biopic
octubre 28, 2011 § Deja un comentario
¿Quién fue Jesús de Nazareth? Probablemente, un tío que estaba convencido de que el final de los tiempos era inminente y que Dios le había encomendado la misión de ofrecer su perdón a los impíos –los recaudadores de impuestos, los zaqueos, las adúlteras…– como una última oportunidad antes del día del Juicio. Jesús probablemente creyó que era el heraldo de un Dios que, en vez de permanecer atrincherado en su tribunal a la espera de los últimos tiempos, se aproximaba a los hombres ofreciéndoles una inmerecida misericordia. Podríamos decir que la experiencia de Dios que tuvo Jesús fue la de un Dios más maternal que paternal: como si con respecto a Dios, la misericordia siempre fuera por delante. Sin embargo, no habría cristianismo, si solo contáramos con la experiencia de Dios del profeta escatológico que fue Jesús de Nazareth. Con los materiales del Jesús histórico tan solo podríamos rodar la película de un profeta fracasado. O, en el mejor de los casos, del fundador de una relativamente nueva visión de Dios. Ahora bien, si hubo cristianismo es porque, como dijo acertadamente Rudolf Bultmann, el predicador se convirtió en predicado. Y esto solo fue posible porque Jesús, no sólo se encargó de ofrecer ese perdón en nombre de Dios, sino que lo encarnó, como quien dice, sin Dios mediante, esto es, sin el amparo de un Dios que pudiera garantizar el sentido de ese perdón. El perdón del Crucificado no fue, pues, el perdón que Jesús, el profeta, ofrecía en nombre de Dios, sino el perdón que un Crucificado entregó en lugar del de un Dios que, en medio de la tiniebla, dió la callada por respuesta. Como si el desamparo más radical fuera la conditio sine qua non de la revelación de Dios como un Dios crucificado. Y es que solo a través de ese desamparo –solo bajo el silencio mismo de Dios– podemos ver el perdón del Crucificado como el perdón mismo de Dios.
cumbres
octubre 28, 2011 § Deja un comentario
¿Quién está cerca de Dios? Del lado del hombre, aquéllos que buscan respirar el aire puro de las cumbres. O también: aquellos que son buenos por naturaleza o porque han logrado metódicamente sintonizarse con el espíritu de la bondad. Del lado de Dios, sin embargo, aquéllos con los que Dios se identifica: los sin techo, las putas, los muertos de hambre… los cuales si son buenos es solo por milagro. Es por eso que cristianamente quien quiere dirigirse a Dios no puede en verdad hacer otra cosa que responder a la infinita demanda de los excluidos. Una bondad que no sea propiamente una respuesta será, sin duda, balsámica y, si se prefiere, divina, pero en modo alguno será cristiana.
los pobres son unos hijos de puta (y 2)
octubre 28, 2011 § Deja un comentario
Ponerse en manos de los pobres es ir al matadero. La pobreza embrutece y los antiguos estaban cargados de motivos para molerlos a palos: un pobre está más cerca de los perros que de la vida elevada de los dioses. Debes tratarlo como a un animal, si no quieres que te salte a la yugular o, por si aún no nos había quedado lo suficientemente claro, a la yugular de tus hijos. Por eso un cristiano honestamente solo puede ponerse en manos de los pobres como Dios mismo se puso en manos de los hombres, a saber, como aquél que está dispuesto al sacrificio. Cualquier otra intención será tan loable como ingenua. Y es que el negro de Pedro Claver, el hijoputa que le dejó morir de hambre… porque se comía el pan destinado al esclavo de los esclavos, solo podrá redimirse de su miseria bajo el amparo del perdón imposible de su víctima. No es causal que este perdón solo pueda ofrecerlo quien coincide al final con la nada de Dios.
cuestiones socráticas
octubre 27, 2011 § Deja un comentario
Solo sé que no sé nada, dijo Sócrates. Y, sin embargo, Sócrates según cuentan sí que supo de qué iba el juego. ¿Se trata de una boutade? No creo. ¿De qué, entonces? Pues de que no parece que quien sabe vivir pueda decirnos, ni decirse a sí mismo, en qué consiste ese saber. Como si supiéramos siempre menos de lo que en la práctica sabemos. Como si uno no pudiera poseerse a sí mismo desde un saber acerca de sí mismo. En cualquier caso, si el saber propio de quien sabe vivir siempre acaba concretándose como ignorancia es porque aquello que exige ser conocido –aquello que debemos encarar, la verdad de las cosas que nos traemos entre manos–, sólo nos es accesible como el objeto de una interrogación.
mar adentro
octubre 25, 2011 § Deja un comentario
No hay metáfora inocente. Así, no es lo mismo el mar que el desierto a la hora de intentar dar cuenta del lugar de Dios. No estamos ante diferentes visiones de una misma cosa, sino ante visiones de cosas diferentes. Una visión habla de lo divino, la otra de Dios. Parece ser que hay estudios que están a punto de demostrar que el cerebro del hombre entra fácilmente en sintonía con el mar. Esto explicaría por qué el sonido de las olas nos relaja o la visión de un horizonte lejano nos anticipa la experiencia misma de la libertad. El mar nos haría sentir bien casi por defecto. Como si fuese nuestro hábitat natural; como si viniéramos del mar y en la tierra estuviéramos simplemente fuera de sitio, desencajados, lejos de casa. Uno puede suponer que esto es verdad, pues en el fondo somos una oscilación. Y si el agua cristaliza más bellamente escuchando a Bach que, pongamos por caso, a Iron Maiden, ¿cómo no va a pasarnos esto a nosotros que estamos hechos en gran medida de agua? Si de lo que se trata es de alcanzar una cierta plenitud, entonces es indiscutible –o casi– que uno debe acercarse al mar, de sintonizar con el rumor de las olas, de dejarse invadir por él. Sin embargo, no parece que en verdad Dios se haga presente como aquél que promete la dicha del hombre, aunque sea bajo ciertas condiciones. Un dios de este palo, lo que en bíblico se dice un ídolo, aún nos queda demasiado cerca –aún es algo del mundo– como para que sea en verdad Dios. Podemos decir que el mar es divino, pero no que sea propiamente Dios. A diferencia de lo divino, Dios no se nos muestra como el horizonte de lo humano o como la mejor posibilidad del hombre. Dios siempre se encuentra más allá de cualquier imagen que pretenda garantizar la felicidad del hombre. Y es que un dios que se muestre como la medida del hombre, como su paradigma o ideal, es un dios que se da en relación con el hombre y, por tanto, un dios aún demasiado humano como para que pueda valer como Dios. No es Dios quien se da en relación con el hombre, sino el hombre quien se da en relación con Dios. Ahora bien, un hombre que se da en relación con Dios, solo puede experimentar a Dios como aquél que llama o, mejor dicho, como aquél que llama desde el más allá de lo creado, incluyendo el mundo divino, sobrenatural. La relación con Dios es, pues, una relación con una voz. No es casual que bíblicamente el lugar de la experiencia de Dios sea el desierto, pues solo en medio del desierto puede uno escuchar la voz de Dios. Un desierto es una noche y una noche es un tiempo de desamparo. Nadie puede ver nada en la oscuridad. Durante la noche, no hay quien puede suponer que hay alguien ahí sin que esa suposición tenga que ver solo con él, con su necesidad de que haya alguien ahí. O por decirlo de otro modo, en la noche la nada se revela como la nada misma de Dios. Pero lo cierto es que solo en la noche más cerrada el hombre queda por entero en manos de Dios. Todo es expectación –todo pende de un hilo– cuando acontece el silencio de la noche. Por tanto, quien se encuentra ante Dios, no está frente a ese mar al que uno debe aproximarse y, si cabe, conectarse, si de lo que se trata es de alcanzar la plenitud, aunque sin duda uno vive mejor cerca del mar que en las cuevas del desierto. Quien se encuentra ante Dios –quien es alcanzado por Dios, quien sufre una experiencia de Dios– sabe, aunque sea a trompicones, que debe responder a la voz que clama en el desierto como la voz misma de Dios. Pues en el desierto nadie oye otra voz que la de aquéllos que claman a Dios. Podríamos decir que la voz del desamparado de Dios es la voz que escuchamos en lugar de la de un Dios que prefiere, como quien dice, guardar (el) silencio. Sin embargo, solo porque esa voz ocupa su lugar podemos recibirla como la voz misma de Dios.
(No obstante, uno puede tomarse en serio la imagen del mar como metáfora de Dios siempre que se tenga en cuenta que el mar tanto nos relaja como nos provoca pavor. Sin duda, ante el mar uno se siente bien. Pero también es cierto que el mar –el habitat de Leviatán– puede tragarse a los navegantes. Un mar profundo es, al igual que el desierto, tan bello como terrible… como lo saben, perfectamente, los náufragos. Así, desde esta óptica, mejor dicho desde la verdad de Dios, ¿qué podríamos decir del hombre religioso? Pues que se queda siempre con uno de los dos lados de Dios y, por tanto, con una de sus imágenes, por lo común, la más amable, la más bonita. Al fin y al cabo, no habría mucha diferencia entre el creyente naïve y el cínico, entre quien cree que Dios es como el fantasma de Heidi y aquél que da por sentado que el universo se encuentra, como quien dice, en manos de Satán. Ambos trabajan con los espectros de Dios.)
pregúntaselo a ella
octubre 24, 2011 Comentarios desactivados en pregúntaselo a ella
Decía Nietzsche que ante una verdad una no debía preguntarse por los hechos que la hacían verdadera, sino por los intereses a los que sirve. Quien dice una verdad solo tiene que preguntarse por qué necesita creer en esa verdad. Como si al fin y al cabo no hubiera verdad que no fuera un asunto moral. Y es sabido que para Nietzsche una verdad o bien es noble o bien cristiana. Ahora bien, al decir esto Nietzsche le hacía el juego, retórica a parte, al empirismo más bobalicón, pues un empirismo de esta guisa da por descontado que la verdad de nuestras afirmaciones se decide en relación con las condiciones iniciales de su producción, sean las observaciones o, en el caso de Nietzsche, unos oscuros intereses. Sin embargo, Copérnico podría perfectamente haber soñado o alucinado su teoría que no por ello dejaría de ser verdadera.
sol y sombra
octubre 24, 2011 Comentarios desactivados en sol y sombra
¿Qué significa mediocridad? Pues, entre otras, decir cosas del tipo: te digo tus defectos para que puedas mejorar. Esto sobre el papel tiene algo de indiscutible. Sin embargo, hay defectos y defectos, pues lo cierto es que aquéllos que pueden considerarse básicos o más característicos suelen ser el envés nuestras virtudes. Van con ellas. De modo que si eliminas una, eliminas la otra. Y es que no puede haber sol sin sombra.
reductio ad absurdum
octubre 24, 2011 Comentarios desactivados en reductio ad absurdum
Muchos cristianos no saben qué hacer con las visiones fundamentales del cristianismo —la de la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio de Dios; la de la resurrección de los muertos…—. De este modo acaban proponiendo, bajo la excusa de la adaptación a los nuevos tiempos, una lectura que poco tiene que ver con la fe y sí mucho con su dificultad para tragar con un Dios que se humilla hasta colgar de un madero como un maldito de Dios. Aunque, bien pensado, esto tampoco es nuevo, pues el antiguo docetismo, pongamos por caso, puede comprenderse como un intento de digerir la idea tan desconcertante de que un Dios muera en una cruz. En cualquier caso, lo que hace quien no sabe qué hacer con esas visiones fundamentales es tirar al niño con el agua sucia.
expiación (y 2): a propósito de una conversación a medias con Carla T.
octubre 22, 2011 § Deja un comentario
Una de las cosas que no deja de llamarme la atención es el hecho de que los primeros cristianos, con Pablo a la cabeza, pudieran ver la Cruz como el sacrificio expiatorio de Dios mismo. Se trata de algo estrictamente increíble, esto es, de algo que no podemos ni siquiera concebir en tanto que no cuadra con lo que se entiende comúnmente por Dios. Para que nos hagamos una idea de lo que se nos está diciendo con esto del sacrificio expiatorio, supongamos que nos hallamos en un Läger. Unos prisioneros están a punto de ser colgados como castigo por haber matado y devorado a un niño bajo el peso del hambre. Podríamos decir que están a punto de recibir un justo castigo. El hijo del comandante, sin embargo, decide ofrecerse en su lugar, morir por ellos. En el fondo no se lo merecen: si actúan como perros es que llevan vidas de perro –le dice a su padre–. Y, si esto no fuese aún lo suficientemente delirante, va el padre y lo acepta: el hijo muere colgado en vez de esos miserables. La vida que pueden vivir a partir de ahora es la vida que el hijo les entregó. O, por decirlo con otras palabras, esos hombres están en deuda con el hijo… aunque solo unos pocos lo ven. Ahora bien, quienes lo ven, quienes entienden que le deben la vida, quienes pueden dar fe de ello, se sienten por eso mismo obligados a saldar la deuda dando su vida por esos hombres y mujeres que aún siguen viviendo como ellos antes, cubiertos hasta las cejas de su propia miseria. El padre, por su parte, no puede evitar ver a esos redimidos como si fueran sus propios hijos. Ellos ahora representan al hijo porque viven en lugar del hijo. O por decirlo en cristiano: por la intercesión del hijo, el padre pudo reconciliarse con ellos. Podríamos sacarle más punta a este lápiz, pero basta con lo dicho.
Pues bien, no hay productora, ni siquiera independiente, que aceptara este guión. Esto, literalmente, no hay quien se lo crea. De hecho, muchos cristianos de hoy en día tampoco se lo creen, pues para ellos Dios sigue siendo algo así como un fantasma bonachón o, lo que es peor, una especie de vibración cósmica. Nada que ver con esta historia. Como si no hubiera ocurrido. Pero sin esta historia no hay cristianismo que valga. Al menos qua cristianismo.
sir
octubre 22, 2011 § Deja un comentario
Puede que aún no nos enteremos de qué va esta película, mientras no nos preguntemos qué o quién manda en nuestra vida. Es obvio que aquellos que respondan pues obviamente yo están todavía muy lejos de comprender que ni siquiera nuestro propio deseo nos pertenece.
templus fugit
octubre 22, 2011 § Deja un comentario
¿Quién no se siente en paz al entrar en una iglesia vacía? Aunque para el caso da igual que se trate de una iglesia o un templo budista: lo esencial es el silencio, el olor, la penumbra… Y para un creyente de cualquier signo resulta igualmente difícil no creer que allí uno entra en contacto con el Espíritu o la nada que soporta nuestra existencia. Como si el templo fuera, ciertamente, la casa de Dios. Por eso es, cuanto menos desconcertante, que los profetas, aquellos que decían hablar en nombre de Dios, no acabaran de hacer buenas migas con los custodios del Templo, los sacerdotes, pues para la tradición profética Dios no habita en el Templo, sino en quienes sufren la falta de Dios. Es posible que algunos digan que Dios se encuentra tanto en los templos como en la indigencia de los hombres. Pero lo cierto es que mientras buscamos a Dios en la paz de los templos o de las cimas, Dios nos viene al encuentro desde la garganta de los pobres. Y quizá no sea causal que, tras la muerte del Crucificado, cuando la cortina del sancta sanctorum del Templo se parte en dos, descubramos que no hay nada ahí, que esa cortina no ocultaba otra cosa que la nada de Dios. Al fin y al cabo, el único templo que Dios puede habitar es aquél en el que se sigue escuchando el clamor insoportable de la miseria.
alto voltaje
octubre 21, 2011 § Deja un comentario
Si Dios es como la electricidad –si es cuestión de conectarse a Dios–, entonces Jesús de Nazareth, o bien porque metió los dedos en el enchufe durante más tiempo de lo habitual o bien porque recibió una descarga de un cable suelto, fue algo así como una bombilla humana, una especie de gusiluz y, en definitiva, un modelo, un ejemplo de vida… para aquellos que creen que de lo que se trata es de iluminar la oscuridad. Encarnar a Dios sería, pues, algo parecido a ir por la vida cargado de luz. El inconveniente de esta manera de ver las cosas es que no nos permite ver la crucifixión como el sacrificio mismo de Dios. Aunque puede también que quienes piensan que Dios es como la electricidad estén en lo cierto y, entonces, el cristianismo sea poca cosa más que un delirio.
una de ida y vuelta
octubre 21, 2011 § Deja un comentario
Es muy posibles que los caminos hacia Dios sean homologables. O bien, que hayan diferentes vías para intentar fer el cim. Sin embargo, si hubo en verdad Encarnación –si la Encarnación no debe comprenderse solo del lado del hombre, como si hubiera habido un hombre capaz de Dios, sino sobre todo del lado de Dios como la humillación misma de Dios–, entonces solo hay un camino que conduzca de Dios al hombre y está hecho con un par de troncos. Los otros caminos, los de ida, posiblemente solo tengan que ver con nosotros, con nuestra congénita aspiración a vivir como dios.
¿existe Dios?
octubre 20, 2011 § Deja un comentario
¿Existe Dios? ¿Vale con decir el típico para mí sí? Eso que vale para ti, depende de ti y nada que dependa de ti puede ser de Dios. O Dios vale para cualquiera o no puede valer como Dios. Ahora bien, aquello que vale para cualquiera –aquello que posee una validez universal– no pertenece al ámbito de los hechos, es decir, no es nada del mundo, ni siquiera del mundo sobrenatural. Los hechos siempre se nos dan según los moldes de nuestra receptividad y, por tanto, según la medida que impone nuestra circunstancia o punto de vista. Un paisaje, como algo que se encuentra ahí, admite diferentes ópticas o descripciones, ninguna de las cuales es más verdadera que otra, aunque sea cierto que algunas de ellas sean más completas que otras. Pero Dios no se da como un hecho que admite diferentes puntos de vista, ni siquiera en el caso que supongamos que se trata de un ente sobrenatural. Dios no se da según nuestra medida. O lo que viene a ser lo mismo, Dios no se da –no se manifiesta– en modo alguno. ¿Qué decir, por tanto, de Dios? ¿Acaso deberíamos admitir que la palabra «Dios» es un palabra con significado pero sin referente como, por ejemplo, la palabra «unicornio»? De hecho, ambas palabras no funcionan igual. «Unicornio» es una palabra cuyo referente está por ver, pero «Dios» no es algo que aún esté por ver. Dios no puede darse sin dejar de ser Dios. Dios es invisible, no una cosa invisible. En realidad, no hay cosas invisibles, sino cosas que de momento aún no podemos ver, pues una cosa es, por defecto, algo que se hace presente de un modo u otro.
Ahora bien ¿qué significa «Dios»? Un dios es, por definición, esa fuerza, ese ente sobrenatural del cual depende nuestra existencia: un dios ampara o aniquila. Un dios es un poder, un señor de la existencia. Podemos suponer que existe la divinidad, pero, cuanto mayor es el ámbito de lo que podemos llegar a dominar –cuanto mayor es nuestro poder–, menor es el espacio que le queda a la divinidad. De ahí que, tarde o temprano, lleguemos a decir: no son dioses, sino las fuerzas de la naturaleza. Ahora bien, lo que queda de ese dios en nosotros es, en el peor de los casos, la necesidad infantil de seguir suponiendo un dios que funciona a la manera de un ángel de la guarda, y, en el mejor, una sensación de desamparo, de orfandad, pues lo cierto es que, tarde o temprano, vemos que estamos solos en un mundo donde las cosas se nos ofrecen enteramente como simples objetos de dominio. «Dios» sería, pues, el correlato objetivo de ese desamparo, su cifra, su revelación. Así, el vacío que deja la divinidad en su huida del mundo lo ocupa Dios, con mayúsculas, o por decirlo en bíblico, el puro nombre de Dios. Dios, en este sentido, sería lo opuesto a la divinidad, en el mismo sentido en que el vacío se opone a la plenitud de las cosas. Y es por eso mismo que el mundo queda cubierto, marcado por el gran silencio de Dios. Sin embargo, únicamente porque sufrimos la radical trascendencia de Dios –porque sufrimos la noche– la vida se nos da como el Testamento mismo de Dios.
pero también hacia atrás
octubre 20, 2011 § Deja un comentario
Nada de lo que podamos tener a mano vale en verdad. Puede que nos resulte agradable o que incluso le cojamos cariño, pero en modo alguno se nos dará como aquello que debe ser preservado de la erosion de los días. Y es que solo valoramos lo que no podemos poseer. O mejor dicho, eso que ya nunca podremos alcanzar porque fue dejado definitivamente atrás. Vale, pues, lo que perdimos, pues aunque sea cierto que no poseemos aquello que deseamos, aquello que deseamos es algo que, en principio, cabe poseer. Un objeto de deseo es algo que todavía no poseemos. Pero un padre muerto, por ejemplo, es algo que nunca más podremos tener a mano. Cualquiera que haya vivido lo suficiente sabe que lo que fue en verdad nuestro padre solo se nos revelará una vez nos haya dejado definitivamente. Como si la verdad de lo vivido tan solo pudiera ser re-presentada. Sin duda, podemos decir que desearíamos volver a ver a nuestro padre, pero se trata de un deseo paradójico. Se trata de un deseo hacia atrás, de un deseo inviable. Es por esto que este deseo únicamente puede darse como un querer recuperar lo que en modo alguno cabe recuperar… a menos que eso que perdimos se nos aparezca de nuevo, desde un pasado inmemorial, esto es, a menos que nuestro padre regrese de la muerte. De ahí que nuestra relación con el valor, nuestro deseo por eso que fue dejado atrás, solo pueda exponerse como anhelo religioso, al fin y al cabo, como la esperanza de un imposible que, en cierto modo, tiene que darse de nuevo. Pues la intensidad de nuestra vida –su densidad, su integridad– va a depender de nuestro vínculo con eso que tuvimos que dejar atrás para llegar a ser quienes somos en realidad, hombres y mujeres henchidos de nostalgia. Y, así, no debería extrañarnos que bíblicamente la genuina relacion con Dios, la invocación más honesta de Dios, sea la de aquél que aguarda el regreso de Dios. Maranatá.
efectos ópticos
octubre 20, 2011 § Deja un comentario
Algunos hombres colocan a sus dioses en un pedestal para que cuando esos mismos hombres se suban ellos podamos verlos como dioses.
estos niños son un encanto
octubre 19, 2011 Comentarios desactivados en estos niños son un encanto
El vídeo está bien. De hecho, es entrañable. Lástima que no sea una solución, aunque sobre el papel sea irreprochable. Y es que, por definición, si todos hiciéramos lo mismo, el mundo sería, sin duda, otro mundo. Pero nuestro mundo es lo que es porque no puede admitir una solución moral. Decir mundo significa decir no todos vamos a ser buenos. De ahí, la necesidad de la política, pues la cuestión de la política es la cuestión de lo que debemos hacer cuando no cabe hacer lo que deberíamos hacer sobre el papel, en este caso, repartirnos el pan. Y tampoco es casual que quienes poseen esta actitud tan infantil se conciban cristianamente, no tanto como los pioneros de la última etapa del mundo, sino como aquellos que anticipan la vida de otro mundo.
la importancia de un buen diccionario
octubre 19, 2011 § Deja un comentario
¿Amor? Pues probablemente ser capaz de abrazar a esa mujer –a ese hombre– que has visto dormir con la boca abierta. Y es obvio que esto no puede ser solo una cuestión de gustos. Tampoco es casual que el paradigma del amor, con permiso de los guionistas de high school, sea el del amor materno, pues a una vida que te ha sido dada como eso que debes preservar de la muerte a cualquier precio, se lo perdonas todo, como quien dice. Incluso la boca abierta. Otra cosa es que seamos capaces de ir más allá de los propios gustos. Sin embargo, siempre hay alguien que puede, aunque no sin pagar un alto precio.

o lo uno o lo otro (y 3)
octubre 19, 2011 § Deja un comentario
Cuando no nos encontramos ante Dios, nuestra vida depende de una imagen ideal o, como tambien suele decirse, de un ídolo. Así, las mujeres, por lo común, de la imagen de una vida familiar: su vida valdrá la pena, creen, si logran agenciarse un buen padre para sus hijos. Los hombres, por su parte, dependen más de la imagen del gran cazador de osos o, quizá deberíamos decir, de osas. Pues bien, nada que tenga que ver con Dios puede darse en medio del bullicio de las imágenes. Al contrario, el hombre topa con la insoportable alteridad Dios solo cuando se quiebra su espontánea fe en las imágenes y, por tanto, cuando ya no puede seguir confiando en sí mismo, en su posibilidad. No es casual que, bíblicamente, la experiencia de Dios comience con la de un radical desamparo. Como si solo pudiera saber de Dios quien ha sido dejado de la mano de Dios. Es cierto, pues, que o estamos sometidos a Dios o al poder de una imagen. Tertium non datur.
tradición
octubre 19, 2011 § Deja un comentario
Es obvio que, a pesar de la actual secularización, vivimos en una cultura cristiana, pues solo en una cultura de esta guisa pueden darse por sentadas dos cosas que ninguna cultura anterior se atrevió ni siquiera a concebir, a saber, una igualdad por defecto y la fe en las posibilidades de una revolución. Y es que nada de lo que damos aquí por sentado es obvio por sí mismo. Al contrario. Que seamos iguales es algo que solo podemos afirmar ante Dios, pues ante Dios todos somos el mismo huérfano o, si se prefiere, la misma miseria. Sin el Dios que se sitúa siempre más allá del mundo, incluso del sobrenatural, el hombre solo cuenta con su capacidad y es evidente, o debería serlo, que no vive la misma vida quien vive a ras de suelo que quien se cuestiona a sí mismo. O, por decirlo a la manera del viejo Platón, una vida que vaya en pos de lo que le supera tiene más valor que una vida centrada en su ombligo. Por otro lado, la idea de una revolución solo puede darse en el seno de una tradición que no concibe otra redención que la que pasa por la recreación del mundo, hombre incluido, por parte de Dios, pues para esta misma tradición, el hombre, por sí mismo, acaba siempre ensuciando lo que toca. Nuestra secularización debe comprenderse, pues, como un cristianismo sin Dios. Esto es, como una idiotez.
los amigos de Peter
octubre 19, 2011 § Deja un comentario
En su artículo una izquierda darwiniana, Steve Pinker, filósofo o algo parecido, defiende la tesis de que el ideal igualitario de las izquierdas ha de tener en cuenta, si no quiere fracasar estrepitosamente, ciertas constantes de la naturaleza humana que, como tales, no son por principio alterables. Se refiere, por ejemplo, al hecho de que tarde o temprano los miembros de un grupo humano acabarán por relacionarse jerárquicamente. No se trata de una opción entre otras, sino de una constante. Es decir, no se trata de una posibilidad, sino de un rasgo característico, de algo que pertenece esencialmente a nuestro modo de ser. Así, una sociedad que pretenda ser igualitaria no puede pretender modificar esta tendencia a golpe de instucción. Al contrario, debe organizarse teniendo en cuenta el carácter inmodificable de esta tendencia. Como cualquiera puede ver, estamos ante una actualización de la antigua doctrina de pecado original: el hombre se resiste en lo más íntimo de sí mismo a ajustarse a los moldes de la vida ideal, a los principios que rigen o deberían regir la vida en común. Y es posible que esta resistencia esté, en última instancia, al servicio del Hombre, esto es, de la especie: pues el medio no siempre selecciona colectivos o culturas, sino a veces individuos. Donde la existencia del grupo se encuentra seriamente amenazada, que siga habiendo humanos por ahí va a depender de que ciertos individuos, los más hábiles o egoístas, se salven de la quema. Ahora bien, la cuestión es qué deberíamos hacer, si estuviera en nuestras manos eliminar esta resistencia, esta tara; si fuera posible, por seguir con el ejemplo de Pinker, cortar por lo sano, tras la debida manipulación genética, esta tendencia instintiva a la jerarquía. La cuestión, en el fondo, es qué pasaría con nosotros, los hombres, en qué nos convertiríamos, si consiguiéramos borrar del mapa el pecado original, la congénita inclinación a ensuciar, pervertir lo más puro. No hace falta ser muy listo para ver que llegaríamos a ser lo que fuimos, bestias felices, pues, nada humano puede darse donde dejamos de estar en falta. O, por decirlo en creyente, no hay hombre que no viva bajo la necesidad de una redención. Como si sólo la revolución de Dios –lo que en cristiano se piensa como una nueva Creacion–pudiera poner fin a nuestro esencial desajuste. Otra cosa es creer que podemos apañárnoslas solos a la hora de hacer tábula rasa del pasado. Pero esto no tiene que ver con nuestro anhelo de redención, sino en todo caso con nuestra ingenuidad.
casi elemental
octubre 18, 2011 Comentarios desactivados en casi elemental
¿En qué momento podríamos decir que nos enfrentamos a Dios? No, ciertamente, cuando deseamos que haya alguien ahí arriba que cuide de nosotros, sino cuando comenzamos a sufrir el desencaje del mundo, el hecho de que no puede haber reconciliación. Aunque sea en lo más profundo del corazón, los padres incuban el desprecio hacia sus hijos y los hijos, el odio hacia sus padres; los amantes, la infidelidad; los amigos, la traición. Podemos, sin duda, no darnos cuenta de ello: podemos permanecer bajo el amparo del mito. Pero no es casual que quienes se han enfrentado a Dios, quienes se encuentran en verdad sometidos a su altura y no solo a una de sus múltiples imágenes, existan como aquellos que fueron arrojados al mundo, dejados de la mano de Dios. Y tampoco es casual que solo ellos, quienes le invocan ante un muro de piedra, sepan dirigirse honestamente a Dios. No cabe otra invocación, pues, que la de quien pide a Dios por Dios. Y del lado del hombre, lo que no es invocación, es respuesta.
el canto de la piedra
octubre 18, 2011 Comentarios desactivados en el canto de la piedra
El otro día escuché casualmente por la radio un reportaje sobre los «sonidos de ultratumba». Parece ser que en ocasiones se oye, aunque muy débilmente, una especie de ruido de fondo que está a medio camino entre la voz del viento y el resquebrajamiento del vidrio. Lo cierto es que, cuanto menos, impresiona, pues a bote pronto resulta imposible decir de dónde procede. Como si se tratara, ciertamente, de un sonido del más allá. De hecho, es lo que hubiera dicho un antiguo sin pestañear. Para el hombre antiguo un fenómeno extraordinario es visto, indiscutiblemente, como la señal de otro mundo. Para nosotros, en cambio, un fenómeno extraordinario, lo que se dice, un misterio, es algo que aún no podemos explicar…. en los términos de las cosas del más acá. En realidad, según parece estos «sonidos de ultratumba» no son más que el ruido que genera el movimiento de las placas tectónicas. Al final, respiramos tranquilos: podemos seguir bajo el amparo de nuestro supuesto fundamental, a saber, que no hay en verdad más allá. Y es que para nosotros, hombres y mujeres imbuidos de mentalidad científica, eso que parece venir del más allá no es más que algo del más acá. No hay, por tanto, cosas que sean esencialmente misteriosas, sino simplemente cosas que se encuentran pendientes de una explicación. Incluso en el caso de que hubiera algo así como una dimensión oculta, ésta no sería más que eso: otra dimensión de un mismo mundo. Tan sólo haría falta que nos acostumbráramos a los ángeles o a los fantasmas para que dejaran de ser algo del más allá y pasaran a ser aquello que se encuentra a la vuelta de la esquina, como quien dice. Ahora bien, lo que hemos perdido por el camino de la modernidad no es tanto el más allá, sino las figuras del más allá… y, con ello, un acceso espontáneo al más allá. Nada más, aunque tampoco nada menos. Ciertamente, el paganismo antiguo daba por sentado que existía otro mundo por encima del nuestro, el mundo de los seres divinos. Sin embargo, ese mundo nunca supuso, al menos para la fe bíblica, un genuino más allá, sino propiamente su figura, su representación. El más allá, en tanto que siempre se encuentra, precisamente, más allá, en modo alguno puede constituir en sí mismo un mundo. Por el contrario, el más allá debe comprenderse como eso que permanece en cualquier caso fuera de campo. Dios, en tanto que enteramente otro, no es, por consiguiente, algo aún por ver. Un mundo en cuanto tal mundo, sea natural o sobrenatural, siempre se nos da según la medida de nuestra receptividad y, por eso mismo, nunca acaba de ser nada radicalmente otro. Sin embargo, solo porque la alteridad de Dios es radical, solo porque Dios se encuentra siempre fuera de campo —solo porque el hombre encuentra a faltar algo en verdad otro—, la totalidad se le revela al hombre como no-todo. Dios por eso mismo no puede pertenecer a un mundo, ni siquiera a un mundo sobrenatural. Los autores bíblicos lo supieron ver mejor que nadie cuando hicieron de Dios el límite del mundo o, por decirlo a su manera, el silencio que cubre el mundo por entero… y, en relación con el cual, el mundo se encuentra pendiente de un hilo. El más allá no es, por tanto, otro mundo, sino la realidad misma de Dios. O por decirlo de otro modo, no hay otro más allá que el de Dios. Y es que la alteridad radical nunca se nos da en el modo del presente. Hay, por tanto, más allá porque existimos bajo la falta, la ausencia del Otro. Es así que el misterio no reside, pues, en tal o cual fenómeno inexplicable, sino en el hecho de que haya, precisamente, mundo. La Creación, el mundo por entero, es el misterio y no el hecho de que en un momento dado escuchemos voces o sintamos tal o cual cosquilleo interior. En realidad, más que decir que no hay en verdad más allá, deberíamos admitir de una vez por todas que en verdad solo hay más allá.
point of departure
octubre 18, 2011 § Deja un comentario
Nuestra situación con respecto a Dios es, ciertamente, más compleja que antaño. Podemos admitir lo que Moisés vió en el monte de Horeb, a saber, que Dios no es nada y que, por eso mismo, es el que llama. Que todo es debido a Dios porque Dios es la incógnita, el nombre que no remite a ninguna imagen de Dios. Que la realidad de Dios cubre con su silencio el mundo por entero. Que el otro es mi hermano porque la humanidad se encuentra huérfana de Dios. Que la Ley que me pone en manos del oprimido es, precisamente, de Dios porque hunde su raíz en la ausencia de Dios. Todo eso podemos verlo. Pero nuestro cuerpo ya no puede seguirnos en esa visión. Desde hace tiempo, el cuerpo se ha quedado sin el único lenguaje que entiende, el de esas imágenes imposibles que nos permiten, estando lejos de la trinchera, acercarnos a la experiencia de un Dios que se encuentra siempre más allá de lo creíble. Esas imágenes han perdido su antigua legitimidad. Pero sin el poder de esas imágenes es muy difícil que quienes no han sufrido la trascendencia de Dios puedan participar de la experiencia de quienes sí la han sufrido. Sin imágenes imposibles a las que aferrarnos solo podemos acercarnos a esa experiencia a través de la reflexión, del cuestionamiento de los textos, del originario y fundamental relegere… cosa la cual no parece estar al alcance de cualquiera. Pero eso probablemente ya lo vieron los rabinos hace dos mil años, cuando comenzaron a sospechar que, a menos que fuera un elegido, a saber, un pobre de Dios, un ignorante no podía ni siquiera intuir nada de Dios. De ahí que para la tradición rabínica el Talmud tenga la misma importancia que la Biblia. Una cosa va con la otra. La experiencia de Dios es, al fin y al cabo, algo demasiado serio, demasiado vital, como para dejarlo en manos de quienes tienen suficiente con sus vibraciones.
más madera para Dios
octubre 17, 2011 Comentarios desactivados en más madera para Dios
La espiritualidad transconfesional suele congeniar con el antiguo ascetismo. Así, unos cuantos de los creyentes del buen rollo están convencidos que el esfuerzo ascético, el hecho de desprenderse de eso que está en ti pero no te pertenece, conduce inevitablemente a Dios o a su variante transconfesional, a saber, la buena vibración. Se trata pues de quedarse con lo esencial, con aquello más íntimo, más elemental de uno mismo, lo cual, se supone, es el aliento mismo de la divinidad. Se trata, en definitiva, de adelgazar. La dieta, una vez más, como metáfora. Sin embargo, cristianamente no hay otra ascesis que la de Dios mismo. Es él quien se adelgaza, no el hombre. En cualquier caso, si un cristiano decide soltar lastre no es porque pretenda ser uno con el dios de las cimas, no es porque quiera elevarse por encima de esa miseria que nos cubre por entero, sino porque uno no puede dejar de empobrecerse cuando se pone en manos de esos pobres con los que Dios se identifica. Y es que para el evangelio la puta que abraza a su cliente por compasión está más cerca de Dios que quienes pretenden elevarse hasta su altura.
jueves 13 (y 3)
octubre 17, 2011 § Deja un comentario
¿Qué significa decir que vivimos alejados de lo real? Pues que vamos por ahí como si la muerte sólo afectara a los demás, cuando lo cierto es que, tarde o temprano, moriremos. O también que tratamos con lo más vivo como si fuera una cosa entre otras, algo enteramente disponible, cuando en verdad la vida posee el carácter sagrado del don. Lo real es lo que en verdad tiene lugar, eso que se nos ofrece en relación con lo inalterable de la existencia y no hay nada más inalterable que la muerte. Nada ocurre en realidad si no es desde el límite de la muerte y, donde nada ocurre, todo pasa. Pero lo cierto es que nadie puede habitar eficazmente un mundo, si de algún modo no le da la espalda al carácter inmodificable de lo real. De ahí que la cuestión religiosa sea una cuestión inevitable, pues tarde o temprano, en medio del flujo inercial de la existencia, uno se pregunta que debería hacer para mantenerse en contacto con lo esencial. Es cierto que de hecho todo pasa. Pero es igualmente cierto que en verdad no todo pasa. La vida de mis hijas no es simplemente algo que pasa, sino que, desde el horizonte mismo de la muerte, se me entrega como esa vida que, antes que al tiempo, se encuentra sometida a la Ley de Dios, al deber de preservar esa vida contra la muerte, más allá de instinto de conservación, pues ya sabemos que un instinto es variable en tanto que siempre se encuentra ligado a las exigencias de una circunstancia. Y es que no hay duda que una cosa es vivir teniendo presente la muerte y otra vivir como si no hubiera muerte; que una cosa es abrazar la vida como aquello que nos ha sido prestado dentro de un plazo y otra malgastarla; que una cosa es vivir como si el centro de la existencia estuviera fuera de ti y otra muy distinta vivir creyendo que tus sensaciones son la medida de lo real. Con todo, es posible que la interrogación religiosa no pueda resolverse sirviéndonos de las figuras ideales de la religión. Pero éste ya es, sin duda, otro asunto.
simone
octubre 16, 2011 Comentarios desactivados en simone
¿Simone Weil? Una loca de Dios. Y esto significa dos cosas: que era, no hay duda, una excéntrica, alguien que no está en sus cabales; pero también que su excentricidad era debida a Dios. ¿O deberíamos entender que era Dios la excusa de una patología de origen incierto? Difícilmente, cuando ella fue quien escribió algunas de las cosas más verdaderas que se pueden decir sobre Dios. Por ejemplo, que Dios brilla por su ausencia, lo que en bíblico significaría que la gloria de Dios no se da como presente. Su patología no fue, pues, la causa de sus delirios acerca de Dios, sino más bien el lugar dentro del cual pudo sufrir en carne propia el peso de ese brillo que una buena parte del resto de los mortales solo podemos, en el mejor de los casos, intuir.

jueves 13 (2)
octubre 16, 2011 § Deja un comentario
Que vivimos lejos de lo que ocurre en verdad es algo que podríamos dar por cierto, si no fuera que al hacerlo probablemente tomaríamos una cosa por otra. Y es que no se trata tanto de admitir que la mayoría de nosotros vivimos al margen de los problemas que sufren una buena parte de la humanidad, sino de caer en la cuenta de que el hecho mismo de habitar un mundo solo es posible donde dejamos atrás el carácter otro de lo real. O por decirlo en cristiano, si hay mundo es porque Dios ha dejado de estar presente. El planteamiento típicamente religioso suele ver las cosas de otro modo: Dios desde su lugar nos va indicando qué debemos hacer para vivir en paz, mientras que el hombre, desde el suyo, va haciendo lo que puede. Da igual que Dios se conciba como un fantasma bueno o como la energía subyacente del cosmos, pues lo decisivo aquí es que Dios se le revela al creyente como la mejor posibilidad de la existencia humana, esto es, como su ideal. Pero solo hay que leer unos cuantos párrafos de la Biblia para darse cuenta de que el inconveniente de esta manera de ver las cosas de Dios es que no trata propiamente de Dios, sino de su imagen o, por decirlo en bíblico, de un ídolo. Fácilmente, un cristiano de hoy en día puede llegar a creer que su Dios es el verdadero porque es todo bondad. Pero, a pesar de que aquellos que viven bajo la idea de un dios-bueno suelen tener mejores sentimientos que quienes, pongamos por caso, viven entregados al dinero, lo cierto es que en esta relación aún no se juega nada que tenga que ver con Dios. Aún estamos dentro de la órbita de la disputa religiosa, aquélla que enfrenta diferentes imágenes de la divinidad y nos obliga a preguntarnos, precisamente, cuál de ellas garantiza en mayor medida nuestra plenitud: que si el dios-dinero, que si el dios-poder, que si el dios de la belleza, que si el dios de la bondad… Sin embargo, aquel que se encuentra sometido a la realidad de Dios no se atreve a decir ni siquiera que Dios sea bueno. Confía, ciertamente, en que al final, Dios tendrá misericordia de los hombres, es decir, que, finalmente, Dios decantará la balanza del lado de la vida y no del de la muerte. Ahora bien esa confianza, esa fe, no se apoya propiamente en la imagen de un dios bonachón, la cual supone por defecto que Dios es algo susceptible de ser conocido, aunque sea indirectamente, sino en la experiencia de la vida como aquello que nos ha sido dado dentro de un plazo como el testamento de un Dios que está por ver y que, en cualquier caso, se muestra al hombre como el silencio que sucede a todo cuanto ocurre en este mundo (1 Re 19). Es desde ese silencio que el hombre se encuentra con todo cuanto es de Dios. Por eso un creyente no es aquel que dice suponer tal cosa o tal otra de Dios, sino aquel que, por el contrario, no sabe qué decir sobre Dios en sí mismo. Y mucho menos desde que lo vió colgado de un madero. De aquí no se sigue, sin embargo, que un creyente sea simplemente un agnóstico. Quien vive sometido a la realidad de Dios, a su extrema trascendencia, vive por entero sometido al mandato que nace de la garganta de los crucificados de la Tierra, los cuales se revelan, desde el sufrimiento de esa misma trascendencia, como el rostro mismo de Dios. O por decirlo de otro modo, la relación del hombre con Dios no se decide del lado del deseo del hombre por alcanzar una cierta plenitud, ni siquiera cuando esta plenitud se disfraza con los ropajes de una vida bondadosa, sino de lado de la urgencia de responder al grito de los sin Dios como si fuera el grito mismo de Dios. Quien pretende hacerse bueno para obtener la bendición de Dios no responde a Dios, sino a sí mismo. En este sentido, no deja de llamar la atencion que la mayoria de quienes responden a la llamada de Dios tengan serias dificultades para creerse buenos. No se trata, pues, de que nos interroguemos sobre aquello que debemos hacer para ser buenos creyentes, sino de preguntarnos sencillamente a qué –a quién– responde nuestra vida. El resto es permanecer a la espera de un final de lo tiempos. Y lo que no sea esto es, sin duda, mito.
perijóresis
octubre 15, 2011 § Deja un comentario
El dogma de la Trinidad quizá no pretenda decirnos otra cosa que la siguiente: que no es posible separar al Dios de las alturas del Crucificado. Que uno va con el otro. Y que, a su vez, ambos son inseparables de la vida que dejan en el hombre, pues la vida que el hombre pueda tener más allá de la muerte es siempre la vida de un Dios crucificado. Por tanto, nada más de Dios que esa vida. Aunque tampoco menos. En cualquier caso, algo difícil de tragar para quienes necesitan un dios que prometa felicidad a cambio de sacrificio. Por eso cuando oyes decir a según qué catequistas que esto de la Trinidad es una fumada, no puedes evitar pensar que para hundir el cristianismo no hace falta ningún Nietzsche: basta con esos mismos catequistas, que, como la zorra de la fábula, desprecian la verdad que ignoran.
todo barrio tiene a su loco
octubre 15, 2011 § Deja un comentario
Un cristiano es aquél que se pone en manos de los pobres como quien se pone en manos de Dios. Pero con ello no hace otra cosa que proclamar a los cuatro vientos que el Dios que se identifica con el pobre no coincide con el espíritu puro de las cimas. Y también que no es Dios quien debe responder a nuestro sacrificio o esfuerzo, sino que somos más bien nosotros quienes le debemos una respuesta. En este sentido, la oracion de petición de un cristiano no es propiamente aquélla que le pide a Dios tal o cual favor, sino aquélla que, dirigiéndose al pobre, le dice Señor qué quieres que haga por ti. Todo un delirio, sin duda.
jueves 13
octubre 15, 2011 § Deja un comentario
Muchos opinan que uno es budista porque nació en Oriente o cristiano porque nació en Occidente. Para ellos no hay distinción entre una visión de largo alcance y los gustos, pues es cierto que, en general, si te pirras por la foca cruda es porque naciste en un iglú, mientras que si prefieres las hormigas fritas es porque te criaste en un poblado de Tanzania. Sin embargo, a nadie se le ocurre decir, por ejemplo, que si un radiólogo ve en una radiografía lo que otros son incapaces de ver es solo porque estudio en un facultad de medicina. Es obvio que tiene que ser así, pues para ver según qué en una radiografía, hay que saber verlo… y este saber no se adquiere viviendo en un iglú, como quien dice. Si la referencia a la circunstancia de cada cual funciona como una objeción a las pretensiones de verdad de las visiones de largo alcance es porque de antemano ya se decidió que no podía haber verdad acerca de las cosas últimas. Si no hay nada que ver fuera de lo constatable, una visión de largo alcance no puede, por principio, ser verdadera. A lo sumo podrá entenderse como un supuesto, una interpretación, una fe, al fin y al cabo, un asunto más o menos privado. Lo dicho: un gusto, una preferencia. Ahora bien, la visión bíblica del más allá no es propiamente una visión que podamos comprender como una conjetura entre otras. Un creyente no supone nada de lo que podamos hacernos una imagen. No dice, por ejemplo, ahí arriba hay un fantasma bueno que aún no podemos ver, sino ahí arriba no hay nada que ver. Lo sorprendente de está ‘visión’ es que no se limita a sostener que no hay más que lo tangible, sino que hace de lo tangible, una irrealidad y de la vida, algo que nos ha sido dado dentro de un plazo, algo sub iudice. Ahora bien, para ver esto, más que ser de aquí o de allá, uno tiene que haber sufrido en sus propias carnes el peso de esta nada, del silencio que abraza el mundo por entero y, en virtud del cual, la totalidad, incluyendo la parte celestial, se revela como no-todo. Pero que esta visión dependa, como todas, de unas determinadas circunstancias, no implica necesariamente que valga como cualquier otra. Es elemental –o debería serlo– que hay más verdad en esta visión del más allá que en aquella que hace del más allá un replica perfecta de nuestro mundo. O que en aquella que no ve más allá de un palmo de sus narices, esto es, cosas. Para ver que no hay nada detrás del muro hay que subirse a un árbol, mejor dicho, al árbol de la Cruz. En este sentido, no es casual que quienes se subieron a ese árbol —aunque quizá deberíamos decir, quienes fueron subidos a él— de paso estén convencidos que si ven más allá no es solo porque se subieron al árbol, sino porque en verdad hay algo que ver por encima de cualquier circunstancia, aunque eso que hay que ver sea que que no hay nada que ver. No debería extrañarnos, pues, que los primeros cristianos sintieran la necesidad de proclamar su visión como una revelación de alcance universal. Qué menos tratándose de un Dios que pende de un árbol.
cristianos del Este
octubre 15, 2011 § Deja un comentario
Muchos jóvenes cristianos de por aquí se sienten fascinados por la desfachatez con la que muchos cristianos del este de Europa confiesan públicamente su fe. De hecho, no resulta extraño ver universitarios polacos, alemanes, croatas… que compatibilizan sus estudios técnicos o científicos con los de teología, algo del todo impensable por estos lares. La razón es simple: en los países del este de Europa ser cristiano fue durante años un acto de resistencia al Régimen, mientras que aquí era, por el contrario, un acto de adhesión. En el Este, el hecho de ser cristiano aún está cargado con el aura de la rebelión. Por tanto, es muy posible que a medida que vayan pasando los años, el cristianismo de por allá vaya perdiendo fuelle y tenga que enfrentarse, como nosotros ahora, a las objeciones que plantea la Modernidad. Entonces verán, quizá más claramente que ahora, que el único modo de afianzar la fe frente a sus reducciones eticas o espiritualistas pase, como supo ver Lutero en su momento, por volver a leer el Antiguo Testamento.
nihil obstat
octubre 12, 2011 § Deja un comentario
¿Qué significa nihilismo? Pues, por ejemplo, ahogar a tus hijos con tus propias manos y creer que la culpa que te embarga no es más que una reacción emocional. Que uno puede perfectamente dejar de sentirse culpable, si es capaz de contemplar la escena desde el punto de vista de la eternidad. Para el nihilista, nada hay en el mundo que nos obligue a reconocer el carácter sagrado de la vida.
(El monoteísmo bíblico, de hecho, dice algo parecido: nada en el mundo puede imponernos una obligación incondicional. Nada que podamos constatar, ni siquiera indirectamente en el plano de lo sobrenatural o arquetípico, puede en verdad dirigir la voluntad de los hombres. Sin embargo y a diferencia del nihilista, el creyente considera que, por eso mismo, la Ley, el principio del no matarás, posee un carácter absoluto, indiscutible. Pues la vida se revela como sagrada solo donde se da en relación con un Dios que, estando más allá de lo creado, guarda silencio donde le exigimos una solución.)
filo-Sofía
octubre 12, 2011 § Deja un comentario
Para Sócrates llegó a ser evidente que aquello de lo que podemos hablar nunca es de lo que son en verdad las cosas. Y probablemente esta sea la única convicción que puede alcanzar aquél que persigue, precisamente, esa verdad. Platón no hizo más que preguntarse el porqué de este aparente fracaso.
esto es amor y lo demás son gaitas
octubre 11, 2011 Comentarios desactivados en esto es amor y lo demás son gaitas
Muchos cristianos están encantados con la definición de Dios como amor. Tan encantandos que parecen más dispuestos a creer en el amor, en el amor como hecho último, que en el amor de Dios. Y, sin duda, donde hacemos de Dios el nombre de otra cosa, tarde o temprano ya no sabremos qué hacer con Dios. No es casual que muchos de esos mismos cristianos acaben apuntándose al carro del reiki como si, al fin y al cabo, se tratara de lo mismo: de alcanzar una buena vibración. Pero solo donde Dios es Dios, donde Dios sigue siendo esa nada que sostiene el mundo, puede Dios revelarse como el amor —la entrega, el sacrificio, la inmolación— de un Crucificado. Únicamente porque el Crucificado carga con el peso de la trascendencia —la falta— de Dios, el Crucificado puede ser reconocido como la entera encarnación de esa trascendencia. O, por decirlo a la manera de Hegel, el espíritu es un hueso —Dios carga con el muerto— donde los huesos no indican nada de Dios… porque no hay nada de Dios más allá de esos huesos.
valores
octubre 11, 2011 § Deja un comentario
Donde la vida está en juego, lo de menos es si comemos arroz hervido o paella. Lo único que importa es comer. De hecho, solo en el contexto de la situaciones extremas puede surgir un valor. Es en medio del desierto y no en los pasillos del súper en donde la comida que podamos encontrar se recibe como maná caído del cielo. Fuera de ese contexto, lo valioso pierde fuelle y se transforma en algo más o menos placentero, algo con lo que es posible negociar. Y, así, llegamos a decir, pongamos por caso: «te doy este maná a cambio de estas nike«. O bien: «hoy no como que quiero adelgazar.» En principio, no habría nada que objetar, si no fuera que una vida que no se encuentre anclada en el valor de las cosas —una vida centrada en sí misma, en la cuestión del propio valor— acaba por no valer gran cosa. Ahora bien, la relación con el valor no es algo que dependa enteramente de nosotros, pues nadie quiere permanecer en el desierto. Así, resulta inevitable que, por poco que las cosas nos vayan bien, terminemos alejándonos de lo que vale en verdad. De ahí que la cuestión religiosa, la cuestión acerca de cómo mantener los vínculos con el valor, sea una cuestión vital. Otra cosa es que esta cuestión pueda resolverse con la imaginería de la religión tradicional. Más bien uno tiende a pensar que eso ya no es posible. Ni siquiera donde la religión se actualiza con los ropajes de una espiritualidad new age o, lo que es casi peor, con una fácil promoción de los valores. Lo primero tiende a darnos gato por liebre, esto es, felicidad a cambio de valor. Lo segundo, de hecho, no tiene nada que ver con el valor. Al fin y al cabo, un valor que deba ser promocionado no es propiamente algo que pueda ser reconocido como maná caído del cielo, sino, en el mejor de los casos, una virtud del sujeto moral, el cual no tiene, ciertamente, necesidad de mirar al cielo a la hora de justificarse como tal. Para la promoción de los valores, basta con el ejemplo. O, en su defecto, con los contrastados métodos de Skinner.
sin mácula
octubre 10, 2011 § Deja un comentario
Valentín, uno de los más influyentes maestros del gnósticismo cristiano, estaba tan convencido de que Jesús no podía ser humano que incluso llegó a decir que su cuerpo no producía excrementos, pues un cuerpo que no admite la corrupción no puede albergar en su seno la corrupción. Esta manera de ver las cosas está en consonancia con la creencia, también gnóstica, de que no fue Jesús, sino un doble, el que murió en la cruz, pues es obvio que un cuerpo espiritual no puede morir. La cruz, por tanto, no posee eficacia redentora, es decir, no puede comprenderse del lado de Dios, sino que se explica por entero como la resistencia del mundo a admitir la vida del espíritu. Valentín fue a la vez el paladín de lo que hoy en día muchos admiten sin pestañear, a saber, que Jesús fue una manifestación entre otras del pleroma, la plenitud, de la divinidad. Cabe preguntarse si todo no irá en el mismo pack.
instinto básico
octubre 10, 2011 Comentarios desactivados en instinto básico
A veces, cuando veo a mis hijas, jugando en el parque, tan llenas de vida, no puedo evitar pensar que incluso ellas, tarde o temprano, dejarán de existir. Ellas, las que no deben morir. Todo esto es muy extraño. ¿Por qué no puedo tolerarlo? ¿Por qué el vértigo? No es sólo instinto, pues el instinto, aunque ayuda, posee muy corto alcance. Depende de la presión del medio, tanto nos conduce a una orilla como a otra. Se trata, más bien, del valor mismo de la vida… el cual se da, sin embargo, sólo porque hay muerte. Lo dicho: todo resulta muy extraño. Por si fuera poco, el vértigo aumenta cuando vemos cómo los hombres nos damos la muerte. Pero también es cierto que la raíz de nuestra relación con lo que nos supera por entero comienza donde velamos el cadáver de quien no debió en absoluto morir.

anthropology store
octubre 10, 2011 Comentarios desactivados en anthropology store
Que sepamos, el hombre es el único animal que siempre quiso ser otra cosa. Una chimpancé no parecé que quiera ser uno de los nuestros. En cambio, el hombre siempre quiso vivir como (un) Dios. Ahora bien, si es cierto esto del connatus essendi —si es cierto aquello de Spinoza de que no hay ser vivo que quiera dejar de ser aquello que es—, entonces no es que el hombre quiera ser en verdad otra cosa, a saber, Dios, sino que Dios se le presenta al hombre como la imagen del hombre perfecto, en cristiano, la de un tipo cuya bondad todo lo puede, esto es, una especie de superman de la bondad. O, lo que es peor, como la bondad misma. Dios como ideal, como idea, como ídolo. Dios como abstracción de Dios. Por eso que Dios le devolviera la pelota —que Dios renunciara a su papel, que decidiera ser un hombre en manos de los hombres— es algo que difícilmente aceptará quien pretenda alcanzar las alturas de Dios.
mundo feliz 2.0
octubre 9, 2011 Comentarios desactivados en mundo feliz 2.0
Hay muchos cristianos que siguen convencidos de que otro mundo es posible… como si el Crucificado hubiera muerto en balde. La fórmula es tan antigua como la religión: se trata de hacer lo debido para que todo se encuentre bajo el amparo de la divinidad. Aquí da igual si lo que hay que hacer es sacrificar al cordero o convertirnos en hombres y mujeres definitivamente buenos. En cualquier caso se trata de hacer lo que marca esa instrucción salvífica que es la Ley. Pero una de las lecciones del cristianismo es que la Ley no salva. Ni siquiera la de Dios. Si la Ley bastara, entonces no hubiera sido necesaria ninguna Encarnación. Pero Dios tuvo que inmolarse en una Cruz porque los hombres siempre acabamos cubriendo con nuestra propia mierda la vida que nos ha sido dada. Un corazón de carne sólo lo poseen, no ya quienes creen haber alcanzando el ideal de la bondad, sino esos podridos de sí mismos que reciben y aceptan el perdón de los crucificados de este mundo. Pero esto —lo que se dice la Gracia— tampoco depende del hombre. Y es que quien cree en la Ley no cree en Dios, sino en la posibilidad del hombre, lo cual siempre se encuentra al servicio de nuestra satisfacción. Una vez ya sabemos qué hemos de hacer para cambiar el mundo, el Mal, ciertamente, deja de inquietarnos con su ominosa presencia. Pelagio y sus descendientes siempre tuvieron felices sueños. Sin embargo, una cosa es confiar en las posibilidades transformadoras del ideal, aunque sea de Dios, y otra ponerse en manos de Dios… como si solo Dios pudiera poner fin a este enredo. No casualmente, la redención cristiana es una anticipación de lo que en modo alguno puede concebirse como el último estadio del mundo, sino tan sólo como su final.