de la izquierda y el poder (y 3)

agosto 27, 2020 § Deja un comentario

Es importante entender que, donde distribuimos dinero, lo que distribuimos, en último término, es deuda. Y el valor de una deuda depende, como es obvio, de la solvencia del deudor. Por eso, todo se derrumba donde se amontonan los impagos —donde la economía real no puede seguir el ritmo de la financiera–. Y esto es lo que ocurre tarde o temprano (y por lo que parece, cada vez más temprano que tarde). Podríamos decir que el capitalismo actual posee, en lo relativo a las rentas, el esquema de una estafa piramidal o, como suele decirse en el argot, un esquema Ponzi. Ahora bien, quienes pierden con el desplome de esta pirámide invertida no son aquellos que pudieron transformar rápidamente el dinero fresco en activos fiables. Son los que viven de un sueldo. Pero también de los beneficios de una pequeña o mediana empresa. Por eso una política que pretenda un mundo más justo tendría que abandonar los viejos esquemas, muy ligados al capitalismo decimonónico, para centrarse en la cuestión de la naturaleza de lo que hoy funciona como medio de cambio —en la naturaleza del dinero—. Cuando menos, porque el poder ya no se basa en acumular plusvalía, por decirlo así, sino por crear —y poseer— activos financieros, esto es, dinero cuyo respaldo en la economía real es cada vez más estrecho. El problema que plantea un dinero convertido en deuda es que el dilema al que se enfrenta la economía política ya no se plantea como una disyuntiva entre crecimiento y desigualdad, sino entre desigualdad e hiperinflación. Sencillamente, si el dinero que se mueve en la nube especulativa descendiera a la economía real —esto es, se redistribuyera—, nadie tendría el suficiente dinero como para comprar una barra de pan. Por consiguiente, no parece que se trate simplemente de aumentar los impuestos y resdistribuir la nueva renta (aunque a corto plazo deba hacerse… siempre y cuando seamos conscientes de que a mayor deuda pública, mayor cantidad de impuestos será destinada a saldar parte de la misma y, por tanto, menos dinero habrá para asuntos sociales). Pues la cuestión de fondo es con qué renta se juega. Como se ve, no estamos ante un asunto fácil. Ni de lejos.

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