dos modos de pronunciar sí

abril 14, 2020 § Deja un comentario

Podemos decir, como si hubiéramos puesto los dedos en un enchufe, que la bondad lo es todo. Pero también podemos decirlo habiendo vuelto de Auschwitz. No es lo mismo —no decimos lo mismo. En el primer caso, lo dicho tiene que ver solo con lo que nos parece que es, aun cuando este parecer esté cargado de sentimientos. Como si el sentimiento fuera la medida de la experiencia. En el segundo, propiamente no hablamos de lo que es, sino de lo que será. Pues resulta evidente que lo evidente es lo contrario. En el mundo, prevalece el No. Aquí la esperanza arraiga en la visión de lo imposible —de lo que, no pudiéndose darse, se dio. Y no porque el que cargó sobre sus espaldas el peso de la bondad donde no podía haber bondad fuera alguien que no se diese cuenta de dónde se encontraba. Sus verdugos le hicieron ver cómo sus hijos morían ahorcados. De hecho, ya se nos informó sobre este asunto: el resucitado conserva en su cuerpo las marcas de la cruz. La fe nunca fue naïve.

tener presente al resucitado

abril 12, 2020 § Deja un comentario

Puede que la única pregunta que uno deba hacerse —hay, sin embargo, muchas variantes— es qué tiene presente en el presente. O también, qué ve en lo que ve. Frente a los cuerpos, ¿material comestible? ¿El zulo de un alma desencajada? No es exactamente lo mismo. Hoy, en el mundo cristiano, se celebra la resurrección. Y muchos en las misas virtuales de ahora —¿hay alguna que, actualmente, no lo sea?— serán exhortados a alegrarse: ¡Jesús ha resucitado! Como si la alegría fuera un deber (y un deber encuentra su sentido, precisamente, en su incumplimiento). ¿De verdad? Una vez más, la mala conciencia, el escrúpulo que se desprende del púlpito —o de la cátedra—: es que, de hecho, no termino de alegrarme (nos decimos con la boca pequeña). Y sobre el secreto, todos a agitar las velas con entusiasmo. ¿Podemos tener presente al resucitado como quien no puede evitar el alborozo por la lluvia tras la sequía? Quizá aquí el cristiano haría bien en tener en cuenta que no hay acceso directo al resucitado —como tampoco lo hay al que anduvo por Galilea haciendo milagros y anunciando la proximidad, tan ansiada por unos como temida por otros, del Reino de Dios. Y donde no cabe un acceso directo se necesita una mediación —un resucitado más tangible o, por decirlo a la clásica, un santo. ¿Quieres tener presente a quien volvió con vida del Sheol? Recuerda a Caddy —a Grégoire. Tarde o temprano, un cristiano debería poder decir, he visto la bondad entre los muertos. Si no, ¿qué salvación para los satisfechos?

2001

abril 12, 2020 § Deja un comentario

El mundo —lo habitual— se nos revelaría como extraño, por no decir ficticio, donde cruzáramos el umbral que nos separa de una dimensión desconocida y superior (pues, de no serlo, lo que nos parecería ilusorio sería, precisamente, el mundo inferior). Como le ocurriría a la hormiga si, de repente, adquiriese la conciencia de que forma parte de nuestro mundo. Sin embargo, es posible que con ello la hormiga tan solo hubiera conseguido sustituir una apariencia por otra. El efecto de que se le había revelado lo real sería transitorio. Al fin y al cabo, no salimos de lo que nos parece que es. Lo real —la radical alteridad del en sí— es, por eso mismo, el eterno porvenir del mundo. Es posible que la vida del espíritu —la profundidad que nos aleja de los chimpancés— comience con un desplazamiento del mundo. A partir de ahí, de lo que se trata es de regresar. Aun cuando no podamos hacerlo como si nada hubiéramos visto. De hecho, solo es posible como quien ha visto la nada. Es lo que tienen en común Sócrates y el profeta. Sin embargo, la diferencia entre ambos pasa, cuando menos, porque el segundo no puede obviar, en su estar de vuelta, el sufrimiento de tantos. Como si la redención, más que una posibilidad, fuese una Ley.

contemplar y adorar

abril 11, 2020 § 2 comentarios

La contemplación es a la filosofía lo que la adoración, a la religión. Aquí no hay tanto dos psicologías enfrentadas como dos modos, y me atrevería a decir que inconmensurables, de estar ante lo que nos supera. En filósofo no se siente inclinado. Más bien, permanece en pie —o si se prefiere en la posición del loto. El misterio —lo que provoca su asombro— es que el mundo sea; el que haya algo en vez de nada. En cambio para quien posee una sensibilidad religiosa, mejor dicho, bíblica, el misterio apunta a una ausencia fundamental. El todo es el no-todo. El mundo pende de una alteridad que, como tal, en modo alguno puede ofrecerse, salvo como una alteridad en falta. Por eso mismo, aquí no deberíamos hablar propiamente de lo sagrado, de la aparición monstruosa que provoca al mismo tiempo nuestra fascinación y temblor de piernas. Sencillamente, no hay aparición. De hecho, lo que pone de rodillas al creyente no es el misterio de Dios, sino lo que ocupa su lugar: la madre que lleva a su hijo en brazos, tras morir de hambre, al fin y al cabo, un sufrimiento que no admite una explicación. Así, lo que para el filósofo es vacío, para el creyente es un mañana que ni siquiera logra concebir. Según el primero, nunca tuvimos padre. En cambio, desde la posición del segundo, nacimos como abandonados en un portal. El creyente permanece a la espera de un Dios que —y esta es su convicción más íntima— solo podrá revelarse como hombre que permanece fiel a la voz de un padre que no es nadie sin la respuesta del hijo. Incluso en los cielos, Dios seguiría, en sí mismo, estando por ver. Entre el filósofo y el creyente anda nuestra existencia. En cualquier caso, lo que no es de recibo, aunque habitual, es la idiotez. Pues para el idiota, en el sentido etimológico de la palabra, nada hay que esté por encima o más allá de su particular interés. Y no porque en realidad haya algo másque no lo hay—, sino porque, de haberlo, estaría de más.

judaísmo y misticismo

abril 10, 2020 § Deja un comentario

El judaísmo hizo de la nada un Dios. Este fue su hallazgo —su aportación a la historia de las religiones. Y aquí, a pesar del aire de familia, estamos lejos del misticismo. Pues nada significa que no hay Dios que nos saque las castañas del fuego (y cuando las castañas son los macabeos, la afirmación deja de ser una ocurrencia). Sin embargo, antes de disolver a Dios, el judaísmo tuvo que transformarlo en promesa de Dios. Antes que nada, Dios fue un Dios por ver. El cristianismo, como judaísmo radical, acabó dando la puntilla. ¿La promesa de Dios? Ahí la tienes: colgando de una cruz. El ateísmo contemporáneo —nuestro espontáneo pasar de Dios— es un hijo bastardo de la cruz. Sin embargo, para fructificar, el cristianismo antes tuvo que convencerse de su verdad, de lo que estaba diciendo al proclamar que no hay otro Dios que el crucificado (y en este punto, Nietzsche, al anunciar la muerte de Dios, demuestra ser mejor teólogo que muchos de los profesionales de Dios). Pues el cristianismo comienza dando marcha atrás, al hacer de la cruz una paradoja: el poder de Dios reside en su impotencia; Dios vence a la muerte, muriendo por nosotros, etc. De ahí que la paradoja cristiana pueda entenderse como una solución ad hoc de la disonancia cognitiva a la que se enfrentaron los discípulos. Como cuando intentamos convencernos de que la imitación que nos han colado en vez del diamante es, en realidad, la verdadera joya.

Ahora bien, esto sería tal y como lo decimos, si no fuera cierto que nacemos como huérfanos de Dios. La falta no es una proyección. En cualquier caso, cuanto ocupa su lugar en el presente. Es de idiotas, literalmente, suponer que lo real es lo que se ajusta a los moldes de la representación. Y es que nada es más real que lo esencialmente insólito o extraño, lo que en modo alguno es, o también, lo que es en su retroceso (y por eso mismo se resiste a la manipulación). Y quien dice insólito, dice imposible o inconcebible. Hay Dios. Pero no para nosotros. Para nosotros un crucificado en nombre de Dios. Sin embargo, la osadía cristiana consiste en declarar que esto no solo tiene que ver con nosotros, sino también con Dios. Sobre todo, con Dios.

stricto sensu

abril 7, 2020 § Deja un comentario

Un creyente se encuentra, cuando menos, en el sentimiento de una presencia —bajo el halo de un misterio hospitalario. De acuerdo. Sin embargo, qué diferencia su sentimiento de aquel que experimentó el viejo homo religiosus, el cual vivía a flor de piel la presencia de espíritus palpables. ¿Quizá el hecho de que, en este último caso, dicha presencia inspiraba, antes que nada, su temor? Sin duda, el cristianismo produjo una modificación de la sensibilidad religiosa más espontánea. Pero la produjo alterando, y ya durante los comienzos, su mensaje original. Como suele decirse, la fe cristiana se transformó en una religión de la interioridad, una vez el fin de los tiempos dejó de parecer inminente. Y no es exactamente lo mismo estar convencido de que el día del Juicio está al caer —que a la historia ya no le queda mucho tiempo por delante— que suponer que no hay muerte —que el alma sobrevive al colapso de la materia.

En cualquier caso, al creyente siempre le quedó el recurso de seguir como si el fin del mundo fuera cuestión de días —o por decirlo a la manera de Pablo, como si no fueran con él, las alegrías y las penas cotidianas (pues nada importa de lo que habitualmente nos importa, donde el tiempo se acaba). Ahora bien, un como si no es un como. Hacen falta unas buenas dosis de autosugestión para transfigurar lo primero en lo segundo, aunque no sin enajenarse del sentido común. El cristiano, tras haberse desprendido, como si fuera un lastre, de la dimensión escatológica del kerigma original, pasa a creer por su cuenta y riesgo, a pesar de que su fe repose en el ejemplo de sus padres, de aquellos que la encarnaron antes que él. Y de ahí a que la fe pueda entenderse como un mero asunto psicológico media un paso. Aun cuando, esto último solo pueda defenderse desde la posición del espectador, no desde la de quien ha de tomar una postura ante la existencia (y aquí un padre es fundamental).

No es anecdótico que, actualmente, el sentimiento de un hallarse en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la Merton, haya sustituido al sentirse en manos de el Señor. Es, sin duda, lo más razonable. Pero quizá nos equivoquemos al suponer que una espiritualidad sin Dios —o sin un Dios al que podamos invocar como a un Tú— sería la única forma de actualizar el sentimiento de dependencia que sostiene la fe. Puede que reguemos fuera de tiesto al suponer que seguimos en lo mismo aun cuando de otro modo. El cristianismo cavó su tumba al abandonar —y acaso este fuera el precio que tuvo que pagar para sobrevivir dentro de la Modernidad— el sentimiento de un estar sub iudice. Al menos, porque bíblicamente nuestra esencial exposición a la alteridad —y la alteridad en sí misma siempre se hace presente como una alteridad en falta— es vivida no solo como gracia, sino también —y quizá sobre todo— como un encontrarse bajo la demanda, en el doble sentido de la expresión, que procede de aquel que aún no es nadie sin nuestra respuesta a su clamor.

de lo real y el poder

abril 3, 2020 § Deja un comentario

Nadie sabe qué es lo real hasta que no se enfrenta a su impotencia—a lo que le puede en verdad. Hablar de lo real supone hablar de lo que se resiste esencialmente a la modificación —a lo inalterable. Y si la vida es lucha, lo que se resiste a la modificación no se resiste pasivamente: es lo que nos somete por entero. Así, lo real no es lo que se ajusta a nuestra creencia, sino lo que, precisamente, la desborda (y, por eso mismo, se sufre antes de que podamos concebirlo). ¿Que hay más allá —más allá de uno mismo? Sencillamente, el Poder. Llámale dios —o si lo prefieres, lo sagrado. Pues dios —lo sagrado— es, literalmente, lo intocable, aquello que, porque es capaz de devorarnos, se mantiene a una distancia infranqueable —y que no deberíamos franquear. Dios es la figura del Poder. Y el Poder decide si seguimos con vida o no. No es casual que la muerte, mejor dicho el que no decidamos nuestra muerte, sea el signo de nuestra limitación —de nuestro hallarnos en manos del Poder.

La ingenuidad del hombre moderno acaso consista en creer que se librará del Poder por medio de la técnica —en tomarse en serio el mito de Prometeo (y la versión política de la confianza en nuestra capacidad sería la división de poderes); en creer que el Poder está en sus manos. Pero el hombre no posee la técnica que maneja. De hecho, es al revés. Donde la técnica se presenta como salvación, el hombre termina sometido a la lógica de la voluntad de poder, aquella que se despliega bajo el principio de si es posible, debe hacerse. Esto es, termina siendo el títere de un principio impersonal: ningún tabú —ningún non plus ultra moral— logra derogar la ley que exige el dominio sobre cuanto es. Quizá la originalidad del cristianismo consista en haber concebido un Dios débil, un Dios que no es aún nadie sin la fe del hombre; un Dios que necesita de la entrega del hombre para salir de sí mismo —para llegar a ser un alguien—, un Dios que, en definitiva, va en busca de aquel en quien reconocerse de nuevo. Y este Dios, sin duda, resulta liberador. Podríamos decir que el Dios crucificado nos libró de dios —de nuestro hallarnos en manos del Poder que busca nuestra aniquilación. Sin embargo, nada hay que no muestre un doble rostro. Pues la cruz tambien nos abrió a la posibilidad de prescindir de Dios (y fue Celso antes que Nietzsche quien se dio cuenta de ello). Con el cristianismo —con la irrupción de un Dios que se identificó con un ajusticiado en su nombre—, la palabra Dios salta por los aires. La Encarnación fue, al fin y al cabo, la autoinmolación de Dios. Dios renunció a su poder por amor a los hombres. Y de ahí a que perdamos de vista qué significa originariamente la palabra Dios, media un paso, un paso que fácilmente damos donde la resurrección deviene una historia de zombis buenos. Dios muere no tanto en la cruz, sino una vez la fe en el resucitado se convierte en una superstición.

Con todo,  es posible que el sacrificio de Dios, más que una humanidad redimida, haya producido un hombre infantil. Pues la fantasía de la infancia es, precisamente, la de la omnipotencia. No hay niño que no sueñe con ser Harry Potter. Aunque, Harry Potter esté convencido de que cuenta con el apoyo de una fuerza superior. Pero si realmente se trata de una fuerza superior, Harry Potter se equivoca donde imagina que siempre estará de su lado.

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