stricto sensu

abril 7, 2020 § Deja un comentario

Un creyente se encuentra, cuando menos, en el sentimiento de una presencia —bajo el halo de un misterio hospitalario. De acuerdo. Sin embargo, qué diferencia su sentimiento de aquel que experimentó el viejo homo religiosus, el cual vivía a flor de piel la presencia de espíritus palpables. ¿Quizá el hecho de que, en este último caso, dicha presencia inspiraba, antes que nada, su temor? Sin duda, el cristianismo produjo una modificación de la sensibilidad religiosa más espontánea. Pero la produjo alterando, y ya durante los comienzos, su mensaje original. Como suele decirse, la fe cristiana se transformó en una religión de la interioridad, una vez el fin de los tiempos dejó de parecer inminente. Y no es exactamente lo mismo estar convencido de que el día del Juicio está al caer —que a la historia ya no le queda mucho tiempo por delante— que suponer que no hay muerte —que el alma sobrevive al colapso de la materia.

En cualquier caso, al creyente siempre le quedó el recurso de seguir como si el fin del mundo fuera cuestión de días —o por decirlo a la manera de Pablo, como si no fueran con él, las alegrías y las penas cotidianas (pues nada importa de lo que habitualmente nos importa, donde el tiempo se acaba). Ahora bien, un como si no es un como. Hacen falta unas buenas dosis de autosugestión para transfigurar lo primero en lo segundo, aunque no sin enajenarse del sentido común. El cristiano, tras haberse desprendido, como si fuera un lastre, de la dimensión escatológica del kerigma original, pasa a creer por su cuenta y riesgo, a pesar de que su fe repose en el ejemplo de sus padres, de aquellos que la encarnaron antes que él. Y de ahí a que la fe pueda entenderse como un mero asunto psicológico media un paso. Aun cuando, esto último solo pueda defenderse desde la posición del espectador, no desde la de quien ha de tomar una postura ante la existencia (y aquí un padre es fundamental).

No es anecdótico que, actualmente, el sentimiento de un hallarse en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la Merton, haya sustituido al sentirse en manos de el Señor. Es, sin duda, lo más razonable. Pero quizá nos equivoquemos al suponer que una espiritualidad sin Dios —o sin un Dios al que podamos invocar como a un Tú— sería la única forma de actualizar el sentimiento de dependencia que sostiene la fe. Puede que reguemos fuera de tiesto al suponer que seguimos en lo mismo aun cuando de otro modo. El cristianismo cavó su tumba al abandonar —y acaso este fuera el precio que tuvo que pagar para sobrevivir dentro de la Modernidad— el sentimiento de un estar sub iudice. Al menos, porque bíblicamente nuestra esencial exposición a la alteridad —y la alteridad en sí misma siempre se hace presente como una alteridad en falta— es vivida no solo como gracia, sino también —y quizá sobre todo— como un encontrarse bajo la demanda, en el doble sentido de la expresión, que procede de aquel que aún no es nadie sin nuestra respuesta a su clamor.

de lo real y el poder

abril 3, 2020 § Deja un comentario

Nadie sabe qué es lo real hasta que no se enfrenta a su impotencia—a lo que le puede en verdad. Hablar de lo real supone hablar de lo que se resiste esencialmente a la modificación —a lo inalterable. Y si la vida es lucha, lo que se resiste a la modificación no se resiste pasivamente: es lo que nos somete por entero. Así, lo real no es lo que se ajusta a nuestra creencia, sino lo que, precisamente, la desborda (y, por eso mismo, se sufre antes de que podamos concebirlo). ¿Que hay más allá —más allá de uno mismo? Sencillamente, el Poder. Llámale dios —o si lo prefieres, lo sagrado. Pues dios —lo sagrado— es, literalmente, lo intocable, aquello que, porque es capaz de devorarnos, se mantiene a una distancia infranqueable —y que no deberíamos franquear. Dios es la figura del Poder. Y el Poder decide si seguimos con vida o no. No es casual que la muerte, mejor dicho el que no decidamos nuestra muerte, sea el signo de nuestra limitación —de nuestro hallarnos en manos del Poder.

La ingenuidad del hombre moderno acaso consista en creer que se librará del Poder por medio de la técnica —en tomarse en serio el mito de Prometeo (y la versión política de la confianza en nuestra capacidad sería la división de poderes); en creer que el Poder está en sus manos. Pero el hombre no posee la técnica que maneja. De hecho, es al revés. Donde la técnica se presenta como salvación, el hombre termina sometido a la lógica de la voluntad de poder, aquella que se despliega bajo el principio de si es posible, debe hacerse. Esto es, termina siendo el títere de un principio impersonal: ningún tabú —ningún non plus ultra moral— logra derogar la ley que exige el dominio sobre cuanto es. Quizá la originalidad del cristianismo consista en haber concebido un Dios débil, un Dios que no es aún nadie sin la fe del hombre; un Dios que necesita de la entrega del hombre para salir de sí mismo —para llegar a ser un alguien—, un Dios que, en definitiva, va en busca de aquel en quien reconocerse de nuevo. Y este Dios, sin duda, resulta liberador. Podríamos decir que el Dios crucificado nos libró de dios —de nuestro hallarnos en manos del Poder que busca nuestra aniquilación. Sin embargo, nada hay que no muestre un doble rostro. Pues la cruz tambien nos abrió a la posibilidad de prescindir de Dios (y fue Celso antes que Nietzsche quien se dio cuenta de ello). Con el cristianismo —con la irrupción de un Dios que se identificó con un ajusticiado en su nombre—, la palabra Dios salta por los aires. La Encarnación fue, al fin y al cabo, la autoinmolación de Dios. Dios renunció a su poder por amor a los hombres. Y de ahí a que perdamos de vista qué significa originariamente la palabra Dios, media un paso, un paso que fácilmente damos donde la resurrección deviene una historia de zombis buenos. Dios muere no tanto en la cruz, sino una vez la fe en el resucitado se convierte en una superstición.

Con todo,  es posible que el sacrificio de Dios, más que una humanidad redimida, haya producido un hombre infantil. Pues la fantasía de la infancia es, precisamente, la de la omnipotencia. No hay niño que no sueñe con ser Harry Potter. Aunque, Harry Potter esté convencido de que cuenta con el apoyo de una fuerza superior. Pero si realmente se trata de una fuerza superior, Harry Potter se equivoca donde imagina que siempre estará de su lado.

no es para ti

abril 2, 2020 § Deja un comentario

Creo que estar triste es tener el convencimiento de que las cosas son más de lo que parecen, que esconden siempre otra vida. Una vida que, sin embargo, nunca podremos alcanzar. Esto lo escribió Gustavo Martin Garzo hace ya algún tiempo. Deberíamos ponernos en la piel de los aplastados por un mundo que no cuenta con ellos para entender qué pueda ser el infierno: un mundo sin nadie. Hay infierno. Es el mundo que habitan los desgraciados —los que sobran. Y el infierno se halla rodeado de muros infranqueables. Si estás en el infierno, sabes que hay otra vida —y una vida sin hambre ni violencia—, pero que no es para ti. Vivir, como quien dice, en el infierno es llevar pegada a la piel la propia impotencia. Quizá no comprendamos el cristianismo hasta que no leamos el sermón de la montaña como la promesa de un Lenin judío: tomaremos el palacio del zar y vosotros seréis los primeros en entrar. Sin duda, una buena noticia —un evangelio— para los lumpen. No hay esperanza que no posea una dimensión política. Cualquier promesa que no sea terrenal es ilusoria. El cristianismo fue revolucionario antes que espiritual. O mejor dicho, fue revolucionario por espiritual. A Jesús no lo crucificaron por pasear por Galilea como heraldo del amor. En cualquier caso, su exhortación a la bondad —al perdón, a la fraternidad— tuvo consecuencias políticas. De lo que se trataba es de la irrupción del Reino de Dios. Esto es, de la desobediencia al César. O Dios o Roma. La paz no es un asunto de espectros. Los espectros no tienen hambre. No es causal que el cristianismo no hable de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección de la carne, de una nueva creación (algo así como un reset cósmico). Y este es el problema. Cuando menos, porque hoy en día leemos los relatos de la resurrección como si se nos contara una historia de zombis buenos. Por no hablar de que una política que se limite a invertir los papeles, tarde o temprano acaba por generar un nuevo infierno. De ahí que la promesa de Dios esté asociada al fin del mundo, en el doble sentido de la palabra fin.

adorar por adorar

abril 1, 2020 § Deja un comentario

Hoy en día, y en el ámbito religioso, las formas no tienen buena prensa. Como si no fueran auténticas. Como si el sello de lo verdadero fuera el sentimiento. Sin embargo, hay mucha ingenuidad en creer que la sensibilidad es el criterio. Y no solo porque los sentimientos posean una irreductible ambigüedad —no solo porque básicamente tengan que ver con nosotros y no tanto con aquello a lo que en principio apuntan. El sentimiento va y viene. Ciertamente, sin experiencia no hay fe. Pero la experiencia como tal no se centra en los arrebatos de lo emocional, sino que apunta, precisamente, a lo que elude caer bajo los esquemas de una subjetividad demasiado preocupada de sí misma. Si la experiencia es, por defecto, de lo real, entonces la experiencia de Dios, antes que la de algo, es la de una falta o pérdida —o si se prefiere, de un eterno porvenir. La experiencia de lo real carece de objeto. Pues lo real, en tanto que absolutamente otro o extraño, desaparece al revelarse. La alteridad propia de lo real se resiste esencialmente a la aparición. No hay otra solidez que la de lo que no termina de darse. Como si lo real fuera lo siempre pendiente —el pasado que sostiene cualquier presencia. Estrictamente, la experiencia de Dios es antes de Dios que nuestra. Y Dios experimenta al hombre como aquel al que invoca. De ahí que en los textos bíblicos no encontremos nada parecido a los éxtasis místicos. La conmoción que supone el encuentro con Dios no puede traducirse solo en los términos de una emoción. Más bien, el índice la experiencia de Dios sería el de una inicial resistencia a su voz. Fiarse de los sentimientos supone fiarse de lo que no merece nuestra confianza. En tanto que la fe es fidelidad a lo que nos fue revelado en el centro de la oscuridad, al final y, precisamente, porque los sentimientos nunca están a la altura de lo que se nos reveló, solo nos quedará darle de comer al hambriento por darle de comer, adorar por adorar, rezar el rosario, como quien dice, por rezarlo —por mantenerse fiel a una verdad que ya no somos capaces de soportar. Puede que, al fin y al cabo, el contenido de la fe, por no hablar del amor, sea su forma. Es lo que tiene una fe que no puede evitar la noche oscura del alma.

acoger al extranjero

marzo 30, 2020 § Deja un comentario

Tan solo lo esencialmente extraño es real. Lo extraño: lo divergente, lo que eternamente difiere de nosotros. Lo inalcanzable o sagrado. El extranjero, el ángel. Pues lo real es lo que no admite ser reducido al marco de nuestra receptividad —a lo que nos parece que es. El hallazgo del monoteísmo bíblico consiste en haber caído en la cuenta, y no sin unas cuantas dosis de sufrimiento, que lo que permanece como extraño —lo único real— no pertenece a ningún mundo, ni siquiera al supuestamente sobrenatural, sino a un pasado anterior a los tiempos. Dios en verdad es un Dios extraño porque su realidad no es la de un ente ininteligible, sino la de un des-aparecido cuya presencia únicamente atestigua su espíritu —ese resto, la voz que escuchamos en la oscuridad, aquella que nos interroga por el lugar de Abel. Y quien dice espíritu, dice mandato y paciencia: existimos como los que nos hallamos sujetos al tener que responder al clamor que nace de las gargantas de la sed, aunque lo ignoremos; pero también como los que siguen con vida por una medida de gracia. Mientras tanto, el creyente sigue a la espera de Dios —a la espera de que se realice su promesa. Pues Dios se da como promesa de Dios. Con todo, lo que no imagina el creyente es que Dios solo pueda cumplir con su promesa como hombre de Dios —como siervo sufriente. De ahí que en nombre de Dios, Dios no sea el tema. El tema es el extranjero —el excluido— que representa la extrañeza de Dios, al fin y al cabo, su exclusión. Bíblicamente, acoger al extranjero es equivalente a acoger a Dios. Pero acoger al extranjero no es acoger al dócil, al negro que, con el fin de llevarse a la boca el pan de cada día, nos trata como si fuéramos su amo, sino aquel que nos sacará de quicio con su deformidad, su barbarie, su demanda. No hay hogar —no hay mundo— que siga en pie donde irrumpe el extranjero. Buscamos lo insólito. Pero de hacerse presente, apenas podríamos soportarlo. Ya lo dijo Rilke: todo ángel es terrible.

hasta aquí hemos llegado

marzo 27, 2020 § Deja un comentario

Tarde o temprano, el hombre se sitúa ante Dios como Abrahán: aquí me encuentro —hasta aquí hemos llegado. Qué quieres que haga. Y esto último significa, al menos, lo siguiente: por un lado, que el encuentro con Dios tiene lugar en el límite de la existencia, donde se agota la fe en nuestra posibilidad; y, por otro, que dicho encuentro supone un hallarnos expuestos a una voluntad que no es nuestra (aun cuando podamos hacerla nuestra). Por no hablar de que el Dios con el que topamos en los límites de la existencia no es el espectro que imaginamos, sino una ausencia —un clamor— que apunta a un Dios por-venir en el que no cabe creer solo desde nuestro lado. Un Dios que, para más inri —nunca mejor dicho—, tendrá el rostro de un abandonado de Dios.

teología y piedad religiosa

marzo 23, 2020 § Deja un comentario

La cuestión cristológica fundamental es qué supone con respecto a Dios confesar que Jesús es Dios. Pues la Encarnación produce una mutación de lo que habitualmente se entiende por Dios. Donde partamos de nuestra idea religiosa de Dios —aquella que da por descontado que la naturaleza de Dios está determinada al margen del hombre—, Jesús no es más que un avatar de Dios. Y no es esto lo que dice el cristianismo. De ahí que el único modo de entender la dogmática cristológica —la identificación entre el Padre y el Hijo— pase por admitir que el Padre no es aún nadie sin la adhesión del Hijo. Sencillamente, Dios tiene lugar en el centro de la historia donde el Padre llega a reconocerse de nuevo en el Hijo (y a través de la entrega incondicional del Hijo). Antes de su encuentro, tanto el Padre como el Hijo no terminan de ser lo que fueron in illo tempore. Dios es en la relación entre Dios y el hombre, por decirlo con el rotulador grueso. De hecho, la merma de Dios —su debilidad o impotencia— fue el resultado de la caída. Pues esta no afectó solo al hombre, sino también a Dios. En este sentido, la historia es la historia de Dios. El Dios cristiano es un Dios in fieri… en tanto que Dios que no quiere ser sin el hombre (y esto último no se entiende si nos mantenemos bajo los presupuestos de la religión). Esto es lo que significa que Dios es amor: no que el amor sea divino, sino que Dios es su voluntad de ser en el hombre —de reconocerse en él. Nadie puede ver a Dios. Y no porque se trate de una cosa inaccesible, sino porque Dios no tiene otro que el de aquel hombre que murió como un apestado de Dios. 

Otro asunto —y no secundario— es qué piedad se deduce de cuanto acabamos de decir. Al menos, porque la piedad suele dirigirse a un Dios que es Dios con independencia de la respuesta del hombre a su clamor. No es casual que la piedad común termine derivando hacia una especie de docetismo implícito. Pues donde Dios sigue siendo un Dios sin cuerpo —algo así como un espectro bonachón—, entonces Jesús fue un dios paseándose por la tierra con la máscara del hombre. Con todo, es cierto que el cristianismo solo pudo sobrevivir fomentado una piedad pagana o, si se prefiere, a la griega. Como si la Encarnación hubiera sido una anécdota. Por eso, quizá la única piedad que un cristiano pueda interiorizar sea la de los primeros cristianos, los cuales se dirigían a Dios como quien espera el regreso del que se fue. Maran-atha: el Señor viene.

Ahora bien, esto implica pasar de una espiritualidad espacial, como quien dice, una espiritualidad en la que Dios se ubica en otra dimensión, a una espiritualidad en clave temporal, en la que Dios está por venir —o desde la óptica cristiana, por regresar. Y esto cuesta de tragar hoy en día. Sobre todo, porque no podemos evitar entender la división cualitativa de los tiempos como superstición. Esto es, hoy cuesta admitir un final de los tiempos que dé paso a una nueva creación. Sin embargo, la cosa cambia, si el punto de partida no es nuestra necesidad de un amigo invisible, sino la fe de quienes no podían ni siquiera concebir a un Dios de su parte. Si la piedad tiene que ver con qué tenemos presente en el momento de estar ante Dios, un cristiano no puede tener presente directamente a Dios, sino solo a través de aquellos hombres y mujeres que, estando bajo un cielo de plomo, dotan de significado a las palabras de la fe. Pues que yo diga que al final triunfará la bondad carece de relevancia. En cambio, que lo diga quien no puede sensatamente decirlo —el superviviente de Auschwitz, las víctimas de la historia—no es insustancial. De entrada, nos quedamos sin palabras. No hay otra verdad que la del cuerpo.

Acaso el cristianismo hoy en día debería recuperar aquello tan de Pablo: que no creemos por nuestra cuenta y riesgo —eso en cualquier caso, tiene que ver con lo que necesitamos suponer—, sino únicamente por medio de la fe de quienes humanamente no podían sensatamente creer en nada más que en la victoria de Ha-Satan. Nos salva la fe. Cierto. Pero no la que podamos tener espontáneamente —aquí pecaríamos de ingenuidad, por no decir de narcisismo—, sino la que tuvo un crucificado en nombre de Dios. La fe del cristiano de a pie es la fe del Hijo. Porque el creyó antes, podemos creer. Y esto significa que no podríamos creer si él no hubiera creído por nosotros. Pues la fe encuentra su medida en donde ya no es posible esperar nada —o a nadie. Evidentemente, esta piedad difícilmente puede llegar a ser parroquial, salvo que la parroquia esté formada por desgraciados. Donde no fuera el caso, el párroco que quiera conservar su parroquia tendrá que ofrecer peixet. Puro marketing. O si se prefiere, pura política. En realidaad, el cristianismo, como antes sugeríamos, sobrevivió tolerando en su seno las herejías que formalmente condena. Y es que, como decía Eliot, el hombre no puede soportar durante demasiado tiempo la verdad.

el sinsentido del sentido

octubre 29, 2016 Comentarios desactivados en el sinsentido del sentido

Mientras sigamos siendo un yo, seguiremos preguntándonos con respecto a cualquier meta que hayamos alcanzado  ¿y eso es todo?  Incluso aun cuando haya un Dios que finalmente ponga las cosas en su sitio. Incluso si es cierto que estamos aquí para purgar nuestra alma, a la espera de un ascenso. Pues para un yo un final nunca es un final. De ahí que la pregunta por el sentido no pueda resolverse satisfactoriamente en ningún caso. Ahora bien, quizá sea porque la vida no tiene sentido que la vida esté cargada de valor

existens

octubre 28, 2016 Comentarios desactivados en existens

Dios no existe porque Dios siempre se encuentra más allá de Dios. Dios es lo eternamente pendiente de Dios. O, por decirlo con otras palabras, Dios en su hacerse presente como divinidad deja de ser Dios. Dios da un paso atrás cuando se pone de manifiesto como Dios. No puede ser de otro modo, habiendo Dios. De ahí que solo los sin Dios sepan de Dios en verdad.

nihil obstat

octubre 28, 2016 Comentarios desactivados en nihil obstat

Fácilmente decimos hoy en día que no hay Dios—que nada hay por debajo de la palabra “Dios”. Y si no hay Dios, estamos solos en medio de un cosmos inerte. Sin embargo, ¿cómo podemos decirlo y que no nos tiemblen las piernas? Ciertamente, una cosa es dar en el clavo y otra ser capaces de tragarlo. Con lo cual la mayor parte de las veces no sabemos de lo que estamos hablando, aun cuando estemos en lo cierto. 

a propósito de Wally

octubre 27, 2016 Comentarios desactivados en a propósito de Wally

¿Por qué Dios en vez de nada? Quizá porque, en el fondo —o mejor dicho, desde el fondo de la existencia, desde las profundidades abisales del mal— no somos mucho más que una invocación de Dios en medio de la nada. Dios sería aquel al que se dirige la invocación del hombre, mejor dicho al que se dirige absurdamente, al menos en tanto que Dios desaparece en la oscuridad. Ciertamente, podemos darle la espalda a esta invocación, creer que se trata, al fin y al cabo, de una reacción. Pero la reacción es lo propio de quien da por sentado que no hay nada enteramente otro —que no hay alteridad, sino en cualquier caso representaciones mentales de la alteridad. Ahora bien, hay alteridad, aunque se trate de lo siempre pendiente del mundo. Sin embargo, por eso mismo, aquel enteramente otro no va a respondernos en directo. En su lugar, tendremos otro clamor: el de las víctimas que se encuentran a nuestro lado —el clamor del prójimo. Un Dios en falta —un Dios que no aparece como Dios— siempre responde llamando al hombre con la voz, precisamente, de los que no cuentan, de quienes representan la huella de un Dios fuera de campo. Un Dios en falta responde a la invocación del hombre invocando al hombre con el grito de los sin Dios. De ahí que con respecto a Dios en sí mismo siempre permanecemos a la espera. Al menos, mientras siga habiendo mundo. De Dios en sí mismo seguimos sin tener, literalmente, ni idea. Pues Dios no puede valer como Dios donde nos hacemos una idea de Dios. 

Dios en apariencia

octubre 27, 2016 Comentarios desactivados en Dios en apariencia

Dios no es aquel —o aquello— que se muestra como divino. Pues lo que aparece como Dios es, por defecto, un Dios en apariencia. En cualquier caso, un Dios que aparece como tal representa, en cierta medida, a Dios, pero, por eso mismo, no es Dios. Y es que cuanto se muestra bajo un cierto aspecto, se muestra siempre desde un punto de vista, de tal modo que, cuando cambia ese punto de vista, el aspecto pasa a ser otro. Ocurre, ciertamente, con lo que aparece como Dios, pero también con lo que se muestra como bello, justo, bueno… El cuerpo que en un momento dado nos parece bello, deja de parecérnoslo cuando nos acostumbramos a él o lo contemplamos desde una corta distancia. Una decisión justa se muestra como injusta cuando tenemos en cuenta aquellos detalles que consideramos en un principio irrelevantes. Un hombre bueno podemos llegar a verlo como un alma oscura cuando hurgamos lo suficiente. Quien aparece en un momento dado como divino puede, por eso mismo, dejar de aparecer como tal. De ahí que Dios, en verdad, sea aquello que da un paso atrás, por decirlo así, en su mostrarse como Dios. O, por decirlo con otras palabras, Dios sería lo siempre pendiente de cuanto podamos ver como Dios. De Dios siempre tenemos un resto, una huella. Al fin y al cabo, Dios se da como lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios.

1000, es decir, éste es el post número mil

noviembre 2, 2011 § Deja un comentario

Tomando un café en la terraza del WoW no paro de ver muertos. Todos ya están muertos. Da igual que unos vivan más que otros. La diferencia es en verdad ridícula. Aunque unos lleguen a los cien años y otros mueran a la vuelta de la esquina, todos están –estamos– marcados por la muerte. Otra cosa es que vivamos de espaldas a esta verdad. Y quizá no podamos fácilmente vivir de otro modo. Pero lo cierto es que una cosa es vivir como si la muerte no existiera y otra vivir como si solo existiera la muerte. En el primer caso, no hay vida, sino inercia. En el segundo, no hay nada más que vida. Pues solo hay vida en verdad donde la vida se nos da como vida arrancada de la muerte, aunque sea provisoriamente. Es por eso que quien abraza la vida no puede evitar ciertas visiones del asunto. Por ejemplo, que estamos bajo el amparo de un cierto poder o voluntad, aquél que arranca precisamente la vida de la nada. O también, que la vida nos ha sido dada en préstamo, dentro de un plazo y que, tarde o temprano, deberemos dar cuenta de ella… como si solo pudiéramos abrazar la vida donde, en cierto sentido, nos encontramos sub iudice. Contra toda evidencia, la muerte no puede tener la última palabra para quienes viven en verdad la vida. Sea como sea, lo importante aquí es caer en la cuenta de que estas visiones no se añaden como suposiciones a la experiencia misma de la vida, sino que, en cierto modo, van con ella. La visión aquí no es una posible explicación, una hipótesis de trabajo, sino un síntoma. No cabe, pues, vivir si uno no da por bueno –esto es, si no cree– que la vida es una herencia de la muerte, un don, un testamento. La vida como milagro se nos entrega, al fin y al cabo, como una exigencia imposible, ya que en un mundo en donde la muerte es la condición misma de la vida, no hay vida que sea de hecho eterna. Y, sin embargo, debe ser eterna. Acaso toda la carga de profundidad de la fe judía resida en esto: en creer lo que no puede darse y, sin embargo, debe darse como el sello mismo de una existencia que abraza la vida como excepción. Y todo ello sin imágenes de Dios, pues en el momento en que las imágenes del más allá garantizan la esperanza creyente –ese inviable deber ser– deja de haber muerte y, por tanto, vida.

papito

noviembre 1, 2011 § Deja un comentario

Desde que J. Jeremías lo dijera, los teólogos más o menos progresistas no se cansan de repetirlo: que Jesús empleara la expresión abba para dirigirse a Dios, las sílabas que pronuncian los niños cuando comienzan a balbucear el nombre del padre, nos permite al menos entrever el tipo de experiencia de Dios que tuvo Jesús de Nazareth en contraste con la de los judíos de por aquel entonces. Así, el Dios de Jesús sería, frente al inaccesible YWHW, un Dios cercano, familiar, íntimo. Como si la revelación cristiana consistiera principalmente en haber caído en la cuenta de que el Dios de Jesús es el Dios verdadero. Sin embargo, el inconveniente de esta manera de entender la invocación de Dios como abba es que no parece que se ajuste a la verdad histórica, sino a nuestro interés en confirmar retrospectivamente nuestra confortable experiencia de Dios. Abba, ciertamente, era la expresión que balbuceaban los niños para dirigirse al padre. Pero un niño en la Palestina de la época era poco más que un animalito: un niño no contaba para nada, ni siquiera para los asuntos de Dios. En tanto que su humanidad estaba pendiente de confirmación –en tanto que su relación con Dios se le presentaba como algo porvenir–, un niño era un ser deficiente, alguien aún por hacer. Así pues, la invocación de Jesús no podía ser menos que provocativa para la sensibilidad religiosa del momento. Es como si Jesús les dijera a quienes creían estar mas cerca de Dios por cumplir con sus preceptos, que solo como niños, esto es, como incapaces de Dios, podían invocar verdaderamente a Dios. No es casual que en los evangelios Jesús solo se dirija explícitamente a Dios como abba estando de rodillas en Getsemaní, precisamente donde Dios guarda silencio ante la inminencia del final. Toda una declaración de intenciones por parte de Marcos, de hecho, el único evangelista que pone en labios de Jesús la palabra abba. Nada que ver, pues, con ese dios íntimo del que muchos hacen gala sin haberse levantado de la cama y que, en verdad, no sería más que la imagen espectral de un interlocutor afable. Y es que no hay que olvidar que Jesús fue un judío y para un judío la relación de hombre con Dios es la de quien se encuentra sometido a su radical trascendencia y, por tanto, a su bendición, sin duda, pero también a su silencio. La experiencia de Dios de Jesús de Nazareth no fue, pues, esencialmente distinta que la de los profetas de Israel, aquélla según la cual solo el pobre, el que invoca a Dios desde su falta de espíritu, se encuentra en la correcta situación ante Dios. De hecho, Jesús fue un profeta escotológico, alguien que en la línea de Juan el Bautista, anunciaba la inminencia del final de los tiempos, aunque, a diferencia de Juan, ofrecía el perdón de Dios como última oportunidad para las ovejas perdidas de Israel. La novedad de ese Dios no fue, por tanto, la que muchos hoy en día se imaginan, la de una bondad sin juicio, sin autoridad, la bondad del abuelito de Heidi. Al contrario. Para Jesús de Nazareth el perdón, la compasión de Dios va por delante, pero no a la manera de un cheque en blanco, sino a la manera, como decíamos, de una última oportunidad, de modo que los condenados, los que se apartarán para siempre de Dios, serán precisamente aquellos que creyéndose algo más que niños no acepten ese perdón. Jesús de Nazareth creyó que solo el perdón de Dios decidía el sí o el no de nuestra existencia. Sin duda una novedad, pero no tan radical como para que por si sola dé pié a una nueva religión. No es, por tanto, casual que quienes siguen creyendo que la innovación cristiana se decide por entero en la experiencia de Dios como la de ese buen amigo que está en los cielos, crean a su vez que la Cruz no revela nada de Dios, sino solo nuestra resistencia a aceptar, precisamente, al Dios de Jesús. Para esos creyentes, el significado de la Cruz se cargaría por entero en la espalda de los hombres y no en la de Dios. Ahora bien, si la Cruz no representara el sacrificio mismo de Dios, entonces la Encarnación no sería nada más que la enésima versión de el exorcista pero en bueno. Y quizá sea por eso que los que creen que Dios es el abuelito de Heidi estén tan dispuestos a sostener lo que defendían algunos de los antiguos gnósticos, a saber, que Jesús dijo lo que dijo de Dios porque estaba enteramente poseído por Dios. Pero difícilmente Pablo hubiera atribuido al Crucificado el título de Señor, algo que un judío solo podía decir de Dios mismo, si se hubiera tratado solo de un hombre que sufrió la posesión de Dios hasta su muerte en Cruz.

biopic

octubre 28, 2011 § Deja un comentario

¿Quién fue Jesús de Nazareth? Probablemente, un tío que estaba convencido de que el final de los tiempos era inminente y que Dios le había encomendado la misión de ofrecer su perdón a los impíos –los recaudadores de impuestos, los zaqueos, las adúlteras…– como una última oportunidad antes del día del Juicio. Jesús probablemente creyó que era el heraldo de un Dios que, en vez de permanecer atrincherado en su tribunal a la espera de los últimos tiempos, se aproximaba a los hombres ofreciéndoles una inmerecida misericordia. Podríamos decir que la experiencia de Dios que tuvo Jesús fue la de un Dios más maternal que paternal: como si con respecto a Dios, la misericordia siempre fuera por delante. Sin embargo, no habría cristianismo, si solo contáramos con la experiencia de Dios del profeta escatológico que fue Jesús de Nazareth. Con los materiales del Jesús histórico tan solo podríamos rodar la película de un profeta fracasado. O, en el mejor de los casos, del fundador de una relativamente nueva visión de Dios. Ahora bien, si hubo cristianismo es porque, como dijo acertadamente Rudolf Bultmann, el predicador se convirtió en predicado. Y esto solo fue posible porque Jesús, no sólo se encargó de ofrecer ese perdón en nombre de Dios, sino que lo encarnó, como quien dice, sin Dios mediante, esto es, sin el amparo de un Dios que pudiera garantizar el sentido de ese perdón. El perdón del Crucificado no fue, pues, el perdón que Jesús, el profeta, ofrecía en nombre de Dios, sino el perdón que un Crucificado entregó en lugar del de un Dios que, en medio de la tiniebla, dió la callada por respuesta. Como si el desamparo más radical fuera la conditio sine qua non de la revelación de Dios como un Dios crucificado. Y es que solo a través de ese desamparo –solo bajo el silencio mismo de Dios– podemos ver el perdón del Crucificado como el perdón mismo de Dios.

mar adentro

octubre 25, 2011 § Deja un comentario

No hay metáfora inocente. Así, no es lo mismo el mar que el desierto a la hora de intentar dar cuenta del lugar de Dios. No estamos ante diferentes visiones de una misma cosa, sino ante visiones de cosas diferentes. Una visión habla de lo divino, la otra de Dios. Parece ser que hay estudios que están a punto de demostrar que el cerebro del hombre entra fácilmente en sintonía con el mar. Esto explicaría por qué el sonido de las olas nos relaja o la visión de un horizonte lejano nos anticipa la experiencia misma de la libertad. El mar nos haría sentir bien casi por defecto. Como si fuese nuestro hábitat natural; como si viniéramos del mar y en la tierra estuviéramos simplemente fuera de sitio, desencajados, lejos de casa. Uno puede suponer que esto es verdad, pues en el fondo somos una oscilación. Y si el agua cristaliza más bellamente escuchando a Bach que, pongamos por caso, a Iron Maiden, ¿cómo no va a pasarnos esto a nosotros que estamos hechos en gran medida de agua? Si de lo que se trata es de alcanzar una cierta plenitud, entonces es indiscutible –o casi– que uno debe acercarse al mar, de sintonizar con el rumor de las olas, de dejarse invadir por él. Sin embargo, no parece que en verdad Dios se haga presente como aquél que promete la dicha del hombre, aunque sea bajo ciertas condiciones. Un dios de este palo, lo que en bíblico se dice un ídolo, aún nos queda demasiado cerca –aún es algo del mundo– como para que sea en verdad Dios. Podemos decir que el mar es divino, pero no que sea propiamente Dios. A diferencia de lo divino, Dios no se nos muestra como el horizonte de lo humano o como la mejor posibilidad del hombre. Dios siempre se encuentra más allá de cualquier imagen que pretenda garantizar la felicidad del hombre. Y es que un dios que se muestre como la medida del hombre, como su paradigma o ideal, es un dios que se da en relación con el hombre y, por tanto, un dios aún demasiado humano como para que pueda valer como Dios. No es Dios quien se da en relación con el hombre, sino el hombre quien se da en relación con Dios. Ahora bien, un hombre que se da en relación con Dios, solo puede experimentar a Dios como aquél que llama o, mejor dicho, como aquél que llama desde el más allá de lo creado, incluyendo el mundo divino, sobrenatural. La relación con Dios es, pues, una relación con una voz. No es casual que bíblicamente el lugar de la experiencia de Dios sea el desierto, pues solo en medio del desierto puede uno escuchar la voz de Dios. Un desierto es una noche y una noche es un tiempo de desamparo. Nadie puede ver nada en la oscuridad. Durante la noche, no hay quien puede suponer que hay alguien ahí sin que esa suposición tenga que ver solo con él, con su necesidad de que haya alguien ahí. O por decirlo de otro modo, en la noche la nada se revela como la nada misma de Dios. Pero lo cierto es que solo en la noche más cerrada el hombre queda por entero en manos de Dios. Todo es expectación –todo pende de un hilo– cuando acontece el silencio de la noche. Por tanto, quien se encuentra ante Dios, no está frente a ese mar al que uno debe aproximarse y, si cabe, conectarse, si de lo que se trata es de alcanzar la plenitud, aunque sin duda uno vive mejor cerca del mar que en las cuevas del desierto. Quien se encuentra ante Dios –quien es alcanzado por Dios, quien sufre una experiencia de Dios– sabe, aunque sea a trompicones, que debe responder a la voz que clama en el desierto como la voz misma de Dios. Pues en el desierto nadie oye otra voz que la de aquéllos que claman a Dios. Podríamos decir que la voz del desamparado de Dios es la voz que escuchamos en lugar de la de un Dios que prefiere, como quien dice, guardar (el) silencio. Sin embargo, solo porque esa voz ocupa su lugar podemos recibirla como la voz misma de Dios.

(No obstante, uno puede tomarse en serio la imagen del mar como metáfora de Dios siempre que se tenga en cuenta que el mar tanto nos relaja como nos provoca pavor. Sin duda, ante el mar uno se siente bien. Pero también es cierto que el mar –el habitat de Leviatán– puede tragarse a los navegantes. Un mar profundo es, al igual que el desierto, tan bello como terrible… como lo saben, perfectamente, los náufragos. Así, desde esta óptica, mejor dicho desde la verdad de Dios, ¿qué podríamos decir del hombre religioso? Pues que se queda siempre con uno de los dos lados de Dios y, por tanto, con una de sus imágenes, por lo común, la más amable, la más bonita. Al fin y al cabo, no habría mucha diferencia entre el creyente naïve y el cínico, entre quien cree que Dios es como el fantasma de Heidi y aquél que da por sentado que el universo se encuentra, como quien dice, en manos de Satán. Ambos trabajan con los espectros de Dios.)

¿existe Dios?

octubre 20, 2011 § Deja un comentario

¿Existe Dios? ¿Vale con decir el típico para mí sí? Eso que vale para ti, depende de ti y nada que dependa de ti puede ser de Dios. O Dios vale para cualquiera o no puede valer como Dios. Ahora bien, aquello que vale para cualquiera –aquello que posee una validez universal– no pertenece al ámbito de los hechos, es decir, no es nada del mundo, ni siquiera del mundo sobrenatural. Los hechos siempre se nos dan según los moldes de nuestra receptividad y, por tanto, según la medida que impone nuestra circunstancia o punto de vista. Un paisaje, como algo que se encuentra ahí, admite diferentes ópticas o descripciones, ninguna de las cuales es más verdadera que otra, aunque sea cierto que algunas de ellas sean más completas que otras. Pero Dios no se da como un hecho que admite diferentes puntos de vista, ni siquiera en el caso que supongamos que se trata de un ente sobrenatural. Dios no se da según nuestra medida. O lo que viene a ser lo mismo, Dios no se da –no se manifiesta– en modo alguno. ¿Qué decir, por tanto, de Dios? ¿Acaso deberíamos admitir que la palabra “Dios” es un palabra con significado pero sin referente como, por ejemplo, la palabra “unicornio”? De hecho, ambas palabras no funcionan igual. “Unicornio” es una palabra cuyo referente está por ver, pero “Dios” no es algo que aún esté por ver. Dios no puede darse sin dejar de ser Dios. Dios es invisible, no una cosa invisible. En realidad, no hay cosas invisibles, sino cosas que de momento aún no podemos ver, pues una cosa es, por defecto, algo que se hace presente de un modo u otro.

Ahora bien ¿qué significa “Dios”? Un dios es, por definición, esa fuerza, ese ente sobrenatural del cual depende nuestra existencia: un dios ampara o aniquila. Un dios es un poder, un señor de la existencia. Podemos suponer que existe la divinidad, pero, cuanto mayor es el ámbito de lo que podemos llegar a dominar –cuanto mayor es nuestro poder–, menor es el espacio que le queda a la divinidad. De ahí que, tarde o temprano, lleguemos a decir: no son dioses, sino las fuerzas de la naturaleza. Ahora bien, lo que queda de ese dios en nosotros es, en el peor de los casos, la necesidad infantil de seguir suponiendo un dios que funciona a la manera de un ángel de la guarda, y, en el mejor, una sensación de desamparo, de orfandad, pues lo cierto es que, tarde o temprano, vemos que estamos solos en un mundo donde las cosas se nos ofrecen enteramente como simples objetos de dominio. “Dios” sería, pues, el correlato objetivo de ese desamparo, su cifra, su revelación. Así, el vacío que deja la divinidad en su huida del mundo lo ocupa Dios, con mayúsculas, o por decirlo en bíblico, el puro nombre de Dios. Dios, en este sentido, sería lo opuesto a la divinidad, en el mismo sentido en que el vacío se opone a la plenitud de las cosas. Y es por eso mismo que el mundo queda cubierto, marcado por el gran silencio de Dios. Sin embargo, únicamente porque sufrimos la radical trascendencia de Dios –porque sufrimos la noche– la vida se nos da como el Testamento mismo de Dios.

Dios

septiembre 17, 2011 Comentarios desactivados en Dios

Quien se toma en serio a Dios sabe que de Dios no tenemos ni idea. Dios es una incógnita —algo pendiente de resolución— para quien ha visto a Dios. Ahora bien, es muy posible que solo podamos ir más allá de nosotros mismos bajo el peso de este vacío. O mejor dicho: que para quien se encuentra sometido a la infinita distancia de Dios, todo es debido a Dios, esto es, todo se encuentra marcado por esta ausencia. Hasta el punto de que no pueda haber otro Dios que el crucificado. Y, así, no es causal que Juan, en el prólogo a su evangelio, dijera aquello de que ya desde el origen de los tiempos el Crucificado estaba junto a Dios. Como si Dios no pudiera ser —esto es, darse— de otro modo que colgado de una cruz.

ataraxias

agosto 13, 2011 Comentarios desactivados en ataraxias

A mi me parece que la paz interior no nos lleva muy lejos. Me explico mejor. Quien se siente formando parte de un orden más amplio —quien experimenta el sentimiento típico de la reconciliación religiosa con el mundo— no suele padecer el aguijón monoteísta. Es decir: no se siente rehén de nadie. Ya está bien donde está, aunque a menudo pueda sentirse inclinado a la compasión. Todo fluye hacia lo desconocido y el sufrimiento ajeno no es algo que, en último término, le concierna como si le fuera la vida en ello. La divinidad sabrá el porqué de los Gulags. Éste es, pues, el dato. Cualquier intento de decir que, al fin y al cabo, el monoteísmo bíblico es una variante entre otras de la religiosidad universal, debería poder explicar las diferentes actitudes vitales de, pongamos por caso, un Dalai Lama y un Mn Romero. Pues lo cierto es que ya de buen comienzo, la fe de Israel se resiste a hacer del orden cósmico la expresión misma de la divinidad. Así, la Creación no expresa a Dios, sino que propiamente se encuentra sometida a su voluntad. Esto es: el orden que podemos observar no es nada último, sino que, al igual que nuestra existencia, se encuentra pendiente de un hilo. Hay algo irresuelto en el Mundo como para que fácilmente podamos comulgar con él. O lo que viene a ser lo mismo: el cosmos, de por sí, carece de sentido. Quien perdió a sus hijos en alguno de los vuelos de la muerte —aquellos en los que los represaliados por la dictardura argentina eran arrojados vivos al mar—, no puede sentirse en paz ante la apacible inmensidad del océano. De hecho, un judío cuando ve un prado, suele ver una fosa común. Un judío no olvida que sobre el suelo de Treblinka crecieron las amapolas más bellas. Podemos también pensar que estos traumatizados han tenido mala suerte: que su trauma, precisamente, les impide sentirse reconciliados con el mundo, ver las cosas desde el punto de vista del buen dios. Pero podemos también creer que solo ellos dan testimonio de la verdad de Dios, de su extrema transcendencia, de su deber ser. En el primer caso, seremos paganos. En el segundo, monoteístas.

y con todo…

agosto 2, 2011 Comentarios desactivados en y con todo…

Y con todo es cierto que el sentimiento básico de pertenecer a un exceso es un sentimiento más elevado —o, si se prefiere, de miras más amplias— que el de quien sigue centrado en sí mismo, consumiendo su circunstancia. Es el sentimiento de un Merton cuando dice que tarde o temprano deberíamos darnos cuenta de que formamos parte de aguas que nos cubren. O el de Kant cuando confesaba su admiración por la inmensidad del cielo estrellado. O el que embargaba a Heidegger es sus paseos por los caminos de la Selva Negra. O el del monje zen para quien todo no es más que nada. Y también es cierto que quien cultiva este sentimiento acaba siendo de otro modo: difícilmente existirá como una cosa entre otras. Curiosamente, nos distanciamos de este mundo cuando caemos en la cuenta de que aquello que se impone absolutamente —la presencia misma del puro il-y-a— siempre se encuentra más allá de nuestro alcance. Que si estamos aquí es porque el Ser, por decirlo según la jerga filosófica, es continuamente dejado atrás. Como si el hecho mismo de existir remitiera a un déficit congénito, a la conciencia de que no acabamos de ser. Muchos están convencidos de que lo de menos es el nombre que podemos darle a ese exceso. Pero si es verdad esto último —que lo es—, entonces aún no estamos hablando de Dios. Esto es, del Dios en realidad. Y es que cuando un judío, aquél que por su sufrimiento es capaz de Dios, dice que de Dios, en sí mismo, tan solo poseemos el nombre —que Dios, en definitiva, es Dios— está diciendo algo muy simple: que Dios, en cuanto tal, no puede ser el nombre de otra cosa. Que Dios, en definitiva, no coincide con su Creación. Más aún: que solo porque Dios se encuentra más allá de la totalidad —solo porque Dios sigue siendo una incógnita, algo que está aún por (resol)ver— no estamos sometidos a la sobreabundancia de una naturaleza, por sí misma, indiferente. El deber ser de Dios —lo que en bíblico se denomina su voluntad— impide el cierre de la totalidad y, de paso, que el hombre se vea obligado a adorarla. El por-venir de Dios se encuentra, así, más allá de la trascendencia del puro-algo-ahí. Ante el nombre de Dios, la totalidad se revela como no-todo. Al fin y al cabo, las aguas que nos cubren también cubrieron los barracones de Auschwitz.

lux perpetua (2)

agosto 2, 2011 Comentarios desactivados en lux perpetua (2)

Supongamos que es cierto que existe la luz que transfigura la existencia. Que la convierte en una emanación de la bondad. Cuanto menos hay por ahí suficientes hombres y mujeres que dicen haber tenido este tipo de experiencia como para que podamos razonablemente suponerlo. ¿Deberíamos concluir que Dios existe? ¿Que quien sufre la iluminación se encuentra poseído por Dios? De momento, parece ser que las conexiones con esa luz dependen de condiciones que no acabamos de controlar. Pero supongamos también que, con el tiempo, encontramos una vía más accesible. Supongamos que la transfiguración se convirtiera en algo que podemos lograr fácilmente… como cuando uno se opera la nariz o las orejas. ¿Creeríamos que se trata de algo tan extraordinario, tan sobrenatural? ¿Seguiríamos hablando de la divinidad? ¿O bien diríamos algo parecido a lo que decimos hoy en día a propósito de los antiguos endemoniados: no es el demonio, es la epilepsia? Ahora bien, si Dios fuese algo, aunque se tratase de algo tan etéreo como la luz, entonces deberíamos contar con esta posibilidad. De hecho, muchos de los viejos chamanes estaban convencidos de que era posible una acceso técnico a la divinidad: bastaban con unas cuantas dosis. Pero no parece que este sea, cuanto menos, una posibilidad para el Dios bíblico, aquél que nunca se da en el modo del presente. Y es que judíamente un ídolo no deja de ser un dios abordable y un dios abordable difícilmente merece el nombre de Dios.

cuestión de dogma

agosto 1, 2011 Comentarios desactivados en cuestión de dogma

Las actualmente incomprensibles tesis cristológicas de Nicea, las que con el tiempo condujeron a la dogmática trinitaria, obedecían al propósito —a la necesidad, mejor dicho— de exponer, a la vista de los hechos, cuál tenía que ser la relación con Dios de aquél que, como enviado de Dios, murió como un abandonado de Dios. El gran problema era cómo un hombre de Dios —y éste era, sin duda, un dato inicial para los creyentes— podía morir como un maldito. Y el problema no podía ser de otro, teniendo en cuenta que la trascendencia de Dios era lo que, en modo alguno, podía ponerse en cuestión. Sin embargo, probablemente hoy en día, quien quiera participar de esa misma fe, tenga que recorrer a la inversa el mismo camino. Hacerlo en el mismo sentido que durante el siglo IV dC conduce, como es obvio, a la esterilidad creyente. Y es que, a la vista de esos mismos hechos, la cuestión para nosotros no es tanto qué pasa con el enviado de Dios, sino qué le ocurre a Dios mismo en esa Cruz. En verdad, seguimos estando más cerca de Job que de Oriente.

espécula

agosto 1, 2011 Comentarios desactivados en espécula

Los teólogos del siglo IV dC podían decir sin inmutarse cosas tan increíbles como la siguiente: “el Hijo no fue creado, sino engendrado y es de la misma naturaleza del Padre.” O por decirlo en bruto: de tal palo tal astilla. Aquí nosotros podríamos perfectamente preguntarles cómo pueden estar tan seguros de ello. Sin embargo, estas afirmaciones son parecidas a las que hacen los físicos actuales a propósito del bosón de Higgs. Nadie lo ha visto y, sin embargo, teniendo en cuenta ciertas observaciones, tiene que existir con tales o cuales características… Esto es, aunque no lo parezca, la gran mayoría de los enunciados que encontramos en el credo se imponen como conclusiones necesarias de la experiencia de Dios que se nos revela a través del Crucificado. Por ejemplo, si el Hijo hubiera sido creado —es decir, si se encontraba a una cierta distancia de Dios, si Dios mismo de algún modo no estaba por entero en esa Cruz…—, entonces no había propiamente salvación, sino fracaso. La cuestión —la que conduce a la alta especulación teológica— es en qué sentido Dios estaba plenamente implicado en la crucifixión de Jesús de Nazareth. Con todo, el paralelismo con la física no llega hasta el final, pues aquí los hechos de los que partimos ya exigen de entrada la hipótesis. Si no crees, no ves. Pero bien pensado es lo que también nos pasa con esto del amor. Difícilmente podremos verlo, si de algún modo no lo damos por supuesto. Y si nos preguntásemos por su naturaleza, tarde o temprano, llegaremos a delirios semejantes a los de la dogmática con respecto a la relación entre Dios y el Crucificado. Esto en el mejor de los casos, pues lo más probable es que, en el ejercicio de la interrogación, caigamos en la cuenta de que lo que damos por supuesto es, precisamente, aquello que en modo alguno podemos constatar.

saldo

julio 30, 2011 Comentarios desactivados en saldo

Quizá sea relevante preguntarse por el sentimiento básico —la posición fundamental— de la vida creyente. A mi me parece que son principalmente dos. O bien, la de un sentirse acompañado por una presencia intangible. O bien, la de quien experimenta la vida como préstamo. En el primer caso, la vida se da como la posibilidad de la plenitud, la cual pasaría, precisamente, por mantener el contacto con dicha presencia. En el segundo, como plazo. Ahora bien, me atrevería a decir que solo en este segundo caso cabe experimentar al mismo tiempo la bendición y el vértigo de un haber sido arrojados a este mundo, en definitiva, la altura de un Dios aún pendiente.

cómo explicarle la fe a tu hijo (4)

julio 28, 2011 Comentarios desactivados en cómo explicarle la fe a tu hijo (4)

B— papi, ¿Jesús es Dios?

A— así es.

B— ¿decir que Jesús es Dios es como decir que mamá es guapa?

A— algo parecido…

B— pero mamá no siempre está guapa…

A— para mí sí… (aquí ellas aplauden)

B— ¿no sería mejor decir que a veces mamá está guapa?

A— sí, quizá sería mejor decirlo así… pero a ella no creo que le gustase…

B— pero ¿no deberíamos decir igualmente que Jesús a veces era Dios?

A— no. Jesús siempre fue Dios.

B— Jesús ¿siempre estaba divino?

A— sí.

B— entonces ¿Jesús no era nada más que divino?

A— De hecho, los cristianos también decimos que fue un hombre verdadero.

B— pero en ese caso no solo era divino…

A— Jesús fue un hombre que encarnó a la perfección el modo de ser de Dios.

B— ¿era entonces como Dios?

A— sí.

B— pero si era como Dios, no era Dios… Si dices que mamá es como la abuela es porque no es la abuela… (se ve que este niño le quiere levantar la camisa a papá)

A— a ver si lo pillas, hijo: no era como Dios, sino Dios mismo aquí entre nosotros…

B— es que esto me cuesta, papi…

A— a todos nos cuesta la verdad, hijo…

B— pero mira papi lo que pone en la wikipedia: “o “Dios” es únicamente el nombre de unos determinadas características (como, por ejemplo, la omnipotencia o una infinita bondad) o es como el “angel de la guarda” pero más grande y más fuerte. Si lo primero, entonces decir “Dios” sería lo mismo que decir “la divinidad” y si la divinidad está presente en Jesús como la belleza en las mujeres bellas, entonces Jesús no puede coincidir enteramente con las características de la divinidad: tan solo las encarnaría en cierto grado. Es como si fuera Dios, Dios en apariencia, pero no Dios mismo. Y si Jesús coincide con Dios, entonces es Dios mismo paseándose por la tierra. Pero entonces es un hombre en apariencia. Quizá los cristianos quieran decir que Jesús fue el representante de Dios, el que ocupó su lugar de una vez para siempre…”

A— hijo, no debes pasarte tantas horas en el ordenador… Aquí hemos de fiarnos de lo que dice la Iglesia que es una, santa y pecadora…

la mugre no huele a incienso

julio 27, 2011 Comentarios desactivados en la mugre no huele a incienso

Si es cierto que ellos, los crucificados, nos juzgarán, entonces no nos juzgarán los buenos cristianos, esos que suelen ocupar los primeros bancos de las iglesias. Fácilmente creemos que, cristianamente hablando, se trata de llevar una vida espiritual, de estar conectados a la luz que sostiene el universo, de experimentar continuamente la presencia de una divinidad oceánica… Pero cristianamente hablando no hay más presencia de Dios que la de los crucificados de este mundo. Si cristianamente hemos de hacer como Teresa de Calcuta, no es porque su vida fuera una vida elevada, como quien dice, sino porque ella no hizo más que ponerse en manos del pobre para implorar su perdón. El compromiso creyente quizá no responda tanto al sentido de la compasión como a la necesidad de expiación. Mejor dicho: la compasión cristiana va siempre de rodillas. Otra cosa es que no nos creamos esto de estar pendientes de juicio y que demos por sentado que de lo que se trata es de alcanzar una cierta plenitud. En ese caso, ser como Teresa de Calcuta probablemente no sea una buena idea.

cómo explicarle la fe a tu hijo (3)

julio 27, 2011 Comentarios desactivados en cómo explicarle la fe a tu hijo (3)

B— papá ¿en el cole me han dicho que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos?

A— sí, en eso se basa nuestra fe.

B— entonces ¿Jesús fue como un zombie, papá?

A— en realidad, no. No hay que tomarse esto de la resurrección al pie de la letra. Se trata de un modo de decir… como cuando mamá te dice que estás para comerte.

B— ¿cómo lo hemos de entender, pues?

A— en el fondo, quienes anunciaron la resurrección de Jesús querían decirnos a su modo que Jesús seguía vivo en sus corazones…

B— ¿cómo nos pasa con el abuelo, papá?

A— no exactamente…

B— pues yo llevo a mi abuelo en mi corazón y ya no tomo la sopa a sorbos, sino con cuchara como él…

A— es que Jesús además sigue vivo cerca de Dios…

B— ¿el abuelo no?

A— el abuelo tiene que esperar…

B— ¿a qué?

A— a que Dios acabe con este mundo y monte uno nuevo.

B— pero es que yo no quiero que este mundo se acabe. Yo quiero estar con vosotros y mis amigos para siempre.

A— más bien será que no. Tarde o temprano, papá y mamá estaremos muertos. Y tú y tus amigos también. Pero en el nuevo mundo, donde nos espera Jesús, todos los que nos hemos portado bien seremos muy felices. Ya verás.

A— ¿habrán pasteles de chocolate?

B— no, porque en ese mundo solo pueden haber almas…

A— entonces ¿Jesús no es un zombie, sino un fantasma?

B— algo así, pero en bueno…

A— pero en el cole me han dicho también que Jesús resucitó en la carne… (se ve que los catequistas del cole son unos cabroncetes)

A— bueno (rubor)… de hecho, Jesús resucitó en cuerpo y alma… es verdad.

B— ¿Dios también tiene cuerpo?

A— no, Dios no. Dios es inmortal.

B— entonces ¿Jesús se volverá a morir?

A— no, su carne ha sido trasfigurada por Dios en carne inmortal.

B— pero en ese caso ya no es carne, sino otra cosa…

A— hijo mío, lo importante es lo que siente tu corazón…

cómo explicarle la fe a tu hijo (2)

julio 26, 2011 Comentarios desactivados en cómo explicarle la fe a tu hijo (2)

A— DIos es amor.

B— ¿quieres decir, papá, que el amor es Dios?

A— sí. Decir “amor” es lo mismo que decir “Dios”.

B— pero ¿por que decimos “Dios” y no únicamente “amor”?

A— porque con ello queremos dar a entender que el amor es lo más importante en nuestras vidas.

B— por tanto, si Dios es tan solo un modo de cualificar el amor, entonces Dios en realidad no existe, ¡sólo existe el amor…!

A— hay veces que no te entiendo, hijo. Con lo sencillo que es todo esto…

cómo explicarle la fe a tu hijo (1)

julio 26, 2011 Comentarios desactivados en cómo explicarle la fe a tu hijo (1)

A— DIos es amor.

B— ¿quieres decir, papá, que el amor es Dios?

A— no. Quiero decir que Dios nos ama.

B— ¿es, por tanto, como un fantasma bueno?

A— algo así…

B— y ¿cómo nos ama?

A— como los papás, cuidando de nosotros, orientándonos en lo que más nos conviene… aunque a veces no dejamos que lo haga.

B— pero si cuida de nosotros, ¿cómo es que permite que tantos niños mueran de hambre en Somalia?

A— esto ocurre por culpa de algunos hombres: como te decía, a veces no le hacemos mucho caso a Dios.

B— entonces ¿Dios no lo puede todo?

A— sí, pero es que no quiere intervenir. Prefiere que seamos libres.

B— pero tú, papá ¿no harías nada, si vieras que le estoy clavando un tenedor a mi hermana en los ojos?

A— no. Os dejaría a vuestro aire…

B— papá, ¡Dios es la ostia! (Abracitos y fundido en negro.)

probos

julio 22, 2011 Comentarios desactivados en probos

La soteriología cristiana —su sentido de la salvación— se sostiene, como es sabido, sobre el acontecimiento de la resurrección. O como dice Pablo, si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Sin embargo, para ser honestos deberíamos admitir que esto de la resurrección de la carne, tal y como suele entenderse por lo común, no parece ser algo exclusivo del cristianismo. Por ejemplo, ciertas creencias indotibetanas, se refieren a ciertos yoguis que consiguieron transformar su cuerpo en un cuerpo inmortal. Estos yoguis en verdad no mueren, sino que desaparecen en el cielo revestidos de un cuerpo luminoso, el cuerpo astral del primer hombre. Casos como estos se encuentran a puñados, como quien dice, en la gran mayoría de las religiones. Sin ir más lejos, dentro de la tradición hebrea tenemos los ejemplos de Enoc y Elías. Así pues, parece ser que los justos, con independencia del cómo, acceden finalmente al reino eterno de la pura luz. Lo que no es de recibo es decir que esas elevaciones no fueron reales, mientras que la de Jesús de Nazareth sí lo fue. A menos que la resurrección cristiana no trate propiamente de Jesús, sino de Dios mismo.

maranata

julio 17, 2011 Comentarios desactivados en maranata

Supongamos un mundo feliz, una humanidad en la que tan solo cuentan el pan y el circo. Una humanidad, como quien dice, distraída con sus cosas. En esa humanidad, aún quedan unos pocos, pongamos por caso unos miles entre la decena de miles de millones del conjunto, que leen aún a Shakespeare, que se interesan como Sócrates por las grandes palabras o por las contradicciones de los hombres. O por su culpa. Estos pocos no podrían evitar creer que lo que para ellos es irrenunciable está a punto de desaparecer. Mejor dicho: en verdad, no podrían creerlo. Esos hombres y mujeres seguirían convencidos que una humanidad que renuncie a las preguntas que no puede resolver es una humanidad perdida. Poseen la certeza —la llevan tatuada en la piel— que la inquietud por lo que en cierto modo nos supera pertenece al núcleo duro de lo que humanamente somos. Contra toda evidencia, aguardarían a que resurgiera de nuevo el espíritu de la vieja humanidad. Ellos no pueden concebir otra posibilidad.

(Trasládese esto al caso de esos esclavos que creyeron que tenían a Dios de su parte y quizá comprendamos mejor de qué va esto de la fe judía. Y es que la fe no es un posibilidad entre otras disponibles, sino un síntoma de quienes somos o seguimos siendo en un mundo hostil.)

cabalgata

julio 12, 2011 Comentarios desactivados en cabalgata

Es muy dificil seguir creyendo en los reyes magos una vez supiste que eran los padres. Y probablemente sea ésta la situación de quienes, tras Copérnico y compañía, ya no podemos creer como antiguamente en la posibilidad de un cielo y una tierra. Ahora bien, lo cierto es que lo reyes son los padres. O mejor dicho: lo que revela la desmitificación es que los padres son en realidad los reyes. Son a tus padres —esos a quienes has visto dormir con la boca abierta— a quienes debes en verdad los dones que recibiste el día de reyes. No otra cosa parece decir el cristianismo. Los padres, así, ocupan el lugar de unos reyes que no pudieron estar presentes. Ellos deben seguir en su más allá para que podamos darnos cuenta de que todo lo de Dios siempre tiene lugar entre hombres.

quizá con pocas palabras…

junio 28, 2011 Comentarios desactivados en quizá con pocas palabras…

Al fin y al cabo, esto del cristianismo no dice mucho más que lo siguiente: que la vida última es aquella que entrega un Crucificado a quienes le dieron (la) muerte. O lo que viene a ser lo mismo: que no hay otra vida que la vida que se da a cambio de la muerte. Y todo esto bajo el peso de un Dios del cual, en sí mismo, solo poseemos el nombre. Así, quienes esperaban a pie de Cruz la intervención de Dios a la manera del deus ex machina de las tragedias de Eurípides, en su lugar encontraron el imposible perdón de un Crucificado, e imposible no porque de hecho no fuera posible, pues de hecho tuvo lugar, sino porque, en tanto que indigerible, nos obliga una y otra vez a preguntarnos qué significa —qué representa— ese perdón. Lo que no podía humanamente ocurrir, ocurrió: éste es el milagro. Como si lo único que quedara del hombre cuando ya no queda nada del hombre solo pudiera ser reconocido como el espíritu —la huella, el vaho— de un Dios que, por eso mismo, se identifica con la intratable misericordia de un Crucificado. Cualquier otra visión de la divinidad es, sencillamente, falsa o, si se prefiere, un entretenimiento para almas bellas. Por otra parte, es obvio que todo esto no va con quienes nos encontramos confortablemente escribiendo sobre este asunto tomándonos un café en el WoW.

no es país para ciegos

junio 19, 2011 Comentarios desactivados en no es país para ciegos

A diferencia del resto de las creencias, es posible que el cristianismo no diga otra cosa que la siguiente: que no hay relación directa del hombre con Dios. Que un Dios que se identifica con los crucificados es un Dios con el que el hombre no puede vincularse rectamente, si no es a través, precisamente, de los crucificados. Mientras Dios siga siendo algo pendiente en la existencia del hombre, no hay otra (re)ligación con Dios que la que pueda haber con el que pende de una cruz. El hecho de que sigamos empeñados en creer lo contrario —el hecho de que actualmente seamos tan proclives al cosquilleo  de una mística de los ojos cerrados— es un síntoma de que probablemente no hayamos entendido nada. Por no hablar del tomar el nombre de Dios en vano.

lingua franca

junio 15, 2011 Comentarios desactivados en lingua franca

Las afirmaciones bíblicas acerca de Dios, a pesar de las apariencias, no dicen nada acerca de Dios, sino acerca de la incomprensible relación de Dios con el hombre. No son descriptivas, sino problemáticas. El significado de los enunciados acerca del Dios bíblico no pueden comprenderse, pues, del mismo modo en que, por ejemplo, comprendemos el enunciado “hay un tanque en el jardín”. Si entendemos un enunciado descriptivo es porque nos hacemos una idea de cómo serían los hechos en el que caso de que el enunciado fuera verdadero. Pero no podemos hacernos una idea de cómo sería Dios en el caso de que los enunciados sobre Dios fueran verdaderos. ¿Qué idea podríamos hacernos de un Dios que se autorrevela precisamente ante Moisés diciendo aquello de yo soy el que soy —o en traducción más afinada: yo soy el que seré? De Dios en verdad no tenemos ni idea. O por decirlo en abstracto, porque Dios se encuentra más allá de los diferentes modo de ser, Dios no es en modo alguno. Y, con todo, para el creyente bíblico es innegable que debe haber Dios. Quien encuentra a Dios en falta —en el doble sentido de la expresión— permanece a la espera de Dios. Por tanto, un creyente no es aquel que dice que Dios existe a la manera de un poder sobrenatural, sino quien se encuentra sometido al por-venir de Dios en nombre de un Dios que decidió negarse a sí mismo, como quien dice, para que el hombre pudiera abrazar la vida como el sagrado don de Dios. Dios —su palabra, su veredicto— se da como aquello pendiente de una existencia que, a pesar de haber sido arrojada en brazos del Mal —o quizá precisamente por ello—, preserva el carácter sacro de la vida más desnuda. Quien se encuentra ante YWHW no se encuentra, así, ante algo determinado, aunque sea de naturaleza sobrenatural o, como suele también decirse, ante una fuerza divina, sino ante un don nadie. En este sentido, no debería extrañarnos que el judío defienda con tenacidad bíblica que sólo el desválido —aquel que se pregunta una y otra vez por dónde para Dios— pueda hablar legítimamente de Dios. Dios no se muestra, pues, como el agente de aquellos poderes que el hombre debe ritualmente controlar. La profesión de fe monoteísta que encontramos en Is 45, 5 —yo soy el Señor, no hay otro; fuera de mí no hay Dios—, no dice simplemente uno, donde otros dicen muchos. Donde Dios se muestra como el que deja (de) ser, el significado de la palabra “Dios” no puede entenderse del mismo modo que en la religión. Es como si los viejos creyentes se hubieran dado cuenta que el hombre sólo es ante Dios donde Dios no se revela como aquél que está ahí, frente al hombre, sino como aquél que fue dejado atrás para que los noblesaquellos que viven elevadamente, por encima del restopudieran reconocer en el leproso a un igual.

 

 

tatoo (2)

junio 11, 2011 Comentarios desactivados en tatoo (2)

Nuestro dirigirnos a Dios puede ser, ciertamente, discutido —y de hecho lo es—, pues en el fondo no estamos sometidos a ningún Dios, aun cuando nos llenemos la boca de plegarias. Si nuestro hablar acerca de Dios es discutible es porque hablamos de Él como quien habla de la existencia del Yeti o de un etéreo prozac. Sin embargo, no parece que podamos impugnar con la misma facilidad la invocación de quien sufre de mal de altura, el peso de la falta de Dios. Su clamor —hasta cuando durará esto, Señorse impone como el único modo legítimo de dirigirse a Dios. Más aún: su súplica se revela, para quien sabe verlo, como una pro-vocación de Dios. Será cierto que solo los pobres están autorizados a hablar de Dios, pues solo ellos se dirigen en verdad a Dios. O por decirlo de otro modo: tan solo ellos saben algo de Él, pues solo ellos le han experimentado como el Altísimo. El resto, siempre hablamos de oídas. Incluso cuando creemos que estamos por encima de esta superstición.

 

Job

 

 

cajón de sastre

junio 7, 2011 Comentarios desactivados en cajón de sastre

Acaso como siempre, hoy en día, coexisten en el cristianismo dos tipos de fe: la de aquellos que creen que entre Dios y el hombre no hay discontinuidad; y aquellos —los menos— que sufren la discontinuidad de Dios. Los primeros se creen capaces de Dios. Los segundos, obviamente, no. Los labios de los primeros invocan a Dios, pero confian en mayor medida en sus posibilidades de ascenso. Los segundos ya no pueden hacer otra cosa que invocar a un Dios que, para más inri, decidió morir en una Cruz. Los primeros suelen estar en las primeros bancos de su iglesia, por lo común, auténtica. Los segundos, quizá hayan dejado de ir a esa Iglesia. Los primeros suelen hacer buenas migas con el resto de las religiones, pues su convicción es, en el fondo, pagana. A los segundos les cuesta admitir una divinidad que promete la felicidad a quien hace lo debido. Los primeros son los descendientes de esa raza de víboras a la que se refirió Jesús. Los segundos probablemente sean aquellos que compartirán silenciosamente su destino.

analogías

junio 3, 2011 Comentarios desactivados en analogías

El hombre moderno es aquel que ya sabe que la tierra da vueltas alrededor del sol… a pesar de que, inevitablemente, sigue viendo un sol que se levanta y se acuesta. Su situación es, por tanto, la de quien sigue espontáneamente ligado a una visión que no es cierta. En el fondo, estamos ante una nueva versión de la cuestión platónica acerca de si es posible que la visión de largo alcance llegue a transformar una sensibilidad que, por defecto, no suele ver más allá de un palmo de sus narices. O por decirlo con otras palabras: se trata de la cuestión de si es posible alcanzar una integridad en la verdad. En cualquier caso, sustituyamos la visión copernicana por la sospecha nietzscheana sobre Dios y tendremos la situación propia del creyente actual: un hombre que sigue invocando a un Dios que tan solo puede suponer.

brocha gorda

junio 2, 2011 Comentarios desactivados en brocha gorda

Es posible que el cristianismo no diga otra cosa que ésta: si es cierto que estamos obligados a atender la demanda de Dios y si Dios se identifica con quienes sufren la desgracia, entonces no debemos hacer otra cosa que atender la demanda de quienes sufren la desgracia. En definitiva, el mensaje es muy simple. Lo difícil es admitir que un Dios pueda abdicar de su divinidad para hacerse uno con el dejado de la mano de Dios. No debería sorprendernos, pues, que muchos aún prefieran buscarle en la calma de las cimas.

power balance

junio 2, 2011 Comentarios desactivados en power balance

Con el propósito de salvar los muebles ante la crucifixión del enviado, algunos teólogos suelen hablar de un Dios débil —de un Dios que renuncia a su omnipotencia—… sin darse cuenta de que un Dios que se desprende de su divinidad no puede seguir siendo un Dios en el sentido habitual del término. Decir que Dios se revela como un Dios débil —como un Dios que se pone en manos del hombre— no es como decir: “ahora nos hemos dado cuenta de que esa chica no era tan simpática como parecía”. Como si, con anterioridad a la Cruz, no hubiéramos caído en cómo era Dios. Decir que Dios se revela en la Cruz como aquél que se identifica con el Crucificado —y, por tanto, como un Dios crucificado— implica reconocer que la revelación no afecta al modo de ser de Dios, sino a la realidad misma de Dios. La humillación de Dios —una de las tesis innegociables del cristianismo— nos obliga, pues, a caer en la cuenta de que la relación del hombre con Dios no es la relación del hombre con un hecho —o un ente— divino, sino con la historia misma de Dios. Mejor dicho: que la relación del hombre con Dios es, en verdad, la relación de Dios con el hombre. Lo que ninguna religión puede admitir es que Dios renuncie a su divinidad para que el hombre pueda vivir, más allá de la muerte, con el espíritu de Dios. Es por eso que cristianamente se dice aquello de que Dios es amor (1Jn 4, 8), pues no hay amor que no implique el sacrificio, la inmolación del amante. Nada que ver, por tanto, con el cosquilleo con el que algunos identifican el amor de Dios.

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