la excusa de Dios. ¿Su producto? La bona gent. Tampoco es que sea un mal producto. Pero probablemente a la bona gent le falte vigor.

Es verdad que las comunidades que aún intentan tomarse en serio el Apocalipsis pasan inevitablemente por sectarias. Y puede que lo sean. Al menos, porque donde falta reflexión —que es lo habitual—, el vigor es simple empecinamiento. Sin embargo, también es verdad que donde el cristianismo pierde su horizonte apocalíptico —y cuanto implica con respecto a quién es Dios— se transforma en una espiritualidad más. Con todo, la fe —y por extensión la esperanza en la victoria final de la misericordia sobre la impiedad— no se tiene, sino que se decide en los momentos en los que se nos exige dar un paso al frente. Y para eso hay que estar en el frente. De hecho, solo en el frente comprenderemos que el delirante lenguaje de la apocalíptica cristiana acaso no sea tan delirante. Y no porque sus imágenes hayan pasado a ser razonables.

a vueltas…

agosto 13, 2023 § Deja un comentario

Puede que aún nos preguntemos si cabe proclamar hoy en día la divinidad de Jesús como quien no quiere la cosa. ¿Acaso no resulta extraño, por no decir delirante, hablar de un Dios encarnado —de un Dios que se hizo hombre para nuestra redención? Ciertamente. Pero diría que esta extrañeza se produce porque seguimos anclados en la idea religiosa de Dios, aquella según la cual el hombre permanece en su sitio y Dios en el suyo, a la manera de un puto amo espectral (aunque ello no quita que, de vez en cuando, haya alguna que otra transmisión en onda corta, esto es, no sin interferencias). Y de ahí que sea fácil caer en el docetismo o en su alternativa progre, el arrianismo. Así, o bien Jesús sería un dios paseándose por la tierra (con lo que esto del hacerse hombre no dejaría de ser una simulación: como si hubiese sido uno de los nuestros); o bien un hombre de Dios, pero no Dios mismo. Pero algunos de los primeros cristianos se resistieron, y en muchas ocasiones ferozmente, a estas interpretaciones. Pues lo que en ellas no se tiene en cuenta es que la proclamación de Jesús como Dios no dice en primer lugar algo sobre Jesús, sino sobre Dios… de tal modo que no deja la idea de Dios —ni la experiencia— tal y como estaba. Y es que si Jesús es el quién o el modo de ser de Dios —y no solo aquel que la ejemplifica a la perfección, si es que este añadido tiene sentido—, entonces Dios, mejor dicho, el Padre no es aún nadie sin el abandonarse a Dios de aquel que murió, precisamente, como un apestado de Dios. Esto —y no otra cosa— es lo que se nos revela al pie de la cruz (y tras el tercer día). Por decirlo un poco a lo bruto (y por tanto mal): Dios no es Dios, sino el vínculo entre Dios y el hombre de Dios… de manera que nadie ve a Dios si no ve a quien fue crucificado en su nombre. Con todo, lo más probable es que aún estamos lejos de admitirlo. Es lo que tiene que naturalmente seamos esos monos que, llenos de curiosidad, se preguntan qué mundo habrá más allá del muro.

usuaris.tinet

agosto 12, 2023 § Deja un comentario

Yo propuse cuestiones sobre Dios, en la línea de si consideramos o creemos que Dios es un ser personal, alguien que puede interpelarnos personalmente, alguien que puede intervenir en nuestra historia, en la pequeña de cada uno de nosotros, como en la gran historia de todos… De hecho, son preguntas que están en la Biblia y que la Biblia deja sin contestar, o que en algún sitio contesta de una manera y en otros lugares las contesta de otra. Todo esto ya lo decía Von Rad. […] Aún ahora estoy admirado de que una persona, que dice hacer oración, pueda pensar que preguntarse si Dios es un ser personal o si interviene en nuestra pequeña historia de cada día son cosas de intelectuales que no sabemos cómo pasar el tiempo.

Miquel Sunyol (de su web https://usuaris.tinet.cat/fqi_ct01/AF/para_alfredo_16_sp.htm)

Copérnico, Darwin, Einstein y el pseudo-Areopagita

agosto 11, 2023 § Deja un comentario

Basta con que tengamos presente la complejidad del ojo de una mosca para que espontáneamente creamos que hay un diseñador detrás. Y sin embargo, que no podamos imaginar que ese ojo sea el resultado del cruce entre el azar y la necesidad no implica que no sea así. También fue inevitable creer que las estrellas giraban alrededor de la tierra (o que esta era plana). Que el espacio sea el campo gravitatorio ¿acaso no añade más leña al fuego? El paso del parecer al saber siempre fue desconcertante, por no decir delirante. Pues el cuerpo no sigue al intelecto cuanto este ve más allá. Ocurre algo parecido con las visiones de algunos místicos o la alta especulación del teólogo. Y es que resulta difícil incorporar que Dios, en sí mismo, sea no queriendo ser nada.

merchandising

agosto 10, 2023 § 1 comentario

Es evidente que el mercado termina por invadirlo todo. O casi. Compramos el cuidado de nuestros padres, cuando ancianos —de nuestros hijos, cuando apenas han aprendido a andar. Según parece, los japoneses más solitarios hasta compran esposas —o incluso una familia entera— para las ocasiones. También, amigos. Nosotros podríamos pensar que, a pesar de lo dicho, aún podemos elegir a nuestra pareja. Sin embargo, aquí la elección sigue, más o menos, los mismos criterios con los que elegimos un plato en un restaurante: por gusto. Y este es el error. Pues aunque te guste el caviar, a nadie se le escapa que tomarlo a diario cansa (y aquí los amantes probablemente creerán que se ha terminado el amor… cuando de hecho nunca lo hubo). Los andiamajes del gusto siempre han sido débiles para largas trayectorias. Es como si decidiéramos cruzar el atlántico con una barca levantina… porque es muy guai. De intentarlo, cualquier navegante lo suficientemente experimentado nos diría que no sabemos de qué va el asunto. Pue eso.

Yavhé se dirige a Caín

agosto 9, 2023 § Deja un comentario

Los fragmentos bíblicos —de hecho, cualquier texto antiguo— hay que leerlos desde el presupuesto de que lo que se dice es lo que se quiso decir. Tampoco estoy diciendo que debamos interpretarlos literalmente. Una interpretación literal, sencillamente, ya no resulta factible. Y no —o no solo—porque dichos textos estén cargados de modos de hablar que necesiten ser traducidas, sino porque los presupuestos, en última instancia cosmológicos, que permitieron una lectura espontánea o literal, hace tiempo que dejaron de ser los nuestros. Aquí el punto de partida es qué —o mejor dicho, quién— era Dios para Israel, sobre todo tras el exilio. Mientras sigamos dando por sentado que el Dios del monoteísmo de Israel es homologable a un ente espectral no saldremos del malentendido.

Por otro lado, en los textos bíblicos nada —o casi nada— es casual. Y no porque fueran dictados por Dios. La razón es más simple: no es que hubiera mucho papel a disposición como para escribir lo primero que se les pasara por la cabeza. Veamos, por ejemplo, el texto en el que Yavhé le pregunta a Caín por el lugar de su hermano Abel (Gen 4, 9). Aquí hay que fijarse, sobre todo, en el orden de las frases: qué se dice en primer lugar, luego en segundo… si queremos vislumbrar, cuando menos, por donde van los tiros de la experiencia bíblica de Dios. De entrada, topamos con la pregunta por el lugar del Abel: Caín, Caín ¿dónde está tu hermano? ¿Por qué esta pregunta? ¿Daría lo mismo que Yavhé hubiera dicho en un primer momento lo que dirá a continuación— a saber: la sangre de Abel clama desde el fondo de la tierra? ¿Acaso Dios no sabía que Abel había muerto a manos de su hermano? ¿Estamos ante un pregunta retórica? No me atrevería a decirlo. En cualquier caso, ante una adaptación en clave narrativa de una experiencia que no admite a Dios como personaje. Pues Dios en realidad no puede intervenir a la manera de un dios (y aquí la minúscula no es un error). Por tanto, leeremos mal si nos limitamos a leer el fragmento como si leyésemos una novela, en donde los protagonistas son Yavhé y Caín.

Así, que en primer lugar Yavhé interrogue a Caín por el lugar del hermano tiene que ver con la situación en la que el hombre, en tanto que arrojado al mundo, se encuentra en verdad ante Dios. Y esta no es la de quien lo invoca desde su posición de confort, como suele decirse, sino aquella en la que será posible reconocer al otro como hermano —y por tanto, aquella en la que es invocado por Dios. Esta situación es, por decirlo brevemente, la de quien no tiene nadie a su alrededor… aun cuando esté rodeado de gente. Hablamos de la situación —del momento— en el que el mundo desaparece por el empuje del vacío que abraza cuanto es —el vacío de Dios. Es cierto que culturalmente podemos dar por sentado que el otro es nuestro hermano —o si se prefiere, nuestro igual… aunque, estrictamente, no sea lo mismo. Pero no caeremos en la cuenta de ello hasta que no se nos revele. Y no se nos revelará mientras pertenezcamos al mundo —mientras vivamos cara a nuestra posibilidad. Tan solo donde no hallamos envueltos por las tinieblas que cubren la tierra, el otro se nos muestra como el que nos invoca como prójimo, esto es, desde una proximidad esencial (y digo esencial porque esta proximidad se da al margen de cualquier distancia). Únicamente por esta invocación se nos abre la oportunidad de abandonar nuestro aislamiento. Y es que el haber sido expulsados del Edén —el haber sido arrancados de la presencia de Dios— supuso no solo la pérdida de la fraternidad, sino también que esta pérdida apenas nos importara. Por eso mismo, la respuesta de Caín inicialmente no pudo ser otra que la de hacerse el sordo: no sé, ¿acaso soy el guardián de mi hermano? Aquí Caín aún pertenece mundo. Y donde pertenecemos al mundo no hay nadie a nuestro alrededor. Tan solo sombras, imágenes, representaciones de una genuina alteridad. En definitiva, cosas… más o menos aprovechables. Abel fue para Caín algo que, sencillamente, debía sepultar.

Por eso mismo, tan solo en medio de la oscuridad —en medio de un mundo en suspenso— Caín pudo oír el clamor de la sangre de su hermano. Escuchar la interpelación de Yavhé —¿qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra— supone encontrarse en la situación de un silencio absoluto. Sin embargo, lo que ahora conviene subrayar es que, en esa situación, Caín no pudo evitar responder —aunque la respuesta hubiese sido la de quien pasa del asunto. Caín topa con su hermano bajo el peso del silencio de Dios —un silencio, con todo, elocuente. Pues el hermano es aquel que encontramos en falta donde nos enfrentamos a dicho silencio. Y en falta porque le dimos la espalda en nuestro intento de posicionarnos en mundo… Ahora bien, darle la espalda es como darle la muerte: por eso lo primero que escuchamos del hermano es, precisamente, su clamor. Únicamente porque Caín reconoce su culpa recibirá la señal de Yavhé.

Tan solo ante la radical trascendencia de Dios —la que, como decíamos, se muestra como oscuridad y silencio absolutos—, el otro se revela como tal, esto es, como aquel al que le debes una respuesta —y se la debes porque te demanda. Bajo el silencio y la oscuridad de Dios, el hermano nos invoca en nombre de Dios o, por decirlo de otro modo, en su lugar, antes incluso de que podamos oler su sangre. Traducción: antes incluso de que podamos reaccionar emocionalmente a su sufrimiento. Pues donde solo hay reacción el otro sigue siendo un motivo. Así, en tanto que nos invoca, tal y como decíamos, no podemos hacer otra cosa que responder. Ante Dios, todo es respuesta. Incluso el negarse a responder. De ahí que la relación con el otro está preñada de una asimetría fundamental: el otro es siempre primero (y por eso mismo, no es exactamente un igual). El tener que responder —en el mejor de los casos, el responder con un aquí estoy, qué quieres de mí — es, por consiguiente, el envés de la aparición. Y siempre se nos aparecen los muertos que dejamos atrás —o si se prefiere, los que abandonamos como muertos.

valores

agosto 8, 2023 § Deja un comentario

Qué es un valor? Algo a lo que le damos importancia, dicen. Pero, por lo común, le damos importancia a cosas que tampoco consituyen propiamente un valor. De hecho, un valor, en tanto que no es empleable, no suele tener importancia. O mejor dicho, su importancia es, en cualquier caso, vital. De ahí que al valor no le demos importanica. No podemos dársela. Del valor depende que nuestra existencia se mantenga en pie. En este sentido, la experiencia del valor conecta con la antigua experiencia de lo sagrado. Al menos, porque solo en relación con lo que se encuentra más allá del presente —únicamente con respecto a la posibilidad que trasciende el mundo— se decide el sí o el no de nuestro estar-en-el-mundo. En tanto que la sentencia está en el aire, nadie puede prescindir del valor.

Sin embargo, el asunto es qué admitimos como valor. Y es que o bien perseguimos lo que vale la pena (y nunca será algo que quepa poseer); o bien, valdremos por lo que tengamos. Ahora bien, tan solo la primera opción nos libera del qué dirán. Al fin y al cabo, la cuestión del valor es inseparable de la pregunta sobre quién es tu padre —quién decidirá el sí o no. Y si quien nos juzga es la gente, estamos sencillamente perdidos. Nadie es lo que posee. Pues todo éxito es un exitus, un morir para sí mismo. No es una boutade que Borges dijera de sí mismo que él no era Borges.

abierto o (en)cerrado

agosto 7, 2023 § Deja un comentario

A menudo pienso que hay algo así como dos actitudes básicas: o permaneces en tus cosas —y aquí te mueves entre el éxito y el fracaso, en ambos casos un malentendido—; o vives en la inquietud —y de la inquietud—, esto es, desde el espíritu de la búsqueda. En el primer caso, no hay más. En el segundo, tiene que haber algo más tras el muro de la totalidad. Aunque no sepas —ni puedas saber— en qué consiste… si es que no consiste en la vuelta a lo mismo, aunque como aparición.

¿un estoicismo cristiano?

agosto 5, 2023 § Deja un comentario

El estoicismo está de moda. Marco Aurelio ocupó el lugar de Marx. El mensaje es simple: si no puedes transformar el mundo, entonces mejor que te transformes a ti mismo; que el mundo no te pueda. ¿Y cuál es, sin embargo, la técnica de esta libertad? Diría que, básicamente, consta de dos recursos. Por un lado, el de ver cuanto sucede —o cuanto te sucede— sub specie aeternitatis, esto es, desde la óptica de la eternidad. Pues desde esta perspectiva nada importa. Incluso un genocidio deviene invisible —o a lo sumo un trampantojo— para el dios cuyo primer millón de años es apenas un instante. Por otro lado, el tener presente que vivimos dentro de un plazo. Como si fuéramos a morir a continuación. Esto es, que el temor a morir no te hunda. Al fin y al cabo, no hay otra libertad que la de estar por encima de tus miedos.

Pues bien, ¿puede un cristiano subirse a este carro? En principio, no parece incompatible. Sin embargo, hay un factor diferencial —y de paso, decisivo. Y es que lo que, cristianamente, te saca del bucle narcisista no es solo tu propia muerte, sino, sobre todo, la de las víctimas del mundo —la de los miserables que fueron abandonados en las cunetas de la historia a causa de, al menos, nuestra indiferencia. De ahí que, cristianamente, la pregunta no sea tanto la de cómo liberarse de cuanto nos puede, sino qué vida pueden esperar aquellos que murieron injustamente antes de tiempo. Para el estoicismo el mundo es un dato imborrable. En cambio, para el cristianismo es aquello que reclama una recreación. Así, mientras el estoicismo es ciertamente razonable, el cristianismo apunta a lo en modo alguno cabe creer desde nuestro lado. No hablamos, precisamente, de lo mismo. Es cierto que, en ambos casos, la ascesis es, por así decirlo, un práctica obligatoria. Pero si para el estoico la ascesis es una disciplina que conduce a la elevación, para el creyente es una respuesta. Sencillamente, un cristiano no puede vivir como si no existiesen aquellos que le demandan el pan de cada día.