los malos
octubre 23, 2025 § Deja un comentario
Hay quienes parece que disfruten haciendo daño. Son los malos. Espontáneamente, podríamos decir que hay buena hierba y mala hierba, quienes nacen predispuestos a la bondad, y quienes se sienten inclinados hacia el mal. Sin embargo, muchos creen que la maldad es algo así como una crosta de la que podríamos desprendernos; que, en el fondo de cada uno, habita el amor al bien. La pregunta es si esto es así o, más bien, estamos ante una creencia en la que necesitamos creer, un trankimazin.
En cualquier caso, lo cierto es que, cristianamente, cabe una condena eterna —cabe el irredimible. Pues aún podemos rechazar la redención que se nos dio de antemano. Así, podría suceder que el soldado que sigue con vida gracias a sangre de su víctima —la sangre que ahora corre por sus venas—, coja de nuevo el fusil para terminar el trabajo. Es posible volver a crucificar a Dios, la posesión demoníaca. Freud nos habló de la pulsión de muerte. Probablemente, no regase fuera de tiesto. En este sentido, recuerdo aquel fragmento de Ernst Jünger en el que sintetiza su paso por las trincheras de la guerra del 14: la primera muerte no puedes soportarla; con la segunda, te acostumbres; la tercera la deseas.
Ahora bien, para que pudieran haber ángeles de Dios, uno tuvo que caer, el más lúcido, el que siempre niega. Y caer junto a Dios, tal y como podemos leer en el Libro de Job.
Todo lo profundo siempre fue muy extraño.
lecciones del Gólgota
octubre 22, 2025 § Deja un comentario
Frente a la hipótesis, la suposición, ¿qué es la fe? Simple: seguir confiando donde ya no somos capaces de seguir confiando. Fe es fidelidad al amo… donde el amo parece habernos abandonado. Y una fidelidad confiada en que finalmente no sea así. Ciertamente, hablamos de algo que anda rozando lo insensato.
Así el creyente confía en que, al final, el verdugo no se saldrá con la suya… a pesar de que las evidencias le dan a entender lo contrario. Y a pesar también de que ignore el cómo. El horizonte de la fe, por tanto, es la liberación, un mundo en el que la impiedad quede sepultada por la bondad. En definitiva, una nueva humanidad —el Reino. Y aquí sigue habiendo mucha insensatez.
Sin embargo, aún podemos hacernos un par de preguntas. Si la fe presupone un amo —un Señor—, en definitiva, una situación de dependencia, quien, por carácter o modernidad, no admite hallarse en manos de ¿podrá dar el paso de la fe? Esta ¿acaso no exige un sujeto infantil? Por otro lado, de realizarse la esperanza creyente, ¿hasta cuándo podríamos soportar un mundo sin sombra?
Con todo, estas preguntas no se las hace el desesperado, el que se encuentra en la situación de creer. Pues la fe, a diferencia del mapa mental, es un clamor que da un paso al frente. Ahora bien, por eso mismo, el sentido de la fe no pertenezca a quien da el paso. Salvo que regrese con vida de la muerte. Pero este ya es otro cantar.
simul
octubre 20, 2025 § Deja un comentario
Que en la vida hay quienes salen ganando y quienes pierden —quienes someten y quienes viven sometidos, quienes cuentan y quienes no— es algo que se ve a lo lejos cuando todo a nuestro alrededor está en orden. Un trabajo digno —o más que digno—, unos hijos que crecen saludables y sin preocupación… al fin y al cabo, una amable rutina, un hogar. Para quienes vivimos en la posición de confort, el cristianismo es un mapa mental que, con la excusa de Jesús de Nazaret, promueve los buenos sentimientos. Hay otros mapas. En los setenta, se hablaba de cristianismo burgués.
Sin embargo, la revelación —la que te deja en un estado de suspensión— solo alcanza a quienes viven a flor de piel el haber sido expulsados del mundo, el derrumbe de los cielos. Y por nuestra violencia, la cual también está hecha con los materiales de una desahogada indiferencia.
¿Estiércol? Sin duda. Pero aquí hay que tener presente que no hay flor que crezca donde la tierra no ha sido abonada. Como también es cierto que demasiado estiércol quema la planta. Simul.
de la misma naturaleza
octubre 19, 2025 § Deja un comentario
El Credo, como sabemos, declara que el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre. El asunto se las trae. Pues si partimos del Padre, es decir, si asumimos el presupuesto de la sensibilidad religiosa —Dios, arriba, siendo un ente aparte, y la humanidad, abajo—, entonces fácilmente caeremos en la lectura doceta de la Encarnación: Jesús de Nazaret es, sencillamente, Dios… solo que con un disfraz humano. Como sabemos, esta lectura fue rechazada por la Iglesia, casi desde el principio. Pues, de ser así, lo que quedaría comprometido es, precisamente, aquello de y hombre verdadero.
Por tanto, si la Encarnación es el hacerse hombre de Dios, entonces la naturaleza de Dios, su modo de ser, no es anterior a este hacerse hombre. En cualquier caso, lo anterior sería la voluntad de Dios —la voluntad que es Dios en sí mismo— de reconocerse en su imagen, en definitiva, su kenosis. El crucificado no fue el avatar de Dios, sino su quién.
Ahora bien, entender esto último supone entender que el que Dios sea un Dios con cuerpo —y un cuerpo humano— no significa, simplemente, que Dios sea simplemente humano, ni mucho menos que el hombre sea Dios: significa que Dios es ese hombre que cuelga de una cruz, el abandonado de Dios que, con todo, permaneció fiel a Dios. No hay otro Dios.
Ciertamente, es más fácil, religiosamente hablando, seguir con la interpretación doceta —o, en su defecto, arriana. Y, por eso mismo, la Iglesia ha perdurado a lo largo de dos mil años porque pastoralmente toleró las herejías cristológicas que oficialmente tuvo que condenar para preservar la revelación. Al fin y al cabo, la verdad solo sobrevive históricamente a costa de su simulación.
las dos trascendencias
octubre 16, 2025 § Deja un comentario
Para la religión, la trascendencia es ubicable, un asunto espacial: hay una dimensión superior y de la cual solo obtenemos señales. En cambio, para la fe bíblica, la trascendencia es temporal, un porvenir: Dios no se encuentra en los cielos, sino tras el final de los tiempos. Aquí la trascendencia de Dios es la de su retroceso, el que dio pie al mundo, hacia el futuro del hombre como el futuro mismo de Dios. Y aquí, en vez de señales, contamos con historias, tan humanas que rozan lo sobrehumano.
No parece que se trate de lo mismo. Aunque siempre hay parroquianos que intentan cuadrar el círculo diciendo que la trascendencia es espacio-temporal. Claro.
la resurrección y el poder de Dios
octubre 15, 2025 § Deja un comentario
El creyente permanece a la espera de Dios. Pero ¿a quién —o qué— espera? ¿Al ente superior? ¿Su intervención milagrosa? Y quien espera de este modo, ¿acaso no espera como el niño que da sus primeros pasos espera a que papá le levante de nuevo?
El cristianismo fue, desde el principio, tremendamente provocador. ¿Esperáis a Dios? Ahí lo tenéis, colgando de un madero. Ciertamente, no parece que esto fuese lo que esperaban quienes le siguieron. Pero, con el crucificado, Dios cumple su promesa. ¿Un abandonado de Dios es el que satisface la esperanza creyente? ¿En serio? ¿No estamos cerca del desmentido? ¿Se ríe Dios de sus fieles?
Por supuesto… Sin embargo, hubo resurrección, se nos dirá. La historia no termina en el Gólgota. De acuerdo. Ahora bien, también hubieron dioses en la Antigüedad. Pero ya no pueden haberlos para nosotros. Para nosotros meras fuerzas que los antiguos vieron como expresión del poder de un dios. Modernamente, la interpretación religiosa que iba incrustada en la visión ha quedado separada de la visión. Y este es el tema, hoy en día: que no sabemos ya qué hacer con la resurrección. Ni siquiera, de viajar en el tiempo como periodistas del pasado, podríamos ver lo que ellos vieron. Como no podríamos sentir la presencia de Vulcano en el estallido de un volcán. Ahora bien, sin resurrección la fe cristiana se tambalea. Pablo dixit.
Es cierto que para los primeros cristianos las apariciones y la tumba vacía fueron señales. Entre el no está donde lo dejaron y el he visto al Señor se coció el porvernir, una nueva esperanza. Unos creyeron que dichas señales apuntaban a la simple exaltación del crucificado. Otros, a su haber sido levantado de entre los muertos por el poder de Dios. Estos últimos, terminaron, como sabemos, imponiendo su lectura. Y de esas lluvias los lodos de la cristiandad. En cualquier caso, hoy en día, María de Magdala sería una alucinada. Como lo es el chamán que nos cuenta sus visiones tras cruzar la puerta, con la ayuda de unas dosis de peyote. Pues en nuestro mundo no puede darse lo que, en el de la Palestina de entonces, fue, cuando menos y para algunos, una posibilidad: la posibilidad de lo imposible. Si vieron lo que vieron es porque su marco mental era el de la apocalíptica judía, un marco que, evidentemente, en modo alguno puede ser el nuestro.
Quizá no fuese casual que, en el evangelio más tardío —y por eso mismo, más madurado teológicamente—, cruz y resurrección fueran presentados como dos caras de lo mismo. Pero ¿qué es ese lo mismo? Pues, ni más ni menos, que la identificación de Dios con un crucificado en su nombre: Dios es Jesús.
Y de ahí a la dogmática trinitaria media un paso, un paso que el cristianismo dio a lo largo de cuatro siglos. Y es que la confesión creyente no deja las cosas de Dios como estaban.
Con todo, esta identificación solo posee fuerza motivadora —esto es, anima una nueva esperanza— donde aún cabe confiar en el poder de Dios. ¿De qué poder hablamos, sin embargo? Si nos tomamos en serio lo que significa que Dios sea un Dios encarnado, entonces este poder no puede ejercerse ex machina, es decir, al margen de los cuerpos de quienes vuelven con vida de la muerte, comenzando con el del crucificado. Y aquí, como siempre, hemos de recurrir a las historias que hay detrás de las fórmulas cristianas para, cuando menos, comprender de qué va este asunto. Así, basta con tener presente, por ejemplo, a la madre que amó al hijo que engendró tras una violación como el hijo que Dios le dio. Una locura. O mejor, un imposible. Aquí hay que tener en cuenta que esa madre, tras el trauma, está muerta: ningún porvenir que no sea miserable. ¿Un caso de resiliencia? Sí… si únicamente se tratase de una superación psicológica que la víctima logra por su cuenta y riesgo. Pero aquí hay un niño de por medio, un inocente fruto de la violencia, un responder al cruel desafío de Dios. Y por este gesto —un gesto que interrumpe la continuidad de lo histórico— cabe esperar un nuevo mundo, una nueva humanidad. Aun cuando no sepamos cómo sucederá. Ni si sucederá. En cualquier caso, Ha-Satán no debe alzarse con la victoria.
En el principio está el final, ciertamente. Quizá no sea anecdótico que Lucas comience su evangelio con el anuncio de María.
catástrofe
octubre 12, 2025 § Deja un comentario
Catástrofe significa, literalmente, la caída de los cielos estrellados sobre nuestras cabezas. La catástrofe hace saltar por los aires nuestros mapas mentales, en definitiva, nuestro mundo. ¿Qué queda, por tanto? No un mundo, sino su ruina, una pura exterioridad. Todo deviene oscuridad y silencio. Aunque sea mediodía. Y tú frente a ese ahí, sin mundo.
Hay que reconocer la audacia cristiana cuando nos hace ver que lo de Dios comienza justo en ese momento.
teodicea básica
octubre 9, 2025 § Deja un comentario
Todavía hay creyentes que se preguntan por qué, habiendo Dios, hay tanta maldad y sufrimiento injusto. Aquí, las respuestas suelen ser desconcertantes, por no decir ridículas. Que si Dios, con todo, nos acompaña siempre, como la enfermera que le da su mano al que agoniza en el hospital; que si Dios prefiere dejarnos libres, antes que intervenir; que si Dios sufre con los que sufren,,, Y digo desconcertantes, porque no diríamos de una madre, pongamos por caso, que es una buena madre… si dejara que su criatura se arrojara desde un balcón porque decidió arrojarse o si sufriera junto al hijo que sufre… sin hacer nada para que dejase de sufrir.
Siendo más sofisticados, algunos teólogos recurren al libro de Job para simplemente decir que ignoramos el porqué —y no puede ser de otro modo, tratándose de Dios. Sin embargo, al sostenerlo, acaso demuestren tener poca perspicacia. Pues una lectura más penetrante del libro de Job nos haría caer en la cuenta de que, ciertamente, hay bien —o gracia— porque hay Dios… pero también de que hay desgracia porque hay Dios. La luz y la oscuridad son debidas al mismo Dios (Is 45,7). Pero no porque Dios lo quiera, sino porque tanto el don como el horror se desprenden de la extrema trascendencia de Dios, un trascendencia que, siendo extrema, anda rozando la inexistencia.
El problema de la pregunta de la teodicea tal y como habitualmente se entiende —¿por qué Dios lo permite?— es que apunta al Dios que espontáneamente concebimos como Dios, algo así como un ángel de la guarda big size, … y que nada tiene que ver con la realidad de Dios. Así, la cuestión teológicamente relevante es si la historia tendrá o no un final. Es decir, si al final se separará el trigo de la cizaña o si, más bien, no cabe esperar más que la eterna reiteración de lo mismo. En definitiva, hablamos de quién podrá más, si el Dios de la Justicia, el que decidió tomarse un descanso tras el sexto día, o el príncipe de este mundo. Y, evidentemente, no es algo que sepamos. Creer antes de tiempo, dando por descontado que la película terminará bien, más que una ingenuidad es un tomar el nombre de Dios en vano. Pues creer no es suponer.
De ahí que la pregunta no sea si hay o no hay Dios, sino si lo habrá. O mejor dicho, si regresará. No es casual que el dirigirse a Dios propio de un crisitiano sea un clamar no ya por la presencia de Dios, sino por la vuelta de aquel sin el cual Dios no es aún nadie. Maran atha.
carpintero
octubre 6, 2025 § Deja un comentario
Podemos discutir sobre qué rasgos comparten el Dios cristiano y la divinidad a la que apuntan las diferentes religiones. E incluso creer que ese denominador común, de haberlo, es propiamente Dios —y que el resto son perspectivas. Pero, en cualquier caso, eso lo haremos siempre desde la distancia. Así, difícilmente entenderemos que la fe, aunque se exprese oficialmente a través de una serie de declaraciones, es un clamor, algo así como agarrarse a un clavo ardiendo. A pesar de que, cristianamente, sea un clamor esperanzado. Y cuando digo esperanzando no me refiero a ingénuamente esperanzado. Pues el clamor creyente —el maranathá con el que concluye el Nuevo Testamento— conserva el temblor de piernas. Como el resucitado conservó las marcas de la crucifixión.
otra de Job
octubre 5, 2025 § Deja un comentario
¿De verdad? ¿Un Dios que se interesa por nosotros? Cambia de óptica. Como tuvo que hacer el bueno de Job. Entonces quizá te preguntes ¿cómo pudimos tomarnos en serio que hay un Dios que nos quiere y además sentir a flor de piel que no somos más que polvo? ¿Puede haber un Dios que tenga en cuente a los que no cuentan y, por eso mismo, seguir siendo Dios? Quizá hayamos olvidado qué significó inicialmente la palabra Dios.
Los autores de los libros sapienciales supieron ver que Dios se encuentra por encima del dios conveniente, el dios de nuestra parte. Y que, consecuentemente, la actitud es la de quien cae de rodillas ante el exceso que supone que tanto la luz como la oscuridad —la bondad y el exterminio—sean debidas a la radical trascendencia de Dios (Is 45,7). De ahí que la realidad de Dios no pueda entenderse en los términos de un Dios-ente, ni siquiera superior o, si se prefiere, supremo. El verdadero más allá no es el de otro mundo. De haberlo, su trascedencia sería, obviamente, relativa.
Moisés añadió un capítulo extra. Pues vio que, de la trascendencia de Dios, se desprende la Ley que nos obliga a la fraternidad. Ante Dios estamos sin Dios, como dijo Bonhoeffer. De ahí que, en nombre de Dios permanezcamos enfrentados a Dios, a su aparente indiferencia. Y esperando, quizá inocentemente, que el poder de Dios al final se decante por la bondad.
Posteriormente, vino la cristiandad y su Dios íntimo, el Dios que habitando en lo más profundo del alma, nos escucha y con el que es posible charlar. Al creerlo, la cristiandad conservó los restos del viejo gnosticismo. Y como acaso intuyera Nietzsche, de esas lluvias, los lodos del ateísmo moderno. Y es que si podemos decirnos a nosotros mismo que el alma es una chispa divina —una lectura ciertamente atrevida del a imagen y semejanza— es porque nos hemos alejado de la experiencia originaria de Dios.
El error del gnosticismo fue creer que la chispa divina es algo así como una fuente de poder que tenemos que aprender a desbloquear. Hay chispa divina. Pero esta permanece apagada como nada. En realidad, esa chispa es la huella interior del retroceso de Dios, de su eterno más allá. El Espíritu siempre fue un Ave Fénix.
los dioses y las piedras
octubre 2, 2025 § Deja un comentario
La estátua —la roca— es la representación perfecta del dios. Y la piedra, cuanto más gigantesca, mejor. La piedra es inmortal. Como el dios.
Hoy en día, la crítica profética a la idolatría nos parece evidente —¿hay aún quién, en su sano juicio, se arrodille ante un tótem?—, digna de una mentalidad ilustrada, aunque todavía sensible a la trascendencia. Sin embargo, solemos pasar de puntillas sobre el hecho de que dicha crítica apunta directamente a la línea de flotación de lo que espontáneamente se experimenta como divino. Y lo hace situándose en la perspectiva de la eternidad. Nada sobrevive, ni siquiera los dioses, al paso del tiempo. Tan solo e Eterno. Sin embargo, la crítica profética no apunta únicamente a la fugacidad de cuanto existe, sino también, y quizá sobre todo, al carácter ilusorio de la experiencia natural de la trascendencia, la que el homo religiosus padece hallándose sometido a los poderes que atraviesan el mundo.
Ciertamente, desde la óptica de la eternidad, no somos más que polvo. Pero ante el dios, la sensación no es exactamente la misma. Ante el dios, somos simplemente menos. Hablamos, por tanto, de una sensación relativa a nuestra posición. De ahí que un dios sea tan solo aparentemente divino. Si cabe lidiar con un dios —si es posible tratarlo, negociar—, entonces aún no es Dios. Y donde la diferencia es relativa —donde esta es, en definitiva, de grado— siempre será posible lidiar.
Dios en verdad —el exceso verdadero o absoluto— se manifiesta como el silencio que abraza por igual los campos de la muerte como la belleza de un amanecer. De ahí que aún está por decidir de qué lado se decantará Dios. Aunque, cristianamente, Dios ya tomó su decisión.
nihilismo y bondad
octubre 1, 2025 § 1 comentario
En el mundo, prevalece el ruido y la furia. Y si no nos lo parece es porque vivimos dentro de un espejismo.
Sin embargo, hay quienes sufren en carne viva la condena del mundo: tú no cuentas. A estos, no les queda ninguna ilusión. Su esperanza, de tenerla, no nace de la necesidad psicológica de creer que la película terminará con el triunfo de los buenos —pues ya no pueden creer en ello—, sino de haber topado con la aparición, es decir, con ese gesto de bondad donde no cabía ninguna bondad. En nombre de ese gesto, el verdugo no debe pronunciar la última palabra, aun cuando no podamos ni siquiera hacernos una idea mínimamente sensata sobre el cómo.
En este sentido, la fe en la bondad es un acto de resistencia a la racionalidad del mundo. Y es que lo racional —lo que debe ser conforme a lo que es— sería el combate eterno entre la luz y la oscuridad. Al menos, porque en realidad no hay luz sin oscuridad. De ahí que el triunfo de la bondad no se entienda, cristianamente, como si el mal hubiera sido eliminado de la faz de la tierra —creer en ello es fantasear—, sino como Satán bajo las botas del Arcángel. No es lo mismo. Lo racional es la realización de lo real —y lo real implica la relación dialéctica entre la luz y la oscuridad. La fe, en cambio, apunta a lo imposible. Esto es, a la recreación del mundo, en definitiva, a la interrupción de lo histórico. De locos.
la resurrección y sus presupuestos
septiembre 29, 2025 § Deja un comentario
Alguno teólogos sostienen —o sostuvieron— que las apariciones del crucificado tras el tercer día presuponen la fe. Que sin fe, no había nada que ver. Sin embargo, la fe —en definitiva, la confesión creyente que proclama a Jesús como el Hijo de Dios— fue el resultado de las apariciones. O mejor dicho, de su explicandum. Pues la convicción de que Jesús había resucitado fue, de hecho, una… entre otras. Como explicación parecía más aceptable aquella que apuntaba a la exaltación. No es exactamente lo mismo, a pesar del aire de familia. Así, el presupuesto de la resurrección no fue, estrictamente, la fe en Jesús, sino la creencia —la más íntima suposición del judaísmo apocalíptico— que daba casi por descontado que, en los tiempos finales, Dios levantaría a los muertos para que pudieran soportar su última palabra, esto es, el juicio. Tan solo dentro de esta perspectiva —únicamente en el interior de este mapa mental—, el aparecido pudo aparecer, precisamente, como resucitado… y no simplemente como aquel que había sido exaltado a los cielos para estar junto a Dios. Las apariciones, por si solas, no demuestran nada.
invocar y clamar
septiembre 28, 2025 § Deja un comentario
Quien invoca a Dios o, incluso, habla con Él suele dar a Dios por descontado. En este sentido, Dios sería la pieza que permite encajar las piezas del mapa mental creyente. Sin embargo, llama la atención que la Biblia insista en que los capaces de Dios son aquellos que claman por Dios. No me parece que sea exactamente lo mismo. Pues el clamor surge cuando no parece que haya Dios. O, al menos, un DIos de nuestra parte. El clamor es el resto más puro de nuestro estar ante Dios. Como dijera Bonhoeffer, estamos ante Dios, sin Dios. Y todo cuanto cabe decir, cristianamente, acerca de Dios es lo que cabe decir de las mujeres y los hombres que actúan en consecuencia tras clamar por Dios o, en su defecto, por hacerse eco del clamor de los sin Dios, comenzando por el crucificado.
Una comunidad que invoque a Dios sin tener presente la raíz de nuestro estar ante Dios quizá esté más cerca del fariseo de la parábola de Lucas, el cual, a diferencia del publicano, está demasiado satisfecho de sí mismo como para creer, que del que murió como abandonado de Dios. Aun cuando se abandonase a Dios.
la lógica y el dirigirse a Dios
septiembre 27, 2025 § Deja un comentario
Cuando el creyente invoca a Dios ¿tan solo hay una necesidad psicológica de contar con un papá que lo puede todo? Quizá. Pero también podría ser que hubiere un Dios al que le importase nuestra suerte. Y ello a pesar de necesitar, también, a ese Dios. El truco de la sospecha moderna es creer que tan solo se trata de nuestra necesidad. Y digo truco porque los argumentos de la sospecha únicamente convencen donde asumimos su presupuesto, a saber, que no hay Dios. Por tanto, estrictamente, no demuestran. Pues concluyen lo que inicialmente dan por sentado. Y a esto, en lógica, se le denomina falacia —en concreto, la falacia del argumento circular.
cuanto se afirma de Dios
septiembre 25, 2025 § Deja un comentario
El Dios de Israel —el verdadero— es indescriptible. Y no porque no seamos capaces de hacerlo —no debido a nuestra limitación—, sino porque Dios en verdad no admite descripción alguna. Yavhé es simplemente el que es —o, siendo más justos, el que es siendo el que será. No hay concepto que valga para Yavhé —y lo que esto significa es que no hay ninguna esencia que nos permita apuntar hacia algo que posea una mínima entidad.
Sin embargo, la BIblia está repleta de caracterizaciones de Dios. ¿Cómo deberiamos entenderlas… si Dios, en verdad, no las admite? Aquí la cópula —el es— produce el malentendido… al que nos hemos acostumbrado. Pues, a diferencia del griego, el hebreo no permite pensar el presente al margen del imperativo. Dicho de otro modo, el equivalente a la cópula no remite a lo sustancial —y por eso mismo, permanente—, sino a lo que aún está por decidir. Así, cuando el creyente de Israel afirma que Dios es misericordioso lo que, de hecho, está diciendo es que tiene que serlo… teniendo en cuenta que seguimos con vida a pesar de nuestra iniquidad. Ahora bien, y como decíamos, eso aún está por ver. Pues todo en el presente, incluso Dios —o mejor dicho, su presente, en definitiva, el Reino—, está por decidir. La pregunta de Israel no será, por tanto, qué es, pongamos por caso, el amor o la bondad —pues en el presente, como decía, todo es solo en cierta medida—, sino si el amor o la bondad terminarán triunfando sobre el odio.
De ahí que en clave judía el hacerse presente de Dios en el Gólgota, y como cuerpo crucificado —y aquí hay que tener en cuenta que los primeros cristianos no fueron cristianos, sino judíos que se entendieron a sí mismos, precisamente, como judíos seguidores de Jesús— sea comprendido como un acontecimiento final.
afirmar es fijar
septiembre 24, 2025 § Deja un comentario
Cuando el creyente afirma —y convencidamente— que, pongamos por caso, la bondad de Dios al final triunfará sobre el mal se fija en esta posición. Esto significa que esta convicción es inamovible, la pieza clave en torno a la cual se organiza su mapa mental. Y no hay quien se oriente en la existencia sin un mapa. Más aún: donde se trata de orientarse, cualquier mapa sirve, aunque no todos los mapas conduzcan al mismo puerto.
Sin embargo, la fe aún aguarda su momento. Pues ese momento es aquel en el que los mapas mentales dejan de servirnos. Así, en vez de la suposición en la que permanecemos fijados, la fe, el salto —y en el caso creyente, un salto que apunta, con ciega confianza, a aquello que, desde únicamente nuestro lado, no es posible creer.
cesuras
septiembre 23, 2025 § Deja un comentario
La irrupción histórica del cristianismo supuso una cesura en el ámbito de la sensibilidad religiosa. Pues la pregunta que tuvo qué soportar Israel durante siglos —¿dónde está tu Dios?—, y por extensión, el crucificado, ya no pudo resolverse apuntando a los cielos. De Dios —de su presente—, el cuerpo que lo encarna, aquel sin el cual Dios aún no es nadie.
el gran fracaso
septiembre 18, 2025 § Deja un comentario
La cruz supuso el fracaso del hombre de Dios que fue Jesús de Nazaret. Y un fracaso descomunal. Esto es, noche oscura. Ninguna luz al final del túnel. No habrá un nuevo amanecer. Y aunque lo hubiese, no sería para ti. El mapa mental de Jesús de Nazaret saltó hecho pedazos colgando de un madero como si fuera un perro. Sencillamente, no parecía que fuese verdad que hubiera un Dios de su parte. Y aquí no vale decir que, al fin y al cabo, hubo resurrección. Pues, en tanto que acontecimiento escatológico, la resurrección del crucificado no puede comprenderse como un hecho que revelase la crisis, en definitiva, el abandono de Dios, como un malentendido.
Ciertamente, lo hubiera sido si el poder por el que Dios levantó al enviado de entre los muertos hubiera sido el de un deus ex machina. También es verdad que así se entendió, e inevitablemente, en un primer momento. Pero si la cruz reveló que el Padre no es nadie sin el Hijo —y viceversa—, aunque los cristianos tardasen cuatro siglos en comprenderlo, entonces la apelación a un deus ex machina que actúa por su cuenta y riesgo está lejos de ser cristiana.
Otro asunto es cómo comprender el poder de Dios sin imaginar un Dios capaz de mover los hilos.
significado y denotación en cristiano
septiembre 17, 2025 § Deja un comentario
No podemos señalar el haber como sí podemos indicar cada una de las cosas que hay. De apuntar al haber, deberíamos apuntar al todo. Por tanto, el haber significa, pero, en cuanto tal —esto es, como puro haber— carece de denotación.
Lo mismo con respecto a Dios… en sí. Cristianamente, el haber de Dios —su hacerse presente— es un cuerpo crucificado en su nombre —en el nombre de Dios. De ahí que un cristiano, cuando se dirige a Dios, yerre el tiro donde apunta a los cielos como quien imagina que hay vecinos en el piso de arriba por los pasos que escucha. En cristiano, no hay otro apuntar a Dios que no sea un apuntar al Gólgota. O mejor dicho, al tercer día, ese imposible.
fenomenología básica
septiembre 15, 2025 § 3 comentarios
Un sacerdote le dice a quien le quedan pocos meses de vida: cada día es un milagro. Dios te espera. Y lo dice con profunda convicción. Ambos, viven dentro de este mapa mental. Además, lo sienten de corazón. Y en este mapa mental permanecen.
El filósofo, en cambio, es quien sospecha de lo que le parece verdadero o, incluso, incuestionable. Y así, al interrogarse sobre la verdad de lo que siente, se sitúa a una cierta distancia de sí mismo, en una especie de tierra de nadie. Evidentemente, la reflexión —ese volver críticamente sobre uno mismo— bloquea de algún modo la vida más espontánea. Ahora bien, la búsqueda de la verdad del filósofo terminará con las manos vacías. Aunque tampoco se irá, anímicamente, de vacío. En el fondo, hablamos de una docta ignorantia.
El creyente recorrerá un camino paralelo. Pues el salto de la fe, a diferencia de la suposición interiorizada de quien asume un mapa mental, tiene su momento, un momento, literalmente, crucial. En los Gólgota, los mapas mentales caen hechos pedazos. Las manos, también vacías… aunque con los callos de quien se ha pasado media vida cavando pozos de agua para los sedientos. Ahora bien, en vez de un sano escepticismo, una ciega esperanza. Y digo ciega porque, estrictamente, no se trata de un ideal o una expectativa difícilmente realizable, en definitiva, de algo que quepa visualizar, sino, más bien, de un debe suceder en nombre de. Pues lo decisivo de la vida creyente siempre fue a qué nos obliga mientras tanto la imposibilidad de Dios —su extrema trascendencia.
distingos
septiembre 14, 2025 § Deja un comentario
Una cosa es la verdad que revela el Gólgota —y la verdad es algo así como un non plus ultra que afecta a la totalidad— y otra, lo que hacemos con esa verdad. Y aquí caben dos opciones. La primera es la habitual: permanecer en el mapa mental que dibujamos con la revelación como motivo o excusa. El mapa mental nos ubica en el mundo, cielos incluidos, en tanto que facilita que las piezas encajen. O, al menos, la mayoría. Y quizá, por eso mismo, lo que lo sostiene un mapa mental es el sentimiento de estar en el lado correcto.
La segunda, en cambio, no es capaz de dibujar ningún mapa mental. En su lugar, y con la ayuda, eso sí, de cuatro fórmulas, el tener que responder a la voz ahogada de los sedientos y un esperar lo que no puede integrarse como una simple expectativa. Pues en el mundo, la mayor parte de las piezas quedan sueltas.
Ahora bien, la primera opción es el humus que hace posible que florezca la segunda. Y, sobre todo, que pueda reproducirse. Aunque sea de aquella manera. El blanco y el negro, para los film noir.
el Dios imposible
septiembre 8, 2025 § Deja un comentario
Dios es imposible. Ciertamente. Ahora bien, esta fue un afirmación cristiana antes que atea, aun cuando la cristiandad nos obligase a mirar en otra dirección. Y tuvo que ser así. Pues, de no haber permanecido agazapada bajo los oropeles de la religión, la revelación del Gólgota difícilmente hubiese sobrevivido al paso de los siglos.
Al decir que Dios es imposible, me refiero a que la realidad de Dios en sí no puede comprenderse como una posibilidad del mundo, ni siquiera de uno superior. En modo alguno, cabe ubicar espacialmente la extrema alteridad de Dios. O por decirlo en trinitario, al margen del Hijo, el Padre carece de entidad. Y esto significa que, siendo real, aún tiene pendiente la existencia.
Me atrevería a decir que el en sí de Dios es la voluntad de anida en el seno del puro haber y por la que hay mundo. O dicho de otro modo, el hágase original —y por eso mismo, originario— se encuentra inscrito en la negación de sí de la nada, esto es, de la oscuridad y el silencio sin resquicio propios de un haber sin mundo. Y es que la nada no es nada, es decir, doble negación. El haber de un puro haber es no siendo aún un haber en concreto. Ahora bien, esto es así no porque el puro haber sea anterior en el tiempo —pues el tiempo es el efecto de la kenosis de Dios, aquella por la que Dios es imposible—, sino porque no hay haber de las cosas que no remita retroactivamente al fondo abisal —y, en consecuencia, mítico— de un puro haber. Y si este puro haber es el de Dios no es solo porque se trate de un non plus ultra, sino porque existimos como los arrojados que se encuentran expuestos a la posibilidad de la aniquilación —y, por eso, arrojados significa también donación. En el puro haber, reside la posibilidad del fin del mundo, una posibilidad continuamente diferida, sin embargo, por la kénosis de Dios. De ahí que, bíblicamente, el haber de Dios carezca de atributos. En este sentido, la imposibilidad de Dios sostiene lo posible. Es decir, Dios en sí es no siendo nada —y consecuentemente, fantasma, un clamar por la carne.
Por eso mismo, cristianamente, el primer atributo de Dios es el cuerpo de un abandonado de Dios que se abandona a Dios. Es por el fiat incondicional del crucificado que Dios adquiere entidad —una entidad humana— y se hace presente en el centro de lo histórico. Cuanto quepa decir acerca de Dios es cuanto cabe proclamar de aquel que pasó por enviado de Dios. Y no desde los prejuicios religiosos que podamos mantener sobre Dios, lo que, precisamente, dan a Dios por descontado… al margen de su hacerse cuerpo. Y es que la cruz no deja las cosas de Dios tal y como estaban.
No obstante, ¿dónde queda, entonces, el poder de Dios? La pregunta no es secundaria. Al menos, porque no tiene sentido referirse a Dios al margen de su poder o definitiva realización. En cristiano, suele hablarse del poder de la impotencia. De acuerdo. Pero este o es el verdadero poder, o la fe es, sencillamente, una ilusión. Así, el cristianismo responde al interrogante sobre el poder de Dios convirtiendo la imposibilidad de Dios en motivo de la esperanza creyente. Pues la esperanza creyente es un esperar, en último término, lo imposible en nombre de Dios. Y nada más imposible que la resurrección de los muertos. Así, y en nombre de Dios, los muertos deben resucitar… aun cuando no podamos hacernos una idea, salvo la delirante, de cómo podrá suceder. De hecho, que las imágenes del final de los tiempos sean delirantes sugiere, como mínimo, que no podemos creer desde nuestro lado, es decir, desde una posición de dominio, incluso si esta se viste con las excusas del sentimiento religioso de quienes están satisfechos con su fe. Donde transformamos la resurrección de los muertos en una expectativa humanamente asumible dejamos de creer. Pues creer implica creer en lo que no es posible creer. En su lugar, pasamos a suponer, lo que indica que aún no estamos los suficientemente desesperados como para esperar lo imposible en nombre de.
pistas
septiembre 7, 2025 § 2 comentarios
Quién busca señales, verá señales. Quien no, tan solo verá coincidencias. Pero ¿ hay señales? Cristianamente, la respuesta es un crucificado en nombre de Dios. Y esto fue y sigue siendo desconcertante para los buscadores de pistas. Pues, para el cristianismo, un más allá meramente topológico es irrelevante. Lo relevante: la encarnación de Dios. Al fin y al cabo, lo que la cruz nos revela es que Dios es un Dios que, desde el principio, no quiso serlo al margen del cuerpo de quien se abandonó a Dios en medio del abandono de Dios. Así, no fueron los ilustrados los primeros en constatar que Dios, en sí mismo, es un fantasma. Fueron, en realidad, los cristianos. Aunque tardasen siglos en comprender las últimas implicaciones de lo que inicialmente proclamaron.
relatos de carne y hueso
septiembre 6, 2025 § Deja un comentario
Es imposible, cuando menos, entender, y menos hoy en día, las fórmulas cristianas donde no tenemos presente las historias que les dan pie. Las fórmulas o las polémicas de los inicios. Por ejemplo, la que mantuvo Pablo con Santiago acerca de la necesidad de circuncidar a los gentiles que pretendían hacerse cristianos. Actualmente, esto nos parece un requisito meramente formal y, por tanto, propio de mentalidadesintolerantes. Pero basta con imaginar que los supervivientes de los campos de exterminio hubieran decidido tatuar a sus hijos con la estrella de David que los nazis impusieron a sus víctimas para hacernos una idea de lo que significaba la circuncisión. De ahí la resistencia de la comunidad de Jerusalén a quien sostuvo, dándose de apóstol, que ya no era necesario el viejo ritual.
Sin embargo, ¿por qué Pablo creyó que este dejó de ser obligatorio? ¿Quizá porque la liberación que supuso la resurrección inauguraba una nueva época? Así, en vez del no olvidemos de dónde venimos, el ten presente que se nos ha dado una nueva humanidad. Evidentemente, quien no no experimenta la liberación o, cuando menos, no se pone en la piel de los liberados, difícilmente podrá hacerse cargo de lo que aquí estuvo en juego.
dos ciudades
septiembre 5, 2025 § Deja un comentario
La revelación, en Israel, siempre fue la de una voz. Pero una voz se escucha —y no simplemente se oye— en la oscuridad. Y es que, bíblicamente, la verdad acerca de Dios se revela donde se derrumban los muros de la ciudad —donde la violencia, el hambre, el abuso de poder, en definitiva, la desgracia se imponen como la definitiva sentencia del mundo. Ahora bien, la verdad acerca de Dios nunca se le presentó a Israel, salvo en las fases más tempranas, como la de un deus ex machina, algo así como el séptimo de caballería. Israel no llegó a creer hasta que no sufrió la dura experiencia del exilio. Solo entonces comprendió que Dios es más que un único dios. La experiencia de Dios comienza, ciertamente, con el asombro ante lo dado. Pero no se completa, como quien dice, sin esa voz cuyo eco escuchamos en el clamor de los sin Dios. Y bajo un cielo de plomo.
Atenas, sin embargo, nunca fue por ahí. Para el griego, el lugar de la revelación es la atalaya de quien mantiene una debida distancia —la atalaya del dios. Al fin y al cabo, se trata de un caer en la cuenta, el cual, sin embargo, nada tiene que decir, ni mucho menos proclamar, una vez irrumpe el tsunami de la catástrofe. Pues nada humano sobrevive a esta.
Voz o visión. No es exactamente lo mismo. Aunque en ambos casos, aquello a lo que apuntan sea la realidad de una raíz que carece de entidad. Con la voz, queda comprometido el cuerpo. Aquí no habrá error, como si se tratase, simplemente, de enfocar sin que nos tiemblen las manos, sino acusación, el motivo de la cual fue, desde el principio, una congénita indiferencia o impiedad. En cambio, donde prevalece la visión, el cuerpo —su modo de percibir— es el lastre.
Occidente —mejor dicho, la cristiandad— es el resultado del cruce entre el profeta y el sabio. Y esto significa que Occidente, en lo que respecta a la verdad de Dios, siempre jugó con las cartas marcadas. Tampoco debería, sin embargo, sorprendernos. Pues el doble juego quizá sea lo que hace posible un éxito histórico.
Jesús, un mito
septiembre 4, 2025 § Deja un comentario
La divinización de Jesús ¿supuso una mitificación del hombre? Es posible que hubiese algo de esto en bastantes de las variantes del primer cristianismo. Sin embargo, la mitificación presupone que todavía nos mantenemos dentro de las coordenadas de la religión, las cuales dan por descontado que Dios posee entidad al margen de su hacerse hombre. Ahora bien, el cristianismo, cuando proclama que Jesús es Dios, no nos está diciendo que Jesús se hiciera divino, sino que Dios, más bien, se hizo hombre —y que, por eso mismo, Jesús es Dios. Cristianamente, todo cuanto que decir sobre Jesús se dice sobre Dios. Y esto, ciertamente, no deja las cosas de Dios como estaban. Pues la exaltación de Jesús tiene como condición un Dios en caída libre, como quien dice.
volver al quicio
septiembre 1, 2025 § Deja un comentario
La paz de ánimo —la serenidad— solo se alcanza aceptando que formamos parte de aguas que nos cubren, como decía Merton. Y esto, hasta cierto punto, es así.
Sin embargo, hay otra espiritualidad, aquella en la que el creyente es sacado de quicio por el llanto ensordecedor de las víctimas de la historia. Aquí, la paz de ánimo encuentra su envés en la tensa esperanza de quien mantiene los ojos abiertos y las manos ocupadas repartiendo el pan de cada día. El compromiso creyente con los hambrientos posee, en realidad, una dimensión eucarística y, por eso mismo, sacramental.
El riesgo de la espiritualidad del formar parte es el de acabar siendo espectadores del naufragio de tantos. Como también, el riesgo de la espiritualidad de los dequiciados es el de transformar la esperanza en un ideal al alcance de nuestro activismo.
No hay, por tanto, respuesta a lo que debemos hacer. En su lugar, llamada. Es decir, in-vocación. Y Dios ya decidirá, como quien dice.
no hay tautología
agosto 31, 2025 § Deja un comentario
El principio de identidad —A es A— es algo más que una verdad formal, al revelar el doble lenguaje que constituye el habla. Ciertamente, cuando nos situamos exclusivamente en la perspectiva lógica, perdemos de vista su carácter revelador. Pero el principio de identidad es inútil —esto es, no sirve como regla del apañárselas con cuanto nos rodes— si no remite, al fin y al cabo, a un algo. A es A no dice nada si no podemos afirmar que una manzana es una manzana.
Evidentemente, si permanecemos en el lado del concepto, no hay más que decir. Y por eso mismo, una madre es por definición una madre, pongamos por caso. Pero una vez descendemos al terreno de la individualidad, siempre cabe decir más. Pues individualidad significa posibilidad de negar el ajuste con el concepto, un ajuste por el que —conviene destacarlo— lo particular llega a ser, precisamente, lo que es. Y dado que esta posibilidad permanece, cuando menos, latente en lo más íntimo, la negación se revela como el sesgo de la individualidad.
Así, la posibilidad de que una madre abandone a sus hijos sigue ahí, en cualquier madre… en tanto que madre. De lo contrario, no tendría sentido hablar de malas madres. No hay madre que, siendo una buena madre, no conserve en su seno a la mala. De ahí que antes nos refiriésemos al habla como doble lenguaje, en definitiva, a la ambigüedad que atraviesa cuanto es. Hablamos, en definitiva, del tiempo.
Para entendender mejor esto último, consideremos lo siguiente. Decimos el presente es presente. Y creemos estar diciendo una obviedad. En cierto modo, es así. Pues, siendo lo obvio lo obviado, solemos pasar de largo ante este tipo de afirmaciones. Ahora bien, porque pasamos de largo, no nos damos cuenta de que la obviedad dice siempre más de lo que aparentemente dice. En este caso, que el presente se nos presenta como presente, es decir, como dádiva. De este modo, al presentarse como don, la presencia de cuanto tiene lugar es remitida a un antecedente que, en última instancia, apunta al pasado absoluto de un puro ahí. Todo es de nada.
En general, podríamos afirmar que con el principio de identidad, una vez se aplica a lo que es, la primera aparición del término se sustrae a la segunda —y por eso mismo deviene algo más. A es A —algo es lo que es— porque A no acaba de ser A. Es lo que tiene la singularidad de un A —en definitiva, del esto que es A. Esta sustracción o retirada sostiene la posibilidad de dejar de ser lo que se es. Todo esto se encuentra infectado de la nada de un puro ahí —de la nada de la que procede… pues hay algo porque la nada no es; porque la realidad de la nada del puro haber consiste en una negación de sí: no es nada. Hablamos, por tanto y como decíamos, del tiempo. Así, es verdad que un amigo es un amigo. Pero porque la amistad determina al amigo como tal, el amigo es algo más que un amigo,a saber, alguien que podría dejar de serlo.
Más aún: quien dice yo soy el que soy ya por eso mismo está más allá de su concepto, modo de ser o aspecto. Ahora bien, por eso mismo, sin su aspecto ese yo no es aún nadie.
Traducción cristológica: Dios —trinitariamente, el Padre— está eternamente más allá de su cuerpo porque sin ese cuerpo colgando de una cruz no es nadie. Y si pillamos esto —mejor, si no lo experimentamos, es decir, padecemos— va a resultar difícil no escandalizarse… por poco que conservemos una cierta sensibilidad religiosa.
el darse de Dios y la idolatría
agosto 29, 2025 § Deja un comentario
Que el en sí sea siempre un para mí implica que Dios aparecerá como dios. Dios en sí se revela como la abstracción de dios —como lo que queda de Dios donde ya no queda nada del dios. Y no hay nada más real que lo abstracto.
La idolatría es, por tanto, inevitable. La cruz —el silencio de Dios en medio del infierno— es el único antídoto. Pues en la cruz hace saltar por los aires cualquier creencia o suposición —todo mapa mental. La cuestión es qué vida puede haber más allá del Gólgota —más allá de la revelación de Dios.
Para los griegos, esta pregunta carecía de sentido. Pues, según ellos, nada humano sobrevivía a la catástrofe, al derrumbe de los cielos. Ya conocemos, en cambio, la respuesta cristiana: tan solo cabe esperar la vida de quienes regresan con vida de la muerte —y esta vida es la vida de Dios.
Ahora bien, no hay vida sin cuerpo. Ni siquiera la de Dios. De ahí, los relatos de la resurrección, en definitiva, de esas víctimas que estando muertas , al no tener ya vida por delante, llegan a perdonar, y creemos que desde lo más íntimo de ellas mismas, a sus verdugos.
¿Imposible? Por supuesto. Ahora bien, no terminamos de comprender qué significa hallarse expuestos a la realidad de Dios —a su acontecimiento— donde seguimos aferrados a lo que el mundo puede admitir como posibilidad, incluyendo la religiosa.
de entrada
agosto 27, 2025 § Deja un comentario
En el prólogo al cuarto evangelio encontramos, como es sabido, algo que si se piensa bien, resulta cuando menos curioso, a saber, la utilización del término logos, un término extraño a la tradición deuteronómica. También es sabido que los evangelios se escriben en una época en la que la influencia del helenismo se respiraba en el ambiente. Por eso mismo, Juan pudo asociar, y como quien no quiere la cosa, la Palabra de Dios a la razón que rige cuanto es.
Ahora bien, digo que es curioso porque esta asociación admite una doble dirección. O bien, la entendemos asimilando a Jesús de Nazaret a lo que se nos muestra naturalmente como divino. O bien, vinculando la experiencia de lo divino a quien muere como un apestado de Dios. Es evidente, que con esta segunda lectura lo divino deja de presentarse como hasta el momento. Tras el Gólgota, las cosas de Dios, por así decirlo, no permanecen donde estaban. De ahí que podamos hablar de revelación. En cambio, desde la primera óptica tan solo hay ilustración. Aunque nos sorprenda. En el primer caso, partimos de Jesús es Dios. En el segundo, de Dios es Jesús.
No obstante, el triunfo histórico del cristianismo se debe a que, como Iglesia, nunca renunció a esta ambigüedad, la que se mueve entre la religión y la fe, una ambigüedad que se desprende de la circularidad de las dos fórmulas anteriores. De hecho, popularmente siempre se prefirio seguir con esa variante del ángel de la guarda de nuestra infancia —la que no quiere saber nada del escándalo de la revelación— que con el Dios que, desde el principio, no quiso ser nadie sin la adhesión incondicional —es decir, contra toda evidencia— del hombre de Dios.
la oración como mantra
agosto 26, 2025 § Deja un comentario
Limitarse a recitar lo que otros oraron en verdad… Como quien quiere permanecer cerca… estando lejos. Muy lejos. Y puede que este recitar sea incluso más auténtico que la oración de quienes, al orar, se apoyan únicamente en su sensación de contar con la ayuda de Dios. Al final, la fidelidad es seca.
retrocesos espirituales
agosto 23, 2025 § Deja un comentario
Donde olvidamos que la esperanza cristiana en la resurrección de los muertos —ese imposible— nace de la pregunta por el destino de las víctimas inocentes de la historia —esto es, donde esta cuestión no provoca nuestro insomnio, como quien dice—, fácilmente hacemos de dicha esperanza el motivo de una ilusión: “no terminaré muriendo”. Como si la resurrección de los muertos fuese, simplemente, un modo de hablar de la inmortalidad del alma. Y, evidentemente, no se trata de lo mismo.
padre e hijo
agosto 20, 2025 § 2 comentarios
El cristianismo es la religión del Hijo. Y porque es así el Padre se hace presente —llega a ser el que es— en el centro de lo histórico. El Hijo, estrictamente, no representa a un Padre que habita los cielos como pueda habitarlo un dios. Pues el Padre, por sí solo, aún no es Dios, sino la voluntad de Dios, una voluntad cuya aspiración es, precisamente, la de tener un cuerpo. Dios llega ser el que es en la carne. Este y no otro es, de hecho, el leitmotiv de la dogmática trinitaria, su música de fondo.
La cruz del Hijo, por tanto, arranca al Padre de su aún nadie —de su silencio. Por la entrega del Hijo, el Padre es, por tanto, alguien y no, simplemente, algo sumamente poderoso. Proclamar, como proclama el cristianismo, que Dios es Jesús —y que, por eso mismo, Jesús es Dios— equivale a confesar, por tanto, que el crucificado, un hombre de Dios, es el quien de Dios. Más allá de silencio de Dios hay la carne de Dios.
Comprender el cristianismo como una religión entre otras es no haber pillado todavía su audacia —su desconcertante seriedad. Quizá no fuese casual que los romanos tildasen a los primeros cristianos de ateos. Pues que, desde el principio, la voluntad de Dios —la voluntad que es Dios en sí— fuese la de depender del hombre que depende de Dios no es algo que termine de casar con lo que espontáneamente entendemos por divino. Y porque la revelación siempre nos coge con el pie cambiado, quizá tampoco sea casual que muchos de los se dicen a sí mismos cristianos sigan dirigiéndose al Padre como si este fuese alguien al margen de su cuerpo. En este sentido, podríamos decir que su cristianismo es el de Jesús que anduvo por Galilea, esto es, un judaísmo edulcorado con los toppings —o la excusa— de Jesús de Nazaret como enviado de Dios.
el prejuicio de la mística
agosto 18, 2025 § Deja un comentario
La experiencia mística presupone, conceptualmente, que pertenecemos a y no solo formamos parte. O por decirlo de otro modo, que en el fondo de cuanto es habita el Espíritu, cuyos destellos se encuentran en lo más profundo del alma. El arrebato místico sería, por tanto, el correlato sensible de esa pertenencia esencial. Con estos arrebatos, el yo perdería, sin duda, su individualidad, la cual arraiga en la negación del Espíritu…, pero sin dejar de ser uno mismo. Esto último parece contradictorio. Sin embargo, no lo es. Y es que, desde la óptica mística, somos los que pertenecemos a. En este sentido, la individualidad sería un espejismo.
Sin embargo, hoy en día, espontáneamente decimos que el arrebato mísitico refleja tan solo una alteración cerebral. Así, se provocaría igualmente un efecto místico ingiriendo, por ejemplo, ciertas drogas o padeciendo determinadas enfermedades mentales. La pregunta es si esta constatación demuestra que la experiencia mística es tan solo una ilusión.
La respuesta, no obstante, es inmediata… si tenemos en cuenta que no hay hechos químicamente puros. O mejor dicho, que no hay visión que no posea una carga teórica, esto es, que no lleve incrustada un saber de qué se trata, al menos hasta cierto punto. Todo ver es un ver como.
Por ejemplo, si ahora pudiéramos mostrarles un billete de cincuenta euros a los antiguos egipcios, no verían dinero. No podrían verlo. En su mundo, sencillamente, no hay papel moneda —ni puede haberlo. Paralelamente, a los viejos chamanes no les impresionaría la crítica moderna a la cosmovisión religiosa: tú ves lo que ver porque has ingerido peyote. Que pudieran acceder al éxtasis a través de estimulantes o de ciertos estados mentales es, de hecho, lo que daban por descontado. Es decir, no cuestionaría su convicción fundamental, a saber, que hay un mundo superior y que es posible acceder a él… a través, precisamente, de ciertas prácticas. Estas serían, por eso mismo, la llave que abriría la puerta.
De ahí que la crítica moderna a la religión solo sea posible desde el presupuesto de que no hay otro mundo, ontológicamente superior. Así, antes que descubrir, los argumentos ilustrados confirmarían el prejuicio del que parten. Al igual que en el caso del viejo chamán. O de Teresa de Ávila.
Y ahora la pregunta es qué prejuicio daría en el clavo de lo real. Evidentemente, la respuesta dependería de lo que entendamos por real. Pues bien, no parece que podamos decantarnos por los antiguos… si no partimos de nuestro estar constitutivamente expuestos a una alteridad que, en sí misma, anda rozando la nada. Donde partimos del ego cogito como principio y fundamento del saber, no puede haber otra verdad que la que se muestra como adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos a los que estas apuntan. Sin embargo, la verdad de la alteridad avant la lettre en modo alguno puede comprenderse como adecuación. Pues que haya alteridad no es, propiamente, un hecho. Pero este es otro asunto.
la experiencia de Dios
agosto 17, 2025 § Deja un comentario
Por lo común, decimos que experimentamos el hambre o la sed, el desprecio o el triunfo, la violencia, el amor… También, la vida en su conjunto… siempre y cuando podamos comprenderla como un trayecto hacia —como consumación—, esto es, como un viaje y no como una mera sucesión de las cosas que nos pasan. No obstante, estas experiencias quizá no puedan ponerse en el mismo saco.
Una experiencia avant la lettre, y a diferencia de lo sensacional, ese chute de adrenalina, siempre apunta al acontecimiento que interrumpe —y en vertical— la rutina diaria y, por eso mismo, no saca de su quicio. Y esto así aun cuando esa irrupción sea el precipitado de un éxodo interior. Nadie experimenta, propiamente hablando, una montaña rusa o un juego. Aquí, en cualquier caso, estaríamos únicamente ante la imitación de la experiencia, al igual que la novedad supone el simulacro de lo nuevo. Y es que la experiencia supone, en cualquier caso, la invasión de la alteridad, la cual se presenta siempre como la realidad del aún nadie.
Teniendo esto en cuenta, podríamos ahora preguntarnos en qué consistiría una experiencia de Dios. Espontáneamente, creemos experimentar lo divino ante lo gigantesco, el exceso natural que desborda por entero nuestra sensibilidad. Pero esta experiencia es, en tanto que relativa, circunstancial. Pues basta con que aprendamos a dominar lo gigantesco para que deje de conmovernos.
Ciertamente, la devastación que supone un tsunami o el estallido de un volcán puede marcar nuestra existencia, dividirla en un antes y un después. Pero esta división será epidérmica —aunque la herida sea profunda— si no queda abrazada por el silencio que cubre por igual tanto los cadáveres abandonados en el campo de batalla como la sonrisa inocente de un niño. Es a partir de este silencio que podemos comenzar a hablar sin caer en la cháchara.
De hecho, los textos bíblicos que remiten a la experiencia de Dios van en esta dirección: desde el cara a cara de Moisés en el Sinaí hasta el Gólgota, pasando por Elías y, aunque no en último lugar, Job. Es verdad que, bíblicamente, la experiencia de Dios es la de su voz. Ahora bien, esta no se escucha directamente, sino a través del clamor de los que sufren su altura, esto es, de quienes experimentan el silencio de Dios. De ahí que la fe, propiamente, nunca dé por descontada la ayuda de Dios. La esperanza creyente fue, antes que una previsión, un permanecer a la espera de la Palabra de Dios. Al fin y al cabo, un Dios invisible, como tal, no puede aparecer.
Sin embargo, el cristianismo da un paso al frente. Pues los testigos del acontecimiento del Gólgota, tan ligado al tercer día, comprendieron, aunque no sin cojear, que no hay —ni habrá— otra presencia de Dios que la del abandonado de Dios que se abandona a Dios. De ahí que el crucificado sea, cristianamente, reconocido como la Palabra de Dios. Para un cristiano, la experiencia de Dios no consiste únicamente en soportar fielmente su silencio —y obrar en consecuencia—, sino en adherirse al crucificado. Esto es, en seguirlo.
Por eso, en la perspectiva cristiana, la experiencia de Dios fue, y desde los comienzos, indisociable del encuentro con el crucificado. O, tras el paso de los siglos, con los de quienes siguieron sus huellas.
Otro asunto es que la cristiandad haya sobrevivido haciéndonos creer que es posible algo así como un acceso directo a Dios.
¿un Mesías militar?
agosto 15, 2025 § Deja un comentario
Cristianamente, se suele decir que la esperanza judía en un Mesías a la David, esto es, militar fue, al menos por parte de los discípulos, un malentendido. Sin embargo, al desestimar fácilmente esta esperanza, probablemente perdamos de vista el carácter provocativo del cristianismo. Pues quienes sufrieron la brutal dominación romana ¿acaso podían confiar en quien ofrecía la otra mejilla? Los prisioneros de Auschwitz ¿es que no miraban al cielo esperando los aviones de los aliados?
Creer que la violencia no libera, sino que, únicamente, pospone la liberación es, en realidad, una osadía. Y una osadía que, honestamente, no sirve a quienes permanecen aplastados por la bota del opresor… salvo que anden rozando la mística o el estoicismo. Ofrecer la otra mejilla es, al fin y al cabo, un gesto escatológico. En el mientras tanto, a veces, es necesario usar el látigo que expulsó a los mercaderes del Templo. De hecho, al de Nazaret no lo crucificaron por buenazo.
la inhospitalidad y el zen
agosto 12, 2025 § Deja un comentario
Israel fundó la religión de la inhospitalidad… si es que estamos propiamente ante una religión al uso. Pues, para quienes andan dando vueltas en busca de un tierra donde arraigar, resulta evidente que las mujeres y los hombres existen como arrancados —y arrancados no es lo mismo que separados. En cambio, el paganismo fue —y sigue siendo— una religión del formar parte, una religión campesina. En esta se trata, sobre todo, de alinearse con el viento más propicio, en definitiva, de sintonizar. Por otro lado y como es sabido, el budismo zen es una espiritualidad sin Dios —y esto significa, entre otras cosas, asumir que nada sostiene la vida que nos ha tocado en suerte. De ahí su concentración en el presente: ahora estoy escribiendo… y eso es todo. Una cosa tras otra. Sin horizonte. El maestro zen siempre se encuentra en donde está. Como una vaca —y no lo digo en un sentido peyorativo. Pues la vaca tiene suficiente con el agua que sacía su sed. No hay más. Nada que ver con la angustia de fondo de quien no termina de hallarse en su presente.
Así, en cada caso lo que nos saca de quicio no es lo mismo. En el caso del paganismo, el palo entre las ruedas, el inconveniente, el desajuste. De lo que se trata es de reparar. Para el budismo zen, el ruido del mundo, la distracción, el neguit de quien ignora de qué va el juego. Israel, sin embargo, no duerme ante la injusticia histórica: qué vida pueden esperar aquellos que murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad. Y este es un interrogante cuya respuesta no es una solución.
Con todo, las diferencias tampoco es que sean tan nítidas. Los límites son borrosos. Y es que, por ejemplo, Israel también tiene su momento zen, como quien dice. Me refiero al momento del heme aquí, aquel en el que el creyente topa con el non plus ultra de la realidad divina, la que se revela, precisamente, como oscuridad y silencio. Desde la óptica pagana, el equivalente sería el momento de la muerte. De ahí que la espiritualidad pagana gire en torno al memento mori y, en definitiva, a la experiencia de la caducidad. Sea como sea, en estos momentos, somos de una pieza.
El aire de familia es innegable. Ahora bien, las diferencias también saltan a la vista… si no sufrimos miopía. Y es que lo decisivo es qué hacemos una vez nos hemos dado de narices con el muro. No es exactamente lo mismo en cada caso.
preexistencia
agosto 10, 2025 § Deja un comentario
Ciertamente, el teologúmeno de la preexistencia del Hijo se presta a malentendidos… los cuales tienen que ver con una lectura literal del prólogo del cuarto evangelio, el cual posee, sin duda, un carácter mítico. Pero una lectura literal del mito es, precisamente, lo que no debemos hacer. Y no porque exija una interpretación —no porque el mito, diciendo lo que dice, pretenda decirnos algo muy distinto. El mito no remite a ningún hecho… aun cuando no pueda evitar recurrir a la narración. En tanto, que apunta a una realidad anterior a los tiempos, en el mito no puede haber hechos que valgan —y, por tanto, lo verigiquen. Nada sucedió antes de que hubiera un presente. Pero una lectura espontánea del mito, inevitablemente, se interrogará sobre los hechos que correspondan a sus enunciados.
Ahora bien, que nada sucediera significa que sucedió la nada. En el fondo, el mito, en tanto que se dirige al origen de cuanto es —y teniendo en cuenta que dicho origen, por defecto, no puede pertenecer al mundo al que da pie— , tiene que enfrentarse a lo que es no siendo aún nada. Sin embargo, esto significa que la negación de sí es inherente a la nada. Literalmente, la nada no es nada. Y por eso mismo hay lo que hay. Ex nihilo.
La expresión teológica de esta especulación surge de inmediato. Si Juan escribe lo que escribe es porque, de algún modo, intuye que el Hijo, desde el principio, es el envés de la negación de sí del Padre. La Encarnación no fue una decisión que Dios tomase en un momento dado… como quien decide bajar al sótano para reparar una cañería suelta. De hecho, defenderlo supondría caer, de nuevo, en el docetismo y sus variantes. Dios, en sí mismo, es su kenosis. Por consiguiente, al principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. De ahí que el de Nazaret no fuera una representación, entre otras, del Hijo, sino el Hijo. Dios en sí aún no es nadie sin el cuerpo que, abandonado de Dios, se abandona a Dios. En el abandonado de Dios que se abandona a Dios se revela que Dios en sí es el sacrificio de Dios. Por este motivo, Dios es más que Dios, a saber, cuerpo de Dios. Y por eso mismo, alguien.
El mito da que pensar, decía Ricouer. Y, en cierto modo, es así. De hecho, es lo que hemos estado haciendo, aunque sea torpemente, al escribir estas líneas. Pero este pensar no se resuelve en una traducción. El mito está bien como está. Solo hace falta aprender a leerlo bien. Pero esto es, precisamente, lo difícil.
Dios es
agosto 2, 2025 § Deja un comentario
Si Dios en verdad es un Dios hecho cuerpo, entonces no cabe una descripción del en sí de Dios, ni siquiera aproximada. Y ello significa que al dar cuenta de la experiencia de Dios no podemos referirnos, honestamente, a las sensaciones que provoca lo suponemos que es Dios. Como sucede con el amor, con respecto a Dios, únicamente cabe una historia. Dios es la historia de Dios. Esto es, había una vez un hombre que…