teología y piedad religiosa

marzo 23, 2020 § Deja un comentario

La cuestión cristológica fundamental es qué supone con respecto a Dios confesar que Jesús es Dios. Pues la Encarnación produce una mutación de lo que habitualmente se entiende por Dios. Donde partamos de nuestra idea religiosa de Dios —aquella que da por descontado que la naturaleza de Dios está determinada al margen del hombre—, Jesús no es más que un avatar de Dios. Y no es esto lo que dice el cristianismo. De ahí que el único modo de entender la dogmática cristológica —la identificación entre el Padre y el Hijo— pase por admitir que el Padre no es aún nadie sin la adhesión del Hijo. Sencillamente, Dios tiene lugar en el centro de la historia donde el Padre llega a reconocerse de nuevo en el Hijo (y a través de la entrega incondicional del Hijo). Antes de su encuentro, tanto el Padre como el Hijo no terminan de ser lo que fueron in illo tempore. Dios es en la relación entre Dios y el hombre, por decirlo con el rotulador grueso. De hecho, la merma de Dios —su debilidad o impotencia— fue el resultado de la caída. Pues esta no afectó solo al hombre, sino también a Dios. En este sentido, la historia es la historia de Dios. El Dios cristiano es un Dios in fieri… en tanto que Dios que no quiere ser sin el hombre (y esto último no se entiende si nos mantenemos bajo los presupuestos de la religión). Esto es lo que significa que Dios es amor: no que el amor sea divino, sino que Dios es su voluntad de ser en el hombre —de reconocerse en él. Nadie puede ver a Dios. Y no porque se trate de una cosa inaccesible, sino porque Dios no tiene otro que el de aquel hombre que murió como un apestado de Dios. 

Otro asunto —y no secundario— es qué piedad se deduce de cuanto acabamos de decir. Al menos, porque la piedad suele dirigirse a un Dios que es Dios con independencia de la respuesta del hombre a su clamor. No es casual que la piedad común termine derivando hacia una especie de docetismo implícito. Pues donde Dios sigue siendo un Dios sin cuerpo —algo así como un espectro bonachón—, entonces Jesús fue un dios paseándose por la tierra con la máscara del hombre. Con todo, es cierto que el cristianismo solo pudo sobrevivir fomentado una piedad pagana o, si se prefiere, a la griega. Como si la Encarnación hubiera sido una anécdota. Por eso, quizá la única piedad que un cristiano pueda interiorizar sea la de los primeros cristianos, los cuales se dirigían a Dios como quien espera el regreso del que se fue. Maran-atha: el Señor viene.

Ahora bien, esto implica pasar de una espiritualidad espacial, como quien dice, una espiritualidad en la que Dios se ubica en otra dimensión, a una espiritualidad en clave temporal, en la que Dios está por venir —o desde la óptica cristiana, por regresar. Y esto cuesta de tragar hoy en día. Sobre todo, porque no podemos evitar entender la división cualitativa de los tiempos como superstición. Esto es, hoy cuesta admitir un final de los tiempos que dé paso a una nueva creación. Sin embargo, la cosa cambia, si el punto de partida no es nuestra necesidad de un amigo invisible, sino la fe de quienes no podían ni siquiera concebir a un Dios de su parte. Si la piedad tiene que ver con qué tenemos presente en el momento de estar ante Dios, un cristiano no puede tener presente directamente a Dios, sino solo a través de aquellos hombres y mujeres que, estando bajo un cielo de plomo, dotan de significado a las palabras de la fe. Pues que yo diga que al final triunfará la bondad carece de relevancia. En cambio, que lo diga quien no puede sensatamente decirlo —el superviviente de Auschwitz, las víctimas de la historia—no es insustancial. De entrada, nos quedamos sin palabras. No hay otra verdad que la del cuerpo.

Acaso el cristianismo hoy en día debería recuperar aquello tan de Pablo: que no creemos por nuestra cuenta y riesgo —eso en cualquier caso, tiene que ver con lo que necesitamos suponer—, sino únicamente por medio de la fe de quienes humanamente no podían sensatamente creer en nada más que en la victoria de Ha-Satan. Nos salva la fe. Cierto. Pero no la que podamos tener espontáneamente —aquí pecaríamos de ingenuidad, por no decir de narcisismo—, sino la que tuvo un crucificado en nombre de Dios. La fe del cristiano de a pie es la fe del Hijo. Porque el creyó antes, podemos creer. Y esto significa que no podríamos creer si él no hubiera creído por nosotros. Pues la fe encuentra su medida en donde ya no es posible esperar nada —o a nadie. Evidentemente, esta piedad difícilmente puede llegar a ser parroquial, salvo que la parroquia esté formada por desgraciados. Donde no fuera el caso, el párroco que quiera conservar su parroquia tendrá que ofrecer peixet. Puro marketing. O si se prefiere, pura política. En realidaad, el cristianismo, como antes sugeríamos, sobrevivió tolerando en su seno las herejías que formalmente condena. Y es que, como decía Eliot, el hombre no puede soportar durante demasiado tiempo la verdad.

el sinsentido del sentido

octubre 29, 2016 Comentarios desactivados en el sinsentido del sentido

Mientras sigamos siendo un yo, seguiremos preguntándonos con respecto a cualquier meta que hayamos alcanzado  ¿y eso es todo?  Incluso aun cuando haya un Dios que finalmente ponga las cosas en su sitio. Incluso si es cierto que estamos aquí para purgar nuestra alma, a la espera de un ascenso. Pues para un yo un final nunca es un final. De ahí que la pregunta por el sentido no pueda resolverse satisfactoriamente en ningún caso. Ahora bien, quizá sea porque la vida no tiene sentido que la vida esté cargada de valor

existens

octubre 28, 2016 Comentarios desactivados en existens

Dios no existe porque Dios siempre se encuentra más allá de Dios. Dios es lo eternamente pendiente de Dios. O, por decirlo con otras palabras, Dios en su hacerse presente como divinidad deja de ser Dios. Dios da un paso atrás cuando se pone de manifiesto como Dios. No puede ser de otro modo, habiendo Dios. De ahí que solo los sin Dios sepan de Dios en verdad.

nihil obstat

octubre 28, 2016 Comentarios desactivados en nihil obstat

Fácilmente decimos hoy en día que no hay Dios—que nada hay por debajo de la palabra “Dios”. Y si no hay Dios, estamos solos en medio de un cosmos inerte. Sin embargo, ¿cómo podemos decirlo y que no nos tiemblen las piernas? Ciertamente, una cosa es dar en el clavo y otra ser capaces de tragarlo. Con lo cual la mayor parte de las veces no sabemos de lo que estamos hablando, aun cuando estemos en lo cierto. 

a propósito de Wally

octubre 27, 2016 Comentarios desactivados en a propósito de Wally

¿Por qué Dios en vez de nada? Quizá porque, en el fondo —o mejor dicho, desde el fondo de la existencia, desde las profundidades abisales del mal— no somos mucho más que una invocación de Dios en medio de la nada. Dios sería aquel al que se dirige la invocación del hombre, mejor dicho al que se dirige absurdamente, al menos en tanto que Dios desaparece en la oscuridad. Ciertamente, podemos darle la espalda a esta invocación, creer que se trata, al fin y al cabo, de una reacción. Pero la reacción es lo propio de quien da por sentado que no hay nada enteramente otro —que no hay alteridad, sino en cualquier caso representaciones mentales de la alteridad. Ahora bien, hay alteridad, aunque se trate de lo siempre pendiente del mundo. Sin embargo, por eso mismo, aquel enteramente otro no va a respondernos en directo. En su lugar, tendremos otro clamor: el de las víctimas que se encuentran a nuestro lado —el clamor del prójimo. Un Dios en falta —un Dios que no aparece como Dios— siempre responde llamando al hombre con la voz, precisamente, de los que no cuentan, de quienes representan la huella de un Dios fuera de campo. Un Dios en falta responde a la invocación del hombre invocando al hombre con el grito de los sin Dios. De ahí que con respecto a Dios en sí mismo siempre permanecemos a la espera. Al menos, mientras siga habiendo mundo. De Dios en sí mismo seguimos sin tener, literalmente, ni idea. Pues Dios no puede valer como Dios donde nos hacemos una idea de Dios. 

Dios en apariencia

octubre 27, 2016 Comentarios desactivados en Dios en apariencia

Dios no es aquel —o aquello— que se muestra como divino. Pues lo que aparece como Dios es, por defecto, un Dios en apariencia. En cualquier caso, un Dios que aparece como tal representa, en cierta medida, a Dios, pero, por eso mismo, no es Dios. Y es que cuanto se muestra bajo un cierto aspecto, se muestra siempre desde un punto de vista, de tal modo que, cuando cambia ese punto de vista, el aspecto pasa a ser otro. Ocurre, ciertamente, con lo que aparece como Dios, pero también con lo que se muestra como bello, justo, bueno… El cuerpo que en un momento dado nos parece bello, deja de parecérnoslo cuando nos acostumbramos a él o lo contemplamos desde una corta distancia. Una decisión justa se muestra como injusta cuando tenemos en cuenta aquellos detalles que consideramos en un principio irrelevantes. Un hombre bueno podemos llegar a verlo como un alma oscura cuando hurgamos lo suficiente. Quien aparece en un momento dado como divino puede, por eso mismo, dejar de aparecer como tal. De ahí que Dios, en verdad, sea aquello que da un paso atrás, por decirlo así, en su mostrarse como Dios. O, por decirlo con otras palabras, Dios sería lo siempre pendiente de cuanto podamos ver como Dios. De Dios siempre tenemos un resto, una huella. Al fin y al cabo, Dios se da como lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios.

1000, es decir, éste es el post número mil

noviembre 2, 2011 § Deja un comentario

Tomando un café en la terraza del WoW no paro de ver muertos. Todos ya están muertos. Da igual que unos vivan más que otros. La diferencia es en verdad ridícula. Aunque unos lleguen a los cien años y otros mueran a la vuelta de la esquina, todos están –estamos– marcados por la muerte. Otra cosa es que vivamos de espaldas a esta verdad. Y quizá no podamos fácilmente vivir de otro modo. Pero lo cierto es que una cosa es vivir como si la muerte no existiera y otra vivir como si solo existiera la muerte. En el primer caso, no hay vida, sino inercia. En el segundo, no hay nada más que vida. Pues solo hay vida en verdad donde la vida se nos da como vida arrancada de la muerte, aunque sea provisoriamente. Es por eso que quien abraza la vida no puede evitar ciertas visiones del asunto. Por ejemplo, que estamos bajo el amparo de un cierto poder o voluntad, aquél que arranca precisamente la vida de la nada. O también, que la vida nos ha sido dada en préstamo, dentro de un plazo y que, tarde o temprano, deberemos dar cuenta de ella… como si solo pudiéramos abrazar la vida donde, en cierto sentido, nos encontramos sub iudice. Contra toda evidencia, la muerte no puede tener la última palabra para quienes viven en verdad la vida. Sea como sea, lo importante aquí es caer en la cuenta de que estas visiones no se añaden como suposiciones a la experiencia misma de la vida, sino que, en cierto modo, van con ella. La visión aquí no es una posible explicación, una hipótesis de trabajo, sino un síntoma. No cabe, pues, vivir si uno no da por bueno –esto es, si no cree– que la vida es una herencia de la muerte, un don, un testamento. La vida como milagro se nos entrega, al fin y al cabo, como una exigencia imposible, ya que en un mundo en donde la muerte es la condición misma de la vida, no hay vida que sea de hecho eterna. Y, sin embargo, debe ser eterna. Acaso toda la carga de profundidad de la fe judía resida en esto: en creer lo que no puede darse y, sin embargo, debe darse como el sello mismo de una existencia que abraza la vida como excepción. Y todo ello sin imágenes de Dios, pues en el momento en que las imágenes del más allá garantizan la esperanza creyente –ese inviable deber ser– deja de haber muerte y, por tanto, vida.

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