Felix, the cat
marzo 23, 2012 § Deja un comentario
Algunos siguen insistiendo que Dios no vino para juzgarnos. Que Dios, en el fondo, es misericordia, pura bondad, lo que se dice un buenazo. Como si Dios fuera el abuelo de Heidi, vaya. Pero lo cierto es que esta manera de ver las cosas de Dios suele confundir la bondad con el buen rollo, la misericordia con una fácil indulgencia. Un Dios que hubiera perdido el juicio sería un Dios que solo podría estar al servicio de nuestra necesidad de autoestima, algo así como un superdildo de la vida interior. Un Dios que no condenara nuestro existir de espaldas a las viudas, los huérfanos, el extranjero… sería a lo sumo una fuerza de la que podríamos participar, pero en modo alguno aquél al que imploramos nuestra redención. Es sabido que bíblicamente quienes se encuentra sujetos a Dios no se encuentran sometidos a la efectividad de una fuerza, sino al poder del juicio. Ahora bien, si es verdad que no hay otro Dios que el que se identifica con las víctimas de este mundo, el juicio de Dios es el juicio del pobre. Es él y solo él quien nos condena o nos salva en nombre de Dios. Ciertamente, la misericordia de Dios, aquella que se nos da como el imposible perdón del Crucificado, va por delante. Pero quien toma esto como sustituto del juicio olvida que nos juzga más el perdón de un madre que las exigencias de un padre. Quien cree en un Dios sin juicio reduce a Dios a la irrelevancia. Y de paso su entera existencia.
to be or not to be
marzo 21, 2012 § Deja un comentario
Si eres tu miedo —tu miedo, pongamos por caso, a ser abandonada— te encuentras sometida a tu miedo. Tu miedo te posee por entero y, por eso mismo, podemos decir que de hecho no eres más que ese miedo. Ahora bien, si puedes decir que te posee tu miedo es porque cabe la posibilidad de que seas algo más que ese miedo: cabe la posibilidad de que te enfrentes a él, que seas, en definitiva, la relación con tu miedo, con aquello que se te muestra como lo más íntimo. Al fin y al cabo, se trata de que uno pueda creer que no debería tener ese miedo del que no puede, sin embargo, desprenderse. No es casual que la posibilidad de ir más allá de uno mismo —la posibilidad de trascenderse— solo pueda darse como la posibilidad de un combate moral. Y, por eso mismo, hombres y mujeres de hecho nos diferenciamos por los dispuestos que estemos a entrar al trapo de ese combate.
realismo mágico
marzo 21, 2012 § Deja un comentario
Supongamos que el mundo se acabara en unos cuarenta minutos y que solo tú lo supieras. ¿Qué cambiaría en tu percepción de lo que te rodea? Me atrevería a decir que todo. Todo quedaría cubierto con un aura de irrealidad. Todo te parecería ilusorio. Con lo cual, la impresión de que te hallas ante un mundo real no depende tanto de tus sensaciones como del dar por supuesto que el mundo seguirá ahí en pie, pase lo que pase. Ahora bien, ¿acaso la duración del mundo no es ridícula comparándola con la del cosmos? ¿Acaso lo que aún le queda al mundo no serían unos cuarenta minutos, como quien dice, para la mente de Dios? Por eso para quienes viven las cosas desde el punto de vista de su extrema caducidad —o, por decirlo a la manera de los antiguos estoicos, observando el mundo sub specie aeternitatis— la realidad es, precisamente, aquello siempre pendiente en su experiencia de lo real. Será cierto, como creía el viejo Platón, que el hombre solo puede ir más allá de sí mismo, trascendiendo la estrecha óptica de su sensibilidad, esto es, viendo las cosas con los ojos de la divinidad. Y la cosa se pone aún más interesante cuando esa divinidad se interroga por la vida de quienes yacen en las fosas comunes de la Historia.
la distancia que impide la fe
marzo 21, 2012 § Deja un comentario
Cuando dices aquello de que solo quienes sufren el abandono de Dios son capaces de responder a Dios, siempre hay alguien que te suelta que esa situación no tiene que ver con la suya y que, por tanto, tiene que haber otro modo de acceder a Dios que no pase por los clavos de Cristo. Que es inadmisible que no haya otra experiencia de Dios que la que se da en el sufrimiento de las víctimas. Que con respecto a Dios, no hem d’anar tan lluny. Pero ese es precisamente el problema: que nos quede tan lejos la situación de los abandonados de Dios, la de aquellos con los que Dios se identifica. ¿Cómo podemos decir que su situación no nos incumbe y quedarnos, cristianamente, tan anchos? ¿Cómo podemos preguntarnos por la posibilidad de una experiencia de Dios que se dé al margen de los pobres? Este es de hecho el síntoma de nuestra impiedad: que su miseria no sea, en cierto modo, también la nuestra… como lo sería, si en verdad se tratase de la miseria de nuestro hermano. Y, así, permanecemos anclados en nuestra estrecha circunstancia. Como si no fuera posible ir más allá de uno mismo, escuchar la voz más extraña, el clamor de los hombres. Como si no fuera cierto que, cristianamente, no hay otro modo de salir de uno mismo —de trascenderse— que el que nos desplaza hacia los desplazados de este mundo. Una vez más, el joven rico aparece en escena para preguntar cómo ser cristiano sin Cruz.
entre líneas
marzo 20, 2012 § Deja un comentario
Uno se imagina qué debió suponer la idea, mejor dicho la convicción, de que Dios era en verdad un Dios oculto —que no hay otro Dios que el que se da entre los pobres (Is 45, 14-15)— en un mundo donde la presencia de espíritus, tanto buenos como malos, era un dato inicial. Tal convicción fue lo más cercano al ateísmo que podía darse allí donde la existencia de los dioses se daba por supuesta. Lo que se da por supuesto no se discute y decir en ese contexto que no hay otro Dios que el invisible —decir que el hombre se encuentra en verdad sometido a un Dios que no aparece por ningún lado salvo como el rostro del pobre—, no podía implicar otra cosa que la impugnación del dios como Dios. De ahí a que los dioses pasen a ser meras fuerzas impersonales hay un paso. Pero una vez desaparecen los dioses de vista, el Dios de Israel pierde el enemigo que debía negar para ser alguien. Y de ahí al actual ateísmo también hay un paso. No es casual que Dios se haya retirado en los recovecos de una interioridad que cada vez tiene más dificultades para reconocer a Dios como Señor.
la gran cadena del ser
marzo 19, 2012 § Deja un comentario
¿Qué hay al fin y al cabo ahí? Así, de entrada, lo que vemos y tocamos. Aunque quiza estrictamente deberíamos decir lo que podemos ver y tocar. Sin embargo, si podemos ver y tocar las cosas que podemos ver y tocar es porque siempre cabe trascender la visión que en ese momento podamos tener de esas mismas cosas. Vemos lo que vemos porque eso que vemos no acaba de coincidir con una determinada manifiestación sensible. Como si la experiencia de lo real solo fuera posible donde cabe ver más allá de lo que vemos. ¿Qué es, pongamos por caso, una mujer? Si puedes ver un cuerpo disponible —si es un cuerpo disponible— es porque en definitiva no es un cuerpo disponible. Si puedes ver una vida capaz de engendrar vida es porque no es solo una madre. Que de hecho sea una cosa u otra dependerá del alcance de la mirada, de lo que uno sepa capaz de ver. De ahí no se deduce, sin embargo, que la realidad dependa única y exclusivamente de quien la mira. Lo que se deduce propiamente es que hay que saber ver para ver lo que hay más allá de un palmo de tus narices. Pues lo que es no es tanto lo que parece sino lo que aparece.
experimentum mentis
marzo 18, 2012 § Deja un comentario
Para coger esto de Dios, supongamos que los hombres ya se olvidaron de lo que significa la palabra «Dios». Que vivimos en un mundo en donde no hay más cera que la que arde. En donde nadie se plantea que haya algo más allá de lo observable, pues bien pensado, ¿qué podría ser algo esencialmente invisible? Cualquier posible más allá no dejaría de ser, por defecto, un más acá aún por ver. En ese mundo, la palabra «Dios» habría sido conveniente explicada. Los especialistas en historia de las religiones llevarían ya unos cuantos siglos diciendo que lo que antiguamente era visto como divino hoy en día no sería más, aunque tampoco menos, que la fuerza que mueve el universo. Que de lo que se trata es de que esa fuerza juegue a nuestro favor, de tenerla, en definitiva, bajo control. En ese mundo, hombres y mujeres serían perfectamente conscientes de que sus afectos duran lo que duran. Que no hay que pretender sacar las cosas de quicio. Que el para siempre de los antiguos románticos no era más que restos de una atávica sensibilidad religiosa, al fin y al cabo, nostalgia de lo que perdimos tras la infancia. Que la crianza de los hijos exige poco más que unos siete o diez años de unión. Pues bien, en ese mundo alguien aún podría preguntarse si eso es todo o, mejor dicho, si el todo lo es todo. Es posible que quien se lo preguntara no pudiera reconocer en su perplejidad, la perplejidad de Job. Pero lo cierto es que estaría más cerca de ella que muchos de los que actualmente creen en Dios como quien cree en espíritus benefactores. Y es que acaso no haya otra realidad que la que se nos da, no ya como otro mundo, sino como el imposible otro del mundo, el inviable porvenir de Dios. Tenía razón Alexandre Kojève cuando sostenía que el superhombre es, en definitiva, un idiota, un mero consumidor de recursos. Que sin esa exposición al silencio de muerte que rodea la existencia nadie puede trascender la presión de la circunstancia. Quizá sea verdad que nadie mejor que un ateo —y Kojève lo era por activa y por pasiva— para comprender el temblor de piernas de quien se expone a una genuina trascendencia.
tres distingos a propósito de la Encarnación
marzo 17, 2012 § Deja un comentario
Esto de la Encarnación puede comprenderse de tres maneras. Según la primera, Jesús de Nazareth encarnaría a Dios como Jennifer Aniston, pongamos por caso, encarna la Belleza. Encarnación aquí sería concreción. Y es evidente que tanto Dios como la Belleza pueden concretarse igualmente en otros ejemplares. El inconveniente de este modo de entender la Encarnación es que no acaba de hacer buenas migas con la dogmática cristológica. La Encarnación entendida a la platónica mantiene la diferencia entre Dios y quien lo encarna como una diferencia insalvable. Pero la verdad cristiana, cuando afirma contundentemente la identidad entre Dios y el Crucificado, niega de plano que Dios siga estando por encima del Crucificado. Jennifer Aniston, como humana que es, encarna la belleza solo hasta cierto punto o en cierta medida, pero no enteramente. La Belleza, así con mayúsculas, sigue estando más allá de Jennifer Aniston o de cualquiera de sus posibles concreciones. En cambio, según la dogmática, el Crucificado no es una concreción de Dios, sino Dios mismo entre los hombres. En este sentido, Jesús no podría comprenderse cristianamente como un avatar entre otros de Dios.
La segunda manera de entender la Encarnación es una variante de la primera. Aquí Dios habitaría por entero el interior de Jesús de Nazareth. Esta interpretación evita las dificultades de la primera. Jesús ya no sería una relativa aproximación a Dios, entre otras igualmente posibles, sino que se habría revelado como la única ejemplificación de Dios. En fórmula de Boff, nada menos que Dios en el seno de Jesús de Nazareth. O por decirlo a la antigua: el corazón de Jesús como el sagrado corazón de Dios. El inconveniente de esta interpretación es, sin embargo, triple. Por un lado, aun cuando ningún exegeta discute que Jesús fuera un hombre de una gran compasión, lo cierto es que no disponemos de detectores de compasión que nos permitan medir la que pudo sentir Jesús hacia sus semejantes para, así, constatar que no hubo ni habrá otro como él. Por otro lado, la humanidad de Jesús quedaría puesta entre paréntesis. Y es que si la situación del hombre es la de existir de espaldas a Dios, alguien que fuera poseído enteramente por Dios ya dejaría, por ello mismo, de ser humano. Sin embargo, el Crucificado fue un hombre hasta el final. O lo que viene a ser lo mismo: el Crucificado cargó sobre sus espaldas la maldición del hombre, la infinita distancia entre Dios y el hombre. Asimismo, esta manera de ver la Encarnación mantendría igualmente el hiato entre Dios y Jesús de Nazareth típico de la interpretación a la platónica. Desde este punto de vista, Dios sería algo así como la fuerza de la bondad que existiría por encima o con independencia de Jesús de Nazareth. Y, así, Jesús se habría apropiado simplemente de esa fuerza, o bien por méritos propios, o bien porque Dios se habría apropiado de Jesús como si se tratara de la típica posesión diabólica pero en bueno. Es por esto que esta interpretación tarde o temprano acaba en las orillas del gnosticismo. Pues una manera de evitar esto de la posesión es diciendo que la fuerza de Dios ya habita de buen comienzo el interior del hombre y que de lo que se trata es de desprenderse de la costra que impide que esa fuerza se manifieste. Desde esta óptica, Jesús sería o bien un ejemplo de desprendimiento, el primer caso de hombre que fue capaz de alcanzar a Dios; o bien el cuerpo que Dios eligió para hacerse visible… si es que no se quiere decir aquello del dios paseándose por la tierra. Pero, a pesar de que el gnosticismo es la sombra eterna del cristianismo, lo cierto es que la dogmática cristológica es también un intento de frenar la deriva gnóstica del cristianismo de los inicios.
La tercera manera de entender la Encarnación es la que se mantiene más cerca del espíritu del dogma, pero, por eso mismo, la más inaceptable desde el punto de vista religioso. Y es que si la Encarnación supone confesar que Dios se dio por entero en el Crucificado, sin que eso suponga hacer del Crucificado un poseído por Dios o un dios paseándose por la tierra, entonces tendremos que reconocer que el dogma de la Encarnación dice más acerca de Dios que de Jesús. La Encarnación sería, pues, la revelación misma de Dios contra los prejuicios religiosos de Dios. Y es que si Dios se da por entero en el Crucificado, entonces de Dios no tenemos nada más, aunque tampoco nada menos, que un Crucificado. Por tanto, no cabe decir que Dios se da por entero en el Crucificado sin confesar al mismo tiempo el descenso de Dios. El inconveniente, así, de las otras maneras de comprender la Encarnación es que no nos permiten reconocer en el Crucificado la kenosis —la humillación, la caída— de Dios. Y es que el credo cristiano dice algo que es inadmisible para la típica sensibilidad religiosa, a saber, que nadie puede estar ante Dios (o bajo Dios) si no se encuentra ante el Crucificado. Que quien se halla sometido a Dios, se halla sometido al Crucificado. Que no hay otro Dios que el Crucificado. Que Dios es Señor solo en tanto que el Crucificado es Señor. De Dios en sí mismo seguimos sin tener idea (aunque quizá deberíamos decir mejor que de Dios en sí mismo solo tenemos una idea o, como diríamos judíamente, un nombre). Dios en sí mismo es el invisible porque de Dios en sí mismo no hay nada que ver. Dios en sí mismo es un estricto más allá, aquello otro del mundo (y no algo de otro mundo), el silencio último que envuelve la Creación, al fin y al cabo, un misterio. Dios en sí mismo sigue estando fuera de campo. Demasiado, ciertamente, para el body religioso que aspira a encontrarse con la divinidad en la pureza de las cimas.
la gran inversión
marzo 15, 2012 § Deja un comentario
Comprender el cristianismo supone comprender el paso que va del predicador al predicado. Y es que el cristianismo nace cuando Jesús de Nazareth pasa de ser el enviado de Dios a ser la encarnación de Dios. Así, lo que cristianamente debe proclamarse no es tanto la inminente irrupción del Reino, sino el Crucificado como la irrupción misma de Dios. Los primeros cristianos no cogen simplemente el testigo del Crucificado —no se limitan a seguir su causa—, sino que proclaman, con Pablo a la cabeza, que Jesús es el Señor, un término que en principio solo era aplicable a Dios. El Crucificado no fue únicamente el heraldo de Dios, sino la irrupción misma de Dios. Como si cristianamente se nos dijera, ya de buen comienzo, que nadie se encuentra bajo Dios, si no se encuentra sometido al Crucificado. Estar ante Dios es estar ante el Crucificado. Y quien dice el Crucificado, dice los crucificados con los que él se identifica. Un cristiano se encuentra, pues, en manos de los pobres como quien se encuentra en manos de Dios. Ponerse en manos de Dios es ponerse en manos de los sin Dios. Es obvio —o debería serlo— que esto no puede declararse sin que la noción religiosa de Dios, la que da por hecho que Dios vive por encima de la Cruz, salte por los aires. Y es que si el Crucificado es Dios no es porque sea un dios revestido de humanidad, sino porque de Dios no tenemos más que un Crucificado. Y el resto está aún por ver.
Terminator nunca muere
marzo 14, 2012 § Deja un comentario
Un ente superior no es propiamente un dios. Mejor dicho, en la Antigüedad pagana podría serlo, pero no para el monoteísmo bíblico. Un creyente puede tratar con un dios del mismo modo que combatirlo. Un dios es superior solo por su fuerza y una fuerza siempre puede ser contrarrestada, al menos sobre el papel. En cambio, Dios en verdad es intratable como lo es un padre ausente. Su poder sobre nosotros no es el de una fuerza, sino el del juicio. Terminator nunca hizo culpables.
Duchamp como principio hermenéutico
marzo 14, 2012 § Deja un comentario
Solo quien sepa que significa originariamente la palabra ‘dios’ puede comprender el escándalo de la Encarnación. Pues quien se situa ante un Dios crucificado es como aquel que contempla una belleza repulsiva. Un pedazo de mierda no puede ser bello en el mismo sentido en que lo es, pongamos por caso, la Gioconda. Un Dios crucificado es, sencillamente, un oximorón.
nietzscheanas 20
marzo 13, 2012 § Deja un comentario
Si la vida lo es todo, entonces los hombres más capaces, aquellos que poseyeran, pongamos por caso, un elevado coeficiente intelectual ¿acaso no estarían moralmente obligados a fecundar a cuantas más mujeres mejor? Si la vida está por encima de todo, ¿no deberíamos admitir que el monoteísmo y su exaltación de la debilidad van de hecho contra la vida? Si la vida lo es todo, entonces el poder es la medida del valor. Hay que tomarse en serio las obviedades de Nietzsche para recuperar lo inaceptable de la verdad cristiana.
actualidad del cristianismo
marzo 13, 2012 § Deja un comentario
La verdad cristiana, la que se expresa en su Credo, ya se articula casi de buen comienzo como una reflexión sobre las visiones que se dieron tanto tras la muerte de Jesús de Nazareth como posteriormente. La resurrección, pongamos por caso, inicialmente fue vista, a partir del dato de una tumba vacía, como el signo del final de los tiempos. Pero lo cierto es que en el siglo IV, la resurrección, el centro de gravedad de la experiencia creyente, no podía seguir comprendiéndose como el acontecimiento que anunciaba la inminencia del Juicio de Dios. Ya habían pasado demasiados años como para que esa expectativa pudiera seguir siendo espontáneamente creíble. Por aquel entonces, de lo que se trataba era de actualizar esa fe, de abstraer una verdad que, se suponía, solo llegó a expresarse parcialmente en la confesión inicial. Ahora bien, de hecho no hay actualización que no suponga una cierta falsificación. Si actualizar es traducir, entonces no hay modo de evitar la traición. Traduttore, traditore, suele decirse. Y es verdad. No es lo mismo estar al acecho que estar a l’agüait. No es lo mismo interpretar las Golberg al clave que al violín. No es solo cuestión de timbre. Hay notas que se pierden por en medio. Y, así, la resurrección pasó con excesiva facilidad a comprenderse, no ya como el pistoletazo de salida de la irrupción del Reino, sino como la recompensa de un alma grata a Dios. Y de ahí a mitificar la figura de Jesús —a considerarlo como un dios paseándose por la tierra— hay un paso. Paralelamente, los cristianos mantenían la expectativa escatológica, pero in abstracto: la inminencia del final ya no se respiraba en el ambiente. Seguían creyendo en un final de los tiempos. Pero nadie podía ya estar seguro no ya del día o la hora, sino del siglo. Etc. Los tempos de Dios, decían, no son ciertamente los nuestros. El cristianismo perdió fuelle revolucionario y ganó en interioridad. Y, así, los seguidores de Jesús debían vivir como si el final fuera inminente. La verdad escatológica pasó a ser, antes que nada, un asunto interno, sobre todo, después de que la comunidad escatológica que fue inicialmente la Iglesia —la comunidad de quienes, por haber sido marcados con el estigma de Crucificado, vivían como solo podían vivir los elegidos en el día del Juicio— se acostó en la cama de Constantino. De la verdad originaria, se mantuvo no obstante el ethos, la inconcebible igualdad de los hombres, aunque sin el ardor revolucionario de los primeros días. El pobre pasó a ser Señor a título individual. La exigencia de Justicia —el carnaval del Reino— pasó a comprenderse como el deber de la caridad. La Justicia se hizo, ciertamente, utópica, mientras los pobres eran atendidos extramuros. El cristianismo sobrevivió, como todo movimiento histórico, falsificando sus orígenes. Ahora bien, si el cristianismo sigue siendo, a pesar de todo, cristiano es porque esa falsificación de los orígenes no implicó una renuncia a los orígenes. La dogmática es, de hecho, la expresión de esa fidelidad a una verdad que tampoco acaba de articularse en los términos de las primeras visiones. Desde esta óptica, la dogmática del s IV se revela como el muro de contención de la deriva que implica toda actualización. Los dogmas cristológicos deben entenderse, pues, como una reacción defensiva a la deformación propia de los intentos, por otra parte inevitables, de mantener en los nuevos tiempos una verdad que originariamente se concretó en otros. Más aún: la incomprensibiliad de la dogmática cristológica, aquello del verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, tiene que ver con la voluntad de preservar la indecibilidad de la escena originaria. Y es que si es posible la traducción es porque la escena originaria —el fracaso del hombre de Dios— ni siquiera se encuentra bien dicha por las visiones originarias. La partitura se encuentra siempre más allá de sus realizaciones, incluso de las mejores. Así, la confesión creyente tiene más de balbuceo —de un no saber qué decir— que de constatación… aunque siga siendo cierto que humanamente no podamos evitar exponer esa verdad como si fuera una constatación. Cristianamente, el fracaso del enviado nunca llegó a comprenderse como su impugnación por parte de Dios. Pero tampoco llegó a entenderse como si no afectara a la realidad misma de Dios. Que Dios se de por entero en el hombre que fue crucificado en nombre de Dios no es algo que podamos afirmar sin alterar sustancialmente el significado religioso de la palabra ‘Dios’. Por consiguiente, Jesús de Nazareth no manifestó la bondad de Dios como Megan Fox puede encarnar la Belleza. Un Dios que se identifica con el Crucificado no sobre-vive a la Cruz, esto es, no vive por encima de ella. Esta es la verdad. El resto —lo que se desprende de esa verdad— ya tiene que ver con nosotros, con nuestra situación, en definitiva, con lo que somos capaces de ver al respecto.
En cualquier caso, el cristianismo, como toda verdad histórica, oscila entre la necesidad de actualizarse y la imposibilidad de hacerlo. La tensión en torno a ese agujero negro que es la verdad se muestra como el principio de la superviviencia histórica. Un cristianismo que sostenga que no hay más verdad que la que se dió en el lengauje de los primeros tiempos acaba por transformarse en mito, pues el mito da por sentado que no hay otra verdad que la que se da en los inicios y que el resto es degeneración. El mito olvida que en los origenes no poseemos la verdad, sino una visión de la verdad. La verdad, lo que en verdad acontece, sigue siendo algo de por sí extraño, algo que no acaba de encajar en la situación desde la que es percibida. Pero, por otro lado, un cristianismo que crea modernamente que no puede haber otra verdad que la que se dé al final como el resultado de un proceso de purificación, olvida que lo que no se dió en los comienzos no puede darse en el final. Un cristianismo demasiado moderno, tarde o temprano, termina siendo únicamente una interpretación, la cual, como toda interpretación, corre el riesgo de ocultar la partitura original para ser tan solo la excusa del intérprete. Un interpretación que no arraigue en la imposibilidad de decir la escena originaria —que no se deje juzgar por esa indecibilidad— solo obedece a las necesidades del sujeto que la expone. La verdad de los inicios no se da, pues, en los inicios. Pero una verdad que prescinda de los inicios corre el riesgo de ser otra cosa de la que fue. Parafraseando a Kant, todo comienza con la sensación, pero la verdad a la que apunta la sensación no se decide en el seno de la mera sensación. Si solo hubiera sensación, no habría experiencia sensible. Nuestra ingenua confianza en la sensación ha de fracasar para que, al interrogarnos sobre eso que no acaba de darse a la sensibilidad, podamos exponernos a lo real. Es posible que todo comience con nuestra necesidad de Dios. Pero si solo hubiera necesidad de Dios, no habría experiencia de Dios. O, por decirlo de otro modo, la visión que se dió en los inicios tiene que fracasar para que pueda emerger la verdad que pretendía retener.
la prueba del 9 (y 2)
marzo 13, 2012 § Deja un comentario
El problema de un dios espectral —de un dios que se apareciera al modo del fantasma— es que no es aún lo suficientemente pobre como para reclamar por entero nuestra vida. Y ya se sabe que un dios que no exija nuestro sacrificio no puede valer como Dios. Es posible que aún no hayamos entendido que Dios no se aparece de otro modo que como abandonado de Dios. Quien escucha a Dios en verdad no escucha otra voz que la del pobre. En este sentido, la vida interior está hecha con materiales de derribo, pues solo quien ha sido vaciado de sí mismo por la violencia del mundo puede ser capaz de Dios.
news
marzo 13, 2012 § Deja un comentario
Hay quienes van a su bola. Y hay quienes van fuera de sí. Los primeros son los que, a la hora de leer el periódico, van directos, por ejemplo, a las páginas de deportes. O a la sección de contactos. Los segundos no suelen leer los periódicos. Pero cuando lo hacen, lo que les resulta más interesante son o bien las esquelas, o bien la columna de Caritas. Cualquiera de las dos lecturas les alejan, sin duda, de sus cosas. Los de las esquelas siguen la recomendación tan socrática de familiarizarse con la muerte para saber, cuanto menos, lo que vale un peine. Los que se quedan clavados con los casos de Caritas sufren, al menos embrionariamente, la inquietud de los santos. Los primeros, los que van a su bola, son como niños. Los segundos, los que viven como enajenados de sí mismos, ya no. Y de estos segundos, unos son griegos y otros judíos. That’s all.
Pere Claver desde la óptica de un negro
marzo 12, 2012 § Deja un comentario
Para un negro de la época de Pere Claver, los blancos son quienes los esclavizan. Como los SS son, para los judíos de los años 40, quienes los meten en Auschwitz. ¿Cómo podrían esos judíos aceptar que un SS, ya dentro del lager, se dedicara a darles de comer y de paso a predicarles las bondades de un fürher que muere por ellos? Diría que solo a condición de que esos judíos admitieran su inferioridad. Otra cosa es que esos judíos vean a los SS tan humanos —tan extraviados— como ellos. Esto es, que no vean a los SS como tales, sino como hombres que se comportan como SS… tal y como solo Dios puede verlo. Pero esto último, de darse, confirmaría que si Pere Claver hizo lo que hizo santamente, no fue tanto por compasión, sino por ponerse, en tanto que culpable, en manos de ese Dios que nos mira con los ojos de las víctimas. Me atrevería a decir que si Pere Claver fue un santo no es porque se compadeciera de esos negros —pues la compasión de los señores de la guerra es, cuanto menos, una provocación—, sino porque esa compasión buscaba en verdad su redención. Porque su gesto, al fin y al cabo, imploraba el perdón de los esclavos. Por eso un cristianismo que se desprenda de la culpabilidad es como ese arte que prescinde de la noción de belleza: que deja de ser arte para ser la excusa del artista.
filosofía
marzo 12, 2012 § Deja un comentario
Hay filósofos que piensan que la filosofía consiste solo en tocar las pelotas, tal y como, según cuentan, hacía Sócrates en el agora ateniense. Es decir, en cuestionar cualquier verdad que podamos tomar por incuestionable. De hecho, esto es lo más fácil, una vez pillamos el truco. Solo hace falta preguntarle a alguien cómo sabe que es cierto lo que sostiene para ver como va perdiendo pie. Pues de hecho sabemos qué significan las palabras, incluso las grandes, siempre y cuando no nos lo preguntemos demasiado. Las palabras serían, así, como los tablones de un viejo puente de madera, los cuales aguantan el peso de un hombre solo si éste no se para a contemplar el paisaje (la metáfora es de Paul Valéry). Y, ciertamente, quien sabe de qué va tot plegat, sabe que en verdad no sabemos nada. Ahora bien, esos mismos filósofos olvidan que si Sócrates —o, quizá, deberíamos decir Platón— podía cuestionar el engarce de las palabras con lo real es porque estaba convencido de que la realidad a la que apuntan las palabras en modo alguno se encuentra en sí misma presente. O, por decirlo de otro modo: que si las cosas que podemos ver y tocar son reales es porque su realidad se encuentra siempre pendiente, más allá de lo constatable. Como si la experiencia misma de lo real —como si nuestra exposición a lo real— fuera inseparable de ese continuo interrogarse sobre la realidad de las cosas que nos traemos entre manos.
Freud, ese judío
marzo 12, 2012 § Deja un comentario
Una cosa es creer que la luz —o la fuerza divina— habita en lo más profundo de uno mismo y otra sostener que lo más profundo, aquello que nos sostiene, es lo extraño, lo que en modo alguno podremos admirtir como propio, al fin y a cabo, lo debe ser negado para que podamos ser quienes somos, hombres y mujeres cuyo carácter o modo de ser es, de hecho, un muro de contención. Una cosa es creer que Dios se encuentra en continuidad con lo que somos y otra que Dios es, precisamente, eso que no podemos admitir sin morir para nosotros mismos. Quienes creen lo primero son gnósticos. Quienes sostienen lo segundo, judíos. Y no es casual que Freud fuera judío, aunque fuera muy a su pesar. En cualquier caso, lo cierto es que la relación que pueda tener un gnóstico consigo mismo es muy distinta a la de un judío. En el primer caso, se trata de hacer dieta, de desprenderse de ese cuerpo extraño que oscurece nuestra existencia. Por el contrario, en el segundo se trata de abrazarlo, aun cuando de hecho nunca podamos hacerlo hasta el final.
corte fino
marzo 12, 2012 § Deja un comentario
Finitud es no poder responder al último porqué. O, también, las piezas nunca encajan del todo, si es que encajan. Nuestra finitud nos obliga, pues, a tomar por último lo penúltimo. A creer que terminamos el puzzle, cuando aún le falta alguna que otra pieza. A afirmar, por ejemplo, que uno se convierte en rehén de su hermano cuando percibe una común orfandad. Esto es así para quien puede verlo así, pero no para quien puede cuestionar que el hecho de convertirse en rehén se derive de la falta de Dios o, por decirlo más ajustadamente a la tradición bíblica, de un Dios en falta. Encontrarse sometido a la propia finitud es encontrarse sometido a la exigencia de una última verdad —a la necesidad de un suelo sobre el que arraigar—, aun cuando en realidad no haya algo así como un hecho último. Finitud es, por tanto, la imposibilidad de poseerse a sí mismo. Uno siempre depende de lo que debe reconocer como último aun cuando no pueda demostrarlo. Y nadie puede elegir que última verdad está obligado a admitir. Aquí, como en muchas otras cosas, la situación manda.
la estupidez
marzo 12, 2012 § Deja un comentario
Un estúpido, literalmente, es aquel que es incapaz de ponerse en la piel de los demás. O, por decirlo de otro modo, aquel que no logra salir de sí mismo. Hoy, por ejemplo, un chaval de los que estaba sentado en la mesa de al lado mientras tomaba un café en ‘la Torre’ decía, a propósito de la campaña de recogida de alimentos promovida por caritas, que él de este rollo pasaba; que vaya palo esto de venir al cole con un paquete de arroz. Lo dicho, un estúpido. Aunque cabe la posibilidad de que sea un cínico, lo más probable es que se trate de la estupidez, pues no me imagino a ese chico diciéndole a la cara de quienes necesitan ese paquete de arroz que ahí os pudráis con vuestra hambre.
fragmento de una conferencia
marzo 10, 2012 § Deja un comentario
Ahora bien, una visión no es una interpretación. Una vision no es una interpretación de un hecho que admite una descripción objetiva, esto es, independiente de una cosmovisión. No hay hecho que pueda ser descrito al margen de una determinada visión del mundo. Por ejemplo, nosotros cuando vemos una medalla olímpica no vemos en primer lugar un trozo de metal que solo posteriormente vemos como si fuera una medalla. Una medalla olímpica es solo un trozo de metal para un aborígen australiano, pongamos por caso, pero no para nosotros. Nosotros, cuando vemos una medalla, vemos de entrada una medalla. Eso que tenemos ahí es una medalla y no un trozo de metal que vemos como una medalla. Solo por medio de una abstracción podemos decir que no es más que un trozo de metal. Pero de hecho vemos una medalla. Y ver una medalla supone ver todo aquello que implica una medalla, todo lo que representa. Ver una cosa supone ver el mundo que (la) soporta. Toda cosa carga con el peso del mundo. Para los aborígenes australianos, en cambio, ese trozo de metal no significa nada, esto es, no representa nada otro: no es más que un trozo de metal… Y no puede ser de otro modo, pues su mundo es otro. Ciertamente, los aborígenes son capaces de comprender por analogía lo que ese pedazo de metal significa para nosotros —por ejemplo, la cifra del éxito o de la victoria—, pero si su mundo no contempla la posibilidad del exito individual o de la victoria simbólica en una competición, entonces no verán —no podrán ver— lo mismo. Quizá lo puedan ver como sus trofeos de guerra, por ejemplo, el cráneo del enemigo. Pero una medalla no es un trofeo de guerra del mismo modo que un tren no es un caballo de hierro. Suponer que los aborígenes son más objetivos que nosotros a la hora de ver una medalla es no entender que si solo ven un trozo de metal es porque no pueden ver otra cosa, no porque en verdad el significado de esa medalla sea algo que un sujeto pega a la visión de un simple trozo de metal. Un ciego no es más objetivo porque diga que una flor no es más que su olor. El no es más que característico de una visión objetiva de las cosas no es más que el índice de una pérdida de visión, al fin y al cabo, un índice de una determinada situación. Una cosa es siempre más que lo que muestra —una cosa siempre remite a lo que de algún modo se situa más allá de sí misma, precisamente, como la condición misma de su darse como tal o cual cosa—: una cosa solo puede darse en medio del (entramado del) mundo o, lo que viene a ser lo mismo, en el interior de un campo de significaciones. Así pues, si podemos ver por ejemplo, una mesa ahí es porque una mesa no es una mesa, sino en el fondo, otra cosa, se trate de un altar o de un enjambre de átomos; porque, en definitiva, siempre cabe decir que es otra cosa. En última instancia, si vemos una cosa es porque debe ser algo más, algo en verdad otro. Por consiguiente, si vemos una mesa es porque es siempre algo más que una mesa. Si decimos de una mesa que no es más que un enjambre de átomos no estamos, pues, refiriéndonos a la mesa en sí misma —la cual es, por defecto, siempre más de lo que parece—, sino a nuestro mundo: estamos diciendo que nuestro mundo no puede ya ver esa mesa como altar del sacrificio… salvo como un modo de ver —una interpretación— de lo que en sí mismo no es más que un enjambre de átomos. El en sí mismo es, por consiguiente, el espejismo que aparece en medio del desierto de un mundo desmantelado. Cuando nos desembrazamos de una visión de las cosas y la sustituímos por otra inevitablemente creemos haber dado con el hueso de la cosa, cuando lo único que habremos hecho es cambiar una cosa por otra, un altar por un enjambre.
más Rahner
marzo 10, 2012 § Deja un comentario
Karl Rahner decía que nunca acabamos de saber si al morir prevalece en nuestro corazón la desesperanza o la esperanza. Pues bien, o esto es cierto o no lo es. Y si lo es —y yo creo que lo es— ¿acaso no deberíamos dejar a un lado esa autosatisfacción creyente tan característica de ciertas comunidades cristianas? ¿Acaso un cristiano no sería más creíble, si en vez de sentarse en los primeros bancos para dar fe de su fe, se pusiera honestamente en manos de Dios, incluso en lo que respecta a su propia fe? ¿Acaso no se nos dijo ya que quienes responden a la llamada de Dios nunca están del todo seguros del valor de su respuesta? Y aún hay quien no entiende por qué quienes se sienten tan a gustito con su fe provocan tantas nauseas.
el ente autónomo
marzo 10, 2012 § Deja un comentario
A veces pienso que uno solo puede ser religioso ingenuamente. Es decir, que uno solo puede practicar la religión allí donde pueda tratar con la divinidad como si fuera una cosa entre otras, aunque su naturaleza sea, sin duda, distinta a la del resto de las cosas. Para quien posee una sensibilidad religiosa, un dios es una fuerza y de lo que humanamente se trata en cualquier caso es de que la fuerza te acompañe. Pero un creyente bíblico se caracteriza por no poderse tomar lo suficientemente en serio un dios que se revela como fuerza. Una fuerza, al fin y al cabo, no es más que una fuerza. De ahí que un creyente no sea aquel que supone algo acerca de Dios, sino aquel que, precisamente porque no puede dar nada por supuesto acerca de Dios, se encuentra sometido al mandato que se desprende de esa falta de Dios. Como ese hijo que solo puede responder honestamente a la voluntad del padre, una vez el padre, porque ha pasado a mejor vida, ya no puede recompensarle por su obediencia. Y es que no haya quizá otra trascendencia que la que otorga la muerte.
pastores
marzo 10, 2012 § Deja un comentario
Una pastoral que, por miedo a romper la baraja, no se apoye en el testimonio creyente —en esas vidas excesivas que, habiéndose puesto en manos de los abandonados de Dios, solo son capaces de balbucear el nombre de Dios— está condenada a promover única y exclusivamente los buenos sentimientos y, por tanto, a tomar el nombre de Dios en vano. Pues Dios no tiene nada qué decir donde de lo que se trata es de ser buena gente. Confucio o el mismo Epicuro ya dijeron todo lo que tenía que decirse al respecto. Y luego esos mismos pastores se quejan de que no hayan vocaciones. Pero ¿quién querrá entregar su vida para provocar tan solo buenas vibraciones, aunque sea con la excusa de Dios? Lo blando llama a lo blando. Si se despistan, pronto no habrán ni vocaciones cristianas.
la prueba del nueve
marzo 8, 2012 § Deja un comentario
Quienes creen en Dios como si creyeran en espectros deberían preguntarse qué ocurriría si, de repente, se les hiciera presente ese Dios en el que creen. Que entrara en la habitación y les dijera: «hola Manolo, soy ese Dios a quien te diriges en tus oraciones. ¿Qué quieres que haga por ti?». Lo más normal es que no pudieran dar crédito a lo que ven. Probablemente creerían que están sufriendo una alucinación. Pero esto es como decir que en verdad no pueden creer en lo que creen. Un Dios de esta guisa —un Dios-espectro— no parece que pueda valernos hoy en día como Dios. Aun le falta una buena dosis de trascendencia, como quien dice. Y, sin embargo, que Dios existe al modo de un espíritu bueno es lo que dan por supuesto muchos de quienes actualmente invocan a Dios. ¿En qué quedamos, pues? A un creyente de la Antigüedad difícilmente le hubiera sorprendido tal aparición. De hecho, contaba con esta posibilidad. Un creyente de los de antes no necesitaba suponer la existencia de los dioses. La daba por sentada. Pero hoy por hoy, no podemos evitar ver lo sobrenatural como algo simplemente paranormal. Y es que una vez sabemos que los reyes son los padres, resulta muy difícil seguir escribiendo la carta a los reyes. A menos que eso no tenga que ver con los reyes, sino con nuestra necesidad de escribirla.
más Grégoire
marzo 7, 2012 § Deja un comentario
Las reacciones no suelen hacerse esperar. Después de ver los olvidados de los olvidados (http://vimeo.com/27452049), la buena gente siempre se hace la misma pregunta —y nosotros ¿cómo podemos ser cristianos sin tocar fondo, sin ir tan lejos como Grégoire Ahongbonon?—… sin caer en la cuenta de que ésta es, de hecho, la pregunta del joven rico: cómo ir más allá de nuestras buenas costumbres… sin pagar el precio del seguimiento. O también cómo dejar que Dios entre en nuestras vidas, como suele decirse, sin que estas vidas salten por los aires. Pero lo cierto es que no es posible. Nadie que tenga su vida mínimamente garantizada puede desear honestamente que Dios entre en su vida. De hecho, para ser buena gente no hace falta ser cristiano. Confucio ya tiene la respuesta. Las virtud de la generosidad, el permanecer abierto a lo que de algún modo nos supera, la actitud de la disponibilidad… todo eso no exige la mediación de un Crucificado. No hace falta ninguna Cruz para saber que es mejor dar que recibir, ser capaz de sacrificarse por los demás que no serlo… y cosas por el estilo. Poner a Dios por en medio es hacer trampas. Si Dios entra en escena —si Dios, el único que puede valer como Dios, se aparece en los cuerpos de esos locos atados a los árboles—, entonces uno ha de estar dispuesto a dejar que los muertos entierren a los muertos. Nada será como antes. No es cierto que Dios nos pida a cada uno de nosotros cosas diferentes. La demanda de Dios es siempre la misma. Sin duda, podemos estar en diferentes frentes, pero la guerra es una. Y lo que un cristiano tiene ante sí es siempre lo mismo: el clamor de un Dios que se identifica con los crucificados de la Historia. No se trata de ser buenos, sino de responder a la voz que no admite nuestras componendas con el mundo. Y la bondad, si la hubiera, se nos dará por añadidura.
haciendo alma
marzo 6, 2012 § Deja un comentario
Quizá debiéramos vivir como si algún aspecto de nuestra existencia fuera eterno.
cuestión de matices
marzo 5, 2012 § Deja un comentario
Es posible que quienes esperan una respuesta de las alturas vivan una existencia más verdadera que quienes consideran que no hay más que lo que pueden ver y tocar. Pues nada real se nos da según la medida de nuestra sensibilidad y las alturas, sin duda, tienen algo de inalcanzable. No es fácil darse cuenta de esto, pero lo cierto es que la realidad, el carácter otro de lo que nos traemos entre manos o se nos da como aquello inalcanzable de lo que podemos ver y tocar o no acaba de ser, como quien dice, realmente real. Otra cosa es qué sucede cuando ya no podemos seguir creyendo en las figuras de la alteridad que son esos espíritus más o menos predispuestos en los que inicialmente confiamos. Pero lo que puede suceder es que los rostros de quienes ya no pueden creer queden marcados con el aura de esa impotencia. Como si, al fin y al cabo, no hubiera más Dios que el se refleja en la mirada de los sin Dios.
ambivalencias
marzo 5, 2012 § Deja un comentario
La muerte es una desgracia, pero al mismo tiempo una bendición. Solo hace falta imaginar una vida sin fin para ver que la eternidad es, de por sí, el infierno. Al fin y al cabo, el valor de nuestra vida depende del hecho de que vivimos dentro de un plazo. Lo que dura siempre —lo que siempre se encuentra a nuestra disposición— no puede valer gran cosa. Quien promete la vida eterna promete pues un abismo.
coitus interruptus
marzo 4, 2012 Comentarios desactivados en coitus interruptus
Dios es interrupción. La aparición de Dios quiebra nuestra biografía, la divide en un antes y un después. Todo lo que se encuentra atado y bien atado en nuestra vida salta por los aires ahí donde aparece un Dios abandonado por los hombres. Un Dios que se halla en continuidad con nuestra existencia —un Dios que se encuentra disponible en un supuesto más allá— no puede valer como Señor. Es en este sentido que nadie puede preferir que Dios se haga en verdad presente. Nadie puede desear honestamente que el pobre de Dios se le manifieste para exigir sus derechos sobre nuestra vida. Por eso Dios solo puede habitar en lo más profundo de nuestros corazones como ese vacío, esa ausencia, esa falta que nos hace aptos para Dios. Como si solo la falta de Dios nos hiciera capaces de responder a la demanda de un Dios que nos mira con los ojos enloquecidos de quienes yacen como deshechos sobre las aceras por las que tan fácilmente vamos de un lado a otro.
carga teórica
marzo 3, 2012 § Deja un comentario
La interpretación siempre fue el recurso de quienes ya dejaron de ver. Solo cuando somos incapaces de ver la presencia divina en los hechos extraordinarios, nos preguntamos si, con todo, aún podemos interpretarlos como si obedecieran a dicha presencia. Y así decimos cosas del tipo para mí es como si Dios estuviera presente. Pero es obvio que quien dice esto es que ya no puede experimentar a ningún Dios que valga como Dios.
a medias
marzo 3, 2012 Comentarios desactivados en a medias
Un mito siempre nos dará la impresión de que lo que cuenta nunca ocurrió a medias. Un mito es algo así como un catálogo de figuras de integridad. Así, los buenos son buenos y los malos, malos. Los poetas son poetas a tiempo completo. Y los creyentes van por ahí sin el menor atisbo de duda. Un mito es lo opuesto, pues, a la vida misma. De ahí que un evangelio como el de Marcos sea, más acá de la fe, un antimito. Pues ¿a qué autor de mitos se le hubiera ocurrido contar la historia de un enviado de Dios que agoniza y muere sin saber a ciencia cierta a qué obedecía todo eso? ¿Qué guionista se hubiese atrevido a decir que la última palabra es, en verdad, un silencio elocuente?
ida y vuelta
marzo 2, 2012 § Deja un comentario
Hay quienes no ven más cera que la que arde. Hay quienes viven buscando un más allá —quienes existen expuestos a lo que de algún modo les supera—. Y hay, los menos, quienes han sido devueltos por el más allá. Probablemente, solo estos últimos sepan de qué va esto de Dios.
el club de los poetas muertos
febrero 29, 2012 § Deja un comentario
Una humanidad caída necesita un salvador. Una humanidad débil o, simplemente, desorientada, un maestro. De ahí que el cristianismo oscile entre la redención y la ejemplaridad. Dependiendo de quien sea el oyente, Jesús de Nazareth se presentará o bien como aquel que encarna el sacrificio de Dios, el sacrificio que saca al hombre del pozo; o bien como aquel que, imbuido por el espíritu de Dios, le indica al hombre el camino a seguir. Y es obvio que no hay camino que valga para aquellos que habitan las simas de la existencia. Al fin y al cabo, será verdad que el cristianismo sobrevive a la crisis de la apocalíptica, al derrumbe de la esperanza de los pobres, tolerando el gnosticismo que inicialmente condena. No casualmente, los gnósticos no tuvieron mártires.
el cambiazo
febrero 28, 2012 § Deja un comentario
¿Qué ha cambiado en nuestras relaciones con lo sobrenatural? Antiguamente, el cielo era, obviamente, un lugar inaccesible y eterno. Todo en el mundo era corrupción, mientras que los astros continuaban ahí, perfectos e inmutables, por encima de nuestras cabezas. Esta situación cambia con Galileo y compañía: el universo pasa a ser uno e infinito y los astros dejan de ser la cifra de una perfección que, como tal, es desterrada al territorio de las meras ideas. La catástrofe tuvo lugar cuando Galileo descubrió que Jupiter era un planeta manchado. Nada queda ya, de por sí, fuera del alcance del hombre. Nada hay que sea de por sí inalcanzable, sino que lo aparentemente inalcanzable es, simplemente, algo que de hecho aún no podemos alcanzar. Y si fuera de por sí inalcanzable, no por ello debería comprenderse como dueño y señor de nuestra existencia. De ahí, que el cristianismo —la religión en general— solo pueda sobrevivir fácilmente a la catástrofe de la Modernidad comprendiendo la relación con la altura de Dios como una relación con lo más íntimo de uno mismo o con la fuerza que sostiene todo cuanto es. Pero con ello, el cristianismo renuncia a su verdad. Y es que la relación con las capas más profundas de nuestra existencia solo puede comprenderse como una relación técnica, si de lo que se trata es de hacer que esas capas afloren a la superficie. Lejos estamos pues de la necesidad de redención donde la única preocupación es la de alcanzar una cierta plenitud.
los hermanos Grimm
febrero 26, 2012 § Deja un comentario
Muchos creen en Dios como quien confía en el poder de un hada del bosque. Si los creyentes en Dios dicen que no se trata de lo mismo, será porque socialmente su fe aún no parece tan ridícula como la segunda. Pero es cuestión de tiempo. De hecho, los motivos personales que sostienen la confianza en el poder de las hadas son idénticos a los de la confianza en la intervención de Dios. Y es que resulta muy consolador suponer que no estamos solos. Ahora bien, solo basta tomarse en serio la propia creencia en un Dios-hada-del-bosque —solo basta suponer que efectivamente se encuentra ahí— para caer en la cuenta de que en ese caso la verdad del verdadero Dios seguiría siendo un asunto pendiente.
Dios no explica nada
febrero 26, 2012 § Deja un comentario
Tienen razón quienes sostienen que disponemos de mejores explicaciones que aquellas que remiten a Dios. En realidad, no es que, de por sí, el recurso a Dios sea un mal recurso, sino que solo funciona como tal donde Dios se da por descontado, precisamente, como esa última instancia a la que apelar. Donde Dios pasa a ser una opción personal, como pueda serlo la creencia en hadas madrinas, uno solo puede referirse deshonestamente a Dios a la hora de procurar una explicación de los acontecimientos aparentemente inexplicables. Un Dios que necesita ser supuesto para que funcione como Dios, aunque sea a título individual, ya no puede valer como Dios, esto es, como esa falta que, sometiéndonos a la demanda infinita de un rostro, nos arroja indefectiblemente fuera del mundo. Tampoco es que cambien mucho las cosas, cuando recluimos a Dios en los recovecos de la propia intimidad para convertirlo en el agente de nuestros mejores impulsos. Un impulso sigue siendo un impulso aun cuando lo bauticemos con el nombre de Dios. No hay diferencia relevante entre quien confía en la fuerza de un Dios que se encuentra en lo más profundo del alma como ese poder que nos hace incluso capaces, bajo condiciones excepcionales, de perdonar lo imperdonable, y quienes confían en ese mismo poder a secas, esto es, sin necesidad de bautizarlo como divino. Sé que muchos creyentes sostienen hoy en día que lo de menos aquí es el nombre. Que lo decisivo es creer —confiar— en la efectiva realidad de Dios. Pero esto es lo que defiende el paganismo en general —que quien trata con la divinidad, en cualquier caso, trata con un poder que puede admitir diferentes nombres según los mundos o las épocas— y bíblicamente siempre se tuvo a Dios por un Dios que renuncia a su poder para que el hombre tenga, cuanto menos, la oportunidad de redimirse. Y es que en la Biblia, si alguien es capaz de responder a Dios, no es porque posea en su interior la fuerza de Dios —pues Dios no se posee en absoluto—, sino porque la efectiva realidad de Dios, aquella que se expresa como extrema trascendencia, lo deja, literalmente, sin fuerzas. O, por decirlo de otro modo, porque la realidad de Dios no es la de una fuerza (sobre)natural, el espíritu de Dios puede nacer en el seno de quienes sufren el vacío de Dios.
representaciones
febrero 26, 2012 § Deja un comentario
Por lo común que creamos una cosa u otra va a depender de lo que nos imaginemos al respecto. Por ejemplo, la ilusión de salir con alguien o nuestra opinión sobre la legitimidad de la pena de muerte dependerá inicialmente de la idea que nos hagamos de ese alguien o de quién tiene que sufrir la condena. Esto es, va a depender de la escena que tengamos en mente. Como aquellos que sueñan con ser policías después de ver unos capítulos de Miami Vice. De ahí que la cuestión sobre lo que supone en verdad tanto una cosa como otra no pueda ahorrársela quien pretenda estar por encima del vaivén de las imágenes. Otra cosa, sin embargo, es que la respuesta a esta cuestión sea capaz de motivarnos, pues cabe sospechar que una des-ilusión difícilmente llegará a ponernos en pie.
credo
febrero 26, 2012 § Deja un comentario
El hombre no dispone de sus creencias. Más bien, cada uno cree en lo que puede. Como si las creencias fueran unas u otras según el tipo de existencia que uno lleva encima. Así, por ejemplo, un consumidor no puede confesar honestamente que el Crucificado es Señor. Como tampoco un intelectual puede admitir que una tumba vacía suponga de por sí una resurrección. Es por eso que la cuestión no es tanto si puede ser verdad que el Crucificado es Señor —como si hubiera un hecho que nos permitiera certificarlo de una vez por todas—, sino si podemos creer en ello. Y a qué precio.
vanguardias
febrero 26, 2012 § Deja un comentario
Será verdad que el arte contemporáneo es arte religioso, pues cuanto más sofisticada es nuestra vida de cada día, mayor es nuestra necesidad de religarse a las formas elementales de nuestra infancia.

