Baerwalde

marzo 18, 2024 § 1 comentario

Levinas comienza Totalidad e Infinito con el siguiente párrafo:

Aceptaremos fácilmente que es cuestión de gran importancia saber si la moral no es una farsa. La lucidez —apertura del espíritu sobre lo verdadero— ¿no consiste acaso en entrever la posibilidad permanente de la guerra? El estado de guerra suspende la moral; despoja a las instituciones y obligaciones eternas de su eternidad y, por ·lo tanto, anula, en lo provisorio, los imperativos incondicionales. Proyecta su sombra por anticipado sobre los actos de los hombres. La guerra no se sitúa solamente como la más grande entre las pruebas que vive la moral. La convierte en irrisoria.

Por su parte, Keith Lowe en Continente salvaje narra la siguiente historia:

Marie Naumann, una joven madre de Baerwalde, en Pomerania, fue violada y luego colgada en un pajar junto a su marido por una turba de soldados, mientras que a sus hijos los estrangularon con cuerdas en el suelo debajo de ella. Unos ciudadanos polacos la bajaron, todavía viva, y le preguntaron quién le había hecho eso, pero cuando les dijo que habían sido los rusos la llamaron mentirosa y le pegaron. Incapaz de soportar lo ocurrido intentó ahogarse en un riachuelo cercano, pero no pudo completar la tarea. Empapada, fue al apartamento de un conocido donde se topó con otro oficial ruso que de nuevo la violó. Poco después de dejarla aparecieron cuatro soldados soviéticos más y la violaron «de forma antinatural». Cuando acabaron con ella le dieron de patadas hasta dejarla inconsciente. Volvió en sí cuando otro par de soldados entraron en la habitación, «pero me dejaron en paz porque estaba más muerta que viva”.

No solo la moral se convierte en irrisoria, sino toda la espiritualidad woke. La facilidad con la que hablamos de Dios es, sencillamente, blasfema. Por no hablar de nuestra autosatisfacción al sentarnos en las primeras filas de las iglesias. Quizá aún estemos lejos de comprender Lc 18, 9-14.

Hamburgo

marzo 17, 2024 § Deja un comentario

“Tras el bombardeo de Hamburgo —escribe el historiador Keith Lowe en Continente salvaje—, no fueron las 40.000 muertes lo que llenó de malestar a la población alemana, sino cómo se produjeron. Historias de un infierno enfurecido, de vientos huracanados y tormenta de chispas que quemaban el pelo y los vestidos de la gente —estas cosas acaparan la imaginación con mucha más eficacia que los datos numéricos puros y duros.”

Este fragmento nos permite entender cómo procede la imaginación bíblica. Pues supongamos que tenemos que dar fe de lo que tuvo lugar a quienes no estuvieron allí. Resulta evidente que nos veríamos casi obligados a acentuar, por no decir, exagerar. La descripción objetiva quizá baste para hacernos una idea, pero no para incorporar el horror. Esto es, para hacer cuerpo de cuanto supera, y con creces, una descripción objetiva. Un infierno enfurecido. La imparcialidad —la visión sub specie aeternitatis— va de la mano de la impiedad. Desde la grada del entomólogo, no hay diferencia entre los hombres y los insectos. De ahí que no pueda diferenciar entre hechos y acontecimientos. Pues lo que acontece y no tan solo pasa siempre se revela desde la óptica del final del mundo.

Sin embargo, el entomólogo podría objetar que, tarde o temprano, llegaremos al mismo puerto: desde la óptica de la eternidad nadie cuenta. Como no cuentan los insectos. Ahora bien, para quien comprende la diferencia, no es lo mismo enfrentarse a lo que reclama una respuesta que a lo que simplemente exige una reacción conveniente. El acontecimiento va con la aparición —y nadie aparece a quien solo ve cosas que pasan. Por terribles que sean. La Ilustración riega fuera de tiesto al tachar de superstición las imágenes delirantes de la esperanza bíblica. De hecho, al hacerlo peca de analfabetismo, aun cuando tuviera sus buenos motivos para pecar: la Iglesia, mejor dicho, su implacable poder, no ayudó precisamente a que aprendiéramos a leer.

Hay que haber estado en el infierno —y quien ha leído, pongamos por caso, a Primo Levi puede decirlo— para padecer hasta el tuétano qué significa un acto de bondad.

bajo el poder

marzo 6, 2024 § Deja un comentario

En el cristianismo actual, la experiencia de Dios suele expresarse en los términos de un hallarse en el sentimiento de una presencia, se supone que benevolente. Vamos a dejar a un lado que este sentimiento, por sí solo, no tiene en cuenta que la experiencia cristiana de Dios no es independiente de hallarse al pie del Gólgota —y por tanto, de la confesión que proclama, frente a los verdugos, que el crucificado es el quién de Dios. Pues, lo que quiero ahora destacar es que, siglos atrás, un cristiano hubiese dicho que la experiencia de Dios va con el sentimiento de hallarse bajo un poder insobornable —y en concreto, bajo un poder del que depende la salvación o la condena eternas.

Ciertamente, en ambos casos y habiendo honestidad, no se trata de una suposición, sino de un sentimiento vivido a flor de piel. Sin embargo, no es el mismo sentimiento. El viejo creyente no daba por descontada la misericordia de Dios, sino que confiaba en ella. En cambio, el creyente moderno —o mejor dicho, aquel de talante progresista— da casi por hecho que no habrá juicio. Difícilmente queda rastro de la antigua dependencia. Por un lado, el haberla dejado atrás fue, sin duda, liberador. Al menos, porque la Iglesia decimonónica —o no tanto— se pasó de la raya acentuando el temor. Pero, por otro, donde no queda ni pizca de temor —donde Dios ha quedado reducido a una variante del amigo invisible de la infancia— estamos a un paso de prescindir de Dios… si es que no hemos prescindido ya, aun cuando, en los clubs cristianos, sigamos sirviéndonos de la palabra Dios.

fe y escatología

febrero 29, 2024 § Deja un comentario

Donde los creyentes, en su intento de actualizar su fe, prescinden de la imagen de un combate de dimensiones cósmicas como si fuera el lastre de un antigua superstición, la causa cristiana pierde su fuelle. Por no decir, que se transforma en la excusa del narcisismo espiritual. Una entre otras. Es cierto que va a resultar difícil que el mundo se nos muestre como la pugna entre ángeles y demonios por nuestra alma donde contemplamos el desastre a través de la pantalla. Pero al igual que es cierto que dicho combate se presentará como innegable a quienes sufren la impiedad de los diferentes rostros de Satán —y aquí hay que tener en cuenta que solo cabe incorporar lo que acontece a través del mito.

En cualquier caso, la esperanza en un final de los tiempos va con la fe. Pues fe es, precisamente, esperar una última palabra. Puede que el nihilista haya dado en el clavo y que la fe sea una quimera. Y que, en vez de un tiempo final, el eterno retorno de lo mismo. Ahora bien, no porque no haya Dios, sino porque Dios es el Dios que se puso en manos de los hombres para llegar a ser el que es.

verdad y perspectiva

febrero 28, 2024 § Deja un comentario

Es cierto que juzgamos la existencia desde nuestro punto de vista. Toda visión es, por tanto, perspectiva. Hasta aquí, lo obvio.

Sin embargo, no resultan tan obvio, al menos espontáneamente, que de lo anterior se desprenda que no hay verdad. Pues que la haya o no dependerá de lo que entendamos por verdad. Si por verdad entendemos adecuación a los hechos, entonces es innegable que hay tantas verdades como hechos. Pues no hay hechos sin carga teórica. Es decir, para un aborigen del Mato Grosso no hay dinero, sino simples papeles que los blancos, dicen, consideran como sagrados. Su perspectiva es análoga a la nuestra cuando vemos sus tótems como superstición. En cambio, para nosotros es igualmente elemental que hay dinero. Si encontrásemos en la calle un billete de cien euros no veríamos primero un trozo de papel que a continuación interpretaríamos como dinero. La interpretación va con la visión.

Ahora bien, si por verdad entendemos lo que acontece frente a lo que simplemente sucede, entonces el asunto cambia. Y bastante. Pues sea cual sea la perspectiva, tarde o temprano, caemos en la cuenta de que cualquier cosmovisión cede el paso al acontecimiento de la nada como mundos. Esto es, al tener lugar del todo como la negación de sí de la nada de un puro haber. En el origen, un hágase que, por eso mismo, se sitúa más allá de los tiempos. Y aquí no hay perspectiva que valga… en tanto que aquí no hay nada que ver. El hágase no es un hecho, aun cuando no podamos evitar imaginarlo como tal. Sea como sea, todo es don desde el horizonte del retroceso del Padre, por así decirlo. Y de ahí que junto con el don, también la sombra.

sin medida

febrero 27, 2024 § Deja un comentario

Bonhoeffer tuvo el mérito, entre otros, de lograr sintetizar su pensamiento en fórmulas sumamente acertadas. Una es la que dice: un Dios que existe, no existe. Es verdad que la fe es un trayecto, hasta el punto de que nadie puede decir sinceramente de sí mismo que tenga fe. Pues la fe no se tiene, sino que se ejerce dando un paso al frente… y sin que sepamos en qué medida ese paso es honesto. Ahora bien, si no lo sabemos es porque aquel en quien confiamos —y la fe es, sobre todo, un acto de confianza— no es objeto de un saber. Ni siquiera hipotético.

El creyente se encuentra expuesto, casi por defecto, a la desmesura de Dios, a su exceso. Sin embargo, le hacemos un flaco favor a la causa cuando nos imaginamos dicha desmesura como más de lo mismo es decir, como lo mismo, pero a lo grande:más poder, más justicia, más amor. La realidad de Dios no es la del superlativo, sino la del ahí-nadie-aún. De hecho, solo desde la desmesura del silencio de Dios cabe reconocer al Hijo del Hombre como Hijo de Dios. Y aquí podríamos añadir una nota a pie de página, parafraseando a Bonhoeffer, diciendo que Dios existe; ahora bien, no solo como Dios —aunque tampoco solo hombre. Y aquí parece que ya la liamos… Pero únicamente donde olvidamos las historias que dotan de inteligibilidad a la confesión creyente.

franciscano

febrero 26, 2024 § Deja un comentario

Leo en la prensa que en las Tierras Altas de Papúa Nueva Guinea la tribus llevan décadas destrozándose entre sí (y que ahora son capaces de perpetrar verdaderas masacres al disponer de armas de fuego de gran calibre). Pues bien, supongamos que alguien, no pudiéndolo tolerar, decidiera ir a ese infierno para poner paz. Y ponerla simplemente predicando (con la palabra y el ejemplo). ¿Quién se lo tomaría en serio? ¿Cuánto duraría? Sin embargo, ¿no estaríamos acaso ante un ejemplo de insensatez cristiana? ¿No fue este, precisamente, el espíritu de Francisco de Asís? Que el amor transforma cuanto alcanza es algo que está por ver —y de ahí que solo el amor sea digno de fe. Como de ahí también la esperanza en un final de los tiempos. Diría que muchos creyentes se equivocan, aunque sea con una bondad de fondo, donde dan por hecho lo que aún está pendiente de una última palabra.

espectadores

febrero 25, 2024 § Deja un comentario

Se dice: las carantoñas de los amantes están al servicio del gen. Como si, al fin y al cabo, fuéramos títeres de lo anónimo. Cuanto puedan proclamar los amantes acerca de su experiencia es irrelevante, por no decir, ilusorio. ¿Amor? Tan solo una ficción útil.

Sin embargo, si la alta cultura de hoy en día lo ve así, ¿no será porque hemos dejado atrás, no ya la superstición, sino el lenguaje que nos permitía, precisamente, hacernos cargo de nuestro hallarnos expuestos al carácter absolutamente alter de lo real? ¿Acaso la distinción entre cuerpo y alma no está más cerca de dar cuenta de la escisión que nos constituye que la convicción de que no somos más que cuerpos que reaccionan? Platón ¿fue un ingenuo al creer que la aspiración más íntima es la de un conocimiento de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa —y además, dando por sentado que este conocimiento, aun cuando termine siendo paradójico (o por eso mismo), nos transforma? ¿Es más verdadera la descripción de quien observa el fenómeno humano como el mirmecólogo, las hormigas que la lamentación de quienes quedan sepultados por una oscuridad y un silencio impenetrables?

Evidentemente, la respuesta dependerá de lo que entendamos por verdad. El espectador imparcial, al estar situado fuera del mundo, como quien dice, permanece atado a una concepción de la verdad demasiado estrecha, a saber, la que entiende por verdad la correspondencia entre enunciado y hechos, una concepción que, no obstante, es muy de sentido común… sobre todo, cuando el criterio es el ver y el tocar. De ahí que el espectador imparcial difícilmente pueda dar fe de la verdad como lo que acontece o tiene lugar y no simplemente pasa. Y es que lo que acontece nunca admitirá una descripción. Al menos, porque implica enfrentarse a la nada —o al aún-nadie— que se revela como la más íntima posibilidad de cuanto es. O como decíamos antes, a la oscuridad y silencio más impenetrables.

profetismo y devoción

febrero 23, 2024 § Deja un comentario

Al profeta le está vedada la entrada en la tierra prometida. O lo que viene a ser lo mismo, el consuelo de la fe. Y no porque ande por ahí como un alma en pena, pues por lo común no es así, sino porque el profetismo exige tomar una cierta distancia de las prácticas habituales en el templo. Es precisamente la distancia que le acerca al fuego de Dios. Aunque no por ello, el profeta se dirá a sí mismo que esté más cerca de Dios. Más bien, al contrario. Y es que, con respecto a Dios —y, por extensión, con respecto a lo que tiene lugar y no simplemente pasa, es decir, lo verdadero—, cuanto más cerca, más lejos.

la resurrección según Cleofás

febrero 22, 2024 § Deja un comentario

La cosa, para los contemporáneos de Jesús, debió de ser más o menos como sigue: dicen que el crucificado resucitó. De hecho, el relato de Emaús comienza, más o menos, así. Hubo apariciones —aunque para nosotros en tanto que modernos, y también para muchos de los que, en aquellos tiempos, oyeron hablar del asunto, tan solo valga (o valiese) hubo quienes creyeron haber visto al resucitado. Pero las apariciones, como tales, no apuntaban necesariamente a la resurrección. También hubo quienes las vieron como el signo de una exaltación. A pesar del aire de familia, no es exactamente lo mismo, cuando menos por las implicaciones soteriológicas de cada lectura.

En cualquier caso, podríamos preguntarnos qué se desprende de un relato como el de Emaús. ¿Acaso que la cuestión sobre si de hecho el crucificado resucitó es lo de menos? Un acontecimiento escatológico no puede presentarse como hecho. Ahora bien, ¿cómo se hace presente, entonces? Siguiendo el hilo de Lucas, me atrevería a decir que a través del espíritu que nos empuja a compartir el pan de cada día: nadie se quedará con hambre. No hay gesto más contracultural que este.

Sin embargo, ¿de qué hablamos cuando hablamos del Espíritu? Ciertamente, de un poder. Pero no de aquel que se ejerce ex machina, aun cuando religiosamente no podamos evitar concebirlo así, sino del que nace de la esperanza, una esperanza que arraiga en un imposible acto de bondad en medio de la devastación, del non plus ultra del mundo. Me refiero al perdón de un crucificado en nombre de Dios. Este es el acontecimiento escatológico par excellence. Ningún mundo puede, de hecho, admitirlo como su posibilidad. Pues el mundo es la negación de Dios. Y no es secundario que el cuarto evangelio muestre la resurrección como el envés de la elevación de la cruz sobre el Gólgota. Hay una línea continua entre el perdón de María —aquel que hizo posible lo imposible, el amor a un hijo bastardo como don de Dios— y el del crucificado.

docetas en el ajo

febrero 20, 2024 § Deja un comentario

El cristianismo no es, estrictamente, una religión entre otras: es una confesión —y una confesión ante aquel que murió abandonándose a Dios como abandonado de Dios. Tampoco puede serlo si tenemos en cuenta que la principal proclamación cristiana es aquella que reconoce en el crucificado el cuerpo de Dios. Que Dios tenga un cuerpo y que, por eso mismo, Dios-en-sí sea aún-nadie, no es algo que religiosamente podamos admitir. Pues el presupuesto de la religión es que, por un lado, hay Dios y, por otro, hay hombre; no que Dios, desde el principio, no quisiera ser aún Dios sin la adhesión de su criatura, de aquel que, como alteridad de Dios, tuvo que inicialmente negarlo.

En este sentido, no es secundario que el primer cistianismo condenara el docetismo. Pues los docetas entendieron la encarnación a la religiosa: como si Dios se hubiese limitado a adoptar nuestro aspecto. La condena no tiene que ver, por tanto, con la intelorancia de los dogmáticos, sino con la intención de preservar la revelación de su deriva hacia lo sensato. Y es que el docetismo es fácilmente digerible por la típica sensibilidad religiosa. En cambio, no parece que podamos aceptar como quien no quiere la cosa que Dios en verdad esté lejos de ser un deus ex machina.

Otro asunto es que el cristianismo haya triunfado históricamente tolerando de facto el docetismo que condenó de entrada. Pero esto tiene que ver con que ninguna verdad sobrevive a lo largo de la historia sin traición.

fe y legitimidad

febrero 19, 2024 § Deja un comentario

En el contexto de la tolerancia democrática suele recurrirse al término legitimidad. Así, fácilmente decimos que, en democracia, todos los credos religiosos poseen la misma legitimidad —que cualquier credo tiene derecho a ofertarse—… siempre y cuando no pretendan ocupar la totalidad del espacio cultural, esto es, mientras los credos no intenten ser hegemónicos.

Ahora bien, el término legitimidad es una categoría política. Y lo que implica plantear la cuestión de la legitimidad como primera cuestión es que lo político, en democracia, pasa por delante de las respuestas a las cuestiones fundamentales de la existencia y con respecto a las cuales la palabra no es legitimidad, sino verdad: qué es lo que en verdad acontece o tiene lugar frente a lo que simplemente pasa. Y aquí no todas las creencias se encuentran en el mismo plano. La legitimidad democrática le cierra el paso —o, mejor dicho, el paso público— a la cuestión de la verdad. No cabe, por tanto, la discusión —la polémica. Afirmar, pongamos por caso, que la confesión cristiana está más cerca del tuétano de la existencia que el Islam o el budismo tibetano sería, sencillamente, inaceptable. Evidentemente, el respeto siempre de por medio. Pero ¿acaso respetas a quien no cree en lo mismo cuando ni siquiera te atreves a cuestionarlo? Al no entrar en polémica —y doy por sentado que se entra (y se sale) con buenas formas—, el cristianismo le sigue el juego al liberalismo, tanto político… como económico.

Por consiguiente, debido a la actual preeminencia sociocultural de lo político, la fe queda reducida a suposición o perspectiva… entre otras. De ahí que muchos cristianos terminen diciendo aquello de para mí… olvidando que la fe, antes que un mapa del territorio, es una confesión ante aquel que, colgando de una cruz, te pregunta: y tú quién dices que soy yo. Hace falta mucho valor —o, mejor dicho, hace falta hallarse en la situación de quienes ya no pueden esperar nada del mundo— para responder tú eres el cuerpo de Dios. Y digo valor porque está confesión cuestiona —y seriamente— los poderes de este mundo, los cuales no suelen andarse con una flor en la mano.

Quizá sea por eso que, por lo común, prefiramos decir que la pluralidad de los credos nos enriquece. No digo que no. Pero este enriquecimiento difícilmente tendrá que ver con la opción fundamental. Por decirlo en breve: aquellos que subrayan el para mí, como si la fe fuera el resultado de una elección que se decide enteramente desde el lado del yo, no se encuentran en la situación en la que solo cabe confesar o, por el contrario, seguir martilleando el clavo, aunque sea con los golpes de nuestra indiferencia.

títeres

febrero 18, 2024 § Deja un comentario

La crítica ilustrada a la superstición, a pesar de sus logros, terminó tirando al niño junto con el agua sucia. Y aquí el niño es el poder cognoscitivo o revelador de lo simbólico. Es cierto que el gen —las hormonas— te hacen ver cosas que habitualmente no ves: cualquier mujer como diosa; una rata como un plato de la nouvelle cousine; un cadáver, como comestible. Así, es inevitable, por ejemplo, creer que somos títeres de un gen egoísta. ¿Superstición? No me atrevería a decirlo. Tampoco, casi nadie hoy en día. Aunque el término títeres sea, de hecho, una metáfora —un esto como aquello. De hecho, es nuestra metáfora. El lenguaje es un conjunto de metáforas. O mejor dicho, un idioma es un texto —una textura. Y todo lo vemos —todo se nos aparece— a través de un idioma.

La cuestión es qué texto revela lo que hay más allá de cuanto hay, esto es, del todo. Pues los diferentes textos no poseen el mismo alcance. Y es que no parece que sea lo mismo decir que somos títeres de un gen egoísta que decir, pongamos por caso, que existimos como arrancados. Esto último no niega lo primero —aun cuando añada que no solo somos títeres. La metáfora del gen egoísta, en cambio, rechaza que podamos ser algo más. No nos enfrentamos simplemente a textos distintos.

La metáfora hace mundo. Y por eso mismo —porque es palabra justa— es, de entrada, verdadera. En tanto que la metáfora hace mundo, no cabe dudar de su adecuación. Pues no hay hechos anteriores a las metáforas fundadoras. En realidad, presuponer lo contrario —a saber, que hay hechos puros, al margen de la significación— es ya de por sí una metáfora, la que dio pie, precisamente, a la Modernidad. La fragmentación —entender la metáfora únicamente como un bello modo de hablar, y no como hallazgo— fue siempre diabólica. Literalmente.

Sin embargo, no es fácil determinar qué texto está más cerca de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. Pues, como acabamos de decir, no hay hechos con los que contrastar las hipótesis. Las metáforas que hacen mundo producen los hechos que las confirman. A la hora de dilucidar qué texto da en el clavo —o, cuando menos, un primer golpe— no tenemos más remedio que enfrentarnos a la vieja pregunta de la metafísica: de qué hablamos cuando hablamos del haber en cuanto tal. Es a partir de las respuestas a esta pregunta —unas respuestas, en cualquier caso, paradójicas— que se abre el espacio para el lenguaje significativo o, si se prefiere, para la metáfora más cercana a lo real. Es decir, para el mundo más próximo a lo que en verdad acontece, a la negación de la nada del puro haber. Consecuentemente, si al principio fue la no-nada —el Sí, la Voluntad, la negación de la nada—, el poder de afirmación de la metáfora verdadera solo puede entenderse como el eco de esta negación primordial, anterior a los tiempos.

Así, es verdad, pongamos por caso, que María fue virgen. Pues el mal no alcanzó lo más íntimo de ella. Pues solo como virgen pudo amar como don de Dios al que probablemente fuese el hijo de una violación. No estamos hablando de algo fácil, ni siquiera de algo moralmente exigible, sino más bien de lo imposible. Y lo imposible siempre apuntará a que haya algo en vez de nada —al acto creador, al Sí como doble negación. La superstición surge solo cuando nos servimos de las imágenes de lo imposible… habiendo perdido de vista la situación en la que estas se nos impusieron como verdaderas. Al fin y al cabo, una vez olvidamos las historias humanas que hay detrás de la metáforas fundadoras. Y quizá demasiado humanas.

el pueblo de la Alianza

febrero 17, 2024 § Deja un comentario

La Alianza no fue un pacto político. De hecho, los pactos políticos con la divinidad se daban por descontado… una vez se ocupaba un territorio. Cada territorio —cada pueblo— tenía su dios, el amo del lugar. Se sobreentendía que la protección implicaba una serie de contraprestaciones. Un pacto político supone un toma y daca. Ahora bien, no da la impresión de que el pacto que Dios establece con Abraham sea de este tipo. El “estaré siempre con vosotros” es más bien un pacto de amor —y aquí deberíamos prescindir de las connotaciones románticas—… lo cual no deja de resultar sorprendente tratándose de la divinidad. Suena a jamás te abandonaré.

Sin embargo ¿quién es el que estará siempre ahí? ¿Qué tipo de Dios? ¿Acaso Dios no se le reveló a Abraham como el Dios de la promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo; en definitiva, como un Dios por venir —y por eso mismo, como el porvenir de Dios? Ciertamente, ¿De qué se trata entonces?

Si unimos los cabos, fácilmente llegaremos a la conclusión de que la Alianza significa que Israel permanecerá, como pueblo de Dios, a la espera de Dios. Como si el porvenir de Dios fuese una especie de mosca cojonera para los hijos de Abraham. En esto consiste la fidelidad de Dios. Y por esto Dios es Dios. Dios en verdad nunca fue el dios de un lugar. Para Israel, el exilio será una constante histórica. Dios no es de este mundo. Ni tampoco de uno paranormal. En cualquier caso, el Dios del final de los tiempos —de una nueva humanidad.

No hablamos, por tanto, del compromiso de un deus ex machina. El envés de la fidelidad de Dios es, precisamente, la fidelidad del creyente, su fe. No obstante, y porque se trata de un envés, lo que se desprende de ello es que no habrá otro presente para Dios que el del hombre de Dios. SI tú crees en mí, Yo soy —si no crees, no soy, reza una sentencia talmúdica. Pues eso.

No es casual que el cristianismo no quisiera prescindir, a pesar de Marción, de su vínculo con Israel. De haber triunfado Marción, difícilmente seguiríamos confesando, si es que aún somos capaces, que el crucificado no fue un enviado de Dios, entre otros, sino el cuerpo de Dios. Y esto ante el crucificado.

la Gioconda

febrero 16, 2024 § Deja un comentario

Lo de menos es la Gioconda de carne hueso. La Gioconda de Da Vinci ocupó su lugar. Esta es la presente —esta, y no la otra, es la Gioconda. A nadie le importa quién fue. Algo parecido podríamos decir a propósito de la encarnación de Dios. Una vez se hizo carne, Dios-en-sí devino un espectro sin sustancia… si es que alguna vez la tuvo. Pues, al igual que no hay otra Gioconda que la de Da VInci, no hay otro Dios, dice el cristianismo, que el que colgó de una cruz.

nada y no-nada

febrero 15, 2024 § Deja un comentario

Si Dios es la salida de sí hacia lo otro de sí —hacia aquello que lo niega—, entonces la Creación es la liberación de Dios. Y es así que, haciéndose cuerpo, llega a ser el que es. Al principio era el Sí. Es decir, la no-nada.

hojas de morera

febrero 14, 2024 § Deja un comentario

Si a los gusanos de la seda se les apareciese el niño que juega a cuidarlos y verlos crecer, no podrían evitar la impresión de que han visto a un dios. Por supuesto, se equivocarían. Para esos gusanos, el niño solo puede ser un dios en apariencia, es decir, un ídolo. Puede que aún no hayamos asimilado —por no decir, aceptado— que Dios en verdad no aparece como dios, sino como un apartado de Dios (y por Dios). Que su desmesura es la de su vaciamiento de sí y no la de lo gigantesco.

Alicia en el país de las maravillas

febrero 13, 2024 § Deja un comentario

La experiencia de lo sagrado es consustancial a la existencia. Pues la experiencia fundamental de la existencia es la aparición. Hay momentos en que tu mujer, tus hijos, el amigo… —al fin y al cabo, cualquiera— aparecen como lo que son: fantasmas, seres del más allá, vida que se nos ha dado desde el horizonte de la nada, en definitiva, de un puro haber. Milagro.

Este momento de la sensación verdadera, sin embargo, debe ser preservado. Pues el tiempo es un disolvente implacable. Frente al tiempo somos impotentes: ningún corazón puede soportar tanta verdad. Lo sagrado se da junto con lo profano. En el día a día, tendremos que tratar con el cuerpo de los fantasmas —y el trato no siempre será amable. La reacción se impone a la adoración.

Acaso la principal aportación del testimonio bíblico sea que nada hay más sagrado que la vida. Con la Biblia, lo sagrado se desvincula de las piedras, en definitiva, de lo gigantesco. De ahí la necesidad de marcar la cotidianidad con los signos del don: no olvides. Porque la tendencia es a olvidar. Y de ahí también la razón de ser de la Ley: cuida de lo que te ha sido dado… como si te fuera en ello la vida. Pues te va la vida. Aunque espontáneamente creamos que la vida es mera supervivencia.

mirmecología básica

febrero 12, 2024 § Deja un comentario

El sujeto de la reflexión no es el mismo que el de la creencia. Esto es lo que, en definitiva, hay detrás de la sentencia platónica que dice que una vida reflexionada —una vida que se examina a sí misma— tiene más valor que una vida sin reflexionar. Ambas vidas no juegan en la misma liga.

Ahora bien, la pregunta es por qué no se trata del mismo sujeto. Y la respuesta es simple: el sujeto de la reflexión, sobre todo modernamente, es hijo de la sospecha. En este sentido, no puede evitar interrogarse por lo que está haciendo cuando se dirige espontáneamente a Dios. Esta era, según Martin Buber, la enfermedad de nuestro tiempo, una enfermedad del espíritu. Al sujeto moderno de la reflexión, en el caso de que se apareciese la Virgen, casi inmediatamente se preguntaría si acaso no estará sufriendo una alucinación. Aun cuando siguiese impresionado con la aparición, no podría creer en ella.

Sin embargo, en los abismos de la existencia las apariciones dejan de estar bajo sospecha. Y lo dejan de estar porque tienen un cuerpo humano, demasiado humano. Así, las prisioneras de Bergen-Belsen no dudaron de que se les apareció Satán bajo el aspecto de Irma Grese, el ángel de la muerte. Aunque también es posible que se les apareciese el ángel de la luz bajo la forma de un gesto de bondad. Es cierto que sub specie aeternitatis no hay diferencia entre las torturas indescriptibles de Irma Grese y el abrazo de una madre. Todo son cosas que pasan: acción y reacción. Pero la pregunta es qué visión es más realista: si la de quien contempla la historia como el mirmecólogo las hormigas o la de quien la sufre. Al fin y al cabo, acabamos topando con la ontología. Y ello en nombre de las víctimas.

Así, o lo real es naturaleza muerta —y en este caso, el mirmecólogo tiene razón—; o es la alteridad que nos sale al encuentro (y por eso mismo, exige una respuesta). Si lo primero, entonces el mirmecólogo no es de este mundo —pero el mirmecólogo forma parte del mundo. En cambio, si es cierto lo segundo, entonces el mirmecólogo, sencillamente, se equivoca: no ve lo suficientemente lejos.

Ahora bien, lo anterior equivale a decir que desde la situación de quienes sufren la historia, la aparición de Satán —o, en su defecto, del ángel de la bondad— no es un trampantojo. Pues resulta inevitable ver cuanto es desde la óptica de un combate de dimensiones cósmicas. Al final, tendremos que admitir que hay más verdad en el mito que en los fríos informes del mirmecólogo. Y no porque el mito, precisamente, describa mejor.

la ironía del cristianismo

febrero 8, 2024 § Deja un comentario

Quienes permanecemos sentados en el sofá difícilmente podemos evitar leer el anunció de la resurrección como si fuera una burla: hay esperanza para los crucificados de este mundo; al final, Dios los levantará de sus tumbas para que puedan vivir la vida que les arrebatamos. Pues, teniendo en cuenta que hablamos de un imposible, ¿acaso no es como decir que no hay esperanza? ¿Podríamos tomarnos en serio a quien nos dijera que la solución a los problemas de este mundo pasa por la cuadratura del círculo? ¿No nos estaría diciendo, más bien, que la humanidad no tiene remedio? Ciertamente, hoy en día no podemos entender la resurrección ni siquiera como un hecho del pasado. En todo caso, como aquello en lo que creyeron, erróneamente, los primeros cristianos. Pero aquí la cuestión es si cabe entender lo imposible. De hecho, tampoco es que entendieran algo los acomodados de la Antigüedad.

De ahí que la pregunta sea quiénes podrán esperar lo imposible. Y en nombre de qué acontecimiento. No es secundario que el cuarto evangelio muestre la resurrección como el envés de la crucifixión. Pues en el abandonarse a Dios del abandonado de Dios está la clave de lectura del tercer día(y por extensión, de la dogmática cristológica). La esperanza cristiana cristiana está lejos de ser una expectativa razonable. La forma de dicha esperanza es, en el fondo judía, es decir, imperativa: lo imposible debe acontecer porque la bondad tuvo lugar donde no era posible que surgiese ninguna bondad.

Evidentemente, el relato de la resurrección presupone la convicción —una convicción que arraiga en el tuétano de la existencia— de que nos hallamos en medio de un combate de dimensiones cósmicas entre las fuerzas del Bien y las del Mal. Para los que seguimos apoltronados en el sofá esto es ciencia ficción, algo con lo que conectamos viendo, por ejemplo, un episodio de Star Wars, pero que no podemos tomarnos al pie de la letra. Muchos de los condenados a las cámaras de gas no dudaron, sin embargo, de la existencia de Darth Vader.

Por eso me atrevería a decir que le hacemos un flaco favor al cristianismo donde, con el mejor de los propósitos, intentamos traducir el lenguaje de la resurrección a uno que cualquiera pueda digerir. Como si fuera, pongamos por caso, un modo de hablar de la inmortalidad del alma. Porque no fue un modo de hablar para las víctimas del Imperio.

soy una isla

febrero 6, 2024 § 1 comentario

Imagínate que eres el último hombre sobre la tierra. No hay nadie más. Ni siquiera zombies. Vives rodeado de lo anónimo. ¿Puede haber Dios para Robinson Crusoe —para el astronauta que ha perdido el contacto con la nave nodriza y avanza suspendido del vacío y la oscuridad del cosmos? ¿Acaso ese hombre sería algo más que su angustia? Ya no hay llanuras para el solitario —ningún horizonte al que dirigirse, ninguna luz. ¿Qué significaría en su caso invocar a Dios… de poder hacerlo? ¿Escucharía otra cosa que su silencio? Pero ¿es que no fue esta la situación del crucificado? La interpelación de Job ¿no fue más bien un grito lanzado hacia un muro de piedra? La respuesta de Dios ¿sería algo más que el eco de su clamor? ¿Que Ley se desprende de esta trascendencia —la única verdadera? El último hombre ni siquiera podría experimentar la tierra como don —como Creación. Más bien la experiencia sería la de no contar para nada, ni para nadie. Sin embargo, el punto de partida de la existencia creyente —el de su confesión— no es otro que el hundimiento de los cielos. Dios no pertenece a ningún mundo. Concebirlo a la manera de un ente supremo o un arjé supone regar fuera de tiesto. Es probable que aún estemos lejos de comprender la confesión cristiana: el Padre es el Hijo —y el Hijo, su estar expuesto al Padre, su obediencia. Pero, de permanecer fiel, ¿quién podrá dar testimonio del último hombre como Hijo? La fe siempre fue un asunto comunitario. Ninguna redención para el último hombre. No partir de ahí supone seguir con nuestros mapas. Y no hay mapa que valga para este territorio. Resulta obvio que estamos en las antípodas de dios-amigo-invisible de las interioridades naïve.

más angelus

febrero 5, 2024 § Deja un comentario

Ve adonde no puedes ir; mira donde no ves; oye donde nada retumba ni resuena; entonces estarás allí, donde Dios habla.

Angelus Silesius

presente indicativo

febrero 3, 2024 § Deja un comentario

La mayoría de las espiritualidades son espiritualidades del presente, desde el epicureísmo hasta el budismo zen. La idea madre es simple. Se trata vivir los hechos más insignificantes, aquellos que tendemos a obviar, como milagro. Mascar un chicle, dirigirse al trabajo, que alguien esté junto a ti… son acontecimientos si sabes verlos a través del prisma de una nada de fondo. Quizá mañana estemos muertos. ¿Ilusión? No me atrevería a decirlo. Pues, en realidad, es así. Todo nos ha sido dado. También el horror.

Sin embargo, ¿es posible vivirlo como quien respira? No. El mundo exige nuestra adaptación y, por eso, nos obliga a reaccionar. Aunque lo cierto es que tampoco podríamos soportar tanta verdad. Ahora bien, que no sea posible no quita que siempre quepan momentos epifánicos. Pues los hay.

Con todo, la espiritualidades del presente no suelen ser las de las expoliados hasta de su humanidad. No pueden serlo. Pues el presente de los sobrantes es irrespirable. De ahí que la espiritualidad bíblica apunte a un futuro increíble: que el león coma hierba. La Biblia no proporciona una espiritualidad entre otras, aun cuando, ciertamente, podamos encontrar acentos comunes, al menos porque la tradición bíblica parte de la experiencia del don. Y para verlo basta con tener en cuenta que, bíblicamente, ni siquiera Dios admite el presente indicativo.

Raimon

febrero 2, 2024 § 1 comentario

Ayer, tomando un café en Caspe, se me apareció Dios. Una vez más. Era Raimon, el indigente del lugar —y como indigente no estaba mentalmente muy fino. Me habló de sus padres, de su infancia. Una completa desgracia. A la calle. ¿Deliraba? Quizá. Pero se non è vero, è ben trovato: podría perfectamente no estar delirando. La situación tuvo algo de insoportable. ¿Cómo podía soportar dejarlo ahí y seguir con lo mío? Y luego dirán que Dios es el amigo que siempre nos acompaña (y nos ama con locura). ¿Sí? No lo parece, en el caso de Raimon. Sin embargo, ¿quién podrá dejar todo atrás y sacar a los Raimon de la sima en el que se hallan? No es una cuestión de valor. O mejor dicho, el valor no es lo que viene primero. Es posible que nunca caigamos en la cuenta de lo que supone confesar que la voz de Dios es la de quienes sufren en sus carnes su trascendencia. Y esto es lo vertiginoso. Al menos, para quien haya sido rozado por el aliento de Dios —y Dios padece halitosis. Quizá no sea casual que los elegidos —desde los profetas hasta los santos— no sean, precisamente, aquellos que, de entrada, proclaman lo a gusto que se encuentran sintiéndose cerca de Dios.

noche oscura

enero 31, 2024 § Deja un comentario

Todo creyente debe pasar por Getsemaní. ¿Cómo, si no, llegará a la fe? ¿Acaso quien topa con Dios no topa, de entrada, con un muro de silencio? El cristiano ¿acaso no confiesa al crucificado como Hijo de Dios? Si Jesús es proclamado como Dios es porque Dios se reveló como el cuerpo que cuelga de una cruz. Y esto no deja de las cosas de Dios como estaban. Es posible que aún estemos lejos de caer en la cuenta del alcance de la proclamación cristiana.

del imaginario

enero 29, 2024 § Deja un comentario

La crítica ilustrada al imaginario religioso tiró al niño —casi literalmente— con el agua sucia. Pues no podemos incorporar la verdad, entendida como aletheia, sin el apoyo de las imágenes. Así, pongamos por caso, es un milagro que haya alguien ante ti. Desde el fondo de la nada, el otro, en verdad, es siempre una aparición . Sin embargo, en el día a día, no lo parece. En el tiempo diario, prevalece el trato —y en última instancia, todo trato es un mal-trato, incluso de mediar las buenas formas. De ahí la importancia de preservar en quien tienes frente a ti una zona intocable o sagrada: no olvides que su vida no te pertenece. O también, y según cuenta la tradición, la violencia no alcanzó el corazón de María. Pero esa realidad queda oscurecida por la María de carne y hueso. Para que esa pureza se haga presente necesitamos representárnosla como inmaculada. Sin embargo, este el riesgo: que la imagen termine ocupando el lugar de la María de carne y hueso, de la historia que hay detrás. Y de ahí a parecer unos iluminados media un paso. Por no decir, unos estúpidos.

obviedades

enero 28, 2024 § Deja un comentario

Creo que nos equivocamos al dar el cristianismo por obvio, aunque hoy en día se trate de una obviedad entre otras (y sin destacar). La existencia cristiana es, de hecho, una demencia —una desproporción. No me refiero —es obvio— a la práctica del cristianismo burgués o woke. De hecho, lo obvio es lo siempre obviado. Basta con suponer, aunque tampoco es que tengamos que esforzarnos demasiado, que lo normal es llevar una vida a resguardo de los excluidos. Y digo normal, no solo porque sea lo habitual, sino porque suponemos que este hallarse a resguardo ha sido normalizado por una creencia del tipo que cada uno aguante su vela (y si se quiere, podemos añadir unas dosis de karma). Pues en este contexto, imaginemos que hubiera quienes no pudieran soportar que hubiese hambrientos a causa de nuestro pasar de largo. Y que, en consecuencia, se dedicaran en cuerpo y alma a darles el pan de cada día. Como si no hubiera más. ¿Acaso no los veríamos como exagerados? Aunque también cabría que, con su ejemplo, nos sacaran del quicio del hogar. Y en ese caso habríamos sido contagiados por su delirio.

lo serio

enero 27, 2024 § 1 comentario

El mayoritario desprecio actual por lo que la Biblia tienen que decirnos sintoniza con la frivolidad con la que los más o menos acomodados encaramos la existencia. Y es que nada serio tiene lugar dentro de los muros de la ciudad —y menos, si permanecemos en el mundo virtual de un consumo sin medida. Para Israel, la cuestión última y, por eso mismo, decisiva fue la del destino del justo sufriente. Sin embargo, Israel no la planteó como una cuestión especulativa —esto es obvio—, sino como aquella en relación con la que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. ¿Y quién será capaz, y más actualmente, de creer que esto es en realidad así? Ningún espectador puede encarar dicha cuestión seriamente.

No me refiero —o no solo— al sentimiento de compasión —pues incluso el espectador puede reaccionar compasivamente. Me refiero a la convicción de que estamos condenados donde abandonamos al abandonado de Dios. Pero, como decía, ¿quién podrá hoy en día encarnar esta convicción? Puede que aún no hayamos comprendido que el exceso de la divinidad nada tiene que ver con lo gigantesco—o, si se prefiere, con el fondo nutricio del cosmos—, sino con el abismo que se abre a nuestros pies una vez vivimos a flor de piel que el justo no cuenta para nadie. Y parece que ni siquiera para Dios. El ateísmo de Israel —su impugnación de los dioses—, a diferencia del que comienza a dar sus primeros pasos en Grecia, arraiga antes en el clamor de Job que en la abstracción de lo divino.

El problema es que la rebelión de los esclavos de Egipto —una rebelión con la que simpatizó Lenin y que conecta con el convencimiento de que tan solo la Ley, el deber de dar de comer al hambriento, constituye la máxima expresión de la devoción creyente, al menos porque, ante Dios, tan solo nos tenemos los unos a los otros— no admite una traducción política. O al menos, una traducción que prescinda del temor de Dios. Puede que el comunismo fuese precisamente, esto: un quedarse con la Ley sin admitir que la Ley se desprende, en definitiva, de nuestro hallarnos expuestos a un Dios que anda rozando la nada.

No es casual que sea en el Talmud donde podemos leer aquella sentencia que dice que todo está en manos de Dios menos el temor de Dios, temor que apunta en primer lugar al eterno porvenir de Dios y no a la imagen, tan común en su momento por inevitable, de un terrible padre espectral. Sin embargo, hace tiempo que dejó de inquietarnos la ausencia de Dios. Y acaso este sea el mayor síntoma de la trivialidad del individuo moderno. Ya dijo Marx que, con el capitalismo, todo lo sólido se desvanece en el aire. Y quien dice lo sólido, dice lo serio.

el momento crucial

enero 26, 2024 § Deja un comentario

El cristianismo woke suele pasar de puntillas por el Gólgota. Así, entiende que el creyente, a diferencia del crucificado —aunque gracias a la fidelidad del crucificado—, ya sabe como termina la película. De ahí que suponga que, de tener que beber ese cáliz, podrá hacerlo a la manera del mártir, esperando un final feliz. Es lo que tienen los spoiler.

Sin embargo, lo que acaso no tenga en cuenta el cristianismo woke es que beber ese cáliz significa que cualquier saber anterior queda en suspenso —por no decir que salta hecho pedazos. Jesús no murió como un mártir. Bajo el peso de la oscuridad más impenetrable, todo mapa se desdibuja. En el momento crucial, la fidelidad a Dios se mantiene sin Dios mediante. Difícilmente, el creyente puede seguir dando por descontado lo que dio por descontado. Colgando de un madero en nombre de Dios, Satán parece detentar la última palabra. Fuiste un iluso. Por tanto, la esperanza de crucificado —el abandonarse a Dios del abandonado de Dios— fue una esperanza sin expectativa. Y por eso los primeros cristianos llegaron a confesar lo que confesaron. Aun cuando tuvieran que pasar tres días para que cayeran en la cuenta.

un resumen

enero 24, 2024 § Deja un comentario

El Padre no existe, pero es real. Dios, en cambio, existe. Pero como Cristo. Esto es, solo como cuerpo de Dios. Tengo la impresión de que únicamente quien comprende este acontecimiento —mejor dicho, quien lo ha incorporado al cargar con la cruz de los crucificados— alcanza la madurez creyente. Otro asunto es que la devoción común necesite recurrir a la imagen de un padre espectral, el cual no deja de ser una variante del ángel de la guarda de la infancia. El problema de esta devoción es que prescinde de la Encarnación. Ciertamente, sin devoción, la fe no va más allá de la mera intelección, perdiendo por el camino su carácter confesional (y uno siempre confiesa ante aquel que le reclama, precisamente, su adhesión). La devoción es, sin duda, fe hecha cuerpo. Sin embargo, una cosa es la devoción del niño y otra la de quien, a costa de algunos momentos de gracia y muchos golpes, espera lo imposible.

y si no fuera verdad (2)

enero 20, 2024 § Deja un comentario

Uno comienza a comprender por qué, según la Biblia, los capaces de Dios son los abandonados de Dios, una vez se coloca en esa situación en la que no parece que haya nadie ahí que se preocupe por ti: eres despreciable. Como alguien que siempre huele mal (y por eso mismo produce arcadas en quienes se le acercan). Esto es, sin madre. En ese momento, arranca la pregunta del vértigo —y arranca desde el tuétano: ¿no habrá nadie que me quiera? Si la respuesta es Jesús desde los cielos, entonces no saldremos del mundo virtual que nos aísla de la realidad. Aunque pueda ser consolador. ¿Es el cristianismo, por tanto, un trampantojo? Lo sería si la respuesta a la pregunta del mal oliente fuese únicamente el wishful thinking de muchos sermones. Pero no lo es porque hubieron —y siguen habiendo— los Francisco de Asís . Es decir, aquellos que, bajo un cielo de plomo —y por eso mismo, en nombre de Dios, esto es, en su lugar—, terminaron abrazando a los de las pústulas. No estás solo. El problema es que los franciscos no llegan a todos. Y de ahí que la pregunta sea si habrá o no un más allá de lo que nosotros podemos hacer. De lo contrario, no hay más que buena o mala suerte —buen o mal karma.

de muros

enero 18, 2024 § Deja un comentario

La pregunta por el lugar de Dios —por el lugar de la experiencia de Dios— solo tiene sentido donde Dios, precisamente, ha abandonado el lugar en el que, espontáneamente, se encontraba. Esto es, la pregunta por sí sola ya supone un rechazo del paganismo, de la religión natural, en definitiva, de la convicción de que vivimos en medio de poderes invisibles. Ningún pagano se preguntaba por el lugar de los dioses. En cualquier caso, por la debida forma de tratarlo. Al fin y al cabo, la pregunta por el lugar de Dios va con la de la teodicea y, por eso mismo, con el presupuesto de que el poder divino no va contra nosotros… lo cual, paganamente, es mucho presuponer.

De hecho, la respuesta a la pregunta de la teodicea —la que en primer lugar encontramos en el libro de Job— conduce a una mayor abstracción: hay bien —hay donación— porque hay Dios; pero al igual que hay mal porque hay Dios. Ahora bien, al admitirlo damos por sentado que Dios no es el ente supremo —y de ahí lo de la mayor abstracción. Pues el creyente experimenta a Dios como el Dios que se encuentra, por así decirlo, más allá del todo —y no solo por encima de nuestro mundo. El haber de Dios es el de un Dios cuya presencia es la de su ausencia o, mejor dicho, eterno porvenir (y digo eterno porque Dios no puede darse como solo Dios). Incluso en los cielos, decía Rahner, Dios sigue siendo un misterio. Lejos estamos, por tanto, de la presencia de poderes invisibles que actúan en medio de nosotros.

Así, sorprende que muchos cristianos continúen planteándose la pregunta de la teodicea. Pues la pregunta presupone un dios-ente o ex machina —y cristianamente no es aún nadie sin su cuerpo. De hecho, cristianamente ya se nos dio la respuesta. ¿Qué hace Dios? Desde arriba, nada —o mejor dicho, dejarse caer hasta colgar de un madero. Pero ¿ese colgado es Dios? Sí. Pero solo porque Dios no es solo Dios. ¿Y esto nos salva del Mal? Según Pablo, in spes modus… —y porque hubo resurrección.

Tenía razón Hegel al decir que la mayor abstracción es lo más concreto. La abstracción de Dios conduce al cuerpo de Dios. Y no porque Dios adopte un aspecto humano —como si hubiese decidido saltar el muro que nos separa de la dimensión en la que habita. En realidad, no puede adoptarlo en tanto que, en sí mismo, no es nadie aún.

es eso

enero 15, 2024 § Deja un comentario

La pregunta es si hay un más allá de la cruz —si hay vida, más allá del hundimiento de los cielos. Esto es, qué esperanza para aquellos a los que el mundo condena como sobrantes. Pues, de no hacernos esta pregunta, probablemente sigamos encerrados en nuestra ilusión.

Como sabemos, la respuesta cristiana es la resurrección de los muertos. Sin embargo, esta respuesta ¿acaso no está muy cerca de decir, sencillamente, que no hay esperanza?

salmo 127

enero 8, 2024 § Deja un comentario

En el salmo 127 podemos leer los siguiente: si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. ¿Nos lo creemos? No digo que no podamos decirlo —pues aún cabe suponerlo, aunque sea por nuestra cuenta y riesgo—, sino si podemos proclamarlo con las palabras que nacen del estómago. Pues una cosa es defender una idea —o simplemente tenerla— y otra caer en la cuenta de lo que decimos. Y no caemos en la cuenta mientras el cuerpo no acompañe. Así, sabemos, pongamos por caso, que vamos a morir. Pero no nos limitamos a tomar nota donde el médico nos dice que apenas nos quedan tres meses de vida. En ese momento, caemos en la cuenta. Es como si, de repente, se nos abrieran los ojos… para ver lo que siempre estuvo ahí y, sin embargo, obviamos. El saber se ha hecho cuerpo.

Algo parecido podríamos decir con respecto a la creencia en Dios. Y es que cuando los autores bíblicos insisten en que solo los excluidos son capaces de Dios no dicen otra cosa que esta: que solo ellos pueden incorporar qué significa vivir bajo un Dios cuya trascendencia equivale a su desaparición o eterno porvenir.

ética

enero 6, 2024 § 1 comentario

Escribe Bonhoeffer en la primera página de su Ética:

“Es una exigencia enorme la que debe plantearse a todo aquel que quiere abordar eI problema de una ética cristiana: Ia exigencia de renunciar desde el principio, como no adecuadas, a las dos cuestiones que en general le conducen a tratar de los problemas éticos: «¿cómo me vaya hacer bueno?» y «¿cómo hago yo el bien?». En lugar de estas cuestiones debe plantearse otra, infinitamente diferente de las dos mencionadas, y que consiste en pregun­tarse por la voluntad de Dios.”

De algún modo, es así. Sin embargo, la pregunta por la voluntad de Dios presupone un sujeto que ha asumido hasta el tuétano que se encuentra expuesto a Dios, a su insobornable trascendencia,… y este, hoy en día, no es el caso de la mayoría —ni siquiera de la mayoría de los que pasan por creyentes. Pues creer en los tiempos actuales significa, por lo común, creer que se cree. El sujeto soberano —el sujeto de la Modernidad—, a lo sumo, tendrá una perspectiva religiosa —como si en la otra dimensión hubiera un dios que maneja los hilos—, pero no le temblarán las piernas, por decirlo a la manera de Kierkegaard, ante la desproporción del misterio de Dios. Así, creerá que hay Dios… pero vivirá como si no dependiera de su juicio. De ahí que la pregunta por la voluntad de Dios quizá no sea aquella que, cristianamente, debamos plantearnos en primer lugar. Y digo que acaso no debamos porque, en el fondo, no podemos ya planteárnosla… sin hacer de Dios —y hacerlo por nuestra cuenta y riesgo— un ente supremo. Al fin y al cabo, y como leemos en Mt 25, los justos también se sorprenderán cuando finalicen los tiempos. Y es que acaso solo podamos cumplir con la voluntad de Dios, como Jesús en el Gólgota. Esto es, sin Dios mediante. Tal y como respondió el pueblo de Israel, una vez Moisés entregó las tablas de la Ley, “primero obedeceremos y luego ya veremos”. Traducción: lo primero es responder a la demanda de los excluidos como si no hubiera otra demanda —como si esta hubiera ocupado el lugar de un Dios por venir—; y posteriormente, si se nos concede esta gracia, ya caeremos en la cuenta de que esta es, precisamente, la voluntad de Dios.

nihilismo y misterio

enero 3, 2024 § 1 comentario

Lo que se opone al nihilismo no es el sentido, sino el misterio. Nihilismo significa no hay un Gran Otro que posea el significado de cuanto es —y de paso, maneje los hilos de la historia. Dicho de otro modo, no hay Padre. La figura paterna no es más que eso, una figura —y una figura acaso necesaria para la constitución de la subjetividad. Por otra parte, que haya misterio significa que el haber del Otro es el de la nada no siendo nada —el de su negación de sí o retroceso y por el cual hay lo que hay. De ahí que quien experimenta el misterio que abraza el todo esté más cerca del nihilista que de aquellos que imaginan que hay un padre espectral que posee la respuesta a las preguntas de la existencia. Así, frente al nihilismo, la experiencia de la donación (y el deber que la acompaña).

¿El final? Lo ignoramos. El misterio nunca fue un acertijo. En cualquier caso, la esperanza de que, en nombre precisamente de la vida que nos ha sido dada, la cosa no termine con la risotada del verdugo. Y si no hay final —o si este fuese simplemente la extinción—, entonces el nihilista está en lo cierto. La religión, al reducir el misterio a hipótesis —Dios sería el dios que permanece oculto tras el cortinaje del mundo— no deja de ser el trampantojo que nos ahorra la seriedad de la existencia. Pero ¿cuándo preferimos lo serio a la distracción?

espiritualidad sin Dios

enero 1, 2024 § Deja un comentario

¿Una espiritualidad sin Dios? Claro. El cristianismo. Al menos, por aquello de ante Dios, sin Dios. De no tener en cuenta esto —y la dureza que implica—, el riesgo es hacer del espíritu, ese resto, la excusa de un narcisismo naïve.

hijos en el Hijo

diciembre 26, 2023 § Deja un comentario

Jesús de Nazaret es el modo de ser de Dios —su quien—, no simplemente su representante o un hombre de Dios entre otros. Pues esto último presupone un dios-ya-hecho al margen de su encarnación. Trinitariamente, el Padre no es aún nadie sin la fe del Hijo. En sí mismo, el Padre es la voluntad de reconocerse en el cuerpo del Hijo del Hombre. Y de ahí que el creyente, tras el Gólgota, reconozca en el Hijo del Hombre al Hijo de Dios. Ahora bien, porque fuimos reconocidos como hijos en la adhesión al Hijo, el modo de ser de Dios se despliega, por así decirlo, en quienes ven en el crucificado el cuerpo de Dios y obran en consecuencia.

sorpresa, sorpresa

diciembre 25, 2023 § Deja un comentario

Y resulta que ese niño que nació entre excrementos de animales, de unos padres que no contaban para nada ni para nadie, era Dios mismo entre los hombres, el emanuel. En principio, parece una broma de quien no admite que haya Dios. ¿Dios? Ahí, en un establo, oliendo mal. Quizá sea por eso —por el carácter inadmisible de la proclamación cristiana— que la mayoría de los cristianos espontáneamente se decante por una lectura a la doceta: como si Dios hubiera decidido darnos una sorpresa, adoptando el aspecto de un andrajoso. Sin embargo, la encarnación no fue un juego de máscaras. Tras la humanidad de Jesús de Nazaret no se escondía un dios resplandeciente. Tampoco es que el hijo de María fuese un híbrido. Hablamos de un verdadero Dios y un verdadero hombre. Ahora bien, esto equivale a decir que la voluntad del Padre fue, desde el principio, la de no ejercer como Dios sin la fe del Hijo del Hombre. O que no hay otra presencia de Dios que la del cuerpo que lo soporta, y duramente, hasta el final. Y digo duramente porque tan solo como abandonado de Dios puede el hombre permanecer fiel a Dios.

En este sentido, Jesús de Nazaret no fue un aspecto de Dios, entre otros, ni tampoco su representante, sino el modo de ser de Dios. Afirmar que Dios es Jesús —o confesar al pie de la cruz y frente al mundo que el crucificado es Dios— supone dejar atrás el sentimiento de que vivimos bajo el amparo de un dios cuyo modo de ser es independiente de su in-corporación. Es lo que tiene un Padre que, con anterioridad a los tiempos, quiso depender del hombre que depende de Dios para llegar a ser el que es.

sin confesión (y 2)

diciembre 23, 2023 § Deja un comentario

¿Qué significa confesar que Jesús es el Hijo de Dios? No decir “creo que Jesús es el Hijo de Dios”, sino “creo que eres el Hijo de Dios”. Esto es, ante el crucificado en nombre de Dios —y mientras nos lo pregunta, probablemente cagándose en los calzones. Pues son cosas de tener un cuerpo —y más si cuelga de un madero.

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