último megacasting

abril 10, 2025 § Deja un comentario

La intención con la que hacemos lo debido no cuenta —ni tiene que contar— a la hora de valorar la integridad moral de quien cumple con su obligación. Pues dicha intención tampoco es que sea transparente. Al fin y al cabo, no hay intención o propósito que sean químicamente puros. Aunque, por eso mismo, también podríamos decir que no hay nadie moralmente íntegro. Ciertamente, podríamos decir que la buena voluntad es lo que no podemos evitar exigirnos unos a otros, incluso a nosotros mismos. Pues es el presupuesto desde el que condenamos a la amiga interesada. Sin embargo, teniendo en cuenta lo dicho, a saber, que no hay modo de determinar hasta qué punto nuestra intención es pura, el único criterio efectivo de valoración moral es el que tiene en cuenta las consecuencias de nuestros actos o decisiones. Si estas resultasen beneficiosas para la mayoría, entonces no habría nada que condenar… aun cuando lo que tuvimos que hacer para alcanzar dichas consecuencias, se supone que buenas, fuera desagradable o, incluso, intuitivamente inmoral. Pero ¿es así? Y si lo fuese, ¿podríamos deducir que la moral, en definitiva, el bien no tiene nada que ver con la integridad? ¿Cómo podríamos sostener lo contrario?

meditaciones cartesianas 22

abril 7, 2025 § Deja un comentario

La posibilidad de que nuestras representaciones mentales del mundo sean falsas, aun cuando nos parezcan indiscutiblemente verdaderas, no conduce a la certeza del cogito: la presupone. El ejercicio de la duda metódica no deja de ser un espléndido ejemplo de retórica eficaz. Un viejo chamán podría admitir, por ejemplo, que sus visiones solo son posibles durante el sueño o a través de alguna sustancia alucinógena. Pero nunca aceptaría la posibilidad de que no tengan nada que ver con el mundo al que accede, precisamente, mientras sueña o ingiere peyote. Pues está convencido de que, aunque sea necesaria una traducción, es posible la comunicación entre los mortales y el espíritu de los muertos, como quien dice. En cambio, una sospecha por defecto solo es posible donde, de algún modo, damos por sentado nuestra enajenación del mundo. Dicha sospecha presupone, de hecho, una alteración de la noción de verdad.

En el caso del chamán, lo verdadero es lo que tiene lugar o acontece en medio de cuanto sucede. Ciertamente, el chamán admite la posibilidad del error. Pero la entendería como un error de interpretación, en modo alguno como un delirio que solo estuviese en su cabeza. Esta posibilidad solo se plantea una vez la representación mental sustituye al haber del mundo como punto de partida de la aspiración a la verdad. Al partir de nuestras representaciones, la verdad solo podrá concebirse como adecuación entre estas y los hechos, la cual, al depender de un criterio de adecuación, será siempre problemática. Así, al tomar como punto de partida el contenido mental, la verdad, de haberla, únicamente podrá determinarse en relación con las condiciones de posibilidad de la experiencia y, por eso mismo, en relación con los esquemas conceptuales de la subjetividad. En este sentido, no es casual que la reflexividad moderna comience con la cuestión de la certeza, y no con la que se interroga sobre lo que tiene lugar en medio de cuanto simplemente pasa, esto es, no con la pregunta sobre lo que aparece en el aparecer. En realidad, las Meditaciones Metafísicas tienen muy poco de metafísicas. La certeza del cogito, al estar cargada de prejuicio, quizá no sea tan apodíctica como Descartes nos dio a entender.

nietzscheanas 65

abril 4, 2025 § Deja un comentario

Según Nietzsche, no hay algo así como la verdad. Todo sería perspectiva… si la palabra fuese adecuada. Pues una perspectiva es, en cualquier caso, relativa a algo que se sitúa más allá de cuanto podamos decir al respecto desde un punto de vista. Y, por eso mismo, suponemos que ese algo es un en sí al que podríamos acceder a través de un lenguaje cuya validez trascendiese, precisamente, la perspectiva. Para el racionalista este lenguaje sería, de hecho, el de la matemática. Ahora bien, según Nietzsche, al igual que para los empiristas, la matemática no dejaría de ser un artificio, una simplificación excesiva del en sí… si lo hubiese. De hecho, la idea de un en sí por debajo de las apariencias es, en última instancia, un truco del lenguaje —una ilusión lingüística.

Así, para Nietzsche no hay verdad —ni puede haberla— porque no cabe la posibilidad de hechos puros, hechos con respecto a los cuales, al estar al margen de la perspectiva, fuera posible establecer la verdad de nuestros enunciados acerca del mundo. No hay hechos que sean con independencia de los presupuestos que constituyen una cosmovisión —es decir, una perspectiva— y, por ende, un mundo. Los presupuestos que rigen, pongamos por caso, una cosmovisión religiosa —hay otro mundo por encima del que habitamos— no son los mismos que los que dibujan el perfil de nuestra actual visión científica del mundo. Por consiguiente, los hechos de la primera cosmovisión no serán los mismos que los de la segunda (y de ahí que Nietzsche dijera que hubo Dios… y que ahora en modo alguno podía haberlo). El chamán admitirá que tiene visiones del más allá porque ha ingerido peyote. Pero añadirá que no solo porque lo haya ingerido: si puede ver lo que ve es porque no cuestiona que haya otro mundo.

El ver es siempre un ver como. No hay visión que no posea una carga teórica —que no incorpore un cierto saber. Así, quien ve un martillo ve un clavo. Si no lo viese al ver un martillo, no vería un martillo, sino otra cosa —por ejemplo, un arma defectuosa o rara. El martillo sería la metáfora del clavo. La esencia del lenguaje es, por eso mismo, metafórica: cualquier cosa remite al resto. Todo es lo que no es —aunque Nietzsche, al carecer de instinto dialéctico, no llegó, ciertamente, tan lejos.

Sin embargo, qué ve aquel al que se le aparece algo incomparable —algo que, aun cuando pueda decir que es, no sabe qué es o en qué consiste. Ese algo absolutamente extraño se mostraría como un puro algo-ahí… y, por eso mismo, sería la metáfora de Dios, su símbolo o índice. Pues Dios es el nombre de lo absolutamente extraño u otro —de una pura alteridad. De asimilar a Dios —de verlo como, por ejemplo, un padre… a la hora de una idea de lo que pueda ser Dios—, Dios dejaría de ser Dios para devenir un dios a medida —a la medida, precisamente, de las condiciones de nuestra receptividad. Al fin y al cabo, lo extraño siempre se hace presente como algo relativo a unos esquemas sensoriales o mentales —y de ahí lo inevitable de la analogía: esto es como…. O dicho de otro modo, al añadir un cierto saber a la aparición de lo absolutamente extraño, Dios pasaría a formar parte del mundo. Y esto sería así aun cuando, debido a que ese saber continuaría siendo incompleto, al mismo tiempo dijéramos que pertenece a un mundo superior. En realidad, siendo más precisos, formaría parte del todo. Sin embargo, lo cierto es que lo absolutamente extraño u otro tiene que permanecer, por definición, como ab-suelto del todo, esto es, sin juicio —sin lenguaje. Nuestra necesidad de comprender a Dios expresaría, por tanto, nuestra congénita incapacidad para soportar a Dios y, en definitiva, para enfrentarnos a una alteridad sin rostro.

Es cierto que llegados a este punto, alguien podría objetar que los humanos seríamos absolutamente extraños para los ácaros del polvo, si fueran conscientes, y no por ello seríamos dioses. Sin duda, esta —que fuéramos dioses— sería su impresión. Pero se equivocarían. Pues no somos dioses. Como tampoco un dios es Dios.

Ahora bien, quien plantease dicha objeción no tendría en cuenta que esto es así tan solo con respecto a cualquier objeto insólito, no con respecto a la nada. Al menos, porque la nada es, de hecho, lo que en modo alguno cabe asimilar. Y por eso mismo, es lo único que puede comprenderse como lo absolutamente extraño. En modo alguno, la nada se hace presente como tal. Ninguna metáfora ontológica vale para la nada… salvo el todo, lo que no implica que la nada sea asimilable. Pues el todo tampoco lo es. Ciertamente, podríamos creer que la nada remite a, por ejemplo, el vacío. Pero esta remisión sería meramente literaria o epistemológica, en modo alguno ontológica. El martillo remite al clavo —y esta remisión es entre cosas (y por eso mismo, hablamos de una remisión ontológica: no se trata simplemente de hacerse una idea de la naturaleza de un martillo… como cuando comparamos la nada con el vacío). Ontológicamente, la nada solo puede remitir al todo. Pues hay el todo porque la nada no es. Es decir, porque la nada es en su negación de sí, hay el todo. Y aquí topamos, de nuevo, con Dios —con el acto creador que es Dios en sí. Pues Dios crea el mundo retirándose —o por decirlo en cristiano, vaciándose de sí mismo. Sin embargo, esto no deberíamos entenderlo como si primero hubiera Dios y, posteriormente, se vaciase de sí mismo. Nada hay antes del acto creador. Dios, en sí, es el acto de negación de sí en pos de lo otro de sí —en filosófico, el no es nada de un puro haber. En esto consiste el amor de Dios. Y nadie dijo que el amor no fuese excesivo, sin medida,terrible. Por el amor de Dios, hay Dios como el eterno por-venir de Dios. Y, consecuentemente, por este mismo amor hay el todo.

Evidentemente, lo anterior no es Nietzsche. Pero conecta con Nietzsche. O mejor, es lo que acaso hubiera dicho Nietzsche de poseer, como decía, un instinto dialéctico más afilado. Con todo, lo que sí intuyó Nietzsche es la profunda conexión entre nihilismo y el monoteísmo cristiano. Y esto es lo que cuesta, religiosamente, de tragar.

nietzscheanas 64

abril 3, 2025 § Deja un comentario

En Nietzsche podemos rastrear dos críticas al cristianismo. Una es explícita —y es la que figura en los manuales. La otra es subyacente y tira de ironía. Bastante. La primera se dirige directamente a la cristiandad —y podríamos decir que tiene que ver con la transformación del cristianismo en un platonismo para el pueblo, una vez se impone como la religión oficial de Occidente. La segunda es, según mi parecer, la más interesante. Pues se sirve del cristianismo para dinamitar la cristiandad. Pero aquí hay que leer entre líneas. En este sentido, es posible que Nietzsche entendiera el cristianismo mejor que muchos cristianos.

Conforme a la primera, el cristianismo, en tanto que platonismo popular, proporciona una sentido a la existencia —un hacia dondedesde las alturas, por decirlo de algún modo. Así, la vida posee un significado únicamente en la medida que encarna el ideal, lo que debe ser, en definitiva, lo que realmente vale… aun cuando sea hasta cierto punto. La vida, por consiguiente, no posee valor en sí misma. Ahora bien, lo que esto implica es que, desde la perspectiva cristiano-platónica, la vida, en cuanto tal, queda devaluada. Hasta aquí nada que no sepa quien haya leído a Nietzsche con un mínimo de interés.

En cambio, según la segunda, el ateísmo moderno es un hijo bastardo de la proclamación cristiana. Nietzsche, como decía, no lo afirma explícitamente (y por eso, hay que leer entre líneas). Pero es imposible, debido a su sólida formación teológica, que Nietzsche ignorase que los primeros en proclamar la muerte de Dios fueron, precisamente, los cristianos. Me cuesta imaginar que Nietzsche no tuviera en mente, al escribir y nosotros lo hemos matado tras proclamar la muerte de Dios, las resonancias cristianas de este nosotros. Y es que, conforme a la confesión creyente, quien colgó de una cruz no fue simplemente el enviado de Dios, sino el quién de Dios, aquel con el que Padre se identifica, —el Hijo—… y sin el cual Dios aún no es nadie.

Para el cristianismo, Dios tiene cuerpo. Al margen de su cuerpo, el haber de Dios anda rozando el del un nadie. Pues la encarnación no debe entenderse como si Dios adoptase un aspecto humano. De hecho, esta lectura del hacerse cuerpo de Dios fue condenada —y ferozmente— por la Iglesia, desde casi el principio. La presencia de Dios, al margen de la corporalidad, es la de un eterno ausente o en falta. Es decir, Dios no tiene otra entidad que la del cuerpo de quien acabó muriendo como un perro bajo el implacable silencio de Dios, aunque también abandonándose a Dios… lo que para Nietzsche sería, ciertamente, absurdo. Por consiguiente, según la confesión creyente, el único aspecto de Dios —su forma, esencia o modo de ser— es el de un crucificado en nombre de Dios… esto es, en su lugar. Desconcertante —muy desconcertante— para los que poseen una típica sensibilidad religiosa. Pues esta da por descontado que Dios existe en una especie de dimensión desconocida a la manera de un ente superior —o, si se prefiere, supremo—, tutelando, de manera a menudo incomprensible, la vida de sus criaturas. Y digo desconcertante, por no decir escandaloso o, sencillamente, inaceptable… para quien necesita decirse a sí mismo que goza del amparo de un poder sobrehumano.

En este sentido, podríamos sostener que, en tanto que aún no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre de Dios, el Dios cristiano nos libera de la dependencia de lo divino, en definitiva, de lo gigantesco. Y nos libera porque la cruz revela la impotencia de Dios, al fin y al cabo, el envés del poder de la nada. Pues el poder que puede con el todo —el todopoderoso— es el de una nada que permanece agazapada en su negación de sí —y en esto consiste el amor de Dios— más allá del todo (y por eso mismo, de los tiempos). En realidad, el horizonte del amor siempre fue la inmolación.

Evidentemente, para el cristianismo el asunto no termina con la cruz. Pues hubo resurrección. Esta proporcionaría, por tanto, un hacia donde a la existencia. Sin embargo, probablemente Nietzsche nos diría que hay que aprender a leer. Pues que la resurrección de los muertos —ese imposible— se venda como la solución es como decir que no hay solución. En este sentido, el cristianismo, bien leído, sería un brutal ejercicio de ironía.

Así, en nombre de este Dios, estamos solos. Y por eso caben dos opciones. O bien, asumimos que somos hermanos debido a una común orfandad (y actuamos en consecuencia… esperando lo imposible). O bien, y esta sería la propuesta de Nietzsche, nos ponemos a bailar. Y da igual si lo hacemos rodeados de amapolas o encima de la pira de los gaseados. Todo vale. Y por eso mismo, nada vale. O al revés. Sin embargo, en el caso de emular a Dioniso, el dios bailongode la Antigüedad, lo que dejaríamos atrás sería, precisamente, lo que hasta el momento había constituido nuestra humanidad. No secundariamente, Nietzsche entendió el dilema de la existencia como un tener que apostar por Cristo o por Dioniso.

Con todo, la cuestión es quién será capaz de bailar de este modo. Pues este baile no es, ciertamente, para el hombre.

megacasting: ¿fue Kant el chino de Könisberg?

marzo 28, 2025 § Deja un comentario

Para Hume, no tiene sentido hablar de voluntad al margen de un sentirse inclinado a llevar a cabo un determinado propósito, el cual posee tan solo una base pasional. Pues la idea de un sujeto al margen de las pasiones —la idea de un sujeto que se propusiese un fin estrictamente racional— es una ficción. Quizá útil, pero una ficción al fin y al cabo. Kant, como sabemos, respondió al reto de Hume diciendo —aunque estas no fueran exactamente sus palabras— que no debemos confundir la fuerza de voluntad, la cual puede estar, ciertamente, motivada por la creencia de que uno se siente más satisfecho consigo mismo tras haber conseguido lo que pretende alcanzar con esfuerzo, con la voluntad que constituye lo que somos más allá —o por encima— de lo empírico. Pues esta voluntad, en definitiva, es una voluntad de segundo orden. O por decirlo de otro modo, una voluntad de voluntad. Si no fuese así, no rechazaríamos, en el fondo, la posibilidad de un sentirse bien… por haber ingerido, pongamos por caso, la droga de la felicidad. Pues no es lo que queremos. O mejor dicho, no es algo que podamos querer… siendo los seres racionales que somos.

Probablemente, Hume le hubiese replicado a Kant, de haberle leído, diciendo que, de hecho, teniendo en cuenta que no buscamos otra cosa que la felicidad, la mayoría elegiría, si fuese posible, tomar esa droga de la felicidad. Así, dado que el horizonte de cuanto hacemos o evitamos hacer es siempre el sentirse bien, quienes rechazaran la droga de la felicidad, lo harían porque creerían que se sentirían mejor rechazándola —porque creerían que serían más felices al hacerlo. ¿Quizá porque se sentirían más orgullosos de sí mismos? Es posible. Ahora bien, ¿qué le respondería Kant? Obviamente, hay que tener presente la objeción de Hume. No vale con repetir las tesis de Kant.

Kant, en plan práctico (y 4)

marzo 26, 2025 § Deja un comentario

Esta es la pregunta que rige la ética kantiana: ¿qué nos interesa a todos, seamos de aquí o de allí —que queremos, en el fondo, por el simple hecho de ser algo más que simios? Según Kant, como mujeres y hombres —aunque Kant diría como seres racionales… pues admite la posibilidad de racionales que no sean humanos—, no queremos otra cosa que libertad, no depender de nada que se nos imponga desde fuera, es decir, heterónomamente. Y esto por las razones que ya expusimos en su momento, la cuales apuntan, en definitiva, al hecho de que, espontáneamente, condenamos, pongamos por caso, a quien, cumpliendo con lo que exige una amistad, no tiene otro interés que servirse de ella para su propio beneficio, aunque este sea únicamente el de sentirse bien.

Sin embargo, la respuesta a nuestra pregunta inicial ¿no debería ser felicidad? Hume es lo que hubiera dicho. Y probablemente cualquiera de nosotros. Al fin y al cabo, no pretendemos nada que no sea sentirnos bien. Para Hume, y con respecto a los fines, no cabe ir más allá del sentimiento, las emociones, las pasiones. Toda intención —interés, propósito, fin— arraiga en la sensibilidad. De ahí que haya una multiplicidad de intereses. Y es que, aun cuando todos buscamos la felicidad, no tenemos tan claro qué es lo que nos hace particularmente felices.

Los tiros de Kant no irán, como sabemos, por ahí. Kant traza su pensamiento con punta fina. Pues hay que prescindir del rotulador grueso a la hora de distinguir entre las inclinaciones propias de las apetencias o deseos y la propia del querer —o en palabras de Kant, la propia de la voluntad—… lo que Hume, ciertamente, no hace. Esta distinción, en el fondo, corre pareja a la que media entre el sujeto trascendental y el empírico. Y, ciertamente, el sujeto empírico, aquella parte de nosotros que se encuentra sujeta a lo que de hecho prefiere —a inclinaciones heterónomas, sean biológicas o el producto de nuestra pertenencia a una determinada cultura— no pretende otra cosa que sentirse bien, esto es, felicidad. Hume se detiene aquí. Pues no encuentra razones para afirmar que seamos algo más que cuerpos que buscan, aunque conscientemente, su satisfacción.

Kant es, sin duda, más perspicaz. Y es que nuestra resistencia feroz a ser utilizados como medios de propósitos ajenos —al fin y al cabo, nuestra resistencia a la esclavitud—, para Kant, no expresa simplemente que, de hecho, ello nos disgusta enormemente. Pues si fuese solo que de hecho nos disgusta, podría darse la situación en la que no nos disgustase. Ciertamente, expresa un interés, pero un interés en modo alguno contingente —esto es, un interés que pueda darse… o no. Al contrario. Estamos ante un interés universal y necesario o inevitable. Esto es, ante un interés racional, independiente de nuestro particular modo de ser o de cómo hayamos sido educados. Pues tanto la universalidad como la necesidad son rasgos de la razón. De hecho, los rasgos. Kant se refiere, en definitiva, al interés que constituye nuestra dignidad y, por eso mismo, presente en cualquier hombre o mujer… aunque también en Yoda, por así decirlo.

Es verdad que podemos sentirnos muy a gusto siendo utilizados. Por ejemplo, cuando conseguimos ese objeto que tanto deseamos… debido a una campaña publicitaria eficaz. Pero una cosa no quita la otra. Pues lo que significaría este encontrarse tan a gusto siendo manipulados es que, al identificarnos con el deseo —al creer, aunque en falso, que es nuestro—, ignoramos que estamos siendo, precisamente, manipulados (y que, por eso mismo, no es nuestro). De hecho, basta con que nos digan que, sin ser conscientes de ello, hemos formado parte de un experimento que consiste en irnos inyectando deseos durante una temporada… para que nos extrañemos de lo que, hasta el momento, hemos considerado nuestro. Y si nos extrañamos —si vemos esos deseos como extraños— es porque, al fin y al cabo, lo más nuestro es el interés de no tener otro interés que el de hacer lo que queremos, es decir, querer —y aquí, para comprender lo que pretende decirnos Kant, no hay que ponerse demasiado románticos. Y es que uno solo quiere lo que se manda incondicionalmente a sí mismo, a saber, hacer lo debido por hacer lo debido, libremente, sin otro motivo que no sea el del respeto absoluto que el otro exige. Al fin y al cabo, somos, en el ámbito de lo práctico o moral, este obligarnos a nosotros mismos a la libertad. Más aún: en esto consiste la libertad, en un querer querer.

Con todo, la cuestión que, seguidamente, se planteará Kant es qué relación mantienen entre sí la integridad moral —la autonomía— y la felicidad. De hecho, no parece que vayan de la mano. Pues, lo habitual, es que, en este mundo que nos ha tocado en suerte, las personas moralmente íntegras no tengan las de ganar. Sin embargo, sería absurdo que integridad moral y felicidad no terminasen yendo de la mano. Deberían ir de la mano. De ahí que Kant remita al reino de los fines —esta es su expresión—, aquel en el que una será el envés de la otra. Evidentemente, Kant tiene en mente un reino post mortem. Pues nuestro mundo no puede garantizar que integridad y felicidad anden a la par. Tan solo, Dios en su reino. Por eso Kant sostendrá que Dios es el postulado de la razón práctica.

¿Se trata de una mera creencia? No, exactamente. Pues la base de este postulado no es la necesidad de que la película termine bien —de que tenga un final feliz—, sino el absurdo que supondría que, de hecho, no fuese así. La esperanza de que libertad y felicidad vayan de la mano reposa, por tanto, en que lo contrario, de darse definitivamente, sería inconsistente, no ya con nuestra persistente inclinación a la felicidad —al sentirse bien—, sino con nuestra naturaleza racional. Pues la libertad solo se ejerce en relación con lo bueno —con la máxima moral. Y, dado que también somos seres sensibles, el otro lado de la realización de lo bueno es el sentirse bien. Si de hecho integridad moral y felicidad no van a la par es porque el mundo, sencillamente, no lo admite. No porque no tenga que ser así. Por eso Kant dirá que, en relación con la felicidad, de lo que se trata, mientras sigamos en este mundo, no es de buscarla a cualquier precio —pues, en ese caso, renunciaríamos al ejercicio de la libertad—, sino de hacernos dignos de ser felices.

Kant, en plan práctico (3)

marzo 23, 2025 § Deja un comentario

Llama la atención que Kant considere la voluntad como razón práctica. Pues ¿de qué modo la voluntad podría presentarse como racional? Para entender qué es lo que pretende decirnos Kant al respecto, hay que tener en cuenta que, como sujetos, estamos sujetos a diferentes demandas —pues de no estar sujetos a nada no seríamos nadie. Sin embargo, no todas son racionales, es decir, incondicionales. La razón manda —y manda sin que sea posible plantear objeción alguna (y en esto consiste su carácter incondicional). En tanto que seres racionales somos quienes se hallan sujetos al mandato de la razón. Así, en el terreno del saber, la razón exige pensar conforme a las reglas de la lógica. Pues no hay mundo que no se ajuste a dichas reglas. Sencillamente, no pueden haber hechos contradictorios. Necesariamente, si A es mayor que B, y B mayor que C, entonces A será mayor que C. No puede ser de otro modo. Es decir, la validez de este principio no depende de que se cumplan ciertas condiciones, por ejemplo, que el mundo no sea el de los Orcos. La pregunta sería, por tanto, qué manda la razón en el ámbito de la moral. Ahora bien, el territorio de lo práctico es, en términos de Kant, el del interés. De ahí que la pregunta sobre el mandato de la razón práctica equivalga a la que se interroga sobre la posibilidad de un interés —una motivación— racional… es decir, incondicional. ¿Qué es lo que queremos “sí o sí”, esto es, incondicionalmente?

La respuesta no puede apuntar, como es obvio, a un interés en concreto. Pues que nos interese esto o aquello dependerá de cuál sea nuestra circunstancia. De hecho, difícilmente nos interesaría lo que ahora nos interesa en particular —el nuevo iPhone, trabajar en una empresa de marketing, una casa en la Cerdanya…— si hubiéramos nacido, pongamos por caso, en la Mongolia más rural. En el caso de que hubiese un interés racional, este tendría que pertenecer a cualquier sujeto racional, sea europeo, indio… o extraterrestre. Esto es, no tendría que expresar un determinado carácter o psicología. Teniendo en cuenta que este interés es lo que somos en tanto que nos hallamos sujetos a la razón —y teniendo en que un interés exige, por definición, ser satisfecho —, el mandato con el que se expresa el interés racional debe comprenderse como un mandarse a uno mismo, y en definitiva, como voluntad. A este mandarse a uno mismo, Kant lo denomina autonomía (y aquí conviene recordar que este mandarse a uno mismo no se entiende si no tenemos en cuenta la escisión, en terminología kantiana, entre el sujeto trascendental y el empírico). Este mandato, en tanto que nos constituye como seres racionales, es categórico. O por decirlo de otro modo, no admite excusas.

La autonomía no debe entenderse, consecuentemente, como un obligarme a realizar un interés particular, por ejemplo, a terminar los estudios de medicina. Esto último tendría que ver con la fuerza de voluntad y, por extensión, con un particular modo de ser. Pues no todo el mundo posee la misma fuerza de voluntad o firmeza a la hora de llevar a cabo lo que se propone. En cambio, todos los seres racionales se encuentran sujetos al interés de no depender de nada ajeno a ellos mismos, de nada que no pertenezca intrínsecamente a lo que, en definitiva, son, a saber, sujetos racionales. A este interés, como decía, Kant lo denomina voluntad. Por eso, Kant sostiene que tan solo es buena la buena voluntad, esto es, la voluntad en su sentido más universal, la que se expresa a través del imperativo categórico, aquel que exige hacer lo debido —el mandato de la máxima moral: dirás la verdad, no robarás…— con el único interés o propósito de hacer lo debido, al fin y al cabo, por el otro. La mala voluntad sería, por tanto, aquella cuyo propósito o interés obedece principalmente al temor a ciertas consecuencias o a la búsqueda de la aprobación de los demás. Así, la mala voluntad, al centrarse en un interés particular, no podría evitar que tratásemos al otro como medio y no como un fin en sí mismo. En este sentido, la mala voluntad no sería más que reacción a los estímulos del entorno. Como las bestias. De ahí que la buena voluntad sea sinónimo de libertad. Otro asunto es que, además, el cumplimiento del deber por puro sentido del deber nos haga sentirnos bien con nosotros mismo. Pero la genuina libertad no tiene nada que ver con el sentirnos bien… aun cuando, a menudo, confundamos la libertad con el sentirse libre —y por eso mismo, bien— ante la posibilidad de conseguir cuanto deseamos.

Consecuentemente, Kant distingue el imperativo categórico de los que denomina imperativos hipotéticos, aquellos cuya obligación depende de que admitamos una determinada condición. Por ejemplo, no debes robar… si no quieres ir a la cárcel o sentirte a disgusto contigo mismo. Resulta evidente que los imperativos hipotéticos no nos obligan incondicionalmente. En este sentido, son, en palabras de Kant, heterónomos. Su obligación se nos impone desde fuera, por así decirlo. Incluso cuando esta procede de nuestro cuerpo… como cuando tememos las consecuencias o buscamos una compensación. Pues el cuerpo, en tanto que conscientes de nosotros mismos, siempre se encuentra, en cierto sentido, enfrente. En cambio, el imperativo categórico es al que nos encontramos sujetos… en tanto que sujetos racionales, al margen de cuál pueda ser nuestro carácter particular. Al fin y al cabo, hablamos de un imperativo universal, el que nos manda, precisamente, ser libres. Este es el único interés de los seres racionales (y como racionales).

Así, conforme al imperativo categórico, no basta con cumplir solo con la máxima —no robarás, dirás siempre la verdad…—, sino cumplir con la máxima sin otra intención, propósito, o interés… que el de cumplir con la máxima. Es decir, sin otra voluntad. Según Kant, no somos buenos, moralmente hablando, solo porque cumplamos con la máxima. Pues cabe hacerlo impulsados solo por el miedo o la necesidad de agradar. En cualquier caso, seríamos simplemente legales , pero no moralmente íntegros. Ahora bien, esto no es así porque lo dijera Kant —no es una opinión de Kant—, sino que Kant lo dice… porque es así. De hecho, nadie, sea de dónde sea, diría de alguien que da de comer al hambriento que es bueno, moralmente hablando, porque lo hace para mostrarse como individuo ejemplar. O, por poner otro ejemplo, Incluso un esquimal condenaría al amigo interesado, aquel que es fiel movido únicamente por una fin particular, esto es, utilizando al amigo como medio para conseguir ese fin. Quien comprende lo que quiso decirnos Kant, comprende, por tanto, que la voluntad que, en definitiva, somos exige cumplir con el deber por puro sentido del deber —la expresión es de Kant. Es decir, nuestro interés racional exige —e incondicionalmente— hacer lo debido por hacer lo debido, esto es, con buena voluntad.

Con el fin de clarificar el imperativo categórico, Kant ofrece, principalmente, tres formulaciones. La primera dice más o menos lo siguiente: que, a la hora de cumplir con la máxima, tu interés pueda ser el de cualquiera. Es decir, que tu único interés sea el de cumplir con la máxima desinteresadamente, esto es, sin un interés particular.

La segunda formulación —que tu máxima pueda entenderse como una ley universal— constituye una vuelta de tuerca. Pues se trata de evitar caer en la tentación de procurarse una máxima a medida. No cualquier máxima puede presentarse como máxima que podamos obedecer con buena voluntad. Tan solo aquellas que puedan valer para cualquiera. Por ejemplo, no podríamos mentir por mentir como si podemos decir la verdad por decirla. Pues sería contradictorio obligarse a uno mismo a mentir siempre. Esta máxima no puede, lógicamente, convertirse en ley universal sin bloquear el uso del lenguaje. De ahí que la libertad solo puede realizarse en relación con la máxima moral. La verdadera autonomía —el darse a uno mismo la ley— no debe entenderse, por tanto, como darse a uno mismo la máxima.

La tercera —trata al otro como un fin en sí mismo, y no como un medio— es, diría, la más reveladora. Pues expresa lo que está en juego con el hacer lo debido por hacer lo debido, a saber, el ser fiel por serte fiel, el decir la verdad por decirte la verdad. En definitiva, por ti. Kant, en este contexto, hace referencia al sentimiento de respeto que acompaña a la buena voluntad, un sentimiento que Kant considera… racional. Esto último resulta un tanto extraño, si se piensa bien. Pues no parece que los sentimientos casen con la razón. Ahora bien, si Kant utiliza el adjetivo racional en relación con el sentimiento de respeto es porque se revela, una vez comprendemos qué significa estar sujetos al imperativo categórico, como el envés del interés racional. En cualquier caso, para comprender mejor el carácter racional del sentimiento de respeto, podemos leer las entradas tituladas el ego de Kant (1 y 2).

Sea como sea, lo que Kant viene a decirnos es que no hay otra libertad que la del querer por querer. Y uno solo puede querer honestamente el bien. Preguntarse por la existencia de un interés racional equivale a preguntarse por lo que queremos incondicionalmente. Por eso mismo, no deberíamos confundir el querer con el desear o el apetecer. Al menos, porque todo deseo o apetencia son, de hecho, un implante —o, en términos de Kant, demandas heterónomas. Aun cuando nos resulte gratificante el que podamos realizar cuanto nos apetece o deseamos. Por contra, la demanda de la voluntad se nos impone a priori —pues de entrada,somos este estar sujetos al mandato racional. Esto es, su exigencia no depende de nuestra educación o de la cultura a la que pertenezcamos.

Ciertamente, nunca podremos determinar hasta qué punto de hecho nuestro interés es inmaculado. Pues, humanamente, no hay interés —intención, propósito…— que sea químicamente puro. Al fin al cabo, no solo estamos sujetos a las exigencias de la razón. En el terreno de lo humano, todo es mezcla. Pero esto no impide que ignoremos en qué consiste la integridad moral. Pues lo que queremos, en el fondo, es querer. Es decir, libertad. Otro asunto es que creamos, equivocadamente, que la libertad va de la mano de sentirse libres porque podemos hacer cuanto deseamos.

Kant, en plan práctico (2)

marzo 11, 2025 § Deja un comentario

NB:

Alguien podría preguntarse —y sirva este comentario como nota al pie— qué significa decir que somos “ambos sujetos” —el sujeto empírico y el trascendental. ¿Quién está sujeto, por un lado, a las exigencias de lo empírico y, por otro, a las de lo trascendental? No parece que haya un quien al margen de este estar sujeto a ambas exigencias. Pues el quien —el hecho de ser alguien— va, precisamente, con este hallarse sujeto a. Sin embargo, es igualmente obvio que tiene que haber algo así como un sustrato que esté sujetado por. ¿Cuál sería su naturaleza? Si por naturaleza entendemos modo de ser, ese sustrato, en sí mismo, carecería de naturaleza… en tanto que el modo de ser es determinado por un estar sujeto a. Hablamos, por tanto, de una realidad sin naturaleza, la de una pura conciencia de sí, del estado que consiste, precisamente, en un continuo diferir de sí mismo, es decir, de la serie de rasgos, demandas, expectativas… con las que nos identificamos y, por extensión, hacen posible el alguien —el quien.

Ahora bien, el peso de la exigencias que constituyen al sujeto trascendental no es el mismo que el de aquellas que conforman al sujeto empírico. Y ello porque el que seamos conscientes depende de la racionalidad, esto es, de su mandato, el que nos obliga, en definitiva, a la libertad. Como veremos, el que, en el fondo, no queramos otra cosa que la independencia de las contingencias que nos atan o someten, por muy gratificantes que sean —al fin y al cabo, que en lo más íntimo queramos ser libres— es el envés de la conciencia de sí. Pues esta conciencia es, como decía, un continuo diferir —un continuo hallarse más allá— de cuanto, estando en nosotros, nos obliga simplemente a reaccionar. Y ello a pesar, como decía, de que estas reacciones nos resulten satisfactorias.

Kant, en plan práctico (1)

marzo 11, 2025 § Deja un comentario

  1. Kant se pregunta si la razón tiene un interés práctico. Es decir: si la razón, en lo relativo a la moral —práctico, en Kant, es sinónimo de moral—, posee fuerza motivadora, un interés propio. La cuestión se plantea frente a Hume, el cual, como sabemos, sostuvo la tesis de que la razón es esclava de las pasiones. Así, esta podrá indicarnos cuál es el mejor medio para alcanzar un determinado fin, pero en modo alguno puede señalarnos cuál tiene que ser, precisamente, ese fin. Para Hume, son las emociones —las pasiones— las que determinan la finalidad de cuanto hacemos o dejamos de hacer. Por tanto, la pregunta sería si el deber de respetar a nuestro semejante, pongamos por caso, se nos impone simplemente porque nos hace sentir bien o si, por el contrario, se trata de un deber exigido por la razón… al margen de cómo nos podamos sentir al respecto
  2. Conviene tener presente que cuando Kant se refiere a la razón práctica, la palabra razón no arrastra las connotaciones habituales, a saber, aquellas que remiten a la lógica, la matemática…, en definitiva, al conocimiento. En este contexto, lo que Kant tiene en mente es, sobre todo, el carácter coercitivo de la razón, el hecho de que la razón manda —y manda categóricamente, es decir, sin posibilidad de objeción. Ahora bien, el mandato racional no es extrínseco o, por emplear el término de Kant, heterónomo —esto es, no se nos implanta desde fuera, como podría ser, por ejemplo, una buena costumbre—, sino que nos pertenece como aquello más íntimo. Y nos pertenece en tanto que sujetos racionales. La subjetividad —el que seamos alguien para nosotros mismos— es indisociable de estar sujetos a obligaciones, mandatos, exigencias que van más allá del instinto. De lo contrario, seguiríamos siendo unos bonobos más o menos satisfechos. Por consiguiente, que seamos sujetos racionales significa que somos los que se encuentran sujetos a los requerimientos de la razón (y no solo a los del instinto). La pregunta es, por tanto, qué es lo que manda la razón en el territorio de la moral, en definitiva, qué es lo que nos exigimos a nosotros mismos en tanto que seres racionales.
  3. Entender lo anterior supone entender que la razón, moralmente hablando, es sinónimo de voluntad. Pues la voluntad, en tanto que supone un obligarse a uno mismo, es imperativa. Ciertamente, la apetencia o el deseo poseen también un carácter imperativo. Así, cuando algo nos apetece o es deseado nos sentimos empujados —y a menudo fuertemente— a poseerlo. Pero esta obligación, como decía, siempre se nos impone desde fuera. Nos apetece, por ejemplo, tomarnos un trozo de pastel porque el cuerpo necesita azúcar. O deseamos esa camiseta fosforito… porque es la que llevaba Taylor Swift en su último concierto. Toda apetencia o deseo son un implante externo. Si creemos que el deseo es nuestroes únicamente porque nos identificamos con él —porque damos por descontado que nuestra identidad o, incluso, felicidad dependen de que podamos realizarlo. Pero nadie elige su deseo o apetencia. Más aún —y por eso mismo, según Kant—: nadie es su deseo o apetencia, aun cuando nadie pueda desembarazarse de ellos.
  4. Es verdad que cuando nos proponemos alcanzar un objetivo cueste lo que cueste —cuando le ponemos voluntad a algo— el fin nos viene inicialmente dado. Es decir, que tampoco lo elegimos. Quienes estudian medicina, por ejemplo, comenzaron sus estudios porque fueron previamente motivados por su entorno. No hay nada racional en ese fin. Pero que esto sea así no quita que tenga sentido decir que eligieron estudiar medicina cuando, sintiendo la tentación de abandonar, perseveraron en su propósito inicial. Sin embargo, según Kant, los tiros de la razón práctica —de la voluntad como razón— no van por ahí. En Kant, el término voluntad no es sinónimo de fuerza de voluntad… a pesar del aire de familia. La fuerza de voluntad sería, más bien, un rasgo del carácter, mientras que cualquier sujeto racional, sea cual sea su carácter, se encuentra, precisamente, sujeto al mandato de la voluntad —de la razón práctica—, el cual, como veremos, se caracteriza por su incondicionalidad. La voluntad, más allá de la fuerza de voluntad, es un querer querer. O por decirlo en kantiano, autonomía, una darse a uno mismo la ley, en definitiva, un mandarse que no admite excusas o condiciones. Pero esto lo explicaremos con calma más adelante.
  5. De ahí que Kant distinga entre el sujeto empírico y el trascendental. Y es que, si no fuese posible distinguirlos, la expresión darse a uno mismo carecería de sentido. Somos ambos sujetos —y quizá por eso esta distinción nos recuerde, aunque sin coincidir, a la que establecieron en su momento Platón y Descartes entre cuerpo y alma, cada uno a su modo. El sujeto empírico sería nuestro particular modo de ser —nuestra psicología o carácter—, siendo en buena medida el resultado de cómo reaccionamos, tanto intelectual como emotivamente, a los estímulos de nuestra circunstancia. El sujeto trascendental, en cambio, está por entero sujeto al dictado de la razón… con independencia del contexto histórico o cultural del que de hecho —empíricamente— forme parte. En realidad, es este hallarse sujeto. Podríamos decir que se encuentra por encima del sujeto empírico. Esto es, lo trasciende. Al fin y al cabo, no hay modo de comprender la subjetividad donde nos ahorramos la escisión que la constituye. Recordemos lo que hemos dicho tantas veces sobre el chimpancé, a saber, que, a diferencia de los humanos, no tiene cuerpo, sino que es cuerpo. Esta distinción entre el sujeto empírico y el trascendental corre paralela a la que media entre la apetencia o el deseo, por un lado, y el querer, por otro. Aun cuando a menudo no distingamos entre apetecer, desear y querer, no se trata exactamente de lo mismo.

máquinas autoconcientes

febrero 19, 2025 § Deja un comentario

La pregunta sobre si la IA podría llegar a la autoconciencia se presta a malentendidos… donde no tenemos en cuenta que la conciencia de sí tiene como base lo traumático. Una IA ¿podría temblar donde irrumpe el fantasma, esa figura de la alteridad? ¿Podría sentir la posibilidad de ser devorada? ¿Podría temer a un padre? ¿Sentirse culpable? Es verdad que cabría programarla para que pudiera simularlo. Incluso a la perfección. Pero sin cuerpo no es posible que experimente ningún trauma. Pues el origen de la conciencia es un disentir del propio cuerpo —ese no terminar de ser aquello con lo que nos identificamos. Y por vergüenza de sí. Puede haber máquinas que funcionen mal. Pero no taradas. Tampoco ningún simio tienen tara. Aunque algunos nazcan con defectos. La tara nos pertenece… hasta el punto de que somos los que son un problema para sí mismos —aquellos que deben resolverse. Así, una IA nunca podrá desarrollar una conciencia porque, sencillamente, en modo alguno tendrá que batallar con un inconsciente. O al menos, eso es lo que me atrevería a decir. Al fin y al cabo, no hay mente sin cuerpo.

Otro asunto es que, de darse la posibilidad de fabricar replicantes, no lográsemos, prácticamente, distinguirlos de los humanos. En el fondo, se trataría de la cuestión que planteó Leibniz sobre la identidad de los indiscernibles. Pero una cosa no quita la otra. El test de Turing, al centrarse en la conversación, quizá resulte insuficiente.

el ego de Kant (y 2)

febrero 17, 2025 § Deja un comentario

La idea de que no hay hechos morales, sino, en su lugar, una interpretación moral de los hechos —la tesis de que el bien y el mal no residen en la naturaleza de las cosas, sino que surgen de nuestra capacidad para ponernos en la piel del semejante—, se apoya en la suposición de que una inteligencia netamente superior —una inteligencia extraterrestre— que no pudiera identificarse con nosotros, tampoco vería el mal en, pongamos por caso, las duchas de Auschwitz.

Sin embargo, con respecto a lo anterior, podríamos plantear la siguiente objeción: si hablamos de una inteligencia, aunque netamente superior, entonces es imposible que no llegara identificarse con nosotros, aunque solo fuese hasta cierto punto. Por consiguiente, podría empatizar con los gaseados y, por consiguiente, podría creer estar viendo la encarnación del Mal en los lager… al igual que nosotros creemos verlo en los combates sin piedad entre chimpancés. Aun así, también podría vernos como despreciables, como ratas, como la tara que no puede soportar para sí mismo y que necesita externalizar. Pues la identificación posee dos lados, uno de los cuales no es, precisamente, agradable.

Por tanto, el experimento mental de una inteligencia inconmensurablemente superior no sirve como argumento para demostrar que no hay ni bien ni mal en la naturaleza de las cosas. El único argumento sería que una descripción científica del mundo no contempla ni el bien, ni el mal. Tan solo reacciones. Pero aquí cabría preguntarse si el sentido de lo real se decide exclusivamente en relación con los hechos a los que apunta dicha descripción. Sin embargo, este es otro asunto.

Kant no regó fuera de tiesto cuando se propuso fundamentar racionalmente nuestro sentido del deber moral. Pues si la razón careciese de poder motivador —si lo único que nos impulsara fuesen las emociones más o menos elementales—, entonces nunca podríamos liberarnos del poder de las apariencias. Y aquí hay que tener en cuenta que las apariencias, por lo que decíamos antes, tanto nos mueven a abrazar al que sufre como a abrir la espita de las cámaras de gas.

Sin embargo, dicho fundamento obliga a reconocer el carácter impracticable del otro en cuanto tal. La alteridad del semejante impone un respeto innegociable. Y ello al margen de la experiencia. De hecho, sensiblemente no cabe ningún respeto. A lo sumo, un trato amable. Pues el carácter absolutamente otro del semejante solo es accesible a la inteligencia. Es lo que tiene que haya cuerpos de por medio.

para despertar del sueño dogmático: una de Hume

febrero 13, 2025 § Deja un comentario

Ni el bien, ni el mal están presentes en cuanto nos rodea. Es decir, no hay hechos que sean buenos o malos, desde una óptica moral, sino en cualquier caso sucesos, acciones, gestos… que nos parecen buenos o malos. Una inteligencia extraterrestre que no pudiera identificarse con nuestra especie vería nuestras guerras como un mirmecólogo observa el combate entre las hormigas rojas y las negras: cuestión de supervivencia. Que el lobo se coma a la oveja no es algo injusto de por sí… aun cuando la escena pudiera resultarnos desagradable. Como tampoco es injusto que la oveja se alimente de hierba. Es lo que hay, sin más. De hecho, la vida avanza devorándose a sí misma. Y tiene que seguir siendo así… para que, precisamente, continue habiendo vida.

Es verdad que, de manera espontánea, condenamos el asesinato del inocente. Pero solo porque emocionalmente nos perturba. Y nos perturba porque, en el fondo, nos identificamos con la víctima. Ahora bien, de lo anterior se desprende que las distinciones morales no obedecen a razones que se impongan universalmente. En realidad, los motivos de dichas distinciones no andan tan lejos de aquellos por los que nos sentimos inclinados hacia lo que nos gusta o repudiamos lo que nos disgusta. Así, condenar el crimen sería, en definitiva, como hacerle ascos a una paella saturada de kétchup. Al fin y al cabo, la diferencia entre censurar el crimen y rechazar la paella con kétchup sería una diferencia de grado o intensidad, en modo alguno de naturaleza.

el ego de Kant —o vámonos arriba

febrero 12, 2025 § Deja un comentario

Según Kant, la raíz del imperativo moral —el hacer lo debido con el único interés de hacer lo debido— es el sentimiento de respeto. Pues, al fin y al cabo, hacer lo debido por puro sentido del deber equivale a un por ti. Que el otro no sirva como medio de nuestros intereses particulares. El otro es, sencillamente, un fin en sí mismo.

Sin embargo, a pesar de la palabra elegida —sentimiento— no estamos ante una asunto sentimental. Aquí el temor o la admiración no juegan ningún papel. De hecho, Kant apunta a una especie de oxímoron, es decir, a un sentimiento racional. ¿Cómo puede ser racional un sentimiento? ¿Acaso la razón no se ejerce fríamente?

La expresión se aclara, no obstante, si tenemos en cuenta que respeto significa, estrictamente, preservar la distancia de la alteridad. Así, lo que viene a decirnos Kant es que, si lo pensamos bien, esta distancia es infranqueable. Y digo si lo pensamos bien porque el reconocimiento del carácter otro de aquellos con quienes tratamos únicamente es accesible a la razón. Quiero decir que, dicho carácter, solo puede ser pensado. Pues la realidad del yo es la de un continuo diferir de sí mismo —en concreto, del cuerpo, el carácter… con el que se identifica. Y por esta razón el yo siempre se encontrará más allá de sí mismo. Por eso decimos que el yo es invisible… y, por extensión, intratable. En cualquier caso, trataremos con su cuerpo, pero nunca con el yo como tal —el yo que hay detrás. De hecho, en sí mismo, el yo no es nadie sin su cuerpo y, en definitiva, sin su modo de ser o carácter. Pero llega a ser real en el momento —un momento, de hecho, avergonzante— en el que la conciencia se enfrenta al propio cuerpo… como si fuera el de otro (y por eso mismo el cuerpo deviene propio). Hay yo porque, al fin y al cabo, el cuerpo es problemático. No hay cuerpo humano sin tara. Por eso, los chimpancés no tienen cuerpo. Son cuerpo.

Pues bien, si hemos entendido lo anterior, habremos entendido que debemos respetar al otro… porque no podemos hacer otra cosa que respetarlo. Y es que el yo en cuanto tal es un inútil. En tanto que siempre se encuentra, como tal, más allá de su corporalidad, no es posible utilizarlo. Y no porque sea, precisamente, una cosa que permanezca oculta tras el ropaje de la personalidad. En sí mismo —esto es, al margen de su relación con el cuerpo o el carácter con el que se identifica—, no es nadie. O mejor dicho, es no siendo nadie en sí. Es un continuo diferir de sí mismo. Así, el yo se dice a sí mismo: soy el no ser por entero lo que soy. De hecho, en esto consiste su profundidad —su densidad.

Con todo, aquí podríamos preguntarnos cómo es posible que debamos respetar al otro… si no cabe otra opción —si no podemos hacer otra cosa que respetarlo. Ciertamente, decimos que debemos, pongamos por caso, compadecernos del que sufre. Pero al decirlo damos por sentado que podemos no hacerlo. No es este, sin embargo, el sentido de la palabra deber cuando nos decimos que debemos respetar al otro. Aquí, ciertamente, no podemos no hacerlo. El otro —conviene insistir en ello— es un inútil. Pero no podemos no hacerlo… porque el deber de respetarlo va con su yo. Serían como las dos caras de una misma moneda. Al igual que con el agua va el que sacie nuestra sed. Ahora bien, si en ningún caso podemos hacer otra cosa, ¿por qué hablamos de un deber moral?

La respuesta es porque, precisamente, el yo en cuanto tal no es nadie. No solo somos yo, sino un yo con cuerpo. Sin cuerpo no hay yo. Así, por un lado —el lado racional— sabemos que la distancia que nos separa del otro yo es infranqueable —y que, por eso mismo, no podemos hacer otra cosa que mantenernos a distancia, es decir, respetarlo. Pero, en tanto que también tenemos un cuerpo, estamos condicionados —enormemente condicionados— por sus inclinaciones. El cuerpo, por decirlo en breve, va a su bola. Y los cuerpos siempre se servirán de otros cuerpos para satisfacer sus necesidades. Los cuerpos solo saben de cuerpos. Tan solo un cuerpo puede satisfacer otro cuerpo. Traducción: porque también somos cuerpo podemos tratar al otro como si solo fuera un cuerpo. Tan solo hace falta que nos dejemos llevar. Ahora bien, cuando nos dejamos llevar por el cuerpo —cuando tratamos al otro como un medio y no como un fin en sí mismo— no estamos a la altura, como quien dice, de lo que el otro exige por lo que es. Es como si no tuviéramos en cuenta lo que debemos —o deberíamos— tener en cuenta. De ahí el carácter racional del sentimiento de respeto.

empirismo, racionalismo… y Platón

febrero 1, 2025 § Deja un comentario

El contraste entre la filosofía griega y la moderna tiene que ver con la cuestión que se plantea en torno a la noción de realidad, a saber, si esta se identifica con la mera exterioridad o con el mundo, en definitiva, si tan solo lo absoluto es real —y lo absoluto es sin darse como tal— o si no hay más realidad que la del mundo… tal y como aparece, sea a la sensibilidad o a la razón.

El lema de Berkeley esse est percipi es un buen punto de partida para ver por dónde van los tiros del pensamiento moderno. Pues lo que sostiene Berkeley es que no podemos asegurar que haya un mundo en sí que esté por debajo o más allá de nuestras representaciones del mundo. Estas representaciones, las cuales son el resultado del trabajo que realiza nuestra mente con las impresiones recibidas, son, efectivamente, del mundo. Ahora bien, esto es así únicamente porque lo que hay es el resultado de operaciones mentales, las cuáles suceden espontáneamente. Si nuestra mente funcionase de otro modo, no es que el mundo nos pareciese distinto —esto es lo que daría por sentado el sentido común—, sino que sería distinto, es decir, otro mundo. Toda idea que no sea simple —toda idea que no sea una impresión— es, en definitiva, un constructo mental —y, por eso mismo, un supuesto de la mente, algo puesto por ella. Que ciertas ideas nos parezcan innatas —como, por ejemplo, la idea de sustancia o la de unidad— tiene que ver con el hecho de que no somos conscientes del proceso de construcción.

Sin embargo, el empirismo no puede negar la exterioridad como tal. Pues somos pasivos con respecto a las impresiones. O dicho de otro modo: estas son recibidas o dadas y, por eso mismo, podemos decir que vienen de afuera. Ahora bien, esa exterioridad no es el en sí del mundo —no es el mundo como tal. No hay otro mundo —otra “realidad”— que la construida por nuestra mente. La pura exterioridad no es nada en particular. Y por eso mismo, nada.

En cambio, según el racionalismo, los enunciados de la matemática describen adecuadamente el en sí del mundo. La sensibilidad sigue siendo incierta. Es decir, con el ver y el tocar no es posible trascender el horizonte de lo que nos parece, en definitiva, la perspectiva. Un color es una longitud de onda… al margen de cómo llegamos a percibirlo. En este sentido, el racionalismo legitima la cosmovisión científica, aquella según la cual —y por emplear las palabras de Galileo— Dios escribe en el libro de la naturaleza con el lenguaje de la matemática. La sospecha escéptica no afectaría a la razón como fuente del saber o criterio de certeza… porque, aunque en un momento dado pongamos en suspenso la pretensión de verdad de los enunciados de la matemática, la razón, simplemente sometida a las normas que constituyen su validez, es capaz de alcanzar la exterioridad —esto es, de demostrar que hay un afuera, un más allá de las representaciones mentales, aquel al que estas representaciones, precisamente, apuntan.

Veamos como procede la demostración. En principio, podría suceder que en el afuera “el gato estuviera vivo y muerto” —y que, siendo lo anterior inconcebible, y por eso mismo, siendo imposible, la razón fuese incapaz de garantizar hasta el final su pretensión de dar en el clavo de lo verdadero… entendiendo por verdad la adecuación entre lo pensado o dicho y los hechos del mundo. No obstante, si solo puedo estar seguro de mi existencia mientras pienso, entonces necesariamente hay un más allá del limite que supone dicho mientras, aunque ignore en qué consiste. El cogito y la exterioridad serían las dos caras de una misma moneda.

Sin embargo, que la exterioridad sea la propia de un mundo —y en concreto, del mundo que corresponde a una descripción matemática del mundo— es lo que aún faltaría por demostrar. Descartes solo pudo demostrarlo recurriendo a la bondad de Dios. Pero este argumento es, de hecho, un ejercicio de retórica. Pues cojea de algunos pies. Por ejemplo, no resulta evidente que la bondad de Dios quedase en suspenso si este hubiese querido limitar el alcance de la razón. La pregunta es, por tanto, ¿qué hay detrás de dicha retórica? ¿Cómo pasar de la exterioridad —de un puro afuera— al mundo sin apelar a un Dios que dejaría atrás su perfección si quisiera engañarnos?

Este paso, me atrevería a decir, solo puede darse desde el lado de la mera exterioridad. Al fin y al cabo, es cuestión de caer en la cuenta de que esta es, por defecto, contradictoria. Realmente, en el puro afuera, el gato está vivo y muerto. Pues, la exterioridad en cuanto tal, es decir, en tanto que indeterminada, incluye tanto el ser —hay el haber— como el no-ser —la pura exterioridad no es nada en concreto… y por eso mismo es no siendo nada. De ahí que la exterioridad en cuanto tal incluya todos los mundos posibles. Todas las posibilidades se dan al mismo tiempo, esto es, mientras aún no hay tiempo y, por eso mismo, nada.

Platón, como sabemos, se enfrentó a la cuestión de por qué había mundo y no tan solo idea. Dejando a un lado la solución imaginativa —el mundo es el resultado de un acto creador por parte de un demiurgo—, lo cierto es que, si lo pensamos bien, el ser, al margen de su aparecer, es no siendo nada. La contradicción es, por tanto, inherente al ser —a un puro haber. Por eso mismo, el puro haber no puede existir como puro haber. Tan solo puede hacerse presente negando su eternidad, en definitiva, su pureza —y por eso mismo, solo puede hacerse presente como el haber del mundo. En definitiva, dándose como aquello que no termina de ser.

Platón lo expresó a través del término participación. Y es que si las cosas que podemos ver y tocar están sometidas al tiempo —y en consecuencia, son siempre hasta cierto punto o nunca por entero— es porque, en definitiva, son, es decir, porque participan de la contradicción inherente al puro haber.

Nadie dijo que el clavo de lo verdadero —de lo que en verdad acontece en cuanto pasa— fuese fácil de clavar. Y menos, de aceptar.

esse est percipi (y 2)

enero 31, 2025 § Deja un comentario

Según el empirismo, el mundo es el resultado de las operaciones que realiza nuestra mente con las impresiones recibidas. Esta pasividad de fondo sería el índice de una exterioridad… con respecto a la cual no hay nada que saber. Pues, propiamente, no es nada en particular. Por consiguiente, no es que haya algo que permanezca incognoscible, más allá de nuestras representaciones mentales, sino que, siendo la idea de algo ahí —en definitiva, la idea de sustancia— un constructo mental, ni siquiera podemos afirmar que haya, precisamente, sustancias , algo que, estando por debajo, sostenga las sensaciones que, espontáneamente, le atribuimos. O dicho de otro modo, no es que nuestra mente deforme lo que el mundo es en sí mismo, esto es, al margen de cómo lo captamos o se nos muestra, sino que el mundo es el resultado de lo que la mente hace con la materia prima de las impresiones. No hay, por tanto, un mundo en sí. El mundo en sí es nuestra suposición. Y si ni siquiera podemos asegurar que haya un mundo en sí, no hay, estrictamente, un saber, teniendo en cuenta que la certeza es la marca del saber. El horizonte del conocimiento es, en cualquier caso, la creencia. El empirismo termina cayendo, inevitablemente, en el escepticismo.

Ahora bien, el empirismo es incapaz de pensar la exterioridad como tal. Al identificar realidad y mundo, lo cual es, ciertamente, de sentido común, no puede comprender la pura exterioridad —el puro haber— como la realidad de lo absoluto, el carácter absolutamente otro de lo real. Esta incapacidad es, de hecho, un producto lateral de la operación cartesiana que sitúa al cogito en el centro del saber y, en última instancia, un efecto de entender la certeza como el sello de lo verdadero. Así, a partir de Descartes, el punto de partida del acceso a lo verdadero ya no será un encontrarse expuestos a la desmesura de la exterioridad en cuanto tal, sino la necesidad de garantizar la verdad de nuestras representaciones del mundo. Dicho de otro modo, donde el sujeto ocupa el lugar de la alteridad extrema de un puro haber, lo verdadero —el acontecimiento de cuanto es— ya no podrá pensarse desde el lado de dicha alteridad.

O al menos, no podrá pensarse hasta Hegel. Pero Hegel fue una seta. A pesar de su influencia, ese malentendido. De hecho, difícilmente comprendemos la operación hegeliana si no caemos en la cuenta de que esta fue análoga a la que realizó en su momento el cuarto evangelista.

esse est percipi

enero 27, 2025 § Deja un comentario

La sentencia de Berkeley —esse est percipi— suele dar pie a malentendidos. Pues por lo común se entiende como si nos dijera que no hay nada que no se manifieste, de un modo u otro, a los sentidos. Pero el significado de la sentencia va más allá. Y es que, como sabemos, para el empirismo no hay idea —incluyendo la idea de sustancia o cosa— que no sea el resultado de una construcción mental sobre la base de sensaciones. Por tanto, no es que nuestra manera de percibir cuanto es deforme en cierta medida “la realidad” —no es que nuestra mente sea como una espejo cóncavo—, sino que no hay realidad más allá de la imágenes que se forman en nuestra mente. Esto es, no hay una realidad en sí que subsista por debajo de nuestras supuestas representaciones mentales de la misma. De ahí que si nuestro modo de integrar las impresiones que recibimos del exterior fuese muy distinto —por ejemplo, si fuésemos incapaces de asociar formas y sonidos—, no es que el mundo nos pareciese muy diferente, sino que sería muy diferente.

En cualquier caso, este es el resultado de partir de la sospecha y no del asombro. Y es que donde la pregunta inicial es aquella que se interroga sobre las condiciones de la certeza, si la hubiese, el final del trayecto será inevitablemente un yo incapaz de asegurar la verdad de sus afirmaciones acerca del mundo. Otro gallo cantaría si la pregunta fundamental fuese por qué hay algo en vez de nada. Al fin y al cabo, los presupuestos de la interrogación inevitablemente forman parte de la respuesta. Y la sospecha solo puede ejercerse como método donde la conciencia de sí se sitúa en el centro del mundo, ocupando el lugar de la alteridad propia de lo real.

Probablemente, se trate de un malentendido.

megacasting 2

diciembre 19, 2024 § 3 comentarios

Si el cogito se encuentra limitado por el mientras de su actividad mental, entonces automáticamente, como quien dice, hay lo que se halla fuera del límite: lo in-finito, literalmente, lo no-finito, la negación de lo finito, en definitiva, del yo. La pura exterioridad sería, por consiguiente, lo otro en absoluto. Sin embargo, también podríamos decirlo, en principio, a la inversa: desde el lado de lo absoluto, el yo sería su negación —su límite. Ahora bien, ¿cómo lo infinito puede admitir la limitación siendo, precisamente, infinito?

la quinta cuestión

noviembre 30, 2024 § Deja un comentario

¿Podemos decir que hay alma si esta no es observable —y mucho menos medible? Hoy en día, no parece que podamos afirmar como quien no quiere la cosa que existe algo así como un espectro interior que sobrevive a la muerte del cuerpo. Sin embargo, lo cierto es que la conciencia de sí no termina de coincidir con el cuerpo —ni siquiera con el carácter— con el que, por otro lado, se identifica. De hecho, si podemos decir que somos alguien y no solo algo es porque el yo difiere continuamente de sus rasgos. Así, y a diferencia del chimpancé, no somos cuerpo, sino que tenemos cuerpo (y por eso mismo, podemos relacionarnos con nuestro cuerpo e incluso transformarlo). Por otro lado, nunca tenemos suficiente con lo que satisface al cuerpo. En lo más íntimo, ¿acaso no aspiramos a lo que ningún mundo puede ofrecernos? Como si, en definitiva, no perteneciéramos al mundo. De ahí que nunca terminemos de encontrarnos en donde estamos. El lenguaje sobre el alma pretende, en definitiva, dar cuenta de esta inquietud. Que no podamos ver el alma no es un argumento para negar que haya alma. De hecho, hay materia, aunque, como tal, nunca llegaremos a verla. En cualquier caso, vemos su hacerse presente en las cosas que podemos ver y tocar.

la tercera cuestión

noviembre 29, 2024 § Deja un comentario

Platón se pregunta por la naturaleza de lo real. ¿De qué hablamos cuando hablamos de lo real? La respuesta más inmediata es que lo real es lo que podemos ver y tocar. Y en cierto modo es así. Pues lo real es, por definición, lo que, estando ahí, aparece —se muestra, se hace presente… bajo un aspecto u otro. De hecho, el aspecto o forma de lo real es lo que podemos ver y tocar, es decir, lo que es accesible a nuestra sensibilidad.

Ahora bien, si lo real es lo que aparece de diferentes modos ¿qué es en sí mismo lo que aparece de un modo u otro? Por ejemplo, ¿qué es lo que aparece en un cuerpo bello en tanto que bello? ¿Es algo? Mejor ¿puede serlo?

En principio, lo que aparece o se hace presente en los cuerpos bellos la belleza. Vemos la belleza en los cuerpos que la encarnan o representan. Sin embargo, la belleza de los cuerpos bellos siempre se muestra relativamente, esto es, hasta cierto punto o medida. Ningún cuerpo bello es por entero bello. Al menos porque, en tanto que sometido al tiempo, va dejando de ser lo que en un momento dado parece ser, es decir, bello. Y lo que no termina de ser, propiamente, no es. Con todo, es innegable que hay belleza. ¿Qué sería, por tanto, la belleza en cuanto tal o en sí misma, es decir, al margen de su hacerse presente en los cuerpos bellos? Estrictamente, nada en concreto. Pues la belleza se concreta, precisamente, en los cuerpos bellos. No obstante, hay belleza… en tanto que se hace, de hecho, presente. ¿Cómo entender, por tanto, que haya belleza —que la belleza sea real— si, en sí misma, no es nada en concreto?

Como sabemos, la tesis de Platón es que el ser —lo real—, y con independencia de su mostrarse a una sensibilidad, es idea… y, por extensión, ideal —pues la idea es la norma, el paradigma de lo sensible… lo que nos permite ver o, cuando menos, tantear en qué medida un cuerpo es, por ejemplo, bello. La realidad de lo real —su en sí— es la realidad de lo abstracto. Pero ¿lo abstracto no es siempre el resultado de un proceso de abstracción —de un extraer mentalmente los rasgos comunes a una serie de cosas? ¿Cómo Platón puede decirnos que lo abstracto es real y no solo un contenido mental? Esto es, ¿qué razones pone encima de la mesa para demostrar que lo abstracto está ahí, fuera de nuestra mente?

Es evidente que lo que tienen en común las diferentes cosas es que son —que están ahí. Sin embargo, el ahí en cuanto tal —el que sean o estén ahí, al margen de que sean, además, un árbol, un hipopótamo, una piedra…— no es nada. Si se nos hiciera presente el ahí como tal —el ser absoluto, es decir, ab-suelto de lo concreto o particular— , no veríamos nada. Únicamente experimentaríamos la oscuridad y el silencio más impenetrables, en definitiva, la presencia de un simple afuera. O por decirlo de otro modo, la presencia de una ausencia. Sin embargo, la nada no es. El puro ahí —el ser puro o absoluto— no puede ser, no puede hacerse presente como tal. Por eso mismo, tiene que haber algo. Este tiene que haber algo es el envés del puro haber —de su no ser nada en sí mismo. De ahí que Platón diga que ser y deber ser —al fin y al cabo, el bien— sean, en definitiva, lo mismo. El puro haber —o ser— es no siendo nada y, por eso mismo, es negándose a sí mismo, como quien dice, como puro haber o ser. Ahora bien, las cosas se encuentran sometidas al tiempo —a un no ser por entero—… porque el puro haber —el ser en su carácter otro o absoluto— permanece como lo que es continuamente dejado atrás en su hacerse presente como el haber de las cosas.

De ahí que Platón afirme que hay un hiato entre lo real —el haber en cuanto tal— y su manifestación sensible —entre el mundo sensible, el de las cosas que podemos ver y tocar, y el mundo real, el de la idea, tan solo accesible a la razón. La realidad del haber en cuanto tal es la de lo abstracto. Y abs-tracto significa lo que queda liberado del trato. Por eso, lo real en sí es invisible —y, por eso mismo, intratable. Pero es. Aunque no sea nada en concreto.

primero: megacasting

noviembre 7, 2024 § Deja un comentario

El hombre y la mujer son lo que deben ser. Su naturaleza es inseparable de aquello que deberían llevar a cabo, precisamente, como humanos. Su humanidad va de la mano de una exigencia, en cierto sentido, moral. Así, el gen —lo que nos viene de fábrica y, por tanto, no cabe modificar sin dejar de ser lo que somos— posee un carácter normativo. Es decir, la mujer, por ejemplo, está programada genéticamente para ser madre y, por eso mismo, debe serlo. Otro asunto es que pueda serlo. Ahora bien, que una mujer no pudiera quedarse embarazada no niega la predisposición natural a engendrar que caracteriza a la mujer. Hablaríamos, propiamente, de una anomalía. La maternidad es, por tanto, el horizonte vital de la mujer, aquello que realiza su naturaleza o modo de ser.

Es verdad que, culturalmente, podríamos decidir manipular el gen femenino para suprimir esta tendencia natural… con el propósito de eliminar de un plumazo las servidumbres del embarazo y la crianza, de tal modo que, a partir de un momento dado, los hijos se tuviesen en un laboratorio. Sin embargo, el precio que pagaríamos de hacerlo sería el de la modificación de la naturaleza de la mujer. Es como si le añadiésemos un átomo de oxígeno al agua: que pasaría a ser otra cosa, en concreto, agua oxigenada.

Pregunta: ¿estás de acuerdo? ¿Por qué? Obviamente, has de tener en cuenta los argumentos de quienes opinarían lo contrario.

Platón o vámonos arriba: un ejercicio de lógica

noviembre 1, 2024 § Deja un comentario

  1. Se trata de comprender que nos está diciendo Platón cuando distingue entre dos mundos a la hora de enfrentarse a la pregunta sobre lo real, a saber, de qué hablamos cuando hablamos propiamente de lo real , esto es, en su carácter otro o absoluto.
  2. En principio, lo real es lo que es. Las cosas son, están ahí. Y por eso decimos que son reales. Ahora bien, nada es que no aparezca o se haga presente. La pregunta es, por tanto, qué es lo que aparece en lo que aparece como algo determinado, esto es, como cosa o ente. Con todo, no es fácil comprender el alcance de la pregunta. El árbol, la mesa, el hipopótamo… aparecen como árbol, mesa, hipopótamo. Y por eso podríamos decir que lo que aparece es, precisamente, aquello que los caracteriza como tales, a saber, su esencia. Así, cada árbol, mesa, hipopótamo… serían casos particulares de la idea de árbol, mesa, hipopótamo. Al igual que la belleza aparece en los cuerpos bellos. O la justicia, en las decisiones o leyes justas. Ahora bien, llegados a este punto conviene tener en cuenta que por idea Platón no entiende el concepto al que llegamos por abstracción tras constatar lo que tienen en común una serie de cosas semejantes. En cierto sentido, la idea existe independientemente de cuanto pueda representarla. Para entender mejor esto último, hay que poseer, como Platón, una mentalidad matemática, por decirlo así. Por ejemplo, podríamos dibujar la Torre Eiffel desde múltiples puntos de vista. Pero ningún dibujo, siendo de la Torre Eiffel, sería de la Torre Eiffel, esto es, de la torre Eiffel en sí o en cuanto tal. Propiamente, el dibujo de la Torre Eiffel al margen de cualquier perspectiva sería el plano de la Torre Eiffel y, en definitiva, el conjunto de las fórmulas matemáticas que hay detrás. Otro ejemplo: hay lo que se conoce como la proporción áurea. Pero nunca la veremos como tal. Siempre en aquello que la encarna, pongamos por caso, La Gioconda de Leonardo da Vinci. En cuanto tal, solo puede ser pensada.
  3. Sin embargo, el árbol, la mesa, el hipopótamo… antes que árbol, mesa, o hipopótamo son algo ahí (y que sean en primer lugar algo ahí es, precisamente, cuanto tienen en común). La pregunta por lo que aparece en cuanto aparece bajo tal o cual aspecto equivale a la pregunta por la consistencia del algo ahí… con independencia de cómo se nos muestra o aparece. ¿En que consiste, al fin y al cabo, que algo sea?
      1. La pregunta refleja, en el fondo, el orden jerárquico de las ideas. Un hipopótamo, por ejemplo, es un animal —y no, un mineral. La idea de hipopótamo se encontraría, así, por debajo de la idea de animal, oponiéndose esta última a la de mineral o, en general, a la de lo que no es un animal. Así, al igual que nos preguntamos por la consistencia del modo de ser del hipopótamo —¿en qué consiste ser un hipopótamo?— podemos preguntarnos por la consistencia de ser un animal. Sin embargo, lo cierto es que lo que tienen en común las cosas que son es, precisamente, que son. De ahí que la pregunta última o definitiva sea en qué consiste que algo sea o esté ahí. Es decir, en qué consiste, al fin y al cabo, el ahí en cuanto tal, al margen de un particular modo de ser ahí.
  4. Nada es que no se muestre a través de una serie de rasgos o características (y las implicaciones últimas de esta aparente obviedad las veremos más adelante). Todo cuando es posee una forma. Así, el árbol, la mesa, el hipopótamo… son lo que son debido a su forma —técnicamente, diríamos debido a que ejemplifican una esencia o modo de ser… el cual se expresa lingüísticamente como concepto. El primer Platón —el de los manuales de filosofía— dirá que el árbol, la mesa, el hipopótamo son lo que son porque participan de la idea de árbol, mesa, hipopótamo. Y solo participan porque el árbol, la mesa, el hipopótamo… en tanto que se encuentran sometidos al tiempo van dejando de ser lo que, en un momento dado, muestran ser. Pues cuanto no termina de ser, propiamente hablando, no es. Es como si su particular modo de ser les hubiera sido prestado. Pero ¿prestado a qué? A un algo ahí —y esta es, precisamente, la cuestión: cuál es la consistencia del mero ahí de algo, al margen de la forma o aspecto que nos muestra… si es que posee alguna consistencia. Pues nada es sin forma.
  5. Espontáneamente, hoy en día diríamos que lo que aparece en cualquier caso es la materia. De acuerdo. Pero, qué sería la materia en cuanto tal, es decir, al margen de su aparecer como árbol, mesa, hipopótamo… Esto es, al margen de su darse o hacerse presente en lo concreto. Un físico, actualmente, respondería a la pregunta escribiendo una fórmula en un papel. Ahora bien, la fórmula —la realidad de la materia como tal— posee una naturaleza abstracta: no es nada en particular —y porque no es nada en particular, dicha fórmula sostiene todo cuanto es. Esto es lo que Platón pretendía decirnos al afirmar que lo real es idea (y aquí hay que tener presente, una vez más, que por idea no se refería principalmente a la idea que nos hacemos o tenemos en mente). Por eso mismo, lo real, en cuanto tal, solo puede ser pensado… y pensado como lo que pertenecería a otro mundo, como quien dice, un mundo al que solo cabe acceder a través de la razón. En consecuencia, hablamos de un mundo meramente inteligible: la materia, en cuanto tal, no es visible o palpable. En cualquier caso, lo captado por nuestros sentidos son los diferentes modos de ser de la materia. La materia no pertenece al mundo de cuanto se encuentra ahí, al mundo denominado sensible (y no porque tenga sentimientos, obviamente). Más bien, lo trasciende. Con todo, aquí conviene tener en mente que Platón no habla propiamente de la materia, sino de lo real, del puro ser-ahí de algo —y por extensión del puro ser-otro.
  6. Para comprender mejor lo que quiso decirnos Platón —incluso más allá del Platón escolar— sustituyamos ser por haber. El haber es siempre el haber de las cosas. El haber en cuanto tal —el puro haber, el simple ahíno es nada. De aparecer, aparecería como la oscuridad y el silencio más absolutos. Esto es, como nada ahí —como un simple afuera sin forma o aspecto. Sin embargo, que hablemos de la nada ahí ya significa que no es simplemente nada. Pues se haría presente como un puro ahí. Es como si dijéramos que la nada es su negación de sí. El simple afuera —una pura exterioridad— sería, en este sentido el resultado de dicha negación. La nada se exterioriza como puro haber o afuera. En tanto que el puro haber no es nada, tan solo hay el haber de las cosas. Aristóteles, discípulo de Platón, cogerá este testigo. De hecho, su pensamiento fue un seguir estirando el hilo del último Platón.
      1. Porque la nada es no siendo nada, el puro ahí se revelaría como la negación de la nada. Y esto sería, literalmente, lo primero o absoluto: el acto —aunque se trataría de un acto sin sujeto agente— por el que la nada se niega a sí misma… por decirlo así. Y si este acto es lo primero o absoluto, la nada de un puro haber es lo continuamente dejado atrás en favor del haber de las cosas —en favor del mundo. No hay haber que no sea el de las cosas que podemos ver y tocar. Antes decíamos que nada es que no se muestre sin forma. Pues bien, esto equivale a decir que la nada se muestra o revela en su contrario, el mundo que nos ha tocado en suerte. Sin embargo, comprender esto último supone comprender que en su revelarse, la nada se oculta o retrocede más allá de lo visible. Si hay algo en vez de nada es porque, en definitiva, lo que hay no es nada.
      1. Ciertamente, nada hay que sea por entero —o que termine de ser— lo que, en un momento dado, parece ser. Todo se encuentra sometido al tiempo. Sin embargo, por eso mismo, las cosas son. Es decir, porque representan —participan de— lo absolutamente real… que, como puro haber, es continuamente negado o dejado atrás en favor del mundo —del haber de las cosas. De ahí el doble sentido de la apariencia, un doble sentido que deberíamos entender como las dos caras de una misma moneda. Por un lado, en las apariencias aparece lo real. Pero, por otro, las apariencias son ilusorias. Que ambas acepciones de la palabra apariencia vayan de la mano significa que las apariencias son ilusorias… porque son reales. O porque son reales… son ilusorias. En este sentido, podríamos decir que lo que hizo Platón fue pensar a Parménides hasta el final. Y lo que esto significa es en la dirección de Heráclito.
  7. La idea de un puro haber —la idea de Ser— es, por tanto, lo absoluto. Y absoluto significa, literalmente, lo ab-suelto o separado, soltado de, en definitiva, lo que no es en relación con o relativamente a . Y por eso mismo, es no siendo. Pues solo es o existe cuanto aparece. Ahora bien, nada aparece si no es en relación con un receptor —y por tanto, relativamente o desde una punto de vista. Por eso mismo, lo absolutamente otro —un puro haber— desaparece como tal en su aparecer como algo ahí —en definitiva, como el haber de las cosas. En este sentido, podríamos decir que hay lo absoluto —lo real como tal, esto es, en su carácter enteramente otro—, aunque su haber sea el de una negación de sí. El haber o tiene lugar siempre como el haber de las cosas —y por tanto, dando un paso atrás como puro haber—, o no tiene ningún lugar. Y decimos dando un paso atrás como puro haber porque el haber de las cosas es relativo. Todo cuanto existe se encuentra sometido al tiempo y, por esta razón, nada de cuanto cabe ver y tocar es por entero lo que parece.
  8. De ahí el hiato que, según Platón, separa el mundo real del aparente. En el mundo real —el mundo de la idea— no hay nada. Y lo que esto significa es que la idea es la negación de la nada —y por eso mismo, todo. Sin embargo, nuestro mundo es “real” —si las cosas están, ciertamente, ahí— porque el mundo real, lo absoluto es no siendo nada. Ahora bien, esto implica, a su vez, que lo absoluto, en tanto que absuelto, no admite la predicación o representación. Nada podemos decir de lo absoluto como tal… salvo lo que cabe decir con respecto a la idea de lo absoluto. Pues lo absoluto es absuelto, precisamente, de todo juicio. Y quien dice juicio dice afirmar algo sobre algo. Pues decir es, en definitiva, juzgar. Esto es así porque en el mundo todo es mezcla. No hay gesto, belleza, decisión… que sean químicamente puros. En cuanto es hay restos de no-ser —y esto es, en definitiva, el tiempo. Es lo que tiene que el haber sea, precisamente, negándose a sí mismo como puro haber. De esta negación de sí del haber, como quien dice, participa cuanto existe.
  9. Sin embargo, necesitamos juzgar, opinar, decir que cuanto nos traemos entre manos es tal y como lo decimos… para hacernos un mapa mental que nos permita orientarnos en medio de la complejidad. Pero lo cierto es que, pongamos por caso, no hay amor sin desamor, esto es, sin celos. O decisión justa que no pueda verse desde cierta óptica como injusta. O belleza, sin tara. Sin embargo, difícilmente podríamos orientarnos o tratar con cuanto nos rodea si no resolviéramos su ambigüedad mediante el decir que juzga antes de tiempo, esto es, mediante la opinión. Pues esta no admite la ambivalencia. En realidad, corta por lo sano… y mal. Así, fácilmente decimos que nuestra madre nos ama sin reservas, pues preferimos que sea así, evitando levantar la alfombra para ver que también ama el vínculo que mantiene con nosotros. Ambos aspectos del amor están presentes en el amor de una madre. La cuestión es en qué proporción. Pues cada madre ama a su modo. Y la proporción no es algo que podamos determinar con precisión. Al menos, porque el peso de cada aspecto del amor materno dependerá del momento o la circunstancia . En el fondo, la ignorancia socrática —el solo sé que no sé nada— es el resultado de un haber aprendido a vivir en la verdad. Esto es, irónicamente, en una especie de estado de suspensión. Como si todo, al fin y al cabo, fuese un como si. O por decirlo de otro modo, el como si lo es todo. El escepticismo socrático nunca fue un mero escepticismo, el cual se limita a constatar la imposibilidad de estar en lo cierto, sino el resultado, precisamente, del saber. Que no haya algo así como la verdad —que nada de cuanto existe sea por entero lo que parece— es porque hay la verdad —porque, en definitiva, lo verdadero del haber —su tener lugar o acontecer— es su negación de sí.
  10. Platón identificó la idea de Ser —de un puro haber— con la idea de Bien. La razón no es fácil de entender, aun cuando sea simple. El puro haber no es nada en concreto… y, por eso mismo, tiene que haber lo concreto. Ahora bien, lo difícil es comprender este por eso mismo. Pues hay que tener presente que el envés de la negación de sí del puro haber es un deber ser en el haber del mundo. Todo, por tanto, se encuentra bajo la exigencia de permanecer en lo que es. Y esto porque es. Así, por ejemplo, ningún cuerpo bello termina de ser bello… porque, en definitiva, debería serlo por entero. O por decirlo en general, que nada termine de ser o permanecer en lo que es —que todo se encuentre sujeto al paso tiempo y, por tanto, a su descomposición— presupone que siempredebería ser o permanecer. Y decir deber ser equivale a decir bien. De ahí que experimentemos la erosión del paso de los días como lo que no debería ser. En su negación de sí, la nada quiere ser, como quien dice, algo. Y esto es bueno: que haya algo en vez de nada.

      1. Difícilmente reconoceremos como madre a quien no se muestre como una buena madre. Ser madre va de la mano con tener que ser una buena madre. De lo contrario, hablaríamos de una simple progenitora o de un vientre de alquiler. Quien quiere ser médico —y no limitarse a ejercer de médico— quiere ser un buen médico. Ser significa ser por entero, esto es, integridad. Bien y ser se revelarían, por tanto, dos caras de una misma moneda. Otro asunto es que podamos determinar —que no podemos— hasta qué punto una buena madre es una buena madre.
      1. Sin embargo, y esto quizá nos conduciría más allá de Platón, el ser —el fondo permanente de un puro haber— se da o hace presente bajo la condición de su desaparición como tal. El haber en cuanto tal es dejando atrás su carácter absoluto o de puro haber. Por consiguiente, si ser y deber ser —el Bien— van de la mano, la concreción del Bien va con su no del todo. Y de ahí que lo que tiene que ser sea que lo que tiene que ser no termine de ser. Al fin y al cabo, el haber de las cosas participa del haber. Pero, por eso mismo, también de su negación de sí. O por decirlo a la manera de Heráclito, si todo fuese luz, no habría luz. Traducción: si no hubiese más que el puro haber, no habría el haber.

Ignacio, el sofista: un megacasting

octubre 24, 2024 Comentarios desactivados en Ignacio, el sofista: un megacasting

El bien o el mal no existen —dice, el sofista. En su lugar, lo que nos parece bueno o malo, moralmente hablando. Y es que con respecto a lo político-moral, no podemos ir más allá de lo que nos parece. No hay hechos morales —o leyes de hecho justas—, sino interpretaciones morales de los hechos. En el fondo, nuestras disputas sobre los asuntos político-morales serían equivalentes a nuestras discusiones sobre gustos o preferencias… aunque presupongamos lo contrario, a saber, que una de las opciones en juego tiene que ser la correcta. El aborto o es un crimen, o un derecho de la mujer.

El sofista sabe, sin embargo, que cada una de las alternativas puede presentarse como si fuera la correcta. Y tiene que presentar una de ellas como tal… si quiere convencer a quien quiere convencer. Pues, la mayoría no admite las medias tintas: o una cosa, u otra. O crimen, o derecho. La mayoría necesita opinar. Al menos, porque la opinión facilita, al simplificar, un mapa con el que orientarse en las complejidades de la existencia. Pero, por otro lado, el sofista también sabe que si puede presentar cada una de las alternativas como si fuera la correcta es porque, en los asuntos humanos, todo es mezcla: no hay amor que sea químicamente puro o decisión justa que no pueda verse, cambiando de perspectiva, como injusta. Como decía Heráclito, si todo fuese luz… no habría, precisamente, luz. (Y, dicho sea de paso, aquí la pregunta sería por qué esto es así.)

Para Platón, sin embargo, que no haya amor químicamente puro o decisión indiscutiblemente justa no niega que haya amor o justicia. Al contrario. Hay amor o justicia porque el amor o la justicia se manifiestan o hacen presentes en los gestos, siempre ambiguos, del amor o las decisiones más o menos justas. Nada es que no se haga, de algún modo, presente. Ahora bien, lo que se hace presente en cualquier caso se hace presente dejando atrás su carácter puro o absoluto, en definitiva, abstracto. Esto es, junto con su envés —junto con la otra cara de la moneda. El amor o la justicia —o la belleza— no pueden aparecer o concretarse sin asumir en parte aquello que los niega, precisamente, como amor o justicia.

Paralelamente, y según Platón, si decimos que el amor o la justicia no terminan de ser lo que, en un momento dado, nos parece que son —esto es, amor y justicia— es porque… creemos que el amor y la justicia en concreto —y por eso mismo, siempre hasta cierto punto o medida— tendrían que serlo por entero, sin mezcla. Nada de cuanto es se encuentra al margen de lo que debe o debería ser, es decir, al margen del Bien. En este sentido, ser madre, por ejemplo, va con el tener que ser una buena madre. Si en modo alguno lo fuese, no sería una madre, sino un vientre de alquiler, una simple progenitora, en definitiva, una pseudo-madre. Todo cuanto es aquí y ahora posee, por consiguiente, una carga moral, como quien dice.”

La pregunta es doble: qué le diría el sofista a Platón; y qué crees que le diría, a continuación, Platón al sofista (teniendo en cuenta, obviamente, lo dicho en los párrafos dedicados a Platón).

apuntes sobre la naturaleza humana

octubre 10, 2024 § Deja un comentario

apuntes

notas sobre el saber y lo verdadero

mayo 5, 2024 § Deja un comentario

La cuestión: ¿QUÉ PODEMOS SABER?

PARTE I

  1. ¿Qué entendemos por saber? Un estar en lo cierto. Ahora bien, el estar lo cierto no significa:
    a) simplemente decir la verdad. Uno puede decir la verdad sin saber que está diciendo la verdad. Un loro puede decir algo verdadero —por ejemplo, que la nieve es blanca— pero no saberlo. No hay saber sin consciencia de un estar diciendo la verdad o, mejor dicho, en lo cierto. El saber es un saber que se sabe.
    b) dar por cierto. Un dar por cierto es un dar por descontado. Al dar por cierto algo no nos interrogamos sobre su verdad. De hecho, la damos por supuesta. Y la damos por supuesta, precisamente, como algo obvio y que, por eso mismo, no ponemos en cuestión. Cuanto consideramos obvio es, así, lo que obviamos. La reflexión —el pensar— comienza donde nos atrevemos a interrogarnos sobre lo obvio.

    NB 1: Al interrogarnos sobre lo obvio nos adentramos en el territorio de lo insensato —de lo que difícilmente admitirá el sentido común… pues el sentido común reposa sobre lo que se considera obvio. Esto es así no solo en lo que respecta a la filosofía. Las teorías científicas, sin ir más lejos, tienen muy poco de sentido común. ¿El gato está vivo y muerto antes de que abramos la tapa —esto es, antes de que haya algo que ver y, por extensión, mundo? ¿El espacio es algo así como un chicle? ¿No es un contenedor? El tiempo ¿es relativo?

    NB 2: De lo anterior se desprende que difícilmente podremos incorporar —literalmente, hacer cuerpo, interiorizar— los resultados del pensar radical, aquel que apunta a lo que las apariencias ocultan, en definitiva, a lo real. El pensar tan solo obedece a los dictados de la razón. Pero el cuerpo —la sensibilidad— tiene otros dictados. Seguiremos viendo gatos…que estarán vivos o muertos, pero nunca vivos y muertos, tal y como sugiere el experimento mental de Erwin Schrödinger. El espacio nos seguirá pareciendo un contenedor… aun cuando sepamos que en realidad no lo es. Así, podemos decir que el espacio no es un contenedor. Pero siempre se nos mostrará o aparecerá como un contenedor lleno de cosas.
    NB 3: De ahí que medie una distancia entre lo que nos parece que es y lo que es. A lo que es más allá o por debajo de las apariencias llegamos a través de la razón… si es que llegamos. Pues podríamos decir que lo que es también aparece de algún modo, el modo que se ajusta, precisamente, a las exigencias de la razón. Pero de esto nos ocuparemos más adelante.
  2. Si el saber es un estar en lo cierto y no simplemente un dar por cierto, entonces la certeza —la imposibilidad absoluta de dudar— es el sello, la marca del saber. Si cabe la duda, por muy insensata que sea, no hay saber, sino en cualquier caso creencia, suposición, conjetura… aun cuando, espontáneamente, la podamos dar por cierta. El escepticismo defiende que no podemos ir más allá de la creencia. Esto es, que no hay propiamente saber. Para el escéptico, nunca podremos asegurar hasta el final la verdad de lo que decimos acerca de cuanto nos rodea. A lo sumo, un dar por cierto. Es decir, un como si fuera cierto.
  3. Ahora bien, ¿sobre qué es posible dudar —o no dudar? Sobre la verdad de lo que decimos acerca de lo que sucede. La noción de verdad que aquí se presupone es la que se entiende como correspondencia o adecuación entre la representación mental o el significado de lo que decimos acerca de lo que hay y, precisamente, lo que hay. Así supongamos que decimos que hay un tanque en el platanar. Al decirlo, siempre y cuando entendamos lo que se dice, espontáneamente nos hacemos una idea —una representación mental— de cómo sería la escena si nuestra afirmación fuese verdadera. Por tanto, una vez lleguemos a comprobar que, efectivamente, hay un tanque en el platanar, podremos decir que es verdad que hay un tanque en el platanar. Hasta aquí nada que nos sorprenda.
  4. La noción de verdad como correspondencia o adecuación exige, por consiguiente, la mediación de un criterio, por lo común, el ver y el tocar. Y es que de manera espontánea recurrimos a la sensibilidad para garantizar la verdad de nuestras afirmaciones. Sin embargo, y entrando ya en el territorio de la reflexión radical, ¿acaso no sería posible que estuviéramos bajo los efectos de una alucinación? Quien ha experimentado con el LSD, por ejemplo, no duda de que lo que ve, toca, oye… esté ahí. La sensación es que lo visto es incluso más real que lo que ve habitualmente. De hecho, si permaneciésemos dentro de la alucinación y recordásemos nuestra vida anterior, probablemente llegaríamos a la conclusión de que la verdadera realidad es la que muestra la alucinación y no la que creemos recordar, cada vez más vagamente. En consecuencia, la sensibilidad no puede servirnos como criterio de certeza. Ni siquiera puede asegurar que lo que sucede, si es que hay algo que suceda, sea tal y como lo vemos.

    NB 4: Sin embargo, que nosotros digamos como quien no quiere la cosa que aquel que padece los efectos de, por ejemplo, el LSD sufre una alucinación no deja de basarse en un prejuicio. Esto es, damos por sentado que lo que ve está solo en su mente. Antiguamente las visiones de quienes alucinaban se entendían de otro modo. Pues los antiguos —o también los denominados pueblos primitivos— al dar por sentado que había otro mundo o dimensión, hubieran dado por descontado que dichas visiones eran, efectivamente, visiones de ese otro mundo o dimensión. La sustancia alucinógena simplemente era algo así como la llave de acceso o la puerta que permitía el paso. Cuanto damos por sentado como hecho —en nuestro caso que se trate de una alucinación— siempre se establece desde el presupuesto de una determinada cosmovisión o idea de la totalidad. Aquí la pregunta es si hay presupuestos —y un presupuesto es un prejuicio— más acertados que otros. Esto es, si acaso los antiguos estuvieron equivocados al creer que el visionario había cruzado el límite que nos separa de un más allá. De esta cuestión nos ocuparemos, sin embargo, más adelante, en el último apunte.
  5. Ahora bien, la sensibilidad no es el único criterio. También recurrimos a la razón a la hora de de afirmar la verdad de lo que decimos. Por ejemplo, Newton no llegó a su teoría de la gravedad simplemente abriedo los ojos, sino a través de una compleja, pero bellísima, demostración geométrica. Aunque, ciertamente, tuvo en cuenta los datos de la observación, que la fuerza por la que caen los frutos de sus árboles sea la misma por la que los planetas se mantienen en sus órbitas no es algo que Newton constatase a través del ver y el tocar. Si la razón se nos presenta como el criterio definitivo de verdad es porque los enunciados de la lógica o la matemática, acaso la principal expresión de la racionalidad, siguen siendo válidos incluso bajo los efectos de una alucinación. Es inevitable —en la jerga, necesario a priori, esto es, con anterioridad a la experiencia— que, por ejemplo, A>C, si A>B y B>C, hablemos de árboles o de orcos. No podemos concebir un mundo, sea o no delirante, en el que no rijan los principios de la lógica. No hay un mundo que sea irracional. En cualquier caso, será inverosímil, pero no estrictamente irracional.
  6. No obstante, aún podemos dudar de la fiabilidad de la razón. Y es que, a pesar de que el mundo sea inevitablemente racional, la pura exterioridad puede no ajustarse a los esquemas de la razón. Evidentemente, esta objeción se basa en una distinción problemática, la que media entre el mundo y una pura exterioridad. Aquí el experimento mental de Erwin Schrödinger nos viene como anillo al dedo. Como sabemos, el gato está vivo y muerto antes de que abramos la tapa, esto es, antes de que se precipite un mundo con la observación. Pero que el gato esté vivo y muerto es inconcebible y, por extensión, imposible. Sencillamente, no podemos hacernos una idea —una representación mental— de una contradicción. Sin embargo, según la mecánica cuántica, hay contradicción… antes de que, al abrir la tapa, emerja el mundo (y aquí vamos dejar a un lado lo extraño que resulta decir que el mundo tal y como lo vemos no es independiente de la actividad de quien pretende conocer el mundo). La moraleja es que la razón solo nos permite comprender lo que encaja dentro de sus esquemas, siendo el principal el de no contradicción —no es posible A y No-A. Pero si admitimos el experimento mental de Schrödinger, lo imposible —la contradicción— es anterior a la serie de posibilidades que constituye el mundo tal y como lo vemos. La pura exterioridad —el afuera anterior al mundo— no puede comprenderse racionalmente. Es lo imposible —y aquí subrayamos el es. Sobre esto último, más adelante, cuando nos ocupemos de la segunda acepción de la palabra verdad.

    NB 5: Alguien podría objetar que Schrödinger concluyó lo que concluyó a través, precisamente, de la razón. Y sin duda fue así. Sin embargo, esto no constituye una genuina objeción. Más bien, nos obliga a admitir que el ejercicio radical de la razón conduce a reconocer sus límites. Como si dicho ejercicio nos obligase, en definitiva, a admitir la realidad de lo irracional-imposible. O siendo más precisos, el fondo mismo de cuanto es como un sin sentido.
  7. Llegados a este punto podríamos darle a la razón al escéptico: no cabe estrictamente ningún saber, sino a lo sumo la creencia, el dar por descontado. Sin embargo, no puedo negar que existo mientras dudo. El hecho de poner en duda mi existencia… mientras estoy pensando, más bien la confirma.Pienso, luego existo que decía Descartes. Pensar es pensarme. Y pensarme como lo que confiere unidad al flujo de mis representaciones. Ciertamente, no estoy absolutamente seguro de que el mundo sea tal y como lo veo. O de que el afuera como tal se ajuste a las exigencias de la razón. Pero no puedo dudar de que soy mientras sea consciente de algo, aunque mi representación de ese algo sea incierta o falsa. No sé si tengo el cuerpo que creo tener. Pero que existo como el soporte de mis pensamientos. La pregunta es si, a partir de esta certeza, es posible asegurar un saber acerca del mundo. Pero la respuesta la dejaremos para otro momento.

PARTE II

  1. La distinción que hacíamos a propósito del experimento mental de Schrödinger, a saber, la que se establece entre la pura exterioridad y el mundo —o los mundos posibles— apunta directamente a la segunda acepción del término verdad, aquella que distingue, precisamente, entre lo que acontece y cuanto pasa. Así, lo verdadero sería lo que tiene lugar en lo que pasa o sucede. Es la noción que manejan, por ejemplo, los amantes cuando se preguntan qué hay de verdadero en lo suyo… más allá de tomar unas pizzas juntos —qué hay de permanente o sólido; qué representa o significa que sigan tomando unas pizzas juntos. En este sentido, lo verdadero —lo que en verdad tiene lugar o acontece— remite a lo que, de algún modo, se encuentra por encima o por debajo de lo que simplemente sucede. Aquí la cuestión esde qué modo —aunque también qué significa este por encima o por debajo… si es que hay algo por encima o por debajo.
  2. Sea cual sea la respuesta, no parece que, con respecto a la segunda acepción de la palabra verdad, quepa hablar de adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos. Pues lo que se revela o acontece en la relación que mantienen, por ejemplo, quienes se aman de verdad no es, estrictamente hablando, algo determinado o en concreto. Nunca vemos —ni veremos— el amor como tal, esto es, comopuro amor, sino más bien como las cosas que les pasan a quienes se aman. Y esas cosas son siempre una mezcla de amor y desamor, aunque los elementos de la mezcla no pesen por igual según sea el momento o la circunstancia. Es decir, el amor que tiene lugar entre quienes se aman es siempre amor hasta cierto punto. Y ello, precisamente, porque se hace presente el amor… en el mejor de los casos. Dicho de otro modo, el amor como tal se da como lo que no puede darse como tal, sino siempre en cierto modo o medida. Es lo que tiene que se haga concreto, palpable, existente. El amor puro no es aún nada en concreto. En realidad, nada es o aparece sin tara.

    NB 6: Quizá lo veamos más claramente con otro ejemplo. Nunca vemos la belleza como tal o absoluta, sino siempre cuerpos más o menos bellos. Sin embargo, si lo real es lo que aparece o se muestra, entonces lo real de los cuerpos bellos en tanto que bellos es la belleza… aunque esta siempre aparezca —y tenga que aparecer— hasta cierto punto o medida, nunca por entero. La belleza realmente real o absoluta —lo que se hace presente en los cuerpo bellos— es por su negación de sí o paso atrás. En general, podríamos decir que lo real aparece —se manifiesta— perdiendo por el camino su carácter absoluto u otro. Y nada es que no se manifieste. Ahora bien, esto no significa, volviendo a nuestro ejemplo, que la belleza absoluta exista antes de su paso atrás. La belleza absoluta es su desaparición en su hacerse presente como cuerpo bello. El carácter absoluto u otro de lo real se da en lo relativo. Esto es, en relación con una determinada sensibilidad o manera de ver. De ahí que digamos que lo real en su carácter absoluto, en cierta manera, trasciende las cosas en las que se manifiesta o hace presente. Y las trasciende retrocediendo hasta la nada en concreto. La desaparición de lo real en sí —de lo real en su carácter otro o absoluto— es la condición del mundo. Esto es, como sabemos, Platón.

    NB 7: Por eso mismo —porque lo real como tal solo se hace presente relativamente— siempre será posible discutir o poner en duda cualquier representación de lo real.
  3. Para entender mejor de que se trata hemos de partir, por consiguiente, de la noción de realidad. Así, lo real es, por defecto, eso otro que se hace presente —se manifiesta, aparece, revela…— bajo un determinado aspecto. Esto es, de un modo particular. Ahora bien ¿qué es eso otro en cuanto tal —es decir, en cuanto absolutamente otro o en sí mismo? ¿En qué consiste, en definitiva, el carácter otro de lo real, su en sí? Decimos: en el hecho de encontrarse fuera de nuestra mente. De acuerdo. Pero lo que se encuentra fuera de nuestra mente no es lo real en cuanto absolutamente otro, sino las cosas de este mundo. Esto es, aquello con lo que topamos es el modo en que lo real se hace presente. Ahora bien, este hacerse presente de lo real es, por eso mismo, siempre relativo a nuestra manera de ver. Al fin y al cabo, no vemos nada si no es como perspectiva. En general, la perspectiva no solo hace referencia a un punto de vista paerticular, sino también, y quizá principalmente, a nuestros esquemas mentales o perceptivos. Si nuestra mente procesase la información de diferente manera, el mundo sería muy distinto.
    NB 8: Con el siguiente ejemplo puede que lo entendamos mejor. Si vemos el aula es porque hay aula. De lo contrario, no veríamos ningún aula. Pero el aula siempre la vemos desde cierta óptica —y por eso mismo, nuestros dibujos del aula serán inevitablemente diferentes. Ahora bien, si son dibujos del aula es porque hay aula. Sin embargo, nunca veremos el aula como tal o en sí misma, esto es, al margen de su hacerse presente a una determinada sensibilidad o manera de ver. El aula como tal o en sí misma solo puede ser pensada. De ahí que Platón dijera que tan solo la idea es absolutamente real. O mejor dicho, que lo real como absoluto es idea —y aquí por idea no hemos de entender un contenido mental. Pero este es otro asunto.

    NB 9: aquí podríamos objetar, teniendo en cuenta lo dicho en la PARTE I, que el haber del aula es lo que damos por cierto —y que, por consiguiente, cabe la posibilidad de que en verdad no haya el aula que creemos ver. De acuerdo. Sin embargo, aunque la visión del aula sea una ilusión, lo cierto es que el afuera como tal —la exterioridad, el puro haber— no puede ser una ilusión, es decir, el contenido de una alucinación. Nunca vemos el afuera como tal. Siempre vemos, incluso cuando alucinamos, cosas, hechos, mundos. Ahora bien, porque el afuera como tal no admite ninguna representación —y solo podemos dudar de la adecuación de nuestras representaciones del mundo— no cabe poner en duda el afuera. El afuera como tal —lo real en sí— es el presupuesto de cualquier aparecer o fenómeno. Sin embargo, este presupuesto no tiene que ver con la pretensión de conocer el mundo, sino con la realidad de cuanto es. Y es que hay el afuera —la exterioridad, el puro haber—… en tanto que, al menos, estoy absolutamente seguro de que existo mientras pienso, aun cuando no sepa, en un primer momento, si hay o no un mundo que se corresponda, más o menos, con mis representaciones del mundo. La razón es la siguiente: el mientras del estoy seguro de que existo mientras pienso constituye un límite de mi propia existencia. Sencillamente, no puedo afirmar que exista más allá de mi actividad mental. Pues soy el soporte de mi pensamiento. Mi existencia se encuentra limitada, precisamente, por el pensar. Y si esto es así —que lo es—, entonces hay un más allá de mi existencia —no digo otro mundo, sino un puro o simple afuera. Al fin y al cabo, todo límite distingue entre un dentro y un afuera —entre un más acá y un más allá del límite.
  4. Hay, por tanto, una escisión entre el carácter otro o absoluto de lo real y su manifestación sensible como algo en concreto. Ahora bien, tan solo vemos las apariencias, los modos en los que se manifiesta lo real. No vemos —ni vamos a poder ver— lo real en sí, esto es, lo real con anterioridad a su mostrarse —en nuestros términos, lo real en su carácter absolutamente otro. Pues lo real en sí no es nada en concreto. O mejor dicho, es no siendo nada. Literalmente. La aparición de lo real —los diferentes modos de lo real, cuanto podemos ver y tocar— es siempre relativa a nuestros esquemas mentales, las lentes con las que vemos lo que vemos… y que no nos podemos quitar sin quedarnos ciegos. Y es que lo real en su carácter absoluto u otro no puede darse o hacerse presente como tal. De aparecer como tal, no siendo nada en concreto, el mundo llegaría a su final. De ahí que no haya más que apariencia. Tan solo es lo que se muestra como algo en concreto. Y lo que se muestra en lo concreto no es nada, estrictamente hablando, la negación de la nada. Hay mundo porque lo absolutamente real es la negación de sí de lo real absoluto.
  5. Así, no hay más que apariencia porque lo real en su carácter otro o absoluto trasciende el mundo. Ahora bien, lo trasciende, como decíamos, no siendo nada en concreto. Es decir, negándose como nada. Por encima del mundo o más allá hay lo real no siendo nada —lo real negándose a sí mismo como absoluto en su aparecer. De hecho, lo absoluto deviene, precisamente, ab-soluto —y aquí hay que tener presente que originariamente absoluto significa absuelto del juicio o separado— en la negación de sí, esto es, en su tener que desaparecer donde aparece.

    NB 10: En el fondo, estamos distinguiendo entre un puro haber y el haber de las cosas, es decir, el mundo. Hay cosas. Ahora bien, lo que tienen en común las diferentes cosas es que son —que se encuentran ahí. Y precisamente por eso, en principio tiene sentido decir que hay el ahí —el haber como tal, el puro haber, el afuera. Sin embargo, el puro haber no es sin el haber de las cosas. Pues el haber como tal solo se hace presente —y nada es, recordémoslo, que no se haga presente— como haber de las cosas. De hacerse presente como tal, se mostraría como una oscuridad y silencio absolutos. Esto es, como la nada siendo. Y esto, como decíamos, supondría algo así como el fin del mundo. Al menos, porque el mundo es la nada siendo… nada.
  6. Si lo real se hace presente relativamente —esto es, en relación con un modo de ver o sensibilidad—, entonces no puede haber hechos químicamente puros, como quien dice. Toda visión es un ver como. No hay visión de lo que hay que no incluya un cierto saber. Así, ninguno de nosotros pondría en duda que hay, pongamos por caso, dinero. Sin embargo, los aborígenes del Mato Grosso, no pueden ver dinero al ver un billete de cien euros, sino un trozo de papel al que nosotros le damos una importancia que en sí mismo no tiene. Y no pueden verlo porque en su mundo no se utiliza ningún medio de cambio. O al menos, vamos a suponerlo. En cambio, nosotros no vemos primero un trozo de papel, sino que ya de entrada vemos dinero. La interpretación —un cierto saber— va con la visión. Ver es, en cualquier caso, un ver como. ¿Se equivocan los aborígenes? No me atrevería a decirlo. Tampoco nos equivocamos nosotros. En cualquier caso, tanto el aborigen como nosotros veremos, cuando menos, que hay algo ahí. Y el saber que incorpora esta visión de mínimos o elemental es, precisamente, el de que está ahí, en el afuera.

nietzscheanas 63

abril 17, 2024 § Deja un comentario

¿Qué le podríamos decir a Nietzsche? Pues que quizá sí que la moral cristiana —la proclamación de la igualdad entre los hombres— fue provocada por el resentimiento, la envidia del sacerdote hacia la existencia noble. Pero que la pregunta no es si el resentimiento fue el impulso inicial, sino si, a pesar de ello, es o no verdad que somos iguales. Que no hay inicios puros es algo que ya podemos dar por descontado. Einstein podría haber dado con sus ecuaciones en un estado de ebriedad. Sin embargo, no quedan refutadas por ello. De hecho, caeríamos en la falacia ad hominem si terminásemos rechazando la teoría de la relatividad porque hubiéramos descubierto que Einstein fue un alcohólico.

Otro asunto es el de la falsa conciencia, que no podamos incorporar —reconocer como propios— los motivos que, en definitiva, nos impulsan y sostienen. Ahora bien, esto tiene que ver con nosotros, no con el clavo que hay que clavar. La obra de Nietzsche podría perfectamente entenderse como una orgullosa reacción al poder sacerdotal de la época. Y no por eso juzgamos su genealogía como irrelevante.

Con todo, Nietzsche probablemente nos hubiese dicho que no hay manera de contrastar si somos efectivamente iguales. Que nuestra objeción presupone que hay algo así como la verdad. De ahí que la pregunta sea en qué sentido cabe decir que es verdad que no hay diferencia, salvo la aparente, entre el noble y el esclavo. Al fin y al cabo, cómo es posible afirmar como verdadera la escisión de la que se ocupa la metafísica, a saber, la que media entre lo real en cuanto tal y su manifestación sensible. Pero de esta cuestión nos ocuparemos en otro post.

una de Kant (y 5)

marzo 26, 2024 § Deja un comentario

Todos aspiramos a la felicidad. Sin embargo, y teniendo en cuenta que esta no es enteramente indisociable de la satisfacción, el cumplimiento del deber moral —el hacer lo debido con el único interés de hacerlo— no parece que haga muy buenas migas con la dicha personal. De hecho, se trata de una constatación. Pues de hecho, el cumplimiento del deber por puro sentido del deber implica, en muchas ocasiones, sufrimiento. Y no solo el nuestro. El rigor moral tiene como horizonte la felicidad, pero no la garantiza. De ahí que Kant se refiera a Dios como el postulado de la razón práctica: tiene que haber un Dios que asegure que la integridad moral tendrá un final feliz, por así decirlo.

Ahora bien, quizá convenga subrayar que no estamos ante una necesidad psicológica, sino ante la creencia que inevitablemente va con el mandato de la razón práctica. Sería contradictorio —y la razón no puede aceptar la contradicción— creer que somos los que están sujetos a un mandato que hace inviable la felicidad. Y lo sería porque la felicidad es, en gran medida, la realización de nuestra naturaleza —y esta es, ciertamente, racional. Así, el postulado de la razón práctica de hecho añadiría la esperanza de que Dios finalmente hiciese posible también la satisfacción. Aunque no solo. Pues también Dios tendría que hacer posible la disolución de la ambigüedad en la que nos movemos, aquella por la que no terminamos de saber hasta qué punto nuestro único interés es el de hacer lo debido por hacer lo debido.

Ahora bien, llegados a este punto, resulta difícil evitar la sensación de que esto está muy cerca de la creencia cristiana en la transfiguración de la carne —o en terminología kantiana, del sujeto empírico. Sin embargo, Kant no lo hubiera negado. Pues su más íntima intención siempre fue la de demostrar la racionalidad del cristianismo. Otro asunto es que Kant lo haya demostrado. Pues el Dios de Kant no termina de casar con aquel que aún no es nadie sin su cuerpo. Pero este, como decía, es otro asunto.

una de Kant (4)

marzo 26, 2024 § Deja un comentario

Kant distingue entre dos tipos de imperativos prácticos: el hipotético y el categórico. Tan solo este último es estrictamente moral. Según el primero, la obligación depende de un interés o condición particular: si no quiero ir a la cárcel, entonces no debo robar; si pretendo que mis amigos me acepten, entonces no debo mentirles; si quiero sentirme bien conmigo mismo, entonces debo colaborar en la campaña de Caritas. Resulta evidente que, en estos casos, el propósito de la obediencia —la intención de cumplir con el precepto moral, seamos o no conscientes de ello— es conseguir una recompensa o evitar las consecuencias más desagradables. Aunque hagamos lo correcto, no lo hacemos por hacer lo correcto, sino por un motivo al margen. Ciertamente, actuaremos conforme a la máxima moral —Kant dirá que la acción será legal—, pero en modo alguno seremos moralmente íntegros. En este sentido, cuando nos movemos bajo imperativos hipotéticos somos rehenes de nuestro deseo o temor. Y aquí, obviamente, no hay propiamente libertad, sino heteronomía, dependencia de lo que se nos impone como exigencia desde fuera. Quizá pueda haber sensación de libertad. Pero que uno se sienta libre no significa que lo sea.

Para Kant, la verdadera libertad solo se da en relación con el imperativo categórico o incondicional. Pues, como decía, donde hacemos lo debido —o lo que sea— por un motivo particular no hacemos mucho más que dejarnos llevar por nuestras pasiones, al fin y al cabo, reaccionar como simios. La buena voluntad —la determinación de la voluntad, el ejercicio de la autonomía— consiste, precisamente, en hacer lo debido con el único propósito de hacer lo debido. Desde la óptica moral, hacer lo que manda el precepto —cumplir con la máxima— no basta: la intención ha de ser pura. Moralmente hablando, tan solo es buena la buena voluntad. Y la buena voluntad, teniendo en cuenta que la voluntad manda, se expresa a través del imperativo categórico.

El imperativo categórico —haz lo debido con el único interés de hacer lo debido— admite diferentes fórmulas, cada una de las cuales pretende aclarar qué significa esto de que el único interés sea el de hacer lo debido. De entre las diferentes fórmulas destacaré dos. La primera dice: actúa solo según aquella máxima por la cual puedas querer, que al mismo tiempo, se convierta en ley universal. Con esta formulación, Kant pretende darnos a entender que la buena voluntad no es compatible con cualquier máxima. No se trata, por tanto, de adoptar la máxima que se nos ocurra y obedecerla hasta el final. Como decía, el darse a uno mismo la ley no consiste en elegir la máxima que más nos convenga. Aquella que representa un interés particular no puede convertirse, precisamente en tanto que expresión de un interés particular, en ley universal. Es posible que en un momento dado nos interese mentir. Pero si todo el mundo se viera obligado a mentir —si el mentir fuese ley universal— la mentira dejaría de ser una posibilidad. Para que sea posible mentir, hemos de dar por sentado que lo obligatorio es decir la verdad.

Por otro lado, la segunda fórmula que vamos a considerar dice lo siguiente: obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio. Esto es, el horizonte de la buena voluntad es el respeto al otro (y a uno mismo). Aquí la pregunta es si acaso el respeto es algo más que un sentimiento provocado por la admiración o el temor que el otro nos inspira. Pues, si no fuera más que un afecto que dependiera de quién nos infunde o no respeto, entonces difícilmente podríamos seguir hablando de racionalidad. Al menos, porque el sentirse afectado por algo o alguien en concreto no posee, a diferencia de los mandatos de la razón, un alcance universal. Es obvio que para Kant el sentimiento de respeto es algo más que un afecto particular. De hecho, Kant se refiere a dicho sentimiento como racional. O de otro modo, como el sentimiento exigido por la razón a la que nos encontramos sujetos… en tanto que somos, precisamente, este hallarnos sujetos a los imperativos de la razón.

¿En qué sentido, por tanto, el respeto es un sentimiento racional? ¿Acaso la expresión sentimiento racional no es un oxímoron? En relación con este asunto, no es que Kant sea muy explícito. A la hora de responder a esta pregunta, tendremos que ir tanteando, un poco por nuestra cuenta y riesgo.

La idea de fondo es que, por definición, el respeto preserva la distancia de la alteridad. El yo del otro es, literalmente, intocable. Podemos utilizar su cuerpo. Pero el yo, en tanto que difiere continuamente del cuerpo con el que se identifica, siempre se encuentra más allá, por decirlo de algún modo… aun cuando de hecho no sea nadie al margen de su cuerpo. Este más allá, sin embargo, no es objeto de percepción sensible. No es posible ver o tocar al yo que se encuentra sin encontrarse “más allá” de sí mismo. Tan solo cabe reconocerlo a través de la razón, en definitiva, del decir que da por sentado. La realidad del yo va, por consiguiente, con la necesidad —la obligación— de respetarlo. Tenemos que respetarlo, es decir, no podemos hacer otra cosa. Ahora bien, lo cierto es que en tanto que sujetos empíricos , por emplear la terminología de Kant, solo tratamos con cuerpos. Y los cuerpos se utilizan entre sí. De ahí que el sujeto trascendental, al estar obligado porque quiere a respetar la alteridad del yo, tenga que obligar al sujeto empírico a respetar el cuerpo de ese yo que es no siendo nadie sin su cuerpo, en definitiva, a tratarlo como un fin en sí mismo y no como medio de un interés particular. En esto consiste el obligarse a uno mismo, el ejercicio de la libertad. Como decía, la libertad entendida como autonomía presupone la escisión entre el sujeto empírico y el trascendental. La voluntad —la razón práctica— manda, precisamente, querer. Y tan solo queremos en verdad donde nos obligamos a hacer lo debido sin otro interés que el de hacer lo debido. Es decir, por respeto al otro. A modo de ejemplo, imaginemos que estamos dando de comer a quienes no tienen el pan de cada día. Y supongamos que uno de ellos nos preguntase por qué lo hacemos. Si nuestra respuesta fuese para sentirme bien conmigo mismo estaríamos fuera de juego, aun cuando hiciéramos lo correcto. La única respuesta moralmente válida sería porque quiero, esto es, por ti.

Otro asunto es que, aunque sepamos a qué estamos moralmente obligados, nunca terminaremos de saber hasta qué punto hacemos lo debido por hacer lo debido. Es lo que tiene que la escisión entre el sujeto empírico y el trascendental se dé en el seno de cada uno de nosotros.

una de Kant (3)

marzo 26, 2024 § Deja un comentario

Cuando decimos de alguien que tiene voluntad damos a entender que no tira la toalla ante la primera dificultad —ni ante la segunda—, en definitiva, que que persevera en lo que se propone sin que le pueda el desánimo. O dicho de otro modo, que es capaz de obligarse a sí mismo. El chimpancé se limita a reaccionar —y por eso mismo carece de fuerza de voluntad. Ciertamente, puede insistir en alcanzar ese plátano que se le ha puesto muy cuesta arriba. Pero en ningún caso se atará al mástil. De hecho, lo más probable es lo deje estar una vez se canse. Sin embargo, a diferencia del chimpancé, nosotros podemos persistir. Y digo podemos porque en muchas ocasiones abandonamos como el chimpancé. Otro asunto es que el esfuerzo merezca la pena. Pues de lo contrario, se trataría, más bien, del empecinamiento o la obsesión, algo así como el lado oscuro de la voluntad. Al fin y al cabo, la voluntad es un querer de verdad —y por extensión, un decirse a uno mismodebo porque quiero. Y no es posible querer de verdad cualquier cosa. Hay que tener esto presente. Pues los tiros de la ética kantiana irán por ahí.

Kant comienza su Fundamentación de la metafísica de las costumbres diciendo que, desde un punto de vista moral, tan solo es buena la buena voluntad, lo cual, como sabemos, equivale a decir que solo vale, moralmente hablando, hacer lo debido por puro sentido del deber. Sin embargo, esta tesis, por poco que nos detengamos a pensarla, resulta un tanto sorprendente. Pues ¿acaso el bien no consiste en hacer el bien? ¿Qué significa puro sentido del deber? Más aún: quién siguiese la instrucción de Kant al pie de la letra ¿no actuaría como un autómata moral? Las consecuencias de cumplir con nuestro deber ¿en modo alguno han de tenerse en cuenta? ¿Es que no acusaríamos de irresponsable a quien provocase un desastre por decir la verdad, pongamos por caso, solo por decir la verdad? ¿Qué razones apoyan, por tanto, la tesis de Kant?

El punto de partida de la argumentación kantiana es simple: nadie juzga como moralmente íntegro a quien se limita a cumplir con el precepto moral —Kant dirá con la máxima— con la única intención de obtener un determinado beneficio o evitar un perjuicio. Así, se sobrentiende que quien, por ejemplo, no roba solo por miedo a ir a la cárcel, podría perfectamente apropiarse indebidamente de lo que no le pertenece… si pudiera asegurar que su acto quedaría impune. En el fondo, se trata de la cuestión que enfrentó a Trasímaco con Sócrates en en el segundo libro de La República, a saber, si es posible amar la justicia por ella misma —o más bien solo llegamos a ser justos por temor a las consecuencias o por deseo de recompensa. La posición de Trasímaco recuerda a la que, siglos después, defenderá Nietzsche: el genuino poder es invisible. De ahí que si perdiéramos la vergüenza —si no hubiese quien nos mirase— hasta podríamos gozar bailando sobre un montón de cadáveres. Sin embargo, Kant sostendrá que, incluso en el caso de perder la vergüenza —esto es, si nos convirtiéramos en invisibles—, seguiríamos estando sujetos al imperativo de la razón y, por eso mismo, no dejaríamos de distinguir nítidamente entre lo que está bien y lo que está mal, moralmente hablando. Pues lo que manda la razón es, precisamente, hacer lo debido por hacer lo debido, al fin y al cabo, cumplir con la máxima moral con buena voluntad.

Ahora bien, esto es así, no porque de la razón se dedujeran directamente las máximas de la moral, sino porque, teniendo en cuenta que, en el territorio de lo práctico, razón significa voluntad, lo que manda la voluntad es, precisamente, querer. O por decirlo de otro modo, la voluntad es voluntad de tener voluntad, en definitiva, voluntad de ejercer la libertad. Sin embargo, para comprender esto último hay que tener presente que, para Kant, la libertad no es un hacer lo que a uno le venga en gana o, siendo menos elementales, la posibilidad de llevar a cabo nuestro deseo. Pues tanto las ganas como el deseo, por muy satisfactoria que resulte su realización, son, en términos de Kant, heterónomos, es decir, se nos imponen desde fuera. Según Kant, la genuina libertad es autonomía, literalmente, un darse uno mismo la ley, lo cual no significa, conviene subrayarlo, darse a uno mismo la máxima. La ley —el mandato racional— es el imperativo incondicional al que estamos sujetos, precisamente, como sujetos racionales. Tan solo somos libres donde nos obligamos a nosotros mismos a hacer lo debido, moralmente hablando, al margen de cuáles puedan ser las consecuencias de hacer lo debido. O por decirlo de otro modo, únicamente hay libertad donde uno se obliga a sí mismo a actuar conforme a la máxima sin otro propósito que el de actuar conforme a ella. Por ejemplo, decir la verdad por decirla o ser fiel al amigo con el único motivo de serle fiel. Sin embargo, ¿por qué la autonomía se da únicamente en relación con la máxima moral? No podríamos decir lo mismo —a saber, que obedecemos el mandato de la voluntad—, con respecto a una instrucción técnica, por ejemplo, aquella que nos indica cómo debemos clavar un clavo para que quede bien fijado en la pared? Vayamos por partes.

una de Kant (2)

marzo 16, 2024 § Deja un comentario

Como decía al principio del post anterior, no entenderemos la pregunta por la razón práctica si la leemos como si Kant se interrogara sobre qué deberes morales se desprenden de la física matemática, por así decirlo —y en último término, del principio de identidad. Pues resulta evidente que de la física matemática no podemos derivar ningún precepto moral. La razón posee, así, dos dimensiones, la teórica y la práctica. Conforme a la primera se da la intelección del mundo, en definitiva, la actividad científica. La segunda, en cambio, constituye nuestro sentido del deber moral. Estas dos dimensiones permanecen separadas, una separación que, dicho sea de paso, corre paralelamente a la escisión del sujeto. Así, y empleando el rotulador grueso, tendríamos por un lado al sujeto que entiende cómo funciona el mundo y, por otro, al que se encuentra sujeto al mandato moral. En consecuencia, aquello a lo que apunta la palabra razón cuando Kant distingue entre razón teórica y razón práctica, no puede ser exactamente lo mismo.

No obstante, si Kant emplea la misma palabra es porque Kant quiere destacar lo común en ambos casos, a saber, el carácter coercitivo de la razón. La razón manda —y manda incondicionalmente, es decir, categóricamente— tanto en el ámbito teórico como en el práctico. Como seres sujetos a la razón, no tenemos más remedio que asentir a los resultados de su ejercicio. Pues somos aquellos que se encuentran sujetos al imperativo racional —y de ahí que seamos, precisamente, sujetos. La razón no exige lo que nos exige desde fuera —en palabras de Kant, heterónomamente. Ahora bien, este encontrarnos sujetos a nosotros mismos implica comprendernos desde la escisión entre lo empírico y lo trascendental, por emplear la terminología de Kant. De hecho, se trata de una escisión que recuerda —y digo recuerda porque las coordenadas en las que se inscribe no sean las mismas— a la división platónica entre cuerpo y alma.

En cualquier caso, la separación entre ambas razones implica que de cómo sea el mundo —y la razón, en su determinación físico-matemática, da cuenta de la estructura del mundo— no se desprende que debamos, por ejemplo, respetar la vida de nuestro semejante. No es posible pasar del ser al deber moral. Del que nos resulte satisfactorio ceder a tal o cual inclinación no se deduce que tengamos que seguirla. Que no me guste que me escupan no implica, lógicamente hablando, que no deba escupir a nadie. Algo parecido decía Hume al sostener que en la naturaleza de las cosas no hay ni bien ni mal —o también Nietzsche un siglo más tarde, a saber, que no hay hechos morales, sino en cualquier caso una lectura moral de los hechos. Y digo algo parecido, que no igual, porque Kant, a pesar de separar el ámbito del conocimiento teórico del de la obligación práctica, no entenderá el bien moral como una interpretación moral de los hechos. Ni de lejos. Pues el imperativo moral, como veremos, se muestra como el faktum —el hecho— de la razón práctica. En este sentido, el hecho es no poder evitar, como veremos, hallarnos bajo el imperativo de hacer lo debido por hacer lo debido. Y ello porque, como decía, somos los que nos encontramos, precisamente, sujetos al imperativo de la razón.

Pues bien, desde su lado práctico, la razón es sinónimo de voluntad. Y quien dice voluntad dice querer. La voluntad es, en el fondo, un mandarse a uno mismo —estricta autonomía. Sin embargo, aquí no vale cualquier mandato —cualquier propósito o intención. No vale, por ejemplo, obligarnos a nosotros mismos a hacer un buen curso… con el fin de agradar a nuestros padres. Pues, se entiende que, en ese caso, no haríamos lo debido si nuestra intención no fuese la de agradar a nuestros padres. Tan solo vale aquel mandarse que se concreta como buena voluntad. Y no hay buena voluntad —nada queremos en verdad— donde cumplimos con nuestro deber por motivos ajenos al cumplimiento mismo del deber.

En tanto que sujetos racionales, somos quienes necesariamente —Kant dirá a priori— se obligan a sí mismos a querer. Nuestra libertad consiste, precisamente, en el obligarse a uno mismo a querer , un obligarse que es, sin embargo, anterior a su concreción como actos de voluntad. Al fin y al cabo, la verdadera libertad es un querer-querer.

Con todo, para comprender cuanto acabo de decir, habrá que ir con un poco más de calma.

una de Kant (1)

marzo 15, 2024 § 1 comentario

No entendemos lo que Kant quiso decirnos con razón práctica mientras sigamos entendiendo la razón desde el lado del pensar. La pregunta a la que se enfrenta Kant es si la razón nos obliga en el campo del deber moral —y de ser así, cuál es esta obligación. Dicho de otro modo, Kant se preguntará acerca de si hay una justificación del deber moral, y no tan solo una explicación. Si únicamente hubiese una explicación, entonces que creamos, pongamos por caso, que debemos compadecernos del que sufre dependería, como sostuvo Hume, del hecho de que nos sintamos emocionalmente inclinados a ello —aunque también de la educación que nos empujara a seguir esta inclinación. Esto es, si tan solo hubiese una explicación, el deber moral no poseería el carácter incondicional que, por otro lado, presuponemos que tiene. Y digo presuponemos porque espontáneamente damos por sentado que no es lo mismo creer que no tenemos que comer con la boca abierta que creer que no debemos patear abuelas. Y damos por sentado que no es lo mismo porque, al fin y al cabo, nos decimos unos a otros que no debemos patear abuelas… porque no debemos hacerlo. Punto. Esto es, en ningún caso —y no porque, por ejemplo, nos resulte desagradable como sucede en el caso de comer con la boca abierta, ya que, de ser así, entonces la obligación de masticar con la boca cerrada solo nos obligaría si nos resultase, efectivamente, desagradable.

Ahora bien, que creamos que no es lo mismo no significa que no sea lo mismo. Y podría serlo, aun cuando admitiésemos que hay una diferencia de grado entre ambas obligaciones. Aquí la cuestión es, por tanto, si lo que damos por sentado, a saber el carácter incondicional de la obligación propiamente moral, se asienta sobre la razón o si, en definitiva, no es más que una creencia que, por conveniente, esta de hecho asentada en el territorio de las buenas costumbres… aunque como si fuese algo más que una buena costumbre. Si se asentara sobre la razón, la obligación moral tendría una alcance universal, esto es, nos obligaría al margen de cómo hubiésemos sido educados o de cuáles fueran nuestras emociones. Incluso el psicópata estaría forzado a admitir aquello a lo que está moralmente obligado . Si lo segundo, entonces el mandato moral sería relativo a las circunstancias —y por eso mismo, estaríamos tan solo ante una creencia o suposición —ante un nos parece que—… que únicamente nos obligaría si formamos parte del contexto que la produce (y, de paso, nos produce, al menos en gran medida). Como sabemos, Hume defendió esto último.

Hume y Platón —y de paso, unas dosis de Descartes (1)

marzo 8, 2024 § Deja un comentario

La cuestión par excellence de la filosofía es de qué hablamos cuando hablamos de lo que hay. El asunto en modo alguno resulta trivial. Quiero decir que no cabe resolver la cuestión diciendo simplemente que lo que hay son, precisamente, cosas… aun cuando en cierto sentido sea así. Y es que, como veremos, hay cosas porque no solo hay cosas… aun cuando lo que hay más allá de las cosas no sea, literalmente, nada en particular. En definitiva, la cuestión es cómo cabe pensar el haber del haber de las cosas.

De hecho, es el mismo lenguaje el que nos da la pista de la dificultad… siempre y cuando la referencia a lo real se diga como un decir algo de algo (y es que el asunto sería probablemente muy distinto si no dijéramos el árbol es verde, pongamos por caso, sino el verde verdea en el árbol, esto es, si el lenguaje no pivotara en torno al sujeto). Obviamente, el problema apunta, precisamente, al de algo. Y es que la pregunta es, precisamente, qué es ese algo del que decimos que es así o asá… al margen de la atribución. Es decir, de qué hablamos cuado hablamos de ese algo en cuanto tal o en sí mismo. La cuesta comienza a empinarse cuando caemos en la cuenta de que, al margen de la atribución, el algo como tal no puede ofrecerse, por defecto, como algo en particularo determinado. Y esto está muy cerca de decir que no es nada. Al margen del haber de las cosas, no hay nada (y acaso baste con tomarse esta afirmación al pie de la letra para, cuando menos, intuir su alcance). De otro modo, en sí mismo o como tal, el algo —la sustancia, en términos de Hume, aunque no solo de Hume— no aparece o se hace presente a una sensibilidad. No percibimos —ni cabe percibir— el algo en cuanto tal. La pregunta es si, con todo, podemos pensarlo —y pensarlo en los términos de un haber.

Estamos, obviamente, en un territorio más allá de la física —en el territorio de la metafísica. La cuestión será, por tanto, si ese algo es real o simplemente una ficción de la mente, un trampantojo lingüístico. De hecho, y en gran medida, podríamos decir que la operación de la Modernidad consiste en desmontar las pretensiones de la metafísica —y de paso, la pretensión creyente. El metafísico, dirá el moderno, se inventa el problema. Al menos, porque con respecto al algo en cuanto tal —con respecto al lo que hay más allá del ente— no hay nada de lo que hablar… precisamente, porque no hay nada que ver. Y, como dirá Wittgenstein, de lo que no se puede hablar, más vale guardar silencio.

Hume defenderá, como sabemos, que la idea de sustancia es un constructo mental —una ficción útil—, el resultado de integrar sensaciones de diferente orden. Si nuestra mente funcionara de otro modo —por ejemplo, si fuese incapaz de integrar el tacto y la visión— el mundo sería muy distinto. En cambio, Platón —la Antigüedad, en general— pensará de otro modo la escisión que implica la atribución de una serie de rasgos a un algo. Y la pensará de otro modo porque, para Platón, el punto de partida del pensar es el haber de las cosas y no nuestra representación de las cosas que hay. Es decir, la cuestión no será, como lo fue para Descartes y los que le siguieron, hasta qué punto cabe asegurar, sin ningún genero de duda, la verdad de nuestras representaciones del mundo, sino en qué consiste que haya algo y no más bien nada. En la Antigüedad, la actitud fundamental que sostuvo la actividad del pensar no fue la de la sospecha, sino la del asombro… a pesar de que la sospecha de algún modo también estuvo ahí desde el principio. Pues el asombro, tarde o temprano, nos obliga a poner en suspenso las pretensiones de verdad de lo que se dice , esto es, de la opinión. Al menos, porque la opinión —un hablar por hablar— solo es posible una vez hemos dejado atrás el motivo del asombro. Las opiniones cambian. No, lo que provoca nuestro estupor. O mejor, extrañeza. Y es que acaso sea la posibilidad de caer en la extrañeza, esa mezcla de fascinación y pasmo, lo que hace de nosotros, a diferencia de los simios, unos extraños.

Seguiremos en un próximo post.

Cherteston, enorme

enero 7, 2024 § Deja un comentario

(…) la filosofía o es eterna o no es filosofía. La costumbre moderna de decir: «Ésta es mi opinión, aunque puedo estar equivocado», es completamente irracional. Si admito que puedo estar equivocado, es que no es mi opinión. La costumbre moderna de decir: «Todo el mundo tiene su propia filosofía; ésta es la mía y la que me conviene», es una costumbre que sólo revela debilidad mental. Una filosofía cósmica no se construye para que se adapte al cosmos. Nadie puede poseer una filosofía privada más de lo que puede poseer un sol privado o una luna privada.

GK Chesterton

prudencia política

noviembre 30, 2023 § Deja un comentario

No es fácil ser prudente, en el sentido clásico de la palabra —cortar el atún por dónde hay que cortarlo, sin pasarse, ni quedarse corto. El horizonte de la existencia es un no terminar de saber. Por eso el sabio es sabio: porque sabe que con respecto al tener que juzgar la situación no hay recetas que valgan. Al menos, porque el punto justo —el equilibrio— entre dos extremos depende de variables que no acabamos de controlar. Quien se guía por las recetas es sencillamente un insensato, alguien que cree tener claro de que van los asuntos más densos. Un bocazas.

Se trata, en definitiva, de un saber práctico —de un saber anclado en la experiencia… la cual, para no quedarse simplemente en lo sensacional, exige una cierta inquietud por lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. Hablamos del saber de quien sabe, pongamos por caso, tocar el violín —y no simplemente lo rasga. El virtuoso del violín tiene un completo dominio de su instrumento. Es capaz de extraer su potencia. En manos del virtuoso, el violín da de sí lo que puede dar de sí. Sin embargo, ese dominio lo ejerce sin saber conscientemente cómo es capaz de mover los dedos tan ágilmente… en el momento de interpretar un capriccio de Paganini. Paralelamente, el virtuoso de sí mismo alcanza un completo dominio de sí… sin aplicar directamente ninguna instrucción. Y ello en nombre de lo que importa, al fin y al cabo, del bien. Está en juego la libertad: que no te pueda lo que no vale la pena —en el caso del virtuoso del violín, el poder interpretar cualquier partitura.

Platón, como es sabido, entiende la cuestión acerca de la justicia política en los términos de la justicia moral. Y viceversa. Por aquello de la analogía estructural entre las diferentes clases de hombres y las dimensiones del alma. Así, la pregunta sobre cómo ser justos con los demás es el envés de la que se interroga sobre cómo ser justo con un mismo —cómo llevar a cabo una vida buena, una vida ajustada al bien. O, por decirlo de otro modo, qué voz —que inclinación—, de las que habitan dentro de nosotros, debe gobernar, guiar, orientar nuestra existencia. Pues no es lo mismo dejarse llevar por lo elemental que por lo mejor que hay en nosotros mismos, la aspiración al bien. Al fin y al cabo, quien quiere ser médico, perseverará en su intento de llegar a ser un buen médico (y no solo se limitará a curar lo que cualquier médico puede curar, siguiendo los protocolos habituales).

Ahora bien, con respecto a cómo lograr una vida buena o justa no vale una respuesta de manual —una definición formal del bien o de lo justo. Pues una respuesta de manual no deja de ser trivialmente verdadera o tautológica: nadie podrá racionalmente negarla, sin caer en contradicción. Pues es cómo decir que lo justo es darle a cada uno lo que se merece. Obvio. Ninguna definición formal nos dirá cómo actuar —qué decidir— en cada momento o situación. De ahí que , en las situaciones particulares, lo habitual sea que nos dejemos llevar por la sensibilidad común, la opinión —lo que se dice, se hace…—, el impulso. En cambio, lo excepcional es guiarse por la prudencia, la sabiduría, el sopesar. Al fin y al cabo, en los asuntos humanos, todo es mezcla: no hay sentimiento químicamente puro. Aquí la claridad de quien tiene una opinión es signo de estupidez. La ignorancia siempre fue prepotente.

Con todo, el hecho es que no todos poseen la sabiduría de quien sabe determinar qué hay que hacer según la circunstancia… porque es capaz de verlo —como el virtuoso del violín ve cómo hay que interpretar una partita de Bach. ¿Es el momento de condenar o de perdonar? ¿El de dejar a la mujer con la que vives o de permanecerle fiel? ¿El de apagar el fuego de la sartén? No hay, como decíamos, recetas que valgan. Las fronteras de lo que se halla entre dos extremos son difusas, desplazables, densas. Esta es, de hecho, la moraleja de la paradoja sorites. Es evidente que, a menos que sigamos siendo unos niños, no sirve como criterio el me gusta o no me gusta. Quien se guía por este criterio sigue sin saber de qué va el juego.

Sin embargo, porque no todos somos sabios o prudentes, Platón ofrece, al problema moral del saber qué hacer en cada momento, una solución política: dejémonos guiar —gobernar— por el sabio. Pero, quien sabe leer entre líneas, fácilmente admitirá que la propuesta de Platón no es, estrictamente, una solución. Pues la mayoría, precisamente, prefiere apedrear al sabio. Esta es, de facto, la ley de gravedad de lo político. No hay manera de racionalizar la política —el juego del ejercicio del poder. La utopia no es un ideal al que podamos aproximarnos. Es un imposible. Y esto es lo mismo que decir que en el ámbito de lo político gana la violencia. Pues el ámbito en el que se decide cómo vivirán los hombres, quién muere y quien vive —y aquí quizá convenga señalar que, socialmente, uno muere o está de más cuando se ve obligado a vivir como un perro. Y gana la violencia aunque sea de forma encubierta o amable, esto es, como si no la hubiese. De hecho, el encubrimiento es lo común de la vida en común.

de la plata y la ganga: una breve introducción al platonismo

noviembre 24, 2023 § Deja un comentario

¿Qué es el amor de una madre? Pues, en principio, lo que debe ser: ternura, entrega, sacrificio… Sin embargo, cuando nos preguntamos qué hay en el abrazo de una madre, por poco lúcidos que seamos, caeremos en la cuenta de que no solo se manifiesta el amor al hijo. También el amor al vínculo con el hijo. No es exactamente lo mismo. Pues el amor al vínculo tiende a destruir al hijo. La cuestión es qué pesa más en ese abrazo. Pues las proporciones de la mezcla varían según sea el caso.

Con todo, podríamos preguntarnos si podría haber un amor al hijo que no suponga un amor al vínculo con el hijo. Y la respuesta es que no. El amor de una madre solo puede presentarse —llegar al presente— dejando atrás su carácter absoluto o incondicional, esto es, sin tara. En definitiva, el amor de una madre solo puede realizarse a través de su contrario, renunciando a la pureza. El amor puro no es nada en concreto —o dicho de otro modo, es no siendo nada en concreto. El amor puro tiene que negarse a sí mismo, como quien dice, para llegar a ser, precisamente, amor. Por tanto, no hay Amor, con mayúscula, para el hijo. Para el hijo tan solo el amor realizado. Es lo que tiene que el Amor —o el Bien, la Justicia, la Belleza…— solo sea siendo el amor que debe ser.

El Amor es, por consiguiente, idea. Pero no porque sea una quimera, sino porque su realidad solo puede ser pensada como lo que tuvo que desaparecer para que pudiera hacerse presente. Y sin embargo, porque el Amor es lo que debe llegar a ser, en el amor particular de una madre subsiste la exigencia de ser solo amor. Aunque, de hecho, no pueda darse en absoluto.

palabras que los nuestros ignoran

noviembre 17, 2023 § Deja un comentario

No es una anécdota. Es un problema social de primer orden. Y las escuelas —mejor dicho, sus direcciones, incluyendo, sobre todo, las de la administración—, como si oyeran llover. De momento, se dedican a matar al mensajero. Quien crea que la enseñanza mejorará procurando que los chicos desarrollen tropecientas competencias y treballant en equip fuma demasiado. La mayoría de nuestros jóvenes, sencillamente, no sabe leer. Así, tal cual. De ahí que sea incapaz de resumir un artículo de El periódico. La diferencia entre los que saben leer y los que no se acentúa cada vez más —por no decir que ya es abismal. Y se acentúa porque la escuela no sabe —ni quiere— ponerle remedio a este asunto (y digo ni quiere porque no parece que nadie esté por cogerle los cuernos a este toro). Es lo que hay, se nos repite. Vale. Sin embargo, el efecto colateral es que un profesor que pretenda tomarse en serio la enseñanza queda fuera de juego. Forma parte de un equipo cuyo entrenador ha tirado la toalla. Aunque diga lo contrario.

Inevitablemente, no hay alternativa: o nos dedicamos a los que saben leer —y a los que no, ya les pondremos un cinco—; o nos dedicamos a los que encuentran muy costoso leer cuatro o cinco páginas seguidas —y dejamos tirados en la cuneta a los que quieren y pueden aprender. Aun cuando siempre habrá quien, harto de humo, apelará a la tautología: hemos de estimular a los “mejores”, mientras procuramos “levantar” a los que se quedan atrás. Esto sobre el papel está muy bien. De hecho, es irrefutable. Pero dadas las condiciones actuales no es posible. Es como pretender edificar un rascacielos sobre terreno pantanoso.

Llama la atención que una pedagogía cuyo horizonte es la inclusión social haya terminado de facto siendo más selectiva —más elitista— que la tradicional. Mucho más. Con todo, era de prever… una vez comenzábamos a constatar que, de hecho, el proyecto se llevaba a cabo bajando el listón: en la ESO no hacer nada sale gratis (o casi). Por no hablar de que a los disruptivos —a los que bloquean, literalmente, la clase— no puedes ni siquiera sancionarlos: tienes que comprenderlos, hacerles ver, en definitiva, amarlos. No exagero: esta es la instrucción —la orden que viene de arriba. Ciertamente, no se trata de vigilar y castigar. Pero primero el respeto y luego, si se tercia, el amor. Y no hay respeto —autoridad— sin unas pocas dosis de temor. Donde las riendas las lleva el maestro, todo fluye (y para quien está en las trincheras es obvio que esto, precisamente, es lo que piden los alumnos, incluso los disruptivos… o principalmente estos). Lo dicho: fumadores. En cualquier caso, si el lenguaje es la munición de la inteligencia, pues ya nos podemos imaginar qué nos viene encima: una generación de idiotas. Eso sí, la mar de felices con sus tiktok. Y diría que el mundo laboral comienza a notarlo. Por suerte, la IA ya compensará este desaguisado cultural.

Estas son algunas de las palabras que desconocen buena parte de nuestros bachilleres —anotadas durante los últimos días:

gélido

inherente

acecho

coerción

inserto

sustancial

integrar

enguany

supresión

consumado

desasosiego

implícito

concepción

desarraigo

… y una última, aunque sea para nota: estulticia.

cuerpo y alma —o del haber y lo sagrado

noviembre 11, 2023 § Deja un comentario

La mujer que tienes ante ti —el hombre, incluso el árbol, la piedra, el ácaro…— es un milagro. Y lo es porque desde el horizonte de la nada —de un haber que en sí mismo es no siendo nada en concreto y, por tanto, haciéndose presente a la inteligencia como lo que desaparece del campo de visión—, todo es acontecimiento. Y quien dice acontecimiento dice sagrado. Pues la mujer que aparece ante ti como si fuera, literalmente, un revelación es intocable. Y no porque, de hecho, no puedas tocarla, sino porque su carácter milagroso o excepcional retrocede al tocarla. Tocar es, en cualquier caso, profanar.

Sin embargo, el mundo nos obliga al trato —a la profanación. El cuerpo de esa mujer —de ese hombre, del árbol, la piedra…— tiene que ser tratado. Esto es,utilizado. Y ya sabemos que el destino de lo útil es lo inútil —el container. Así, la verdad permanece oculta tras el tratamiento —la aparición, tras las apariencias. La escisión entre lo que contempla el alma y lo que necesita un cuerpo se impone, por consiguiente, como un dato. No hablamos de una opinión entre otras, sino de lo que la razón, tarde o temprano, debe admitir. Es por ello que Platón decía que el territorio del alma es el de la verdad —el mundo verdadero. Y que, por eso mismo, el cuerpo es una cárcel. Pues en la cárcel las ventanas son muy estrechas. Por no hablar del cielo abierto.

(Al fin y al cabo, estamos apuntando a la sensibilidad religiosa. Pues el asunto principal de la religión es cómo permanecer conectados a la revelación en medio de un mundo que solo admite el (con)trato.)

hiatus: de Platón y la sofística (y 3)

noviembre 2, 2023 § Deja un comentario

Cuanto hemos dicho de la belleza, podríamos también decirlo de lo justo o el bien. Y, en definitiva, del haber —el ser— en general. De hecho, que podamos decirlo tampoco es anecdótico. Pues no es posible pensar el haber en cuanto tal sin tener en cuenta lo que debe ser. Esto es, lo bello, justo, el bien… Al fin y al cabo, como veremos, ser y deber ser son dos caras de una misma moneda.

Es evidente que no cabe decir que, como tal, el haber sea en el mismo sentido en que decimos que las cosas son. Nada es que no aparezca. Cuanto es real se hace presente de un modo u otro —y por eso mismo, siempre relativamente, esto es, en relación con un punto de vista. Ahora bien, lo cierto es que, como dijimos, el haber en cuanto tal —el puro haber— no se hace sensiblemente presente, esto es, no admite un punto de vista. El puro haber —el ahí en cuanto tal— no se puede ver ni tocar. Pues de hacerse presente se haría presente como nada. El puro haber es oscuridad y silencio… absolutos. Al fin y al cabo, existir significa haber sido arrancado de la nada. De ahí que la nada se revele como el fondo inescrutable de la existencia. E inescrutable porque en la nada no hay nada que escrutar. Es lo que nos distingue de los bonobos. Estos no existen, son. Tan solo el hombre se encuentra a sí mismo como el que se halla expuesto a la nada —a la oscuridad y silencio de un puro haber. La nada es la imposible posibilidad del mundo. Es imposible porque no se trata de una posibilidad del mundo. Más bien, su posibilidad, de realizarse, implicaría el fin del mundo. Y es posible porque, al proceder de la nada de un puto haber —estrictamente de su negación—, el mundo es lo que es bajo la amenaza de una completa aniquilación.

Todo esto tiene bastante de obvio… si se piensa bien. Y aquí hay que tener en cuenta que lo obvio es lo que tiene que ser obviado… si queremos evitar la parálisis que provoca la reflexión. De ahí que una vida reflexionada, aquella que cuestiona precisamente lo obviado, no puede evitar vivir en un cierto estado de suspensión. Como se supone que vive un dios: en el aire, esto es, en suspenso.

Si hay cosas es porque, en definitiva, hay el haber, aunque en sí mismo, no sea nada en particular… ni pueda serlo. En cierto sentido, podríamos decir que el haber como tal se hace presente como lo que tiene que desaparecer o dar un paso atrás para que haya mundo. De ahí que el mundo sea aparente, en el doble sentido de la palabra. O dicho de otro modo, todo cuanto es o hay se encuentra sometido al tiempo —y por eso mismo, a la desaparición— porque participa del puro haber, por decirlo a la platónica, esto es: porque el haber se realiza en el haber de las cosas; porque el haber de las cosas representa o encarna el haber en cuanto tal. Así, el puro haber, el haber en cuanto tal, es no siendo, es decir, no mostrándose como tal, sino como el haber de las cosas. El haber de las cosas sería la forma del haber —el modo del haber…, un modo sin el cual no hay ningún haber. Por consiguiente, las cosas son no terminado de ser lo que parecen o muestran ser… precisamente porque son. Porque las cosas participan del haber en cuanto tal —y en tanto que pertenece al haber en cuanto tal el revelarse como lo que tiene que desaparecer en cuanto tal para que haya aparición—, nada es o hay que no tenga como horizonte la desaparición, en definitiva, el no-ser.

Por eso, todo cuanto es incluye dentro de sí a su contrario. Nada se nos da en una estado químicamente puro. No hay, por ejemplo, amor sin celos. No hay entrega o sacrificio-por-el-otro que no vaya con la necesidad de tenerlo. La cuestión es en qué medida se dan lo uno y su contrario —qué ingrediente pesa más. Y esta es una cuestión decisiva… si de lo que se trata es de la felicidad, esto es, del saber vivir. Al menos, porque la felicidad dependerá de que sepamos ver, precisamente, qué pesa más, en definitiva, de que sepamos calibrar —discernir, juzgar, sopesar— la situación. Por tanto, nos equivocamos donde creemos que nuestra felicidad depende de topar con lo que no tiene tara —donde creemos, en definitiva, que nuestra felicidad dependerá de que se realicen nuestras fantasías. Toda fantasía es evasión —un encerrarse en un mundo virtual. De ahí que Sócrates dijera que la infelicidad —el daño que provocas y, por eso mismo, te provocas— es, en el fondo, ignorancia. No supimos de qué iba el juego. Los bonobos tampoco lo saben. La diferencia entre ellos y nosotros es que nosotros podemos saberlo.

En el fondo, Platón interpretará dialécticamente la sentencia de Parmenides. La nada, ciertamente, no es. Y el puro haber no es nada —pues tan solo es lo particular o concreto, cuanto muestra una forma. Ahora bien, si esto es así —que lo es—, entonces hay mundo porque la nada no es. Dicho de otro modo: porque el haber del puro haber incluye en su seno la negación de su carácter absoluto o incondicional. Hay mundo porque lo absoluto es la negación de lo absoluto. O por decirlo con otras palabras, lo absoluto posee un carácter doblemente negativo: la nada no es. Y sabemos que una doble negación equivale a una afirmación. El fundamento del mundo es la nada negándose a sí misma. De otro modo: lo que es se hace presente de una forma u otra (y aquí no decimos nada que no sepamos por defecto). Sin embargo, este lo que —el haber en cuanto tal— es la nada siendo no nada de un puro haber. Y esto es lo que cuesta de ver. De hecho, es lo que no cabe ver en nuestro trato con las cosas.

Paralelamente, hay mundo —hay el haber de las cosas— porque el envés de la negación de sí es untiene que haber algo. De ahí que ser y deber ser —esto es, el Bien— vayan de la mano. Y de ahí también que Platón dijera que la idea de Bien está más allá del ente —de cuanto posee entidad. El hiato entre el puro haber y el haber de las cosas —que lo real en sí trascienda el ámbito de lo sensible— se salva, por tanto, por el movimiento negativo de la nada hacia lo otro de sí. La nada es no siendo… nada. El fundamento del mundo —de las cosas— no es una cosa, sino un deber ser, en definitiva, el Bien como exigencia de ser por entero lo que no acaba de ser por entero.

Quizá no sea casual que quienes aceptan el reto de la reflexión —quienes andan en busca de la verdad— no terminen de adaptarse al mundo. Pues la reflexión exige un distanciarse del mundo. Al menos, de vez en cuando. Y quien se distancia de las apariencias fácilmente queda fuera de juego. Pues una vez lo anterior es interiorizado por la conciencia, el mundo —la vida que nos ha tocado en suerte—, al menos hasta el punto en que esto es posible, se revele como ficción, una ficción de la que, sin embargo, no podemos escapar. Pues no hay mundo verdadero —o más verdadero que este—, aunque haya verdad. Porque la verdad no es para nosotros —para nosotros tan solo las cosas que la expresan, esto es, la verdad a medias o hasta cierto punto—, no hay mundo más verdadero que el que nos ha tocado en suerte. Y es que lo que siempre tiene lugar frente a lo que simplemente pasa —el haber en cuanto tal— es no siendo nada en concreto. De ahí que la ironía del filósofo sea el único modo de tomarse en serio la existencia: como el buen actor que asume seriamente su papel… sabiendo que solo tenemos papeles que representar. La sinceridad no pasa por desprenderse de la máscara —pues de hacerlo no veríamos a nadie—, sino por no tomarse demasiado en serio a uno mismo. Y ello en nombre de lo que importa.

De hecho, la raíz de la libertad interior entendida como dominio de sí —de un estar por encima de lo que te sucede y carece de importancia… aunque te parezca lo contrario— es la conciencia de que, en el fondo, el mundo es lo que es debido a la exigencia que se halla incrustada en la nada del puro haber, aquella por la que cuanto cabe ver y tocar se encuentra sometido al principio del deber ser por entero lo que no acaba de ser… ni puede acabar de ser. De hecho, para sobrevivir a la catástrofe —al hundimiento del sentido de tot plegat—, hay que tener la musculatura, en definitiva mental, de un dios. Al menos, porque la cuestión de la libertad es, en definitiva, la cuestión del poder: que no te pueda lo que te sucede y carece de importancia… Y aquí es donde podemos equivocarnos, creyendo que se trata de un poder hacer impunemente cuanto uno desea —del poder de la invisibilidad: nadie te ve, nadie te juzga. Sin embargo, este poder tiene los pies de barro. Como viera Platón, como mujeres y hombres no podemos modificar lo que sucede —o solo circunstancialmente—: no somos dioses. Únicamente podemos estar por encima (y quien dice por encima, dice en el aire o en suspenso). Y esto ya es mucho. Acaso lo único que nos acerca a un dios.

todo Platón en una sola frase

noviembre 2, 2023 § Deja un comentario

Hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros la verdad realizada.

más allá de

octubre 26, 2023 § Deja un comentario

En tanto que mujeres y hombres, no podemos dejar de preguntarnos qué hay más allá de lo que nos parece que es. Ciertamente, todo se nos muestra o aparece. Nada es que no se haga de algún modo presente. Y por tanto no da la impresión de que podamos responder a la pregunta por lo real más allá de su revelarse a la sensibilidad o a la razón. Sin embargo, la razón es al menos capaz, en su uso dialéctico, de caer en la cuenta de que lo que trasciende el aparecer —en definitiva, lo que, en definitiva, aparece en cualquier aparecer— no pueda dársenos, precisamente, en los términos de un aparecer, sino en los de una falta fundamental. Y no es lo mismo encara la existencia dando por sentado que no hay más que cuanto podemos ver y tocar que sabiendo —y a menudo, a través de mucho sufrimiento— que si no hay más que cuanto podemos ver y tocar es porque hay un más.

Es verdad que podemos pasar del asunto y vivir como si no estuviéramos expuestos a este exceso —y a lo que se desprende de él. Pero en ese caso cuanto hacemos o dejamos de hacer sería indistinguible del movimiento de las bolas de billar. Aunque estas se desplacen alegremente por la mesa… lo cual, si lo pensamos bien, tampoco es que esté de más.

hiatus: de Platón y la sofística (2)

octubre 24, 2023 § Deja un comentario

El haber de lo que vemos y tocamos es lo que siempre damos por descontado en el ver y el tocar. Esto es, el presupuesto fundamental de la experiencia es que las cosas que percibimos son, están ahí. Con respecto al hecho de estar-ahí, la rosa y el cerdo son lo mismo. Las diferentes cosas que hay tienen en común el hecho de que son. De momento, todo muy obvio.

¿Cabe preguntarse, sin embargo, por el haber en cuanto tal? ¿En qué consiste ser al margen de los diferentes modos de ser? Ciertamente, hay el haber. Sin embargo, el haber en cuanto tal, es decir, con independencia de su hacerse presente en el haber de las cosas, no es nada en concreto. Basta con imaginar que, de repente, desapareciese el mundo. ¿Acaso, de seguir existiendo, no estaríamos expuestos a la oscuridad y el silencio más absolutos —a un ahí sin forma? Si tan solo es lo que se hace presente bajo un aspecto u otro, entonces el haber en cuanto tal —y porque es en cuanto tal, es decir, al margen de su hacerse presente— estrictamente hablando no es. Sin embargo, es innegable que hay cosas. ¿Cómo entender, por tanto, que haya cosas y, a la vez, que no haya el haber en cuanto tal? ¿Es posible que haya cosas porque, precisamente, no hay el haber en cuanto tal —porque este no se hace presente a una sensibilidad? ¿Cómo entender, al fin y al cabo, este porqué? Vamos a enfrentarnos a estas preguntas a través de la idea de belleza, a la cual Platón recurre con frecuencia… lo que no es casual, como veremos.

Hay cuerpos bellos —cuerpos que vemos o reconocemos como tales. ¿Qué es lo real de un cuerpo bello en tanto que bello? Si lo real es, por defecto, lo que se hace presente bajo un determinado aspecto, entonces lo que se hace presente en un cuerpo bello en tanto que bello es, precisamente, la belleza. Ahora bien, lo cierto es que este hacerse presente es siempre relativo a un punto de vista o momento dado. Un cuerpo bello nunca es absoluta o incondicionalmente bello, esto es, bello desde cualquier óptica o sensibilidad. En ningún caso, un cuerpo bello será bello por entero. Tan solo hasta cierto punto o medida. Ahora bien, si únicamente es lo que permanece invariablemente por debajo del cambio, entonces ningún cuerpo bello termina de serlo en verdad Y lo que no termina de ser en verdad, estrictamente hablando no es. Hablando en propiedad, ningún cuerpo bello es bello, sino que se nos muestra como si lo fuera.

Así, cuando decimos de un cuerpo que es bello, en el fondo lo que decimos es que en ese cuerpo aparece la belleza —la muestra, revela o representa. Platón dirá que el cuerpo bello participa de la belleza como tal. De ahí el carácter ambivalente de las apariencias. Por un lado, el aparecer es, en cualquier caso, el aparecer de lo real: la belleza aparece o se hace presente en los cuerpos bellos. Y por eso podemos decir, aunque solo hasta cierto punto, que un cuerpo bello es, precisamente, bello. Pero por otro, la belleza nunca aparece de manera incondicional, sino siempre como copia imperfecta (la expresión es de Platón) —como el eco o reflejo de una belleza absoluta. Es como si la belleza solo pudiera manifestarse dejando atrás su carácter absoluto o sin resquicio. El mundo aparente, por tanto, es aparente en un doble sentido. Es aparente porque en él aparece o se muestra lo que es en verdad. Pero también es aparente —y aquí por aparente entendemos ilusorio— porque en el aparecer de lo que es en verdad, no aparece como tal lo que, al fin y al cabo, aparece o se revela. No es casual que la palabra revelación posea una doble acepción. Por un lado, apunta al descubrir. Como quien aparta un velo. Pero por otro, significa volver a velar. Podríamos decir que la belleza como tal desaparece o da un paso atrás en su aparecer como cuerpo bello.

En consecuencia, hay belleza. Pues de lo contrario no podríamos reconocerla en los cuerpos más o menos bellos. Pero la belleza en cuanto tal no es visible —no se hace presente a una sensibilidad. La belleza en cuanto tal o absoluta tan solo puede ser pensada… como la condición de los cuerpos bellos. En este sentido, la belleza es idea. Ahora bien, se trata de una condición que no es solo formal, como creyeron los sofistas, sino también —y sobre todo— real . Hay belleza y no solo una definición formal de belleza—y por eso mismo, vacía de contenido. Sin embargo, que haya belleza y no solo una definición formal de belleza nos obliga racionalmente a admitir un hiato entre lo absolutamente real y su hacerse presente en lo sensible. En este sentido, Platón dirá que lo real trasciende el ámbito de cuanto podemos ver y tocar. Y no puede dejar de hacerlo. Como sabemos, la manera de expresar el carácter trascendente de lo real será por medio de la imagen de los dos mundos.

Sin embargo, llegados a este punto alguien podría preguntarse por qué hay cosas y no tan solo idea. La respuesta, de haber entendido lo anterior, es inmediata: nada es real que no se haga presente de un modo u otro; sin embargo, el hacerse presente de lo real va con la pérdida de su carácter absoluto… o realmente real, por decirlo así. Así, la belleza, pongamos por caso, solo puede mostrarse o hacerse presente relativamente, esto es, en relación con un punto de vista o manera de ver. Por eso un cuerpo bello solo es aparentemente bello —y aquí hay que tener en cuenta el doble sentido de la palabra apariencia.

Es verdad Platón en el Timeo responde a la cuestión contando una historia: el mundo que habitamos fue creado por una divinidad artesana —un demiurgo— como copia del mundo real y sobre la base de una materia prima que se resiste a adoptar la forma de la idea —y de ahí que las cosas sean copias imperfectas de la idea. Sin embargo, el Platón de la madurez —el de El Sofista— ofrecerá una explicación más racional, la que hemos desarrollado aquí: lo real —es decir, el lo que de lo que aparece— solo puede hacerse presente dejando atrás su carácter absoluto o incondicional. Hay cuerpos bellos porque hay belleza. Pero el haber de la belleza en cuanto tal es lo que tuvo que desaparecer en su hacerse presente como cuerpo bello. Es como si el darse de la belleza fuera con su negación de sí. O por decirlo a la manera de Heráclito: el sí va con el no —la aparición con la desaparición del carácter absoluto de lo que aparece.

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